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LENGUAJE, ESCRITURA Y ARTE:
UNA CONVERGENCIA EN EL SUJETO

LETICIA HERNÁNDEZ VALDERRAMA

 

“escribir es enjuiciarse a uno mismo”
Ibsen

El hombre no habla el lenguaje, sino que el lenguaje habla al hombre.
Heidegger

Una palabra que no puede ser dicha a otro, como cualquier palabra que se dirige al otro en su emisión fónica, en su pronunciación; que se dirija al otro no quiere decir que llegará, que llegará a destino, pero bueno, se trata de intentarlo.
Lacan

…lo poético no es algo que está afuera, en el poema, ni dentro, en nosotros, sino algo que hacemos y que nos hace.
Octavio Paz El arco y la lira.

 

Resumen: El presente texto alude a la escritura, a la creación,  al arte,  a lo que de ello nos puede decir el psicoanálisis.  Ante el momento de devastación que nos aqueja, la autora nos advierte de la urgencia de la escritura desde lo que atañe al deseo y al inconsciente en un acto singular por la poética de la vida. Acude a la noción lacaniana de enunciación y lo que se remite a la función  poética que nos habita desde la infancia, donde por ello el sujeto es escritura, producto de una huella, de un acto escritural donde el Otro poetiza y resuena.  La escritura está ahí en la posibilidad de hacerse sujeto, en el acto escritural de una singularidad,  en la creación desde la pérdida, en el deseo.

Palabras clave: Escritura, poesía, arte, creación, psicoanálisis, enunciación, lenguaje.

 

 

Introducción

El tema del lenguaje, arte y escritura en psicoanálisis pareciera un madero lanzado a este mar devastador de subjetividades. Abordar el tema del arte, de la creación, de la escritura, de la singularidad que se juega en cada trazo al decir la propia letra en el sujeto, ofrece un navío en medio del mar. Ya que no se puede escribir sin tener presente el malestar en la cultura de nuestra época caracterizada por la violencia, por la soledad, por el aislamiento, el individualismo, el hedonismo, las adicciones, por el narcotráfico, por las guerras lejanas, las invasiones, la amenaza islamista, la pobreza, la miseria, los desaparecidos, la explotación de millones de seres que malviven en el llamado tercer mundo, entre otros. Vemos un mundo sin límites y con referentes en transición, evolucionando hacia lo evanescente, hacia lo virtual, hacia lo desechable, los seres humanos vamos transitando en la disyuntiva de estar solos o estar acompañados, de construir algo nuevo o de sumarnos a la violencia.

En estos momentos es harto oportuno, el espacio de escritura, de creación es una forma de acercarnos a la esencia del sujeto, es un signo fundador de un decir privilegiado donde se evidencia el deseo y lo inconsciente que nos liga a lo amoroso, a la poética de la vida… La escritura como creación liga a lo amoroso es la esencia de la subjetividad misma, es prácticamente el vehículo de la relación con el otro, con la siguiente generación y con la anterior. Lo amoroso es siempre el punto de encuentro del individuo con la estructura social; es quizá la mejor forma de crear algo que nos liga y sostiene a la vida. Es lo que hace puente entre la angustia y la sin palabra. Es el rescate mismo de la palabra, del discurso deshilachado, lleno de quejas, de roturas, de frustraciones y fracasos, lo que nos permite replantear el sentido del psicoanálisis.

Por lo anterior, señalamos como una existencia fundamental e innegable al psicoanálisis; como un discurso que puede contribuir a reivindicar al sujeto a su poética singular, pues al estar constituido en el lenguaje y por el lenguaje, su palabra  podrá evitar ser arrasado y extraviado en el mar de crueldad social que devasta todo psiquismo.

Nuestro propósito es hacer una breve reflexión sobre la convergencia del lenguaje, la escritura y el arte en la constitución de un sujeto; pensar cómo puede ser violentado por los acontecimientos del mundo hoy, que como discursos intervienen,  marcan y afectan sus relaciones con otros, con el mundo, con la vida, propiciando síntomas o patologías.

 

 

Lenguaje y psicoanálisis

Es el lenguaje el que nos constituye como sujetos, su importancia es absoluta en la constitución del psiquismo. Es trazo que se inscribe en el inconsciente de cada palabra dicha por la madre. El lenguaje es la esencia del ser, el sujeto no es el amo, la lengua lo domina, lo rebasa, lo maneja, lo aliena, lo constituye y hace ser. Recordemos que para Heidegger el lenguaje es “la casa del ser”, el lugar del ser (pensando como verbo). Las palabras tienen poder; nos hablan; no son etiquetas puestas arbitrariamente a las cosas, surgen de la percepción significativa.  Es el lenguaje el que nos habla y nosotros los que co-respondemos, desde esa red de relaciones haciendo cadenas discursivas.

Lacan en Función y Campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis (Escritos I), menciona que “El sujeto es siempre hablado”, y agrega: ¿Qué es el Verbo? Acaso sea: palabra, voz, lengua. El logos de los griegos, es palabra o concepto o discurso o razón. Podemos decir que la palabra tiene poder; pero también la palabra engaña porque por el juego del malentendido se abre a la posibilidad de la estafa; Lacan nombra estafa como promesa del sentido. La estafa en el sentido de las palabras que deslumbran y, cómo consecuencia, demuestran su dimensión verdadera (Iris M, Zavala, 2009).

Partamos de tener presente que el lenguaje tiene su vertiente emocional con la aventura sensible que contiene la palabra, siempre dirigida a Otro, es enigma, pues aun cuando no significa nada representa la existencia de una relación con otro. Por otro lado, también hay palabras llenas de odio, grotescas, burdas llenas de encono, de desvergüenza, impúdicas o insolentes que afectan, que duelen. La palabra que hiere, que nos afecta, marca el cuerpo. El cuerpo tiene marcas, heridas, hiancias. El cuerpo está escrito, tiene letra, tiene escritura sensible, amorosa y violentada.

En la actualidad decimos que estamos en crisis con el lenguaje, y con el Otro, porque observamos un mundo decadente de los valores de antaño, en crisis y lleno de violencia, donde el sujeto habla poco, escucha poco, se relaciona poco. Ya Freud desde 1930, en el Malestar en la Cultura nos lo decía: “No nos sentimos cómodos en la civilización del presente”. Porque no ha logrado mitigar la infelicidad humana. Hoy en la actualidad, la cultura a pesar de regalarnos las nuevas tecnologías como opción al control de la agresividad, seguimos sin lograrlo. Cada vez se habla menos con el otro, los lazos sociales están deteriorados o rotos; como resultado, nos alejamos y lastimamos en la sin palabra. Asimismo, al hablar podemos darnos cuenta de los lenguajes que nos habitan, de los múltiples acentos y valoraciones provenientes de las identificaciones que han construido algo en nosotros, muchas veces la coexistencia con estas identificaciones no son pacíficas, sino que se vuelven torbellinos que buscan respuestas o que se responden o que se suman a la violencia escudándose en el otro.

Para ser sujeto del lenguaje, siempre hay la necesidad de las palabras del Otro,  el lenguaje mismo tiene que ver con otro.  Si como dice Lacan, la ley del significante es el equívoco, no hay verdad absoluta y el sentido es arbitrario. Será un lugar de verdad que se haya en el inconsciente y que buscará llegar a la palabra para hacerse escuchar. La palabra fue el centro de atención de Freud; fue su escucha la que le permitió hacer un desplazamiento fundamental para descubrir cómo el lenguaje se hace escritura en el inconsciente. Lacan lo nombró como el gran Otro, instancia simbólica y responsable de signar los cuerpos para adquirir una identidad sexual; de participar en el legado generacional, de las alianzas y las filiaciones, de las leyes y los mitos. A partir del tesoro de los significantes que lo representa, el sujeto habla, desea y organiza su vida psíquica. El pasaje por la castración permite que la falta y el deseo se instauren en el inconsciente del sujeto y se posibilite la relación con los otros.

El habla por medio de los tropiezos con su palabra da cuenta de su singular organización inconsciente, de la relación con los objetos causa de su deseo y de los efectos de una relación originaria con el lenguaje. El papel de la palabra y el campo del lenguaje, desde el descubrimiento del inconsciente y de la cura por el habla, hasta Lacan, con su formalización del sujeto y de los discursos que hacen lazo social, son esenciales para entender los misterios del alma humana. Veamos cómo nos hacemos hacia el lenguaje que nos aparta del goce mortífero conduciéndonos a lo que podríamos llamar como una (po)ética del ser. Es decir, una ética del psicoanálisis que abre una dimensión estética, ya que como tal, el “ser” no se puede nombrar o decir a sí mismo, hay que nominarlo y crearlo o re-crearlo a través del lenguaje.

 

 

El arte de la escritura al nominar y construir un cuerpo.

El modelo inicial infantil es reedición, escisión, ambivalencia y distorsión son elementos básicos que van configurando las reflexiones freudianas en torno al vínculo amoroso: reedición, en tanto el sentimiento amoroso es un retorno, un regreso a la madre, al ideal del yo. Ambivalencia, que se debate continuamente entre ternura y sexualidad, entre miedo y angustia a la fusión y anhelo por el retorno al goce perdido; pero es justo ahí, donde la palabra y las leyes del lenguaje le recuerdan la castración. El primer trazo o acto simbólico con respecto al hijo es reconocerlo como propio, es hacer un acto de inscripción significante al nombrarlo. Ya que en un inicio el bebé experimenta el cuerpo como unido al de su madre, obteniendo de éste sus primeras satisfacciones y frustraciones. A través del significante del Nombre del Padre, el niño se separa del cuerpo de la madre, descubre su imagen y se apropia de ella.

En relación a la escritura, es en el nombre propio donde se condensa una metáfora de amor que conlleva el deseo de quien nombra. Hacer una inscripción allí donde hay silencio, donde hay cuerpo, carne, uñas, pelo... Es una inscripción que no se borra con el viento, ni con el paso del tiempo. En el campo del sujeto, la escritura en tanto síntoma sirve como tatuaje. Dicho más psicoanalíticamente, la escritura opera como trazo unario, como marca de inicio, como inscripción en el campo del lenguaje. Ya que para existir como sujeto se necesita del lenguaje y de ser nombrado, diferenciado. La nominación es un concepto lacaniano, que continúa y profundiza lo referente a la función paterna y a la creación del sujeto del inconsciente. El acto de los padres de reconocer a su hijo, conlleva sacarlo de la animalidad, humanizándolo y haciéndolo un sujeto “único” con un significante que lo represente, ya que solo “lo que tiene nombre existe”.

El niño al recibir su nombre tendrá efecto en el inconsciente, le permitirá realizar un correcto anudamiento de los tres registros: real, simbólico e imaginario; -al igual como ocurre con otros significantes reprimidos-, cuando sus tres registros tienen un correcto anudamiento entre sí, guardarán la disposición del nudo borromeo, que Lacan ha considerado como una escritura de lo real del inconsciente. Si un nombre propio se encuentra consistentemente sostenido por ese significante que hace la nominación del sujeto, la especularización de ese nombre con el cuerpo no ofrecerá fisuras más allá de las que las que puedan ocurrir corrientemente en situaciones adversas, críticas u hostiles como un accidente o la pérdida inusual del conocimiento. Si fuera el caso, el sujeto quedará en carácter de cuerpo sin nombre, sin identidad, alterado y desordenado momentáneamente sobre el conocimiento de sí; tras un instante el funcionamiento del cuerpo con lo simbólico y lo imaginario retoma a su correcto anudamiento. Son referencias ordinarias de separación entre lo imaginario, lo real del cuerpo y el símbolo que habitualmente superamos sin mayor tropiezo.

Por otro lado, la escritura siendo lenguaje, implica también un exterior al lenguaje. La escritura soporta lo real en relación con lo simbólico. Quizá por eso, Lacan tomó a la escritura como flecha del síntoma, porque no es exclusivamente simbólica. La escritura ex-siste a lo simbólico. La escritura en este sentido es traumática: rasga la intimidad del cuerpo, lo irrita de enigmas  y lo marca. Por ello, la escritura es un camino para pensar la naturaleza del síntoma.

Lacan resuelve esta dificultad formulando que el padre es un síntoma. Es decir, el cuarto lazo es aquello que anuda lo real, lo simbólico y lo imaginario. La función del anudamiento es sostenida por el Nombre-del-Padre al nombrar y hacer un acto fundador con su palabra. Cuando el padre falla viene una suplencia que aparece como Síntoma a ocupar el lugar de falla, carencia o ausencia. Es decir, que el Síntoma viene allí, a la función  de cuarto lazo, cuando falla la función del Nombre-del-Padre. La fuente del surgimiento del Síntoma es el padre porque siempre falla, sucumbe o se desmorona. Dicho de otro modo: no hay padre que no falle.

Pero volvamos al nombre propio que es elegido por los padres, a diferencia de los apellidos que son impuestos por la pertenencia a una familia y a una cultura, aporta el significante que funcionará como el elemento que reunirá, en una unidad imaginaria narcisista, esos pilares del Ego que consisten en los goces parciales. La madre con los primeros gritos significantes de su hijo, tornará su mirada hacia el deseo, hipotecando el placer de su visión. Ya aquí, el Yo de su pequeño se habrá sustituido al ego originario, bajo el amparo del significante de su nombre propio. En la mirada de la madre se debe hacer presente en ese momento la función del significante del Nombre del Padre.  Es que ahora el niño requiere una mirada que lo funde en un imaginario más allá de lo visible y del espejo, que permita que esa imagen tenga la consistencia de la determinación significante que se produce con la significación, ya no sólo el significado, del nombre propio, sino lo que de él se espera.

Es decir, la nominación abre una brecha en el autoerotismo y deflexiona la libido hacia el exterior por intermedio de la relación narcisista en la que se sella el Yo del sujeto y el nombre propio, que siempre viene del Otro. El Otro cuando hace ese llamado, nos da un ser al nombrarnos, nos hacer ser y existir más allá de su cuerpo. Por medio de esa designación se abre lugar el cuerpo que sentimos y pensamos, el cuerpo para el que reclamamos caricias y cuidado, del que nos dolemos y al que vestimos y alimentamos, del que experimentamos goces y con el cual medimos la distancia que hay entre la demanda y el deseo. Por el lado del cuerpo, para el ser hablante, es el resultado de su exposición a la demanda del gran Otro. Ello significa que antes de que su imagen especular se haga presente, la palabra de la demanda va labrando en el pequeño ser, el espacio imaginario en el que se va alojando su cuerpo, experimentado fragmentariamente, pero a cuya fragmentación precisamente se opone el significante. El lenguaje prefigura lo que se dará a ver como cuerpo, como Uno.

Cuando Lacan habla del estadio del espejo, señala  que la mirada del Otro como trazo unario de su amor dará lugar a la imagen en la que el niño se refleja, debe entenderse indudablemente como la dependencia simbólica del imaginario de una totalidad corporal. Es el trazo unario como su significado, el que en realidad procura la unicidad de su marca, la totalidad especular del cuerpo. La demanda que la madre transmite en el lactante, de demandar a su vez ser alimentado, es nominación real de su cuerpo, que surge de este modo como algo creado en el borde de su necesidad por la potencia que posee el lenguaje de dar existencia a lo invisible. La imagen en el espejo es ya una imagen imaginada por así decirlo. Lacan, siguiendo a Freud en su tesis de autoerotismo, cifrará allí el surgimiento del Yo, momento de creación poética del sujeto.

La mirada amorosa de la madre es la manifestación directa que viene de su lado, de su disposición a nominar el goce de su hijo. Es tal vez la única mirada plena, completa, no agujereada por el deseo, que la mujer puede experimentar: gozar de hacer gozar a su pequeño a. Satisfacción narcisista de la pulsión escópica, realizada en la visión de ese ser pequeñito todavía sin Yo, que se inaugura en un goce, cuando aún se falta por entero a sí mismo. La madre crea y recrea con su mirada y su deseo al ser que ella aspira se convierta en su hijo, hace poesía entre la metáfora y la metonimia, ya que con esta mirada se pierde para aquel que siendo mirado, es un sujeto barrado en su inconsciente. Esa captura significante del sujeto es lo único que puede garantizar una permanencia del sujeto más allá de los avatares de la aparición y desaparición de su imagen. No reducirse a ser un referente de lo visible, como sucede en toda nominación imaginaria. Pero esa nominación imaginaria es igualmente fundamental en la vida del recién nacido.

En relación al acto poético que se da en la nominación vemos que si lo que caracteriza a la poesía es la tonalidad, en tanto ésta abre la posibilidad de una conmoción estética que tiene efecto en el cuerpo, es decir, si la poesía es resonancia en el cuerpo, aparece entonces como claro que “si hay poesía, hay acotamiento del goce”. Será una palabra por otras, tal es la fórmula de la metáfora. El Otro, que al nombrar al igual que el poeta, producirá como por juego, un surtidor continuo, “un tejido deslumbrante de metáforas”, dice Lacan en La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud 81957, Escritos I).

La función poética, se encuentra copresente en el habla de todo ser humano desde su primera infancia, en sus balbuceos, lalaleos, palabras, hasta llegar a construir ideas completas con mensaje. La poesía pone el acento en el mensaje, no en el código, excede ampliamente los límites de la poesía propiamente dicha remisión a una escritura que está implícita en el inconsciente del sujeto; Freud habló de la huella mnémica en este sentido.

En síntesis, sin nombre propio sería imposible experimentar lo propio del cuerpo, porque entre cuerpo propio y nombre propio hay algo más que una soldadura, hay una relación de causación, una relación de amor. Por ella sabemos la función primordial del Nombre del Padre en cuanto al recinto imaginario formado por la imago del cuerpo maternal y del sentido de su palabra. De esta nominación primera y del sentido que le atribuya, será lo que le permitirá al sujeto, incorporarse al mundo social con  un sentido de identidad propia.

 

 

La convergencia castración, escritura y creación

Al haber sido reconocido por el padre, contar con un nombre propio y haber pasado por la castración el sujeto es apartado del cuerpo de goce que le está prohibido. Lo que le permitirá establecer y crear nuevos vínculos e investir nuevos objetos que serán causa de su deseo. En este acto de creación, la escritura impone una posición del sujeto exiliado del saber. Es de hecho, la condición de toda creación, la razón de un riesgo que no se puede dejar de correr: caídos los semblantes del sujeto, el cuerpo atraviesa el peligro de perder sus asideros, el fantasma se desborda porque el objeto que sostiene el deseo se desprende por la acción de la letra. Riesgo de desgarramiento de un cuerpo, que se compromete en un juego que exige separarse del objeto que es portador del excedente de goce. Se trata de presentar afuera un objeto material cuyo destino es incierto, de exponer al dominio público algo que extraído del campo del fantasma le otorga su encanto irresistible, que revela su carácter de desecho. La castración es también escritura, es riesgo de descubrir –por la disolución de los semblantes- que lo más valioso que el fantasma alberga es una basura, un resto, un desecho.

Daniel Gerber (1996) lo menciona así: “Una letra se produce como consecuencia del movimiento pulsional entendido como una incursión en el campo del Otro que deja una huella”. Se trata del “a” como resto de esa relación con el Otro. Entonces entendemos que demanda y pulsión deben anudarse según el imperativo freudiano Wo es war, soll Ich werden: Allí donde está la sintaxis, el je debe colocarse, es decir, para que esto ocurra, para que el yo advenga hace falta la instauración de la función del deseo. La conjunción de la pulsión a la demanda, que es la condición para que el sujeto quede atravesado por el significante del Nombre del Padre, momento maravilloso de la creación poética de un sujeto  que emerge como deseante. El sujeto deseante es un cuerpo equipado con el deseo, es una creación del deseo de Otro que le demanda ser fuera de él.

Será un sujeto con escritura como dice Lacan (1964) donde el lenguaje significante actuará como garantía de algo que supera infinitamente el problema de la objetividad, y que no es ese punto ideal –donde podríamos ubicarnos- de referencia a su verdad.

Más tarde cuando Lacan escribe su Seminario  sobre la “Lógica del Fantasma” (1966-1967), profundiza más el tema y menciona que si el fantasma cubre el vacío, la pulsión traza un borde alrededor de él; borde al horror de no saber del goce del Otro. Este borde es letra, escritura y reescritura de una huella pulsional que convierte el enigma del goce del Otro en un conjunto de marcas inéditas. La pulsión recorre un circuito que opera un corte, corte que provoca el desprendimiento de objetos que evocan un goce inhallable. El corte es proceso de escritura nos dice Gerber (1996).

Esta dimensión es lo real y figura como lo más verdadero del sujeto que no puede ser dicho, como lo que cae con la ruptura de los semblantes. Lo que lleva a Lacan a su nueva definición de la subjetividad que formula poco después de “Lituraterre” “el sujeto como efecto de significación es una respuesta de lo real”. Es decir, el sujeto resulta semejante de la escritura que va a producirse como resto de su incursión por el Otro, de esa escritura que surge por el detonar del significante hacia la letra.  Es un entallar como consecuencia de una hendidura en el campo significante por el cual las letras corren y hacen erosión en el registro del significado. La letra obstaculiza las formas del semblante y graba un sujeto que no puede definirse ya como sujeto representado en la cadena significante, como sujeto de una demanda de saber; ahora es un sujeto que responde a y de lo real. (Gerber, 1996).

El sujeto desde su fantasma estructural y en la condición de un ser deseante buscará investir nuevos objetos con el propósito de colmar su falta, así podrá hacerse hacia el amor en un acto creador.

 

 

El sujeto en convergencia con el amor y la creación

Hemos subrayado el papel del lenguaje en la constitución del sujeto; de este hecho de escritura que establece y constituye la esencia del fantasma, que a la vez determina la manera de relacionarse con los otros. Los otros que serán elegidos para tratar de colmar la falta. El deseo será esencial para que se de esta movilización subjetiva que permita acercarse a otro. Acto creador donde sublima y construye un nuevo objeto para sí. Cuando se ama hay una acción poética, es una forma de tramitar el deseo apasionado que activa al sujeto haciéndolo existir, que se evidencia cuando extiende su mano hacia otro esperando ser correspondido.  Lacan nos dice: “el amor hace señas, busca ser recíproco”. El amor pide amor, lo pide sin cesar, lo “pide… aún. Aún es el nombre propio de esa falla de donde en el Otro  parte la demanda de amor”.

Freud enfatizó que el hallazgo del objeto amoroso es propiamente un reencuentro con el pasado, que se manifiesta en el amor adulto. El sujeto en un inicio, frente al objeto elegido se siente enamorado (“en-amor-arte”). Es depositar en el objeto elegido las marcas provenientes de su relación con el Otro. Por ello los componentes de ternura y sensualidad tienen que confluir, y si no se da esta coincidencia de ambas corrientes, el resultado será que uno de los ideales de la vida sexual, la reunión de todos los deseos en un solo objeto, no podrá realizarse.

De acuerdo con Lacan el nuevo objeto tendrá que poseer ese valor agalmático. Ese pequeño “a”  que es resto y que es causa del deseo. En él se deposita el amor, la mirada y lo imaginario; conjunción que denota la relación a un deseo que no es nuevo y que nos lleva a construir un ser inexistente y necesario para el psiquismo, en la pretensión anhelante de reencuentro con el objeto perdido y del que llevamos sus marcas. En esta nueva escritura vemos la esfera del arte, que revela el vacío, el enigm(a) a encontrar; anuncia espacios entre las letras, palabras, oraciones para dar una supuesta y total comprensión, pero es en los resquicios, en los quiebres de la palabra donde se incorpora la fuerza de una paradoja, de una contradicción.

Si la creación tiene que ver con el arte y de entrada la podemos definir como una actividad en la que el hombre se re-crea, con una finalidad estética, en un aspecto o en un sentimiento, y se vale de formas bellas de la materia, de la imagen o del sonido; entonces observamos que se produce una obra que resulta de esta actividad. Podemos decir que hay arte romántico. El amor nos lleva a realizar las construcciones más increíbles a través de una poética.

La función poética, que se encuentra copresente en el habla de todo ser humano está presente desde su primera infancia, desborda ampliamente los límites de la poesía propiamente dicha. Cuando un sujeto hace poesía, asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo, ya que el arte poético le da una salida al Horror fundante de cada uno. El arte, es lo único que nos permite sublimar y nos conduce, a través del lenguaje, a moderar lo “nocivo” que todos llevamos dentro. El arte poético es un acto alternativo a tanta pulsión de muerte en nuestro mundo contemporáneo. El amor en tanto creación nos conduce también a la sublimación, a una modalidad de recubrir y sostener el deseo, a la vez, de hacer surgir lo real al que el sujeto se confronta; para evitar –en la medida de lo posible- la otra cara de la sublimación, que es el goce aplastado y vuelto a aparecer a cada momento.

Lacan apunta que el ser procede del lenguaje, de lo simbólico pero de diferentes maneras el amor inventa el ser; y el odio lo petrifica produciendo silencio. Ya en la psicosis (Sem. 3, 1955-1956) había afirmado: “Hay poesía cada vez que un escrito nos introduce en un mundo diferente al nuestro y dándonos la presencia de un ser, de determinada relación fundamental, lo hace nuestro también. La poesía hace que no podamos dudar de la autenticidad de la experiencia de san Juan de la Cruz, ni de Proust, ni de Gerard de Nerval”.

La poética no es el arte, ni un método para hacer algo, sino lo que hace posible la creación. Recordemos que Heidegger destacaba que la existencia humana, “es poética y que habita poéticamente el lenguaje cuando está en presencia de los dioses y es tocado por la esencia de las cosas” y podríamos agregar cuando el sujeto es tocado por el amor siempre querrá convertirse en poema.

 

 

Modernidad, Arte y sublimación

Volviendo a nuestro planteamiento inicial, observamos las tendencias que dominan nuestra época. Un sistema de competencia exacerbada, seres que se agreden o matan unos a otros; un universo extremadamente violento,  horrible, de la lucha por la supervivencia. Lo vemos en la televisión, en los juegos de vídeo y en el cine, donde se pueden encontrar la ideología de nuestro tiempo en su máxima pureza, suelen ser –muy a mi pesar- mucho más realistas que lo que se percibe a diario en la realidad, aunque son fruto de la imaginación.

En cuanto al arte nos preguntamos ¿de qué manera en nuestro tiempo el arte puede seguir sublimando para sostener al sujeto como creación? ¿Cómo es que se pierde la candor infantil y la creencia en el otro cuando se crece? ¿qué sucedió con la (po)ética del ser, cuando influenciado por la realidad se suma a la violencia privilegiando la pulsión de muerte? ¿Hay poesía ahora, en esta época de capitalismo tardío, cuando la palabra ha perdido su valor, cuando nadie confía en ella, cuando la función del padre está fallida, cuando se navega sin ética, por un mar de letras fosilizadas y comercializadas por el marketing o cuando las tendencias que dominan se encuentran en la realidad virtual de la televisión o de la Internet? ¿Qué hacer con la palabra poética, con las metáforas, con la metonimia? Palabra poética entendida como escritura desatada, en prosa o en verso que habla del sujeto.

Recuperar la atención en la poesía que no es ni hablar en rima, ni decir las  cosas bellas solamente. Ciertamente la poesía es creación y seguirá siendo creación porque es enigma(a), porque el arte siempre es inacabada, no encapsula la potencia sublime que representa la belleza o el horror inmanente de un poema, de una escultura, de una pintura o de un filme que nos acercan a la realidad.

El lenguaje nos sostiene, somos causa y esencia, por él suceden cosas, cuando se dice o cuando se calla. No sólo permite describir la realidad; el lenguaje las crea. Si la escritura es la creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo es imperioso retomarla… Pero, ¿cómo hacerlo en un mundo despoetizado que va a lo real, a aquel fantasma anterior a las imágenes y a las palabras con las cuales pretendemos capturarlo? El fantasma, aprehensión errónea o ilusoria de la realidad. Y bien, ¿de qué manera lo real nos trasciende y nos antecede a la vez? Aquí ya estamos instalados en los dominios de la paradoja, por ello, sería más fructífero pensarlo desde el único ámbito discursivo que se mantiene abierto cuando se trata de arte, el espacio de la subjetividad del sujeto en tanto dividido que siempre está creando cosas nuevas. Lacan plantea que “El arte puede incluso alcanzar el síntoma”. ¿Podrá contribuir a desbaratar lo que se impone del síntoma? Es decir, quizá sea el arte el que pueda revelar el síntoma social y pueda a través de una red de significantes ayudar a leer el síntoma que nos aqueja en este tiempo, que nos permita comprender las resonancias que la letra ha dejado tatuadas en el tiempo.

La función del arte es inducirnos a “subjetivarnos”, de tal forma que la historia de la literatura, por ejemplo, es la historia de estos procesos. Pero y hoy, ¿somos intérpretes de la subjetividad de nuestra época u objetos del mercado de los goces? El capitalismo ha incorporado al artista en el circuito de la producción de la industria del entretenimiento, tanto como animador cultural y artífice de eventos sociales, convirtiéndolo en agente de cultura visual y reproductor de violencia en sus diversas manifestaciones. Nuestra tarea también sería rescatar a nuestros artistas.

Hay una cuestión ética que no puede obviarse con nuevas teorías estéticas: ¿qué oferta de “subjetivación” tiene éxito en el mercado? Ya que el artista se ha sumado a ser un proletario más, cuya labor es producir formas que alimenten y multipliquen la variedad de los goces a consumir en la vida pública atentando contra la poética del sujeto.

Es preciso preguntarnos ¿qué obras contemporáneas “hacen saber” lo que ocurre en nuestra civilización? ¿Dónde encontraremos lo sublime de una obra del arte, su “aura” o “agalma”, lo bello o precioso que contiene en su interior? ¿Podría hablarse de un supermercado de la cultura?

¿Cómo reconocer que en una obra de arte haya algo que nos implique como sujetos, algo que nos hable, que nos mire? Pues cuando algo nos toca el corazón  vislumbramos un saber inédito, que no siempre se puede traducir en palabras. Acaso sea ese agalma lacaniano, como “cosa preciosa” en el arte actual. Repensemos la función del arte en nuestra contemporaneidad. Rescatemos la función del arte para que nos permita sublimar y conducirnos, a través del lenguaje, a contener la pulsión de muerte. Iris Zavala (2009) comenta: La sublimación es una modalidad de recubrir y, a la vez, de hacer surgir lo real, es decir, lo imposible, lo necesario, lo posible, lo contingente: el silencio de la muerte. Donde nada se mueve, solo el camino de la duda o, más propiamente, el camino de la desesperación a la que el sujeto se confronta.

No podemos caer en la desesperanza, debemos retomar la propuesta que nos hizo Freud. Pensar que el psicoanálisis al ser una cura por la palabra es también una cura a través del amor, en tanto que se pone en acto la palabra para actualizar los conflictos y encontrar el origen de los mismos y de los síntomas. Es a partir del reencuentro con el lenguaje, con lo mal dicho en la infancia como se pretende una reelaboración de las creencias que se apoyan en los fantasmas infantiles que dan soporte a la relación amorosa adulta, a la vez que tienden a jugarse e interpretarse durante la transferencia analítica.

Acercarnos al arte, a lo sublime de ésta en sus diferentes manifestaciones nos permitirá tener un reencuentro con el sujeto en su convergencia con el lenguaje, la escritura y el arte poético.

 

 

A manera de conclusión

La escritura para el psicoanálisis tiene que ver con hacer surgir esa marca que es el sujeto, que tal vez sea de forma desmesurada e insolente. Escritura de su palabra, sus decires, su hacer, su vida misma que lo han marcado y ahora son haceres del pasado o del presente que entran en la dimensión del acto.

Hemos dicho que no hay palabra sin escritura; el sujeto mismo es marca y producto de una escritura. Estableciendo una relación entre la escritura que él produce, eso que él escribe que puede ser un poema, y la escritura que lo produce, eso que lo describe y que pueda ser una (po)ética del Otro, sin que por ello pueda evadir su responsabilidad.

La convergencia del lenguaje, la escritura y el arte, son creación misma del sujeto producto del deseo de Otro. Es la nominación que condensa en la metáfora y en la metonimia un ser nuevo, un pequeño “a” para la madre donde deposita en un acto poético su deseo. En esta medida vemos que la escritura es litoral: recorre los bordes de lo simbólico como dice Lacan; pero se topa con elementos de lo real. La escritura que siendo lenguaje es un exterior a éste soporta lo real en relación con lo simbólico.

Asimismo, Lacan tomó a la escritura como flecha del síntoma porque no es exclusivamente simbólica, tiene que ver con lo real. Síntoma que a su vez se relaciona con las fallas del padre al ejercer la función simbólica. La escritura en este sentido, es traumática y llena al cuerpo de enigmas, marcas y fallas. Fallas que se evidencian en el sujeto a manera de síntomas cuando tiene que enfrentar las demandas sociales, afectivas y/o los embates del mundo actual.

Estas fallas del padre suelen dejar al sujeto sin asidero cuando se suman a la violencia de nuestro tiempo. Lo alejan de la posibilidad de sublimar y de toda esa creación poética de la que hemos sido objeto, nos han dejado en un real que allana el deseo y nos conduce a un goce de mortífero. El psicoanálisis nos propone que el sujeto haga un reencuentro con su palabra; aunque no toda pueda ser dicha, aunque no todo se escriba: “la verdad no toda” como dice Lacan. La palabra y el sentimiento al escribirse provoca una especie de desdoblamiento entre lo que se escribe y quien escribe que permite generar una respuesta singular, propia de cada sujeto, de la que pueda hacerse cargo y posibilite una nueva escritura para su vida y relación con otros pudiendo sublimar en un acto creativo.

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