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EL CAZADOR DE INSTANTES

Rafael Argullol

 

Quisiera empezar por una extraña historia: un hombre enfrentándose al Juicio Final. Nada sabemos de la identidad de ese hombre. Podría ser cualquiera de nosotros. Sí, en cambio, vislumbramos lo que le ocurre, al menos en parte.

Nos sorprende la escenografía que le rodea pues está muy alejada de lo que las mitologías y religiones nos han enseñado. No hay dioses ni ángeles ni demonios presidiendo la reunión.

Tampoco se escuchan músicas estremecedoras. No observamos ninguno de los símbolos tradicionales a los que nos han acostumbrado la poesía y la pintura, a excepción de una balanza. Manos invi¬sibles están cargando los dos platillos con pesas invisibles. El hombre está siendo juzgado y mientras oscila el fiel de la balanza se pone en juego su inmortalidad.

Nosotros, espectadores escépticos que hasta hace poco veríamos que nunca asistiríamos a una escena semejante, pensamos de inmediato en el bien y el mal. Sin embargo, el hombre, obligadamente instalado en la extrema lucidez, sabe que no es juzgado por sus acciones bondadosas o malignas. Sabe a la perfección los criterios que se le aplican. Lo desconcertante de esta extraña historia es que su curso se interrumpe antes de que nosotros podamos llegar a igual conocimiento. ¿Qué contienen, entonces, los platillos de la balanza?

 

2) Para aventurarlo demos un rodeo y situémonos en ese otro juicio que afecta a cada una de nuestras horas y al que, a falta de palabra mejor, denominamos memoria.

memo¬ria es un tribunal permanente aunque arbitrario: premia gratuitamente y castiga con generosidad. Años enteros de nuestra existencia quedan sepultados bajo pesadas losas de olvido y, como contrapartida, surgen, firmemente asentados, momentos fulgurantes. Lo peculiar de este íntimo tribunal es su completa amoralidad. No actúa según códigos o leyes morales establecidas ni se remite a valores éticos positivos o negativos. No se puede afirmar, desde luego, que sea ajeno a la conciencia pero obra, por así decirlo, según el instinto de la conciencia.

 

Como tal instinto operante en el tejido del tiempo la me¬moria saca a flote, incrustándolos en nuestro presente, los vértices decisivos de nuestra existencia. Poco importa que estos vértices hayan quedado aparentemente sumergidos en océanos de rutina pues acaban prevaleciendo siempre, incluso contra nuestra voluntad. Cuando retornan aquellos ojos, aquella piel, aquel sonido, aquel aroma resulta inútil oponerles resistencia recurriendo a un supuesto orden vital que, quizá, invita a prohibirlos.

 

En cuanto instinto de la conciencia la memoria construye un relato secreto de nuestra vida que diverge, cuando no se opone, al relato oficial que tendemos a legalizar, no sólo en relación con el mundo exterior sino también con respecto a nuestro propio mundo. Y este relato secreto es siempre inquietante, subversivo y, en el único sentido en que puede ser empleado este término, verdadero.

 

3) Ahora bien, ¿cómo se constituye este misterioso relato que guardamos en algún lugar recóndito de nuestro interior y al que sólo accedemos mediante la oblicua sinceridad del recuerdo? De entrada percibimos que nada tiene que ver con el tiempo normativo que dictamina nuestra cotidianeidad. Esta percepción, es cierto, contradice convicciones profundamente arraigadas en nosotros. Estamos habituados a aceptar que formamos parte de un tiempo acumulativo, lineal, brotado de un principio y orientado a tener un fin. A las razones biológicas que nos llevan a este convencimiento se les suman otras, culturales, que dirigen un determinado desarrollo de los destinos colectivos e individuales. Así se forma nuestra imagen del tiempo como un continuum irreversible en el que no caben "eternos retornos" y, ni siquiera, dislocaciones. Estamos sometidos al reloj, al calendario y a la ley.

 

Lo paradójico, no obstante, es que de modo simultáneo estamos en condiciones de observar que hay otro tiempo en nosotros que nos configura de una manera radicalmente distinta. Un tiempo ajeno a toda linealidad, desbocado, caótico, que fluye libremente apoderándose a zarpazos de nuestra mente. Este otro tiempo, mediante el que reconocemos el relato secreto de nuestra existencia, no admite la imagen de un continuum sino que, al contrario, se manifiesta con violentas discontinuidades, con bruscos saltos y retrocesos que agreden la idea comúnmente asumida del devenir. Desconocemos su funcionamiento pero captamos su presencia en forma de instantes que se enroscan en el árbol de nuestra razón organizadora ofreciéndonos los frutos de sabor más intenso.

 

La superioridad, en nuestra conciencia, de tales instantes sobre el tiempo normativo al que ficticiamente obedecemos estriba en su fuerza y, también, en su libertad. Acceden a nosotros libremente y nos sugieren un poder insuperable. Aunque quisiéramos, como a veces queremos, no podemos escapar a ellos porque representan, no lo mejor o peor de nosotros mismos, sino lo que ha grabado en nuestra identidad una señal imperecedera. A través del eco queremos volver una y otra vez al sonido originario, siguiendo las ondas expansivas deseamos recrear el momento en que la piedra chocó con el agua. En nuestro relato secreto cada uno de estos instantes encierra un mundo autosuficiente y, al unísono, en permanente transformación.

 

4) Implican, en cierto sentido, nuestro mito personal, nuestra edad de oro, si bien ésta, lejos de ser entendida en una dimensión arcádica, supone, por encima de cualquier otra característica, una especial profundidad, una herida sin cicatrizar en la piel de la conciencia. Esta edad de oro no nos informa de nuestros días felices ni nos introduce a perspectivas de armonía sino que, por medio de una visión infinitamente más decisiva, nos sumerge en simas en cuyo fondo relucen, sin trabas ni ataduras, los momentos esenciales de nuestra existencia, aquellos que en razón de su jerarquía sobre los demás, podrían muy bien ser calificados como nuestros momentos áureos.

 

Buena parte de la poesía está construida alrededor de su evocación. Quizá sea este uno de los rasgos más significativos de lo poético frente a otros ámbitos literarios que tratan de reconstruir la historicidad del tiempo mediante artificios narrativos. Esto se hace muy evidente en la ficción de la novelística clásica y en la hipotética realidad recuperada de los escritos autobiográficos y de las "memorias". En todos los casos prevalece el modelo lineal del tiempo. Por el contrario, lo genuinamente poético no reside ni en la forma ni en el tema sino en un tratamiento temporal de la experiencia humana que, haciendo caso omiso de aquel modelo, se concentra en determinados focos cuya especial luz oscurece extensos territorios librados al olvido. La poesía verbaliza segmentos de la experiencia que flotan en el vacío, convirtiéndolos en universos con vida propia.

 

Sin embargo, en cuanto a expresión verbal, la poesía no hace sino tratar de reproducir aquello que es básicamente irreproducible porque pertenece a la existencia mítica, al relato secreto, de cada uno de los hombres. Con todo, es la mejor pauta para observar qué hay de común y comunicable:

 

lo poético alude a lo que retorna permanentemente, más allá de los cambios epocales y culturales. Es un círculo que gira sobre sí mismo. El conocimiento científico se apoya en una lógica de progreso histórico. Por eso, justamente, hablamos de avance. El conocimiento poético es un reconocimiento de lo que ya vive en nosotros. La poesía vuelve una y otra vez sobre las mismas representaciones. Baste con comparar los poemas de los más diversos autores y de las más diversas épocas. Los motivos se repiten, escasos y recurrentes, y aun¬que las formas puedan ser muy diferentes entre sí todos parecen converger en un escenario central donde la existencia humana habita en un tiempo, y por tanto también en un espacio, radicalmente distintos.

 

5) Este escenario que la poesía intenta mostrar está presidido por Eros. Pienso que una afirmación de este tipo queda justificada si aceptamos la hipótesis de que el rasgo esencial de lo erótico es la drástica modificación del curso del tiempo. Eros alumbra nuestros momentos áureos y, simétricamente, estos entretejen nuestra constelación erótica. Se exige, así, una suerte de doble nacimiento según el cual la fuerza de un instante, siendo imprescindible como acción, todavía es más importante si logra traspasar el filtro de la evocación. Lo erótico conlleva deseo y poder, pero estos únicamente sobreviven si son capaces de superar la prueba de la memoria.

 

La tensa espera de un determinado acontecimiento, la ca¬ricia sobre un cuerpo, la contemplación de algo bello o terrible solo llegan a incorporarse a nuestro espacio mítico si permanecen y crecen en nuestro recuerdo. A este respecto la criba es gigantesca: aquello que pareció único y singular, aquello que al ocurrir parecía que marcaba para siempre nuestras vidas puede desvanecerse frecuentemente en el olvido más absoluto. Para que el poder perdure se necesita que continúe ensanchándose la onda expansiva, se necesita que continúe escuchándose el eco. La pasión no radica en lo que sucedió sino en lo que, salvando las trampas del laberinto, sigue sucediendo.

Situado en este horizonte lo erótico nos remite a la sexualidad y al amor pero asimismo a todas aquellas experiencias que articulan nuestro relato secreto. 0, dicho de otro modo: nuestra vida paralela. Acaso, incluso, podría afirmarse más contundentemente: nuestra vida. Pues lo demás, lo que ha transcurrido al margen de tales experiencias, no es propiamente nuestra vida. Es simplemente la materia del olvido, lo superfluo. Nuestra autentica autobiografía, lo que alimenta nuestra identidad y nos mantiene vivos es nuestro mito.

 

Es inútil tratar de detallar las características de experiencias que pertenecen a la especificidad de cada ser humano. A pesar de esto no resulta difícil establecer su orientación común: de alguna u otra manera nos introducen en el ámbito del enigma. No se trata, por supuesto, de acciones voluntariamente concebidas para la indagación de lo enigmático. Tales acciones, cuando se pretenden, acostumbran a estar destinadas al fracaso. De esta circunstancia se deduce la miseria de las religiones positivas en su ambición de planificar la relación del hombre con la esfera de lo sagrado. Tampoco otros estados de la conciencia que entrañan carga extática, mística o estética pueden preconcebirse. Son estados que pueden razonarse pero se dan sin razón. Algo similar ocurre con lo erótico, que en cierta medida integra esos estados: se trata en todos los casos de fulminantes viajes del ser huma¬no hacia afuera de lo que cree que es su existencia. Son roces con lo enigmático. Por eso son sentidos siempre como ganancia y como pérdida. De ahí que únicamente el segundo nacimiento de Eros, aquel que se produce por la fecundación arbitraria de la memoria sea capaz de devolvernos, aunque sea oscuramente, el sentido de nuestros viajes al afuera. Eros es la única fuerza que nos permite arrancar la máscara de Dios.

 

6). No hay ideas áureas situadas en un mundo suprasensible sino momentos áureos que pertenecen a nuestro mundo sensible. Esta convicción me aleja, como es obvio, del punto de vista de platónico pero sigue manteniéndome cercano a cierta atmósfera de Platón en la que lo erótico es el motor hacia la verdad, en la que lo que denominamos realidad es pura fantasmagoría en la que, provocadoramente, conocer es recordar. Con respecto a esta ultima premisa apostaría sin dudarlo: conocer es recordar, si por conocer entendemos, no el avance deja lógica científica, sino aquel otro conocimiento, inclinado esencialmente al conocerse, expresado desde épocas lejanas en formulas como “conócete a ti mismo” o según otros que prefiero “conoce tu daimon”.

 

Conocer es recordar lo que somos. No, según creía Platón, lo que éramos cuando nuestra alma participaba del divino mundo de las ideas sino lo que somos, aquello que tan bien resume Goethe en el verso final de un poema llamado precisamente Daimon: "así has de ser, no puedes escapar a ti mismo". En muchos aspectos podemos tratar de escapar de nosotros mismos, y esto implica una labor terapéutica, pero en uno fundamental no podemos: no podemos escapar a nuestra memoria. Conocer, por tanto, es releer nuestro relato secreto, volver una y otra vez a aquellos momentos áureos que siendo nuestros puntos de fuga hacia el enigma son, simultáneamente, las iluminaciones que dan claridad a nuestro destino.

 

El viraje drástico de la conciencia temporal, la epifanía, viene marcado por el sentimiento de atracción. Todos suscribimos esta evidencia: Eros es atracción. Ahora bien, en la medida en que ahondamos en esta evidencia nos daremos cuenta de que también en este aspecto es imprescindible atender al doble nacimiento de lo erótico. No basta con que algo nos haya atraído sino que es necesario que, desde nuestro presente, nos continúe resultando atractivo. Lo desvanecido, aunque haya sido vivido en alguna ocasión, se ha incorporado a lo inexistente. Únicamente lo que vuelve de continuo nos impulsa a conocernos.

 

Este es el sentido de la atracción erótica. El cuerpo que hemos amado, la visión que nos ha vencido, el vértigo que nos ha arrebatado o la música que ha cubierto nuestro espíritu: en cualquiera de estas circunstancias ha actuado sobre nosotros un magnetismo especial. Pero, ¿continúa actuando? Sólo cuando el imán, entre las enormes distancias del olvido, sigue ejerciendo sus efectos podemos hablar de atracción erótica. Sin embargo, entonces, ya no es exclusivamente el magnetismo de aquel cuerpo, de aquella visión, de aquel vértigo, de aquella música lo que sentimos. Lo que sentimos es nuestro contacto con el enigma. Lo que percibimos, siempre con cierta sorpresa, es que una fuerza enigmática, desbordando los cauces de contención de nuestra vida, nos atrae hacia una región distinta produciéndose un desdoblamiento entre aquello que permanece anclado a la cotidianeidad y aquello que nos arrastra hacia el fondo de nosotros mismos.

 

7) Por eso me parece acertado pensar que el deseo del otro es búsqueda de uno mismo. Pero también a la inversa es cierto: conocerse no es un ejercicio solipsista sino, más bien, un vuelco hacia una indagación que implica el peligro y la fascinación de lo desconocido. Es, en el sentido etimológico, un ponerse a la ventura, una aventura en la que, corriendo los riesgos del fracaso, quiere ganarse un mundo. Y precisamente es en la realización, y quizá en la culminación de esta aventura, cuando se yuxtaponen el deseo del otro y el cono¬cimiento propio en un mágico sentimiento de unidad: ese exclusivo sentimiento que, al integrar la ilusión de que han desaparecido las escisiones de la vida, nos hace participar desuna unidad cósmica y nos sugiere que hemos penetrado en el corazón del enigma.

 

Los trayectos extáticos, místicos o estéticos pertenecen a esta aventura. Son manifestaciones de lo erótico. Son, genuinamente, expresiones espirituales de la más elevada capacidad creativa del ser humano. Sin embargo, como en todas las expresiones espirituales, el ámbito de incubación y recepción es sensitivo: la espiritualidad es el estadio al que accedemos cuando el arco de la sensualidad ha sido puesto en su máxima tensión. El lenguaje con que tratamos de aprehender y comunicar lo extático es siempre sensitivo. Baste comprobar el talante de las grandes descripciones místicas o concernientes a lo “sagrado”. El cuerpo está en su centro. El cuerpo es el centro.

 

De ahí que todos los caminos de Eros conduzcan, en última instancia, al camino del amor sensual. En la aventura del amor sensual se concentran, o pueden concentrarse, las otras aventuras de Eros: el cuerpo se pone a prueba, se prolonga, se contrasta. El viaje hacia el otro es esa confrontación con lo desconocido que nos sugiere la posibilidad de conocernos. La atracción, la seducción, la sexualidad, las diversas vertientes del amor sensual actúan en esta dirección. Es inútil, creo, tratar de dar definiciones aisladas de estas vertientes pues están sujetas a una continua metamorfosis. Son siempre iguales pero también siempre distintas. Lo decisivo es que aparezca el gran hechizo de Eros: la distorsión temporal, la creación de otro tiempo, la germinación del propio mito.

 

Desde la generosidad y arbitrariedad de lo erótico una palabra, una mirada fugaz o el goce sexual más intenso pueden tener el mismo valor. Dependen de que se integren o no en nuestro relato secreto. En ningún plano, como en el del amor, se hace sentir de manera tan vigorosa el doble nacimiento de Eros. Y, también, consecuentemente, su amoralidad. De nuevo la bondad o la maldad, el bien o el mal son valores inservibles en este campo. Por contra, lo que cuenta es la intensidad del momento y la anárquica discriminación de la memoria. Desde esta perspectiva los instantes pueden arrollar años de la misma manera en que la mujer de un día puede imponerse a largas convivencias. Esto quizá sea injusto para nuestra idea habitual de justicia pero no para la que imparte Eros.

 

8) En su relato oficial el hombre es un perseguidor de seguridades en tanto que en su relato secreto es cazador de instantes. Naturalmente sería más prudente afirmar: ciertos hombres, aquellos que sienten que lo esencial de su vida transcurre por las distintas expresiones de lo erótico. Ahora bien, llegados a este punto, cabe preguntarse por la posibilidad de que ambos relatos puedan en alguna medida unificarse. En otras palabras: ¿la caza de instantes, aparte de una labor evocadora, puede ser una elección, una disposición, una actitud ante la existencia?

 

La respuesta, en términos absolutos, debe ser necesariamente negativa si atendemos a la imprevisión y gratuidad con que irrumpe lo erótico. Sin embargo, en cierto sentido, también puede ser afirmativa. El reconocimiento de que el relato secreto es el verdadero relato de nuestra vida y de que el otro tiempo es el autentico tiempo implica un aprendizaje, una iniciación. Seguramente, con más propiedad: la iniciación. En concordancia con ella el hombre puede optar por el tipo de existencia que le coloque en la situación de mayor receptividad con respecto a lo que ha intuido. Podría entonces quizá hablarse de una predisposición que implica un determinado talante e, incluso, una determinada concepción del mundo. No obstante, acceso a esta suerte de "estado erótico" no significaría, al modo de Kierkegaard, una posición eminentemente contemplativa ni tampoco, por supuesto, una plataforma para el salto hacia el estadio de la fe, sino la inclinación a emprender aquella travesía del deseo en la que quiere conciliarse lo sensual y lo espiritual. El cazador de instantes es un aprendiz de la imaginación que aspira a convertirse en maestro de la memoria.

 

Eros, por tanto, implica atracción pero, por encima de todo, Eros es el gran transfigurador del tiempo. Desde los inicios de la cultura el juego más serio al que se han dedicado los hombres es preguntarse acerca de la naturaleza de lo erótico. Mi respuesta es: su naturaleza es la transfiguración del tiempo humano. Cuando vivimos al margen de su influjo vivimos en el seno de una edad de bronce, sujetos férreamente a la cadena temporal, y en la que todos nuestros actos están abocados a ser materia dé olvido. Por contra, únicamente bajo su influjo se tejen nuestros momentos áureos, nuestra edad de oro, aquella que nutre la memoria y, consecuentemente, da verdad a la vida.

 

Tras este largo rodeo se adivinará ya cual es mi hipótesis sobre el contenido de los platillos de la balanza mediante la que se juzga al hombre que citaba al principio. En uno de ellos se halla el tiempo que ha pasado y, en el otro, el tiempo que ha permanecido. Ausencia y presencia de Eros. Olvido y memoria. Ahora todo depende que el fiel de la balanza se incline en una u otra dirección. Es, realmente, el Juicio Final. Sin embargo, también se habrá adivinado que éste nada tiene que ver con las enseñanzas teológicas que hemos recibido ya que, en realidad, para cualquiera de nosotros, el Juicio Final tiene lugar cada día.

 

 

 

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