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EL PADRE QUE HACE "FALTA":
PALABRAS DESDE LA IMAGEN

MARCO ANTONIO GONZALEZ VILLA

 

Resumen: El texto aborda el tema de la paternidad en el que se ofrece un perfil psicológico del padre basándose en características de personajes de diferentes producciones cinematográficas que han construido significaciones sociales en torno a esta figura. Se establece una diferencia entre el estar como padre, del lado de lo biológico, la manutención y el abandono físico o psicológico, en comparación con el ser padre, que refiere a aquel que construye una relación significativa con el hijo, de carácter estructurante, priorizando sus necesidades psicológicas y siendo una figura de acompañamiento constante durante su desarrollo.

Palabras clave: paternidad, relación padre-hijo, relación cine-padre, educación y paternidad, perfil del padre.

UNA BREVE PRECUELA

El título parece ambiguo; lo es. Por un lado, sugiere llevarnos por caminos señalados y recorridos por el Psicoanálisis en donde la figura paterna, desde lo simbólico, desde la ley, la castración, estructura el psiquismo de los infantes instaurando precisamente la falta como condición necesaria para la vida común en sociedad. Pero al mismo tiempo, se abre la puerta a una promesa implícita, pretenciosa tal vez, de perfilar y caracterizar a esta figura de una manera tal que ofrezca mejores resultados en lo social, buscando como propuesta de modelo a seguir a figuras diseñadas desde el séptimo arte (1) para proyectar, en cualquier sentido que se quiera tomar el término, imágenes retratos de lo real hasta figuras de lo ideal.

 

UNA PROPUESTA DESDE LA FICCIÓN

Es irrefutable el papel que ha jugado en el último siglo el cine en la construcción de diferentes imaginarios colectivos y significaciones sociales. La facilidad de que dispone para crear ideales y polos de identificación le permite ser una fuente inagotable de deseos, sueños, temores, angustias… simplemente sentimientos. Configura, significa y dota de sentidos a la realidad, no a la social, sino la particular.

Las creaciones son vastas y las temáticas ilimitadas, sin embargo, periódicamente aparecen historias en donde el padre se yergue como el protagonista, en donde se le suele posicionar como una figura totalmente necesaria, mítica y heroica, del que su ausencia, física o psicológica, provocará, irremediablemente, tragedias y desgracias constantes. Así, sin importar el rostro, nombre o apellido (del actor o el personaje) hemos presenciado padres con diferentes caras y matices, perfiles y actitudes, en el cumplimiento o no de su rol.

Cámara… acción…empiezan las historias, se dilatan las pupilas, el inconsciente también se deja seducir en un principio por la pantalla, después empieza a mandar mensajes esporádicos que hacen que cambien los semblantes, los ánimos, abre heridas, provoca suspiros de deseo, busca salidas para hacer catarsis en el llanto, en el enojo. Todo por un padre, pero ¿cuál de todos? ¿a cuál elegir?.

Algunas opciones son descartables. Amores perros, por ejemplo, nos mostró al tipo de padre que sigue ya un cuerpo -imágenes de lo común-, o ya un ideal, anteponiendo sus deseos personales al ejercicio de su paternidad y abandonando con una facilidad ofensiva, justificada en su entender, a la familia.

¿Algún padre anhelará dejar un reloj indicando la hora de su muerte como herencia estructurante a un hijo? El laberinto del fauno nos mostró a un militar cuyo desenlace evidenció lo significativo que son los actos de los padres, confiriendo en los hijos un sentido de vida inútil al intentar emular a ese otro que tatuó un ideal, negando así toda posibilidad de logro de los ideales, los propios, los que no pudieron florecer.

De la calle nos mostró esa búsqueda incesante de un hijo abandonado para buscar a aquel que puede dar (¿respuestas?, ¿amor?, ¿qué?), desde el deseo y la fantasía, una sensación de completud, que obviamente, nunca llega.

Pero hay un algo más, inquietante, que ha venido demostrándose: el padre cumple una función que tiene que ir más allá de lo simbólico y la ley. Más que una huella indeleble en el ser, traza un camino del que difícilmente se puede escapar y su presencia resulta, en la mayoría de las veces, necesaria o en su defecto tendremos “crónicas de tragedias anunciadas”. Algunas pruebas validan el argumento: ¿Perfume de violetas tendría el mismo final si hubiera estado el padre?, ¿Pedro habría sucumbido a manos del Jaibo en el brillante trabajo de Buñuel Los olvidados? ¿Alguien podría decir que el padre, con su ausencia, no fue uno de los protagonistas principales de The wall? pobre Pink, creo que aún sigue buscando manos en los parques y recogiendo ladrillos de su muro destruido.

Pero, como la vida misma, no todo puede tener una connotación negativa y empezamos a encontrar indicios de una clase de padre cuyo rostro se torna posible en lo real y en lo teórico. Kramer vs. Kramer abre un sendero en donde la lucha ofrecida por Hoffman es tal que le permite conseguir el reconocimiento del público y de la ex esposa y ganar la custodia de su hijo, a pesar, sin cabida a la incredulidad, del dictado de la legalidad.

Más cercano a la imagen que se intenta proponer, rescatar, tenemos a ese padre que con el último aliento de vida busca sentar las condiciones para asegurar la vida del hijo, mostrando así una preocupación por un otro del que se asume como responsable. El campeón del director Zeffirelli quién la pelea en el ring le cuesta incluso la vida y Biutiful en donde se muestra a un Bardem agobiado por el tiempo y la enfermedad que finalmente sucumbe dejando inconclusa su labor, son ejemplos de este tipo de padre.

Pongamos reflectores ahora y enfoquemos ahora ese padre anhelado, ese padre ejemplo de capacidad creativa, pese a la desgracia o aún, acompañado de ella; la inolvidable interpretación de Benigni en La vida es bella y la de Will Smith en la cinta En busca la de la felicidad dan cuenta de un padre que tiene que crear un mundo alterno para su hijo para evitar que sufra con la avasallante realidad, dándole así una posibilidad de seguir viviendo con una visión esperanzadora. Las últimas 4 películas referidas tienen un resultado similar en el espectador: nudo en la garganta, ojos con lágrimas que intentan esconderse pero es imposible, provocando en los hijos y en los padres un punto de referencia y comparación con la vivencia personal que termina, casi siempre, en angustia y frustración. “Es una película”, argumento desde la justificación y la descalificación del rol ofrecido o sufrido, dependiendo el lugar familiar desde el que se lea. No importa, el regreso a la realidad será pausado largo y las lecturas de la película serán vertidas con delicadeza, procurando no lastimar al otro. No es necesario meter más el dedo en la herida.

 

DE VUELTA A LA REALIDAD

Los tiempos actuales lo patentizan: la figura del padre, psicológicamente, atraviesa por un momento de crisis en el que su imagen se difumina, se diluye y muestra una opacidad que cada vez sorprende menos a la sociedad. El padre ya no es. Pero ese padre que le robó a Freud el amor de la madre y del que tenía -y se tienen- serias dudas en cuanto a su capacidad amatoria, y que está dejando de ser ese rival necesario para la estructuración del psiquismo, tiene hoy una posibilidad de regresar, de reivindicarse.

Desde lo teórico, con una base principalmente biológica, se le ha dado a la figura paterna, no sin cierto desdén, un papel otro en relación a la materna, con menos impacto y compromiso que para muchos hombres resulta conveniente. El rol de padre, en tanto construcción personal durante el desarrollo y como un algo que confiere sentido a la propia existencia, al devenir, es un polo de identificación difícil de asumir desde lo empírico en el hombre. En la mujer no hay duda, desde lo lúdico las muñecas y los juegos le posibilitan entender y llenar de sentido su actividad futura como madre desde edades muy tempranas; además se cuenta con la educación (diferenciación) de género, metida en la piel de todas las instituciones sociales, para formar padres y madres con características disímiles; no complementarias, diferentes. ¿A cuántos festivales del día del padre han acudido últimamente?

Pese a ello, goza el padre de un estatus social que lo colma de atención y veneración; se le idealiza, ya en el deseo ya en la identificación. Se le pide mantener un perfil bajo, pero no lo puede evitar y roba cámara volviéndose un protagonista en la historia contada y adaptada por el hijo. Basta mirar las voces coloquiales en donde lo padre tiene que ver con algo agradable, lo bueno, lo que está bien en comparación a la figura materna que se juega en terrenos de lo opuesto; la vida real no es justa siempre.

Es una figura que puede tornarse mítica, que puede desaparecer de seguir el curso que han tomado las sociedades modernas, pero aún vive en el imaginario colectivo y se mete en lo más profundo del ser, por debajo de la piel, ya sea sentimiento o (¿alguien diría qué no?) el inconsciente.

Es por eso necesario establecer que la cuestión del padre tiene que ver con el estar y el ser. El estar como padre remite exclusivamente a la biológico, a lo económico, al grito y reprimenda continua reflejo de lo frustrante de la experiencia, más no al vínculo significativo.

También se puede hablar aquí de ese personaje que ha aparecido cada vez con más frecuencia en el siglo XXI, que remite a un tipo de padre en cuestión, del que se puede dudar de su integridad, compromiso y honorabilidad. Hablamos de aquel padre (¿?) que huye, que elude, que no se da, que se sorprende –con un rictus non grato- ante el conocimiento del otro en camino, que cuestiona y lanza preguntas que más que dudas en torno a la pareja, refleja un no deseo o una angustia por el reconocimiento de la propia incapacidad: ¿será mío (y yo de él)?, ¿si quieres (quiero) tenerlo? ¿no estamos listos (estoy listo) no crees ; figura de la que ya Sófocles hablaba hace unos siglos: ¿No tenía Layo la posibilidad de cambiar el destino trazado para Edipo? Definitivamente sí, pero ¿para que asumir responsabilidades que comprometan y pongan en riesgo la estabilidad, si pueden evitarse y mantener así el mismo estilo de vida? Sí, se escucha mejor, aún con lo vano que ésta sea; áreas de lo cómodo. El hijo es fundante de la familia, pero el padre se vuelve sostén de la misma. El hijo se irá, así tiene que ser; pero si el padre se va antes por decisión no democrática, hará florecer la fragilidad de la condición humana.

 

ESCENA FINAL

Es por eso que el padre tiene que buscar ser. Y tiene que ser desde el deseo, desde lo planeado, del sueño y proyecto compartido, en donde vivir con la pareja todo el embarazo es una empresa plena de comunión y satisfacción, no sólo lo placentero de la gestación, sino también experimentando todos los cambios de manera compartida. El padre que es se compromete y acompaña al hijo, se queda, pese a su educación, su historia, sus cicatrices y sus heridas; se atreve a jugarse a sí mismo con la experiencia de la paternidad. Brinda una mirada de soporte desde el nacimiento y es una palabra de amor desde que adquiere un saber anhelado; quiere aún sin ver y tocar un cuerpo… no duda, tiene fe y se ilusiona; se apropia del hijo, lo hace suyo, forma parte de él; “es Mío, es de Mí”; hay una suerte de devolución en el reflejo del rostro en las pupilas, o en la palabra que denota escucha, atención y seguimiento del discurso o de la acción. Lo biológico, lo reproductivo era un requisito, del que no fue necesario ser protagonista. Lo importante es estructurar, construir, formar, como Kolya, como Mi villano favorito. Ser padre es entonces una decisión. El hijo tendrá así un carácter de “con-sentido”, posee significado y relevancia en el padre, posibilitando de esta manera que tenga un nombre, un lugar.

Asume un papel diferente al de la madre en relación al hijo: es quién equilibra la familia. La mujer mexicana acaba de se reconocida como una de las más estresadas del mundo por lo que deberá tener con el hijo momentos de complicidad y juego para dar soporte, bases, a la convivencia puertas adentro del hogar. La madre se aproxima, en lo empírico, más a lo instituido; el padre se juega y fomenta lo instituyente. Intenta, recordando la escena anterior, convencer al hijo de que La vida es bella y de que día a día debe estar En busca de la felicidad, construyéndole, si es necesario –…como poiesis…como poesía-, un mundo diferente en el que se puede, aún con la carencia y la adversidad, anteponer a la vida una actitud lúdica, esforzándose por ser ejemplo de una vida digna, admirable, que se yerga no sólo como modelo de identificación, sino un ejemplo para todos y cada uno.

Ya previamente se sugirió: el padre que se juega en el ser renuncia a sus deseos insatisfechos y es empático con las necesidades, reales, del hijo; lo con-siente (siente con él). Cada vez que se alza la voz, que se corrige, cuando priva, hay una intencionalidad, una función estructurante –“que no le falte la falta”- con miras a un futuro mejor del hijo, aunque tal vez no se sea testigo de ello. Forman una sociedad en la que logran acuerdos pese a la diferencia de edades, reflejando el reconocimiento de la voz y el sentimiento de su infante. Es totalmente un incondicional; deja de ser actuación por la que se cobra, se ejerce el papel de manera gratuita. Construye magia, no ilusiones ni trucos, sorprende y logra la sonrisa del hijo cuando se encuentran después de una lejanía, aunque sea breve. Este es el padre que hace falta.

Pero la extrapolación entre la ficción y la realidad no es necesariamente bidireccional, no es un camino de ida y vuelta lamentablemente. La ficción puede recuperar, extraer fragmentos de la realidad con una facilidad cada vez más recurrente. Lo real, la sociedad, se niega está posibilidad de traer a los diferentes escenarios esos personajes; es más fácil pagar un boleto y fantasear que aceptar un papel protagónico: el costo y el tiempo es menor.

 

1

En la búsqueda de un diálogo común, las películas referidas disponen de un carácter comercial y una accesibilidad conveniente para el seguimiento del texto por un público mayor.

 

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