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CERDO PURA SANGRE Y OTROS TEXTOS

Diana Mariela Zavala Reyes *

 

Siento a mil insectos por ahí, sospecho que la tengo dulce, si dejo el calzón tirado se llena de hormigas, como los platos sucios con restos de pan y mermelada, como la cucaracha muerta que cientos quieren llevársela en peso. ¡Ay!, acabé las fantasías y no menguan las ganas. Todo es obra de la luna, la bruja convirtió mis limones en  naranjas y me dejó en el cachete un grano que se inflama cada vez que pienso en lo que me hiciste (y en lo que no) ¿Se te para con ella?, o el banquete es el de siempre: bañarla de crema batida, pasarle la lengua, devorar la fresa  y llegar en solitario al clímax cuando te entra la aguja en la flacidez del vientre, ¿pensaste alguna vez en lo que yo sentía, ahí inmóvil como bicho panza arriba? Dicen que el orgasmo de los cerdos dura media hora, es el tiempo en que te hacía efecto la insulina.


Abejorro te acomplejaba mi cintura de avispa. Conmigo apagabas la luz para no ver la costilla. La escogiste bien, ella te endulzará la sangre,  alimentará tu vicio,  sentirá compasión por tu soldado caído,  y si algún hoy se calienta,  esconderá el milagro antes de que Dios la vea desde su lecho de nubes.  No, no es un ángel asexuado, es frígida. La conozco desde el catecismo y créeme la jodió la religión. En esos caminos hasta revisarse el moco es pecado, a tiempo me sacudí los estigmas,  menos el mandamiento ama a todos, no te importe la raza,  y de comedida le agregué ni el peso, ni la edad, ni la peste. Yo quería cuidarte con aceite de oliva y lechuga, yo habría dado un riñón por ti. ¿Y si con ella puedes dar? , ¿y si contigo ella puede recibir?, de pensarlo me brota una vena en la cabeza. Quizás han trascendido la carne, no se abrazan en cuerpos, se abrazan en espíritu. Su obesidad compartida me aplasta.

El cielo alumbra mis huesos, murmura tu sentencia: <<No digas que no te di en abundancia. Me cansé de comer tu monte, no quiero más gallina flaca>>. ¡Vanidoanimal!,  ¿qué te crees, cerdo Pura Sangre?

No te llevaste una estrella, cada mujer es varias lunas. La redonda no se llena,  quiere un cuerpo para cubrir sus huecos, pide sangre y los cuchillos me sonríen. Calma, de mi padre aprendí que a los cerdos se los capa de un tajo, en creciente.

¿En noches como esta, no se te alborota la solitaria?

El plenilunio marea, hace que hable sola, agita mis aguas, suelta a los pulpos. Tengo  tristeza y ganas, rabia y ganas, antojos de mango y sal, ganas de que algo entre, ganas de que esto salga.  

Auuuuuuuuuuufffffff

Llueve en mi lobociclo.  

 

 

LA CHAMBONA

Tan separadas tiene las piernas  que los muchachos juran  que un chancho salido de charca puede  pasar sin ensuciarlas. Ignacia es su nombre, según la partida de nacimiento, pero el pueblo la bautizó Chambona, quizás por ser hija de una retardada y por el aspecto. No creo que por  analfabeta,  en esta sabana abundan  iletrados y no los llaman chambones. En su pelo estropajo florecen liendres, de vez en cuando se mete mano y extrae un piojo,  con extraño placer sonríe cuando las uñas de los pulgares se manchan de sangre. Es blanca, robusta, ojos amarillentos, caminar torpe. Una catequista se impuso la misión de enseñarle a leer y escribir para que pueda estudiar la biblia. Pronto acabó la fe que alguna vez le puso. La Chambona logró apenas dibujar el nombre y la maraña complementaria de su firma.
Del catecismo oral memorizó  lo imprescindible para meterse en el rebaño de la Primera Comunión.   ¿Renuncian al pecado?

  • Sí renunciamos.
  • ¿Renuncian a Satanás?
  • Sí renunciamos.
  • ¿Creen en Cristo?
  • Sí creemos.

La Chambona treintañera fue la atracción esa mañana de sacramento. Feligreses del chisme llegaron temprano al templo. Cuando apareció,  los muchachos miraron sin disimulo sus piernas de alicate envueltas en medias de enfermera.  El ajuar blanco  se lo regaló la catequista, quien  en la ceremonia se convirtió en su madrina,  también le obsequió un par de aretes de oro con la imagen de la virgen y el niño.  Sintiéndose con derecho le clavaba una mirada de vaca cuando la descubría rascándose  debajo del velo.  

  • Doña Melchora,  ¿Si  sabe que la Chambona se hará monja?
  • ¡Por los clavos  de Cristo!
  • Así dicen, por eso el afán de la catequista para que haga la comunión.
  • Escuché  que está desesperada por irse varios meses a un retiro, pero  que los religiosos de la ciudad  no la quieren recibir porque su madre loca se quedaría sola.  Monja  lo dudo,  que yo sepa en los conventos no se aceptan analfabetas, además ya está vieja para empezar.

 

Era la segunda vez  que  se hablaba de alguien en  plan de boda con luna célibe. La primera fue Melchora, quería ser monja para no soportar lo que su madre: preñarse,  parir, dar leche, dar pena una y otra vez. Su padre abandonaba el lecho marital tan pronto se le abultaba el vientre, las piernas se volvían varicosas y se manchaban las mejillas.  Sabía que las monjas se casaban con Dios, todos decían que Él era bueno y por eso anhelaba unírsele.

Doce años tenía Melchora cuando empezaron a levantarse los capullos. Su madre le pasaba una plancha fría todas las mañanas, le ponía en la aureola escarabajos toritos. De generación en generación las madres alimentaban la creencia de que los cuernos del insecto  podían devorar  la semilla de las tetas.  Nada era más indigno que una niña tetona. Cosas de la naturaleza o de los trucos, los senos no pasaron del tamaño limón.  

Cada vez que su hombre le recriminaba ser tan plana, sentía por su madre un rencor frío como el acero que la planchó.

Melchora se hizo de marido cuando los pechos no le terminaban de salir. Sus padres esperaban que creciera un poco para dársela a un ebanista viudo.  El viejo conquistó a la multípara con regalos comestibles y al engendrador con galones de aguardiente. Hasta sus hermanitos  decían en los desayunos abundantes: Ñaña hazle caso a don Régulo.

-No te apures Melchita, no irás a misa.
-Pero ¿por qué mamá?
- Alguien debe quedarse en casa, hoy don Régulo vendrá a instalar la ventana que tanto has reclamado para tu cuarto.  Cuando pase la procesión de Santa Teresa ya podrás poner velas.
-Justo hoy que toca la única misa del mes. Dicen que vendrán unas monjas Carmelitas.
- Hija, las Carmelitas no se dejan ver, no te perderás de nada.

Aquel día del Señor en que don Régulo, contra la pared y la voluntad, le agarró el trasero con la mano carente de dos  falanges,  renunció a su idilio con Dios.  Al anochecer,  besó al Cristo en la cabecera de la cama y estrenó la ventana. Se escapó con el chico que le cedía el asiento en la iglesia, el que daba fuego a sus cirios.

 


                                                                                  ***

Mírenla,  ya está tetonota

                                                                                            Hasta ahí le llegó el catecismo

Esa era la desesperación por largarse de retiro
                                                               Salió con su domingo 7
                                                                                            Por los clavos de Cristo
La sinvergüenza  no quiere decir quién es el padre
                                                                                           Tal vez ni sabe
                                                         La muy chambona

Parió un lluvioso 29 de febrero. Los muchachos alumbraron un acertijo.

-¿Cuál es el colmo de una chambona?

Respuesta: Dar a luz en año bisiesto y esperar a que llegue el 29 de febrero para celebrarle al niño  su primer año.

El sietemesino se parecía a todos y a nadie. En su boquita no entraba el pezón, recibía el elixir materno desde una mota de algodón que Chambona exprimía con poco tino y paciencia. Sus pechos eran inmensos como el dolor de la leche represada.  

- Muchacha debes  guardar cama los 40 días. El niño está  tiernito así que  mantenlo envuelto para que termine de cuajar-   recomendó la partera al marcharse con su estampa de San Ramón Neonato.  A la abuela debutante no le dijo nada. Ella reía en una esquina,  con la misma risa que llevaba a los cortejos fúnebres.  

No hubo quemado ni respuestas para las visitas. Las mujeres que fueron a ofrecerse para lavar ropa, matar la gallina, atender al chiquillo, regresaron  a sus casas  sin saber del padre, odiando la mudez de la Chambona y la risa enferma de su mamá. Por los caminos fangosos soltaron las lenguas.
   
Ahora que se las arregle sola
                                                  
                                                                       Me da pena esa criaturita

Con ese par al cuidado hasta se puede morir
                                                                                              O al menos llenarse de gusanos
                                                                                   
                                                                            Tal vez  es chamboncito  

Pero no se quedó sola, dos hombres la asistían con la esperanza de administrar la pensión por discapacidad que el Gobierno daba a la loquita, y el bono que pronto cobraría como madre soltera. Uno llevaba a su púber hija para el aseo de la casa y el bebé. Otro  hacía la comida y auxiliaba en la tarea de alimentar al chiquillo gota a gota. Chambona pasaba dentro del mosquitero, apenas estiraba  las manos para recibir los obsequios de estos hombres,  y entregar el frasco con leche recién sacada.  Pronto estallaron los rumores de que vivía con dos  casados, determinar quién  era el padre del niño pasó de especulación a apuesta. Nadie, en la comunidad de sabidos, imaginó  que Chambona pagó con sus únicos aretes la esperma que la preñó.  El trueque con el comprador de oro fue sellado con sangre.  Como entrada (el día de la desfloración) dio un aretito, el otro cuando la regla se ausentó.  Este negociante, que llegaba al pueblo  una vez por semana, desapareció  al confirmar el embarazo.

Cuarenta días después del parto los vividores comprendieron que ella no aflojaría ni un centavo. Pero uno se quedó en la casa prendado de los senos lecheros;  tan distintos a los limones de  Melchora.  

El tercer lunes de cada mes Ignacia  viaja con su mamá a la ciudad para cobrar el bono, con  extraño placer sonríe cuando en la ventanilla del banco le dan una papeleta y en lugar de la huella dactilar,  dibuja su firma.

 

COITUS CAMERINO

Mi primera vez huele a mierda de cucaracha,  a humedad de sótano.  Llovía aquella mañana,  lo único que a Yumber le quedaba en el bolsillo era la llave de uno de los  camerinos del teatro. Habituado a la negrura bajaba seguro manoseándome las nalgas,  yo a tientas.   Sin dificultad le halló el hueco al candado, pulsó el interruptor, casi convencido de que la bombilla estaba quemada, la luz alborotó a los murciélagos. En las paredes se amaban salamanquesas cantoras, polillas  devoraban el armario, había polvo en las máscaras y en los  transpirados atuendos de personajes.  

-¿Hace cuánto que no limpian?, pregunté asqueada.

-Hace un año, desde la función de despedida.

No pregunté más,  hablar del fracaso de la compañía era recordarle que era un fracasado, recordar que ese sería mi marido.  Tendió una capa roja en el piso y me desvistió con promesas de que ya no dolería.  Dos semanas antes me había roto en una casa de campo abandonada, ese día entró a-penas la punta.  Al ver la sangre me desquicié, hice mía la cantaleta materna sobre la honra.  Yumber calmó mis nervios jurando que se casaría conmigo.  Eso sí, aclaró que era preciso consumar para saber si éramos compatibles.

Un espejo roto reflejó el subibaja de mi primera cópula. No era lo que había deseado, me repugnaban las cucarachas cascarudas, la rata gris, la lujuria de los saurios.

  • Somos compatibles, ¿verdad que sí?
  • Nena, para llegar al altar falta explorar otra ruta. ¿Me hago entender?

Lloré a grandes muecas silentes, para no verlas apagó la luz.  Frustrados murciélagos sobrevolaron la escena sin sangre.

 

* Periodista y escritora ecuatoriana.

 

 

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