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L12

DEL SUJETO DESECHO
AL SUJETO REBELDE

JESÚS NAVA RANERO

 

“Una palabra a los políticos: mis poemas son gritos de ángeles  y no tienen nada que ver con las digresiones aburridas y materialistas que de ellos se pretende sacar. Los secretos de la fuerza imaginativa del individuo están al otro lado del concepto y de la palabra y son espiritualidad incondicionada que no puede ser comprada. No son de utilidad en este mundo salvo para los que callan y se ponen a escuchar la música de las estrellas. Pequeño girasol muerto ¿cuándo olvidaste que eras una flor? ¿Cuándo contemplaste tu piel y decidiste ser una vieja locomotora impotente? No somos una pálida y polvorienta locomotora desprovista de ideas; en nuestro interior todos somos girasoles maravillosos y dorados...”.

 

Allen Ginsberg Aullido

 

La emancipación de la subjetividad de los vínculos ancestrales es inseparable de la tentativa rebelde de recuperar un horizonte de posibilidad; en el campo de la deriva jóvenes asistimos a una búsqueda afanosa de lo singular, a través de lo informe bello de una estética pronunciada en bardas, patineta y espray en mano, con los pelos lacios, torcidos o de punta.

La energía creativa de los jóvenes rebeldes insiste en moverse al margen de la captura.

La oposición modernidad-postmodernidad parece instalarse por fuera del espejo que devuelve una imagen como insatisfecha representación. Los rostros de la juventud se hacen visibles a través de una serie de tonalidades de matices y actitudes que contrastan con la uniformidad o diversidad incipiente de las generaciones anteriores.

Los jóvenes expresan el desborde de la suprema alteridad que los establece como resistentes  o indiferentes a un mundo que no les da lugar ni perspectiva.

La cultura histórica apartada de las exigencias de la vida se configura como una progresiva interiorización fantasmagórica que produce en muchos jóvenes una actitud improductiva, una casi extrema retirada de la acción al adoptar una actitud escéptica, desengañada. La caída del sentido del mundo da lugar a una posición de desencanto que tiene mucho que ver con la  melancolía y la pérdida de realidad. El presente está por ser y por hacer, este es el lío, y la única certeza que se tiene es que la vida si existe está en otra parte.

¿Cómo lanzarse al mar devorador del mundo? parece ser la pregunta arrebatada, quizá desesperada, de la juventud actual.

La globalización abre acuse al Internet y la conciencia computarizada, las redes de la mercadotecnia se proponen establecer consumidores idénticos multiplicando la diversidad.

A la par de las bombas arrojadas en el Medio Oriente llega Disney World y la legión de los “superhéroes”; la televisión con toda desmesura trasmite el genocidio realizado en nombre de la ciencia, la democracia y Dios.

Apertura tercer milenio: el mundo se hace uno; la pasión por vivir se muestra absurda donde el Mercado manda, y las resistencias convertidas en  mercancía  producen reclusión en lo virtual y capital.

Todo se vende; la rebeldía vuelta imagen se exhibe en los escaparates de los más exclusivos almacenes: “Se actual, adquiere moda rebelde”, “Sea exclusivo: moda rebelde de la más exquisita actualidad”, “Sea elegante en la oficina, rebelde en la calle y sensual en la intimidad” Mercadotecnia de la ilusión, apariencia y simulacro.

La deriva rebelde del que apuesta a ser siendo se resiste a la captura.

Jean Baudrillar da cuenta del surgimiento de revueltas que no tiene el perfil tradicional de la llamada lucha de clases, y pone al descubierto otras estrategias de dominación vía procedimientos de exclusión de los jóvenes:

“Otra exclusión: la de la juventud, que de ningún modo es un efecto secundario de la dominación de clase ni de la explotación económica, sino la consecuencia más explosiva del sistema actual; el monopolio jerárquico de la decisión circunscribe cada vez más un término cero de la significación social. La juventud ocupa ese no lugar de la manera más crítica, pero de ningún modo como clase de edad. Si su rebelión tiene por doquier repercusiones, es porque ese no lugar atraviesa todas las categorías sociales. Actualmente en economía, en política, en ciencia, en la cultura, lo crucial es la ausencia de credibilidad que produce las formas de apatía más insospechadas, de rencor social o la rebelión de aquellos a quienes se quitó o a quienes nunca se dio la palabra.”[1]

La crisis económica, política, religiosa, ideológica, traducida en la ausencia de credibilidad en las Instituciones, ha gestado en los jóvenes una desconfianza generalizada ante un presente incapaz de sostener como posible el acceso a una vida no alienada, placentera y digna. Particularmente los jóvenes se saben excluidos; la radical y melancólica expresión “¡NO HAY FUTURO!”, proclamada por los Sex Pistols, dice de su profundo desencanto.

“La melancolía es un mal de frontera, una enfermedad de la transición y del trastocamiento. Una enfermedad de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil de gente que ha sufrido conversiones forzadas, y que también ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban. Un mal que ataca a quienes han perdido algo o no han encontrado todavía lo que buscan y, en este sentido, es una dolencia que afecta a los que huyen como a los recién llegados. (…) En la Francia de la segunda mitad del siglo XVII, la melancolía estaba prohibida; el propio rey, Luís XIV, afirmaba odiar a los melancólicos. Tanto el aburrimiento como la melancolía estaban “prohibidos” porque eran síntomas peligrosos que indicaban una tensa calma que bien podía desembocar en rebelión”[2]

Los índices de desempleo, los absurdos e indignantes sueldos que aún conservan el nombre de salarios, el descrédito de la formación profesional como medio de acceso a una mejor forma de vida, la proliferación electrónica de una gran variedad de artefactos e instrumentos para “matar” o “pasar” el tiempo, a la par de la proliferación de drogas distribuidas sin control -incluyendo el de calidad- han multiplicado radicalmente el sin sentido de la realidad que alcanza a muchos jóvenes instalados en la feroz, bulímica-anoréxica, aniquilante apatía.

Pero a la vez han dado origen a manifestaciones de voluntad y de vida que actúan por fuera y más allá de las formas de resistencia y oposición asimiladas y establecidas por los dispositivos de la sociedad de los mercados y el poder: punk, dark, skatos, grafiteros, skin heads, ácratas, anarcos, emos, raperos, ciberpunk, entre otros, parecen empeñados en hacerse ver y su presencia inevitablemente interroga y muestra el sinsentido progresista de los discurso establecidos. Lidia Menapace lo dice del siguiente modo:

“El fenómeno nuevo frente al cual nos encontramos es el de la producción orgánica- mente ligada a la crisis capitalista de un nuevo “subproletariado”. El término, con toda su brutalidad, me parece en todo caso menos falso que el de marginación y menos ideológico que el de segunda sociedad; es un término que expresa la dificultad de construir una relación y una recomposición proletarias, al tiempo que elimina los inmundos análisis según los cuales el movimiento de las mujeres y el movimiento de los jóvenes estarían totalmente dentro de la óptica de la burguesía, serían la última astucia del adversario de clase. ¿Por qué los jóvenes desempleados son una parte del subproletariado? por la misma razón que los define como jóvenes desempleados. Pero además porque el desempleo, al no ser coyuntural, friccional o marginal, sino estructural, produce una cultura, una ideología, un modo de ser permanente y no una simple moda (aunque tenga algunas de las características de lo que se entiende por una moda). A diferencia del subproletariado tradicional, que representaba, para la clase obrera, el “andrajo” fastidiosamente ligado a su condición, el último peldaño al que podía arrojarla una desocupación coyuntural, una crisis cíclica, una enfermedad, un “vicio” como el alcoholismo, el nuevo subproletariado juvenil no es de origen obrero, no es un detritus o un andrajo de la condición obrera degradada; es un producto directo y estructural de la crisis (“somos hijos de la crisis” dicen los indios metropolitanos); es la prueba material de que el capitalismo lo genera estructural y ampliamente. De ahí proviene la cultura de la extrañeza, la irresponsabilidad, la ausencia de mediación política, el desinterés y la incorporación por la cultura organizada, la fortísima exigencia de comunicación colectiva y de producción de nuevos lenguajes (las manifestaciones de teatro callejero, el slogan como mensaje rítmico, la ironía como desacralización de las ideologías); está es la única “producción” permitida a quienes no tienen, y más allá de ello, ni siquiera la esperanza de encontrar un trabajo.”[3]

Nos enfrentamos a la necesidad de hacer legible lo que a primera vista pareciera carecer de legibilidad; esto es, la profunda crisis de los principios ideológicos que establecieron y legitimaron la Modernidad, por un lado, y, por el otro, la caída de los ideales que la hicieron posible. Esta crisis nos enfrenta a la necesidad de formular nuevas lecturas que permitan avanzar en el desciframiento de lo que, por la vía de los hechos, se inscribe en los terrenos de lo inédito. Lo actual demanda actualizar la escucha, la visión y los saberes.

“Lo que se esboza, de esta manera, como un horizonte para el presente siglo es el aumento de la complejidad en la mayoría de los dominios, incluso en los modos de vida, en la vida cotidiana. Por ello, se percibe que hay una tarea decisiva: hacer que la humanidad esté en condiciones de adaptarse a unos modos de sentir, de comprender y de hacer muy complejos, que exceden lo que ella reclama. Esta tarea implica como mínimo la resistencia al simplismo, a los slogans simplificadores, a los reclamos de claridad y facilidad, a los deseos de restaurar valores seguros. La simplificación se nos aparece ya como bárbara, como reactiva.”[4]

Ante la actual estrategia de estado y los mercados, que invita a los jóvenes a consumirse consumiendo, el movimiento de los que se oponen a su avance y se resisten a ser asimilados, realiza sus apuestas por el lado de la rebeldía.

“Rastros de Carmín (de Greil Marcouse) muestra a unos cuantos, entre ellos los punk, como los herederos secretos de corrientes rebeldes, en las que se incluye a los dadaístas, a grupos surrealistas con sus manifiestos a cuestas, a los cátaros. La voz del rock -y la voz del punk- se nutre de múltiples fuentes literarias, musicales y plásticas. En el principio, los compositores y cantantes poseyeron la voluntad de estilo alimentada por lecturas de poetas como Nerval, Rimbaud, Verlaine, o el esfuerzo desesperado del Conde de Launtrémont. La parafernalia de los poetas malditos encuentra su nueva fe, su revolución masiva en los cantantes de rock de los sesenta y principios de los setenta, más que notoria en las letras de rock y en las actitudes de los cantantes. Con su espleen a cuestas, el poeta maldito se electrifica; denuncia que en el mundo industrial no es posible la dicha prometida al amparo de las máquinas. Se trata de una poética crítica, una apuesta por vivir la poesía y no el reino de la razón. Las referencias literarias y plásticas en el rock resultan múltiples. Jim Morrison bautiza como The Doors a su grupo en un homenaje explícito a William Blake. Se trata de cumplir el dictado de Blake: abrir las puertas a la percepción para generar un cambio de conciencia… Y eso significa cambiar el mundo. Morrison lo intentó mediante procedimientos chamánicos, con la fuerza de su palabra poética y con la presentación interminable de un performance que culmina con su muerte. (…) Una concepción que integra el arte a la vida en lugar de meter el arte a los museos o a las salas de conciertos. Bob Dylan lee a los simbolistas franceses, sin olvidar a los beatnik o modelos de poeta maldito, de todo se alimenta el rock y a todos alimenta. Las conexiones son infinitas. De allí vienen esas voces del rock, esas voces que preserva el punk. Y esas voces no sólo comparten un juego de palabras, también comparten la ambición de trastornar un mundo inhabitable y de hacerlo ahora. El rock forma parte de un tiempo en el que surge una cultura que no se asume como parte de un sistema monolítico y alejado de lo popular, sino que se afirma en una multiplicidad de orígenes. Contra quién, contra lo que se acepta como cultura. Nosotros no lo somos, parece aceptarlo, y a la vez, lo somos porque no podríamos dejar de serlo. Una cultura de lo ajeno y lo diferente. (..). Todo se conjunta, en nuestra voz aparecen las palabras que vienen de lejos, desde los goliardos y los herejes medievales, hasta los más delirantes experimentos vitales con la palabra. En lo que cantamos y ritmamos en el rock está lo evidente y lo que no imaginamos. Finalmente, eso podría ser la cultura: la posibilidad de establecer múltiples conexiones, hacia arriba y hacia abajo, hacia todos los lados posibles e imposibles”[5]

Los movimientos producidos por  la rebeldía confrontan y agrietan el dispositivo excluyente de la racionalidad de los mercados y la racionalidad capitalista occidental. Dirá Jean Baudrillard:

“Si estas generaciones excluidas son portadoras de la rebelión, es sobre la base de su aparente irresponsabilidad total. Dicha rebelión puede resultar ambigua si se vive a la manera de la anomia y el fracaso, si ocupa por defecto el margen que el sistema le asigna, o si se institucionaliza como marginal. Pero basta que asuma radicalmente tal forzada exterioridad al sistema para cuestionar, no ya desde el exterior como funcionamiento sino desde el interior, la estructura fundamental de la sociedad, como código, como cultura, como espacio vital interiorizado. Todo el sistema de la producción se ve entonces des-investido y cae al vacío social que él mismo ha producido; toda su posibilidad se hunde en ese no lugar, en esa zona desafectada donde los desechados le devuelven su total desafección. Aquí nace la subversión, en otra parte, mientras que la contradicción trabaja al sistema desde el interior.”[6]

Ya no hay cima común por habitar, ni lugar previsible para derivar derivas, ni futuros luminosos a la vuelta de la esquina como paraísos de plenitud por alcanzar. La verdad, sea dicha o malestar, ha sido desbordada. De lo que se trata es de sentir la vida y en ella el cuerpo aquí y ahora; de lo que se trata es de darse lugar, de moverse del lugar de esclavo, del lugar asignado, del lugar asumido, del lugar carente de elección, de lo que se trata es de hacerse ver, de mostrarse presentes, de ser diversos sin dejar de ser singulares.

“No sé si sea preciso insistir en que esta edad de razón es edad de desilusión. Se necesitan muchas drogas para producir en el hombre un entusiasmo comparable al que puede producir una fe o una causa. El hombre es poca cosa cuando no se lo mira como un propósito, cuando se lo reduce a un solitario y pasivo consumidor aletargado por el ideal de confort. Después del largo recorrido de la sociedad moderna, con sus urgencias y sus máquinas, con su utilitarismo y su eficacia, con sus drogas industriales que alivian y sus ciudades industriales que enferman, con sus cultos de la salud, de la juventud y de la belleza que en realidad tienden a ser sólo desesperación y fascismo, con sus supermercados frenéticos y sus espectáculos; después del largo recorrido que nos trajo hasta esta conmovedora y siempre frustrada avidez de goces intensos que se llama drogadicción, hasta el ciego conflicto entre la arbitrariedad social y la arbitrariedad individual que se llama terrorismo, hasta este reino positivista del sexo, despojado de toda espiritualidad y vendido como mercancía que se llama pornografía, hasta este desamparo del ser a la vez hastiado y hambriento que se llama sociedad de consumo, nos volvemos hacia el potencial romántico para intentar descubrir en él nuestra grandeza perdida.”[7]

La referencia a una norma trascendente, a un horizonte de carácter universal,  decae a favor de la emergencia de lo singular emancipado del horizonte general de lo establecido como continuidad.

El hacer de los jóvenes va ligado al placer y se muestra en sus  marcas; inscripciones que nombran y horadan la piel o imprimen en el cuerpo una muy particular manera de hacerse presente y tener presente,  emancipación del horizonte establecido de los sentidos, lengua texto, escritura piel, lienzo calles, trazos huella, la ciudad encendida por la letra y su errancia.

“Existen dos modos de padecer, el uno es de los que padecen de exuberancia de la vida, que quieren un arte dionisiaco y asimismo una visión y concepción trágica de la vida, y luego están los que padecen de empobrecimiento de la vida, los que buscan descanso, paz, mar tranquilo, redención de sí mismos por medio del arte y del conocimiento, o bien el éxtasis, la convulsión, el aturdimiento, la locura. A la doble necesidad de los últimos corresponde todo el romanticismo en las artes y en los conocimientos”[8]

Lo mejor que es vivir, dirá Nietzsche (9), es enemigo de lo bueno, que es el viviente concreto. La vida es lo que cambia, el individuo lo que permanece; la vida es lo que deviene, el individuo lo que es; la vida es lo que ocurre en el tiempo, el individuo lo que quiere para sí la eternidad de los límites que lo definen. Para Nietzche (10) la afirmación de la vida es negación del individuo.

Si la relación de la rebeldía con la norma es considerada como negativa, es porque ella da paso a la creación de lo diverso,  de lo “extraño”, impredecible y singular.

La emergencia de un otro movimiento rebelde  que incorpora o resume las apuestas anteriores sin el soslayo de su potencial, toma forma y encuentra, si es posible decirlo así, una inmanente justificación, por la cual,  este indefinido potencial, puede convertirse en el paradigma adecuado de un devenir vital en movimiento, nunca comprensible si se intenta mirarlo desde coordenadas definidas y consolidadas a priori por la tradición. ¿Mirada en acto? En todo caso mirada inquieta a la mira de lo singular revestido de espontaneidad. ¿Épica antigua en la edad moderna? En todo caso recuperación de lo singular en un mundo que ha tendido y tiende toda vez al desprestigio de lo que hace ver, se deja oír o hace escuchar. Celebración cuerpo, celebración borde, y riesgo, reto y confirmación, a veces muerte. Cuando se le captura y establece como moda no es, deja de ser; de ahí la apuesta, la insistencia de la permanente y osada derivación; litoral al encuentro de un otro litoral, multiplicado movimiento real e ideal, serie interminable de búsqueda y encuentro, encuentro y búsqueda…

“Fusión de la pasión privada y la pasión pública, continuo flujo y reflujo entre lo maravilloso y lo cotidiano, el acto vivido como una representación estética, conjunción de la acción y su celebración. Reunión del hombre con su imagen: los reflejos del espejo resueltos en otro cuerpo luminoso. Experiencia de la verdadera conversión: no únicamente un cambio de ideas sino de sensibilidad; más que un cambio del ser, un volver a ser. Una revelación social y psíquica que extiende el límite de la realidad y el dominio de lo posible. El regreso al origen, al principio del principio: ser uno mismo al estar con todos. El hombre, perpetuamente expulsado, arrojado al tiempo y en búsqueda de otro tiempo, un tiempo prohibido, inaccesible: el ahora. No la eternidad de las religiones sino la incandescencia del instante: consumación y abolición de las fechas.”[11]

La fenomenología del hacer de los movimientos rebeldes es indudablemente más compleja de lo que se puede  decir aquí; sin embargo, esto es fundamental, hunde sus raíces en la derrota del vacío de la apariencia y la alienación de la existencia. Aquí la nada, por más contradictorio que parezca, tiene una propia y legitima función, una especial colocación; constata el frágil trasfondo de lo existente y la existencia que hace posible la emergencia, la presencia con sentido eternizante.

El producirse de las resistencias neutraliza la amenaza a la subjetividad;  el deseo se hace presente, se   deja ver;  el estilo, recordemos, es trazo que marca el tiempo. Tras la rueda del tiempo se encubre la monotonía de un mundo social que aparece o se muestra referido como eternidad; ante él y en él, la aparición o manifestación de las resistencias parecen expresiones de disolución a través de las cuales es posible acceder a alguna otra significación. La rebeldía muestra desencanto y reencanto, desencuentro y reencuentro. El universo despojado de espesor recupera su fuerza justo en otra dimensión que lo reinventa: gesto, grafo, pinta, estética del caos, anarquismo, nihilismo o resistencia inútil. Contra la estatización de lo real, como solución categórica final, la apuesta rebelde opone un paradigma estético.

“En verdad que nunca vi algo semejante: vi un joven pastor retorciéndose y jadeando con el rostro desencajado, al que colgaba de la boca una negra serpiente. ¿Vi alguna vez tanto asco, tanto horror cadavérico en un rostro? ¿Estaba quizás durmiendo? EL caso es que la serpiente se le metió en la garganta y se agarró mordiendo el ella. Cogí la serpiente con las manos y tiré; ¡inútil!: no pude sacarla. Entonces se me ocurrió gritar: ¡muerde, muerde! Así grité; y todo mi horror, mi odio, mi asco, mi conmiseración, todo mi bien y mal, gritó conmigo. Y el joven pastor mordió como le aconsejó mi grito, dio un buen mordisco y escupió bien lejos la cabeza de la serpiente. Entonces se puso en pie de un salto... y ya no era un pastor, ya era un hombre: se había trasformado, era un iluminado que reía. ¡Y nunca nadie rió como él sobre la tierra!:”[12]

La rebeldía se presenta como una amplia y compleja tentativa de liberación opuesta a la pérdida de un mundo que no cesa de asfixiar y amenazar.

La rebeldía se articula intentando encontrar el rasgo o resto que sostiene y contiene la singularidad.

La ironía constituye sólo un simulacro de la autodestrucción, asumida como autocreación en función del otro pero también más allá del otro.

La rebeldía trata de una dirección densa y fecunda en un intento de recuperar la concreción de lo singular sostenida en el hacer y la creación, más allá del mandato que establece como norma, una vez que se cumple determinada edad, dejar de ser rodante, acumular fortuna, traer hijos al mundo, adquirir un espacio con excusado propio, vivir para los otros, mostrar diversos títulos, y echar raíz.

“La vida es como una fuente eterna que constantemente produce singularidades y que, produciéndolas, se desgarra a sí misma. Por ello es la vida dolor y sufrimiento: el dolor y el sufrimiento de quedar despedazado lo Uno primordial. Pero a la vez la vida tiende a reintegrarse, a salir de su dolor y reconcentrarse en su unidad primera. Y esta reunificación se produce con la muerte, con la aniquilación de las singularidades. Por eso es la muerte el placer supremo, en cuanto que significa el reencuentro con el origen, que incansablemente produce nueva vida. La vida es, pues, el comienzo de la muerte, pero la muerte es la condición de nueva vida. La ley eterna de las cosas se cumple en el devenir constante. No hay culpa ni en consecuencia redención, sino la inocencia del devenir. Darse cuenta de esto es pensar trágicamente. El pensamiento trágico es la intuición de la unidad de todas las cosas y su afirmación consiguiente: afirmación de la vida y de la muerte, de la unidad y de la separación. Más no una afirmación heroica o patética, no una afirmación titánica o divina, sino la afirmación del niño de Heráclito, que juega junto al mar”[13]

Creación, constatación acto, constatación cuerpo, constatación lúdica, constatación abismo, constatación litoral, constatación recuperación -si es posible decirlo así- de lo verdadero, constatación sensible y superación de las definiciones objetivas de lo subjetivo a través de la subjetividad asumiendo aquí y ahora un rasgo estético, un rasgo trágico.

“El regreso del presente: el tiempo que viene se define por un ahora y un aquí. Por eso es una negación del signo no cuerpo en todas sus versiones occidentales, sean religiosas o ateas, filosóficas o políticas, materialistas o idealistas. El presente no nos proyecta en ningún más allá –abigarradas eternidades del otro mundo o paraísos abstractos del fin de la historia- sino en la médula, el centro invisible del tiempo: aquí y ahora. Tiempo carnal, tiempo mortal, el presente no es inalcanzable, el presente no es un territorio prohibido. ¿Cómo tocarlo, cómo penetrar en su corazón transparente? No lo sé y creo que nadie lo sabe... Tal vez la alianza de poesía y rebelión nos dará la visión. En su conjunción veo la posibilidad del regreso del signo cuerpo: la encarnación de las imágenes, el regreso de la figura humana, radiante e irradiante de símbolos. Si la rebelión contemporánea no se disipa en una sucesión de algaradas o no degenera en sistemas autoritarios y cerrados, si articula su pasión en la imaginación poética, en el sentido más libre y ancho de la palabra poesía, nuestros ojos incrédulos serán testigos del despertar y vuelta a nuestro abyecto mundo de esa realidad, corporal y espiritual, que llamamos presencia amada.”[14]

El juego del espíritu que crea el mundo carece de sentido, pero el espíritu  que no juega a ser creador del mundo carece de realidad y libertad. La subjetividad se convierte con frecuencia en un frágil juego en el que los sujetos se refractan, aceleraciones y detenciones. La subjetividad se convierte en prisionera de su mismo juego de representaciones, lo que afirma es la dimensión de la ilusión de lo incompleto. Es este desmedido dilatarse y complicarse del universo de la subjetividad lo que constituye el aspecto más propio del hacer de los jóvenes rebeldes, ese juego proporciona a sus obras un constante carácter inconcluso acorde al universo de la realidad que no cesa, una y otra vez, de desmentirse.

Nos encontramos ante la tentativa de ampliar los límites de la apariencia estética fundada sobre el horizonte móvil de las obras; no hay fin a manera de arribos definitivos porque el que no baila ignora lo inmediato. La juventud rebelde representa esta otra forma de devenir que constantemente,  movida de lugar, se lanza a la conquista de un otro litoral, de una otra tierra por bailar, de una otra apuesta por ganar siempre perdida.

“La tradición de los jóvenes es más poética y religiosa que filosófica y política; como el romanticismo, con el que tiene más de una analogía, su rebelión no es tanto una disidencia intelectual, una heterodoxia, como una herejía pasional, vital, libertaria.(...) Es su actitud abierta, su sensibilidad más que su pensamiento, lo que es realmente nuevo y único. Creo que en ellos y por ellos despunta, así sea obscura y confusamente, otra posibilidad de Occidente, algo no previsto por los ideólogos y que sólo unos cuantos poetas vislumbraron. Algo todavía sin forma como un mundo que amanece. ¿O es una ilusión nuestra y esos disturbios son los últimos fulgores de una esperanza que se apaga?”[15]

Es este desmedido “moverse de lugar” sin dilatarse lo que constituye el aspecto más propio del hacer rebelde; esa forma de estar y desplazarse dibuja un constante y permanente carácter inconcluso que no cesa de dejar de inscribirse ni de hacerse saber y hacer saber. Dimensión de la apariencia en su forma radical y emancipada como universo fluido en constante transformación.

Esta recreación de la apariencia estética habrá de incorporar también lo “extraño” a un devenir sin límite que configure otra normatividad de lo moderno o posmoderno, más allá del horizonte estable de la Gran Promesa de los paraísos artificiales, llamados Capitalismo, Socialismo, Sociedad de los mercados, Globalización Neoliberal,

“En la rebelión juvenil me exalta, más que la generosa pero nebulosa política, la reaparición de la pasión como una realidad magnética. No estamos frente a una nueva rebelión de los sentidos, a pesar de que el erotismo no está ausente de ella, sino frente a una explosión de las emociones y de los sentimientos. Una búsqueda del signo cuerpo no como cifra de placer (aunque no debemos tenerle miedo a la palabra placer; es hermosa en todas las lenguas) sino como un imán que atrae a todas las fuerzas contrarias que nos habitan. Punto de reconciliación del hombre con los otros y consigo mismo; asimismo punto de partida, más allá del cuerpo, hacia lo Otro. Los muchachos descubren los valores que incendiaron a figuras tan opuestas como Blake, Rousseau, Novalis y Breton: la espontaneidad, la negación de la sociedad artificial y sus jerarquías, la fraternidad (...) la capacidad para entusiasmarse y también para indignarse, la facultad maravillosa, la facultad de maravillarse.”[16]

En el horizonte de lo inacabado, de lo que está en constante devenir no se excluye la nada y lo informe, ni el alcance de la incomprensión y el caos. Una integridad presupuesta desde el inicio como meta a alcanzar contradice la esencia misma de los movimientos rebeldes. Encarnando los múltiples gestos de la modernidad, los rebeldes salvaguardan, haciéndolo propio y al mismo tiempo generándolo, el carácter crítico de su época. Los movimientos rebeldes ceden paso a la alteridad y en el movimiento que conduce al desencanto recuperan su encanto, reavivan su unión y celebran su dispersión y caos.

 

 

REFERENCIAS

1

Baudrllar Jean, El espejo de la producción (o la ilusión crítica del materialismo histórico), Barcelona; Ed. Gedisa, 1990, p. 146-147

2

Terrazas Kyzza, La conjura de los melancólicos, México; Complot, núm. 15, abril 2001. p.35.

3 Menapace Lidia, “Por la contradicción”, Revista El viejo topo, No.15, Barcelona; Diciembre, 1977
4

Lyotard J., La posmodernidad, México; Ed. Gedisa, 1989, p.65

5 Banda Víctor Manuel, “Las voces del rock”; Revista Origina, año 9 No. 100, México; Junio 2001 p.18.
6 Op. cit. Baudrillard, Jean.1990, p. 143.
7 Ospina William, “Los románticos y el futuro”,en revista virtual de la UNAM Errancia, núm 0, sección LitoralesMéxico; mayo 2011.
8 Nietzsche, La gaya ciencia, Madrid; Ed. Alianza, 1985, p. 27
9 Nietzche, Así hablaba Zaratustra, Buenos Aires; Ed. Argonauta,1957,p. 17
10 Nietzche, El nacimiento de la tragedia, Madrid;  Ed.Alianza, 1986, p. 70
11 Paz Octavio, Los signos en rotación, Madrid;  Ed. Alianza;1983, p. 303
12 Op. Cit. Nietzsche, Así hablaba Zaratustra,  pág. 201.
13 Op. Cit. Nietszche,  El nacimiento de la tragedia, 1986pág. 141.
14 Op. cit. Octavio Paz, p. 307-308
15 Ibid. pág.303.
16

Ibid. pág.302.

 

 

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