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LA DÉCADA PRODIGIOSA: 60s, 70s *

PEDRO SAMPERE / ALBERTO CORAZÓN

 

Entre la cabeza reventada de John F. Kennedy y el caso numantino de Salvador Allende hay diez años prodigiosos.


Una década en la que todo estuvo a punto de estallar por exceso de vitalidad. La producción de acontecimientos desbordó su capacidad de estimulación.

La aceleración, el cambio hizo que la velocidad social dejara atrás el tiempo histórico.

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Los 70s nacieron impulsados por la fuerte inercia de la década prodigiosa. Pero hasta 1973 no enseñaron los dientes. La muerte de Allende levantó una angustiosa interrogante a la posibilidad de la revolución desde la democracia. La geología y el moderno maquiavelismo sin rostro fabricaron una crisis de energía que devolvió al establishment la repudiada disuasión de su terror represivo.

Diez años entre “A bout de soufflé” y el final de una utopía. Los 60s fueron años de ruptura y ensayos revolucionarios. El cambio se construyó en permanencia. Los 70s son años de asimilación y realidades sin sueños. La contracultura y el espíritu perturbador de las revoluciones cotidianas fueron integrados o aplastados. No se toleraron los estados larvarios, la potencialidad contestataria. Nació una conciencia de la decepción. Se reafirmó el terror y su instrumentalización. La sociedad cumplió un rol de vulgar sparring.   

Traducido a los códigos del arte de nuestro siglo, “Yellow Submarine” fue la síntesis icónica y sensualizada de los ideales románticos y la utopía arcádica de los 60s. La búsqueda de una libertad limpia y sin equívocos está dramatizada en la lucha y final humillación de un mal abstracto y omnipresente, corporizado en Mr. Glove y los Blue Meanies. El triunfo de la libertad se sublima con la conquista de la tierra de promisión. Las canciones despliegan en forma de himno pop la nueva poética revolucionaria. “All you need is love” y “All together now” subrayan los ideales de unión planetaria y la incondicionalidad del amor en las nuevas generaciones. 

“El último tango en París” es el canto del cisne de aquellos ideales, la destrucción del amor como redención. El naif colorista de “Yellow Submarine” se convierte en amargo naturalismo. El sexo sirve, pero denigra; no basta ni sublima. La esperanza se tiñe de cólera y escepticismo. Los 60s propusieron una revolución que apenas quedó enunciada quedó inconclusa. El film de Bertolucci trazó una parábola sobre el impulso de autodestrucción y descomposición que genera toda fuerza de creación cuando se ve acosada por un superambiente intransigente y determinista.

Esta es la crónica de las revoluciones cotidianas y los cambios permanentes. Que no cambiaron los gobiernos, sino la sensibilidad. Que no derribaron las estatuas a caballo, sino la inercia de una moral exhausta.

Es entonces cuando las pequeñas causas provocaron grandes, aunque no definitivos, efectos.

La moda se convierte en moral, mensaje o antropología.

La información libre, en conciencia colectiva.         

La conquista de la luna, en un heroísmo planificado para el astronauta. En una decepción para el televidente, la filosofía panteísta o el espíritu de Julio Verne. Una canción, tras la rima y el swing, revela una implacable fuerza semiótica. El malthusianismo hace un revival enmascarado en el Enovid.

Cambió la moral sexual e incluso la forma de su actividad.

Una inscripción moral se convierte en una fuerza ideológica contra la que se estrella el viejo esquema de la represión.

Se trata del disparo en espiral de una serie de fuerzas heterogéneas en constante dialéctica de creación y destrucción.

La resultante es un proceso de cambio espectacular. Individual y planetario, enfatizado por un profundo grado de compromiso.

En el fondo no es sino una transición de civilizaciones. Una nueva remodelación del mecanismo intelectual y el tacto colectivo. Una situación permanentemente revolucionaria, cotidianamente revolucionaria.

Estamos asistiendo a una transformación de la psicología ambiental y del ambiente mismo. A la posibilidad del desmoronamiento de la omnipresente, reafirmada, insolente superestructura del terror social. O a su definitiva consolidación.   

 

 

EL MOVIMIENTO BEAT

Toda postguerra rompió generaciones. Pero una postguerra atómica las desintegró. Los supervivientes tuvieron que plantearse nuevamente el sentido de la existencia.

El recuerdo de la gran depresión, el trauma moral de la guerra generó un conformismo perezoso, una sumisión social. USA se entrego al olvido, a la desideologización, a vislumbrar la prosperidad material a través de la insolidaridad, la utarquía, la claustrofobia y el triunfalismo de la victoria.

Los celadores de la dimisión y el nuevo estatismo social fueron Joe McCarthy, el cazabrujas, y Ike Eisenhower, el paternal.

Donde no ocurría nada, absolutamente nada, el movimiento beat fue lo único que ocurrió. El recital poético de la Galeria Six fue el acto germinal del movimiento beat.

Bajo la influencia de la mescalina, las anfetaminas y la dexedrina, Allen Ginsberg escribió “Howl”, el aullido que proclamó una sensibilidad nueva y denunció a la abulia y la inercia opresiva de una América deshumanizada y convencional.

La vanguardia beat fue literaria. Principalmente poetas. Pero pronto se constituyó en una mística. En una forma de vida, en una actitud social capaz de arrastrar prosélitos y provocar filosofías.

La literatura como contexto cultural de los beat contrasta con la cultura oral del posterior movimiento hippie. La placidez de los cincuenta –sin delirio consumista, sin TV ni coches masivos, sin la angustiosa velocidad- pudo provocar esa introspección intelectualista, expresada en el silencio de la tipografía.

En un mundo contaminado de industria y mecanización, se recuperó a la literatura de su obsolescencia estilística con el espontaneísmo de Keruac, la perceptividad alucinada de Ginsberg. Fue el momento poético más vitalista del siglo. La poesía se hizo oral y pública. Intensa, gráfica, agresiva. Renació el rito del recital, apareció el happening, todavía sin rock ni guitarras eléctricas. Hubo una rejuglarización de la cultura que salió del ghetto a la calle, y excitó la participación. Cambió el rol de los poetas. El trovador doliente y críptico se convirtió en un motivador, en un agitador de la conciencia pública. Nik era un diminutivo yiddish de implicaciones comunistizantes.

Con el macartismo toda América estaba sensibilizada por un vago terror hacia una contaminación comunista difusa e invisible, que se cernía sin embargo como una amenaza apocalíptica.

Cualquier signo sospechoso era reprimido con ardor fascista. Eso explica que McCarthy procesara a Gisnsberg acusando a “Holwl” de obscenidad.

“Howl” no era más que un juego de niños, una luminosa letanía que tenía el valor, bajo la represión y el fanatismo simplista de la guerra fría, de destripar el sueño americano.

La confusión del espíritu beat con  la ideología comunista no fue más que un equivoco semántico muy propio de la psicosis de la época.

De hecho era un movimiento apolítico, sin vinculaciones, pacifista. Su única violencia era su capacidad de suicidio.

Su ideología era abierta, dialéctica. Más cerca de un anarquismo pasivo y romántico que de un compromiso político concreto.

El homosexualismo, el suicidio, la masturbación, las relaciones sexuales blanco-negro, la pérdida de la privacidad, el FBI, la locura, la droga. Todos los componentes residuales del sueño americano reducidos al silencio de la prohibición.

Las metáforas de “Howl” destripan el estigma burgués americano representado en Moloch. La desintegración de la generación de postguerra. La droga. El capitalismo. La fealdad agresiva de las metrópolis. Las mutilaciones de la guerra. El maquinismo. La polución industrial. La gélidez de la tecnología. El poder de los bancos. La locura, el belicismo.

Las visiones, las alucinaciones, los milagros, los sueños, las iluminaciones, la religión, el éxtasis. Todo está siendo arrastrado por la corriente del río americano”.

Cuando “Howl” se recit6ó en la Galería Six, la brecha para una nueva sensibilidad quedaba abierta. La década siguiente estaría fuertemente marcada por este impulso de autenticidad y nueva sinceridad. Los valores individuales serían purificados y reivindicados ante el inmovilismo defensivo y represivo del poder social. La contestación beat fue un referente necesario para los siguientes movimientos de la protesta universal.

Los ideales pacifistas llevaron de una forma natural a un redescubrimiento de oriente. Los beat iniciaron la síntesis Oriente-Occidente, que en la década siguiente proseguirían los hippies y otras formas culturales, como la música.

Gary Snyder: La bendición de Occidente ha sido la revolución social. La de Oriente, la penetración individual en el vacío elemental del yo. Necesitamos las dos. Ambas se hayan contenidas en los tres aspectos tradicionales del sendero de Drama: la sabiduría, la meditación y la moral”.

Fue el propio Zinder quien en primer lugar recuperó del olvido histórico la forma de vida de los indios americanos recluidos en las reservas, que tanta influencia tuvieron en el pastoralismo y el ideal de marginación hippie.

Allen Gisberg viajó a Oriente en busca de la droga y allí se desembarazó de ella y adquirió una nueva paz interior. El encuentro con la cultura oriental fue el nirvana que le descubrió definitivamente el cuerpo como receptor, canal sensorial para una profunda introspección. “Buscar en el cuerpo y no fuera de la figura humana”.

El sistema de signos beat fue explícito, con un mensaje deliberado.

Su atuendo era casual, nada extravagante. Sueters de lana, pana, jeans. Desaliñado, en oposición al “aseo” burgués. Solamente denotaba una vaga marginalidad.

La barba molestaba al convencional. Entonces el beat se dejó la barba: era un signo de antagonismo y diferenciación. Y sobre todo una forma pasiva de presentar diariamente la batalla de la provocación reivindicando el naturalismo de un hecho biológico.

Los líderes tenían pasión por la vida ambulante. Los seguidores, una vocación comunitaria. El barrio bohemio, la cueva del jazz. No eran proselitistas. No deseaban el confort ni la seguridad, sino la independencia y la paz interior que la sociedad no les daba. Repudiaban el arribismo laboral, el mito de la abundancia que alienaba a sus conciudadanos. Eran contemplativos y radicales-estéticos. Se les llamó “los negros blancos”.

San Francisco, libre del puritanismo del Este y del tradicionalismo clasista del Sur, fue el aglutinante y cuna natural. Greenwich Village, su ghetto artificial en Nueva Cork. Así encerraron a USA de Este a Oeste. Un país convulsionado por una crisis de identidad, acosado por la propaganda del sputnik, el U2, la amenaza de la guerra fría, que empezaba a desprestigiarse.

Fue un fenómeno nacionalista, típicamente americano en la década más claustrofóbica y arrogante que ha vivido USA. Estaban en contra del sistema, pero abstractamente, no estaban politizados. Estaban más definidos en lo que repudiaban que en lo que aceptaban. El existencialismo francés era más filosófico y apremiante. Engagé y enragé. Con una dinámica y un compromiso político que se constituyó en germen ideológico de las revoluciones posteriores.

Norman Brown consideraba que Europa era demasiado sofisticada para generar un movimiento beat. No tenía el barbarismo necesario para provocar un cambio cultural. Sus únicos equivalentes y coetáneos fueron los Angry Men ingleses, Movimiento literario, de prosa, elitista y estilista. Sin mística vital ni capacidad energética para convertir la audiencia del teatro en movimiento de discípulos convencidos.

Esto supone una revolución semiótica. A nivel de los signos, los atuendos, los emblemas, la moral, los modales, el arte, el trabajo, el amor y los hobbies. Y una revolución semántica de las palabras, los conceptos y sus nuevos significados. Incluso la creación de nuevos sonidos y de nuevas palabras.

El juego de las tipologías binarias, oposiciones ideológicas e idiomáticas, es habitual en la constitución de las contraculturas.          

Los viejos conceptos son contestados con nuevos conceptos o con una trasformación semántica de los viejos. Generalmente un concepto integrado en el sistema llega a un grado de saturación, de redundancia, que lo convierte en indeseable para el movimiento contracultural. Para reemplazarlo se crea o se adapta un nuevo concepto que asume la función que ya no cumplía aquél y que nace incontaminado. El tiempo ejercerá su función de desgaste y la llegada de una nueva cultura provocará su saturación y será contestado.

Norman Mailer, protagonista desde dentro del movimiento beat, estableció este sugerente enfrentamiento –moral, estético, biológico y semántico- con la cultura de los “squares” o convencionales.

“Beat”                                                         “Convencional”
Impetuoso                                                    Práctico
Romántico                                                   Clásico
Instinto                                                          Lógica
NEGRO                                                        BLANCO
Inductivo                                                       Programático
Espontáneo                                                 Metódico
Medianoche                                                 Mediodía
Preguntas                                                    Respuestas
Ser                                                                Deber ser
Nihilista                                                        Autoritario
Truhanes                                                      Policías
Libre arbitrio                                                Determinismo
Sexo                                                             Religión
Rebelde                                                       Legalista
Call Girls                                                      Psicólogo
Presente                                                      Pasado o futuro planeado
Legitimidad                                                 Aborto
Sexo por el placer orgásmico                   Sexo por el ego
Pecado                                                        Salvación
Modales                                                        Moral
Duda                                                             Fe
Crimen u homosexualidad                         Cáncer
Marihuana                                                    Alcohol
Moto                                                             Scooter
Seducción por los sentidos                      Seducción por el razonamiento
Matiz                                                            Hecho

De cara a las valientes convulsiones de los 60s, un movimiento espiritual no tenía ni trascendencia ni futuro. El beat, ante un entorno indiferente y mastodonte, ante un nuevo concepto del compromiso y el underground como formas furiosamente activas, se convirtió en un romanticismo obsoleto y escultórico.  

El movimiento como colectividad llegó a convertirse en una reliquia repleta de nostalgia, que ya no molestaba a un sistema inmunizado.

El instantaneísmo imaginativo de la vieja rebeldía –espontánea como la prosa de Keruac- se esclerotizó. Se hizo inmóvil, previsible, se trasformo en una estética estudiada, semantizada, lo que en cierto modo la politizó convirtiéndola en folklore del nuevo radicalismo.

La fidelidad a su viejo esquema provocó la emigración moral, la dimisión del activismo intelectual de casi todos y la muerte física de algunos.

Ginsberg y Mailer sobrevivieron y aceptaron una necesaria evolución. Su literatura purificada y visceral se socializó, se hizo profesional.

La perseverancia de Ginsberg y el remanente del espíritu de San Francisco se metamorfoseó.

El ideal de inhibición social no alcanzado se sucedió a sí mismo.

(…)

Fue a mitad de los 60s cuando se produjo la presentación en sociedad.

El beat de golpear o beatificar se convirtió en “hip”, de “to hip”, estar en el secreto, y de “hep”, instinto de comprensión instantánea.

 

 

EL MOVIMIENTO HIPPIE

El hippie no aspiraba exactamente a la beatitud, que era una virtud demasiado metódica y clasificada. Pero practicaba el amor.

“Do your thing” –Haz lo tuyo- (haz lo que quieras). Era una profesión de individualidad, una manifestación anti-egocentrista que repudiaba la competitividad, el espíritu de escalada de la sociedad burguesa. Era una actualización del “Don´t bug me. I´m beat” –Déjame en paz. Estoy arto- de los beatniks.

Las barbas habían sido ya integradas por los liberales y los intelectuales profesionalizados. Pero la semiótica capilar ofrecía otras alternativas. El pelo largo era femenino y feminizante; tenía una naturalidad pastoril y liberaba de la cosmética. Podía recuperar el perdido rol contracultural de la barba. Los hippies se dejaron crecer el pelo. Adoptaron la moda de Cristo. Crearon el síndrome de la unisexualidad.

La década fue un estallido de metas nuevas y formalizaciones estéticas.

La psicodelia es un estado mental. Excita la perceptividad, las sensaciones físicas y cerebrales, la fertilidad creativa, la introspección de la conciencia individual.

A la psicodelia, al estado de extrema receptividad, se puede llegar por el ayuno, como los eremitas, por la dieta macrobiótica o por las drogas. De las tres formas los hippies alcanzaron la psicodelia.

El arte y el atuendo hippie fueron eminentemente psicodélicos. El vestuario era luminoso, alegre, cromático, extravagante y también pansexualista.

El formato hippie estableció serias diferencias sobre la austeridad y la depresión beat.

El beat escribía. El hippie cantaba.

El beat era claustrofóbico. El hippie naturalista y ecológico.

El beat estaba contra la guerra. El hippie a favor del amor.

El beat tomaba alucinógenos naturales. El hippie incluía drogas químicas.

El beat se inspiraba en la analogía social del negro. El hippie en la marginación del indio.

Ambos eran sensoriales, existencialistas, pacifistas. En el fondo el movimiento hippie no fue sino una decantación cronológica y semántica de un mismo fenómeno de protesta romántica y voluntaria segregación.

TURN ON                    TUNE IN                    DROP OUT
Conéctate                   Sintoniza                  Abandona

Esta es la invitación de Timothy Leary, ex-profesor de psicología de Harvard, apóstol del LSD, al éxtasis sensorial.

Una forma de dramatizar la instantaneidad e inclusividad de la experiencia a través de una metáfora del léxico de los mass-media.

“Turn-on, tune-in” son bivalentes y explícitos.

“Drop-out” tiene la acepción más amplia y ambigua. Literalmente significa “desaparecer”. Pero puede ampliarse también a “abandonarse” y “separarse”, en el sentido de sumergirse en la nueva amplitud sensorial que proporciona la droga., separándose de las relaciones cotidianas.

La separación también tiene sentido de disidencia social, de auto segregación de las estructuras mitológicas de la sociedad de consumo. La familia, la educación, el trabajo, la vivienda, el gobierno, el ejército.

Este carácter taumatúrgico que tiene la droga como consumación de una especial filosofía de la vida es, en la práctica, un ideal demasiado exquisito, no siempre asumido.

La droga como signo de un valor social en la comunidad hippie plantea un amplio cuadro significante.

A veces denota una vulgar adicción.

Básicamente es una fórmula de iniciación en el rito comunitario semejante a la investidura, el juramento profesional, la tonsura o la eucaristía.

Funciona también como formula de automarginación, de solidaridad con los proscritos, poniéndose voluntariamente fuera de una ley, al alcance de la policía, mediante una práctica que la sociedad, que funda y sostiene esa ley, rechaza y persigue.

Los hippies buscaron un redescubrimiento de los valores esenciales. No pretendían el cambio político ni la revolución social, sino su libertad espiritual. Eran apacibles y hermosos como las flores de su símbolo. Pretendían refugiarse en una Arcadia feliz –como las “reservas” de las comunidades de indios- y segregarse voluntariamente de lo ofrecido como progreso y del sistema que vigilaba su sospechoso florecimiento.

Este existencialismo y búsqueda de otra manera de vivir se muestra dramatizado en el lenguaje. La jerga hippie.

Los hippies quisieron babelizar el sistema-policía. Haciéndose ininteligibles para quienes jamás podría entenderles. La jerga hippie es tremendamente especializada como resultado de su compleja elaboración socio-lingüística. Emplea términos académicos con significados nuevos, sólo conocidos para quienes están en el secreto de la comunidad.

El origen de este nuevo lenguaje está en todas las subculturas y en el argot de los undergrounds americanos con quienes los hippies se sintieron solidarios: las minorías raciales, los ghettos, el lumpen, los homosexuales, los beat, los vagabundos, con todas las comunidades marginadas.

Y fue posible por la ductilidad y la forma idiomática y slang activo del inglés americano, por su fragmentación cultural y los separatismos de las minorías dramatizados en el idioma.

Por otra parte su forma gramatical es una transposición de su filosofía vital. Abundan los tiempos verbales de presente progresivo, las partículas y las proposiciones conexivas. Esto rebela su vibrante existencialismo y su pasión por la experiencia sensorial profunda. Su ideal de estar en un high, un viaje, en honda, en una conexión constante.

Los contra-valores reivindicados por la cultura hippie frente a la alternativa de la clase media de la que huían fueron establecidos así por Stuar Hill.

“Hippie”                                                                    “Convencional”

Pobre                                                                          Opulento

Desfavorecido                                                           Privilegiado
                           
Indio                                                                            Blanco
Pastoral o urbano arcádico                                     Urbano-industrial
Simple                                                                        Sofisticado
Naif                                                                             Experimentado
Niño                                                                            Adulto
Juventud                                                                     Hombre/Mujer
Femenino                                                                   Masculino
Polimorfo sexual                                                       Genital
Juego                                                                         Trabajo
Placer                                                                         Dolor
Lo inmediato el “ahora existencial”                         Postergado

Relajo                                                                         Tenso
Lógica metafórica y analógica                                Lógica lineal
Imagen                                                                        Palabra
Amor                                                                           Poder
Comunitario                                                               Individualista
Flor                                                                             Fuerza
Espontáneo                                                              Ordenado
Desorganizado                                                         Planificado
Anarquista                                                                 Rutinario
Expresivo                                                                   Instrumental
Desastrado                                                                Limpio
Ser                                                                              Deber ser
Cuerpo                                                                        Mente

                             
Instinto                                                                         Razón
Personal                                                                     Objetivo

 

ZAPPING THE CONG!

¡Aniquilad al Vietcong!

(Pintado en los fuselajes de los Famtom)

¡ANIQUILALES CON AMOR!

(La respuesta hippie)

En la cultura hippie el amor ejerce una actividad fundamental como filosofía existencial.

En sus utópicas comunidades, en un primer nivel de lectura, el amor es sencillo y primario; y, en un segundo nivel, global planetario, como expresión de un humanismo literalmente opuesto al exterminio del otro, que caracteriza esencialmente a la cultura occidental, no sólo a través de la guerra.

Los significados subyacentes son complejos y reveladores.

A la vez que monogámico y duradero, es permisivo y espontáneo.

Y una forma de resistencia activo-pasiva, como el primitivo cristianismo, contra la brutalidad oficial de ley y orden.

El amor comunitario excede  las viejas categorías de matrimonio y adulterio, de poligamia y poliandria.

Es rigurosamente respetuoso con las relaciones personales y la formalización de la pareja.

La perceptividad extrema que proporcionan los estados psicodélicos, al estar high, tiene una significación fuertemente orgásmica. Porque se puede percibir más intensamente la belleza del amor. Todo el cuerpo y el cerebro se constituye en un fantástico, inmensurable canal de percepción sensorial.

La complejidad de las relaciones sexuales hippies y su activa disidencia con los valores tradicionales lleva a una superación del concepto de homosexualidad y heterosexualidad. La larga melena no es solamente un signo indumentario, sino una codificación de la plenitud alcanzada en la eliminación de la dicotomía masculino-femenino.

Se ha llegado a una nueva dinámica categorial que va desde “la sexualidad de-sublimada” de Herber Marcase, al “perverso polimorfo” de Norman Brown, “el amor pansexual no orgásmico” de Leslie Fiedler o la “psicodoia o utopía del orgasmo eterno” de Stuart Hill.

Su símbolo gráfico, que ha dado la vuelta al mundo, vale por todas las palabras.

El movimiento beat fue sobrio, cerrado, especialista. El movimiento hippie fue centrífugo y universal. No encontró dificultades en expansionarse por toda la aldea planetaria porque los ideales eran básicos y elementales, extrafronterizos.

El hippismo fue una cultura sin apenas retórica y literatura. Fue nómada, musical, individualista y sensorial. Y sobre todo iconográfica. Generó un formalismo, una estética y un espíritu cósmico e itinerante.

Este sentido de peregrinación, de camino de perfección hacia la promisión, tiene la ruta que los hippies emprendieron hacia la India, Nepal y Oriente. Una ruta que partió de USA y creó enclaves fundamentales en Londres, Ámsterdam, Roma, las islas y las costas mediterráneas.

La cultura hippie produjo una nueva parafernalia de atuendos, bisutería, música, dietas macrobióticas, insignias, discotecas, gadgets, obtactos, drogas, artesanía, lenguaje y postermanía, que genéricamente, por su pregnancia y visualidad, se llamaría psicodélica.

Esta exteriorización y fácil identificación del fenómeno facilitaría el contraataque del sistema, que comenzó a industrializar y traducir a objetos inútiles y productos de consumo masivo los sinceros atrezzos del rito hippie. Pronto “Haz el amor no la guerra”, desprovisto de ideología, se incorporó a la jerga ociosa de los convencionales. Con lo que el ideal de revolución mística fue perdiendo semanticidad, fue convertido en moda popular, en atuendo de masas.

Cuando la revolución pasó al teatro y “The American Tribal-Rock Musical” estrenó “Hair” y cantó a la Era de Acuario, empezó a entonarse el réquiem.

(…)

 

 

El  MOVIMIENTO POP

“Cualquier innovación musical es peligrosa para el Estado y deberá ser prohibida.”
 Platón.


Platón ya admitió el poder subversivo de la música. En el siglo IV a. C. cuando se interpretaba directamente, sin repetición industrial, sin mass media.

La música es una subversión edulcorada. Un caballo de Troya. Penetra en las costumbres. Se contagia. Se convierte en folklore. Asalta el poder. Subvierte el orden.

Todas las revoluciones se hicieron cantando. La ideología de la revolución se vulgariza en las rimas fáciles  de las canciones. Cuando la revolución se consolida se convierte en símbolo, en arte o nostalgia. Pero llegan otras revoluciones y otras canciones.

 

La acción y la imaginación rigen los 60s.

En la música, la creación es la nueva sinergia que remplaza a la vieja arqueología del atril y el pentagrama.
Interpretar es participar.

Ya no existe la noción de “obra”

La disciplina de la interpretación es sustituida por la emotividad de la participación, por la irrepetible experiencia de la improvisación vertiginosa.

La partitura se transforma en una emoción estimulada. Es un feedback cordial y creativo.

El nuevo concierto pop se ha convertido en una fiesta de amigos, en un happening generacional. Actores y espectadores, por primera vez, tienen la misma edad. Los mismos gustos. Los mismos intereses. Ha desaparecido la altura y la autoridad del escenario. Unos cantan y otros participan. Todos se tutean.

Era una era dominada por la electrónica, la incorporación de la electricidad a la guitarra trajo el rock. Rítmico. Bailable. Primitivo.

El rythm and blues negro se metamorfoseó en rock and roll blanco. La única integración racial que USA asimiló sin traumas.

Sus movimientos fuertes y contorsionantes actuaban como un fenómeno de catarsis colectiva. Facilitaban la liberación energética de toda una generación que vibraba y revivía un ritual ancestral bailando en torno al carisma de un jefe que canta.

El jazz era un arte especialista, irrepetible, elusivo, que marginaba la memoria acústica.

Le sucedió el rock and roll, básicamente ruidoso y onomatopéyico. Un lenguaje codificado mediante el que los teens trataban de aislarse y separarse de la opresión adulta.

TUTTI FRUTTI ALL ROOTIE.

TUTTI FRUTTI ALL ROOTIE.

A WOPBBOPALOBOP, ALOPBAMBOOM.

El rock fundamentalmente sonaba así. Como un trabalenguas escolar o un viejo eco tribal.

Frente a su música de ficción, la rima estúpida, el estereotipo comercial, la respuesta del suspiro de los melódicos 50s, el rock generaba una fisicidad frenética, un contorsionismo corporal que tenía mucho de rito sexual y mecanismo desinhibitorio.

Era también la forma de crear una jerga especialista, de evadirse del régimen patriarcal de propiedad compartida y autoridad tradicional del mundo de los adultos. En los últimos 50s las posiciones de autoridad mantenían un rol clásico. Los conflictos sociales ardían sin explotar. Los mass-media estaban aún lejos de la masa. No se habían cerrado las heridas de la conflagración mundial y Estados Unidos acababa de superar un test de armamento que se llamó Corea. Hollywood no cesaba de fabricar héroes con uniforme. Se trataba de promocionar una imagen de felicidad y paz idílica. La familia conservaba su unidad. Se desconoce el abandonar el hogar o despegar del hogar, de la autoridad paterna, la hierba y el poder de las flores.

El flirt era una ceremonia trascendental en la juventud pre-píldora y la música. El consumo era todavía una aspiración inconciente. Los coches actuaban como prolongación de la personalidad, novias mecánicas, en las inocentes salidas de las pandillas de la época. La radio era el rey y el tocadiscos el signo externo de la naciente prosperidad.

La rebeldía, meramente biológica, se centraba en los vulgares trapicheros de familia y en los incidentes de la pubertad.
“Rebeldía sin causa”, pese a la mirada húmeda y el ceño fruncido de James Dean, fue el lema no deseado que reveló la inercia de aquellos teens, su provinciana conflictividad y su insensibilización ante un entorno que por entonces aún no había estallado.

En 1954 llegó Elvis Presley y encabezó una revolución de caderas y decibelios.

Una revolución que unió sin fisuras a todos los jóvenes del mundo conocido.

Por aquel entonces, un muchacho de quince años llamado Bob Dylan, componía y dedicaba su primera canción a  una Brigitte Bardot recién salida de los baños furtivos y luminosos de “Y Dios creó a la mujer”.

“En ninguna parte se modifican las leyes de la música sin modificarse, al mismo tiempo, las disposiciones y leyes civiles más importantes. Es ahí donde los guardianes deben montar su guardia”

Platón: La República
1962

Las rosas son rojas,

las violetas azules

el azúcar dulce

y así eres tú.

Bobby Vinton

No.1 en el hit parade USA.

1969

Quiero una chica que

copule como un ángel

cocine como el demonio,

se mueva como una bailarina,

trabaje como una yegua

sueñe como un poeta

se deslice como un arroyo de montaña,

Supergirl
Supergirl
Supergirl
mi Supergirl.

The Fugs. Apenas siete años separan la canción de cuna del sueño sexual.

La pelvis de Elvis comenzó a moverse casi al mismo tiempo que se autorizó el Enovid (la primera marca de an-ovulatorios vendida al público).

Los líderes y el auditorio recorrían paralelamente un mismo camino para recuperar el sexo deportado.

La historia de la música pop de los últimos diez años es un código, una clave melódica, de la liberación de las costumbres sexuales.

La revolución se operaba a dos niveles. Los textos: la ideología, la propuesta moral. Los ritmos: la terapéutica, el exorcismo liberador.

Las grandes concentraciones musicales, Altamont, Wight, Woodstock, establecieron una evidencia: el sexo había sido dominado. El baile como contacto y metáfora sexual iniciaba su decadencia. La música funcionaba como excitación. Pero el baile ya no era un sucedáneo de lo que había comenzado a poseerse sin obstáculos. La música comenzó a escucharse antes que a bailarse. El auditorio se sentó en el suelo, como los resistentes pacíficos, delante del escenario.

La representación en directo se convirtió en explícita metáfora de motivación sexual.

Los inocentes contorneos de Elvis fueron ridiculizados por la desafiante bisexualidad de Mike jagger o el bestial rito copulativo de Jimmy Hendrix con la forma de mujer de su guitarra.

Joe Mc Donald sube al escenario de Woodstock al frente de “Country Joe and the Fish” y lanza gritos rituales formando el anagrama de la palabra FUCK, slang de copular. A continuación canta una canción contra la guerra de Vietnam, “Me siento como si me atrajera la muerte”. La dicotomía guerra-amor, se convertía en un reto al nivel de la acción.

 

 

Vice  And Versa

Los cantantes pop establecieron un cambio radical en el sexo de los viejos símbolos. Jean Harlow, Mae West, Marilyn Monroe o Brigitte Bardot, como excitación de la libido masculina quedaron obsoletas en la nueva revolución sexual. La liberación de la mujer, la unisexualización y el síndrome andrógino produjeron un cambio de roles. La ilusión incorpórea, las luces y las sombras de la pantalla, se transformaron en seres tangibles e inmediatos. La ambigüedad y la lasciva provocación de Mick Jagger simbolizo la nueva situación. Lo que los nuevos ídolos excitaban era la sexualidad del hombre y la mujer conjuntamente, entendida como un rito activo de participación, sin roles dominantes ni inhibiciones sociales. La vieja figura del fans dio lugar a la moderna “groupie”. Extrapolación de cheer-leader y call-girl, dedicada a dar reposo sexual al rocker, seguirle como un discípulo y consolidar con una implicación práctica la propuesta de las canciones y los ritos sexuales de la interpretación.

La cumbre simbólica de la desinhibición y la sexualización de la mujer catartizada en torno a la música pop se produjo el 25 de febrero de 1968. Cynthia y Dianne, dos muchachas de Chicago, irrumpieron en el Chicago Opera House para sacar un molde de plástico de los genitales de sus cantantes favoritos. El fetichismo de las fans se consolidaba en una fijación sin equívocos.

La dominación del sexo diversificó la energía pop en dos nuevas metas: la droga y la protesta política.

El acid-rock fue una traducción estética y musical de los efectos de la droga. El ruido desbordó el umbral auditivo. Las canciones se convirtieron en una militancia de la nueva religión. Un desafío a las proscripciones del sistema, un discurso para la legalización.

Los líderes Jerry García (Greatful Dead), Jim Morrison (The Doors), Mike Jagger (Rolling Stones), Compañía Holden, Jefferson Airplan, Big Brother, Country Joe and Fish, The Who, Credence Clearwater, Mother of Invention.

Las víctimas: Brian Jones, Janis Joplin, Jimmy Hendrix.

La música fue el único medio de comunicación no arrebatado a los negros. Sin capital, sin poder, sin libertad, sin políticos, sin derechos, sin mass media, la música permanecía como vieja herencia esclavista y única posibilidad de expresión que no era factible prohibir. La subversión temida por Platón tuvo entre los negros americanos una forma exclusivamente musical. Primero como canción de trabajo, luego como canción religiosa, como folklore o blues. En plenos 60s, como protesta, como signo de la rebelión.

“We shall overcome” fue el símbolo más poderoso de la protesta americana. Cuando en 1965, en una reunión multitudinaria anteguerra de Vietnam en el Carnegie Hall neoyorquino, alguien comenzó a entonar la canción y todo el auditorio la coreó, el símbolo se desespecializaba y se erigía en catalizador de toda la protesta ante todo el absurdo americano. La segregación racial hacía causa común con el genocidio y la calcinación del sudeste asiático. Los símbolos eran intercambiables. El opresor era el mismo. El traumático anacronismo del imperio.

Los grupos liberaron el sexo. Los solistas atacaron a la política. Ambas actitudes tenían el mismo origen en la civilización represiva que denunciaron Reich y Marcuse.

Él activismo de los estudiantes de Berkeley y Columbia fue coreado por la música sin fronteras de la canción política. Hurgando en las raíces del propio folklore nació la voz que no escuchaba la democracia.

Los pacíficos sin-in, wade-in, march-in, kneel-in, fueron continuados y sublimados por los sing-in (la protesta cantada). Se de una poetización de la resistencia pasiva. De una alternativa de propaganda y comunicación para el lenguaje de las bombas o del secuestro de jumbos y diplomáticos. Una alternativa que probablemente no estaba preparada para entender la América violenta.

La guerra de Vietnam unió más a los norteamericanos que los emblemas del elefante y el asno.

Los improvisados escenarios de las praderas y los campus y la repetibilidad del elepé crearon la solidaridad y la onda expansiva.

El fragor de Vietnam se acalló con canciones.

El símbolo: “We shall overcome”

El precursor: Woodie Guthrie.

Las voces: Pete Seeger, Tom Paxton.

Phil Ochs, Joan Baes, Julios Lester.

Irwin silber, Joe Hill.

Lee Chandler, Hill McAdoo, Guy Caravan.

El líder mítico: Bob Dylan.

“Todo lo que pienso está en mis canciones”

Bob Dylan:

Hirsuta melena semi-afro, rostro imberbe, rasgos semitas que no ocultan su seudónimo, aspecto frágil, ambigüedad pre-gay. Voz aguda, plañidera, nasal. Como evocada de una vieja balada. Pero con vida interior. Dejaba huella.

Bob Dylan ha sido el símbolo y el testigo de la historia de la protesta. El progreso y los traumas sociales de USA han tenido en él un poeta., un cronista, un trovador, un crítico.

Incondicionalmente ligado a los Ideales de la Nueva Izquierda, Bob Dylan a reflejado en sus canciones todas las mutaciones, todas las crisis, todas las violentas contradicciones de un país violento y contradictorio.

Ha sido la sensibilidad más alertada, el gran precursor del cambio. El líder popular de la década más convulsiva de la historia norteamericana.

“Algo está pasando, pero no se sabe lo que es. ¿Lo sabe usted Mr. Jones?

Algo más que una intuición amenazada. Una aguda advertencia que penetró incluso en la inexpugnable fortaleza intelectual de Marshall Mc. Luhan.  

La temática de Dylan es comprometida y militante. A través de su poética se podría reconstruir la historia más conflictiva de la USA de los 60s. los cantantes fueron en cierto modo el tambor tribal, el código secreto de la protesta juvenil que conmovió a USA. El compromiso era, por otra parte, irrenunciable. Los derechos civiles y luego Vietnam habían creado un blanco temático que supuraba un compromiso necesario.

La temática de Dylan es concreta, comprometida directamente con una realidad asumida. Lejos de la abstracción y generalización de los ideogramas Beatles, los textos de Bob Dylan son un metódico, duro poético y exhaustivo análisis de  la problemática social de la moderna historia norteamericana.

La rima melódica, el arte menor y el surrealismo colorista de los Beatles, son en Dylan estrofas largas, metáforas sugerentes y coloquialismo afectivo. Hay un equilibrio de imaginación y redundancia. De energía y agresividad. De pesimismo y esperanza. Una lírica radical y apocalíptica que enuncia grandes temas ambientales y pequeñas anécdotas humanas. Y sobre todo asume un compromiso: los temas son denuncias; los nombres son auténticos: Eisenhower, John Birch Society, Roosevelt, Jefferson, Lincoln, Vietnam, Edith Piaf, Eddie Freeman, Allen Ginsberg, Ray Bremser, Harry Jackson.

Dylanlogía

El lumpen y la depauperación de la Norteamérica suburbial.

La insolidaridad.

La continuidad de la situación.

El “american way of life”.

El abuso de poder.

La brutalidad del boxeo. La alienación del público.

Los problemas del país: la desigualdad, la libertad, la guerra.

El desarraigo cuando se es como una piedra que rueda.

El exterminio de los indios.

Todas las guerras iniciadas por Norteamérica.

El pacifismo, la objeción de conciencia.

Las armas bioquímicas y atómicas.

La industria de armamento.

El triunfalismo norteamericano.

La masacre de la juventud en guerras no explicadas.

La oligarquía, los mendigos.

El gap generacional.

El proceso de cambio.

La obsolescencia de los progenitores.

El flower-power.

Los Panteras Negras.

Un homenaje al activista negro George Jackson, asesinado en prisión.

La integración racial en las escuelas (el caso Meredith)

El asesinato de una camarera de color (Hattie Carrol).

La ridiculización de la ultraderecha (John Birch Society Blues).

La canción como redención del lumpen metropolitano (como Woodie Guthie).

La añoranza por la muerte del movimiento underground.

La decepción de la democracia.

La alternativa de la naturaleza y la obsesión de la igualdad no alcanzada.

La violencia.

El Ku Klux Klan.

El nazismo exterminador.

La quema de libros.

El consumismo.

La mitificación y la relatividad del héroe.

La intrascendencia, el sensacionalismo y la manipulación de los mass-media.

En fin, todo aquello que entorpece, oscurece, enferma, degrada e impide la liberación y la acción en libertad de la propia vida.

Los Beatles fueron la consagración del tribalismo y la consagración del pop.

El pop, el estallido, la aparición súbita que alude su etimología, eclipsó la figura del virtuoso solitario, del concertista de academia, embutido en su frac, interpretando una partitura, aureolado por un silencio ritual, distante, respetuoso, gregario, pasivo, aristocrático.

La electrónica y la nueva sensibilidad rompieron aquel silencio moribundo y asustado de las generaciones de la guerra.
Si Dylan fue una revolución interfronteras, un folk político y selectivo, los Beatles, arrancando desde la actitud no comprometida de Europa, dieron al pop una dimensión universal.

Como cuatro Elvis electrificados, con un look que vestía la contestación de cierto clasicismo reminiscente, fácilmente imitable, los Beatles comenzaron a difundir sus canciones. Románticas, individualistas, nostálgicas. De un sentimentalismo activo y progresista. A la altura de la nueva sensibilidad de los 60s. Como una replica incontestable a la pasada blandura melódica.

“Michelle”, “Eleonor Rugby”, “Yesterday”…iluminaron las primeras relaciones adolescentes y encendieron el ambiente de los parties de medio mundo con un sonido que tenía algo de promisorio. A mitad de la década en que todo parecía que iba a cambiar de golpe.

Luego sus canciones aportaron una grandeza inocente y naif, pero totalmente movilizante. “All togheter now”, onomatopéyica luminosa como una canción parvularia de amor y aritmética, es una especie de gran himno a la unión planetaria.

“Revolution” reivindica una voluntad de cambio abstracto, despolitizado, sin nombres, sin acusados.

“Yellow Submarine” es el nirvana. El Shangai-La surrealista donde bajo el cielo azul y el verde mar puede encontrarse la clave de la felicidad.

La politización de Dylan y la protest-song difícilmente podían envolver a los Beatles; para ellos, aunque los hubiera, Inglaterra no tenía ni fascismo, ni sangre callejera, ni magnicidios, ni tensiones raciales, había liquidado ya su imperio y no exportaba guerra. Su propuesta fue otra: los Beatles se encargaron de enterrar lo que quedaba del formalismo victoriano. Dieron el último soplo a un viento de cambio fulgurante. Al mismo tiempo se hicieron dóciles y tolerables, fácilmente integrables a un sistema curtido en traumas mayores.

Cuando Buckingham Palace los nombró M.B.E. dio a la revolución un consenso oficial, la convirtió en mercancía y agradeció en público aquel chorro de divisas.

Un análisis de contenido de cincuenta canciones de diversas épocas de los Beatles nos revela un basto cuadro temático que no es sino el programa y los ideales de cambio que rigieron en los 60s.

Los Beatles fueron más románticos y lúdicos que políticos y comprometidos. Ello explica que sea el amor y la sexualidad el leit-motiv de la mayoría de sus canciones.           

La evolución de la moral sexual operada en la década está reflejada con cronológica exactitud, si bien con menos explicitud que en los grupos americanos, en las canciones de los Beatles, verdaderos oráculos de la sensibilidad pop.

La sensibilidad Beatles.

Abandono del hogar.

Alienación.
Amistad.
Amor.
Amor-solución.
Amor físico.

Amor “loco”.

Ayuda incondicional.

Cambiar el mundo.

Coexistencia URSS-USA.

Contracultura.
Convivencia.
Declaración de amor.

Deseo amoroso.

Determinismo cósmico.

Droga.
Enervar sexualmente.

Falismo.
Felicidad.
Fidelidad.
Identidad.
Liberar la mente.

Libertad.
L.S.D.
Naturalismo.
Necesidad del amor.

Nirvana.
Nomadismo.

Optimismo.
Paz mundial.

Planetarismo.

Relaciones sexuales no matrimoniales.

Reminiscencia.
Represión policial.

Revolución.
Sexualidad.
Sociedad rosa.

Soledad.
Sueño alucinógeno.

Surrealismo.
Tierra de promisión.

Universalidad.
Universidad.
Vagabundeo.

 1965.

La declaración de principios.

“I´ll get you somehow”

Te conseguiré, no importa como.

1966.

La invitación desinhibidora.

“There is nothing you can do, that can´t be done, nothing you can say, but you can learn how to play the game. It´s easy”
No hay nada que puedas hacer que no pueda ser hecho. Nada que puedas decir, pero puedes aprender cómo hacer el juego. Es muy fácil.

1967.

La práctica perfeccionándose.

“Then you can start to make is better”

Entonces puedes empezar a hacerlo mejor.

1968.

La intención rebelada.

“Can I take my friend to bed”

Puedo llevarme a mi amiga a la cama.

1968.

La realización individual, la incomprensión social.

“…talking in our bed for a week. The newpapers said, say what are you doing in bed. I say, we´re only trying to get us some peace”

…hablando en nuestra cama por una semana. Los periódicos decían: decir qué hacéis en la cama. Yo dije: solamente intentamos conseguir algo de paz.

Apenas se refieren a un nombre propio, salvo los de ficción como Lady Madonna o Eleonor Rugby. Ni un país, salvo los míticos, como Pepperland. Los contenidos de los Beatles son una metáfora colectiva y desarraigada, una propuesta paradigmática para la nueva sensibilidad. Y un reflejo de ella.

Los Beatles marcaron la tendencia musical por más de una década. Hicieron del pop un acto de creación constante. Convirtieron en clasicismo y permanencia lo que hasta entonces había sido un furor modal.

Junto a su sensibilización, enriquecimiento y culturización personal, su técnica se fue haciendo cada vez más compleja. Incorporaron a los sonidos esenciales del primitivo rock tonalidades orientales, música sinfónica, music-hall, sintetizadores y sonidos electrónicos, efectos sonoros, voces, filtros, reverberaciones, diálogos, manipulaciones de laboratorio y laboriosas mezclas y montajes. El cenit de este proceso de tecnificación lo marcó “Sargent Pepper”, más que un álbum aleatorio de canciones, un sólido opus-pop, un concepto musical avanzado de sorprendente coherencia artística. Los Beatles son ya, sin duda,  los mayores clásicos del siglo XX.

Esta complejización quedaba un tanto lejos de la improvisación instintiva, del estimulante feed-back, de las histéricas respuestas de la audiencia del primer rock y de la actuación en directo.

Pero la conceptualización y tecnificación creativa, la nueva ambición e intelectualización de los textos, actuó de fijativo histórico, consolidó un fenómeno que de otra forma hubiera quedado olvidado en la banal marginalidad de las modas juveniles.

Let it be.

Nowhere man.

 

Nota bibliográfica y de agradecimiento:

 

* Asociada a la NEL-Medellín. Psicóloga de la Universidad de Antioquia. Especialista en clínica y salud mental, Universidad Pontificia Bolivariana.

 

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