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LA FUNCIÓN DE LO ESCRITO EN LA PSICOSIS

ROLAND BROCA *

 

Resumen: Mi propósito no es criticar las conexiones entre la cuestión literaria y la locura, sino interrogar qué hace a la necesidad de escribir del psicótico ordinario, aquel de los asilos de alienados, y no estos de los salones literarios. La pregunta es la siguiente: ¿cuál es el punto en común entre todos esos logógrafos, entre las cartas al Procurador de la República del paranoico reivindicador y querellante, al Príncipe o a la bailarina estrella de la erotómana, los escritos científicos, fantásticos o místicos del parafrénico, genealógicas del interpretador filial? Están, seguramente, a años luz, sobre el plano de la escritura, de la obra de Jean-Jacques Rousseau o de la de Antonin Artaud. Y sin embargo, por fuera de su común locura, algo esencial los acerca, su relación con el lenguaje y el escrito.

 

Palabras clave: psicosis, escritura, lenguaje, lengua, texto,

I-Una psicosis “lacaniana”
El psicótico, ya sea esquizofrénico o paranoico, escribe, es un hecho largamente probado. Pero ¿escribe como cualquier otro, o bien su escrito tiene una función especial que calificaría su locura? El escrito psicótico revela especialmente algo de la estructura misma del escrito: en el sentido, por ejemplo, en que la psicosis, según el adagio lacaniano, es la estructura por excelencia en cuanto que pone en evidencia, de una manera particularmente ejemplar, la estructura misma del significante, hasta el punto extremo de su emancipación alucinatoria.

Este hecho no había escapado a los autores de la clínica clásica (1). No escapa tampoco a la clínica psicoanalítica, que pone particularmente en relieve esta connivencia del escrito y de la psicosis. Freud, en su primer estudio de la paranoia, para el cual toma apoyo sobre las Memorias de un neurópata del presidente Schreber, de donde extrae la retórica con las cuatro proposiciones gramaticales que traducen las cuatro modalidades esenciales de esta entidad.

Allí muestra que la locura es ante todo asunto del lenguaje, y que su estructura tiene la más estrecha relación con la estructura misma de la lengua – haciendo al mismo tiempo de esas Memorias una obra canónica, de referencia obligada para todo estudio de la psicosis.

Lacan, a su turno, acentúa la prevalencia del escrito en la psicosis, a partir de su trabajo prínceps sobre los “Escritos inspirados”, luego sobre casos de esquizografía. El análisis de manuscritos de Aimée será el objeto de su tesis sobre la Psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad.

Aporta a continuación su contribución a los estudios schreberianos en la “Cuestión preliminar (...)”(2), y produce sus últimas reflexiones, sus últimas avanzadas teóricas en ese dominio, a partir de un comentario de la obra de Joyce, demostrando que la escritura constituye allí un escudo protector eficaz ante la eclosión de una psicosis sin embargo manifiestamente inscripta en su estructura subjetiva.

En el campo freudiano de las psicosis, podemos sin abusarnos hablar de una verdadera clínica del escrito.

Sin embargo, mi propósito aquí no es criticar después de tantos otros las conexiones entre la cuestión literaria y la locura, sino interrogar qué hace a la necesidad de escribir del psicótico ordinario, aquel de los asilos de alienados, y no estos de los salones literarios.

La pregunta es la siguiente: ¿ cuál es el punto en común entre todos esos logógrafos, entre las cartas al Procurador de la República del paranoico reivindicador y querellante, al Príncipe o a la bailarina estrella de la erotómana, los escritos científicos, fantásticos o místicos del parafrénico, genealógicas del interpretador filial? Están, seguramente, a años luz, sobre el plano de la escritura, de la obra de Jean-Jacques Rousseau o de la de Antonin Artaud. Y sin embargo, por fuera de su común locura, algo esencial los acerca, su relación con el lenguaje y el escrito.

 

El escrito bajo transferencia

Sostendré la presente demostración de un caso de mi práctica psicoanalítica de psicosis, el de una analizante cuya particularidad, además del interés de ser la versión femenina del presidente Schreber, reside en aquello que, desde el desencadenamiento de su psicosis -que se produce, subrayémoslo, luego de sus primeras entrevistas con un psicoanalista, en 1972- se pone a escribir. Desde entonces no ha cesado de dedicarse a esta actividad. Su producción cubre actualmente cerca de 16000 páginas, repartidas en una veintena de volúmenes  cuidadosamente catalogados.

Es mi analizante desde hace seis años. En el curso de los tres primeros años, la vi a razón de una, luego dos entrevistas psicoanalíticas semanales cara a cara. Al final de esos tres primeros años, ella me demanda hacer un psicoanálisis en la forma protocolar standard, recostada sobre el diván, a razón de tres sesiones por semana. Yo consiento a ello. Este análisis se continúa actual mente  en las mismas condiciones. Antes de consultarme, ella fue seguida sucesivamente por tres psiquiatras-psicoanalistas de formación kleiniana, siendo necesario  debido a su estado, durante un período que se extendió por siete años, numerosas hospitalizaciones.

La actividad de escritura comienza de golpe, y presenta la particularidad y el interés de cubrir enteramente el desarrollo de la cura: relato autobiográfico, elaboración “científica”, construcción del delirio, relación de la instauración de las transferencias y de su desarrollo, sus diversos géneros son constantemente entremezclados, anudados entre sí de forma idéntica a aquella en que se anudan lo imaginario y lo real de su goce.

Tampoco faltó la intención, más allá del testimonio, en su dirección a la Humanidad como destinatario, de hacer progresar la comprensión de la locura, de horadar sus secretos, y de hacer así avanzar la teoría y  el tratamiento de las psicosis. Una parte no despreciable de los Destinatarios estará constituida por cartas a los diferentes psicoterapeutas que la trataron, cuatro en total. Se trata entonces, de escritos ligados a la transferencia, escritos bajo transferencia. Un último tipo de Destinatario es el “lector desconocido”, que viene allí en lugar del significante cualquiera de la transferencia, Sq. Toda una parte de esta actividad de escritura, que se practica en secreto, es confiada al Secretario (3). Su marido, en efecto, alertado por los psiquiatras que la curan, se ha encargado de prevenirlos ante la menor señal de grafofía, con el propósito de hacerla hospitalizar de urgencia. El escrito, allí, hace signo de la locura, se vuelve el índice peyorativo por excelencia, premonitorio del estado crítico.

 

Una función de depósito

Sus escritos van a salir de la clandestinidad cuando ella viene a consultarme, unos siete años después del desencadenamiento de su psicosis. Es, en efecto en toda confianza que ella me participa de sus temas delirantes y me habla de sus escritos. Me demanda enseguida ser el depositario – o mejor dicho, el vertedero. No solamente recibo con benevolencia su actividad de escritura, sino que la aliento, para su sorpresa, a proseguirla. Me presenta inmediatamente su tesis sobre el tratamiento de la información por el cerebro. Es conveniente, llegado a este punto, precisar que en momento del desencadenamiento de la psicosis, estaba terminando la redacción de un doctorado en informática sobre el tratamiento de texto, y que sostiene su tésis con éxito, durante una fase llamada de “remisión” de su actividad delirante. El trabajo sobre la letra precede entonces a lo que se continuará luego en la construcción de la metáfora delirante. Y podemos adelantar que la formación en matemática avanzada que tenía contribuye, por un tiempo al menos, entre otros factores, a constituir un escudo eficaz a la eclosión de la psicosis, una barrera opuesta al desencadenamiento del goce.

En efecto, nada más cercano a la letra que las matemáticas, ese juego de pequeñas letras fuera del sentido, que excluye el jouis-sens (goce-sentido) – y produce un cuadriculado del sujeto por el significante y por la letra. El código matemático, extremadamente apretado, hace nudo.

Notemos al pasar que, para muchos psicóticos matemáticos, esta formalización de lo real demuestra su eficacidad protésica (4), aunque más allá de un punto límite de encuentro con lo real – Cantor lo demostró de forma ejemplar – la irrupción de lo real del delirio puede encontrarse en su cita con el discurso de la ciencia.

La solución de continuidad no es evidente entonces, en el caso de mi paciente, entre la función de la formalización matemática durante los años de formación, y el trabajo sobre la letra que se continúa en la elaboración de la construcción delirante. Me hizo falta, por otro lado, un cierto tiempo para remarcar que más allá de la expresión pática de su sufrimiento existencial, las elaboraciones delirantes que ella me entregaba no son de hecho más que reanudamientos de las construcciones elaboradas en sus escritos.

Conviene entonces, situar que es lo que aporta de más, en su Dirección al analista, la dimensión de la palabra.

Al principio, su escrito venía a sustituir a una dirección faltante, en la transferencia frente a los psiquiatras-psicoanalistas que la escuchan con el a priori que se trata de una psicosis maníaco–depresiva de origen genético. Y si, principalmente durante la fase erotomaníaca de la transferencia, les dirige cartas de amor que pueden tomar una expresión lírica comparable a la del Cantar de los Cantares, una gran parte de sus escritos no encuentran la dirección que les conviene, y quedan como “letras en suspenso, (en souffrance) que expresan su ser en sufrimiento : “escribo únicamente en relación con mi mal, como se arranca el dulce hirviente de la vasija que viene de volcarse sobre el brazo... rápido, escribir, o enfermo gravemente!”.

La situación se modifica a partir del momento en que la recibo y en que consiento a servir de dirección a sus escritos, esta función que puede reducirse a la dirección postal, al “buzón”. La función de depósito tiene allí su importancia, depósito en el Otro, desecho también, desperdicio del goce, que ilustra bien el juego de Joyce, retomado por

Lacan en su artículo titulado “Litturatere”(5), sobre letter-litter (carta/letra-basura). Por otro lado, en 1964, durante un control sobre el caso de psicosis en que fui conducido a preguntarle qué suerte reserva a los escritos del delirante del cual yo le hablaba, Lacan me dio ese concejo lacónico: “Tírelos a la basura!” En cuanto a mi analizante, darse cuenta que sus envíos se amontonaban en un rincón de mi biblioteca sin si quiere haber sido abiertos no la molestaba, y no la desanimaba para nada en la prosecución de su tarea.

 

En busca de nombre

Si, según Lacan, la escritura tiene fundamentalmente por objetivo, en Joyce, hacerse un nombre que venga a suplir al defecto del Nombre del Padre provocado por la carencia paterna, esta preocupación no está ausente en mi paciente. Ella busca valorizar su nombre propio, que es un equivalente de deficiente, por el de su marido, que es sinónimo de falo. A continuación sus escritos comportan, en su fase megalomaníaca, el objetivo confesado de horadar los secretos de la psicosis, aportar a la humanidad una teoría genial del funcionamiento del aparato psíquico, en la idea de que la gloria vendrá así a valorizar su nombre.

Ese tema aparece explícitamente en el trabajo delirante del texto, desde una interrogación sobre los orígenes de la nominación a partir de la Génesis – que no puede ser para ella más que la génesis del lenguaje -, hasta una serie de revisiones de la significación de su nombre y, llegado el caso, del mío, que acabarán en una nominación reducida a las iniciales, con las que ella intenta, a través de unas simples letras desnudas de significación, crear un significante asemántico que viene a suplir al defecto del Nombre del Padre. El nombre reducido allí al diseño de un telegrama, que designa, de una cierta forma, el “matema” de su transferencia, que ella escribe, a partir de un cierto momento, en el encabezado de cada uno de sus envíos: JCV -> RB. Notemos que este proceso es equivalente a aquel de los cartuchos  egipcios soportes de los nombres propios que, debido a su transliteración, ofrecieron a Champollion los primeros elementos para el desciframiento posible de la escritura jeroglífica.

El trabajo sobre la letra consiste igualmente en intentar cortar las letras entre ellas creando neologismos, como éternérique para conjugar éternel (eterno) y historique (histórico), por ejemplo.

Por otra parte, la pulsión escoptofílica puesta en juego por la escritura no está ausente. Ilustraré ese efecto del texto sobre el lector con un ejemplo extraído de esos escritos, en donde relata el efecto producido en ella por la Historia de O de Pauline Réage. Se trata del efecto – goce – e incluso del efecto erotomaníaco - del texto: “El Otro goza de mí”-que conduce a distinguir, en ese caso, la posición del lector de la del escriptor. Ella descubre, en los anaqueles de una biblioteca, un ejemplar de esta obra. Fascinada por el texto, se queda una tarde entera leyéndolo de una sola vez, tetanizada, literalmente sacudida de orgasmos a repetición.

 

El capricho del Otro

Se identifica completamente con esta mujer que es el juguete del capricho de todos los hombres. Si ser pegada, para el neurótico, reenvía al golpe significante del Nombre del Padre, esto reenvía más bien en su caso a la pregunta del masoquismo femenino. Pero en su caso, se trata de hacerse juguete del capricho del Otro. Ella testimonia así haber sido más sumisa la capricho del Otro materno que a la Ley de los hombres. Notemos que, figura de Janus, el Padre gozador, en Historia de O, toma también los rasgos de la Madre caprichosa. En efecto, son mujeres–auxiliares, figuras del Otro materno, que reinan sobre ese universo, sobre el modelo bien conocido de las matronas de burdel, ordenadoras del placer de los hombres.

Este goce a repetición, que la invade, la atraviesa, poniéndola en aprietos, es de una cierta forma referido a las palabras impuestas; el texto viene allí como palabras impuestas. Para ella, el fantasma no está constituido, está completamente librada a las fantasías imaginativas del autor del libro.

Encontramos la cara de goce en su texto a través de la tesis llamada de la Tortura-Fetal como causa de la psicosis. Ella construye ese neologismo para nombrar el goce del Otro. El efecto del escrito sobre la economía del goce es descripto como localización, límite espacial al lugar del Otro aportado por la superficie del soporte de la escritura. El escrito se constituye por otro lado como objeto a condensador de goce, de allí el alivio que ella experimenta. Ese objeto fuera del cuerpo del goce, es la mano del cuerpo quien la traza.

 

Función y uso posible del escrito

Pero en verdad, ella, ¿por qué escribe? Para corregir el defecto de escritura inicial, la ausencia de metáfora paterna que, al inicio, no se inscribió en el inconsciente. Le es necesario realizar un encastre de lo real y de lo simbólico, para hacer calzar lo imaginario. El escrito tiene esta función doble de ser a la vez simbólico y real. Encastrar la metáfora delirante hace de punto de capitón. Permite detener el desplazamiento indefinido, metonímico de la cadena significante. Así tal vez, a partir de ese momento, se exprese por la palabra encadenando las significaciones. No está más en el puro automatismo mental. Pues, contrariamente a lo que imaginaban los surrealistas, no existe escritura automática. A partir de ese momento, se realiza el síntoma como cuarto elemento que hace sostener el conjunto.

La verbalización puede no ser más que una palabra infinita, que no atrapa jamás al objeto. Pero, gracias a la condición previa de la escritura, el analizante va a poder realizar por la palabra algo que la escritura sola no puede realizar.

La forclusión define un abismo a limitar. Sobre la vertiente del objeto, ella lo cierne por medio de la escritura. Sobre la vertiente significante, se trata de producir Nombres del Padre, suplencias con respecto al Nombre del Padre en sí mismo. Es lo que ella intenta con la nominación de prótesis. Pero va a necesitar producir nombres en grandes cantidades, pues se desgastan muy rápidamente, en la medida en que son inmediatamente tomados en la significación.

Tenemos entonces que ver con aquello que llamaré una psicosis “lacaniana”. Ella demuestra en efecto los aforismos lacanianos sobre la estructura del lenguaje y la determinación del sujeto por el significante.

 

Neurosis y psicosis

A partir de entonces, se plantea la cuestión de saber que sería, más allá de la construcción que realice el escrito, aquella de la metáfora delirante en el análisis. ¿Tiene algo en común con la construcción del fantasma en la neurosis?

En efecto, cuando los neuróticos llegan al análisis, su fantasma está ya constituido completamente. Lo que llamamos construcción en el análisis del neurótico consiste en la separación del valor fálico, - j, del objeto a. Esta separación no es posible para el psicótico, porque él es el falo. El falo es su ser. Él es La Mujer que falta a todos los hombres. Existe en la psicosis, una confusión fundamental entre a y -j. ¿Cómo separarlos dos elementos, y provocar a partir de ello un efecto de estabilización? Es necesario obtener que encierre su ser alrededor de S/S1, de ese sujeto que ha instalado, a partir del dispositivo analítico, de ese punto de abismo, de ese agujero que ha ubicado en el analista, y que todo pase por allí, inclusive sus escritos. La construcción delirante consiste en construir, por series sucesivas, un borde alrededor de ese sujeto-agujero.

Podemos intentar dar cuenta de esta operación por su envés, el pasaje al acto homicida. Lacan ha hecho de esto una descripción notable en uno de sus primeros trabajos psiquiátricos, titulado “Los homicidios inmotivados del esquizofrénico”. Por el pasaje al acto homicida, el psicótico se ataca golpeando al otro, o golpeándose a sí mismo – tal es la tesis clásica, que comporta la idea que lo que es tocado en el otro, es el otro en tanto que objeto. Se trata de hacer un agujero en el Otro. Lo que así se alcanza, en el pasaje al acto, de forma salvaje, crítica, no podría alcanzarse de forma controlada en el desarrollo de la psicosis bajo transferencia? Se trataría de obtener que el paciente se alcance en el análisis en tanto que lugar del Otro, que en lugar de hacer allí un agujero asesinándolo, elabore la construcción de un borde que limite el agujero constituyéndolo, sabiendo sin embargo que ese borde tendrá la propiedad de ser infinito, tal como lo representado por los asíntotes al infinito del esquema I de la “Cuestión preliminar (...)”(6).

Pero esta maniobra implica que el análisis del psicótico tendrá una tendencia a ser infinito. En efecto, es de destacar que, entre los casos publicados, ningún autor pretende haber llevado un análisis tal a su fin. Más bien discernimos la idea general que el análisis debe continuarse – sobre la modalidad de la reconciliación por el amor infinito. El psicótizado, en efecto, no alcanza a separarse.

 

Alojarse en un discurso

A partir de esto, cuando Lacan dice en sustancia que Joyce a alcanzado un punto al que habría podido conducirlo el análisis, ¿cómo hay que entender esto? Ese punto ¿tiene algo que ver con la letra?

El tipo de alejamiento producido por el efecto letter-litter, cuando el psicótico lo alcanza, es lo que queda de la letra (carta) cuando el mensaje está terminado. Pero ese punto, alcanzado por el neurótico en el fin del análisis, es, para el psicótico, un punto de partida. El análisis va a venir, a partir de ese punto, a restaurar una función de dirección, una dirección, como lo hemos visto, eternizante. Así, ¿por qué el psicótico fracasa allí donde Joyce tiene éxito? Incluso no hay que, en el caso de Joyce, exagerar el éxito. Pues ¿cómo vivía él? Indiscutiblemente, muy al margen de lo que llamamos la comunidad humana. Queda muy alejado, exiliado en una lengua extranjera, clavado a su tabla de trabajo, completamente aislado. Le hacía falta a su alrededor mucha gente... para hacer sociedad. Por otro lado, consagró veinte años de su vida a escribir Finnegans Wake.

Sería absolutamente abusivo decir que Joyce estaba tomado por el lazo social, pues hay que reconocer que esta toma dentro de la comunidad humana difiere radicalmente en la neurosis y en la psicosis.

Pero retomemos la cuestión a partir del caso de mi paciente. Desde el momento en que contituyó, por el escrito, ese objeto, alcanzó, en cierta forma, el punto mismo desestabilización espontánea que Joyce. ¿Por qué tiene sin embargo necesidad de venir a representar este escrito cerca de un analista? Lo que ella viene a buscar aquí, Joyce lo representa a través de la publicación–pubellication (por poubelle (basura)), dirá Lacan, por la Dirección a la Comunidad de Letrados. Pero la diferencia esencial reside en lo que mi analizante no toca de la estructura de lalengua como sí lo hace Joyce. Es porque, lo que ella demanda en realidad, a través de su dirección al analista, es que la Comunidad toda entera de analistas se ponga a trabajar sobre su producto. Joyce ha alcanzado ese objetivo con los universitarios especialmente. El no está más, por esto mismo, en ese fuera de discurso de la psicosis. El fin de un análisis, para un psicótico, sería que la comunidad de sabios tomen a su cargo lo que anuncia, y lo hace entrar en el discurso de la Ciencia. El analista estaría allí como relevo posible a esta prolongada dirección. Y ¿ no es esto, de cierta forma, lo que me empeño en hacer aquí?

 

II ALGUNOS CASOS CLÍNICOS

Retomemos ahora esta cuestión sobre un plano más general, intentando desplegar los ejes esenciales.

 

De la erotomanía de transferencia

La característica esencial del escrito psicótico es que no está jamás completo. Está siempre en la infinitud, en la no-completud. Algo siempre puede decirse todavía. La observación, es válida en libros como los de Jean-Pierre Brisset (7), que son escritos maníacos. Le es necesario escribir muchos. Cada uno se termina, pero ninguno es leíble en función de un punto en que vendría a acabarse. Por ejemplo, la génesis del mundo por las ranas, en donde los juegos de palabras sobre “Qu’est-ce que c’est que a”como orígen del sexo, son ciertamente estimulantes para el espíritu, e incluso muy divertidos a la lectura, pero no pueden en ningún caso engendrar un placer del texto. Se quedan allí. En la medida en que el escrito no tiene fin, puede continuar indefinidamente, no es todo. La escritura, aquí, es un goce no-todo.

El análisis puede, entonces, presentarse, para el psicótico. Como un trabajo de elaboración complementario, una forma de continuar su “obra” de otra manera, de pulirlas, de formalizarlas mucho más, de reducir de allí los enunciados – de hacerla transmisible a un eventual lector, de hacerla entrar en el discurso de la Ciencia. Mi paciente ha aceptado el análisis sobre esta base contractual: nada de tratamiento –idea que habría rechazado al principio con la mayor energía– sino un trabajo en común, por medio de este método esotérico que tiene el nombre de psicoanálisis. Esto permitió situar las condiciones de posibilidad de la cura analítica, es la instauración de lo que llamo una erotomanía de transferencia, por intermedio del desarrollo de una erotomanía transferencial. Esta afirmación me parece construir un postulado de base.

La erotomanía va a procurar una dirección hacia la producción delirante. Así el delirio podrá permanecer localizado en aquello que se juega en la escena analítica, y no invadir en red toda la escena del mundo, poco a poco reducida a las dimensiones de un delirio tan parcial como posible, para terminar en una simple convicción delirante. Lacan, en efecto, afirma que un delirio es siempre parcial. El esquema I de su “Cuestión preliminar (...)” inscribe dos ejes, que demuestran el carácter del delirio parcial: de un lado, el dirigirse a nosotros, del otro, el ama a su mujer. Esos dos dominios diferentes de todas las otras identificaciones delirantes del esquema I que son de significación infinita. Allí, se trata más bien de una cuestión. Nada está reglado de entrada, y todo se juega en el Otro.

Dirigirse a nosotros, es Schreber por ejemplo, escribiendo sus Memorias. Él no sabe lo que los otros van a pensar de ellas. Pierre Rivière (8) no sabe tampoco lo que van a pensar de él sus jueces. Hay allí una cuestión, que permanece en el dominio de la identificación primaria, algo que Lacan señala en el Seminario sobre la identificación (9), como la identificación a las insignias de la toda potencia del Otro, que es, en consecuencia, el punto de certitud, por oposición a la identificación regresiva, en donde el sujeto se dirige al Otro que puede decirle qué es ser un hombre, y donde lo incierto es el punto en que se engancha el proceso. Si el psicótico se fija a esos dos ejes, que están por fuera del campo cerrado de su delirio, es bien porque todos los otros están enganchados a lo real del goce. Todos dibujan una curva asintótica que no se vuelve a juntar a un eje real. La imagen del otro, la imagen del yo, el símbolo del Otro (materno) o aquel del ideal del yo, todos están gangrenados por lo real del goce, mientras que los dos ejes ama a su mujer y dirigirse a nosotros representan un punto de interrogación, donde eso no está cerrado, no-todo.

Es por medio de esta falla que voy a poder penetrar en el campo aparentemente cerrado del delirio de mi paciente, significándole: “Lo que usted aporta está muy bien, es lo que usted dice, es usted, pero no está cerrado, no está terminado.” Pues ella querría que esté terminado, y que no hablemos más – que juzguemos el material. Pero el campo tampoco está cerrado, con respecto a lo que ella espera de nuestro juicio. En ese ejemplo, el Otro sabe. Por esa vía, ella entra en la demanda.

 

No cesar de escribirse

Pero de tomar el escrito como algo terminado, ¿qué pasa? A Louis Wolfson, autor de El Esquizo y las lenguas(10), un editor le notifica un día que él imprime su texto. Noolvidemos que es de un psicoanalista el que recibe su manuscrito y decide publicarlo.Entonces, acto. Y ¿qué pasa? Wolfson entra en la repetición: escribe otro texto (11).Por lo tanto no se modifica nada, no se le ha hecho ningún mal – al menos es lo quepodemos esperar - , pero queda en la repetición. Apunta a una dirección, una ampliadirección, una verdadera audiencia, pero que queda entre los especialistas. El libro nollega al gran público, no se vuelve un best-seller. En efecto, si “no está loco el quequiere”, como decía Lacan, no es Joyce el que quiere tampoco. Joyce encuentra sudirección entre los universitarios, a quienes predice: “¡Ustedes se romperán la cabezadurante trescientos años con mis escritos!” Y la predicción, además, parece concretarse.Pero Joyce no está del todo loco – no lo estáclínicamente. Si está, efectivamente, en elcamino de la locura, no se vuelve loco, precisamente porque encuentra una dirección,que más bien es, su escrito no se termina jamás: eso no cesa de escribirse. Su escriturano se disgrega, pero igualmente se infinitiza: no lleva jamás al extremo de ladisgregación, inclusive con Finnegans Wake. Él puede proseguir, en la medida en quetrabaja sobre la lengua inglesa, desarticulándola, pero no llega a dejar subsistir más queelementos esenciales de una dirección al Otro.

Ahora bien, el psicótico piensa tener un solo mensaje, limitado, para remitir al mundo. Y la observación vale, incluso para Jean-Pierre Brisset que, porque es un maniático, continúa indefinidamente, pero librando cada obra al juicio de la posteridad, a falta del juicio de sus contemporáneos. Así, editará todas sus obras en pequeño número, a cuenta del autor – lo que plantea la cuestión del testimonio a la posteridad.

Schreber, entrega su cuerpo a la Ciencia. Lo entrega a la autopsia, en tanto que prueba. En su cerebro, los científicos encontrarán seguramente los rastros del goce de Dios. Pero el único cuerpo que él entrega, al fin de cuentas, es el cuerpo textual, son sus Memorias.

Entregando su cuerpo, entrega aquello que es el cuerpo – el cuerpo simbólico. Todas sus metáforas corporales son significantes, seres de lenguaje. Pero él piensa no obstante que debe entregar realmente su cuerpo, como prueba. Escribe, en la página 285 de la edición francesa de sus Memorias: “No me queda más que entregar mi persona al juicio de los especialistas esclarecidos, a título de un objeto de investigación científica. Invitar a ello, es el fin máximo que persigo publicando mi trabajo. En el peor de los casos, me queda esperar que con al menos la disección de mi cadáver, ciertas particularidades de mi sistema nervioso podrán ser constatadas, que tendrán fuerza de prueba, si es verdad que, como me lo han dicho, extraordinarias dificultades se oponen a que esas pruebas sean establecidas en vida.” Los rastros del goce de Dios son reales (son el real) en su escrito. Todos los relatos de sus combates, la canción de gesta de su justa con el goce de Dios, son del orden de la metonimia del goce del Otro. Pero entregar su cuerpo a la ciencia representa la esperanza de una metáfora que no puede alcanzar, debido a la gangrena de lo simbólico por lo real. Queda la esperanza de una verdadera metáfora del goce de Dios inscripto en el cuerpo. Esos rastros reales están presentes. Existen llagas de esas epifanías por el cuerpo del escrito, sobre el cuerpo del real, que puede tertimoniar de ello. Esto se presentifica como un signo que marca un punto de detención, y es precisamente en ese punto que el analista puede intervenir para decir: “Eso no está terminado. Todo esto, de hecho, está por venir”- es decir: cesa de escribirse.

El no cesa de escribirse es lo necesario, en l’asymptote, del lado del ideal del yo. Esto comporta que lo necesario esté allí como aquello que viene a suplir la ausencia de deseo. El deseo, en efecto, no tiene necesidad de una actividad para repetirse. Esta necesidad viene entonces a suplir aquello que, del lado del deseo, desfallece. Lo imposible está allí igualmente, pero lo contingente tiene necesidad de un cesa de escribirse. Así, ciertos escritos de mi paciente tiene la ambición de escandir. No llegan a ello. Es por esto que no tomo al pie de la letra sus escritos (compilados, estudiados pero no analizados). No serviría para nada interpretarlos en el orden de la cura analítica. Para ser eficiente, el análisis no debe ir más allá, porque ese cese es ilusorio. Consiste en confiar en poner al goce en puntos de suspensión. Implica una puntuación posible del goce.

A partir de ese momento, ¿de qué lado viene a ubicarse el hecho de alentarla a escribir?

 

El modo consecutivo

Esta paciente tiene la ilusión que existe un punto de detención del lado del goce, pero ella no lo alcanza. El escrito se vuelve como un objeto. Aquello que era escrito para hacer de simbólico está gangrenado por el objeto. El único punto que permite hacer de suerte que del deseo continúe escribiéndose, es allí mismo donde yo no la dejo terminar. A partir de ese momento, le es necesario pasa a la palabra. Pero ¿por qué el escrito precede a la palabra?

Pierre Rivière, cuando una joven quiere besarlo, se encuentra sin voz, y abandona sus escritos, los pequeños libelos. Rousseau distribuye en las calle de París su libelo, alegato pro domo mea que va a sembrar por todos lados a su paso como Pulgarcito, para intentar encontrar el camino del deseo. La escritura aparece allí como una necesidad para paliar el sin voz, el desfallecer de la palabra. ¿Por qué es necesario escribir? Poor una contingencia posible, con la esperanza de enderezar la barrera que no hay para que cese el goce. El escrito, en efecto, da siempre la esperanza, a priori justificada, de un sinsentido, fuera de sentido. Rivière llega de esta manera a algo que es la consecución perfecta de lo que le ocurrió.Realiza una excelente anamnesis de su caso, como no podría hacerlo ningún psiquiatra. Su escrito se desarrolla curiosamente en anamnesis, semiología, y rodearon diversas circunstancias el acto, para llegar a la internación – en tres partes, como un peritaje.

Y en efecto, la construcción de este escrito precede el acto criminal, que Rivière ha enteramente pensado antes, mientras que estaba retenido por una inhibición completa escribir. Lo tenía completamente en la cabeza y por eso lo escribió de un tirón, a partir del momento en que fue hecho prisionero, luego lo dirigió al juez de instrucción. Ni los interrogatorios de la instrucción, ni el perito médico lo han contaminado. Así alcanzó cierto real, particularmente en la historia de los eventos. La descripción de su madre paranoica es perfecta. Él no sabe qué es la paranoia – para sus allegados esta mujer no es más que una “jodida”-, pero no escapa del cuadro clínico de esta entidad. La descripción se despliega sin que le sea dado un sentido, es del orden de la constatación. Y allí, cierto real se encuentra alcanzado por la escritura, que es lo real de la consecución. Mientras que en la palabra, es necesario, para que esos dos eventos se sucedan, un encadenamiento, una explicación, el escrito puede ser una crónica, como las de Joinville – ninguna necesidad de justificarse. Así Pierre Rivière es el Joinville de la paranoia de su madre. Y él no tiene completamente la culpa de pensar que el escrito va a liberarlo del goce – más bien está más cerca de ser un simple condensador. La ambición no es loca, es simplemente irrealizable.

 

Ella me ama

Otro escrito acaba de llegar a mis manos, al cual voy a dedicar mi interés: se trata de un caso de erotomanía pura. Desde el comienzo de las entrevistas, hablaba de su trabajo en forma alusiva – el objeto de su erotomanía es la princesa de Mónaco, la que es el centro de la prensa femenina y la prensa del corazón. Le dirige poemas, que no envía jamás, salvo por transmisión de pensamiento. Es la Dama de sus pensamientos. Lo que llama mi atención es establecer la comparación entre los mecanismos de la erotomanía y los del amor cortés. Las dos formas presentan la dimensión del imposible en relación con el objeto. El no cesa de no escribirse es una tentativa de reducción, tentativa de decir aquello que sería lo imposible. Este hombre intenta reducir ese imposible a través de su producción poética.

El amor cortés consiste en situar en sí mismo el obstáculo con respecto del objeto.  Situar en su infinitamente pequeño, en su propia insuficiencia, el obstáculo para que hubiera relación sexual, en efecto es una tentativa de reducción de lo imposible – siendo lo imposible precisamente la relación sexual. Si este imposible es el hecho del sujeto, deviene el objeto de un estudio, de un trabajo sobre él mismo, de una ascesis mística. Como un hombre cualquiera, pone en escena lo imposible de la relación sexual, pero intentando darle una explicación, hacer de ello una teoría: “Ese amor es imposible, porque yo, el gusano, no puedo ser amado por una estrella.” Pero ese hombre dice: “Ella me ama”. Esta cuestión es entonces saber cómo hacer evolucionar esta erotomanía en la cura por un retorno de esa transferencia a su envés, que se enuncia: “Es el Otro el que me ama.”

 

Punto de detención al deslizamiento indefinido

Veamos ahora el caso de otro enfermo, en el cual la erotomanía ha sido un desenlace: esquizofenia de larga data, que ha sufrido, en el curso de los diez años precedentes, muchas hospitalizaciones, se interesa en el psicoanálisis, frecuenta los círculos de la ex Escuela freudiana de París, donde traba conocimiento con una joven analizante, con la cual tiene relaciones íntimas.

En un cierto momento, esta joven mujer, que es una de mis analizantes, se da cuenta que tiene una relación con un psicótico, e interrumpe todo contacto con él. A partir de entonces, la esquizofrenia de ese paciente va a transformarse en erotomanía clínica. En el momento en que esta joven vuelve a su país de origen para instalarse allí como analista, él la sigue, se encierra en su delirio erotomaníaco en una habitación de hotel que no puede abandonar más. Retoma su trabajo delirante sobre un modelo psicoanalítico, en la idea que va a hacer un pase “ficticio” con esta mujer devenida analista.

La joven, incómoda, me telefonea para que haga repatriar a ese joven. Lo hago volver a Francia. Será tratado en mi servicio en Prémontré. A su salida, entra en análisis conmigo, pero la dificultad es que, para él, las cosas se han congelado, todo ocurre como si el tiempo se hubiera detenido. Ha llegado, gracias al tratamiento medicamentoso y al dispositivo analítico, a retomar su actividad de enseñanza y a comportarse bien en este ámbito, pero respecto de su relación con el placer, la cosa no funciona. Sus momentos de descanso los pasa en su cama. Por fuera de su trabajo, salvo venir a sus sesiones, no hace más nada.

La escritura no es una solución. El delirante que escribe, es verdad, se dirige, y ese punto es a ahondar. Pero ni en su contenido, ni en su forma, el escrito no es una solución en sí. Si él escribe, escribe a alguien, y el sentido no está cerrado en ese alguien, porque él espera un juicio del escrito: algo no está cerrado en el Otro. Es por esto que, si el analista puede muy bien dejar de lado los escritos de un delirante; si continua el análisis sin preocuparse de los escritos y alentar la prosecución de una actividad del análisis, es una justa maniobra – que sólo baste con iniciar a alguien que no lo hacía espontáneamente a escribir, es siempre una falsa solución.

Ese delirante erotomaníaco escribía en el marco del pase posible, que se volvió su medio privilegiado de comunicarse con su objeto, de enviarle mensajes sucintos. Él decía hacer un pase de matemático, contaba, calculaba, enviaba mensajes que calificaba de humorísticos, como “Estoy en Quito, es una ciudad maravillosa”, holgazaneando quedándome allí. El mensaje –simple epifanía, como en el caso de Joyce– en su contenido, es trivial, pero condensa un resorte de goce. Escribir es una tentativa de detención del goce, pero el escrito está de tal manera cargado –la epifanía es un verdadero reservorio de goce – que no se logra sin embargo, detener nada.

Llegará a un estado de pseudo-catatonia, no comunicándose más por medio de la palabra con su entorno, se vuelve completamente mudo. Más tarde, me dirá que, como esta joven no quiso hablarle más, él pensó: “Esto quiere decir que la única forma de comunicarse con ella es no hablar más.” Él escribía en lugar de hablar, único y último medio de dirigirse al Otro. En consideración al cesa de  escribirse tenemos un ejemplo prodigioso aquí (promesa), en la medida en que eso no cesa. Es en todo caso el único medio para él de salirse del exceso que se vuelve paralizante. Esta comunicación muy perfecta, imposible de soportar, deja sin voz. Tiene necesidad que eso cese de escribirse. Así, en la psicosis, la puntuación no pue de hacerse más que por un escrito. Sino, el deslizamiento indefinido, metonímico de la cadena significante implica un puro automatismo mental. La manía nos indica  aquí el punto extremo del goce-sentido (jouis-sens) del significante.

 

 

BIBLIOGRAFIA

* Director CHS Premontré.Francia. Director del Centro Jacques Lacan. Chauny. Francia. Presidente de la Sociedad Francesa de Salud Mental y Ciudadanía, perteneciente a la UNESCO.
1 Seglas, Los desórdenes del lenguaje en los alienados, capítulo “Del valor de los escritos” París, l898.
2 “Una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos, Paris, Seuil.
3

Se trata de un mueble destinado a recoger en depósito los papeles secretos.

4 Cordié, Annie “Psicosis en un matemático”, Cahiers pour l’analyse, No. 1, 1983.
5 En Littératura No. 3 oct. 1971
6 Ese esquema es reproducido en el anexo.
7 Cf. “El misterio de Dios se ha cumplido”, Navarin editores, Serie Analytica, Vol.31
8 Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano (...). Un caso de parricidio en el siglo XIX, presentado por Michel Foucault, Gallimard, coll. Archivos.
9 Seminario inédito.
10 “Conocimiento del inconsciente”. Gallimard, coll París, 1982.
11

“Mi madre, música, ha muerto de enfermedad maligna el martes a medianoche en medio del mes de mayo de 1977 en el asilo Memorial de Manhattan”, Navarin editores, coll. Biblioteca de Analytica. 1984.


 

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