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C5

DESEO

JEROVAN HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ

 

 

 

Fue una espléndida noche de cósmico blues citadino. Treinta y un años de existencia celebraba una de las bandas más entrañables de música azul y letras profundas como la mente y el alma humanas. Real de Catorce: el sonido del desierto, hecho blues. Adorados con éxtasis sagrado por los jóvenes, actores de la Historia, de tres décadas transcurridas en la ciudad de México y zona metropolitana desde el temblor del 85.

Muchos jóvenes murieron en aquélla sacudida de la madre tierra, jóvenes ilustres, poetas de las calles, artistas. Lo mismo que infantes, adultos y ancianos. La naturaleza no distingue edades. Resistencia de las hordas de jóvenes rebeldes que sobrevivieron a la masacre 68, y que para el 85 tenían 17 años más, también murieron.

De tal manera, que la poca conciencia libertaria juvenil que el universo destinó a la humanidad mexicana en tiempos posmodernos para mejorarla, ya mutilada desde el 68, desplegada en tres décadas de prohibiciones y manipulaciones a partir del temblor; fue encauzada por caminos y fuerzas misteriosas, tejiéndose en lo subterráneo de lo subterráneo, donde emerge el pensamiento profundo y el pensamiento elevado, a manifestarse en los cuerpos de los jóvenes de ayer y hoy que se congregaron esa noche. Todos con la disposición de bañarse en gloria y goce, al ritmo de las sutiles notas y voces con que cada uno, en algún momento de su historia personal, se había sublimado y transmutado.

Al menos eso pensaba uno de esos jóvenes del presente que cruzaba el conglomerado humano, en divina coexistencia con una hermosísima joven de silueta fina y talle macizo, abriéndose paso, los dos juntos, para posicionarse lo más cerca posible de los artistas.

Verdaderamente eran, la pareja, dos criaturas hermosas. Ella, mirada tierna y llena de amor. Él, ojos soñadores y hondos como el mar. Ambos llenos de vida. Guapos en verdad. Él no sólo era hondo como el mar, tal como lo expresaban sus ojos; también lo era en el sentido tempestuoso: el viento de los celos, que al igual que el viento de los cielos, no sabemos precisamente de dónde viene, agitaba sus veranos de manera naturalmente incontrolable. Celos sentía hasta de luz que  iluminara su bello cuerpo, porque la tocaba.

Era algo que sencillamente estaba más allá de su voluntad de amar cuando se manifestaba; algo que, como toda pasión humana, era un misterio inexplicable e incomprensible. Pero era, y no todas las veces podía él callar sus enfermos pensamientos. A veces la ira lo dominaba y vociferaba pestes hasta hacer llorar a la hermosa chica. A sus veintidós años, nunca jamás se había enamorado tanto de un ser y de un cuerpo de mujer como de ella, dos años mayor. Nunca había perdido la cabeza de esa forma. A pesar de su corta experiencia de vida, conocía el origen de sus miedos, reconocía sus traumas, la despersonalización de su ser por los factores socio-económicos; había discernido y superado esos aspectos y, hasta donde podía recordar, no le acomplejaban las faldas cortas. Esquizofrénico, patético y absurdo era todo aquél asunto de los celos. Profundo y complejo como el amor que sentía por aquélla felina dueña de sus pasiones.

Afortunadamente, aquella noche de cósmico blues citadino, logró callar sus enfermos pensamientos y, una vez posicionados lo más cerca posible del escenario, él la besaba en el cuello para sentir su aroma, la abrazaba por detrás y de las caderas para regocijar su pene excitado en sus amorosas nalgas, que lo buscaban sólo a él; bebían cerveza y fumaban marihuana ahí dónde nadie lo hacía, porque era un foro a puertas cerradas. Estaban, ambos a la altura de la noche. Entregados al amor, en su caso, recíproco y dicotómico: los dos se amaban profundamente y el uno simplemente no podía estar sin el otro. La concurrencia lo podía notar a fuego real.

Así escucharon a la banda que abría la noche y esperaron a los estelares. Hasta que hicieron aparición y la Madre Blues empezó a parir canciones a través de ellos. Fue así como llegaron a “La medicina”, y la única mujer de la alineación comenzó a resplandecer, pues su existencia manifiesta en voz forjada por manos divinas, inundaba el espacio con sutilezas y deseos de piel, porque también era hermosa su presencia. Tan hermosa como la compañera de existencias de aquél joven del presente, que también cantaba con voz de dragón blanco de la suerte, pero que por el momento atendía el fenómeno que acontecía frente a ella.

-“Consígueme esa medicina, que me ayude a vivir. Tengo las manos más frías que la cruel soledad.”- Cantaba en verso y no en prosa la voz que salía de lo más profundo de aquélla Mujer.

-“Dame de esa ración, ven y acuéstate aquí, a la deriva de los mares de la luz matinal.” Hipnotizaba a todos y nos orillaba a aullar nuestro lobo dolido.

-“Quiero probar la fantasía que me ayude a vivir, porque me muero día a día y no me quiero morir…” A todos estremecía porque, ciertamente, morían día a día y ese momento era de sublime vitalidad.

Mientras todo esto pasaba, nuestro muchacho, entraba en singular experiencia estética. Pues desde el primer segundo de esa pieza, no podía dejar de mirar a quien cantaba con tan sublime forma. Se sintió de un golpe enamorado, cosa que lo desconcertó un poco, pues él mismo sabía que amaba y estaba enamorado como un loco de su bella dama, que no era precisamente suya; eso le gustaba pensar para establecer un lazo profundo: él era de ella y no le importaba cualquier discurso moral sobre esa sensación de pertenecer al otro.

Así que cerró los ojos mientras sentía la música y la poesía dentro de su cuerpo abriendo su piel, pues no quería acosar con su mirada a la cantante. Más no pudo dejar de verla. Si, su silueta vibraba color rosa en la obscuridad de sus párpados, teniéndola así, más cerca de lo que nunca la podría tener. Tan cerca como sus propios pensamientos, que establecieron un diálogo en un tiempo oblicuo con él mismo y el deseo que experimentaba en ese instante de asombro.
-¡Qué hermosa es!- pensaba.

-¡No la mires más! ¿Qué pensará de ti, si se da cuenta que la estás mirando con tan legítimo deseo, estando una hermosa chica a tu lado? Seguía pensando para sí, sin percatarse que ella, su compañera de existencias, se encontraba en similar situación. Dando rienda suelta a sus más profundos deseos lésbicos, en el instante mismo de la iluminación que quema todo prejuicio moral.

-¡Qué hermosa fatalidad! Tan cerca de mis ojos y tan lejos de mis manos.- pensaba libre  dese adentro.

Después de ese tiempo oblicuo, abrió los ojos. Y éstos seguían en dirección a la voz que cantaba: -“Dame de esa ración, ven y acuéstate aquí, ponme en las venas, el color de las olas del mar…”-. La voz femenina, miraba hacia donde estaban ellos, los compañeros de existencia, y con ellos sonreía. Al menos eso pensó él.

Y fue de pronto que él miro a ella, su compañera. Estaba de espaldas a él, y contempló las líneas de su cuello, descubiertas por su cabello recogido. Contempló con el mismo amor sus brillantes hombros y su delicada espalda. Sintió en su alma la profundidad del tierno aroma a vida y encantos que desde siempre lo enamoró de ella y, como quien va a un sueño, dio dos pasos para abrazarla y besar su cuello. Ella se dio vuelta, lo miró con todo el amor del mundo contenido en sus ojos, tan lindos y miel; sonrió con la misma dulzura de la primera vez que lo ilumino con aquél gesto, le rodeó el cuello y lo prendió con un beso de amor profundo y húmedo como el hondo mar de sus ojos.

Entonces fue que comprendió algo que le daba profunda paz y reafirmaba su más preciosa pasión por ella. Ahora sentía el profundo deseo de decirle todas las formas cariñosas que existen para nombrar al ser amado. ¿Por qué cuándo abrió los ojos después del tiempo oblicuo, se percató de la voz y no del cuerpo de la cantante que le despertó deseo? Halló la siguiente respuesta en su mente: la voz que escuchaba era la voz del Espíritu Sagrado de lo Femenino. La conspiración cósmica del amor para salvar a un hombre heterosexual de su soledad e ineptitud para vivir feliz. La voz de lo que da vida al hombre y a toda mujer también: La mujer en sí. El signo máximo del deseo, esa substancia invisible que nos hace vivir aunque no queramos.

No vio el cuerpo de aquélla, porque frente a él estaba el verdadero ser amado. La mujer que en su camino encontró de frente. Toda la esencia femenina de los Tiempos, que conspiraba invisiblemente para salvarlo de él mismo y de la podredumbre social de los tiempos dislocados, lo llevaba a ella y a ese momento. Ella era la Mujer de Mujeres para él. Después de tantas formas que había visto y deseado, se dio cuenta de que en realidad siempre estuvo buscando a ella y no a otra. Lo sabía por la naturaleza con que sus cuerpos dialogaban sin palabras, embonando armoniosamente en cada abrazo, cada beso y cada unión sexual. Era ella y no había manera de ignorar ese llamado de salvación.

-“Dame de esa ración. Ven y acuéstate aquí. Porque me muero día a día…”- La canción seguía.

-Y no me quiero morir- Pensó él con paz en su mente y con el amor hecho mujer entre sus brazos. Experimento en ese instante un intenso deseo de vivir. De vivir para amar y dejarse amar por tan hermoso ser cósmico. Sin ella moriría. Sencillamente, sin ella, él no era más que un guapo infeliz. No habría deseo de ningún tipo, porque sin la Mujer, un hombre encarna la desesperanza. La mujer es la vida y a cada hombre heterosexual se le dio la facultad del deseo para buscar ser encontrado. Acercarse a la mujer con otros fines es la muerte.

Así, con esa certeza en su mente, siguió la espléndida noche de cósmico blues citadino hasta el final y nuestros dos amantes permanecieron a la altura de la noche, el deseo y la pasión por siempre. Como Nuevos Ancestros.

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