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LA RESISTENCIA CULTURAL
Y LOS JÓVENES DEJAR DE PENSARNOS
COMO NOS PIENSA EL PODER


JESÚS RAMÍREZ CUEVAS

 

En la historia de las sociedades, las vanguardias culturales y estéticas, las nuevas sensibilidades, anteceden a los cambios políticos y de conceptos. Los vasos comunicantes entre las nuevas ideas y mentalidades con las rebeliones simbólicas y reales, son el hilo conductor que une las expresiones culturales de los jóvenes con la resistencia y el cambio social.

Las manifestaciones de las vanguardias artísticas y de los estilos y pensamientos radicales, están ligadas a la revuelta juvenil en distintas épocas.

La resistencia al poder, a las ideas dominantes que oprimen a la sociedad y a los individuos, comienza con un pequeño acto de rebeldía, de alcances profundos e irreversibles: “dejar de juzgarnos con los criterios de quienes nos oprimen”, con dice el poeta John Berger. El otro lado de la moneda es la experiencia: nada puede el poder establecido contra una idea cuyo tiempo ha llegado.

Así, pensarse diferente, es un verdadero desafío al poder, a sus mecanismos de control y de dominación. Es un acto de rebeldía, el principio de cualquier emancipación.

En ese sentido, para Guy Debord, uno de los intelectuales más agudos que influyeron la rebelión juvenil de 1968: “El arte del futuro provocará la subversión de las situaciones o no será”. Autor del libro La Sociedad del Espectáculo, Debord cuestionaba que el capitalismo moderno había convertido a la sociedad en un espectáculo y a la mayoría de sus integrantes en simples espectadores. Su propuesta negaba valores de la sociedad de consumo y recuperaba la utopía libertaria sugerida por el joven Carlos Marx sobre el socialismo futuro, donde “cada hombre sea su propio artista”.

Lo que interesa destacar de esta visión es la relación entre la cultura y la subversión, la percepción de que la revuelta juvenil (en su dimensión de rebelión cultural individual y colectiva) abre el paso a la revuelta social, porque a través de la música, el baile, las expresiones estéticas se daba luz a cuestiones de identidad, justicia, represión, voluntad y deseo.

De esta manera, la subversión simbólica de las subjetividades y del discurso dominante da paso a nuevas sensibilidades expresadas primero por artistas y vanguardias estéticas y culturales. Al mismo tiempo, surgen estilos de vida disidentes y prácticas de sectores subordinados que alimentan una resistencia cotidiana al poder.

Las maneras distintas de mirar el mundo, de recrearlo, esas relaciones diarias inventadas o arrancadas a la cotidianeidad, anuncian nuevas ideas, cambios políticos y sociales por venir. La rebeldía sigue siendo el motor de la historia de las ideas y de las transformaciones sociales.

De esta forma, la revuelta juvenil, los estilos radicales de las jóvenes generaciones, anteceden a la revuelta social, ya que a través de la música, el baile, formas de vestir y de relacionarse, alimentan expresiones estéticas que dan luz a cuestiones de identidad, justicia, represión, voluntad y deseo.

Las formas actuales de resistencia cultural urbanas de los jóvenes recuperan el cuerpo, los objetos cotidianos, la vestimenta, las palabras y subvierten los valores estéticos y culturales dominantes. Así, los estilos radicales objetan y contradicen la visión hegemónica de la cultura del espectáculo y de la comercialización de la vida cotidiana que reduce a los individuos al papel de consumidores pasivos.

Sin embargo, el capitalismo contemporáneo, global y abarcador de todos los espacios de la vida, ha mostrado su capacidad permanente de apropiarse y asimilar las expresiones más subversivas (desde las manifestaciones artísticas, culturales y políticas) hasta los estilos de vida más radicales que cuestionan al mercado y su primacía de la ganancia como relación social privilegiada en las sociedades actuales. Cualquier idea de cambio, se enfrenta a la capacidad fagocitadora del capital para volver la rebeldía más radical en un producto más del mercado de consumo y a sus símbolos en los elementos de las nuevas modas.

 

 

LAS TRIBUS URBANAS

Este lenguaje de la resistencia que habla a través del cuerpo, de la ropa y de los actos, representa una lucha de discursos, prácticas, definiciones y significados de distintas comunidades culturales que desafían el dominio del mercado.

Se pueden llamar a sí mismos darkis, goticos, punks, cholos, rastas, skinheads, hardcoreros, hiphoperos, ravers, tecnos, grafiteros, tatuadores, rockeros, identidades culturales reconocidas como clanes, como tribus de las urbes, con sus propios códigos y símbolos. Estas expresiones encarnan identidades, estilos, estéticas que son síntoma de una disensión subterránea más amplia que se hace visible en sus mensajes en las paredes de la ciudad y en sus formas de vestir y convivir.

En su mayor parte, son jóvenes globalizados en lo cultural y aislados y excluidos en lo económico, lo social y lo político. Estas tribus urbanas son expresiones locales de estéticas globales reinterpretadas desde la cotidianidad y al mismo tiempo, se convierten en manifestaciones colectivas de resistencia a la globalización salvaje capitalista.

Más que modas, son formas de vida, estilos radicales de vivir aunque sea de forma temporal.

Mientras para la mayoría de los jóvenes, el futuro es una incógnita, las tribus urbanas y sus derivaciones han encontrado y construido una identidad colectiva que les permite resistir a la mercantilización de la vida y del cuerpo y sobrevivir al no futuro que les ofrece la sociedad de mercado.

Estas expresiones culturales de los jóvenes son un desafío al poder global que busca uniformarlo y venderlo todo, desde hasta el corazón, las células y los genes.

En el caso de los grafiteros desafían la propiedad privada y pública al tomar la ciudad como un lienzo sobre la cual plasmar su firma, su obra sus estilos salvajes y radicales.

Retoman y arrancan plazas y calles a la comercialización y a la prohibición, o peor aún, a la privatización que produce la violencia y la delincuencia organizada.

Estos actos de desobediencia, este vivir como desobedientes, este intento simbólico de escapar del sistema, los obliga a construir nuevas relaciones sociales y nuevas formas de vida. En el fondo, al reivindicar la resistencia, estos grupos, estas comunidades culturales defienden la posibilidad y la capacidad de transformar la vida de manera tangible y concreta.

Si el no futuro que ofrece el libre mercado a la mayor parte de los jóvenes ha tenido como contraparte, el fin de la utopía, pensada ésta como un futuro imaginado, las tribus urbanas apelan a la utopía aquí y ahora, crear un mundo mejor en la medida de las posibilidades, con pasos pequeños y grandes, con rebeliones y revueltas simbólicas y reales.

La palabra, la música, el baile y la fiesta son formas de resistencia que han alimentado los movimientos sociales locales y globales, representan formas creativas de una voluntad  colectiva de rebelarse.

En ese sentido, los espacios sociales para urdir la disidencia cultural y política a favor de un cambio profundo ya no son las fábricas, las tabernas, cafés, los locales de los partidos, los clubes obreros o los mercados, se extiende ahora a las redes electrónicas, a las rendijas del consumo, las bandas de rock y otros géneros, a las subculturas urbanas.

Frente al “sálvese quien pueda” que funciona como credo de la sociedad actual, las subculturas juveniles que resisten parten del “conócete a ti mismo” y “hazlo por ti mismo”, nunca solos, siempre en banda, en colectivo, en la crew.

Estas narrativas de la resistencia en la ciudad que se escribe en paredes y en los propios cuerpos, son historias que construyen identidades culturales y acciones colectivas que se oponen al individualismo y a la falta de futuro. Son el aquí y el ahora que transforma la idea de que el “tiempo es dinero” y de que “la vida es un negocio”, por un tiempo sin tiempo y la existencia como el arte de vivir.

Ser cada quien su propio artista y dejar de pensarse como los piensa el poder, son las bases de esta resistencia cultural. Al apropiarse de la ciudad, de sus paredes y del espacio público los jóvenes que viven y actúan desde la contracultura, la han convertido en un libro abierto escrito por sus habitantes y en un enorme salón de baile donde reafirman el derecho a la fiesta y a la disidencia. Sin permiso de nadie, a contrapelo de las realidades opresivas que viven en sus barrios, hacen suya aquella vieja idea subversiva de que para transformar el mundo hay que empezar por cambiar la vida.

 

 

LA CIUDAD ES UN LIBRO INMENSO ESCRITO POR SUS HABITANTES

En síntesis, la cultura emancipa al individuo y a la sociedad, si ésta expresa y representa una resistencia. No basta con la propuesta estética y la búsqueda de estilos radicales. La cultura de la resistencia debe expresar una práctica de la resistencia, actos de resistencia, de rebeldía simbólica y real.

Así como los indígenas mayas de Chiapas reinvindican su identidad y su cultura como armas de la rebeldía y de la resistencia; si asumen hoy su papel de guerreros de la noche para amanecer en otro mundo más justo y digno, así los guerreros rebeldes de las calles, escuelas y parques de la ciudad, con sus cantos, dibujos, colores y bailes, imaginan y crean su propia rebeldía que mantiene viva la llama de la libertad y la creación, abriendo caminos hacia un mundo donde quepan todos los mundos posibles.

 

La cultura de la biopolítica

La resistencia es la combinación de la conciencia y de la práctica de oponerse a la dominación social del sistema.

De la voluntad colectiva de resistir, de desobedecer, surge la multitud, que en el acto de rebelarse y de la transgresión ante una realidad injusta, pone en cuestión al poder y las relaciones de dominación artística, urbana, política, económica, cultural, étnica y social.

La versión radical de la desobediencia no sólo viola leyes injustas, si no cuestiona de fondo su validez. En este contexto el sociólogo italiano Paolo Virno señala que los conflictos sociales (o las rebeliones culturales y estéticas) no sólo se manifiestan como protesta sino más bien como resistencia al sistema.

Pero para resistir se requiere de una expresión de autonomía, psicológica y real, de saberes, formas de comunicación y virtuoso actuar para impedir que su propuesta se transfiera al poder estatal y sea sometido a la domesticación reproductiva y mercantil del capitalismo.

Desobediencia y resistencia es la virtud de la multitud que le sirve para romper con el servilismo. Este proceso colectivo es al mismo tiempo individual, no puede haber comunidad sin individuo y viceversa; no puede haber individuo sino está vinculado y no se identifica con una colectividad. Y la resistencia puede nacer de un acto de rebelión individual, pero sólo formará parte de una resistencia cuando se ejerce como parte de una colectividad.

Si el capitalismo avanzado y globalizado utiliza y moviliza percepciones, lenguaje, memoria y afectos como parte de su proceso laboral y de mercantilización. Esto hace que cada sujeto sea un campo de batalla que se libra para dominarlo o para lograr liberarse de la condena del determinismo de la lógica del darwinismo social que divide a los hombres y mujeres entre perdedores y ganadores.

El colectivo de la multitud hace posible al individuo libre y creativo, y fundamenta la posibilidad de una democracia radical no representativa, sino activa y participativa.

En lugar de subsumirnos en la masa, la transformación radical consiste en darle la máxima importancia a cada miembro de la especie humana en el devenir colectivo. Así la autonomía individual y colectiva es el puente que une la rebeldía personal con la transformación social.

En ese sentido, Michel Foucault acuñó el término biopolítica para definir el momento en que la vida como tal, comenzó a ser gobernada políticamente (es decir todos los aspectos de la vida, que hoy en día se profundiza con la venta y la hipoteca de genes y células hasta personas y pueblos enteros). Esta biopolítica es la simiente de la nueva forma de entender la política y la rebeldía, con algo cotidiano y que tiene que ver con todos los aspectos de la vida.

Hoy la vida cotidiana está en el centro de la escena pública. Por lo tanto, las expresiones simbólicas y culturales de la misma adquieren la mayor relevancia. Hoy el trabajo y la explotación del sistema implican todas las aptitudes físicas e intelectuales de las personas. En esa medida, todas las aptitudes físicas e intelectuales que se salen de su control son la potencia de la rebeldía y de la resistencia.

Si pensamos como Rimbaud que el centro de la acción política y cultural actual no es sólo transformar la sociedad, sino fundamentalmente cambiar la vida, para ello no se necesita tomar el poder político, sino cambiar la dominación de las relaciones y prácticas cotidianas.

Una multitud no confía en los grandes partidos o en los grandes contingentes sociales, confía en los creadores, en la imaginación y en la ética, más que en el dogma y la obediencia. En la libertad y la rebeldía más que en la obediencia. En el performance político más que las lecciones. No es tanto buscar el significado de las cosas, sino el virtuosismo que vale por sí mismo aunque no deje nada tras de sí. Este virtuosismo es un modelo de acción política, el de la rebeldía puesta en acción. La herencia a las próximas generaciones es el ejemplo de que vale la pena rebelarse ante las injusticias, la voluntad de cambio y el espíritu de transformación.

Hay que transformar el trabajo en una actividad virtuosa, emancipadora (como también la ausencia de él). La rebeldía es el impulso de empezar algo nuevo, la habilidad para construir posibilidades alternativas al poder establecido. 

Así las expresiones políticas y culturales de los jóvenes que rompen con la dominación establecida son la base de una forma de pensar la política. Antes se pensaba hacer la revolución política para modificar las relaciones sociales y de poder: Ante el fracaso de los experimentos del socialismo real y del poder omnívoro del capitalismo actual hay que pensar en modificar las formas de pensar y las relaciones sociales para cambiar la dominación política del mercado y del Estado, buscando una manera de vivir, de comunicar  y de producir distintas.

Más que una sedición o una rebelión contra las instituciones vigentes (siempre podemos construir otras peores o mejores pero igualmente dominantes), el derecho de resistencia tiene otro significado: puede ser ejercido por un grupo, una comunidad o un individuo que vea alteradas por el poder central ciertas prerrogativas positivas válidas de hecho o por tradición. En el fondo, la última palabra, es la defensa de una transformación de vida efectiva, tangible. Los pasos grandes y pequeños, los desprendimientos y las avalanchas admiten un ilimitado derecho de resistencia. Tan grande como las nuevas expresiones estéticas y artísticas que hoy invaden los espacios sociales de nuestra sociedad.

 

 

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