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DECADENCIA O DESTITUCIÓN
DE LA IMAGEN SOCIAL
DE AUTORIDAD PATERNA

Alicia García Téllez

 

Resumen: En la actualidad surge la necesidad de saber lo que está sucediendo con la imagen de la imagen paterna, es posible advertir que la autoridad que antaño ejercía el padre se encuentra en crisis, la familia de la sociedad moderna ya es otra, está invadida por la sociedad de mercado y alejada de la institución matrimonial. El orden procreativo se ha convertido en potestad exclusiva de la madre, las mujeres de hoy son poseedoras del poder exorbitante de designar al padre o excluirlo. Signos de la sociedad actual revelan la ausencia de referentes culturales de identidad para los jóvenes; la demanda de una autoridad fuerte siempre es actual, las guerras étnicas, la creación de sectas y sobre todo la violencia en los jóvenes dan cuenta de ello.

Palabras clave: autoridad, sociedad moderna, familia, paternidad, sociedad actual, jóvenes, mercado.

Si entendemos la sociedad como un sistema relacional de diferencias que establecen en su interior una diversidad de espacios con sus reglas del juego particulares, como lo propone Pierre Bordieu [1] , la familia y la escuela constituyen lugares privilegiados para el estudio de las manifestaciones sociales que, por lo inédito de su emergencia y la diversidad de modificaciones que parecen traen consigo, producen nuevos y diversos interrogantes.

Uno asunto que nos interroga, y que percibimos en la actualidad, es el de la decadencia o la destitución de la imagen social de la autoridad paterna con sus múltiples consecuencias.

Para algunos de los estudiosos de este tema, entre los que destacan Philippe Julien y Elisabeth Rudinesco, la decadencia de la autoridad paterna tuvo lugar con el nacimiento de la llamada sociedad moderna.

La modernidad ha sido entendida como un modo de vida que emergió en Europa entre los siglos XVI y XVIII, los sociólogos clásicos (Saint Simón, Tocqueville, Max Weber, Durkheim) la concebían como el arribo a la sociedad industrial, a la democracia, a la sociedad capitalista o bien, como la entrada a la compleja división del trabajo.

Lo cierto es que la modernidad se ha caracterizado como una sociedad industrial definida por el auge del cosmopolitismo y el acelerado desarrollo de las comunicaciones sociales,

Se dice que la sociedad tradicional, anterior a la moderna, encontraba una oposición entre el hogar oikia y la ciudad polis; la familia tenía la función de reproducir la vida, y la ciudad la función de fundar los intercambios, desde la ley y en base a la palabra, en la comunidad.

Según Philippe Jullien [2], la entrada al mundo moderno marca el pasaje de la comunidad a la sociedad; surge lo social y la esfera pública cambia. Para él la sociedad moderna nace como efecto de la democracia, el laicismo y la ciencia con sus efectos tecnológicos.

Lo mismo para Fernando Bárcena [3], la modernidad se caracteriza por el auge de lo social y por considerar como el objeto central de la política la expansión de las actividades económicas.

La sociedad moderna, al invadir el espacio familiar privado y la ciudad pública, modifica profundamente sus relaciones, entre ellas las relaciones entre el padre y los hijos.

En las sociedades tradicionales patriarcales los padres compartían el poder con la comunidad cívica y lo ejercían de manera absoluta en sus propias familias. El matrimonio era un acuerdo entre dos padres, uno que entregaba a su hija y otro que la recibía; lo que se ponía en juego en este intercambio era el futuro del patrimonio y los valores del linaje por perpetuar [4].

Las familias velaban por la similitud de identidad social entre los esposos (misma educación, misma religión, proximidad geográfica, misma tradiciones culturales etc.); los acontecimientos importantes de la existencia, como el matrimonio, el nacimiento de un hijo y la muerte de un pariente, se celebraban en comunidad de manera que la conyugalidad era de orden público. La sociedad moderna al modificar la esfera pública diversificó las razones de la elección conyugal; debido a la movilidad de las personas y a la multiplicidad de los encuentros, un hombre y una mujer pueden consentir el matrimonio independientemente que sus padres lo acepten: la sexualidad revela que hay algo más allá que las identificaciones sociales.

En el siglo XX con el retiro a casa de dos, casa-dos, se establece la autonomía de la pareja instaurando una barrera ante el espacio público; los tres acontecimientos importantes de la existencia dejan de ser fiesta pueblerina y se trasladan hacia lo privado frente a un anonimato social.

Para Rudinesco [5] la mutación en la vida de la familia conyugal tiene lugar cuando es posible controlar la natalidad, y cuando la mujer "conquista a costa de arduas luchas derechos y poderes que le permitieron no solo reducir la dominación masculina sino invertir su curso". Se advirtió que la familia restringida se perpetuaba al precio de una reconstrucción que la alejaba de la institución matrimonial y que esta institución perdió fuerza a medida que aumentaba la cantidad de divorcios. De hecho el matrimonio se asimiló cada vez más a un rito festivo, ya no como un acto fundamental sino como un contrato. De ahí el concepto de familia recompuesta, que podía en lo sucesivo decidir los hijos que quería tener o negarse a traer hijos al mundo. Surge también el concepto de familia monoparental para denominar un modelo de familia regular en el que una mujer soltera se hace cargo del hogar y de los hijos.

A mitad del siglo XX existe ya un nuevo discurso sobre la familia. Con el aumento de divorcios, el alza de la procreación fuera del matrimonio, y la baja fecundidad, se convocó a los investigadores de todas las disciplinas a centrar el ojo en la cabecera de la familia, la cual se consideraba en peligro, y como resultado se propuso incrementar la vigilancia y observación de la vida privada.

A diferencia de la conyugalidad, la paternidad empieza a depender abiertamente de lo social; ahora los representantes de la sociedad intervienen cada vez más en la paternidad que antaño era un asunto exclusivo de los padres. En nombre del deber y el bienestar, que enarbola como meta la sociedad moderna, aparece un tercero social -el profesor, el pediatra, el psicólogo, los jueces de asuntos familiares, etc., poseedor del saber de lo que se establece a manera de mandato conviene al niño para su bienestar.

Esta suplantación progresiva de la paternidad, aunada a los logros de los derechos de la mujer y de los niños, ha provocado la creación de nuevas formas jurídicas de familia y con ello la decadencia de la imagen social paterna.

Aun más, a partir de 1985 se constató la medicalización consumada de la procreación asistida. Todas las combinaciones empezaron a ser pensables; la procreación invitro, la donación de óvulos y la fabricación de embriones. El orden procreativo se convirtió entonces en potestad total de la madre, poseedora hoy del poder exorbitante de designar al padre o excluirlo.

Ante esta situación surgen diferentes posiciones sobre el papel social de la familia: Por un lado el llamado, de quienes temen su destrucción y disolución, al retorno de la unidad de antaño, y por otro los que le confieren el reto de actualizarse a partir de exigencias que la modernidad establece y no contra ella.

Lo cierto es que el principio de autoridad, sobre el que se fundó y sostuvo la imagen social del padre como el jefe de familia, hoy se encuentra en crisis en el seno de la sociedad occidental.

La sociedad actual, por algunos llamada posmoderna, se caracteriza por la presencia de personajes altamente individualizados, ajenos al acontecer de lo social, cada vez más dependientes y absorbidos por las normas del mercado. La "singularidad" masificada genera en el individuo la ilusión de concebirse como libre y autodeterminado; en tanto que la ausencia de compromiso y responsabilidad con el otro lo promueve a la posición de amo que lo lleva a retar o pasar por alto a toda imagen de autoridad.

Esta sociedad se puede reconocer por el anonimato urbano, el desarraigo cultural, el universalismo de la producción científica y técnica, por el predominio y extensión de los medios de comunicación de masas, el consumo, la publicidad y por la Macdonalización colectiva [6].

El mercado, como centro de las sociedades actuales, pretende organizar el mundo y la vida como una gran aldea global; esto es, como un mundo unificado en el que todas las frontera territoriales y las diferencias culturales son relativizadas; el objetivo es imponer una forma universal de identidad basada en el consumo, que está condenando al ser humano a la devastadora horizontalidad de una hambrienta y voraz economía que destruye y violenta los valores propiamente humanos.

En la actualidad, los llamados metarelatos que sirvieron de referentes a las diversas colectividades agrupadas bajo un fin común han sido puestos en cuestión; la ausencia de oposiciones reales capaces de establecer límites a la voracidad del Capital se traduce, por la vía de los hechos, en una puesta en cuestión de las instituciones en las que el sujeto se estructura y, a la vez, de todo aquello que hace lazo social como la familia.

Con el nacimiento de la civilización técnica y científica el hombre olvida su subjetividad y borra cualquier pregunta sobre su existencia, se afirma no la palabra de un sujeto sino la de un yo que piensa mediante clichés estereotipados y sectorizados que repiten concienzudamente ¿qué hago? y no ¿por qué hacer esto en lugar de esto otro?, que viene a ser la base de la responsabilidad.

El abatimiento de las condiciones capaces de proporcionar a los jóvenes el arraigo a una estructura consistente, y la proliferación al mismo tiempo de las condiciones incapaces de producir pertenencia e identidad colectivas, aunado al enflaquecimiento de los lazos simbólicos y el predominio de las imágenes sobre la palabra, propiciada por las nuevas tecnologías, se revelan en la ausencia de demanda de referentes culturales de identidad.

Ante esta realidad que convoca al consumo de la indiferencia colectiva con-su-mismo espejo de la diferencia uniformada, la emergencia de alternativas, propuestas y demandas que hace operar por el lado de la pulsión de vida que opera como resistencia a la trivialización de la existencia social y al avance desmedido de estrategias de mercado que convoca a los jóvenes a un goce desmedido, encarnado en la falta de responsabilidad, la apática y mortal o la violencia volcada hacia el otro o hacia ellos mismos a través de la drogadicción, el alcoholismo o el ahora llamado "bullyng".

Si los jóvenes, muchachos y muchachas, se sienten inseguros en cuanto a su futuro profesional, la carencia de proyección de vida impuesta o limitada para el aquí y ahora, la fragilidad uniforme de los lazos virtuales, la sensación de fragilidad ante la familia que se desmorona, el empuje ilimitado hacia la tenencia de objetos que apenas se adquieren llevan inscrita, ante la presencia del siguiente, su inmediata fecha de caducidad; si todo proyecto parece estar marcado por la incertidumbre futura y la desesperanza; si lo político, lo religioso, la formación profesional, tienen credibilidad, se abona la exigencia, el surgimiento de una demanda apremiante de que algo o alguien les de certeza, la demanda de que se erija un jefe, que hable fuerte y claro, para ordenar lo que es preciso hacer

Cuando todo funciona mal los jóvenes recurren al lenguaje de la violencia como signo y síntoma de una demanda de intervención dirigido, real e imaginariamente, hacia una autoridad indiscutible a imagen de un padre ideal. Vemos también de qué manera la droga o el suicidio, incluso bajo la forma de accidente, se vuelven los últimos recursos, los últimos signos que quedan por mostrar a través del cuerpo, arrojado para constatar y hacer visible su condición de desecho, que se le ha impuesto.

La demanda de una autoridad fuerte siempre es actual, el fascismo del siglo XX, las guerras étnicas, la creación de sectas y sobre todo la violencia en los jóvenes da cuenta de ello.

 

1

Bourdieu Pierre, Espacio social y campo de poder, Anagrama, Ed. Barcelona, 2001.

2 Julien Philippe, Dejarás a tu padre y a tu madre, Ed.Siglo XXI, México, 2002.
3 Bárcenas Fernando Y Melich Joan Carles, La educación como acontecimiento ético, Ed. Paidós, Barcelona, 2000.
4 Op. Cit. Julien Philippe, Pag 13.
5 Rudinesco Elisabeth, La familia en desorden, Ed. Fondo de Cultura Económico, México, 2006, pag.163.
6 Ritzer George, La Macdonalización de la sociedad, Ed. Ariel, Buenos Aires, 1996.

 

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