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DE LA CONTRAPOETICA
A LA NARCOCULTURA
EN UN SOLO VIAJE

HERIBERTO YÉPEZ

 

 

“¿Un Mal viaje? Todo este país, todo este mundo está en un mal viaje. Pero te arrestan Si te sorpren­den tomando una pastillita.”

Charles Bukowski

Dos cosas cantan los poetas con fervor aunque raramente las han probado: las mujeres y las dro­gas. Los teólogos no dejan de discutir los atributos de Dios, pero nunca lo han visto. Los poetas, asimismo, no creen necesario utilizar drogas para dedicarles tratados y odas. Si es cierto que Baudelaire sí le hizo machín hachís y lo propio con el opio, es más cierto que su obra Los paraísos artificiales deriva más del Confesionario de un opiómano inglés de Thomas De Quincey que de sus propios viajes químicos. En Latinoamérica ocurre algo semejante. Octavio Paz para meditar sobre la relación entre poética y sustancias pro­hibidas no describió sus propias experiencias (que no fueron sobresalientes), sino que recurrió a las de Michaux. Uno de los pocos desprecios que un poeta ha infligido a las drogas es -tenía que ser- ­la del tajante intransigente Jorge Luís Borges: "En mi juventud probé la mescalina y la cocaína pero enseguida me pasé a las pastillas de menta, que me parecieron más estimulantes." Es visible que esta desacreditación de la mescalina y la coca tam­poco requirió verdaderamente de su consumo. Lo de Borges es un disparate bastante divertido, pero un disparate que no sabe lo que afirma, uno de tantos desatinos argentinos.

Lo más sensato que se ha dicho sobre el uso inte­lectual de las drogas lo proclamó el crítico Walter Benjamín que en 1928, a pesar de ser marxista y benjamin en esto, le entro al hachís en Merseilles: "Ni la más apasionada investigación del trance con hachís nos enseña acerca del pensamiento (el cual es eminentemente narcótico) la mitad de lo que nos enseña la iluminación profana de pensar acer­ca del hachís." Idea que podría desembocar en sospechar que las mejores crónicas de viajes alucinógenos han provenido de aquellos que nunca los hicieron verdaderamente, de aquellos seden­tarios que simplemente imaginaron la travesía. Lo cual es una hipótesis atractiva no por sobria sino por fumada. Una de esas ideas que sólo se le podrían ocurrir a alguien que se ha metido algo para ponerse bien arriba.

Es indiscutible que las drogas no son el único medio para tener un trance o un éxtasis. También existe el viejo recurso del buen orgasmo (en un trío, por medio de la masturbación o incluso con tu pareja). Pero si recordamos un poco, también el orgasmo ha sido una terapia químico-psíquica de la que se ha tratado de alejar a la población, a través de la propagación de todo tipo de mitos, mitotes y mítines. La historia del discurso contra el goce, desde la represión del orgasmo femenino hasta la prohibición de los alucinógenos, es una sola historia, la misma historia. "No tocarás el clítoris o la Amanita Muscaria" (pues los dos son apasionantes diapasones en forma de hongo que con sus sabrosas vibraciones despiertan la fuerza femenina del cosmos). Las instituciones quieren conducir al individuo hacia la insensibilidad, hacia la teledependencia. Los Estados y las Iglesias orga­nizadas no quieren que los hombres los rebasen por medio de experiencias neuronales intensas. Yo mismo he encontrado que contemplar detenida­mente, por ejemplo, una serie de fotografías de Antonin Artaud o Williams Burroughs,  puede producir una excitación adrenalínica semejante a la contemplación de la más exquisita pornografía lésbica. Cierta proganda mexicana contra las drogas promueve la idea de que "el rostro de las drogas" es "el rostro de la perdición", pero pocas cosas pueden transtornarnos tanto como la irresistible hermosura que produce la degradación. Observar sistemática­mente una serie de retratos del adicto Artaud pro­duce trances, tal como nos inquietaría atestiguar su teatro de la crueldad o nos produciría visiones meditar usando un mándala budista. Ver fijamente un álbum del asesino Burroughs conduce a esta­dos místicos y a la más intensa euforia. (Desgraciadamente esos álbumes de lujo cuestan más caros que una dosis de coca.) Este trance lo puede acarrear no solamente porque el padre del alucine beat y del hiperverismo punk escribió lo más crudo que ha dicho un literato sobre las drogas, sino además porque su rostro viene del otro mundo a donde nos llevan las drogas. La intoxicación de su espíritu hace posible la hermosura iniciática y per­turbada que tienen las caras de los hombres que alucinan. Lo mismo ocurre con los adictos calle­jeros (junkies, teporochas, tecatos, chemos, heroinómanas), que tienen los rostros más inolvidables que uno pueda ver en una ciudad con millones de habitantes.

A propósito de Artaud, el trashumante de la Tarahumara (que probablemente sólo imaginó todo lo que describe sobre el mundo rarámuri, pues no hay pruebas de que en realidad haya puesto pie ahí), podríamos citar extensamente sus admoniciones sobre la adicción, la legalización de las drogas y la condición humana: "Nacimos podrídos de cuerpo y alma, somos congénitamente seres inadaptados; suprimiendo el opio no se suprimirá la necesidad de cometer crímenes… no se impedirá que las almas estén predestinarlas al veneno... la necesidad de tóxicos es innata al alma y esa necesidad inclinaría al hombre a realizar gestos antisociales aunque los tóxicos no existie­ran... todas las leyes, todas las restricciones, todas las campañas contra los narcóticas sólo con­ducirán a quitarles el solvente de sus males a ¿ellos que sufren dolor y necesidad, a quitarles un alimento preferible al pan, el medio final para reintegrarse a la vida."

Artaud (mucho mejor prosista que poeta) fue incluso más lejos que aquellos ilusos que creen que legalizando la droga acabará el crimen que nos rodea. El crimen es indestructible, es tan nece­sario y tenaz como el sexo. Puede ser incluso que la criminalidad sea la única experiencia en que de verdad hemos perfeccionado a nuestros hermanos mayores, los animales. Lo que alega Artaud, lo que alega la contrapoética, es la imposibilidad de suprimir el lado oscuro de la existencia y de que en esa oscuridad aveces las drogas son la única fuente de iluminación.

Si los poetas, defectuosos herederos del chamán, defienden el consumo delirante o inteligente de las drogas, incluso cuando no las han consumido real­mente o las prueban muy excepcionalmente (y habiéndose persignado antes), es porque el con­sumo de sustancias que alteran la percepción habitual forma parte central de una eterna contrapoética que busca ensanchar el área de la con­ciencia. La contrapoética ha sido, históricamente, un discurso de resistencia cultural elaborado por los poetas experimentales que se enfrentan a los valores anquilosados de su sociedad. (Los poetas malditos, los vanguardistas europeos, los contraculturales americanos y los antipoetas del tercer mundo.) Las drogas, como el erotismo radical o la revolución política, son riesgos por los que la con­trapoética siempre tendrá que apostar, no importa que frecuentemente conduzcan al fracaso o a la autodestrucción.

Los últimos profetas de la droga (Castañeda, María Sabina, Hofmann) que reiteraban que ésta podía cambiar la conciencia (la tesis ya manejada por la contrapoética, desde los sabios del Soma hasta Coleridge, desde Huxley hasta la peyotera Iglesia Nativa Americana), quedaron desarmados cuando terminó el sueño de los años sesenta (una de las señales del fin de esta ilusión fueron las muertes por sobredosis de los principales poetas del rock). Al mismo tiempo, los gobiernos y el mercado advirtieron que el uso de las drogas era un estu­pendo negocio y además hacía más torpes (manipulables) a cientos de miles de Monos Sapiens. Las drogas no ya como ocultismo poético, sino como negocio redondo. Entonces el FBI secreta­mente infestó los barrios negros con cocaína de mala calidad durante la última parte del siglo XX o el Partido Revolucionario en México clandestinamente dio todas las facilidades al mercado nacional de farmacodependencias, sabiendo que la mejor aliada que tiene la televisión para evitar que la gente despierte y se rebele es la mariguana barata, el cristal con veneno de ratas, la heroína en ruinas, el tabaco arreglado o la cerveza Tecate. A la mayoría, la droga no los conduce a la sabiduría, sino a la imbecilidad. (Destino al cual, de todos modos, iban a llegar tarde o temprano.)

Durante el fin del segundo milenio, la época romántica de la droga terminó dentro del mundo intelectual, aunque en esa misma época comenzó su esplendor en la cultura popular, del gansta-rap al narcocorrido. ¡Arriba la narcocultura! El imagi­nario popular mexicano, por ejemplo, fue seducido oportunamente por la asociación de los churros cinematográficos de Mario Almada y los corridos de narcos y mojados compuestos por Los Tigres del Norte (dos géneros narrativos que revitalizaron a la épica, como ya ningún escritor podría haberlo hecho). El mega-narcotraficante, el dealer de ba­rrio, el júnior guardaespaldado y hasta el burrero aventado son los nuevos héroes culturales, los únicos modelos a los cuales conviene aspirar. Hemos llegado al momento en que el ídolo máximo de todos sería un narcotraficante que enfrentara judiciales y contrincantes, portando capa y más­cara de luchador. ¿Por qué el divino narcotraficante llamado "El Señor de los Cielos" se convirtió en el hombre más admirado de México? ¿Por controlar el espacio aéreo internacional? ¿Por ser tocayo de Jehová? ¡No!: porque tenía nombre de luchador. Era el ídolo perfecto para una afición nacional defraudada por el bando de los técnicos (especial­mente por los tecnócratas) y convencida de que para salir de la miseria hay que apoyar al contra­bando de los rudos. Estar en su esquina aunque sea en la esquina vendiendo psicotrópicos para salir de la pobreza a la que nos condenan los políti­cos y de la que parece rescatarnos la venta ilegal de narcóticos.

Pero no solamente los "jodidos" idolatran al nar­cotraficante. Hay narco-arquetipos para todas las clases sociales. En ellos converge todo lo que tradicionalmente se le atribuye al superhombre: mujeres, dinero y valor; además de que poseen el mayor afrodisíaco del mundo: ser hombres perseguidos por la Ley. Lo cual, por cierto, es una falsa apariencia (el narcotráfico ha comprado todos los poderes mundiales, es bendecido por todas las agencias transnacionales, sea el Vati­cano, Los Pinos o Hollywood). Todo lo ha comprado: funcionarios, periodistas, compositores de co­rridos. (Puede incluso que algún cártel esté pagan­do este texto.) ¿Por qué el Apocalipsis se canceló a última hora?: porque siendo perjudicial para los negocios del narcotráfico se llegó a un jugoso acuerdo con Dio$$$... Todo lo ha comprado. Si muchos escapan a la drogadicción, no mucho escapan a la narcocultura, incluso los nuevos rarámuris de la Sierra Tarahumara, amantes de ele­varse con el híkuri, ahora son fumadores y culti­vadores regulares de mariguana mestiza (léase la revista Proceso núm. 1210). El narcocorrido, hasta hace unos años condenado por las estaciones de radio, ahora es producto estrella de la industria disquera y televisiva, la industria de la felicidad democrática y dominical.

El auge de ciertos aspectos de la narcocultura como escuchar música "norteña" o vestir "como un narco" puede ser, de hecho, un buen antídoto para que muchos se alejen de las drogas. La parafernalia comúnmente sustituye a los actos. Cuando muchos jóvenes empezaron a adoptar la vestimenta que los diarios londinenses atribuían a los "punks" y a escuchar la música que las revistas comerciales señalaban como música "punk", empezaba ya la decadencia del auténtico mundo punk, su verdadera posibilidad revolucionaria. Su apropiación a manos del sistema. El gansta-rap, si bien es una manifestación de la narcocultura afroestadunidense, es un producto comprado mayoritariamente por jóvenes blancos que ni pertenecen a pandillas ni compran drogas. El suyo es un consumismo comercial que sustituye al auténtico consumo de drogas. Así también la adopción de la imagen de la narcocultura por la clase media mexicana seguramente será en sí todo lo que la clase media se acercará a las drogas. Comprarán algunos discos compactos de los Tucanes de Tijuana (que no son de Tijuana), se emocionarán viendo algunas películas e irán a restaurantes de mariscos con tecnobanda vesti­dos, como la ocasión amerita, de sinaloenses bravucones. Cierta narcocultura podría ser mejor remedio contra el uso de las drogas que el lema de Nancy Reagan "Just Say No" (que anti-traducido al caló de Cervantes sería "Nomás di que más").

Pero por ahora el narcotráfico ha hecho que buena parte de la población marginada que, según Artaud, aliviaba sus males con la morfina, esté ahora más hambrienta y pendeja debido a ella. Las drogas ya no son esencialmente vistas como una vía de enriquecimiento espiritual, sino de lucro material. Ha quedado muy lejos la época poética en que la drogadicción podría ser claramente con­siderada una actitud superior del espíritu. Ahora es un catalizador del Nuevo Orden Mundial.

El combate a los estupefacientes es, como todos los problemas centrales de la actual civilización mundial, un problema acerca del control que los Estados quieren ejercer sobre las visiones y com­portamientos de los individuos. Las drogas son, pues, un asunto de la geopolítica y la metafísica. La lucha contra ellas, nacional o internacionalmente, no es sino un buen pretexto para que los gobiernos cada vez intervengan más en las deci­siones que corresponden por naturaleza al indivi­duo singular. Los que menos quieren que su negocio deje de estar fuera de la ley son los narcotraficantes (al legalizarse sus ganancias se desplomarían). De la misma manera, los que menos quieren ganar la lucha contra las drogas son las agencias gubernamentales (que al ganarla perderían su poder estratégico dentro de los Estados, mientras que siendo "derrotadas" pueden seguir aumentando el control policiaco de la población). En nuestro país sabemos que los derechos Humanos casi nunca existen debido a la Guerra Permanente contra las Drogas del Ejército y la Procuraduría General de la República (que solamente respeta el derecho inalienable que toda persona tiene de recibir una tortura lenta e impune y estando presente por lo menos un representante de la Ley); en Estados Unidos los derechos civiles son mermados cada vez más por las acciones cotidianas de la Drug Enforcement Agency (DEA), responsable no sólo de hostigar a las minorías raciales domésticas, sino también de hacer alianzas con dictadores y narcotraficantes latinoamericanos, encaminando sus esfuerzos para que esos dos personajes sean uno mismo, como sucedió con el general Moriega en Panamá.

De una u otra manera nuestros proyectos sociales provienen del poder que el narcotráfico tiene en la sociedad. En México buena parte de la música y cultura popular es la rama más exitosa de la narcocultura. La sociedad está siendo modelada cada vez más por la influencia de los narcóticos. Eso es ieludible. No se trata de una especulación futurológica, sino de una realidad actual. Lo que toca decidir es si lo que va a originar el proyecto social será su venta ilegal a manos de la alianza cárteles-gobierno o si el fundamento del nuevo tribalismo van a ser las visiones de los individuos que las usan. Sobra decir que la segunda alternativa es la única benéfica. No debe combatirse a las drogas, sino al monopolio Estado-criminal que las adul­tera, infla su precio, crea una demanda desinfor­mada y las distribuye irracionalmente.

Las sustancias psicoactivas o enteógenos generan un sentimiento antisocial, antiestatal. Los usuarios se agrupan en pequeños círculos, se marginan. Al salirse de la ley inciden en el anarquismo primitivo. La alucinación antisocializa, lo cual no significa que enajene al individuo de toda comunidad: lo tribaliza. La droga produce tribus. Es de llamar la "atención que la nación indígena a la que más le gusta meterle duro al viaje (los huicholes), sea también la nación indígena que mejor conserva sus tradiciones dentro del territorio asolado por el sistema político mexicano.

A la promoción del mercado y de los gobiernos a favor de las drogas que aletargan el compor­tamiento (el tabaco, el alcohol y la coca cola, antes que todas) se opone un discurso moralizador acer­ca de los alucinógenos. La causa oculta que hace que persevere la guerra contra la bendita aluci­nación es que cualquier sustancia que produzca fenómenos audiovisuales más poderosos que el televisor o el cine será atacada por el sistema. Ciertas drogas son perseguidas porque prueban que la mente humana es cromáticamente más intensa que el televisor. El sátiro Charles Bukowski hizo notar que la televisión y el LSD aparecieron más o menos durante el mismo periodo, pero inmediatamente uno de ellos fue puesto fuera de la ley. (Buen momento para rascarnos el cuero cabelludo y decir "hum, qué curioso".) No hay duda de que los alucinógenos fueron ilegalizados sencillamente porque constituyen una competen­cia destructora de las cadenas de televisión y la industria de la distracción masiva. Es un hecho verificable que la cannabis pura ha sido sustituida por especies comerciales de mota chafa porque la primera prueba que el significado de los objetos no es proporcionado por la Publicidad, sino por su visión y tacto durante un buen toque. Si hay cam­pañas internacionales de desprestigio contra algu­nas sustancias es porque éstas debilitan precisa­mente instituciones como la Publicidad. La aluci­nación de origen vegetal desacredita todas las instituciones tecnológicas dedicadas a regir la fan­tasía de la sociedad post-industrial. (¿Pero por cuánto tiempo el peyotazo seguirá siendo más potente que la realidad virtual?) Bajo la influencia de las plantas-de-poder sencillamente adquirimos el tipo de visiones que ordinariamente tienen las plantas. En esto consiste la revolución verde de la mente. La secreta conciencia vegetal es aluci­nante; al ingerir sus elementos psicoactivos aluci­namos como las plantas. Pero esta humilde identi­ficación con la conciencia vegetal es la conducta que escandaliza tanto a la medicina científica y la policía federal. Además, el viaje alucinógeno es la única evidencia concreta de que el alma existe; pero la existencia del mundo interior es una idea subversiva, contraria a los principios de la Globalización.

Si ciertas drogas han sido puestas fuera de la Ley es primordialmente para conservar las ganancias y privilegios que genera esa prohibición. Para con­servar esa situación se ayudan de la hipocresía judeocristiana y de la propagación de todo tipo de mitos. ¿Nos hemos dado cuenta de que los mitos que antes se usaban en torno a la locura hoy se reciclan para esparcirlos en torno a las drogas? En los centros de rehabilitación (expresión que parece sacada de un documento nazi) se trata a los inter­nos como a los locos en los manicomios (lavado de cerebro, sometimiento físico, colectivización, adicción a tranquilizantes y a toda clase de tratamien­tos medievales ante los cuales el electroshock es bastante benigno). Bajo el pretexto de la desinto­xicación se brutaliza a muchos seres cuyo único delito es no gastar su dinero en las mismas cosas que el televidente promedio, es decir, sencilla­mente por faltar a la moral del buen consumidor. La medicina estatal denomina salud a lo que no es más que el promedio nacional de idiotez.

La guerra permanente contra las drogas es una lucha cuyo fin secreto es erradicar cierta clase de individuos (aquellos que hablan de la posibilidad de una iluminación súbita, de un estado frenético de la libido, del carácter ilusorio del contrato social, etc.), a la vez que es una neutralización masiva de jóvenes potencialmente peligrosos a los que se les surte de drogas impuras (inútiles) para así envenenarlos y luego tener un pretexto por el cual condenarlos ante el resto de la humanidad. El discurso contra los drogadictos, es obvio, casi siempre se reduce a ser una forma políticamente correcta de mantener los viejos prejuicios contra las clases bajas y las minorías raciales. Encarce­larlas o repudiarlas bajo el pretexto de las drogas nada más es renovar el permiso que tienen las clases poderosas para despreciar a esas clases inferiores, a esas razas conquistadas, a los Con­denados de la Tierra. El discurso contra las drogas es una perfecta continuación, auspiciada por la Ciencia y el Derecho, del colonialismo; ese discur­so sirve para que el gobierno mexicano convenza a la clase media de que los "sucios" habitantes de las ciudades perdidas viven en la miseria debido a su propia perdición moral (no debido a la corrup­ción del gobierno) o para que el gobierno gringo prohiba a los campesinos de algún país lejano cul­tivar en su propias tierras aquello que los puede sacar de la pobreza en que los ha hundido el impe­rialismo.

Se prohiben ciertas plantitas o compuestos no porque a los gobiernos les plazca prohibir planti­tas y compuestos, sino que al hacerlo en realidad prohiben ideas, culturas y personas non gratas. Lo que quieren es que se consideren ilegales las ideas que generan las drogas en la mente. Des­penalizar ciertas drogas significaría dejar que los individuos imaginen libremente, alucinen nuevas posibilidades de vida y que probablemente esos pensamientos que dejarían de ser castigados por la Ley destruyesen al orden que puede volver a perseguirlos. Un Estado no permitirá que un indi­viduo piense, menos aún que tenga pensamientos extraordinarios, extravagantes o sobrenaturales gracias a su experimentación con las drogas. Controlar las drogas es controlar las neuronas.

Los gobiernos alientan el consumo de malas dro­gas impuras que destruyen el cerebro y las mez­clan en el discurso con las drogas que cambian efectivamente la mente, y luego aprovechan ese caos para controlar más al individuo. En este pro­ceso maquiavélico el Estado no sólo genera ganan­cias económicas, sino que aumenta su dominio sobre el individuo, acostumbrándolo a tomar deci­siones por él, bajo el pretexto de que cuida su salud (¿delitos contra la salud?), su integridad mental y familiar. El Estado es quien permite la caótica distribución de drogas y también quien la condena en casos específicos. Para coronar ese cír­culo convierte a este proceso en un espectáculo que mantiene entretenidos a los televidentes. El narcotráfico es un negocio redondo y una política perfecta para los Superestados actuales.

La contrapoética tuvo su climax a mitad del siglo. Ese climax fue la obra psicodélica de Ginsberg, cuyo largo poema "Howl", inspirado en un viaje con peyote, es el más intenso de la poesía moder­na. No es una casualidad que alguien que experi­mentó con todo haya resucitado la poesía visio­naria de Occidente después de la II Guerra Mundial, la noche más honda que ha sufrido la humanidad. La contrapoética defendió, consolidó y popularizó la opinión de que ciertas sustancias naturales y sintetizadas agudizan la mente y nos transfiguran, nos alteran (nos convierten en nuestro-otro). Pero el narcotráfico y los porcentajes de adicción embrutecedora ponen en aprietos esas revelaciones. "Ninguna droga puede expandir la conciencia: lo único que una droga puede expandir son las ganancias de la compañía que la produce", escribe el desencantado pospsiquiatra húngaro Thomas SAS (quien, por otro lado, no cree que ningún consumidor de heroína deba ser objeto de rehabilitación: la automedicación de estupefa­cientes no es una enfermedad).

A la vez que el control de su cultivo y venta es una de las amenazas principales contra el cuerpo y ciencia del individuo, es indudable que las dro­gas son la única fuente de poder a la que el indi­viduo puede acudir libremente. De ahí que la única ideología sobreviviente de un siglo que desahució a todas las utopías sea la narcocultura. Un don nadie marginado, nacido en ningún lado, puede obtener mujeres y dinero metiéndose al negocio de la droga. La especulación con los narcóticos le devuelve el poder que las castas capitalistas le quitaron aun antes de nacer. Lo mismo ocurre con el individuo pensante que aun bajo el efecto de la cocaína recobra un sentimiento de poderío no sólo sexual sino psíquico; bajo el efecto de la ayahuasca recuerda que es siervo de los dioses y sus embajadores oficiales en la tierra (los animales) o el fumador de mariguana silvestre que retorna el animismo al mundo de los entes en la naturaleza o en las habitaciones humanas. Las drogas demues­tran que la imaginación y los sentidos del hombre son poderosos, pequeñas divinidades del gran placer y la percepción infinita; demuestran que las facultades neuronales del hombre casi siempre están dormidas, pero pueden ser despertadas, incluso con fármacos. Es cierto que no hay drogas que cambien la mente, pero es innegable que hay individuos que cambian su mente con las drogas. Las drogas han regresado el pensamiento mágico al cerebro, al cuerpo y al mundo. Eso las vindica absolutamente.

 

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