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ÉTICA, ESTÉTICA Y POLÍTICA
EN LA CLÍNICA SOCIAL *

Luis Gonçalvez Boggio

"No hay uno de nosotros que no sea culpable de un crimen: aquel, enorme, de no vivir plenamente la vida" (Henry Miller, "Sexus").

 

Me gustaría comenzar el libro con una pregunta estratégica:

¿Qué es lo que puede un cuerpo?

Esta interrogación ética, estética y política de Spinoza es la pregunta que orienta nuestra implicación como profesionales en todo encuentro clínico.

ÉTICA Y ENCUENTRO CLÍNICO

La ética es fundante del encuentro clínico. Un encuentro puede ser bueno o malo según nos fortalezca o nos debilite, según aumente o disminuya nuestra potencia. La ética funciona como aquella potencia activa que emerge en el cuerpo para administrar la propia vida y sus afectos, a través de los encuentros con otros cuerpos.

A diferencia de la moral que prescribe lo que se debe creer, pensar y hacer sobre un modelo ideal y perfecto del Bien, la ética –diversa y singularmente- convida a creer, pensar y hacer según lo que un cuerpo puede, de acuerdo con la potencia de la naturaleza que lo atraviesa.

Podríamos definir al encuentro clínico como aquellos infinitos modos de vida que piden pasaje y agencian complicidades e intensidades buscando un sentido que los libere de los padecimientos, de los sufrimientos y de  las amarras axiomáticas dominantes.

El encuentro clínico que proponemos implica poder desmarcarse de los modelos de clínica sedentaria y de los settings cerrados, desplazándose hacia una concepción del desvío, de la deriva, del acontecimiento que, a partir de las novedades producidas en el pasaje a un setting abierto y móvil, se instituyen en una clínica de la multiplicidad.

Esta mirada ética de la clínica se opone a la mirada moral.

El hombre moral (que nos habita en mayor o menor grado a todos) está separado de su potencia, no sabe lo que puede. Es un hombre privado de su fuerza y de su potencia. Privado de sí sólo puede tomar a otro como referencia, sólo puede envidiar y culpabilizar la potencia del otro. Imposibilitado de acción presente sólo puede resentirse del pasado y crear ilusiones para el futuro. Y para no arriesgarse a no-ser, prefiere tornarse esclavo de una identidad mayoritaria: moderada, sensata, mesocrática, absoluta, eterna, verdadera, que se opone a lo fugaz, a lo parcial, a lo mutable, a lo finito, a lo intempestivo, a los devenires minoritarios. Recusa los tránsitos y los pasajes, cierra su porosidad, interrumpiendo el movimiento. Es uno de los mayores productores de fofoca, la mayor máquina de coerción y control social: todos nos vigilamos entre todos para que nadie haga lo que todos desearíamos hacer [2].

En oposición a este tipo de vida moral, la ética no produce modelos, no cura, no enseña: ¡vive!. Multiplica sentidos, dando expresión a lo singular y a lo inusitado, comprometiéndose e implicándose con las fuerzas que atraviesan los campos de análisis e intervención. Compone agenciamientos, valorizando los saberes nacidos en los encuentros [3].

Aquí es que se agencia con la estética al asumir compromisos con valores vitales y hacer cuerpo con lo que cada existencia tiene como potencia creadora. Ética y estética unidas para la instauración de focos parciales de subjetivación que posibiliten la creación y la recreación, el soporte y el sostén, de aquello que difiere en nosotros, del extraño y del extranjero que nos habitan, de los modos no-fascistas de apropiación de la vida, y si es necesario, de los valores vitales del combate [4].

La clínica social se define así a partir de este triple paradigma: ético-estético y político:

Ética porque no trabaja desde un conjunto de reglas o desde un sistema de verdades tomadas como valor en sí, que serían métodos de orden moral. Se busca escuchar las diferencias que se efectúan en nosotros mismos y afirmar un devenir a partir de estas diferencias. Se preocupa por la construcción de los soportes necesarios para que la vida sea sentida como pulsación y potencia en la creación de nuevos territorios. No hay subjetividades autónomas en relación a la vida. La ética y la vida se enraízan en la clínica social en la medida que se entienden como potencias de creación y de diferenciación.

Ética porque evidencia un compromiso con la potencia de efectuación de la vida en la diferenciación del ser.

Estética porque no es el dominio de un campo de saber ya dado, sino que se trata de la creación de un campo como si fuera una obra de arte. Es decir, se entiende a la clínica como un espacio esencialmente de invención cuya función es montar algo como un atelier de la vida. En donde ésta, pueda ir ganando la forma que su creador quiera darle.

Estética porque permanentemente se busca abrir brechas para la creación de una multiplicidad de nuevas formas de sentir, de amar, de pensar. Y esos encuentros producen singularidades, como algo opuesto al régimen identitario de subjetivación. La identidad es un concepto de circunscripción de la realidad a binomios de referencia: raza, sexo, edad, tipo caracterológico, clase social. La singularidad es un concepto existencial que está siempre en el gerundio, es aquello que estamos siendo, el modo como estamos respirando, sintiendo y moviéndonos. El paradigma estético presupone que la creación en su estado naciente es lo que constituye la potencia permanente y contingente de actualización, de devenir.

Política porque es una lucha contra las fuerzas en nosotros que obstruyen las potencialidades del devenir. Es decir, apunta su crítica a las raíces sociales de la neurosis y a las estructuras políticas que le sirven de apoyo [5].

Política porque apunta a crear dispositivos analizadores para las problematizaciones que nos atraviesan, para poder pensar como “acto peligroso”.

Política porque opera como un campo de encuentro de alteridades y de producción de diferencias y nos va a permitir ser una singularidad en la multiplicidad, creando una nueva relación con uno mismo en el actuar, en el pensar y en el sentir.

Toda clínica es política así como todo análisis es institucional.

 

POLÍTICAS DEL CUERPO [6]

Fue Michel Foucault quien mejor pudo descodificar y desterritorializar el cuerpo de lo biológico, de lo histórico y situarlo en un lugar político.  

A diferencia de Karl Marx a quien interesaban más las redes de producción, a Michel Foucault le interesaron las redes de poder/saber que diagraman los cuerpos.  

A mitad de camino entre Marx y Foucault, Wilhelm Reich fue quien primero desarrolló una tecnología clínica para analizar y desbloquear las marcas de lo social, de lo histórico y de lo político en los cuerpos. Al igual que el trabajo que realizó Wilhelm Reich en la clínica individual, los socioanalistas (René Lourau, Georges Lapassade, Michel Lobrot, entre otros) lo continúan a nivel institucional.

En su excelente libro “La Bio-Energía. Ensayo sobre la obra de Wilhelm Reich” el socioanalista Georges Lapassade desarrolla cómo las instituciones establecidas son el lugar donde se almacena la energía social, siendo el Estado el lugar privilegiado de captura y drenaje de la misma en beneficio propio.

El estudio bioenergético de las organizaciones, pone en juego que las organizaciones cerradas en sí mismas están condenadas a la muerte, a excepción de que capten energía externa, teniendo necesidad de flujos de energía gratuita que agotan sin ser capaces de regenerar. En las primeras organizaciones en las que vivimos, nuestro deseo se inviste de orden y disciplina. En este nuevo orden mundial, la organización capitalista no conoce más que una ley: la expansión o el debilitamiento (y la expansión se realiza por una extracción previa y generalizada de energía). Así como hablamos de cuerpos instituidos y cuerpos instituyentes también podremos hablar de energía ligada (sociedad instituida) o energía libre (sociedad instituyente).

Poner en juego a nuestros cuerpos en un abordaje político y social implica un trabajo sobre sí para la liberación de los cuerpos y las energías. Y la liberación del potencial humano desemboca en forma ineludible en el problema de las estructuras y los dispositivos sociales.

En otras palabras, hacerse cargo del propio cuerpo, de su potencialidad en tanto sujeto social, desemboca ineludiblemente en la necesidad de transformación de las condiciones sociales de su dominio y de su explotación. 

El cuerpo es así siempre un campo de batalla.  En las décadas de dictadura vividas en nuestro continente, vimos que las mismas tuvieron un blanco preciso: el cuerpo (ya sea éste individual, grupal, institucional y/o social).

Los cuerpos individuales, como los cuerpos colectivos, fueron objeto privilegiado de las estrategias político-militares desplegadas en las instituciones y en la vida cotidiana.

En nuestro continente se concibieron las máximas atrocidades con el objetivo de controlar y dominar, generando un período inédito en la producción del terror, con tecnologías aberrantes como la desaparición (que en algunos países como Argentina y Guatemala nada tienen que envidiarle a los genocidios de los tiempos de la conquista española).

Esta operación tuvo una dimensión socio-histórica que es necesario precisar: la sociedad en su totalidad fue afectada por esa modalidad de poder que operó sobse los cuerposn Aun en$la actualmdad, los cuerpos d$ los torturados de ayer siguen siåndk memoria viva de los egectos dE ocupación del poder, transmitiéndose de generación en generación el fantasma de la repetición del terror, reforzado políticamente por la legitimación de la impunidad. Si bien la tortura y la desaparición se descargaron activamente en una minoría de la poblacmón, lo que esa minoría sugría se inscribía en la corporalidad del resto de la población.

Las dictadubas actuaban al mismo tiempo, macro y micropolíticamente.

Macropolíticamente el poder ponía en circulación, en forma centralizada, determinados valores que debían ser adoptados por la sociedad y que constituían la representación militarizada del “ser nacional”. Micropolíticamente avanzaban sobre la sociedad imponiendo uniformes, conductas, hábitos sobre la vida cotidiana. La forma de reunirse, de expresarse, de usar el pelo, de vestirse, de circular por la calle, de opinar, estuvieron severamente vigilados. Y esa vigilancia continua se extendió en forma sorprendente a una auto-vigilancia garantizada a través del miedo.

Estos regímenes de producción de terror fueron reactivos al uso intensivo de la corporalidad en la política de los años 60-70. Las frecuentes movilizaciones obreras y estudiantiles, la fuerte organización partidaria de la izquierda latinoamericana, la existencia activa de movimientos guerrilleros consiguieron imponer una presencia constante del cuerpo en el espacio público, en el espacio urbano, y en la dimensión institucional y organizacional de la vida política. A diferencia de las prácticas grupales e institucionales actuales mediatizadas por los números (cantidad de votos, de firmas, en donde el espacio público es cedido “representativamente” en una operación de delegación de poder), en aquellas décadas el cuerpo era política: intensidades éticas de cuerpos movilizados, pasiones instituyentes de cuerpos en permanente movimiento.  La política, en tanto cuerpo, ocupaba todo el espacio de la ciudad: marchas, actos, huelgas, ocupaciones, pintadas, sabotajes, etc.

La movilización como arma política perseverante e intempestiva tenía una presencia corporal extensiva a toda la ciudad: el objetivo de esos cuerpos era ser un cuerpo-revolucionario. 

En Las 3 ecologías Félix Guattari focaliza el paradigma ético-estético-político, en oposición a los paradigmas científicos, en los registros del medio ambiente, de las relaciones sociales y de la subjetividad humana. De este modo, los cambios, envuelven una perspectiva macropolítica, pero también deben comprender los niveles micromoleculares de la sensibilidad, de la comprensión, de la pasión, componiendo nuevas praxis humanas.

Pensar el cuerpo como política en la contemporaneidad nos coloca delante de una lucha de fuerzas, en donde el cuerpo ya no es pensado como una unidad, sino como el resultado de las tensiones producidas por estos combates, por la expansión de las fuerzas. El cuerpo como campo de batalla es un recorte de todas las fuerzas que componen su campo existencial.  Fuerzas que, en constante movimiento y lucha, van ganando y perdiendo territorios, haciendo y deshaciendo conexiones. En cada movimiento de las conjugaciones de fuerzas, nuevos valores van ganando lugar en la existencia, desplazando a otros ya viejos, fortaleciendo así nuevos territorios y desmontando otros. Esta coexistencia transversal entre las distintas fuerzas produce, en determinados momentos, nuevos regímenes de sensibilidad éticos-estéticos y políticos. 

El carácter ético-estético-político de un cuerpo, de una clínica, de un encuentro, se produce a partir de la multiplicidad de fuerzas que lo componen.

 

LA CLÍNICA COMO PASAJE [7]

La clínica como encuentro implica el desarrollo de la función de tránsito y de pasaje en el espacio clínico.

La función de tránsito y de pasaje hace referencia al acto de “hacer pasar”. Pasajes de un punto a otro, de un discurso o de un cuerpo moviéndose en el consultorio y fuera de él. Bricolaje de paisajes, fragmentos de escenarios, que se van conectando/desconectando en la vida cotidiana desestabilizando figuras ya constituidas y construyendo nuevas formas y nuevos  territorios [8].

La clínica como pasaje implica poder crear un cuerpo para la sustentación del encuentro [9].

Desde la concepción ético-estética-política aludida líneas arriba todo puede hacerse cuerpo a cada instante.

Los cuerpos son constantemente afectados. Y lo que afecta a los cuerpos siempre es otro cuerpo. Revoluciones imperceptibles de los cuerpos-afectos. Encuentro clínico como potencia de diferenciación. Diferencia que produce diferencia y produce una marca intensiva en los cuerpos. Producción que se hace consistente por el efecto de un encuentro entre cuerpos, sin un a-priori que los defina por fuera de las relaciones que se conjugan.

En nuestros dispositivos de clínica social y de clínica bioenergética pensamos a los cuerpos como formas provisorias, como expresiones más o menos bloqueadas que buscan disponerse para el amor a la vida: cuerpos de pasaje.

Los cuerpos-pasaje son formas, provisoriamente atribuidas, que expresan posiciones éticas, estéticas y políticas, y que buscan en el encuentro clínico inaugurar otro régimen de sensibilidad.

 

CUERPOS-AFECTOS [10]

Para la clínica social estamos siempre en relación, afectados por otros cuerpos,  y es siempre por la acción de un cuerpo que otro se moviliza o entra en reposo (Spinoza): cuerpos como regímenes de afección, cuerpos-afectos.

Somos “pacotes de afetos” dice una colega brasilera (analista bioenergética y esquizoanalista). Los cuerpos-afectos son así pensados desde la perspectiva esquizoanalítica del deseo como producción. El deseo como producción de realidades. El deseo es tomado como producción que es plena en sí misma, a la que no le falta nada, ya que no existe previamente a su objeto, y nace simultáneamente con él. Deseo entendido como aquella disponibilidad a las conexiones que permite agenciar elementos de una infinita variedad de universos, produciendo múltiples figuras de la realidad. Deseo como pluralidad de fuerzas, como articulación colectiva que al afectar un cuerpo produce, a través de él, una creación singular de mundos, de expresiones, de potencias. Deseo como la más propia expresión de la Voluntad de Potencia.

Al pensar a nuestros dispositivos desde esta concepción deseante nos preguntamos, por ejemplo:

¿Qué tipo de vida propicia este dispositivo a las vidas allí implicadas? ¿Cuáles son las diferencias y los efectos que se producen luego de su pasaje? 

La potencia del dispositivo bioenergético consiste en crear modos de expresión y de desbloqueo para aquello que nos afecta.

Como veremos en el próximo capítulo es un dispositivo que permite desarrollar, en la clínica, nuevos medios de intensificar las sensaciones, de explorar otras velocidades: desacelerando la vertiginosidad contemporánea, desintensificando las marcas de lo traumático, intensificando el placer y el gozo de vivir.

Es un dispositivo que nos permite procesar con prudencia una desterritorialización, procesar de un modo delicado con la vida la emergencia de una línea de fuga, y que permite a los cuerpos, en la intimidad del encuentro clínico, componer un lugar en donde habitar las intensidades. 

Los cuerpos envueltos en este agenciamiento clínico acontecen y se despliegan en cada encuentro. Traen sus marcas, el conjunto de experiencias vitales vividas, sus intensidades, sus sinsentidos, sus sentidos sobrecodificados, sus saberes: todo en pequeñas partes desconectadas, pedacitos de vida intensos y potentes. Y a partir de la provisoriedad de estas formas es que las fuerzas se van articulando en cuerpos-afectos, tránsitos, cuerpos de pasaje. 

En el dispositivo bioenergético, y desde la visión formativa de Stanley Keleman, pensamos a los cuerpos como formas fijas y provisorias. Las formas fijas nos remiten a la historia personal, a la memoria, a la conciencia. Las formas provisorias nos dan el carácter de pasaje y movimiento.

Desde esta perspectiva es que unimos a la clínica bioenergética con el esquizoanálisis.

A mi modo de ver fueron Gilles Deleuze y Félix Guattari quienes generaron una diferencia técnica central en el trabajo clínico de la Clínica Social contemporánea.  

Para ellos en el trabajo clínico no existe necesariamente una prestación de servicios convencionales. El esquizoanálisis (su paradigma ético-estético de análisis e intervención) puede ser hecho por cualquier persona en cualquier lugar. No es considerado como una ciencia o una disciplina sino como una nueva forma de pensar, un modo de ser, una manera de vivir, una modalidad de análisis permanente, que busca introducir el deseo en la producción y la producción en el deseo.

Para el esquizoanálisis un enunciado individual sólo tiene alcance en la medida en que puede entrar en conjunción con agenciamientos colectivos que ya estén funcionando efectivamente [11]

Los síntomas van a ser vistos como regímenes de producción de un inconsciente productivo. El síntoma va a habitar un territorio existencial. El síntoma-camaleón, como dice otra colega brasilera, muda de color en función de los agenciamientos en los que participa.

Trabajar con un síntoma, en esta conjunción entre la clínica bioenergética y el esquizoanálisis va a remitir, más que a escenas del pasado, a todos los espacios en los cuales se es capaz de hacer rizoma [12]. Apertura para nuevos devenires, en sincronía con las diversas tonalidades que se van adquiriendo en función de los territorios que habitamos.

 

1

Fuganti,Luiz, “Saúde, desejo e pensamento”, en SaúdeLoucura, San Paulo, Brasil, Ed. Hucitec, vol. 2, 1990.

2 Gaiarsa, José Angelo, “Tratado geral sobre a fofoca”, Summus, Editorial, San Paulo, Brasil,1978
3 Muylaert, Marilia, Intermezzo: mestiçagem nos encontros clínicos, monografía para el Doctorado en Psicología Clínica en la Pontifícia Universidad Católica de San Paulo Brasil, 2000.
4 Micropolíticas de intensificación de las subjetividades y los devenires minoritarios como única vía capaz de combatir al fascismo en todas sus dimensiones.
5 Wilhelm Reich demostró con claridad cómo el sistema capitalista se mantiene a costa de un proceso de represión y de desvío de la energía vital. Su proyecto clínico y social fue esencialmente político. Dispositivo para trabajar las políticas del cuerpo flexibilizando nuestras corazas, aumentando nuestra capacidad de vibrar y con esto ir disolviendo nuestra rigidez, tolerando más carga energética en el movimiento, volviéndonos más capaces de sentir, contener y expresar nuestras emociones.
6 Bernuzzi, de Sant’Anna, Denise, org., Políticas do corpo, Ed. Estaçao Liberdade, San Pablo, 1995.
7 Bernuzzi, de Sant’Anna, Denise, Corpos de Passagem, Ed. Estaçao Liberdade, San Pablo, 2001.
8 Araújo, Fabio, Um passeio esquizo pelo acompanhamento terapéutico. Dos especialismos à política da amizade, Niterói, RJ/BR., 2006.
9 Estou aquí de passagem se puede leer en la sala A. Lowen del TEAB.
10 Concepto desarrollado por Marilia Muylaert (2000) en Intermezzo: “Mestiçagem nos encontros clínicos”, monografía para el Doctorado en Psicología Clínica en la Pontifícia Universidade Católica de SP/BR, 2000.
11 Guattari, Félix, O inconsciente maquínico: ensaios de esquizo-análise, Papirus, Campinas, SP., 1988.
12 Ver capítulo 4.2.

 

*

Este texto corresponde al primer capítulo del libro inédito “Cuerpo y subjetividades contemporáneas: Clinica, bioenergética y esquizoanálisis” de Luis Gonçalvez Boggio; autor también de los libros “Los cuerpos invisibles” (Ed. Multiplicidades, Montevideo, 1996), “Análisis Bioenergético. Devenires corporales de la clínica y de la pedagogía” (Ed. CEUP, Montevideo, 1997), “Arqueología del Cuerpo. Ensayo para una Clínica de la Multiplicidad” (Ed. TEAB, Montevideo, 1999) y de otros textos en co-autoría; y Conferencista invitado en Congresos Internacionales en Uruguay, Argentina, Chile, Brasil y México. Necesario decir que quienes sostenemos la apuesta de la errancia agradecemos su pasión y su escritura; la publicación de este el Primer capítulo de “Cuerpo y subjetividad contemporáneas”, no es otra cosa que una invitación a erranzar a través de su escritura.

 

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