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REBELDÍA O APATÍA - ESTA ES LA CUESTIÓN

JESÚS NAVA RANERO

 

Es sabido que a lo largo de la historia de las dominaciones y las servidumbres han sido impuestos y perfeccionados una serie de patrones o modelos que operan como imperativos de lo que se debe ser y se debe hacer, y que tales imperativos se traducen en prácticas y procedimientos de segregación y exclusión de lo que hace diferencia y disidencia.

 

La existencia de disidencias que derivan por el lado de la resistencia y la creación abre permanentemente la superficie de lo ya dicho para dar lugar a escrituras y apuestas de alguna forma inéditas. El arquetipo del joven rebelde como subversivo, inconforme y contestatario, capaz de producir y hacer rotar sus signos, ejemplifica esta práctica de la recreación de lo establecido a través de estilos trazos que devienen marca y escritura en el tiempo.

La actitud crítica y contestataria de los jóvenes que se resisten a hacer de su vida una inversión a favor de los intereses de quienes intenta determinar y dar sentido a su existencia, provoca conflictos que han sido ideologizados con procedimientos combinados de represión y representación que intentan culminan con la recuperación del “descarrío” ; la ideología constituye un proceso activo de intervención que trabaja permanentemente para renovar los signos y los significados que favorecen la continuidad y la eficacia de los dispositivos de sometimiento y control.

La intervención ideológico-institucional trabaja para desactivar y neutralizar las resistencias de los jóvenes a asemejar su vida a los moldes y patrones establecidos; pero hay que decir que el proceso es complejo y que el resultado no siempre se tiene asegurado. En el intersticio entre la realidad y la ideología emergen resistencias y desbordes irrecuperables; las expresiones por el lado de la rebeldía articulan apuestas portadoras de un potencial que insiste por el lado de la vida y el reclamo de soberanía.

La emancipación de la subjetividad de los vínculos ancestrales es inseparable de la tentativa rebelde de recuperar un horizonte de posibilidad; el vacío que origina su proceder constituye un momento indispensable para el despegue de la originalidad. La energía creativa insiste en moverse al margen de la captura.

En los jóvenes rebeldes se percibe un exceso desesperado de energía vital; ahí donde pareciera que ya todo está dicho, lo que irrumpe o estalla son otras maneras de decir, otras marcas, otros rostros, otros rastros, otros ritos, otras maneras de reconocerse y representarse; hay arte y potencial creador, alteración límite de lo establecido como bello o feo, de lo establecido como público y privado, y también más allá de lo establecido como el bien y el mal. Esta rebeldía no se detiene en la periferia; se hace presente, firme, o a veces vacilante, en los lugares y espacios más impredecibles.

Pero también, si miramos la otra cara de la moneda, la caída del sentido del mundo da lugar a una posición de desencanto que tiene mucho que ver con la melancolía y la pérdida de realidad; la cultura apartada de las exigencias de la vida se introyecta como una progresiva interiorización fantasmagórica que en su desarrollo produce una actitud improductiva, una casi extrema retirada de la acción por parte de muchos jóvenes al adoptar una actitud escéptica y desengañada.

El presente está por ser y por hacer, este es el lío, y la única certeza que se tiene es que la vida, donde existe, está en otra parte.

La globalización abre acuse al Internet y a la conciencia computarizada. A la par de las modernas redes que entre-tienen a los jóvenes, también les cae encima la mercadotecnia occidental que los llama al consumo en general de los productos, mayoritariamente tecnológicos, que se ofrecen para colmar la falta de certeza cada vez mayor y los síntomas del sinsentido y el vacío de su existencia.

El consumo de productos, que colocan a su poseedor a la vanguardia, proporciona una identidad que confirma a los jóvenes que pueden adquirirlos como poseedores de lo que otros ilusionan tener, hasta que la mercadotecnia pone en venta otra novedad que eclipsa a la anterior y provoca su caída, gestando la permanente frustración y sensación de impotencia en los jóvenes incapaces de mantener el falocromático brillo de su tenencia actualizado.

Nada más patético que mostrarse o ser mostrado en falta; nada más patético que la “tenencia” de uno coloque al otro en falta. De la falta es de lo que no quiere saber ni hacer saber; en la actualidad los padres se empeñan en lograr que a sus hijos nada los ponga en falta, de lo que se trata es de taponar o esconder la falta, de negar la falta, de cumplir la desestructurante y mercantil apuesta de que a los hijos no les falte nada; tal tendencia a silenciar la falta, y  con esta el estatuto del Nombre del Padre, ha gestado, a manera de síntoma, que la adolescencia de los hijos, a los que la falta les resulta insoportable, se extienda más allá de los veinticinco años, “bussines is bussines”.

Apertura tercer milenio; el mundo se hace uno, la pasión por vivir resulta absurda donde el Mercado manda y las resistencias, una vez vueltas mercancía, provocan Capital y frustración en insospechadas cantidades que producen adicciones y delincuencia a granel. Mercadotecnia de ilusión, apariencia y simulacro.

La decadencia y el desprestigio de los valores político-ideológico-revolucionarios, enarbolados en la modernidad, dio lugar a la incredulidad del sueño de la tierra de la gran promesa; particularmente los jóvenes se saben colocados, así lo ignoren, en el lugar del desecho y la impotencia. La radical y melancólica expresión “¡NO HAY FUTURO!”, lanzada en los 70s por los Sex Pistols, mostró sin anestesia el arribo a los destiempos de un porvenir sin rumbo de desastrosas consecuencias para los segregados, desplazados, desterrados, anulados, defecados, por la voracidad del Capital y los mercados.

La expansión del exclusivo y excluyente negocio de las drogas que sus dueños se oponen no sólo a compartir sino a legalizar, la desconfianza, la incertidumbre, la violencia, los crímenes, asumidos como vida normal y cotidiana, la apática apatía ante el exterminio de uno y otros, la imparable caída a los infiernos de la corrupción, el descredito generalizado de las instituciones, la ruptura del vínculo social, la fragmentación a polvo de los imaginarios colectivos, la impotencia asumida como nombre propio, el aniquilante desempleo, los inhumanos y perversos sueldos que aún conservan el nombre de salarios, el exterminio científicamente calculado al servicio de la expansión del Capital, la destrucción del mundo y el soslayo de sus consecuencias, el atiborramiento, nunca suficiente y en constante renovación, de los productos gestados por las tecnologías-científicas que a la vez que virtualizan la comunicación apagan el deseo de saber y son usados, las más de las veces, para “matar” o “pasar” el tiempo, han multiplicado radicalmente el sin sentido de la realidad que alcanza a la inmensa mayoría de jóvenes destinados a pasar sin ver y a ofrecer su cuerpo como síntoma a la feroz, bulímica, anoréxica, aniquilante apatía.

Los rebeldes que se atreven a vivir conforme a su deseo y a afirmar la singularidad de su existencia a través de la escritura de sus propios textos y sus propios trazos y sus muy particulares maneras de ser y devenir, hacen ver una otra dimensión de posibilidad que convoca a existir y convivir más allá del patológico y patético lugar común que repite una vez y otra vez al amo-esclavo.

La imaginación que apuntala el deseo, y los actos con los que los rebeldes reinventan su mundo, dota a los jóvenes de insospechados recursos y del ímpetu para remover y reinventar lo establecido.

Las manifestaciones juveniles por el lado de lo erótico, la sensualidad, la pasión, la creación, el deseo, las preguntas por el ser y el sentido de la vida, dieron forma, en el siglo anterior, a una serie de movimientos que se caracterizaron por la puesta en cuestión de la vida cotidiana sometida a los imperativos de la razón y el cálculo.

Los jóvenes puestos en cuestión por el delirante rostro de las dos guerras, incluyendo la apuesta fascista, la experiencia de los campos de exterminio, la muerte de millones y el montón de inválidos y huérfanos que dejaron las confrontaciones, fueron conducidos inevitablemente a preguntarse sobre el sentido o el sin sentido de su existencia. El siniestro y perverso espectáculo sacudió y cimbró la conciencia y el corazón de quienes lo vivieron y lo sobrevivieron.

Los jóvenes del mundo ensayaron las posibilidades de un otro devenir: el anarquismo, el existencialismo, el estridentismo, el daismo, el situacionismo, el surrealismo, y los movimientos posteriores a la segunda guerra, que sumaron a su desencanto las atrocidades provocadas por el afán imperialista de las economías de Mercado y de Estado, dieron paso al generación beat, al movimiento feminista, a la reivindicación de los derechos de los llamados “Negros” en los Estados Unidos, al hippismo, a la primavera de Praga, al pop, la psicodelia, al mayo del 68, y a los 68s a nivel mundial incluyendo el nuestro, al rock, a la emergencia del movimiento homosexual, a la par de la puesta en cuestión y el rechazo de la guerra de Vietnam, al punk, al dark, al rasta, y a otros movimientos que siguen irrumpiendo y siguen transformando la vida y la deriva de la vida cotidiana.

Qué sigue ¿quién puede saberlo?

Lo cierto es que este espacio que se dice de la posmodernidad, a contrapelo del mercado globalizado que tiende a la uniformidad, asoma una gama impredecible de rostros que ya se ven, y están por verse, por el lado de lo que pone en cuestión y mantiene a distancia al amo y al esclavo. Se trata, es de desear, de la emergencia de otros movimientos que se permitan reinventar el mundo y los fundamentos de la racionalidad agustina-maquiavélico-cartesiano-kantiana que fundaron la Modernidad y dieron sustento a la racionalidad de los procedimientos y dispositivos de exterminio del otro que, abierta y encubiertamente, continúan operando a discreción.

Si la rebeldía ha mostrado que debajo de los adoquines ésta el mar, es tiempo, para cada uno, y para cada una, de vivir conforme a su deseo y de afirmar la singularidad de la existencia a través de la creación y el devenir, sin colocarse en un lugar de amos o esclavos.

Resta decir que en los años 60s Cornelius Castoriadis, uno de los pensadores críticos más importantes del siglo XX, convocó a las sociedades a elegir entre Socialismo o Barbarie; de hecho ese fue el nombre de la importante publicación que dirigió y a la que acudieron algunos de los más brillantes intelectuales que contribuyeron a la interpretación filosófica-económica-política-social y cultural de los problemas contemporáneos y al desarrollo del pensamiento crítico.

Hoy la apuesta nos convoca a elegir entre la rebeldía, por el lado de lo que va más allá de la condena que en cada uno impone repetir al amo-esclavo, o la apática actitud del sujeto del Mercado y el consumo que se consume consumiendo. Esta es la cuestión.

Es de desear que la erranza de textos a través de la Errancia contribuya al esclarecimiento de la rebeldía y a la creación de ensayos que la problematicen, como una alternativa que permita ir más allá de la castrante herencia que impone a cada uno afirmar y propagar al amo-esclavo que llevamos dentro.

 

 

 

 

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