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EL VERBO “CONTAR”
Y SU IMPORTANCIA
EN LA VIDA AFECTIVA DEL NIÑO
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GIBRAN LARRAURI

Para Andrea

 

Resumen: Se realiza una diferenciación sobre el abordaje psicoanalítico y el neurológico, ubicando al primero como un saber que atañe a un sujeto del lenguaje, a un animal afectado por la pluralidad del verbo. Se denuncia el intento de borramiento de la diferencia del sujeto por la diagnosticación de la neurología, y su consecuente medicalización. Se acude al verbo “contar” en su implicación con dos vertientes, la de contarle al niño la verdad, o no contarle nada. Aborda la sintomática infantil relacionada con el aprendizaje de las matemáticas y algunas otras disciplinas para advertirnos que el síntoma infantil está implicado en el lenguaje. El carácter y el síntoma de un niño pueden pensarse como obras de arte, enigmas a contar.

 

Palabras clave: arte, matemáticas, verbo, contar, diagnóstico, niños, cultura, afectividad.

 

El abordaje psicoanalítico de la vida anímica y su diferencia con el abordaje neurológico

El psicoanálisis es en esencia un método de investigación de la vida psíquica. Los resultados de esa investigación constituyen la base a partir de la cual se edifica su cualidad curativa, cualidad que, por paradójico que parezca, se sostiene en dimensionar el carácter incurable de la propia vida. Si el psicoanálisis, después de más de un siglo de su invención, sigue siendo un abordaje exitoso de lo psíquico es porque desde su nacimiento colocó su interés primordial en la esfera afectiva de la propia vida, antes que hacerlo en la biológica y/o en la cognitiva. En un breve artículo que por cierto este 2014 cumple cien años, escrito en ocasión del cincuenta aniversario del colegio en donde estudió de los nueve a los diecisiete años, titulado “Sobre la psicología del colegial”, Sigmund Freud enfatiza la particularidad dela perspectiva psíquica que él fundó: “Como psicoanalista debo interesarme más por los procesos afectivos que por los intelectuales, más por la vida anímica inconsciente que por la consciente.” (1)

Buena parte de las críticas hacia el psicoanálisis, en particular hacia la obra de Freud, se basan en señalar su supuesta antigüedad como indicio de su caducidad. Se dice que el psicoanálisis ya no es “apto” para dar cuenta de las problemáticas anímicas que hoy observamos. El fenómeno de desacreditación del psicoanálisis, a mi entender, se sostiene en que en el ambiente cultural contemporáneo existe una idealización sin precedentes por lo  que es presentado como “novedoso”. El hombre medio actual suele regir en su vida y juzgar la vida en comunidad a partir de la siguiente ecuación: nuevo=bueno, bueno=mejor. En el campo psicológico el paradigma de esta perspectivaes la hegemonía de la que gozan las neurociencias como el abordaje “idóneo” de los dolores anímicos. Si bien es cierto que las neurociencias han contribuido a esclarecer innumerablesprocesos biológicos, en relación a dar cuenta de la existenciaen su costado afectivo no parece haber contribuido en demasía, más bien parece haber introducido una buena dosis de confusión y aún haber eclipsado la verdad de esa dimensión existencial. Es en razón de estos equívocos que el psicoanálisis se sostiene en lo esencial a pesar de su susodicho carácter obsoleto.

La vida que caracteriza a la especie humana es una vida determinada por el lenguaje. Este es un hecho que no responde a los cambios de moda. El ser humano es tal sólo en la medida en que está bautizado en el río de las palabras. Todas las instituciones en las que habita el ser peculiar que somos penden de esa gran institución que es el lenguaje. Nuestro nombre, nuestras leyes, nuestros derechos, nuestros pensamientos, nuestra política, nuestro entretenimiento, nuestras creencias y nuestras quejas existen y se expresan por y mediante la palabra. En este sentido, los afectos del ser humano están en estrecho vínculo con la dimensión de la palabra. El ser humano es un animal “afectado” por la pluralidad del verbo. Precisamente esta afección es lo que lo desarraiga de lo meramente animal, y hace que un abordaje centrado en lo llamado “natural” esté comúnmente destinado al fracaso.

Uno de los rasgos característicos de la obra de Freud es haber demostrado que cada uno, que cada una, vive de manera singular en el lenguaje. En otras palabras: nadie vive fuera del lenguaje pero cada uno vive de manera particular en él. La configuración de esa manera siempre singular de vivir en la palabra no se encuentra en el nivel consciente de la realidad psíquica, y hasta nuevo aviso, tampoco se encuentra en la generalidad de la neurona. Buena parte de nuestros afectos, valga decir de nuestros sufrimientos, hallan existencia y resolución por la manera en la que somos tocados por las palabras, por la manera en que ellas son dirigidas o no hacia nosotros, y también por las palabras que esas palabras, dichas o no, producen a su vez en nuestro ser. Hay palabras que nos marcan, hay palabras que nos alientan, otras que nos martirizan aunque nunca hayan sido dichas. Todas ellas las actuamos, muchas veces sin saberlo.

Hoy en día lo irrepetible de la relación de un ser con las palabras está siendo derruido por la generalidad del funcionamiento neuronal. Para decirlo de una vez, el par lenguaje-afecto, es sustituido, muchas veces por conveniencias políticas y económicas, por el par secreción-fármaco. En el caso de los niños el ejemplo claro de esta sustitución, y de sus nefastas consecuencias, está en el número cada vez más escandaloso de pequeños oficialmente diagnosticados con TDAH (Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad). Por lo general dicha “enfermedad” es atribuida a un desajuste neuronal/hormonal, muchas veces se dice es “genética”, o sea “heredada”, y por supuesto, para la mayoría de casos se prescriben diferentes fármacos, siendo el Ritalin (nombre comercial del metilfelinato) el más socorrido. En el caso de los adultos, la “enfermedad” en boga, hija genética de los “complicados” tiempos en los que vivimos, lo cual en sí mismo es una contradicción, es el Trastorno Bipolar.

En lo personal, cuando leo lo que los llamados “expertos” dicen sobre ambas enfermedades, surge en mi cierta estupefacción. Me parece que en muchos puntos de la descripción de ambos males lo que “antiguamente” era llamado simplemente “niño” o “humano” hoy se lo llama “enfermo”. Invito al lector a revisar algunas de las descripciones de los “síntomas” de ambos cuadros, y que lo haga tratando de evitar el prejuicio de que está leyendo algo “científicamente comprobado” o que se trata de “enfermedades”, tal vez también pueda ver con otros ojos el asunto.

Ahora bien, es necesario hacer algunas aclaraciones en relación a la crítica que estoy haciendo en torno a la sobreabundancia de estas “enfermedades”, su diagnóstico y su tratamiento. Desde la perspectiva psicoanalítica no se niega que hoy existen manifestaciones anímicas que antes no se observaban con tanto estruendo, no se niega que ciertamente en muchos de los etiquetados con TDAH o bipolaridad no exista cierto grado de malestar, ni se está en contra unánimemente o per sede la utilización del fármaco, pues en lo que toca a las psicosis a veces es necesario recurrir a él. Lo que desde la perspectiva psicoanalítica se critica es que en gran número de los casos “públicamente” agrupados en alguna de las dos “enfermedades” se confunde la causa que podría estar causándolas, más específico: se confunde el origen afectivo con el mediador y el efecto neuronal, cuando no francamente se forza que lo “patológico” exista a raja tabla. En estos diagnósticos genéricos lo que es pasado por alto abruptamente es precisamente la singularidad de los casos. La existencia de manuales diagnósticos utilizados a escala global es indicio de una paulatina pérdida del “uno por uno”, de la diferencia que cada ser humano representa.

En suma, existe en la perspectiva neuronal/farmacológica, de manera latente pero creo que no inocente, una incentivación a la irresponsabilidad y a la impotenciaen quienes son diagnosticados, pues: si yo soy como soy por obra y gracia de un desajuste neuronal hereditario está claro que yo no tengo real injerencia en mi malestar, mi malestar es dueño de mí y yo su cautivo impotente. La palabra que el diagnosticado podría y tendría que decir en torno a su propia incomodidad dolorosa es obturada por el fármaco o lo implacable del destino genético. Pero no solo el “enfermo” es descargado de responsabilidad a propósito de su malestar, y esto cuando en verdad es él quien afirma tenerlo, también el entorno en el que está inmerso es “aliviado”, dado que es pasado por alto. Quiero decir que muchas veces, y esta es la fuente político-moral-económica que riega el campo para el crecimiento de estas “enfermedades globales”, el sufrimiento o malestar de los sujetos está en conexión directa con el modo de vida en que actualmente vivimos, un modo de vida cada vez más caracterizado por la pérdida de derechos de todo tipo, por el encarecimiento de la vida, por la incentivación a una competitividad sin restricciones, por la búsqueda de un cuerpo exento de decadencia, por la protección voraz de las posesiones, por la pérdida de espacios educativos, laborales y culturales, por el crecimiento del “todo vale” en pro del éxito, por la ruptura con la tradición, y por supuesto, por el descrédito que afecta a toda instancia paterna en la actualidad. Si a nivel estatal se apoya el auge de lo neuronal/farmacólogico es en gran medida porque así se oculta que en buena parte son los valores que consigo trae el neoliberalismo, modo de producción hegemónico de la contemporaneidad, los que gestan una inflación del malestar en la cultura. Además, en el caso de los niños, cuyos síntomas hablan por lo que está pasando sin reconocerse en la estructura familiar, decir que esos síntomas son hereditarios descarga buena dosis de cuestionamiento en los tutores y en todas las figuras que conviven con el niño. En síntesis, la proliferación de la perspectiva neuronal en el abordaje de las dolencias afectivas es un recurso políticamente adecuado para la no toma de consciencia del estado de abuso en que cada vez más vivimos en razón de la forma en la que producimos riqueza.

El psicoanalista francés Gérard Pommier expresa de esta manera lo que aquí vengo desarrollando en su libro Los cuerpos angélicos de la posmodernidad: “Si es posible encontrar los mediadores fisiológicos de un sufrimiento y se puede actuar sobre estos mediadores de manera exitosa, entonces éstos serán considerados como las causas del dolor”(2). Todavía más enfático Pommier escribe:

  Como la medicina es incapaz de tratar las consecuencias psicológicas del síntomas, atribuir a tal cual mediador orgánico lo que constituye únicamente su efecto. De manera que la dimensión psíquica quedará sin conocerse, y estará destinada a hacerse crónica (3)  

De manera que para el psicoanálisis, en estricto sentido y por perturbador que sea, el abordaje neurológico de la gran mayoría de afecciones psicológicas es una falacia, en tanto deja intacta precisamente la esfera del afecto. Las neurociencias son subsidiarias de un reduccionismo. Este reduccionismo implica limitar la vida anímica del humano a la del animal. Muchos de sus descubrimientos los halla en la experimentación con animales, de allí los exporta a los humanos. En ese brinco está el equívoco, pues la vida afectiva de cualquier animal está muy lejos de la de cualquier representante de la humanidad debido a que en el animal el lenguaje, que no es lo mismo que la comunicación, está ausente. Reducir el amor, la violencia, la tristeza, la adicción, entre otros, a no ser más que un puro efecto de una secreción sobreabundante o en déficit          de cualquier hormona, no es para el psicoanálisis más que la expresión de un equívoco que desvía la atención de la verdadera causa del malestar y por eso, como lo sugiere Pommier, lo hace crónico.

 

 

La amplitud de un verbo

El psicoanálisis, como lo bautizó una de las primeras pacientes de Freud, es una “cura por la palabra”. En lo sucesivo demostraré cómo es que la palabra está en el meollo del drama psíquico humano. Lo haré a partir de un verbo de vastas significaciones en el idioma castellano: el verbo “contar”.

Según la Real Academia Española (RAE) la palabra “contar”, que proviene del latín computāre, tiene las siguientes acepciones:

1. Numerar o computar las cosas considerándolas como unidades homogéneas. Contar los días, las ovejas.

2.Referir un suceso, sea verdadero o fabuloso.

3.Tener en cuenta, considerar. Y cuenta que esto no es todo.

4.Poner a alguien en el número, clase u opinión que le corresponde. Siempre te he contado entre los mejores.

5.Tener años.

6. Hacer, formar cuentas según reglas de aritmética.

7.Valer (I equivaler). Come tanto que cuenta por dos.

8.Importar, ser de consideración. Un pequeño error no cuenta.

9.Tener en cuenta a alguien. Contó CON ellos para el convite.

10.Tener, disponer de una cualidad o de cierto número de personas o cosas. El equipo cuenta CON once jugadores.Cuento CON su simpatía.

11.Confiar o tener por cierto que alguien o algo servirá para el logro de lo que se desea. Contamos CON tu hermana PARA el viaje.

12. Atribuir algo a alguien.(4)

A partir de la notoria riqueza del verbo “contar, “contaré” entonces dos escenarios extraídos del bagaje psicoanalítico para calibrar las posibles implicaciones que este verbo puede tener en la vida anímica de los niños en particular. Veremos el valor positivo que tiene “contarle” a un niño la verdad de lo que está pasando a su alrededor, y el efecto negativo que desencadena no “contárselo”. Es decir, en un primer momento ensayaré transmitir que “contarle” a un niño la verdad es también un “contar” con el niño, un tomarlo “en cuenta”. Posteriormente, apoyándome en la primera acepción del verbo en cuestión, abordaré algunas potenciales razones por las cuales los niños suelen presentar problemas a la hora de vérselas con las “cuentas”,  valga decir, con las matemáticas.

 

 

Contar al niño

En 1907, a pedido del doctor Fürst de Hamburgo, Freud escribió “El esclarecimiento sexual del niño”. En este artículo el padre del psicoanálisis  expone su respuesta a los siguientes cuestionamientos lanzados por Fürst: ¿Es “lícito proporcionar a los niños esclarecimiento sobre los hechos de la vida genésica” (5), es decir, sobre la vida genital?; ¿a qué edad sería conveniente hacerlo?; y en todo caso: ¿cómo? Freud dice admitir que sobre la segunda y la tercera preguntas sea válido tener dudas, no así sobre la primera. Para Freud es incuestionable que se informe a los niños en materia de genitalidad. Se pregunta qué es lo que se pretende evitar no haciéndolo. Se pregunta si se teme “despertar” el interés del niño antes que nazca en él, o bien, si negando la información se espera detener la incidencia de lo sexual; se pregunta si se piensa que los niños no tienen ni el interés ni la inteligencia para comprender tal tema; o peor aún, Freud pregunta si mantener a los niños alejados de todo saber en torno a lo sexual tiene el objetivo de que “más tarde juzguen inferior y abominable todo lo sexual”(6). Todos estos argumentos le resultan, por supuesto, insostenibles. Para Freud es claro que el interés de los niños sobre lo sexual es intrínseco a su constitución, es decir, no hace falta “despertar” el interés por lo sexual en el niño, pues eso ya está despierto en él dado que por ello está constituido. En suma, evidentemente que Freud piensa que los niños son capaces de comprender y en todo caso soportar la respuesta a lo que preguntan. Freud no dice que hay que “invadir” al niño con el saber sobre lo sexual sino que no hay motivo para no responderle cuando sobre ello pregunta. En adición, y muy importante, Freud propone que instruir al niño con las respuestas a sus preguntas sobre lo sexual contribuye a que lo experimente de una manera menos traumática y más saludable.

Los argumentos a favor de no contarles a los niños lo que demandan le parecen a Freud producto de “la vulgar mojigatería y la propia mala consciencia en asuntos sexuales”(7) y añade que puede que la ignorancia tenga alguna influencia en tal juicio. En síntesis, para la perspectiva freudiana: “no existe fundamento alguno para rehusar a los niños el esclarecimiento que pide su apetito de saber”(8). Rehusar ese saber demandado tiene consecuencias mucho peores que las que se imagina que causaría darlo:

  Cuando los niños no reciben los esclarecimientos en demanda de los cuales ha acudido a los mayores, se siguen martirizando en secreto con el problema y arriban a soluciones en que lo correcto vislumbrado se mezcla de la manera más asombrosa con inexactitudes grotescas, o se cuchichean cosas en que, a raíz de la consciencia de culpa del joven investigador, se imprime a la vida sexual el sello de lo cruel y lo asqueroso.(9)  

Freud es enérgico: negar el saber demandado, el cual es demandado porque de alguna forma es necesitado para simbolizar la vida, lejos de aliviar al niño, más bien lo destina al campo de la ignorancia en el cual se forjará su propia versión de los hechos, por lo general éstos no tendrán coincidencia con la realidad. El no contar a los niños facilita que ellos se “hagan cuentos” que en el extremo, los puede mantener en el subdesarrollo intelectual y emocional, y claro, a merced de  juicios retrógrados. Todavía más, cuando a los niños en su búsqueda de saber se les engaña o se les regaña, se corre el riesgo de atrofiar no sólo su interés por esta investigación sino por toda curiosidad intelectual. Dice Freud: “La curiosidad del niño nunca alcanzará un alto grado si en cada estadio del aprendizaje halla la satisfacción correspondiente”. Negar contar a los niños la verdad que demandan los destina a la impotencia en el saber, impotencia que, por ejemplo, se refleja en el llamado “bajo rendimiento escolar” e inhibe que hagan la experiencia de lo imposible de saber.

Para terminar con el comentario a este texto, hay que decir que la recomendación freudiana a las preguntas de los niños sobre los diferentes aspectos de la vida es dar la respuesta que se pide, ni más ni menos, claro, si se la tiene. Si no se la tiene es mejor confesar ignorancia que “hacerle al cuento”.

He citado un tanto en extenso este de Freud porque en él se encuentra explicitado el valor de contarles a los niños lo que demandan saber. Ahora bien, hay veces en las que aun cuando el niño no demanda explícitamente saber algo, es éticamente imperante contárselo. La mayoría de veces ese algo no es agradable, puede ser y de hecho es doloroso para él,por eso uno prefiere callárselo; no obstante, los efectos de no contárselo son siempre peores y por mucho. Veamos un ejemplo, un caso clínico en el que se muestra el poder de la palabra no contada, las derivas a las que conduce no contar al niño, de no contar con el niño.

 

 

“Abandonado”, luego “malvado”, luego “ninguneado”

A continuación retomo un caso clínico publicado por el psiquiatra escocés, especialista en procesos psicóticos, R. D. Laing en su libro Self and Others. Se trata del caso de un niño de nombre Brian. Como el propio Laing lo dice: la historia de Brian “es excepcional, pero justo por esta razón nos es viable observar algunas verdades generales con particularidad claridad”(10). Esas “verdades generales”, son para mí en esta ocasión, el peso que las palabras no contadas tienen en la vida de un sujeto, cómo esas palabras ausentes producen la presencia de otras desde las cuales una vida queda subsumida en la comarca del sufrimiento.

Nos cuenta Laing que hacia los veintinueve años de edad Brian es internado en un psiquiátrico en un estado de confusión. Brian había comenzado a golpear a su esposa con una cuerda anudada y había caído en el alcoholismo. Brian insistía en que era “malvado” “porque no puede haber mayor maldad que infligir sufrimiento gratuito en una buena persona que te ha amado y tú has amado”.

Brian vivió con su madre hasta la edad de cuatro años y creció creyendo que su padre había muerto, al menos eso le dijo la propia madre. A esta madre Brian la recordaba siendo “buena, dulce, cariñosa e inocente”. Justo a los cuatro años de edad Brian recuerda que su madre lo tomó en un largo viaje. Recuerda que entraron en una extraña casa y que allí conoció a una mujer y a un hombre igualmente extraños. Su madre rompió en llanto, lo besó y salió corriendo. Nunca más la volvería a ver o a saber algo de ella. Los extraños señores lo empezaron a llamar por su nombre y empezaron a decirle que ellos eran su “mami” y su “papi”. Brian recuerda estar confundido, recuerda haber hecho el esfuerzo de darle sentido a la situación. Ese esfuerzo lo ocupada todo en él antes de ocuparse “en el trabajo de duelo por la pérdida de su madre”.

Los “padres” tampoco dijeron algo que ayudara a Brian a entender la situación. Estos “padres” tenían ya dos hijos: Jack y Betty, dieciocho y dieciséis años mayores que Brian respectivamente. Brian recuerda que en especial Jack intentaba hacerse su amigo, cosa que no duraría mucho pues pronto se iría al Canadá. Para entonces en Brian, apunta Laing, ya se había impuesto la idea de atormentar a cualquier niña o mujer que le pareciera “buena, dulce, cariñosa e inocente”.

A los nueve años ocurriría otro evento decisivo en la vida de Brian: el descubrimiento de los papeles de su adopción, hecho que afirmaba su impresión de nunca haber pertenecido a la familia de la que se insistía “formaba parte”. Los “padres” se mantienen sin saber que Brian ya sabe que es adoptado. Éste, por su parte, ve acrecentarse el nivel de su decepción y resentimiento. A sus dieciséis los “padres” le cuentan por fin la verdad. Él finge sorpresa.

A pesar de esta marea picada Brian logró convertirse en un hombre con éxito en los negocios. Temprano en sus años veinte se casaría con una mujer que describe como “buena, dulce, cariñosa e inocente”. El matrimonio parecía feliz, al punto que nace de él un hijo. Paralelamente al nacimiento de su hijo, Brian empieza a pelear con su esposa de manera, dice Laing: “compulsiva e injustificada”. Brian adquiere una larga y pesada cuerda, la anuda y golpea a su esposa hasta que ésta huye a casa de sus padres. Su hijo tenía entonces, nótese, cuatro años.

Hubo cierta recuperación en Brian después del evento con la cuerda de nudos. Empero, poco tiempo después, vendrá otro acontecimiento que terminará de sumergirlo en la nadería, un acontecimiento que precisamente se anuda a los dos eventos previos: el abandono por parte de su madre y el descubrimiento de su adopción. En una charla con su hermana Betty, Brian por fin se abre a contar los sentimientos que tan largo tiempo tuvo guardados, y le dice que siempre lamentará no saber quién fue su padre, a lo que Betty responde: “¿Pero no lo sabías? Pensé que mis padres te lo dijeron. Jack era tu padre”. Jack, que algún esfuerzo había hecho por ser “amigo” de Brian, recientemente había fallecido en Canadá. Imposible no enloquecer mediante este entramado de palabras tardías, de conteos sorpresivos. Como lo menciona Laing, el evento del padre cataliza que “la estructura del sentido de su vida sea destruida”. Brian es así “despedazado”, ha sido “completamente engañado”(11).

El caso de Brian es ejemplar por varios motivos. Uno de ellos es que evidencia que a pesar de todas las buenas intenciones, intenciones que pretenden evitar el sufrimiento, en este caso el sufrimiento de un niño a todas luces producto de lo que popularmente se lama “descuido”, a pesar de eso, lo que se provoca en él es totalmente el efecto contrario. Tal efecto es la negación en la palabra de lo que acontece. Da la impresión de que todo el entorno familiar supuso que lo mejor para Brian era que sus abuelos se hicieran cargo de él, dada la imposibilidad de sostén presente en sus padres biológicos. Puede que, en efecto, tal vez lo mejor para ese niño era ser educado por los abuelos, puede ser, nos faltan datos para asegurarlo. No obstante, es alarmante la forma en la que se produce la adopción. Alarmante al extremo de que puedo decir que nunca hubo tal cosa. La palabra “adoptar” proviene de ad  que implica la idea de “aproximación” o “asociación”, y de optare, que quiere decir “elegir”, “escoger”, “desear”. De la raíz de la que proviene el verbo “adoptar”, op, también se forja el verbo “opinar”. Dicho lo cual, en el caso de Brian más que adopción, lo que implicaría tomar en cuenta su opinión, su elección, su deseo, hubo más bien amputación, seguida de una anexión forzada, de una expropiación. Quiero decir que en el orden de las palabras nunca se dio la posibilidad de que Brian pudiese elaborar la suplencia paterna de la que era sujeto. Lo no contado por ninguno, lo no preguntado por ninguno a Brian, produce que él, teniendo cuatro padres, se quede al final no teniendo ninguno. Lo no contado al niño le produce el catastrófico efecto de ser un huérfano. Brian termina no hallando su lugar en la maraña familiar. Veamos.

La madre, con todo su dolor y posible benevolencia, deja a Brian con sus abuelos, nuevos “padres”, sin decirle una palabra sobre los motivos de su acto. Los abuelos tampoco dicen algo, simplemente actúan “normal”, bajo la directriz de un “borrón y cuenta nueva”. Si Brian no puede vivirse como hijo de esos “padres”, es decir si Laing siempre pone entre comillas esta palabra, es porque no existió en el lenguaje el puente que pudiese ayudarlo a dar ese brinco. En el nivel manifiesto, desde la óptica de la madre y abuelos, Brian no es dejado con personajes ajenos, no es abandonado a su suerte, se espera que la cosa vaya mejor con los abuelos paternos. Nadie habla de abandono alrededor y sin embargo, en el nivel latente, la palabra abandonado cae con todo su peso en el niño. El niño actúa lo que sin contárselo le cuentan. Para el niño está esta realidad: estoy con mi madre, nos queremos, un día hacemos un viaje, entramos en un lugar desconocido, mi madre se va llorando, dos extraños me dicen “hijo”. Al no contarle al niño las razones por las que se toma la decisión, al no expresarle que se lo hace incluso como un signo de amor, el niño se vive como indigno del amor de su madre, como no deseado por ella. Brian deviene entonces un hijo abandonado, y si es abandonado, seguramente es porque es “malo”, a saber: por ser malo es que es abandonado. Para Brian, en el ninguneo en el que todos lo tienen de facto, no hay otra posible explicación a lo que le acontece. Laing narra el esfuerzo psíquico que Brian hace para comprender la situación, y cómo ese esfuerzo, al no tener el apoyo de la palabra honesta de los otros, se convierte en el campo sobre el que germinará toda su fantasía por tomar revancha de su madre, encarnada en toda mujer que se le asemeje. Toda la confianza en el amor le es arrebatada a este niño a raíz de un acto que, repito, al parecer se hace por amor a él. No hace falta ser psicoanalista para saber por qué Brian termina casándose y lacerando a una mujer que, como su madre, era “buena, dulce, cariñosa e inocente”.

No es por lo tanto mera coincidencia que cuando Brian deviene padre se vaya perfilando el retorno de aquello que con mutismo fue reprimido. El número “4” para Brian significa abandono. Es por esto que cuando su propio hijo cumple cuatro años la bomba estalla. Para las doctrinas que hoy en día imperan en el abordaje de la vida anímica, tal vez la violencia de Brian se debía a la bebida, antecedida de un posible “estrés laboral”. Nada más erróneo en el diagnóstico. Su afición a la bebida es también producto de su aflicción amorosa. El psicoanálisis ha demostrado que todo tipo de adicción es una forma de tapar, de suplir un hueco, una forma de anestesiar el dolor. La adicción es precisamente un método de lidiar con el dolor sin la palabra de por medio: a-dicción: “sin dicción”. Ya Freud decía que el amor perfecto era el del hombre y su botella. Si Brian tomaba era para ahogar el hueco amoroso dejado por su madre. Este hueco es tan grande que ningún bálsamo lo exorciza. Algo quedó desatado en Brian, será justo con una cuerda con nudos que lo evidencie en la humanidad de su mujer. En otros términos: “mujerbuena, cariñosa, dulce e inocente” para este hombre quiere decir “traición”.

Brian crece con la sensación de no pertenecer a la familia en la que creció, de ser un desarraigado, un des-atado. Su conducta malvada está directamente relacionada con ese lugar, esa conducta habla de eso. Esta verdad fue comprobada por él siete años antes de que le sea dicha. Y a pesar de todo, Brian logra tener “éxito” profesional. Estudia, trabaja, se casa. Hay sin embargo, como hemos visto, poca estabilidad en cuanto ocupa el lugar de marido y padre. Como sea, también logra tranquilizarse un poco a este respecto. Se halla en una situación mejor cuando la última estocada le viene. Resulta que su padre no estaba muerto, como le había contado su madre y como le habían hecho creer todos en su nueva familia. Se entera que su padre era su “hermano”. Cuando se entera este padre ya había muerto. De manera que para Brian su padre siempre estuvo muerto, muerto en vida aunque enfrente de él, y muerto realmente cuando ya no está enfrente de él. Brian es hijo de un muerto. ¿Cómo puede un hombre asumir su propia paternidad bajo estas coordenadas? No es de extrañarse, Brian enloquece a raíz de esta verdad. Es notable que dentro de todo el ambiente amable de su familia, pareciese que todo está hecho para que Brian nunca encuentre su lugar en ella. Se evidencia aquí toda la relevancia de lo que Lacan acuñó bajo la noción del “Nombre-del-Padre”. Ese nombre, en tanto operador significante que ubica a un sujeto en una genealogía, no le es transmitido a Brian.

Brian, para quien el número cuatro es tan trascendente: cuatro años, cuatro padres, tres eventos traumáticos que parecen no dar lugar para soportar un cuarto, se encuentra atrapado en la imposibilidad de hacer los duelos. Siempre demasiado pronto o demasiado tarde. Brian queda atrapado en un lugar entre la vida y la muerte. Si su padre fue un muerto en vida, a él parece que le toca ser un vivo en muerte.

Ya que lo que a continuación sigue es hablar de números, de cuentas, de matemáticas pues, hago un ejercicio de lectura del caso Brian en base a los números precisamente. Digo que Brian, si fuese número sería, al final, el cero. Es el cero en tanto este número es el necesario para hacer una serie. Brian es el punto alrededor del cual toda su serie familiar gira. Los lugares, los valores que cada uno en su familia tiene se deben a ese punto de referencia que es Brian, es decir, al valor que ese niño tiene para los otros. La poca claridad en cuanto al valor que cada uno tiene en relación al propio Brian le impide a éste que encuentre su propio lugar en la serie familiar. Brian es sujeto de una mutación constante en cuanto a su valor familiar. Brian pasa de ser hijo querido a ser hijo abandonado, de huérfano en relación al padre a engañado y negado por el propio padre, de hijo adoptivo a nieto, de hermano a sobrino. A esto súmesele todos los cambios de relación que se van dando entre los mismos miembros de la familia. Brian nunca tiene un valor fijo, tampoco su entorno, en cuanto piensa que adquiere uno, el juego cambia. En otros términos, Brian es un número vacío, sin valor asignado, que sólo está allí para que los otros números, los seres de su familia, se ubiquen a su antojo a sus costillas. Brian es por lo tanto el cero que sostiene toda la situación, no cuenta porque no le cuentan. Si él es sostén de todos, ¿de quién puede él sostenerse a su vez? Todo su historial apunta a afirmar que queriendo contar con él, en realidad nadie lo tomó en cuenta en cuanto a lo que era. Brian es una especie de residuo de las operaciones familiares ¿Cómo podría este hombre poder contar con los otros bajo estas condiciones? No titubeo en decir que si a este niño se le hubiese contado lo que pasaba, y de allí promover su opinión, por más triste y traumático que hubiese sido, su vida hubiese contado otra historia.

Es menester puntualizar aquí que si bien desde cierta óptica todo sujeto del inconsciente puede ser asimilado al cero, dado que no hay valor o identidad mediante los cuales quede representado por completo, sin embargo, en el caso de Brian, ni siquiera existió para él la posibilidad del derecho a una identidad, por más imaginaria que fuese. Tener una identidad es la condición de posibilidad para eventualmente hacer la experiencia de la falta. En tanto no hay aquí esa posibilidad Brian queda no como lo que porta una falta, sino como la falta misma.

Hasta aquí mi comentario sobre el caso que Laing remite. Ahora toca abordar desde otra perspectiva el verbo “contar”. Se trata de una perspectiva que se relaciona de lleno con otra palabra que ya ha aparecido aquí con anterioridad: deseo. La tesis que ahora se tratará de transmitir es que los “síntomas” de los niños, y en general de los animales parlantes que somos, en nuestro encuentro con las cuentas matemáticas, tienen como fundamento un cierto eclipse del deseo.

 

 

Cuando “las cuentas” son rechazadas

Para el psicoanálisis el deseo es el resultado del choque del organismo humano con la institución del lenguaje. Es porque habitamos en el lenguaje que, a diferencia de los animales que no hablan, al menos no como nosotros lo hacemos, nuestra vida se distingue por ser una vida articulada por el deseo antes que por la necesidad. El deseo supone la posibilidad de elección, supone el juicio, supone la alternancia, lo incierto. La necesidad está a contrapelo de estas características. La necesidad no da demasiado lugar a la elección, no toma demasiado en cuenta el juicio, no se distingue por la equivocación. Es decir, mientras el deseo se asocia a la multiplicidad, a la diversidad, la necesidad es más bien monotemática. Lo que se necesita es incuestionable, el deseo es más bien el cuestionamiento constante. Es mucho más fácil responder a la pregunta “¿qué necesito?”, que a la pregunta “¿qué deseo?”. Si esto es así es porque no existe de manera predeterminada el objeto que satisfaga el deseo. Para la necesidad hay objeto ubicable. Si el ser humano es el único en comer en exceso, en no comer, en producir arte y guerra, en producir filosofía y religión, en ser adepto a las perversiones y a la legalidad, es porque es deseante. En una palabra, si la cultura es un patrimonio exclusivo del hombre es porque hay la presencia en él del deseo.

Hay sociedades animales, pero no cultura. Las sociedades animales se rigen por las leyes inscritas en sus instintos y necesidades. El ser humano, desde que habla, está desarraigado de un parámetro fijo para dirigir su vida. Todavía más, lo que hace que la vida tenga un sentido para ser vivida es porque no todo en ella está predeterminado para nosotros. La vida tiene sentido para nosotros porque siempre hay un espacio para la invención, para algo que puede o no pasar. El psicoanálisis propone que la vida es digna de ser soportada porque en ella existe una incógnita que en esencia es una falta: falta de seguridades, falta de la palabra final, del estilo final, de la idea final. La vida es un juego, y como todo juego, en ella hay casillas vacías que llaman a que nos inventemos una forma de poner algo en ellas. En la necesidad es unívoco lo que hace falta para saciarla, en el deseo, no existe, de fondo, aquello que lo llene de una vez por todas. Entonces, el deseo es una presencia sí, pero una presencia de algo que falta.

El problema con las matemáticas es que si bien tienen un costado lúdico, unas leyes que al seguirlas producen la sensación de la creatividad, su destino final es el arribo a un resultado unívoco. Lo que quiero decir es que la precisión matemática va a contracorriente de la dinámica del deseo que tanto nos anima. De alguna manera, las matemáticas nos suelen resultar rígidas y tediosas, incluso frías, porque se encuentran en las antípodas de lo flexible e incierto. De aquí que cuando se les enseñan a los niños se recomiende hacerlo mediante juegos. Jugar con los números es una estrategia que pretende no hacer tan evidente que, en estricto sentido, las matemáticas no aspiran a ser un juego, están articuladas por la pretensión del acierto, quieren evacuar de su campo el error.

En su texto “Matemáticas y afectividad” Gilbert Dumas menciona que para que un niño aprenda, lo que sea, es necesario que “reconozca que esos objetos sociales propuestos por la situación y por el discurso escolar tienen ciertas relaciones con su deseo”(12). Si el contenido de la educación que se imparte no toca la característica deseante del humano, es muy difícil que cause interés. Es decir, si lo que aprendo no me cuestiona en cuanto a mi cualidad de ser humano, pierdo interés en ello. Las matemáticas, como en general todas las ciencias llamadas “exactas”, son percibidas como algo tendiente a la fijeza, al juego final, mientras que la vida deseante de los sujetos más bien se distingue por la ocasión del juego sin fin. La ciencia aspira a la universalización y por lo tanto a la despersonalización. Una vez que se llega a un resultado cierto y comprobado, no existe, en estricto sentido, un autor, pues ese resultado no depende de la opinión de un sujeto, ese resultado es cierto diga lo que diga cualquiera. Es decir, las matemáticas inhiben la opinión, el decir singular de los sujetos, y esto aun cuando son producto de la inventiva de los sujetos.

La inhibición de los niños en cuanto a las matemáticas proviene de que perciben su poder acuñado por la pretensión totalizante. Uno de los grandes factores que producen los síntomas de no aprendizaje de las matemáticas tienen que ver con las características de su lenguaje. Dice Dumas que mientras la llamada lengua vernácula, es decir, la lengua de uso diario, está, como el deseo siempre abierta al imprevisto, a la invención, “permite todos los efectos y deslizamientos de sentido a través de los cuales puede manifestarse el sujeto”(13), la lengua matemática no deja lugar a ello: “Mientras que la Palabra pone siempre más o menos en cuestionamiento a la lengua, el mensaje matemático nunca cuestiona al código”. De manera todavía más enfática continua Dumas: “No hay lugar para la Palabra en el discurso lógico-matemático”(14). Esto es percibido por un niño cuando a ese lenguaje se confronta. De aquí que no sea exagerado decir que el niño suele vivir las matemáticas como un poder autoritario, como un dominio  y atentado sobre su voluntad, sobre su deseo. En otros términos, en la mayoría de casos un niño no tiene éxito en las matemáticas y en otras áreas “fijas”, como la química, la geografía, la biología, porque en ellas observa pocas, si no es que de entrada nulas posibilidades de creación de algo nuevo en lo cual se exprese su deseo. En el fondo, las matemáticas evacúan la opinión del niño. 2 + 2 siempre son 4, a diferencia de mi juego de canicas, de mi juego de fútbol, de mi mascota: nunca sé lo que allí va a pasar con ellos en su relación conmigo y ese es precisamente su atractivo. Las matemáticas son algo así como una historia de la que de alguna manera y de antemano sabemos qué debe pasar, al menos se espera un único final so pena de ser mal calificado. ¿Se podría en verdad calificar si un niño jugó bien o mal? Cito de nuevo a Dumas:

  Si la escritura matemática no deja ya nada a desear en un sentido, sino un “yo puedo” de reiteración, de repetición del mismo, pues el sujeto en tanto que deseante, borrado de este universo para poder hacer funcionar un posible puro y simple infinito, excluyente de toda contradicción, no se podría ver en las matemáticas sino un procedimiento obsesivo o una creación perversa.”(15)  

A este carácter dictatorial de las matemáticas que complica su transmisión, por demás necesaria, se pueden sumar otros factores. Por un lado las características de quien las imparte, y por el otro, el contexto familiar en el que se encuentra inmerso el niño.

Cuando el instructor o maestro de matemáticas se distingue por tener un estilo rígido, cuando satura con problemas y tareas a los niños que están a su cargo, en lugar de acercar las matemáticas al interés de éstos, más bien los aleja. Muchas veces se ha pensado que ante el bajo rendimiento escolar de un niño habría que aumentar el tiempo de su enseñanza; que ante la impotencia por resolver un cierto tipo de problemas habría que reaccionar multiplicando los ejercicios. Estas estrategias tendientes a garantizar el aprendizaje, marcadas por la tenacidad y la exhaustividad, son una suma a la propia rigidez del área. Parafraseando a Jacques Lacan cuando el maestro “atiborra con la papilla asfixiante” de las tareas a sus alumnos, en lugar de  obtener la atención y el avance esperados, lo que obtiene de ellos es el rechazo radical de todo saber, produce en ellos anorexia mental(16). Tal rechazo radical del saber es en sí una demanda, incluso una denuncia. Lo que la anorexia, sea del tipo que sea, denuncia en su manifestación, es que exista un lugar para la falta, para el deseo. No hay mejor camino para ahuyentar a un niño en la escuela que la vía de la multiplicación del saber y de la disciplina. Por supuesto, esto no propone vaciar de toda disciplina la tarea pedagógica. Más bien, esto trata de focalizar por qué para Freud la educación es una de las profesiones imposibles, pues en ella el llamado “educador” nunca tiene claro hasta donde y en qué grado habría que sostener la disciplina, pues es común también que toda ausencia de ésta, es decir, presentarse bajo la estafeta del famoso laisser-faire, genera efectos todavía más estruendosos en los sujetos.

El otro aspecto que se entromete en el aprendizaje de las matemáticas, y de otras materias como en particular la historia y la geografía, suele ser la particularidad del complejo familiar en el que vive el niño. Cuando en la familia los lugares, las fronteras, los nombres, los valores de cada miembro en la familia no están claros para el niño, como por ejemplo lo vimos en el caso de Brian, el niño no encuentra la posibilidad de ubicarse y de ubicar la lógica de la serie en la que está, las fronteras que lo demarcan. Cuando hay mutación y vaguedad de los valores y de los orígenes de la historia familiar de la que el niño es producto, éste haya difícil acoplarse a las leyes de las ciencias fijas. Es decir, cuando al niño “no le salen las cuentas” en su familia, tampoco le saldrán en las matemáticas. Las características del grupo familiar son el modelo primario de toda agrupación para el niño, cuando esas características son difusas, es endeble la comprensión de los grupos matemáticos y de las leyes que los rigen en el niño. Vemos una vez más cómo antes de afección cognitiva es la afección emocional aquello que en repetidas ocasiones, en la mayoría, determina el fracaso escolar. Pero si bien de manera general se puede afirmar esto, siempre hay que observar la manera particular en la que el conflicto familiar se articula en cada niño. Como recomendaba Freud hay que ir caso por caso. De igual forma, habría que aclarar al respecto de esto que no se insinúa que si la familia del niño no es de acuerdo a los parámetros clásicos de la llamada forma “nuclear” esto derivaría en una afección del niño, lo que señalo es que si el niño no ubica los lugares de los otros en su familia, sean cuales sean estos, es cuando la posibilidad de que sobre él recaigan una serie de problemáticas nace. No importa tanto que la familia de un niño sea el prototipo o no del modelo de familia que desde varios lados se publicita como la adecuada, lo que importa es que el niño tenga claro por qué está con quien esté.

Después de este recorrido se espera haber promovido en el lector su interés por la propuesta psicoanalítica en el tratamiento de diversas afecciones que complican la vida de un niño. Lo que he querido hacer ver es la gran importancia que el lenguaje tiene en esas afecciones y cómo los síntomas de un niño hablan por lo que está pasando a su alrededor. No es exagerado decir que un niño viene a ser el elemento en cuya humanidad se refleja lo que no anda en la familia, y si la familia es la gran institución de la cultura, observar de lo que sufren los niños es observar los rasgos de la cultura en la que vivimos. Desde esta perspectiva, los síntomas y los rasgos de carácter de un niño son como obras de arte: maneras con alto grado de enigma de contar la verdad de un tiempo.

 

 

REFERENCIAS

1 Sigmund Freud, “Sobre la psicología del colegial”, en Obras Completas, tomo XIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1991, p.248
2 Gérard Pommier, Los cuerpos angélicos de la modernidad, Buenos Aires, Nueva Visión, 2002, p.58.
3

Ib. p. 59

4 http://www.rae.es/
5 Sigmund Freud, “El esclarecimiento sexual del niño”, en Obras Completas, tomo IX, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p.115.
6 Ib. pp. 115-116.
7

Ib. p. 116.

8 Ib. p. 119.
9

Ib. p. 120.

10

R. D. Laing, Self and Others, Penguin Books, UK, 1975, p. 93.

11

Ib. pp.: 88-95.

12 Gilbert Dumas, “Matemáticas y afectividad”, en Deseo, saber y transferencia. Un acercamiento psicoanalítico a la educación. María Pilar Jiménez Silva & Rodrigo Páez Montalbán (compiladores), Siglo XXI, México, 2008, p.: 87.
13 Ib. p. 90.
14

Ib. p. 93.

15 Ib. p. 100.
16

Cfr. Jacques Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en Escritos 2, Siglo XXI, México, 1995, p. 608.

 

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