home.jpg

 

L1

DE HOMBRES, CADÁVERES
Y OTRAS OBEDIENCIAS

Héctor Subirats

 

El hombre surge en exceso previsor, todo lo evita a tiempo: vivir, por ejemplo.

Decía R. Callois que los hombres son más obedientes que las cosas.

La magia es pues la idea de que a las cosas se les puede mandar igual que a las personas.

Cruel injusticia, entonces, hablar del "hombre cosificado", cuando buena parte del encanto que pudieron tener las cosas se perdió en el mo¬mento en que se humanizaron.

"La cosa" -astuta ella- nunca se comportó a la medida del hombre. No hubo piedra que vol¬viera sobre Sísifo, ni que aceptara el rol que asigna esa máscara de rictus vacuos: la máscara del Yo otorgado por el trabajo y la obediencia.

Debería añadirse aquí que si existió antes de la obediencia la posibilidad de hacer camino al andar, parecen cerradas ya las sendas de la dicha como absurdo, o de alcanzar los hermosos sufri-mientos de Fedra, Adriano o Hiperión.

Aun en los misterios silenciosos de Fedra hallamos la voluntad: voluntad de muerte, donde también hundirse era un vértigo, pero voluntad.

Tiempos corrieron, tal vez, en que ser hom¬bre pudo ser un drama.

Hoy ser hombre es una telenovela.

Mas ello habla bien de nuestras posibilida¬des de inmortalizarnos: para qué morir teniendo la desgracia de existir.

Si es cierto que hay quien escapa de la muer¬te por casualidad, esta raza "efímera y misera¬ble" parece no escapar de su insípido simulacro vital, ni por casualidad.

Infecto y reconciliado con una sociofilia servil, el hombre -ser vil- no deja de arrastrarse en una fe enferma sin siquiera poder decir: solo estoy, es insoportable, pero al menos... ¡estoy solo!

Si no fue la exaltación por medio de la cual Dioniso nos reuniera, sí fue dado que el virus de la normopatía nos asediara hasta la fraternidad total.

Y sin embargo, en los funerales del deseo del cataléptico da una fugaz muestra de lucidez: he aquí lo maravilloso del hombre -perdóneseme el exabrupto optimista, de algunos hombres quise decir-: su capacidad para hacer grandioso el relato de lo que no pudo ser. La pasión a la medida de la indiferencia. Indiferencia que serpentea pretendiendo enmascararse en lo múltiple, porque todo el mundo se arrastra lastimero en el Yo, incapaz (también) de vengarse de sí mismo.

Siempre se aspira a ser el jefe de la banda "pronto seremos dos".

Pero ¿y si este rasgo maravilloso no revela más que la incapacidad para abandonar "la cárcel del lenguaje"? Sólo un gusto mórbido por la decadencia nos podía llevar por esta vereda: no conformes con una existencia imbécil, además la escribimos. Incapaces para la ausencia y el silencio quisimos hacer uso de razón cuando ya la Razón había hecho abuso de nosotros.

Y se descubre aquí una de las sombras que pudieron abrumar a la Razón, pues las Doctrinas que parten del territorio conquistado por algún pensador sublime aligeran a sus seguidores de una serie de esfuerzos: ya que toda inter¬pretación que se sigue de ELLAS no es sino re¬dundancia o ejercicio de la decadencia.

Decididamente ineptos para desprendemos de la costra normalizante, podríamos intuir que se nos dotó para el pro y no hay antídoto.

Gris y mortecino el hombre, fue tan sólo un subviviente y al final logró convertirse en sepulturero de sí mismo.

Y no hablo aquí de un deslizamiento de la libertad a la servidumbre, sino del gran derrape de la ausencia de voluntad a la abyección. Del temor a la cobardía; y si hubo otro tiempo antes de la desventura, tiempo del hombre rebelde que dijo ¡NO!, valdría olvidarlo para no hacer más ignominiosa la caída: YO no me rebelo, luego más vale no haber sido. Aquí estamos: "lejos, muy lejos del espléndido egoísmo de las estrellas".

Permítaseme la insolencia optimista de con¬vocar algunas preguntas que injurien algunas de mis aporías, hasta este momento vomitadas en fragmento. Intentaré pensar, por dar entrada a un desfile de vocablos, que hubo un tiempo antes de la Historia en donde espacio había para despilfarrar la intensidad y tal vez no era preci¬so preguntarse si la inteligencia es la sofisticación tormentosa de la imbecilidad.

¿Hubo entonces un antecedente jubiloso de la mediocridad? O fue tan sólo que, mientras se hallaba UN solo hombre sobre la tierra, no tuvo que afrontar la angustia de "ser él mismo"; pero como la soledad es propensa a degradarse, hasta que apareció el segundo y con él la obediencia, la jerarquía y la diferencia, el poder y la gran vencedora: la indiferencia.

Debió aparecer también por esas fechas y lugares la intuición de que el ÚNICO podía estar condenado a padecer el asco de ser, ya tan sólo, la ausencia del otro. El hombre instituyó su jerarquía suprimiéndose.

Esta sería la breve victoria del Único. Mas si hubiera un futuro para el escepticismo y la historia de la cobardía fuese más breve, ¿cuál sería la diferencia entre aquellos salvajes amantes de SU ritual y jerarquía -etnocentristas pero no etnocidas- y éstos, lo que queda de nosotros? Y por otra parte: ¿es posible expresar en conceptos lo que muy fácilmente pudiera resultarles inaccesible o aún más: la que hubiera enfrentado a la palabra?

Si partimos de que hay un excedente imagi¬nario donde la Razón se paraliza víctima de su sobriedad matemática, lo mismo ante el rito que frente al tartajeo del borracho, ¿qué gesto coadyuva, al menos, a no recaer como colonizador etnocida sobre lo sagrado e inocente si ya no tenemos fuerzas para evocar el vacío?

Donde el temor campeó con fuerza expresi¬va, digna de su lucha contra la muerte -y no frente al padre, burda caricatura de la parca-, alguien inventó (quede claro que tampoco en esto son originales los partidos políticos) una "alianza estratégica" (llamémosla cobardía con los Dioses y los muertos) y pensó obtener su pasaporte a la trascendencia; un pedigree que rezaba: "por estos lares no estuvo un insignificante".

Este paso, reconciliación hegeliana de la desgarradura, conlleva el contraste entre ser un ha¬cedor de vida, a delegarla en un producto de es¬peranza: ya habita aquí el médium para el "alma colectiva" y el conocimiento de las "leyes de la felicidad".

Será tal vez en este proceso donde el ritual pierde su carácter hacedor y afectivo y el presti¬gio que significaba originalmente engaño y encanto se socializa para materializar la cosmogonía. Como señala E. Beccker: cuando hicieron la más maravillosa invención de todas, un hombre Sol, ¿cómo no esperar que no cayeran en una esclavitud vehemente? Ya que no guerreros, al menos estafermos.

Me parece en exceso optimista el argumento de Cioran cuando menciona que nos apegamos a un Dios para vengarnos de la vida y que si rampamos ante ÉL es para no arrastrarnos ante los nombres. La hora de simultanear ha llegado: ¡a rampar ante Dios y arrastrarnos ante los hombres!

Y es que el hombre está muerto, muy muerto de miedo en las antípodas del suicidio blasfemo y liberticida de Artaud.

¿Qué queda entonces pensar?: que la imaginación no es más que la compañera de viaje de la cobardía.

Cuando ya no se goza del ritual de la reconstrucción del cosmos -lejos también de la serenidad del caos- el peso de la Historia y el suplicio de lo porvenir engendran la cobardía a saber ¿aún imaginativa o ya sin imaginación? La pesadilla vuelta lenta y tortuosa vigilia. A propósito de este retrato que ya empieza a parecerse a la servidumbre voluntaria, ¿no se puede apreciar con estos toscos rasgos que la vigilancia no ESTA para controlar el movimiento sino para evitar la tentación de caer en él? Si las sociedades son sistemas de negar la muerte, el fracaso es evidente: sólo se consiguió depauperar la vida -si es que alguna vez la hubo-. En alguna parte.

Menciono aquí -para hacer más digerible el argumento posterior sobre la acumulación- que, en lo tocante al sermón de "la determinación en última instancia de lo económico", el paso de una organización de reparto a una de redistribución tiene su antecedente en el terreno religioso (como casi todo lo que campea por nuestros imposibles), con la ventaja de que la dramatización de los pueblos prístinos algo tenía de vital y alegre, mientras que nuestros endémicos académicos de la gerencia social aburren a un paquidermo insulso

Esta dramatización -ingenuidad y locura- faculta y legitima al interlocutor para jerarquizar asuntos terrenales en tanto corresponsal con la "otra parte".

Si se encarna la deidad, también se hace visible el signo del Poder, con lo que la acumulación sería mera resultante de la corporización de lo inaccesible. Ya tenazmente empeñados en el desfile de hundimientos, el ocio de la parte maldita se invierte al descubrir posibilidades de acumulación, no como resultante de una intriga económica prístina sino como consecuencia de la cobardía proyectada hacia la trascendencia.

Para el ritual donde la reconstrucción podía ser un fugaz instante, un ELLO ajeno a la conciencia, éste es el momento de la debácle: la entrada al callejón donde se escuchan incesantes los quejidos por la edad de oro: la que vendrá. ¿Cómo y quiénes ocupan MI nombre en nombre del "hombre"? ¿Qué ilustres antecesores produjeron esta secta de mediócratas a los que tan obstinadamente obedecemos hoy?: místicos, epilépticos o tal vez la comedia del fracaso se inicia cuando el primer optimista seducido por el tecnócrata Prometeo colonizó la conciencia con la bandera del progreso. Y si -como señala Cioran- hay quien se consuela pensando en los sufrimientos que su empresa le atrajo, hay a quien le parece poco.

Habrá tiempo $ humor para la venganza? O tal vez ya ni para perpetrar el último rictus de resentimiento, una vez que el largo y vergonzante perdón aniquiló la sombra de lo que, posiblemente, quisimos ser.

¿Y qué mecanismos inventa esta primera generación de doctorados en tiranía: qué astucia brutal consigue hermanar entrega y optimismo?

En un sistema donde la trascendencia se hace visible a través del Rey Sol, la diferencia desaparece victimada por la sed de absoluto en el simulacro concentrado de la jerarquía. Como señala Norman O. Brown: "La muerte es superable, con la condición de que la realidad se traspase a estas inmortales y muertas". Por fin: la esperanza confundida con la verdad. Ya nos aproximamos a la ciencia: paciencia, modernos.

En tanto el rito comunal permitía -tal vez- la reproducción del universo y la diferencia en otros ámbitos, el etnógrafo, que aventurero o cobarde todos llevamos dentro, se encargó de estropear las últimas escenas del espectáculo. Nada más grotesco que la vocación optimista de Lévi-Strauss: "No hay perspectiva más exhultante para el etnógrafo que la de ser el primer blanco que se introduce en una comunidad indígena . . .; gracias a ello una humanidad que se creía completa y ultimada recibe de repente, como una contrarrevelación, el aviso de que no está sola".

Ya ni siquiera puede estar sola. Está acompañada, para ser interpretada.

La magia absurda del mito, "el fuego del cielo", es ya el gélido paraje terrenal donde no queda más que estar presente.

Difícil es entrar en detalles y ridículo generalizar qué fue lo que condujo a esta situación; pero ya puesto a imaginar, uno de los elementos que llevan a esta escenificación -frente a la cual tal vez Rimbaud no tuviera fuerzas tan siquiera para expresar: ¡qué fastidio! ¡qué cansancio! ¡qué tristeza!- sería aquel donde se separan la intuición para jerarquizar a partir del talento y el privilegio no totalizante, y la institucionalización de un Poder mortecino empeñado en la parodia de Su perpetuación. El paso del don a la economía restrictiva y parodójicamente desde la crítica de lo "inútil" el desiijano galopante de la utilidad. De la catarsis colectiva a la liberación catastrófica de lo ordenado.

Desde aquel primer hombre que no supo morir de risa y decidió multiplicarse para olvidar su soledad -con lo que debió comprender que las dos cosas más insoportables son la soledad y la compañía- hasta la segunda escisión -la que Rank considera fundamental, la religiosa, donde el hombre cede su favor al amparo del mundo espiritual- la progresión geométrica de deslizamiento es interminable; dejo su minucioso recuento a los estadísticos de la ignominia y me dedico por lo pronto a irritarme con dos o tres de las más evidentes (valga ello como pretexto para seguir escribiendo sobre la esterilidad y sus entusiasmos, al fin). Tal vez algún orgullo brote de la impotencia.

Sea pues por curiosear: ¿cómo una voluntad de poder incesante, que osa fintas y escarceos con la muerte, se las ingenia para descender en la jerarquía de lo peor?

Una visión que pusiera en juego las voluntades, lo mismo para afirmarse que para terminar negándose, podría ejemplificar el paso del hombre por estos mundos, con la soberbia estampa de los gallos antes de iniciar la batalla: provocados, insultados, vencidos o victoriosos, la regia estampa es, en breves instantes, la imagen acabada de la piltrafa. Ejercer el poder es simplemente no morir, pero es un no morir que requiere de voluntad despilfarrada sin poderse administrar en el tiempo.

Nuestros andares parecen menos propensos al gesto trágico. Sírvame el ejemplo de la pelea de gallos para decantar entre la jerarquización vinculada al prestigio y la hermanada con el Poder. En este caso la voluntad de poder reúne ambos, o mejor aún: no los reúne porque jamás se separan siendo la misma cosa.

Una vez entrados en componendas y alianzas, el prestigio -voluntad de poder- parece separarse del dominio burdo que encarna el Poder sin voluntad. Y digo "parece" separarse pues salvo escasos ejemplos suelen rencontrarse para cumplir con el papel inverso: el Poder jerarquiza lo peor inflando seudoprestigios que lo apuntalen, en tanto el prestigio en franca mansedumbre se entrega y confunde con el prejuicio razonable del Poder.

Mas no se tome al hombre por vencido: para perder hay que combatir, aunque no faltará quien diga que el "quejido es la máscara de la vitalidad".

¿Dónde se separan o reúnen ambos elementos, y cómo -si es que los hay- escapan algunos al movimiento centrípeto del hechizo de la norma? ¿Será simple atavismo de la raza o estravismo de la Razón?

Lo que queda de UNO, no muy propenso a ir de aceptación en aceptación, pueda tal vez entender el hipnotismo genial y aventurero que lleva a perseguir a Moby Dick y que obliga a desmarcar a los marinos del mimetismo ramplón y devoto (quiero decir de-voto) de nuestros contemporáneos.

Pero lo que sí ya cuesta digerir, so pena de liquidar la magia de la poesía, es que en algo se asemejen "la obligación sagrada" y esa desolada fila donde cada cuerpo es un ataúd. Que en algo se toquen el ritual -donde la ofrenda buscaba imantar los poderes invisibles- y esta técnica tan sólo limitada a cumplir su máxima: "vivir fuera del presupuesto es vivir en el error". Y por ello, todo aliento de vida que se le acerque habrá sido como abrazada por la lepra.

Optimista, como sigo, empeñado en convencer, y por si alguno todavía hallara similitudes, baste con mencionar el contraste entre el rito parlamentario o una comida familiar y el jocoso festín ritual de los -ya últimos- yanomamis. (Para todo incrédulo queda extendida -desde ya- la invitación para soportar una comida de fin de año con mi extrañable "family Ufe". Compartir el huateque con los salvajes, parece que será imposible gracias al exterminio realizado por el bienamado progreso).

Si después de esta prueba de fuego un fanático perseverase, se podrían mencionar los dife¬rentes senderos a los que el afán de perpetuación conduce: mientras unos se embarcan en trascender su repelente destino construyendo estructuras de la inmortalidad, a la gente de bien (no que deviene) le basta con tener un hijo. Sobrevivirse en otro es tanto como poner a funcionar el anuncio luminoso: "Yo, idiota fundador, hijos y asociados, sirviéndole desde..." Cuando no se puede hacer algo apasionado, qué mejor que hacer cualquier cosa, inclusive un hombre.

La pretensión de obtener duración y poder a cambio de desarrollar el autocontrol, la autoimposición del Tabú, tal como señala Rank, conducen a la paradoja de pretender más vida negándola y sustituir la pretensión de la inmortalidad a cambio de mantenerse en la invitalidad. Curiosa manía la de temer perder lo que no se gozó. No se renuncia de mala gana a los impulsos para dar contenido a empresas de mayor envergadura, pero tampoco se sostiene ya la respuesta de Rank a Freud: la necesidad universal de inmortalidad, fallece en la colonización triunfante del racionalismo.

Lo que incitaba a la comprensión en el caso de los pueblos primitivos pasa a ser conocido por la modernidad. ¿O será quizá que lo que aspira a la inmortalidad -una vez suprimido el hombre- sea la Razón?

De esta manera el reino de la identificación con la trascendencia haría camino de retorno y se desmaterializaría, con la variante de que la Razón ya no regiría como intermediaria -ella lo es todo-, no hay con quién negociar, ni quién se resista; donde todo está probado ya no hay sitio para ritualizar lo improbable. ¿Habremos hecho por fin una religión a la altura de nuestro envilecimiento?

En tanto ello sucede, no pierda tiempo y adquiera su inmortalidad; todavía se consigue en el mercado negro.

La Razón juega prepotente con lo que Elías Canetti denomina "el temor a ser tocado": si el primitivo eludía lo extraño reconstruyendo el origen, la Razón sólo toca para aplastar.

La masa se deja llevar razonablemente hasta la atonía: están donde están todos: sentirse iguales para ser "nadie", pero no la nada. No es la voluntad o el impulso de aniquilación lo que se manifiesta, es el de permanencia, y si alguna ocasión estalla, es sólo para reacomodarse lánguido y satisfecho de su falta de pesares.

Este estallido no es sublevación, no es el triunfo del débil, no parte del resentimiento de la memoria, no hay fuerza para rumiar la venganza. Queda sólo el rictus vacuo de la indiferencia: si el Poder representado es apariencia, la impotencia no puede ser esencia: no es voluntad que se niega. En torno al asunto de la masa, no estoy seguro si las fuerzas poseen una cantidad. En cambio, no dudo en exceso que la cantidad disminuye a la fuerza. No haré aquí la elegía del piojo ni entonaré los cánticos del "pequeño es hermoso", mas no excluiré la posibilidad de que lo grande sea detestable o al menos propenso al cretinismo.

Antes que el malentendido se extienda: el primer punto está ligado a la materialización de la fuerza; el segundo, referido a su debilitamiento cualitativo, al margen del cómputo. Uno ligado al escalafón, el otro a la intensidad, y si ninguno seduce recordemos nuestra ineptitud para la orgía de la necesidad. Dicho en otro terreno y en franco y pasajero desacuerdo con Deleuze cuando señala: "La diferencia es sí, no es pues separable de la diferencia de cantidad. La diferencia de cantidad es la esencia de la fuerza, la relación de la fuerza con la fuerza". No será que la esencia de la fuerza está al margen de la cantidad y sí comprometida con la oportunidad, la intensidad; la calidad no consiste en la acumulación de cantidad sino en la astucia del acto Instalado ya de pleno en ejemplos aún no aceptados por la Universidad. Al boxeador de alto tonelaje y propenso a la bestialidad parece molestarle más una picadura de avispa en el testículo derecho que cinco mil bofetadas de este debilitado parlante. Vuelvo, tras esta olímpica digresión sobre la cuestión de la masa, a la Razón y algunas otras dispersiones encariñadas con el principio de obediencia.

Expertos en asideros, auténticos trapecistas de la esperanza, no hemos comprendido la esperanza de los dentistas: nótese que Shopenhauer señalaba que los dientes son la materialización de la voluntad de alimentación; por la misma vereda Canetti relata que en el proceso de asir e incorporar de la masa, la incorporación de la presa comienza por la boca. Baste lo anterior para sospechar que entre aquellos especialistas que iniciaron la debácle se hallaba algún brujo de la ortodoncia: Reclamo la ejecución sumaria del gremio. La filosofía barriobajesa de mi pueblo ya lo entendió, cuando victoriosa decía: en mi barrio el más chimuelo mastica clavos.

Así pues, por la necesidad de asideros que agobia al hombre, el Poder ha sabido comprender la velocidad con que se agotan y la necesidad de refuncionalizarlos creando simulacros de su poder impotencial. Es en este momento cuando la servidumbre voluntaria y el Poder simulado encuentran su correspondencia originando lo que Baudrillard denomina "el sistema como un solo y gigantesco simulacro". El magma pringoso del sistema ya sólo requiere de la hiperactividad de la "policía discursiva" para lograr su antología. Es en la demanda de signos de poder -ya puro sueño y simulacro de la debilidad dominante- donde se halla la "verdad", y la grieta de esta jerarquía, cada vez más estratificada e igualmente masificada, donde impregnados de banalidad no podemos aspirar ni a la más despreciable de las compañías: la del YO; reducidas al aislamiento colectivo y, al parecer, sin derecho a la agonía ni al exilio interior.

Quiero aclarar algo de lo que esta catarata de palabras quiso decir y no pudo callar. Recurrió, a falta de imaginación, a la tan trillada trampa de la escritura.

Al margen de concepciones organicistas o salvoconductos al aburrimiento sobre la igualdad, es esta última la que sustenta la dominación, o sea, jerarquía, prestigio y diferencia son los ene¬migos radicales del Poder y la indiferencia. Es nuestra incapacidad para la reunión efectiva de lo diferente, para gozar con lo virtuoso del otro, lo que facilita las sandeces imperantes del Poder, y la indiferencia lo que logra brillo del opaco reposo de la nulidad.

Nulidad achacosa tal vez deseando la jubilación y teniendo que soportar el ejercicio de do¬mador porque nosotros, aspirantes a la gerencia del Moloch estatal, no hemos podido superarlo ni en su ingeniosa imbecilidad.

Antes del origen de nuestra enigmática desventura, el prestigio no debió gozar de mucho "prestigio" entre quienes con él vivían o convivían.

Y digo que su "prestigio" no debió ser propenso a la mueca de adoración, porque el rito ya permitía la entrega a la divinidad, y los diferentes prestigios no eran más que fragmentos de lo cotidiano; o sea, antes del Poder no hubo prestigio, sino que éste es un invento de unos para justificarse y de otros para diferenciar.

En tanto el Poder permanece y totaliza, el prestigio era fugaz, parcelario y reversible. Por otra parte, la diferencia permitía la reunión ritual para "rehacer" la vida, en tanto que la indiferencia iguala frente a la decepción. El pretigio seduce, el poder impotente da órdenes. La diferencia, Cernuda guiña el ojo a los placeres prohibidos. La indiferencia, violador nocturno hace recuento de sus eyaculaciones precoces.

Mas tal vez ya sea indiferente si hubo o no diferencia y también de seguro que sea poco prestigioso hablar del Poder.

La pregunta ya no es si hay diferencia de la diferencia, sino: ¿Hay diferencia en la indiferencia? ¿Hay lugar todavía para la risa, la locura, la poesía o la borrachera? ¿Queda sitio para la parte maldita, o es también parte del rejuego de marionetas? ¿Se puede aún comportar contra lo que se espera, o el caso singular no es más que la elección de lo deplorable? ¿El caso singular no es más que la suma o resta de lo gregario?
Será quizá que ya no habrá último hombre porque ya no hay nadie.

Por si todo esto fuera falso -Dionisos así lo quiera-, y respirar no fuera necesariamente pactar con el Estado, no remplazaré la desconsoladora duda con alguna forma de la fe, y decreto por lo pronto una jornada casi obligatoriamente libre de alegría. Decreto asimismo la innecesaria creación de un manual para sugerir el rechazo de las instituciones -mas me preocupa que alguno lo vaya a cumplir-. Decreto un juicio sumario sobre la duda en el momento jus¬to que se ejecute a la verdad. Queden estos decretos firmados y sellados y que se aplique su inoperancia.

En tanto reíd, que en eso hemos perdido todo el tiempo; como dijo Nietzsche, combatamos a los tenebrosos -aunque me toque perder-. Estoy solo, inocente, con mí mismo. Esto no es un autorretrato ni un autorretracto, ni tan siquiera un relato pesimista, siempre quedan otras posibilidades: una catástrofe sin fin, por ejemplo. Todo me seduce aún, menos la muerte: Muerte, mala mujer, desabrida te presiento y por ello te dejo para el final. En tanto, para seguir con este soliloquio de todos que es el lenguaje, y ya abandonado el fundamento de una jerarquización teológica, si aún se tienen fuerzas para intentar alguna incursión por el punto de la separación, sugiero que no se culpe ni a la ley del Padre ni a la madre natura, búsquese el linaje fundador, entre el primer timorato, localícese el primer hombre, mas no se guarde rencor, no despilfarremos energías, más vale ignorarlo hasta el día de la venganza.

En el ínterin puede asistir a psicoanálisis, que es el linimento del espíritu o -como dijo Cioran- el gulag de Occidente, o, de lo contra¬rio, tener un hijo.

.

 

 

REGRESAR