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EL MOVIMIENTO PROVO

MANUEL PÉREZ LEDESMA *

 

“Scelérats que nous sommes!, nous réclemons le pain pour tous, le travail pour tous; pour tous aussí l´indépendance et la justice.”

Declaraciones de Kropotkin ante el Tribumal  Correccional de Lyon,  19-1983

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“Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué hay pues esa miseria en torno nuestro?  ¿Por qué ese trabajo embrutecedor y penoso de las masas? ¿Por qué esa inseguridad del mañana (hasta para el trabajador mejor retribuido) en medio de las riquezas heredadas del ayer, y a pesar de los poderosos medios de producción que darían a todos el bienestar,  a cambio de algunas horas de trabajo cotidiano?”
“Campos, fábricas y talleres”

¿Para qué sirven las utopías? Durante muchos años, el término fue utilizado con claro matiz despectivo por todos los que creían en el triunfo del “Socialismo Científico” y consideraban a los "Utópicos” como parte de una herencia ya periclitada, de interés exclusivamente utópico. Pero en la mayoría de los países ese triunfo no se produjo y en los casos en que se dio, apareció pronto cubierto de nubes espesas que se convirtieron en "cosecha de sangre” tras el triunfo de los modelos estalinistas. Aunque al mismo tiempo, los partidarios más decididos de los planteamientos utópicos habían ido desapareciendo del mapa europeo, hasta quedar convertidos en pequeños grupúsculos de incidencia muy reducida.

Ambos fracasos determinarían la sensación de vacío, de orfandad, de pérdida del sentido de la orientación que dominó durante algunos años de la pasada década entre un amplio sector de la juventud europea radical. Muertos los viejos símbolos, defenestradas las viejas creencias ¿a quién se podía acudir? ¿Dónde encontrar una guía, un pensamiento fresco, una visión clara de la realidad y sus alternativas?. ¿Dónde, a no ser en la vuelta a la utopía, en el regreso a la esperanza en un mundo posible, enfrentado  la presantez, el caos la desesperación del mundo real e irracional?

No es de extrañar, por ello, que los utópicos, antes denostados, se hayan convertido de repente en “maitres á penser”, en fuentes de pensamiento y esperanza de quienes estaban al borde de perder toda esperanza. Hasta el antes dogmático redactor de catecismos materialistas, Henri Lefebvre, acabaría reconociendo el valor creativo de los planteamientos: “Puesto que no ratifico las coacciones, las normas, los reglamentos y reglas. Puesto que pongo el acento en la apropiación. Puesto que no acepto la “realidad” y que lo posible, para mí, forma parte de lo real, soy utopista” Frente a la realidad compacta, inalterable al menos en apariencia, frustrante y vacía, los utópicos –o los utopistas al decir de Lefebvre- abrían perspectivas olvidadas de realización humana, de plenitud y satisfacción, más vivas que las retóricas afirmaciones de las tres leyes de la dialéctica  y de la “evolución necesaria” de la sociedad. Por eso se redescubrió a Fourier, negado hasta hace poco por los utópicos y las anécdotas; por eso se buscó nuevas fuentes de inspiración en formas y movimientos sociales antes olvidados o despreciados (la “majnosvschina”, o las colectividades españolas); por eso también se volvió la vista hacia las exaltaciones del placer y el ocio, de los, panfletos de Paul Lafargue o se levantó la pesada losa del desprecio  y el olvido que había caído sobre Kropotkin.

El príncipe ruso Peter Alexandrovitch Kropotkin es, pese a todos los esfuerzos por silenciarlo, un viejo conocido de la cultura española. Durante el primer tercio del siglo, sus obras se leía en la inmensa mayoría de los grupos anarquistas y cenáculos obreros, y hasta intelectuales como el después ultraconservador “Azorrín” dedicaban palabras de elogio a sus escritos. Sólo en los diez primeros años del siglo el editor Sempere había publicado cincuenta mil ejemplares de La Conquista del Pan, cifra realmente impresionante dada la elevada tasa de analfabetismo del país y la existencia de otras ediciones del mismo libro; y del resto de las obras principalmente existían una o varias ediciones en castellano. La preocupación de los sectores conservadores ante la enorme difusión de su pensamiento se reflejó entre muchos otros datos, en la publicación de un libro dedicado exclusivamente a combatir su doctrina (el anarquismo expuesto por Kropotkin de Edmundo González Blanco) en el que se le define como “un fanático” totalmente ajeno a la ciencia,  o como “un utopista decadente atacado de una anemia intelectual incurable”. Auque ésta no debía ser la opinión del sinnúmero de jornaleros, campesinos, artesanos y proletarios urbanos que se entusiasmaron con la doctrina del “comunismo anarquista” derivada directa o indirectamente del pensamiento de kropotkin. Para ellos tendrían, sin duda,  más valides las palabras de un reciente estudioso (Paul Avrich), que ha definido al príncipe ruso como un “moralista” interesado en fundamentar científicamente sus doctrinas sociales y dominado por “una gran visión ética, la visión de un nuevo orden basado en el apoyo mutuo, en el que ningún hombre sea señor de su hermano”

Nos encontramos, por tanto,  ante una utopía y, además, ante una utopía moralizadora. Dos términos que para la sensibilidad “científica” son especialmente decepcionantes. Pero por debajo de estos dos términos descubrimos una obra que, a pesar del olvido en que cayó tras la primera guerra mundial, aún resulta estimulante para numerosos intelectuales críticos y activistas radicales. Uno de los primeros, Ahsley Montagu, tras señalar el parentesco entre El Apoyo Mutuo y los estudios recientes de numerosos ecólogos y antropólogos, han recordado que esta obra es “un clásico” “uno de los grandes libros del mundo”, cuyo punto de vista “se ha abierto camino lenta pero firmemente, y, en verdad, poco lejos estamos del momento en que se convierta en parte del canon generalmente aceptado de la biología evolucionista”. Y uno de  los segundos, un joven inconformista holandés llamado Roel Van Duyn, ha ratificado estas afirmaciones y rendido tributo de reconocimiento al príncipe  anarquista con la escritura de su libro “Mensaje de un enanito sabio” (De Boodschap van een wijze kabouter) traducido, para el lector español,  como “Mensaje de un Provo”.

Este libro, el Mensaje de un enanito sabio, uno de los textos más originales del pensamiento europeo, no sólo es un intento de actualización de la utopía kropotkiniana, sino que está ligado estrechamente a la vida  y la evolución ideológica  de su autor.

Roel Van Duyn, una de las figuras más significativas de la oposición de la juventud europea al neocapitalismo dominante, es, pese a ello, o quizá por ello, casi un desconocido en nuestro país. Hijo de una teósofa y de un contable que escribía novelas, nacido en la Haya en 1943 y educado en un ambiente en el que se mezclaban las influencia místicas, libertarias y pacifistas, fue expulsado en su adolescencia de la escuela por dirigir una manifestación contra la bomba atómica. A su entrada en la Universidad se unió a un grupo de militantes anarquistas continuadores de la tradición iniciada por Ferdinand Domeia y fue redactor de su prensa, aunque para acabar rompiendo con esa corriente, cuya esclerotización ideológica e incapacidad para enfrentarse con los nuevos tiempos le resultaron especialmente molestas. A los 20 años, en 1965, y coincidiendo con el comienzo de la agitación “Provo” en Ámsterdam, de la que fue uno de los principales animadores, publicó sin las licencias pertinentes el primer número de una revista con ese mismo título, cuya declaración de principios serviría de texto definitorio del grupo. En ella se afirmaba:

Provo es una revista mensual para anarquistas, provos, beatknis, portaleros, afiladores, pájaros de cuenta, tiradores de navaja, magos, pacifistas, patatafritívoros, grandes maestros de la Corte de los Milagros, charlatanes, germeníferos, (happeners) vegetarianos, sindicalistas, reyes magos, maestros y maestras de párvulos y guarderías, pirómanos, asistentes de asistente, sabuesos y sifilíticos, policías secretas y otros sujetos de rompe y rasga, balarrasas, ovejas negras y demás miembros marginales de la familia y la sociedad.

Provo” está en contra del capitalismo, del comunismo, del fascismo, de la burocracia, del militarismo, del profesionalismo, del dogmatismo y del autoritarismo.

Provo” se siente en la obligación de tener que elegir entre la resistencia desesperada y la sumisa extinción.

Provo” incita a la resistencia por doquier.

Provo” se da cuenta de que abandonará al fin, pero no puede pasar por alto la oportunidad de probar, al menos con una tentativa más cordial, el provocar a la sociedad.

Provo” hace de la anarquía la fuente de inspiración de su resistencia.

Provo”  desea resucitar el anarquismo y lo enseña a los jóvenes.”

Pronto Van Duyn apareció como la cabeza visible y el ideólogo del movimiento. Durante dos años, de cuarenta o sesenta jóvenes, que se habían agrupado bajo la bandera “provo” y que arrastraban tras si  a un amplio sector de la población joven de Ámsterdam y otras ciudades holandesas, conseguiría mantener pendientes de sus actividades a la Policía holandesa y a la mayoría de los periódicos importantes del mundo occidental. Sus formas de acción diferían del estilo habitual de las luchas de la izquierda, no se limitaban a las manifestaciones, aunque también las hubo, incluso con enfrentamientos violentos con la policía (en especial de marzo a julio de 1966), sino que las acompañaron con repartos de panfletos, pintadas, happenings… y también con la presentación de candidatos a las elecciones municipales. Partiendo de esta extraña combinación de actividades callejeras y luchas electorales, consiguieron difundir su mensaje político y definirse como un grupo juvenil con fuerza y atractivo reales entre diversos sectores de la población. Como ha señalado Charles Bloomberg, sus múltiples actividades conseguían fines muy preciosos:

“Su táctica consistía en obligar a las autoridades  a revelar el carácter esencialmente opresivo oculto tras su máscara sonriente y tolerante. “Provo” utilizaba los juegos, la sátira y la música para desenmascarar la personalidad autoritaria, manifestación no sólo del comportamiento individual, sino de las organizaciones jerárquicas, estructuras piramidales y burocráticas. Su objetivo final era la creación de individuos liberados, autónomos, independientes, espontáneos, capaces de expresar sentimientos afectivos y de considerar el trabajo como un juego.”

Pese al final violento de algunas manifestaciones, el movimiento tenía carácter pacífico y en cierta medida constructivo. Por ello, algunos de sus militantes se dedicaron, en los años de auge, a divulgar y definir propuestas concretas de cambio, que podían ser puestas en práctica de inmediato:

Eran los famosos “Planes Blancos”: el plan de la bicicleta blanca proponía el cierre del centro de Ámsterdam –la bella zona de los canales- al tráfico motorizado, que sería sustituido por la utilización gratuita de bicicletas públicas; el plan de la chimenea blanca, adelantado como el anterior de las actuales preocupaciones derivadas de la contaminación urbana, pedía la prohibición o la restricción del uso de gases tóxicos o peligrosos, para evitar el envenenamiento del aire; el plan de la mujer blanca  defendía la necesidad de desarrollar la información sexual, sobre todo la información de los métodos anticonceptivos, para favorecer la liberación de la sexualidad femenina tradicionalmente coartada por el miedo al embarazo. Aunque quizá el más famoso fue el plan de la gallina blanca (gallina, mote con el que se denomina a la policía en el argot popular de Ámsterdam), que preveía el desarme de la policía y la conversión de las agentes en servidores de las necesidades generales de la sociedad. “La Gallina Blanca –se dice en un texto lleno de humor y de imaginación- es el asistente social del futuro. Será el que se encargue de suministrar las medicinas y primeras curas en caso de accidente; igualmente proveerá al provotariado en apuros desde cerillas a preservativos, una naranja o una pata de pollo.”

Esta serie de proyectos no representaba, como puede verse, un ataque directo contra las estructuras del poder económico o político capitalista, que podía haber asimilado fácilmente algunas de las propuestas del grupo. Pero eran un ataque sistemático contra las formas de vida habituales de la sociedad holandesa; por eso, fueron rechazados. Junto a ellos, el plan más radical era  el plan de la vivienda blanca, que defendía la necesidad de “acabar con la especulación del Estado, de los municipios, de los industriales, inversionistas o personas privadas en materia de construcción de casas, o al menos evitar dicha especulación en todo lo posible”, y convertir los edificios desahuciados por los nuevos planes de urbanización de Ámsterdam en viviendas provisionales gratuitas.            

En conjunto, se trataba de un programa de acción municipal que los provos trataron de llevar a la práctica presentándose a las elecciones para el Consejo Municipal de Ámsterdam. Pero ninguno de sus proyectos fue aceptado por las fuerzas sociales y políticas mayoritarias, por lo que la actividad provo no consiguió ningún resultado positivo. A lo sumo sirvió, como reconocería Rudolf de Jong, como “revulsivo” frente a la estancada democracia holandesa.

Mientras la actividad de los provos  se orientaba fundamentalmente a la difusión de estos proyectos y a las manifestaciones y happenings, Van Duyn había iniciado y estaba llevando a cabo desde las páginas de su revista el proceso de definición ideológica que conduciría a la elaboración  de una primera teoría provo. Era una racionalización sobre la marcha de las actividades del grupo: la provocación, en su opinión, tenía como objeto despertar la conciencia del “provotariado”, nueva clase revolucionaria (formada por los marginados, los estudiantes y jóvenes descontentos, el lumpen…) llamada   ocupar el vacío que la clase obrera había dejado al integrarse progresivamente en los mecanismos del consumo forzado.

El objetivo revolucionario sería la creación de una nueva cultura y un hombre nuevo que, más que en sus textos, apareció definida con rasgos claramente utópicos en “La Nueva Babilonia” de De Constant:

“Nueva Babilonia es el mundo de la abundancia, el mundo en que el hombre, en vez de trabajar alienadamente, juega, se realiza y se divierte; en donde la poesía se hace un modo de vivir de y para las masas. La poésía faite par tous et non par un (…) es…la concepción de una cultura que lo abarque todo, concepción difícil de entender, es verdad, porque hasta ahora no podía existir semejante cultura y sólo ahora por primera vez en la historia, como consecuencia de la automatización del trabajo, se hace factible, aunque no sepamos aún qué forma adoptará y todavía nos parezca un misterio. ¿Será el hombre del futuro capaz de jugar su vida, de sobrellevar una vida sin la necesidad de ganarse el pan de cada día con penas y sudores?...”

De todas formas, los “planes blancos”, la teoría del “provotariado” y la concepción del “homo ludens”, de Nueva Babilonia, representaban una base teórica débil para un movimiento radical. El mismo R. de Jong, anarcosindicalista de la escuela clásica reconocería, pese a sus simpatías hacia el movimiento, la “pobreza teórica” de los provos, cuyos proyectos “no tenían nada en común con la organización anarquista de la sociedad”, de la que se habían declarado seguidores. Por ello, en los años siguientes, la disolución del movimiento, decidida en un extraño happening celebrado en marzo de 1967, iría acompañada de un esfuerzo teórico de mayor envergadura cuya manifestación más visible son las dos obras de Van Duyn publicadas en 1969 y 1971: el Mensaje de un enanito sabio y su Diario Paníco.

La raíz del primero de estos libros es fácil de detectar. Van Duyn, apartado momentáneamente de la actividad política cotidiana tras la disolución del movimiento y descontento ante el carácter violento que el grupo “Los Desesperados” pretendía dar a la agitación juvenil, estaba en condición óptima para aceptar las tesis utópicas, pero constructivas, de Kropotkin. Era el único pensador que podía ofrecer un proyecto de “utopía realizable”, poco favorable a la violencia y orientado hacia la realización personal, la creatividad y el amor. Desde la perspectiva kropotkiniana del “Apoyo Mutuo” se podía orientar hacia fines positivos la agresividad desencadenada en los años anteriores y sustituir la desesperación por una actitud optimista ante el futuro.

Por supuesto no se trataba de repetir sin más las afirmaciones del príncipe anarquista, de hacer una obra de exégesis al estilo de los textos de los marxistas académicos; al contrario, el proyecto de Van Duyn consistía, sobre todo, en una actualización de las tesis sobre la cooperación, buscando para ello los apoyos científicos necesarios. De aquí deriva la insistencia de la obra en los trabajos recientes de diversos biólogos, etnólogos y zoólogos que confirman o corrigen las tesis kropotkinianas. Y también la introducción del “apoyo mutuo” en un marco más amplio, en una perspectiva  cibernética en la que la agresión y la cooperación aparecen como “los dos extremos de la misma fuerza vital que surgen simultáneamente  en un momento determinado”. Ambos extremos resultan necesarios y complementarios; son dos medios imprescindibles para la consecución de los objetivos utópicos que el desarrollo de la tecnología pone ya al alcance de los hombres:

“Sólo un matrimonio real entre agresión y cooperación, receptividad y actividad, creatividad y amor, pueden abrirnos un camino hacia delante, un camino hacia la verdadera libertad, que no es sino la participación creativa de todos los hombres en el amor y la solidaridad universales.”

En esta perspectiva tan ajena a los planteamientos revolucionarios clásicos, puede insertarse su  proyecto de una nueva cultura y una revolución “kabouter” (1). Aunque por “revolución” no hay que entender, en este contexto, la simple nacionalización de los medios de producción, sino un proceso de muy superior radicalidad, que incluye la transformación de las estructuras socio-económicas del sistema político, de los medios tecnológicos y de la forma de vida y la conducta humana. Es decir, se trata de una revolución “total” creadora de un “hombre nuevo”, el kabouter, miembro de una sociedad liberada y capaz de integrar en una síntesis superior, como su modelo Kropotkin, los contrarios; de ser a la vez urbano y agrario, sedentario y nómada , práctico y teórico, intelectual y jardinero, altruista y egoísta, agitador y plácido, científico y utópico”.

Tal es la conclusión de la utopía libertaria  de Van Duyn, capaz de arrastrar a quienes buscaban en Holanda, y fuera de ella, un motivo de esperanza. De aquí que pronto, reagrupando los restos dispersos de los provos y atrayendo a nuevos militantes, se construye un movimiento kabouter inspirado, al menos en parte, por las previsiones y concepciones de Van Duyn.

El problema que se plantea entonces, y que la nueva corriente nunca llegaría a resolver por completo, fue el de la estrategia: ¿Cómo conseguir el triunfo de una utopía definida de forma tan genérica? ¿Qué formas organizativas y qué táctica serían las más apropiadas?

En los meses siguientes a la publicación del libro (que en menos de un año alcanzó cinco ediciones), los kabouters decidieron abandonar la etapa de la provocación y pasar a una fase de carácter constructivo.

Así surgió en 1970 el Orangevrijstaat, “Estado libre de Orange”, a la vez como organización política del movimiento y como “alternativa” frente al régimen político y social imperante en el país.

El Estado Libre no era, por supuesto, una organización política al modo clásico, sino una contra-organización, flexible en sus estructuras y desprovista de los mecanismos de coacción propios de los partidos políticos o los grupos ideológicos al uso. Era, además, una alternativa frente al sistema estatal, un “”estado anti-estatista” o, en palabras de Van Duyn:

“la primera y única alternativa en el mundo por crear una contra-sociedad desde dentro de la misma sociedad  capitalista”.

Dividido en doce departamentos paralelos a los Ministerios de Gobierno, cada uno de ellos estaba en manos de un comité, no de un sólo individuo, y aceptaba todas las iniciativas de interés, fuera cual fuera su procedencia. La labor de algunos departamentos fue especialmente significativa, como testimonio de las orientaciones básicas del nuevo movimiento. El Ministerio de Defensa fue sustituido por un “DEPARTAMENTO DE SABOTAJE DE LAS REGLAS FIJAS Y DEL HÁBITO DE LA OBEDIENCIA” destinado a crear un “EJERCITO DE RESPONSABLES EN DESACUERDO”. El de agricultura organizó unas 30 o 40 granjas comunitarias, dedicadas a la producción de alimentos “orgánicos” no contaminados. El de transportes defendió de nuevo la prohibición de la circulación de automóviles por el centro de la ciudad, aunque sin llegar a ningún resultado como consecuencia de la falta de apoyo del Consejo Municipal de Ámsterdam. El Departamento de la Vivienda organizó la ocupación de casas deshabitada para las familias que carecían de ellas. Y por fin, el de Asistencia Social, que consiguió mantener su actividad incluso después de la disolución del Estado Libre, sostuvo un servició rotatorio de ayuda a los ancianos y personas imposibilitadas.

El éxito inicial de este planteamiento fue tan grande que, pocos meses después, los kabouters consiguieron la elección de sus candidatos en las elecciones municipales en cinco ciudades del país. Así comenzaba con brillantes la puesta en práctica de lo que Van Duyn ha denominado “la teoría de las dos manos”: “realizar de inmediato nuestros ideales con la mano izquierda (en el Orangevrjstaat) y con la derecha intervenir en el sistema mismo que precisamente nos frustra estos nuestros ideales”.

Pero pronto el planteamiento del Estado Libre se vino abajo como consecuencia de la falta de organización, y de las disidencias internas entre un sector abiertamente antiparlamentario y el grupo defensor de la “lucha con las dos manos”. Los primeros se opusieron a la participación en las elecciones municipales y de diputados y no se mostraron de acuerdo con la creación y consolidación de una sociedad alternativa, mientras los segundos defendían el mantenimiento y profundización de los planteamientos del “utopismo reformado” ya descrito. En el fondo, estas diferencias representaban una nueva versión del dilema clásico sobre la participación o el enfrentamiento radical con las estructuras del poder. Mientras que los radicales ponían toda su confianza en el estallido revolucionario, y por ello en la actividad crítica y combativa que pudiera prepararlo, los “utópicos”, ante la escasa probabilidad de una explosión revolucionaria a corto plazo, proponían la edificación progresiva, con todas las dificultades y limitaciones que este proyecto trae consigo, de una contra-sociedad destinada a servir de modelo y preparar las conciencias para una trasformación social en fecha más o menos lejana.

Desde 1971 se hicieron patentes las diferencias entre ambos grupos. Como ha explicado Van Duyn, en dos años se celebró sólo una reunión general de los kabouters, convocada por Meter Hakkenberg, dirigente del grupo antiparlamentario, y destinada a conseguir la desaprobación de la participación en el Consejo Municipal de Ámsterdam. Pese a ello, en los primeros meses de 1973, Van Duyn confiaba todavía en la posibilidad de reorganizar el movimiento; pero esta confianza acabaría por derrumbarse poco después.

La actividad de nuestro personaje en estos años estuvo dirigida fundamentalmente (aparte de su participación en el Municipio) a potenciar las granjas comunales, y, en otro terreno, a fortalecer y desarrollar sus planteamientos ideológicos. Por ello, se observa en este periodo la aparición de una inflexión teórica simplificativa, reflejada en su libro Diario Pánico y en la nueva revista inspirada por Van Duyn De Paniiekzaaier (El Sembrador de Pánico).

La preocupación ecológica, que ya se percibía en los comienzos del movimiento provo, se convierte ahora en dominante, como respuesta a la creciente agudización de la crisis ecológica que, en opinión de Van Duyn, representa “el síntoma más importante de las contradicciones del Capitalismo Occidental”. De aquí la creación de una Universidad Pánico, destinada a  extender, mediante la enseñanza de la “catastrofología”, la conciencia de la proximidad del fin, derivado del agotamiento de las materias primas y el envenenamiento del aire y el agua. Las previsiones de esta “ciencia”, tan opuesta en su planteamiento y en sus conclusiones a la optimista “futurología” americana, incluyen, entre otros datos, el cálculo de que en un plazo de cincuenta o sesenta años habrá desaparecido en la zona el agua potable como resultado de la contaminación, y los países del Centro de Europa se verán obligados a importarla al precio que los vendedores de este bien de absoluta necesidad quieran imponer. Tal es el resultado inevitable de un sistema económico de absoluta irracionalidad.

Al fin de cuentas, dice Van Duyn en su Diario Pánico, todos sabemos que vivimos en un caos altamente industrializado, muy capaz de suministrar a millones de personas autos, y televisores, pero no de satisfacer, en cambio, las más elementales necesidades humanas de espacio habitable, aire limpio, agua potable, alimentos sanos y enseñanza suficiente:

“Sólo querría que cesarais ya de disfrazar este caos altamente industrializado y convertido en sistema mantenido y dirigido por las autoridades”.

De todas formas, esta nueva vertiente del pensamiento de Van Duyn no supone una rectificación, sino una reafirmación de sus actividades ideológicas precedentes, y una confirmación de las soluciones propuestas por él durante años:

“Superando la simplificación bolchevique o socialdemócrata, que se limita a defender la nacionalización de los medios de producción, creo que la revolución debe abarcar todos los campos de la vida social. Hay que transformar el sistema de producción, sustituyendo la propiedad privada por la autogestión de las colectividades productivas; pero también hay que revolucionar la tecnología y sustituir la tecnología surgida de la revolución industrial por otra nueva, menos cara y menos peligrosa. El problema fundamental es el de la energía: frente a la energía nuclear, productora de radioactividad, es necesario volver a usar la energía natural, la energía solar:

“Para ello habría que llevar a cabo investigaciones que actualmente son casi imposibles porque el Gobierno no nos da dinero. Hay que trasformar el sistema de transportes, desarrollando los trasportes colectivos, haciéndolos baratos, confortables y rápidos, de acuerdo con los planes provos, que en este terreno siguen siendo la única solución posible”
Quizá la novedad teórica más significativa de este nuevo planteamiento sea la conciencia de la urgencia, de la necesidad de enfrentarse con la máxima rapidez con los problemas ecológicos.

En relación con está conciencia parece encontrarse el último cambio de actitud de Roel Van Duyn hasta el momento: su paso al P.P.R. (Partido Político de Radicales), una organización formada inicialmente por los jóvenes inconformistas de los partidos confesionales holandeses y que ha ido evolucionando progresivamente hacia posiciones contra-culturales. En esta agrupación política, de carácter minoritario, pero muy activa en la base, se han integrado los últimos restos del movimiento kabouter, ante la imposibilidad de reorganizar su propio grupo, abandonando así las posiciones apolíticas o antipolíticas que, como herencia anarquista, aún conservaban de forma parcial y acentuando el carácter reformador de su “utopismo”. Una de las razones fundamentales de esta transformación final puede encontrarse precisamente en esa conciencia de la agudeza de la crisis que exige la acción inmediata y organizada:

“No podemos –había dicho antes Van Duyn- cruzarnos de brazos hasta que la mayoría de la población esté dispuesta a actuar”.

Es necesario luchar por la “utopía ahora”, porque frente a ella la única alternativa es la desaparición de una sociedad cuyas contradicciones internas están a punto de conducirla a la asfixia.

Es indudable que la experiencia vivida por Van Duyn y sus seguidores representa un nuevo modelo de oposición en las sociedades desarrolladas, cuya originalidad y sinceridad es innegable, y cuyas repercusiones, que podemos deducir del análisis de la situación actual del mundo desarrollado, pueden alcanzar una enorme intensidad.

Si la crisis energética se acentúa, si los problemas ecológicos siguen agravándose y el desarrollo económico irracional se encuentra enfrentado con nuevas y crecientes dificultades, sólo las propuestas contra-culturales podrán servir de respuesta al desafío de la crisis capitalista.

Entonces es posible que la utopía, tan denigrada durante mucho tiempo, vuelva a reinsertar con fuerza en el pensamiento radical y a recuperar su condición de “alternativa posible” frente a la irracionalidad y el caos de nuestro tiempo

 

 

* Este texto corresponde a la presentación del libro Mansaje de un provo de Roel van Duyn, publicado por la editorial Fundamentos en Madrid España en el año de 1975,  cuya lectura se hace necesaria si deseamos aproximarnos, por la vía de sus escritos, a los alternativos y vigentes planteamientos que caracterizaron al movimiento Provo. Agradecemos a Manuel Peréz Ledesma su entusiasmo e implicación en la exposición de este tan importante acontecimiento cultural.

 

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