home.jpg

 

L1

MODERNIDAD - POSMODERNIDAD

Gérard Pommier

 

No future!
Cuando sueño con cambiar el mundo, me quedo sin armas. Cualquier protesta es vana si ignoro cuál es la orientación de la historia y, realmente, esto se me escapa. Ya no entiendo más lo que pasa en los cuatro puntos del planeta: el horizonte parece una pared y el futuro resbala. Esta dificultad para pensar lo que se mueve en la actualidad debe de ser lo que Jean-Francois Lyotard llamaba "posmodernismo" No fue quien creó la palabra: la habían inventado unos arquitectos unos años antes para hablar de la mezcla de los estilos y de las épocas. Y, además, esta noción se aclaró después de los debates con Habermas y con Rorty. El posmodernismo es la época en la que el hombre ya no se entusiasma por "un futuro que canta, prometido para antes o para después de la muerte. La esperanza de una realización del ser humano se difumina. Nadie piensa más en esto.

¡Qué diferencia con el pensamiento y la acción "moderna"! Entre el siglo XVIII y el siglo XX, la gente se entusiasmaba con la cercana emancipación de la humanidad. La idea de un progreso continuo secularizaba el relato cristiano de la redención del error de Adán. Ya sea gracias a la ciencia, que triunfaba sobre la ignorancia, que rompía las cadenas del feudalismo, que ponía fin a la explotación capitalista o, por el contrario, que apostaba al capitalismo para vencer la pobreza, siempre se trataba de llevar a cabo una historia que culminaría en la felicidad y la libertad. Incluso cuando se oponían entre sí, estos ideales provenían del mismo terreno abonado por el monoteísmo y sólo prometían progreso y fin dé los tiempos.

El "posmodernismo" ya no muestra estas hermosas ideas. Tampoco las combate y las que siguen siendo actuales se presentan en un orden tan disperso que ninguna puede pretender la homogeneidad. La desaparición de las esperanzas revolucionarias en los últimos años pervirtió el sentido de toda liberación: se volvió culpable de las opresiones que se ejercieron en su nombre y de las que se ejercieron en su contra. La tierra prometida del revolucionario se evaporó cuando fue alcanzada. Éste se abandonó a sí mismo cuando llegó a sus fronteras, sus pies se volvieron ligeros al acercársele, una lenta elasticidad amortiguó sus pasos hasta detenerlos y su paraíso siguió siendo inviolado. No sabemos si ese edén existe porque nadie lo conoció, sólo que el que se acerca a él se siente más ligero, se disuelve. ¡Mejor es renunciar a pensar en el mañana! E1 calificativo de "intelectual" se volvió un insulto, y la noción de progreso engendra una incredulidad creciente. El mundo posmoderno escapa no sólo al relato, sino también a la nostalgia del relato. La ausencia de ideal no es un nuevo ideal. Respetuosamente marginalizados, los ideales de ayer se vuelven una disciplina exótica del turismo intelectual. Si aparece un nuevo ideal, queda desacreditado de antemano en nombre de sus hermanos del pasado, y no tiene ninguna consecuencia en su lugar de nacimiento. Emigra: la subcultura de las minorías se vuelve la cultura de otros grupos y paga el precio de un desplazamiento de clase, o de un cambio de país. El estilo rock gay, o punk se convierten después en la cultura de los suburbios, o de los golden boys, pierden su alma y su razón.

La modernidad vació el cielo de los ideales para realizarlos en la tierra, y ahora la posmodernidad rechaza estos retoños secularizados. Ya no se cree en ellos. ¿Para qué? No lo sabemos. El hoy ya no aprende de las lecciones de ayer para soñar con un final edénico o con un final sin fin. Ayer, la sociedad vivía en una tensión apocalíptica que tenía a todo el mundo en vilo, hubiera participado o no de la revolución, hubiera esperado o no la resurrección. Ahora, el presente se propulsa mientras va consumiendo su propia herencia, se deshereda cada día. Avanza negando lo que hizo hace un instante, fiel a la ciencia que, por principio, reniega de sus certezas: deja un rastro en los ideales que la engendraron. La superficialidad suprimió a su madre y los hombres no dejaron de ser mensajeros. Cada uno de nosotros, privado del ideal transmisible, se comporta corno si fuera el último hombre. Para comprender y gozar de lo heredado habría que transmitirlo. Pero, ¿en nombre de quién lo haría? Nosotros, mensajeros, ignoramos nuestro mensaje, salvo que lo transmitamos a nosotros mismos.

Sin ti, mi herencia sigue en afrecho. Tengo menos pensamientos para el futuro que para hoy: los eché, sólo me queda el vacío. Nada es más pesado que este vacío: salto para sacármelo de encima, arriba, abajo, hago gimnasia aeróbica, hago fitness, ¡arriba! Habito mi cuerpo, te corro, te alcanzaría, me beso, entro en ti, me autoatravieso: así, a fuerza de las alas de ángel que me crecieron.

Con la llegada del posmodernismo, con gran rapidez se ensancharon dos fracturas entre la gente que vive en dos mundos cada vez más diferentes: los practicantes de lo premoderno (religioso) siguen oponiéndose a los modernos (la religión secularizada), en tanto que, al mismo tiempo, la virtualidad posmoderna (sin nada más adelante) dejó de ocuparse de sus dos hijos mayores. Algunos siguen creyendo conscientemente en un ideal, pero este juramento de fidelidad no quiere decir obligatoriamente "acto de fe" sino organización de la vida a través de las creencias involucradas. Puede tratarse de un ideal premoderno" (religioso) o de un ideal “moderno” progresista o revolucionario. Una fractura conflictiva sigue separando a los premodernos y a los modernos: en Francia, por ejemplo, aparece cada vez que se discute sobre la escuela laica o confesional. Y ahora se cava otro foso, entre el paquete de los premodernos y de los modernos (siempre divididos) y los que piensan que no tienen para nada un ideal (posmodernos). Esta segunda fractura es más sutil, ya que los posmodernos no luchan, van en un tren cuya locomotora no tiene conductor.

La posición del cuerpo en relación con el ideal se modifica con el paso del modernismo -que tiene un ideal declarado- al posmodernismo, que pretende no necesitarlo. ¿Cuál será el destino de un cuerpo que se alimentaba con su ideal? ¿En qué fuegos va a inmolarse si no es en su propia llama? El dédalo de las religiones y la cremallera del progreso, dando vueltas uno alrededor del otro, nos llevaron hasta esta especie de desastre actual, si podemos llamar "desastre" a la caída de los ideales que, como los astros, en efecto, permiten que los hombres se orienten en los océanos, en lo alto de las montañas, en el desierto de las ciudades. ¡Si se tratara solamente de orientarse! Pues, en realidad, ¡los cuerpos le dan combustible al ideal! ¿Cómo seguirán su ruta ahora? La puesta en forma del cuerpo humano procede de un ideal que se le escapa: su verdad depende del otro. ¡Pero el otro hace lo mismo! Por costumbre, el otro es siempre el otro: existe fuera de él, es su poder. Siempre en otras manos, el humano reside en esta extra-territorialidad.

Un hermoso ideal se desprende del propio cuerpo y su ausencia puede terminar con una civilización. El crecimiento de los suicidios y el descenso de la natalidad sucedieron durante un lapso importante a la caída del Imperio austro-húngaro; la declinación de los indígenas de América del Norte fue el resultado tanto de su derrota en la guerra como de su decapitación cultural. Etcétera. Al dictar la ley desde lo alto, el ideal anclaba la carne en la tierra. Y si el ancla se corta, los cuerpos, reducidos al conjunto de sus funciones, se desunen, ya que solamente el ideal, tan ficticio como eficaz, hacía que se mantuvieran como una totalidad: ahora, desarrumados, cada vez más numerosos y transparentes, flamean y flotan.

Sin embargo, ¿es cierto que existe una relación de este tipo entre el cuerpo y el ideal? Un cuerpo es materia. No obstante, no crece si nadie le habla. Aislado dé sus semejantes, privado de los proyecto que urde con ellos o contra ellos muere. Su vida se seca cuando se lo desteta de sus amores y de sus sueños: muere cuando se rompen los hilos tan finos que lo unían a los demás, se estructuran sus vísceras, sus músculos, se activan los genes, los minerales, los ácidos, las encimas. Un elemento externo al cuerpo pone anzuelos y tira para adelante la mecánica orgánica, tan bien programada que podríamos decir que no necesita más que de alimentos para funcionar. La hermosa máquina con computadora incorporada no se maneja a sí misma: no llega muy lejos si, le falta el combustible de los sueños. Podríamos creer que el hombre está solo cuando duerme. ¡Pero no! El tejido de cada sueño retuerce su hilo sobre la trama común y se teje con símbolos; compartidos. Y, hoy, la trama se declaró caduca: ¡no hay que soñar! Parece que las leyes lo dicen.

Sin embargo, primero vivimos en el sueño de los que" quisieron que naciéramos. Y allí, fuera de nosotros, germinamos y, luego, aprendimos a vivir. Todavía hoy, para nosotros nuestro cuerpo sigue siendo una idea, de la que sólo somos los locatarios que procedemos: hacemos trampa todos los días para recuperar el goce de esta carne gracias al espejo, al amor, a la mirada de los otros: sólo "somos" por esa mediación. La casa en la que crecimos está fuera de nosotros. Tenemos dos cuerpos, uno para el sueño y el otro, que arrastramos mientras nos arrastre. El cuerpo con el que soñamos es el verdadero en el orden humano. El otro no es más que un animal incapaz de arreglárselas solo. Él cuerpo del sueño tiene que ponerle anzuelos y tirarlo para adelante hacia no sabe qué, a él, esa masa de carne obtusa y perezosa. Lo real del cuerpo es lo virtual del sueño al que el organismo se pliega. El niño no crece si no sueña con crecer: sus células quizás sigan creciendo, la bolsa de piel quizás siga estirándose y extendiéndose, pero un enano sigue viviendo en él.

El cuerpo impensable es algo mental, cosa mentale: hace pensar. La lengua que aprendimos a hablar primero fue un dialecto extranjero: nos saca afuera como caracoles de sus caparazones cada vez que abrimos la boca. Esa lengua sigue siendo la de nuestra madre, se retuerce, hace lo que se le da la gana. Pequeños caracoles obscenos, nuestros cuerpos fueron primero lo que ella quiso, el falo de ella, que no lo tenía. En esta extra-territorialidad de principio, sólo guardamos de nuestro cuerpo una idea, la misma cuyo reino vacío Platón fue el primero en reconocer. El profundo nihilismo que obsesiona al ser humano es el resultado de esta primera cita que el amor le proporciona al hombre, sellando un pacto con la pulsión de muerte

La muerte rondó la vida en mi primer amor, y por eso hablo: el habla sueña en voz alta medios para asegurarme una existencia más allá de la imagen, toma garantías sobre el más allá de las apariencias. De esta manera vagan los ideales: respetan la desaparición inminente del cuerpo. Al hablar de sus sueños más allá del cuerpo, los hombres existen, y la narración de la historia mayúscula como la de las novelas íntimas, lo mantiene a flote. Las historias montan guardia como centinelas cercanos: sostienen en primera línea la existencia de cada sujeto. No existe inconsciente colectivo, sino que las ficciones colectivas conducen la eficacia de cada inconsciente. Las ficciones transfiguran el pasado y proponen un futuro edénico: de ésta manera, el cuerpo es lastrado por los ideales, los pies tocan el suelo gracias a sus sueños. Tira el ancla gracias a las creencias y a las religiones de su tiempo.

El lugar del síntoma en la sociedad varía en función de las ficciones de la época. Louise de Néant, por ejemplo, la mística francesa del siglo XVIII, se infligía terribles sufrimientos: frío, hambre, humillaciones y flagelaciones. Se sacrificaba a Dios y la práctica se correspondía con las creencias de su siglo. Esta locura se ponía sin ningún resto en la cuenta de la fe, ya que no había ningún médico. Hoy, un psiquiatra, al escucharla, proporcionaría un diagnóstico de melancolía delirante. No vería en el dolor un sacrificio consentido en nombre de Dios, sino, un ejercicio masoquista efectuado en nombre del superyó. Sería necesario internarla, alternando con las batas químicas de rigor en estos casos. ¿No veremos así la diferencia en la que los cuerpos funcionan en base "al ideal" y otra en la que los cuerpos están privados de él? Así, la subjetividad necesita de lo narrativo, la fidelidad a la historia: pero es una fidelidad extraña, pues es leal a una historia idealizada más que a una historia acorde con el pasado.

Si escucháramos las normas de ayer, la moral en vigencia en la actualidad, las órdenes del clan, de la raza, del país nos quedaríamos de una pieza. Más fiel que a la conformidad, la infidelidad hace germinar el ideal, que siempre será más bello. Nosotros, los traidores, ¡miren como sabemos avanzar!

La fuerza del lazo social reside en el compartir las mismas creencias: tú que crees en los mismos sueños que yo, me abres el tiempo. Si creo en lo que crees, la burbuja flotante de mi cuerpo tendrá lastre: .se acerca al suelo gracias a une fe compartida. El ideal común es proporcional a la represión: promete un goce recuperado para mañana. Nuestro vacío de ser inventa los mitos que arraigan el ideal de un cuerpo que sólo habitamos ficcionalmente, en condicional (algo que se diría como los cuentos infantiles: "Había una vez..." ¿Y después?... No importa, pues cualquiera sea la continuación, al menos hemos ganado un cuerpo).

Pero ahora, ya no comparto mis sueños contigo: el vincule se deshizo y floto. Allá arriba, el ángel se imprime sobre mí y me goza, sin que me dé cuenta: esto significa que dejo de distinguir lo real de lo virtual. Ya no me despierto; el sueño está sobre mi espalda y no me abandona. Sólo puedo escaparme de él a fuerza de insurrecciones de insomnio, que me llevan a ayer. En todas partes, en todos los lugares públicos, el sueño me televisa, me celulariza, me internetiza, me webiza. Por otra parte, yo también voy en ese sentido: saco fotos, filmo, grabo y lo pongo en un disquete. Me imagino que después voy a usar todas estas imágenes guardadas y sonidos grabados. Le voy a decir a alguien: "Ves, ahí estuve yo, pero no estaba ahí: no oí nada, no vi nada. Estaba demasiado ocupado en grabar para que tú lo vieras luego y estaba ausente. El desplazamiento en el tiempo me hace desaparecer del espacio actual. Me volví el turista de mi propia vida, recorro el museo de mi existencia. Todo se volvió exótico: cultura, sexo, tercer mundo, perversiones: miro el universo con una mirada que me excluye de él. Le di mi cuerpo a la medicina mucho antes de mi muerte: su tristeza y su alegría están inscriptas en él y parece que esto no depende de ti, amigo. En cada momento siento que mi pensamiento me es sonsacado: los medios de comunicación piensan en mi lugar sin descanso. Si me dejo ir, mi vida puede volverse totalmente virtual. En todas partes me muestran lo que es la felicidad: le sucede ante mí a otros, es como si fuera yo. Es mi comunismo virtual, mi exterioridad en el mundo, yo, el último hombre o el primero -ya veremos-."

 

 

 

REGRESAR