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AGUSTÍN GARCÍA CALVO:
LA ACTUALIDAD DEL ANARQUISMO


MARTA NOGUEROLES JOVÉ *

 

Introducción

La ponencia que les voy a presentar quiere ser un acercamiento a la figura del filósofo español Agustín García Calvo en un momento histórico convulso, en el que creemos se hace imprescindible la recuperación de aquellos autores a los que por tradición se les ha denominado antisistema y por consiguiente han sido apartados de la academia y relegados al ámbito de lo marginal sin que su obra haya sido difundida.

El malestar del mundo ante el capitalismo salvaje, el escándalo moral que nos invade y el aumento cada vez más atroz de las desigualdades, nos lleva a pensar que existen alternativas al sistema neoliberal. Sin embargo, nos llama poderosamente la atención el hecho de que la inmensa mayoría de intelectuales, en vez de precipitar la agonía del sistema capitalista se empeñen en justificarlo declarando que es la única alternativa viable, y que lo que lo único que cabe hacer es una reforma y una humanización del mismo. Así pues, ante esta actitud generalizada que lucha por mantener con vida un sistema fracasado, precisamente en un momento en el que hemos llegado al nivel máximo de explotación de las personas y de los pueblos, se hace indispensable la recuperación del pensamiento anarquista, por su propuesta liberadora del hombre, limitadora del poder y transformadora de la sociedad a todos los niveles. Sabemos que es una empresa arriesgada, pues el anarquismo se ha relacionado siempre en el acervo popular o bien con la violencia o bien con la ingenuidad y en definitiva, como nos recuerda Christian Ferrer, ha sido siempre un tabú político, a pesar de que hasta el momento, según el sociólogo argentino, no ha surgido antídoto teórico y existencial contra la sociedad de la dominación de mejor calidad.

Quizá también, y para contrarrestar la plaga del Pensamiento Único que amenaza con expandirse por el mundo entero, sea necesario reivindicar el nihilismo, una forma de pensamiento que, como ha señalado con acierto Franco Volpi, resulta muy eficaz en tiempos convulsos como los que ahora estamos atravesando pues dicho pensamiento produce tolerancia y capacidad de aceptar visiones del mundo distintas. De ahí que hayamos elegido a un autor como Agustín García Calvo quien de forma magistral consigue armonizar estas dos formas de enfrentamiento al poder que se nos hacen muy valiosas como herramientas iniciales para intentar construir un mundo verdaderamente civilizado.

La ponencia está dividida en cuatro partes. En la primera me propongo hacer una breve aproximación biográfica a la figura de Agustín García Calvo. En la segunda expondré cuáles son las líneas generales de su pensamiento. En la tercera esbozaré los puntos que considero más sugerentes de la obra de nuestro autor, en especial aquellos que tienen que ver con la crítica al Estado y a la Sociedad del Bienestar. La última parte estará dedicada a las conclusiones.

 

 

Breve aproximación biográfica

Agustín García Calvo nace en Zamora (España) en 1926, es Dr. en filología clásica por la Universidad de Salamanca, además de gramático, poeta, dramaturgo, ensayista, traductor y filósofo. Pertenece a la generación de 1956, a la que el profesor Abellán le ha otorgado el valor de haber iniciado la recuperación de la democracia española. Heredero de la rebelión hippie de finales de los sesenta, a sus 85 años sigue vistiendo camisas de colores superpuestas, largos pañuelos, anillos en los dedos y una coleta en la que recoge sus cabellos blancos, en contra “del uniforme de ratón que el Poder nos impone”, según declara. Pensador único donde los haya y magnífico conferenciante, García Calvo es un crítico radical de lo establecido, un agitador social, cuya obra nos invita a no aceptar las cosas que damos por sentadas. Él mismo asegura que nunca ha dejado de hacer política, es decir, de despotricar, cosa que hace todos los miércoles a las 8.30 de la tarde en la Tertulia Política del Ateneo de Madrid, una auténtica ágora socrática que lleva unos doce años oficiando y a la que asisten más de cien personas.

García Calvo, en su juventud, fue expulsado de la Universidad Complutense de Madrid junto con otras figuras tan relevantes como José Luis Aranguren, o el que fue alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván, además de otros profesores, tras encabezar una gran manifestación contra el régimen franquista, lo que le costó el exilio en el barrio latino de París, del que no volvería hasta haber acabado la dictadura, en 1976. Su bibliografía incluye más de 60 libros ─desde traducciones, ensayos, poesía y teatro─ y destaca por su originalidad, por su gran contenido ético y político y por su importante contribución al análisis filosófico del lenguaje.

 

 

Líneas generales de su pensamiento

De Agustín García Calvo ha llegado a decir el mismo Fernando Savater en los años 70, cuando se consideraba un ferviente discípulo suyo, que es el pensador español más lúcido de la posguerra y uno de los representantes más notables de la intelectualidad europea. Si se me permite la observación, añadiré que las obras más sugerentes de Savater son aquellas de su primera etapa intelectual, en la que se aprecia de forma muy marcada la huella de su maestro.

No cabe duda de que una de las cualidades más destacadas de García Calvo, tal como también reconoce su discípulo vasco, son sus excelentes dotes de orador y su capacidad para provocar con un discurso siempre destructivo y desesperado con el que trata de desenmascarar las mentiras de nuestro tiempo. De ahí que su pensamiento pueda calificarse en primer lugar, de anarquista-nihilista pues está diciendo no al Poder, al Estado, al Capital, al Individuo, a la Pareja, a la Familia, al Futuro, al Progreso y en especial al régimen que hoy padecemos que es la democracia desarrollada. Y en segundo lugar, como pensamiento del descreimiento, pues su finalidad es hacernos descubrir que la realidad es una mentira, que es necesariamente falsa. Pero esto no significa que la obra de García Calvo deba interpretarse únicamente como un canto a la desesperación sino más bien como la tarea filosófica llevada a su máxima expresión, tal como Nietzsche nos enseñó en su día. En este sentido sus enseñanzas no son las doctrinas positivas a las que nos tienen acostumbrados la gran mayoría los filósofos, sino que consisten en el arte de desaprender y de romper con las ideas vigentes.

Sabemos de sobra que a lo largo de la historia los intelectuales han interpretado la mayoría de veces un papel vergonzoso apoyando el sistema imperante. No es este, como es fácil intuir, el caso de García Calvo y el precio que ha tenido que pagar es que ha sido tachado de excéntrico y como consecuencia ha sido muy poco citado en las instituciones filosóficas académicas, y prácticamente desconocido fuera de los ámbitos anarquistas y marginales, a pesar de haber recibido tres premios importantes tales como el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de Literatura Dramática y el Premio Nacional de Traducción. Esta poca proyección de su obra se debe también a que el mismo García Calvo se haya alejado, por voluntad propia, de la industria cultural y de sus armas propagandísticas, lo que le llevó en su día a fundar su propia editorial, Lucina, en la que publica todos sus libros. Naturalmente, tampoco es muy conocido fuera de España, aunque Christian Ferrer incluye uno de sus textos en El lenguaje libertario.

A pesar de todo, Agustín García Calvo, está considerado por muchos como uno de los más interesantes filósofos españoles vivos, por eso pensamos que su pensamiento merece ser divulgado y tenido en cuenta, pues lanza una de las críticas más contundentes y originales al sistema del mundo desarrollado. Y lo hace con un inigualable estilo coloquial propio de una conversación pública y con una peculiar ortografía que pretende ser un ataque frontal a la Academia de la Lengua, institución por la que García Calvo siente un odio y desprecio declarado por ser, según su particular opinión, la causante de la falsificación de la lengua en su nivel más alto, arrebatándole a la gente el don de escribir como se habla. Efectivamente, el lenguaje es la clave del pensamiento de García Calvo pues es en el lenguaje donde, según él, se manifiesta el dominio de lo establecido. Así pues, lenguaje y política guardan una íntima conexión. En este sentido, no es de extrañar que nuestro autor se manifieste contrario a las reglas de ortografía ─cosa que lleva a la práctica en todas sus obras─ y que por el mismo motivo reivindique la lengua común, que no es otra que la voz del pueblo.

A todo esto conviene añadir que García Calvo ha sido un autor que siempre se ha mantenido fiel a sus ideas iniciales y aunque su obra haya ido evolucionando y madurando con el tiempo no existen en ella cambios ideológicos y de pensamiento que sean relevantes. Por último, apuntaremos que el pensamiento anarquista de García Calvo, si pudiera ser clasificado, cabría situarlo dentro de las nuevas corrientes antiautoritarias que surgieron a partir del Mayo del 68 y que poco tienen que ver con anarquismo tradicional o clásico. Aunque como escribe Savater

“En cuanto se le conoce, uno se da cuenta de que está ante alguien que sólo se parece a sí mismo, una primera edición por no decir un incunable, no un ejemplar en serie: como los ángeles y quizá los demonios, agota una especie en su singularidad”[1].

 

 

La crítica de García Calvo al sistema vigente

La principal obsesión de García Calvo es denunciar las falsedades sobre las que este mundo se sostiene porque en su opinión, vivimos cómodamente instalados en una serie de creencias que nadie se atreve a discutir y que la educación, cómplice siempre del poder, se encarga de transmitir. La primera de estas falsedades y sobre la cual se sustentan todas las demás es la necesidad del Estado.

Dos años después de la muerte del general Franco, en 1977, nuestro autor publica un librito de menos de 80 páginas titulado ¿Qué es el Estado? en un momento en el que en España empiezan a proliferar los libros sobre temas políticos. Este panfleto es uno de sus primeros escritos y conviene detenerse en él para entender todo su pensamiento posterior. En esta obrita García Calvo empieza por definir al Estado como una idea mentirosa y real a la vez, en el sentido de que encierra una profunda contradicción, pues hace referencia a dos cosas que son incompatibles entre sí, por un lado la idea de Poder y por otro la idea de pueblo. Y añade que esta contradicción llega a su punto máximo en el Estado democrático, donde se funden el Poder y el pueblo de forma tal que parezca que es el pueblo el que ejerce el poder sobre sí mismo. Prosigue nuestro autor con un lúcido análisis de esta institución en el que nos desvela todos sus entresijos, con la intención de ponerla en tela de juicio y así hacerla peligrar como idea, pues es evidente que el Estado es la idea más fuertemente arraigada que existe. En la obra en cuestión se aprecian dos partes, la primera está dedicada a las instituciones afines al Estado y la segunda se detiene en lo que son sus rasgos constitutivos.

Como explica García Calvo, la primera institución vinculada al Estado es la familia, organizada alrededor de la mujer, ─primer ejemplo de dominación de la historia de la humanidad─ y centrada en un foco único que es la televisión. Otra institución en la que se apoya el Estado es el Dinero, al que nuestro autor define siguiendo el dictamen de Marx, como la vida de los hombres convertida en mercancía. García Calvo asegura que en la esencia de todo Estado se encuentra el ser capitalista, de la misma forma que también se encuentra en su esencia el ser totalitario. Esto se explica porque todas las riquezas que se hallan en el territorio de un Estado deben ser a la fuerza estatales y tomar la forma de dinero. De este modo García Calvo demuestra que es una falsedad distinguir entre Estados capitalistas, Estados liberales o Estados totalitarios.

Otra institución a la que según García Calvo también está vinculada de forma muy estrecha el Estado es la del Individuo o Persona y a esta cuestión, central en su pensamiento, dedicará muchas páginas a lo largo de su obra. Su tesis principal es que yo no puedo ser lo que soy si no es como súbdito del Estado que es quien me garantiza una identidad fija y definida. De aquí se concluye que yo soy el Estado, por lo que no tiene ningún sentido rebelarse contra su esclavitud en nombre de la libertad del Individuo, pues Estado e Individuo son las dos caras de lo mismo. Más adelante ampliaremos esta cuestión. Todas estas instituciones que acabamos de enumerar se definen por ser instituciones privadas. Existe además, según nuestro autor, otra institución no privada ligada al Estado y es el Imperio.

García Calvo se detiene también en lo que son los rasgos constitutivos del Estado. El primero serían las fronteras, que han de ser fijas y determinadas. Éstas se complementan con la necesidad de un Centro, que es lo que asegura el mantenimiento del Orden de la unidad estatal. La siguiente condición es que los súbditos del Estado sean un número fijo y registrable, bien en estadísticas o en padrones, de manera que no haya confusión, es decir, que esté bien claro que el que vive dentro de las fronteras de un Estado es de verdad lo que tiene que ser. La tercera condición es la unificación de la lengua, pues el Estado no puede consentir que se hablen lenguas diversas en su territorio. Y esto no es todo, como añade nuestro autor, el Estado a través de las Academias nacionales de la Lengua impone como lengua hablada la lengua escrita, de modo que ésta sea la lengua oficial y única. Y si antes del Estado era el pueblo el que mandaba en la lengua, bajo el Estado se le impone al pueblo la lengua.

La cuarta condición es la Ley, indispensable para el buen funcionamiento de un Estado. Ley, como nos aclara García Calvo, significa letra, es decir, sumisión a una norma fija e intemporal. Esta ley es dinámica y progresiva y se caracteriza por su proliferación acelerada y porque se van sustituyendo unas leyes por otras. Esto nos da la clave para entender que el plan y la planificación son inherentes al Estado pues está condenado a ser Futuro y a ordenar con vistas a éste.

La quinta condición es que el Estado requiere de una gran extensión territorial pues si fuese un territorio pequeño, que pudiera recorrerse andando, esto sería una grave amenaza para su necesidad. Del mismo modo otra condición esencial del Estado es que esté integrado por muchos elementos, pues si fueran solo unos pocos se correría el riesgo de que llegara a desaparecer la necesidad de imponer la idea abstracta de “todos los españoles” o “todos los franceses” y así llegara a descubrirse que el Estado no es necesario. A esto hay que añadir que el Estado se justifica diciendo que la población del mundo crece y que por este motivo se hace necesaria una forma de administración y de ordenamiento, es decir, que es necesario el Estado.

La última de las condiciones es la cultura y como corazón de ella la ideología, cuya función central es hacer que pensemos que fuera del Estado existe una jungla exterior, un caos donde los hombres se destrozarían los unos a los otros si no fuese por la providencia del Estado, que organiza y domina este caos.

García Calvo termina su análisis sobre el Estado haciendo un llamamiento a las mujeres para que ellas sean las que nos liberen de su opresión, no en vano el Estado, según nuestro autor, se funda contra las mujeres:

“A vosotras, mujeres, apelamos contra el Estado: pues no podéis olvidar lo que, en vuestra maravillosa sabiduría que no se sabe, seguís sin duda recordando: que el Estado se fundó contra vosotras en el origen de los tiempos: que el miedo de vuestro amor desordenado fue el cimiento y el comienzo de este Orden de los Padres y las Patrias: que contra vuestro amor comenzó la Historia de los Hombres, y que cada paso en el perfeccionamiento del Sistema se ha venido dando para definición y muerte de vuestra vida desconocida, hasta el establecimiento del estado, en que la asimilación definitiva de la Mujer al Hombre amenaza con cumplirse. ¡No sepáis la Historia, pero seguid sintiendo el recuerdo vivo de ese fundamento último del Estado, y no dejéis que la Obra de la Muerte se cierre y se complete!

Por amor de lo que no sabemos, ¡liberaos de la Mujer! ¡Liberadnos del Hombre! ¡Liberadnos de Dios! ¡Liberadnos del Estado que es Su Casa más perfecta!”[2].

Efectivamente, el sexo dominante, es decir, el hombre, esclaviza a la mujer mediante la invención de la familia, pero al esclavizar se esclaviza él mismo. Y lo hace movido por un terror primigenio ante la desigualdad que existe entre su limitada capacidad sexual y la ilimitada capacidad de la mujer. Para conjurar esta amenaza, el hombre liga la sexualidad femenina con la maternidad, es decir, inventa la familia e inventa por tanto el Estado. Como vemos, es difícil encontrar un planteamiento más original sobre el nacimiento del Estado. Hay que añadir que nuestro autor es un crítico feroz del patriarcado y al tema de la mujer y a su dominación por parte del varón ha dedicado muchos de sus escritos.

En definitiva, para García Calvo el Estado es una creencia basada en la mentira y su función principal, como irá insistiendo a lo largo de su obra, es la “administración de la muerte”. Administrar la muerte no quiere decir ejecutar a la gente, sino cambiar la vida de las personas por futuro. Así lo expresa nuestro autor:

“Tenéis mucho futuro en efecto; tenéis tanta cantidad de futuro que no hay tiempo para vivir; esa es la descripción, más o menos de la administración de la muerte. No hay tiempo para vivir, porque ese tiempo en que a lo mejor podría suceder tal cosa como vivir está íntegramente ocupado en la preparación del futuro.”[3].

Pero García Calvo no sólo lanzará sus ataques al Estado, sino también contra una institución fuertemente ligada a Él: el individuo. En este sentido afirma que lo más urgente a llevar a cabo en la lucha contra el poder es volverse contra el individuo personal, que es la base del régimen tecnodemocrático. Es más, según nuestro autor, individuo y Estado son las dos caras de lo mismo, de ahí que la tarea principal del Estado sea formar masas de individuos a través de la educación y de otros medios como la televisión.

Así pues, creer en el individuo es creer en el Estado y en definitiva colaborar con el poder, de modo que carece de sentido hacer una rebelión en nombre del individuo porque no soy yo el que sufre la opresión, al contrario, yo estoy constituido por ella, en tanto que soy un súbdito del Estado. Por eso, como añade García Calvo, el Estado hace muy bien en confiar en el Individuo porque, en realidad, lo está fabricando él mismo.

Ahora bien, el hecho de que el Estado se dedique a fabricar individuos es la prueba de que su plan no tiene un éxito total, de que existe algo que se le escapa al propio Estado. Para García Calvo esto se explica porque la persona no está bien constituida, es decir, para nuestro autor somos una especie de monstruo de dos cabezas, en guerra la una con la otra. Esta guerra de la persona consigo misma, en realidad, es una guerra contra aquello que le queda a la persona por debajo, que es lo no personal, lo común, el pueblo. De ahí que García Calvo afirme que cualquier rebelión sólo tiene sentido hacerla desde ese lugar donde está el pueblo, un pueblo que, según afirma nuestro autor, no existe, pero que hace algo más importante que existir y es estar ahí, estar presente en cada momento en que se habla.

Pero ¿Qué hacer para que este pueblo que “no existe” salga? Pues sólo tenemos una opción: “quitarse de en medio” y “dejarse hablar”. Eso que habla, como explica García Calvo, no es ninguna persona, sino el propio lenguaje corriente, de ahí que confiar en el lenguaje común sea lo mismo que confiar en el pueblo. De este modo, el lenguaje se concibe como una forma de acción, la más eficaz, en cuanto que el lenguaje es lo verdaderamente popular al no estar está manejado por el poder. Con esta rotundidad lo expresa el filósofo zamorano: “El lenguaje ni lo han hecho ellos ni lo manejan ellos”[4]. Otra cosa bien distinta es el lenguaje escrito, el lenguaje culto, ese sí que lo utiliza el poder utiliza para sus propios fines. Conviene pues distinguir entre la lengua, que está en el subconsciente de lo que se puede llamar pueblo, y que no es de nadie, de la escritura y la cultura, que son armas del poder para que éste pueda ejercer su sacerdocio.

Ahora bien ¿Cuál es el corazón de este lenguaje común? Es el “no”, que, como asegura García Calvo, es lo primero que aprende un niño cuando empieza a hablar. Decir “no” significa decir no al Poder, al Estado, al Capital, significa también negarse a creer en la persona de cada uno, porque cada uno es el poder. Por tanto, decir no es decir no a la mentira, a la realidad, que es necesariamente falsa, de ahí que el Estado tenga que estar reconstruyendo esta realidad día a día, por medio de la televisión, de la educación, de la prensa, etc. No olvidemos que el poder no se puede sostener si no es por la mentira, que es su arma principal. Así pues, cualquier acción que se quiera emprender contra el poder siempre debe partir de la toma de conciencia en la falsificación de la realidad porque si no es así esta acción resulta inútil y se convierte en colaboración con el poder.

Este pueblo del que venimos hablando, tiene un enemigo principal, que es la democracia. Contra esta forma de poder, ─la única que existe en los países llamados desarrollados y a la que están condenados a aspirar los países a los que insultantemente se les llama tercer mundo─ también lanzará nuestro autor sus ataques. Son dos, principalmente, los motivos por los que García Calvo rechaza la democracia. El primero tiene que ver con la idea de hombre vigente hoy día, que según nuestro autor, está fundada en una contradicción. Esta contradicción consiste en que cuando hablamos de Hombre se está haciendo referencia por un lado a una cosa singular, que es el individuo y a su vez, al conjunto entero de los individuos. Sin embargo, como asegura García Calvo, conjunto e individuos son reinos distintos, pues no se puede ser uno y al mismo tiempo ser todo. Lo expresa con el siguiente ejemplo:

“Para hacer un rebaño de ovejas, sólo se puede si cada oveja es oveja, pero si cada oveja es Micaela, Ramoncita y demás, entonces nunca podrán hacer un rebaño: tiene que ser cada oveja “oveja”. Esa es la condición.”[5]

Pues bien, el Estado utiliza el engaño de sumar lo que es lógicamente imposible en su propio beneficio y así es cómo funcionan las votaciones, reuniendo una mayoría de individuos personales y diciendo que ésta es la voz del pueblo. Pero como afirma con rotundidad nuestro autor, la voz de la mayoría es lo contrario a la voz del pueblo y no se pueden confundir.

El segundo motivo es que la democracia no cree en otra cosa que en los conjuntos de individuos y para García Calvo los individuos personales son reaccionarios, es decir, no pueden aspirar a otra cosa que a trepar por la pirámide y a tener un futuro y una seguridad. Por consiguiente, si todos los individuos son reaccionarios, todos los resultados de las votaciones serán reaccionarios.

Y si la democracia es un engaño, no lo es menos la Sociedad del Bienestar donde ésta se inserta. Veamos ahora cómo nuestro autor analiza con gran lucidez la falsedad de sus fundamentos:

En primer lugar, nos dice que es totalmente falso pensar que los que estamos instalados en el desarrollo podemos disfrutar plenamente de él sin que las miserias de los países que viven en las afueras de este desarrollo nos afecten directamente. Efectivamente, tal como asegura nuestro autor

“A medida que la administración de la miseria se desarrolla, la riqueza misma, que era su objeto, se transforma, se vuelve miserable, se plea y se vacía; y es ahí donde se ejerce la venganza de los miserables: sobre los bienes mismos”6 .

Esta transformación de la riqueza consiste en que las cosas van perdiendo calidad, van dejando de ser cosas para convertirse en representantes de las mismas, es decir, en sustitutos. Así pues, la principal característica del Régimen del Bienestar es que la mayoría viva de sustitutos y “tome pisos como casas, llame a los plásticos telas, aspire no a pagarse un chófer ni un vagón de tren, sino a hacer él mismo de chófer, y que le guste, que llame al ruido música…”[7] . Este cambio de las cosas por sustitutos está relacionado con el hecho de que las cosas, en la Sociedad del Bienestar, se han convertido en dinero, que es lo más real que existe, la idea de las ideas.

En segundo lugar, otra de las falsedades sobre las que está asentada el Estado del Bienestar es la de la creencia en separación entre empresa privada y administración pública. Si recordamos, Estado y Capital son la misma cosa. Lo que prueba esta identidad, según nuestro autor, es el Criterio de Rentabilidad, es decir, que al Estado le preocupe la productividad, el rendimiento y el dinero por encima de cualquier otra cosa. Como nos hace ver García Calvo la imposición de este criterio tiene una serie de consecuencias, la principal es que se elimina la vieja noción de “servicio público”. Antes de la existencia de la Sociedad del Bienestar este tipo de servicios eran improductivos y servían para atender las necesidades de la gente, pero ahora ya no es así. De aquí se deduce el que los impuestos, en la Sociedad del Bienestar, sean un engaño, es decir, cuando declaramos a Hacienda estamos haciendo lo mismo que cuando encargamos al banco que nos compre acciones. Este engaño, como añade nuestro autor, se entiende mejor si analizamos la naturaleza del dinero. Efectivamente, el dinero en el Desarrollo es de dos naturalezas, una divina y otra humana, o lo que es lo mismo, el dinero que corre por las manos del Estado no es el mismo que corre por las manos de los contribuyentes. Esto le lleva a nuestro autor a afirmar que la Sociedad del Bienestar está fundada en un descubrimiento maravilloso:

“El Dinero grande o divino, sólo con moverse, sólo con cambiar de sitio en las cuentas, de fechas en el Tiempo, sólo con eso ya produce (…) con la sola condición de que en el proceso le asista una Fe inquebrantable, sin vacilaciones, que es la misma esencia del Crédito, la del Futuro, la del Tiempo, que es el nombre verdadero del Dinero Desarrollado”[8].

En tercer lugar nuestro autor señala que una de las características de las Sociedad del Bienestar, es que en ella la banca, la empresa y el Estado son profundamente humanistas, es decir, todo su interés está centrado en el hombre. Ahora bien, ¿qué especie de hombre es el que le interesa al Estado, a la empresa y a la banca? Pues no es otra que el individuo personal, del que ya hemos hablado líneas más arriba. Es, en definitiva, el tipo de hombre que no sabe hablar más que de dinero, que no piensa más que en forma de dinero, y que como afirma nuestro autor “ES dinero”. Este y no otro es el fundamento del Estado del Bienestar. A esto hay que añadir algo más. El valor de la persona, en la Sociedad del Bienestar, se basa en su nombre y en su firma, de ahí que el marketing juegue un papel primordial, pues sólo vendiéndose se hace uno dinero. ¿Y qué significa venderse? Pues no significa otra cosa que trepar por la “Pirámide del Poder”. Pero para venderse tienen que comprarlo a uno y la condición para que nos compren es la fe: “que uno se lo crea bien, y ya tiene crédito, ya trepa”[9] . Por eso es tan importante para la rebelión del pueblo negarse a aprender la jerga de los Ejecutivos.

“No creer ─eso es lo primero─. Y así poderles decir a los Ejecutivos del Poder y del Dinero: no queremos vuestro vocabulario, vuestros Nombres y vuestras siglas, que no sabemos lo que significan: nosotros tenemos el lenguaje que nadie manipula, el lenguaje de cualquiera, que sabe siempre, por lo menos, decir NO”10.

Efectivamente, si el pueblo quiere librarse del poder que lo oprime y que lo reduce a masa de individuos, lo primero que tiene que hacer es no creer y lo primero en lo que no debe creer es en que sean personas las que mueven y dirigen el dinero y el poder. Diciéndolo más claramente: las barbaries del desarrollo no están en manos de personas concretas, que son indiferentemente intercambiables, sino en manos del Estado y del Capital.

Pero, además de esto, hace falta algo más para oponerse al régimen que padecemos: es necesario no contar con la persona, ni tampoco con los grupos de personas, ni con la solidaridad entre ellas. Con lo que hay que contar es con lo que vive por debajo de las personas, es decir, con el pueblo.

Después de todo cuanto venimos diciendo se nos plantea una pregunta ¿Es en verdad posible el derrocamiento de este Régimen del Bienestar? Para nuestro autor no hay nada más fácil que esto pues, como asegura, en la fuerza de este Régimen reside también su debilidad. Efectivamente, no hacen falta bombas para el derrocamiento de esta religión del dinero. Sabemos que vivimos en el reino de la fe, así pues, basta con que se extienda la duda y la sospecha, que se descubra el vacío del Dios-Dinero, para que se derrumbe este imperio fundado en el crédito y en la fe.

Y mientras tanto ¿qué puede hacer el pueblo? En primer lugar, guiarse por el criterio de utilidad, tan contrario a la sociedad del desarrollo que está centrada en la creación de necesidades. Se trata en definitiva de no renunciar a las máquinas, sino de aprovecharse de ellas y usarlas, pero eso sí, para algo que no sea venderlas. Conviene aquí apuntar una de las obsesiones de nuestro autor que no queremos dejar de nombrar, pues a ella ha dedicado muchos de sus escritos y de sus conferencias. Se trata de su aversión al automóvil, vehículo individual por excelencia que cumple una función básica en la Sociedad del Bienestar y que nos convierte a todos en chóferes y mecánicos, frente a su reivindicación del tren como medio de transporte útil que nos hace a todos libres y señores.

Lo segundo que debería hacer el pueblo es plantearse la necesidad de los Estados porque “¿a quién le hace falta que haya Francia? A Francia indudablemente: no a la gente que rebulla por la orilla izquierda del Rin o por la cara Norte de los Pirineos”[11] Y como añade el filósofo zamorano

“Es duro el cambio, sí, pero, a cambio, ¡el aliento de pensar el enorme ahorro que ello trae consigo, de tiempo, de energías, de mentiras!:sólo con imaginar el no tener que sostener más estos Ideales, ni el Futuro del Desarrollo ni la imagen de España por el mundo, sólo con calcular por lo bajo el ahorro de papeleo, de sueldo de Ejecutivos, de pantallazo de ordenadores, de congresos, de aviones, de producción de noticias televisivas, a la gente se nos hace la boca agua”[12].

Y en último lugar, lo que se debería de hacer es aspirar a que no haya más moral que la política, o lo que es lo mismo, que no exista una moral del individuo, sino una moral de la vida de la comunidad.

Todo lo que hemos dicho hasta ahora se resume en una sola frase. “No ir con los tiempos”. Efectivamente, para García Calvo las gentes rebeldes no pueden creer en los tiempos ni tampoco creer en la historia, pues la fe en la historia promociona el Estado-Capital. Así lo expresa nuestro autor:

“!Nunca pues ir con los tiempos! La última y verdadera revolución es la de los muertos, que se niegan a estar muertos; y la evidencia, palpable y actual, es que sigue siempre latiendo, por debajo del Dominio, un corazón que sabe decir <> y sabe decir <>, sin importarle un rábano ni la Orden del día ni las modas”[13].

Estas han sido algunas pinceladas de la crítica que Agustín García Calvo lanza contra este régimen que todos padecemos. Como hemos podido comprobar, en ningún momento nuestro autor nos habla de alternativas, lo suyo es un NO categórico que no ofrece nada a cambio y lo justifica así:

“Quien os presenta la necesidad de alternativas, está cayendo en la trampa de todos los políticos de izquierda, incluidos los sindicatos, incluidos todos, es decir, pensar que a la gente no se le puede ir con meras propuestas de decir NO, sino que hay que ofrecerles algo a cambio; por ahí es por donde se han perdido todos los movimientos de protesta, por ahí, por aceptar teóricamente esa necesidad de alternativas. Hay que tener el valor de ser fieles a la canción de Antonio Machado: “No hay camino, se hace camino al andar”[14].

 

 

Conclusiones

Después de este recorrido por algunos de los temas más relevantes de la obra de García Calvo, no podemos resistirnos a la tentación de hacernos algunas preguntas:

¿Por qué un pensamiento como el anarquista, que predica la liberación humana sigue permaneciendo en la actualidad dentro del ámbito de lo marginal?

¿Qué es lo que nos impide lanzarnos a la búsqueda de la libertad total humana?

¿Por qué nos empeñamos en hacer remiendos a este sistema en vez de plantearnos la necesidad de una visión radicalmente nueva de la política?

Quien parece darnos un poco de luz a estas preguntas es el español Pedro García Olivo, autor entre otras muchas, de una obra titulada El enigma de la docilidad. En ella sostiene que estamos avanzando hacia un modelo de sociedad y de gestión política al que denomina “neofascismo” y que se caracterizaría “en lo exterior por la beligerancia (afán de hegemonía universal) y en lo interior, por una enigmática e inquietante docilidad (letargo del criticismo y de la disidencia), circunstancia que haría casi innecesario el actual aparato de represión física al ejercer cada hombre, en suficiente medida, como un policía de sí mismo”[15]. La tesis de García Olivo es que el agente principal del hundimiento en el conformismo de los hombres de las sociedades democráticas occidentales no es otro que la Escuela, que actúa al lado de las restantes instituciones de la sociedad civil para forjar y reproducir esta docilidad, que impide que nos cuestionemos sobre el orden social vigente.

Por otro lado, y en la misma línea de las preguntas que nos hemos formulado líneas más arriba, también cabria plantearse, tal como lo hacen Francisco Fernández Buey y Jordi Mir en un artículo muy revelador, si es tan malo ser antisistema. Para estos dos profesores de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona resulta difícil de entender que, en la situación en que estamos, antisistema siga empleándose como término peyorativo. Lo expresan con estas palabras:

“Si analizando la crisis se llega a la conclusión de que el sistema es malo y hay que cambiarlo, no se ve el motivo por el cual ser antisistema tenga que ser malo. El primer principio de la lógica elemental dice que ahí hay una incoherencia, una contradicción. Si el sistema es malo, y hasta rematadamente malo, lo lógico sería concluir que hay que ser antisistema o estar contra el sistema”[16].

De nuevo, estos dos profesores nos ofrecen más pruebas de que hay algo que nos impide actuar con sentido común, es decir, que hay algo que nos hace permanecer anclados en la barbarie de un mundo cada día más inhabitable. Por eso estamos convencidos de que obras como la de García Calvo son un buen antídoto para contrarrestar esta falta de sentido común.

Para ir terminando añadiremos que es innegable que pocos como García Calvo nos muestran con tanta transparencia las fisuras del modelo democrático liberal y la mentira que se esconde detrás de la mal llamada “Sociedad del Bienestar”. En este sentido el pensamiento de García Calvo es tremendamente útil para que sociedades que están en construcción tomen conciencia de que el modelo del Bienestar no es el más adecuado para alcanzar una existencia digna y en libertad. Sin embargo, hay que reconocer que es difícil escapar a la fascinación que este modelo produce. Nada mejor que estas palabras de nuestro autor para ilustrar lo que estamos diciendo:

 “Pienso sobre todo en la fuerza del Ideal que mueve a los millares de chicos y chicas de las afueras del Desarrollo a arrojarse como sea aquí dentro, como al Paraíso, a entregarse al Dinero Salvador (…) Tal es la fascinación del Reino sobre las crías de sus alrededores; y sólo los fantasmas fascinan de ese modo. Aquél que, viendo la fuerza de la ilusión monstruosa en esos corazones de los arrabales, no sepa reconocer en ella, como en un espejo, la ilusoriedad, falsedad y tiranía del Estado de Bienestar en que nosotros nos agitamos, ése es que se ha quedado ya del todo ciego y sordo, apto para tragarse todos los sustitutos de la vida y la razón”[17].

 

 

NOTAS

* Universidad Autónoma de Madrid
1 Savater Fernando, Mira por dónde. Autobiografía razonada, Madrid, Suma de Letras, 2004, pág. 211.
2 García Calvo, Agustín, ¿Qué es el Estado?, Barcelona, Editorial La Gaya Ciencia, 1977, pág 72
3 García Calvo, Agustín, Contra la paz, Contra la democracia, Editorial Virus, 1993, pág 24.
4

García Calvo, Agustín, Ibídem, pág 36

5 García Calvo, Agustín, Contra el hombre, Madrid, Fundación de estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, ág 36.
6 García Calvo, Agustín, Análisis de la Sociedad del Bienestar, Zamora, Editorial Lucina, 1993, pág 32.
7 Ibídem, pág 39.
8 Ibídem, pág 68.
9 Ibídem, pág 92.
10 Ibídem, pág 93.
11 Ibídem, pág 134.
12 Ibídem, pág 135.
13 Ibídem, pág 159.
14 García Calvo, Agustín, Contra la paz, Contra la democracia, Editorial Virus, 1993, pág 58.
15 García Olivo, Pedro, El enigma de la docilidad, Valencia, Editorial Abecedario, 2007, pág 8.
16

Fernández Buey, Francisco y Mir, Jordi, “¿Es tan malo ser antisistema?” en diario Público (4/10/2010).

17 García Calvo, Agustín, Análisis de la Sociedad del Bienestar, Zamora, Editorial Lucina, 1993, pág 152.

 

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