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L1

NOTAS SOBRE
ARQUEÓLOGOS Y ESCRITURAS

José Antonio Mejía Coria

 

La problemática por la pregunta ¿qué es el hombre?, lleva a Michel Foucault a hacer un recorrido epistémico impresionante, allá donde el horizonte dejaba de lado a Dios como lugar de saberes o compensaciones para el hombre (a imagen y semejanza) se comienza a gestar un desplazamiento fundamental que atraviesa la historia de los haceres del llamado hombre.

Dios, el objeto, el individuo, la carnalidad de estas y otras categorías científicas dejan de lado la idea rousseauniana del ser hombre: ante el hombre genealógicamente bueno, tabula rasa, viene a hacer trazo la propuesta foucaultiana: no puede haber hombre sin saber, no puede haber saber sin violencia. La violencia mata. Foucault se encarga de matar al hombre.

Citemos a Michel Foucault:

“El modo de ser del hombre tal como se ha constituido en el pensamiento moderno le permite representar dos papeles, está a la vez en el fundamento de todas las positividades y presente, de una manera que no puede llamarse privilegiada, en el elemento de las cosas empíricas” [1]

A partir de lo anterior surge una pregunta ¿Quién le dio derecho al hombre de producir saberes y por medio de esto saberes trazar una manera vertical de ver el mundo, sus funcionalidades y disfuncionalidades?

Sujeto y objeto, sigue atravesando las playas del conocimiento, Foucault mata al hombre precisamente para hacerlo vivir. Al ser un modus operandi de las ciencias el hombre es necesario como muerto dentro de los planteamientos científicos o no científicos, serios o no serios, epistemológicos o no epistemológicos. El filósofo de la cabeza rapada deja en manos de los humanistas a un hombre muerto recién nacido: el humanismo fracasa al pretender trabajar con un hombre que elige, que decide, que se plantea la existencia desde el acto de la voluntad de ser.

El hombre que muere en las palabras y las cosas depende de toda una constitución de saberes, de saberes muertos. Este hombre muere desde el momento en el que se plantea la posibilidad de poder ser autor, ser obrante, esclavo de saberes que atraviesan su historia desaparecida, siempre por constituir.

Foucault mata al hombre para instituir al autor-al desaparecido detrás de los manifiestos, escritos, ensayos, aporías, sentencias. Lo mata para decir que el asunto no termina de cuajar. No hay un saber que pueda decir sobre el ser del hombre: este se difumina ante cualquier posibilidad de decir ¿qué es un hombre?

El hombre es ese horizonte crepuscular que en los 60´s pugnó por instituir la comunidad de los hermanos, la fratría hippie, la común: El hombre y su sueño están agonizando. Será en 1980 cuando el hombre finalmente cae, cuando el working class hero cae por aquel maldito proyectil traicionero.

Foucault lo plantea, el hombre y sus construcciones tienen siempre como horizonte la muerte. El saber está ligado inherentemente a una violencia, a inconformidad. El sueño ha muerto. El hombre es ese cadáver que atraviesa la historia del pensamiento, al menos del pensamiento occidental. Ese hombre alado que prefiere las sombras. El saber está ligado a la muerte, Bartleby, quizá.

No hay origen. No hay centro. Hay diferencia. Como plantea Blanchot “la diferencia es la retención de la exterioridad; lo exterior es la exposición de la diferencia, diferencia y exterior designan la distancia original –el origen que es la disyunción misma y siempre cortada de sí misma. La disyunción, allí donde el tiempo y el espacio se juntan disyuntándose, coincide con lo que no coincide, la no coincidente que de antemano aleja de toda unidad.” [2]

Inclusive la negatividad se ve trastocada, la diferencia no tiene relación con la Unidad. Los dados están echados/ y giran/ como una flecha/ como bumerang/los dados están echados…/y vuelven siempre de otra manera.

Autor ¿Qué importa quién?

Foucault plantea la función del autor ex sistente, exterior interior a la obra. ¿Qué es una obra? ¿Qué es un autor? ¿Qué será la obra? ¿Será la mascarada con la cual el autor logra por fin perder el rostro? Obra como exterior de un interior inmediato, el rostro del autor se disemina detrás de la mascarada que la obra es. El nombre del autor, indefinido ante la polisemia del texto

¿Yo habla? ¿O es ahí donde yo habla que ello dará cuenta de la imposibilidad del semblante que escribe?

La escritura es un acto que fracasa. Si acertara, la escritura como acto quedaría sin dictamen: ante la consumación del acto el escritor estaría muerto en lo real, ante el triunfo de su escritura como acto.

La escritura fracasa para mantener vivo a ese que escribe: el que escribe encadena, hasta el límite del cuerpo, del cansancio, de la muerte, del silencio. Sólo puede haber silencio en el cuerpo, sin cuerpo el silencio no sería. El silencio se arraiga en el cuerpo de ese que posiblemente podrá escribir.

Ante esto: el nombre del autor se ausenta: lo idealizo, lo leo, me interesa saber de su ausencia, a través de mis ausencias. Leo. Leo desde mi silencio, desde el cuerpo que dice que puede haber silencio. Siguiendo al cuerpo que se pierde en la dimensión inatrapable del tiempo que se va. La escritura hace referencia al resto de una duración, duración que se anuda al secreto que guarda aquel que escribe, para después desaparecer advertido-inadvertido ante el mote de “autor”.

Hay quien escribe, quien escribió con el cuerpo, con la sangre (fría, tibia o caliente). Se puede escribir desde lo insoportable del querer hacer cuerpo y no lograrlo: cuerpo escritural ante la imposibilidad de hacer “un” cuerpo.

El nombre es preludio al ser obra, al ser autor: desaparición ante mascaradas detrás de las cuales se ausenta el desconocido secreto del escribiente.

Nombre-cuerpo-atribución. Afirmación: El secreto del no secreto: Bartleby preferiría no hacerlo, pues si lo hace tendrá que apropiarse de lo hecho. La apropiación: si de alguien se apropia el autor no es del texto, sino del lector. El mismo escritor deviene lector y comentador de lo que algún día fue escrito. El lector siempre plantea la distancia entre el tiempo de ser escrito y ser leído del texto: el primer momento aparece difuminado en un origen incierto.

El texto, la obra, es de nadie. En el momento que se escribe algo, el que escribe está advertido de que lo escrito no regresará, ante la dispersión de lo escrito (en tanto leído, en tanto comentado) la propiedad queda anulada.

Asimismo hablemos de la atribución, otra de las características que Foucault plantea para seguir el rastro del autor. La atribución es el esfuerzo por el cual lo dicho después de plasmado el texto pretende dar vestigios sobre el secreto del nominado autor. Atribución que pugna por definir el ser de lo escrito, del preludio a su ser obra. Una vez más el autor queda distanciado de los supuestos sobre lo escrito: la atribución como esfuerzo por atrapar ese resto inatrapable que deja el texto. La diseminación es incapturable.

El retorno a la obra, el retorno al autor. Intento de retorno al lugar de lo escrito: al lugar que el lector intenta retornar es al lugar del escribiente, al lugar del escribiente en tanto lo escrito es el resto que ha quedado por visitar.

La posición del autor se convierte en posiciones fundadas por los lectores que insisten a través de la lectura posicionarse en relación a la posición del autor. Cada retorno, cada regreso es diferente al anterior, el lugar de la lectura es lugar de la repetición. Lo que se repite no es la igualdad. En tanto imposible de capturar es ese momento del escribiente del texto al cual el lector retorna. Lo que se repite es la diferencia, la diferencia de la repetición, es esta una de las suposiciones que el lector puede tener ante cada arribo que prepare sobre los litorales del autor como escribiente leído. Este supuesto (el de que lo que se repite es la diferencia al infinito) confirma la precaución que anuncia que el origen de la obra está perdido. En otra temporalidad, la cual por más que insistan las lecturas, tiene que ver con la temporalidad misma del acto de lo escrito: el acto escritural está fundado en una pérdida, misma que intenta recuperar el lector en su movimiento pendular ante el texto. Desde esta perspectiva toda lectura es intento fallido por posicionarse a partir de la lectura.

Ir a la obra del autor, es el vaivén que por medio de la lectura puede intentar retornar al fundamento de la obra, al momento fundante que el autor instituye al plasmar caracteres, desplegados políticos sobre una superficie en blanco. Momento fundante, más no origen.

¿Y qué más sobre el autor?

¿Será el trozo diseminado de lo escrito, el trazo siempre ausente, austero, de un planteamiento sepultado? Lo que en el fondo de papel en blanco comienza a ser escrito será el eco mudo de una literalidad perdida. Autor y obra se entrelazan haciendo de la superficie horizontalidad visible. La totalidad queda escindida por el tiempo del ser leído, del ser escrito: las palabras no alcanzan para que el autor pueda escribir todo lo que quisiera escribir. Las letras, cadáveres que esperan tomar vida al ser leídos, resaltan sobre el fondo blanco de una historia, de secretos que secretan. El autor es pensado a partir del texto que es su obra. ¿Pero de quién? ¿de quién hablamos?

Hablamos quizá de aquel que toma el bolígrafo, la máquina de escribir, la computadora. De aquel que se dispersa en lo escrito, transformando literalidades en lateralidades, de aquel que imposibilitado ante el límite de las palabras preferiría, una vez más, no hacerlo.

Ausencias, presencias. Barthes el escribiente.

Lo escrito es precedido de toda una historia borrada, detrás de todo texto hay una llamada a que la arqueología haga uso de sus presencias para buscar en lo insondable del texto algún indicio del origen de las palabras. El origen, búsqueda del lugar específico, de la historia especifica en la cual el sujeto se trastorna escribiente. Detrás de toda metodología parecería existir el afán de decir sobre ese origen, no lo hay, esa es la gran dificultad, no hay origen, el origen está perdido, el origen es lo más alejado de las letras dispersas a lo largo de las hojas marcadas que componen un texto. Seguimos rondando los laberintos de Babel, tratando de tratar, tratando de decir a través de nuestras limitadas posibilidades. Po eso hay escritura, por la ausencia de origen, por eso hay escritura, por la ausencia de Babel.

Herman Melville presenta la historia de Bartleby, sombrío ayudante de un buró de abogados, Bartelby, dice el narrador, es un escribiente.

Bartleby, copia, reporta de manera eficiente. Su vida, su historia es repetición desconocida, su estar es hacer de manera automática. Ante cualquier objeción el escribiente contesta: Preferiría no hacerlo. Esta frase funge de pretexto implícito en el presente texto ausente.

Melville arma un lugar habitado por el escribiente y su jefe, abogado eficiente que coordina a un grupo extraño de sujetos bizarros: el Pinzas, el Pavo, ambos escribientes y Nuez de Jengibre, el pequeño hombre de los recados.

El Pavo, escribiente, tipo inglés que tiene la cualidad de estar de un humor intratable a partir del mediodía, pero que antes de ese horario es un trabajador eficiente y cordial. El Pinzas, joven de 25 años, antes del mediodía es malhumorado, nervioso, golpeado por su indigestión y su ambición, carácter que aminora por las tardes, pues se transforma en un personaje amable y eficiente, por las tardes es cortés, un buen cortés. Nuez de Jengibre, es un joven de 12 años de edad, aprendiz de abogado, quien además se encarga de proveer de manzanas, pasteles y nueces a los fatigados escribientes. El jefe del despacho pierde el centro ante la llegada de Bartleby, pues éste prefiere no hacerlo.

Barthes y Bartleby

“El estilo es así siempre un secreto; pero la vertiente silenciosa de su referencia, no se relaciona con la naturaleza móvil y sin cesar diferida del lenguaje; su secreto es un recuerdo encerrado en el cuerpo del escritor” [3]

Barthes el no escribiente, Bartleby preferiría no hacerlo. Preferiría no escribir, no seguir el trazo obligado, preferiría no hacerlo ante la exigencia imperativa que proviene del otro. Otro que es él. Por eso prefiere no hacerlo. Bartleby es el secretario de la repetición que logra lo idéntico: aunque esta repetición tenga que ver con la desaparición de ese que arriesga repetir la igualdad imposible.

Al contrario, Barthes escribe, plantea texturas múltiples, opera desde la escritura imparable, improbable escribe con la fuerza de una locomotora, Barthes es el no escribiente, pues intenta escribir la diferencia. Cuando Barthes escribe, el autor ha muerto, por eso es el no escribiente. Bartleby muere al ser autor-escritura, al no diferenciarse del acto escritural, he ahí al escribiente. Bartleby, no para de escribir, mecánicamente copia textos legales, persigue la copia imparable, a la luz de la lámpara, a la luz del candil, escribe, escribe para repetir y no caer si la repetición se detiene, está amenaza es la causa del no detenerse, en caso de parar, la muerte sería la única respuesta, es la única respuesta.

Acudamos a Barthes, quien plantea que en los litorales de la lengua y el estilo está la escritura, pero hay un trasfondo que se vislumbra como secreto, este secreto se resguarda en el cuerpo del escritor, lo posesiona, lo empuja a escribir, funcionando de trasfondo incierto, pues en tanto secreto nunca se deja decir (Barthes, el grado cero de la escritura ¿qué es la escritura?).

Paradigma de este secreto alojado como germen en el cuerpo del sujeto Bartleby nunca se deja decir, nunca se deja decir sobre el secreto que lo resguarda de cualquier explicación. Quizá no se deja decir porque el secreto no existe. No hay secreto, quizá sea sólo un indecible. Lo indecible del autor es lo que atrae miradas, idas y vueltas hacia lo escrito. El secreto pertenece al campo de o decible oculto. Lo indecible deja fuera al secreto. Lo indecible atraviesa la carne del escribiente, la carne del lector. Se busca en el autor la solución a lo indecible del ser “propio” del lector, de los lectores.

Sigamos con Bartleby, este personaje plantea una negatividad, negatividad que desconcierta desde un enunciado: preferiría no. Asimismo la escritura es negatividad, negatividad que empuja y atraviesa la continuidad, la negatividad produce efectos de sentido en tanto hace función de estructura de lo escrito, la estructura como uno de los residuos del destinar: elementos conjugados en una tensión, la cual aleja mediante lo escrito el sentido de lo indecible del autor. No hay secreto, eso es, no hay secreto. Lo indecible empuja desde la negatividad de una frase, un acto, un movimiento: lo indecible empuja desde la diferencia. El secreto al contrario, afirma la indiferencia.

Allá donde se busca un secreto se está buscando la manera de un control total sobre lo ya escrito, se busca una manera, y sólo una de poder decir sobre lo escrito. Asunto de críticas literarias y tecnologías del texto las cuales pretenderían capturar lo inatrapable del texto a partir de saber sobre “el secreto” del autor que escribió. El crítico tecnólogo del texto en el fondo (y en lo superficial) siempre intentará proponer “La” explicación de lo escrito (se presentará abierto y crítico, para luego desenfundar la espada y decir: he aquí al nuevo amo, amadlo).

Ante lo crítico, hacer uso de lo críptico: Bartleby deja frío al escritor Melville, pues preferiría no hacerlo, no hacer uso de algo que es apuesta perdida: las palabras repitiéndose al infinito, copias idénticas, una a la otra. Bartleby, de oficio escribiente ya no desea hacerlo,pues es imposible copiar identidades textuales. Se detiene, no escribe más. Bartleby da muestras de su secreto (el cual no existe) pero nunca termina de decirlo: escribe copias de documentos legales como desquiciado, no para, se detiene hasta que lo despiden de su lugar de escribiente, para, y para en la muerte, con la muerte, antes de esto prefirió detenerse, detener el vértigo imparable del ser de oficio escribiente: la máquina de escribir lo seguirá haciendo, Bartleby renuncia cuando renuncian a Bartleby.

Bartleby guarda enigmas ante lo legal de su escrito: la legalidad de la repetición documental mantiene a este personaje en pie: en los huesos, transparente, nutrido por nueces de jengibre, pero de pie, escribiente.

Lo legal del texto repetido mantiene en resguardo cualquier posibilidad de que el secreto sea descubierto: lo no decible de Bartleby es cubierto por las repeticiones al infinito del texto, del que se pretende idéntico, Bartleby desiste: preferiría no hacerlo, porque si lo hago no será igual a cómo lo hice.

¿A qué viene Bartleby? ¿Por qué colocarlo a un costado de Foucault, Barthes y Lacan?

Desde esta posición, la emergencia de Bartleby parece necesaria: preferiría no, desearía no. Está negación inicial plantea la función freudiana de lo Icc, una de las características del inconsciente freudiano tiene que ver con la no-negación

La escritura hace de cauce ante el puro afirmar de lo Icc. Las escrituras hacen de no ante el sí continuo e intempestivo de lo Icc freudiano. Bartleby, al decir: preferiría no hacerlo, queda sujeto a la tensión entre lo no escrito y lo escrito. Lo Icc es lo que no cesa de no inscribirse, diría Lacan. No cesa de no inscribirse, pues ante el sí infinito, la escritura es lo de menos. La escritura intenta atrapar ese resto que implica al sujeto del Icc en su transitar. Transitar que es efímero, transitar del cual sólo quedan huellas, huellas plasmadas en un pedazo de papel, o en el monitor de una computadora.

Lo Icc es inescribible, puede decirse pero escapa a cualquier intento de ser hecho escritura. Lo Icc es ese capítulo de la historia del sujeto que permanece velado, o siguiendo literal a Lacan:

“el inconsciente es aquella parte del discurso concreto en cuanto transindividual que falta a la disposición del sujeto para restablecer la continuidad de su discurso consciente…El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un embuste: es el capítulo censurado. Pero la verdad puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está escrita en otra parte…” [4]

Es notable el personaje Bartleby: se sostiene en una negación, negación que afirma su diferencia, Bartleby, más allá del relato que sobre él se plantea, carece de historia, si, a pesar de poder ir al texto de Melville, nunca se encuentra la historia de Bartleby, nadie sabe de lo que es, quizá Bartleby tampoco, por eso desea no hacerlo. Bartleby representa ese agujero con el que el escritor se enfrenta al iniciar con la escritura de un texto: preferiría no hacerlo. Bartleby es de esos textos que el lector preferiría tirar por la borda, pero no lo tira, pues atrae, ahí pasa algo, algo que atrae las miradas pendulares de la lectura que va y viene al relato del escribiente.

Barthes comenta que para el adulto la novedad es siempre el goce: la escritura y la lectura permiten anudar elementos los cuales en ocasiones pueden dar cuenta de que el sujeto goza. Bartleby goza. Goza de su desaparición. Bartleby niega niega niega, hay un momento en el relato de Melville en el cual Bartleby es un mueble más de la oficina, momento de decisión, pues es enviado a la calle, arrestado por vagancia y confinado al silencio sepulcral de la prisión, es en prisión donde Bartleby se deja caer: prefiere no comer, prefiere no hacerlo; prefiere no vivir, prefiere no hacerlo.

A continuación restos de lo que fue la historia del misterioso escribiente:

“La información es la siguiente: que Bartleby había sido empleado subalterno en la Oficina de Cartas Perdidas de Washington, de donde se le despidió por un cambio en la administración. Cuando pienso en ese rumor, no soy capaz de demostrar con exactitud las emociones que me embargan. ¡Cartas perdidas! ¡Cartas muertas! ¿No suena eso un poco a hombres muertos? Imagínese el lector a un hombre que por temperamento y desgracia tiende al más pálido e impotente desamparo: ¿qué actividad mejor podría tener que el manejo de esas cartas pérdidas o muertas, juntándolas para arrojarlas al fuego? Porque se queman anualmente a carretadas. A veces, del pliego doblado saca el pálido empleado un anillo: el dedo al que estaba destinado se pudre ya, acaso, en la tumba; un billete de banco mandado a toda prisa para remediar una necesidad: el destinatario cuya situación iba a aliviar, ya no come ni tiene hambre…En los mandatos de la vida, estas cartas se precipitan hacia la muerte” [5]

Parafraseando a Melville, desde otro lugar, desde otro tiempo: ¡Oh Bartleby! ¡Oh Humanidad!

El oficio de Bartleby es el de escribiente, de escribiente arqueólogo, aunque de su arqueología prefiere no saber qué es. Tenemos indicios claros para decir que el autor desaparece desde el momento en el que plantea su escrito. Nada de místico, ni mucho menos, pues las letras, los textos, la obra, el autor, sólo pueden ser efecto presente después de la provocación inherente a la escritura. La letra es ausente, por eso se lee, para intentar capturar su ausencia, movimiento fallido, pues el devenir de la letra, al igual que el del autor es pura y significativa ausencia.

La presencia es el semblante que el comentador del texto plantea en un seminario, clase o conferencia. Está presencia no hace más que decir que el origen de la obra está perdido, que no hay centro, que hay instante fundante, más el origen, al pertenecer a ese capítulo no escrito de la historia del autor como sujeto, está perdido

Las cartas están quemadas, el trabajo del lector es descifrar detrás del hollín y los restos amarillentos qué es lo que pasa con el texto perdido de los tiempos. Sí, el hombre ha muerto, pero murió para regresar desde el lugar en el cual nada se quiere saber de su muerte. Hombre muerto, cartas quemadas. Y sin embargo se sigue escribiendo ante la dificultad que plantea el acto de escribir: sumado a las profesiones imposibles, parecería ser que el oficio de escribiente, el oficio de autor, queda sepultado bajo el símbolo de la imposibilidad.

¿Quién podrá atreverse a decir “Yo escribo”?

 

1

Foucault, M., 1966. Las palabras y las cosas. México: S. XXI, 29ª ed., 1999.

2 Blanchot, M. Nietzsche y la escritura fragmentaria. Buenos Aires, Caldén, 1973. Traducción original en la Revista Eco, Bogotá.
3 Barthes, R., 1953. ¿Qué es la escritura? En: El grado cero de la escritura. México: S. XXI, 1980
4 Lacan, J., 1953. Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. En Escritos 1. México: S. XXI, 24ª ed., 2005.
5 Melville, H., 1853. Barleby el escribiente. En: Breve antología de la novela corta norteamericana. Wallace Stegner y Mary Stegner, compiladores, 1964. Versión española de Andrés M. Mateo, 1964. México: Limusa.
  Foucault, M. ¿Qué es un autor? En: Litoral. La función del secretario. No. 25/26. Argentina: école lacanienne de psychanalyse, 1998.

 

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