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LECTURAS DE MAX ROJAS, IN SITU *

LUIS CORTÉS BARGALLÓ

 

Todo poema, por no hablar de toda escritura, tiene dos orillas. En una de ellas recibimos el texto y desde ahí tenemos que desandarlo por sus luces y las nuestras. En ningún caso es fácil, pero el más complejo -y desde la mayoría de los enfoques teóricos, erróneo- es el camino que se deja llevar por el impulso más emocional. La poesía de Max Rojas se nos presenta en estado de crisis y es, en sí misma, un "cuerpo crítico". No obstante, desentrañarla desde esta perspectiva dejaría de lado lo que a primera vista parece insoslayable: su poderosa sustancia emotiva.

¿Cómo encontrarse, cómo reconocerse en ella? ¿Cómo habitarla sin sobrehabitarnos? Pero el hueso de la lengua va astillando las palabras hasta dejarlas mudas en el cuerpo que articulan. Quisiera leer de otro modo, tumbado quizá, dormido, los poemas de Max Rojas que se yerguen con la columna rota y la memoria descascarada. Quisiera zafarme del vértigo de sus acentos y el despeñadero y eco de sus cauces desecados hasta la cuarteadura. Pasar del estupor al asombro y atreverme a preguntar, ya recuperado, ¿de qué hablan, en qué fuego se han templado semejantes punzones? Pero sé que mis preguntas, el silencio que sucede a las preguntas, no cabrían en el apretado pulso de El turno del aullante y otros poemas (la poesía reunida de Max Rojas).

Desde Las estaciones del olvido hasta Relación del sediento median casi treinta años de tiempo corrido; pero acaso un parpadeo en el tiempo y asunto de su poesía, un parpadeo cuya primera mirada es ya una revelación en la que, de golpe, se nos muestra la herida que sólo en apariencia se restaña:

Hemos dejado atrás
las palabras inútiles,
las formas exactas
de la niebla,
y los huecos que esperan
un cuerpo que los llene

Y es que, en realidad, aquí ya todo es y será después, como si en ese después y despegue pudiera perderse y resolverse y pudrirse todo el arte y artificio de lo que no fue, de lo que nunca será, de lo que pudo haber sido. Un acto singular y doloroso de la conciencia más candente de la propia condición intelectual y corpórea. Una singular evocación de los versos de Jorge Manrique:

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.

De Jorge Manrique a quien Max Rojas, lo sé bien, rinde sensato y elevado culto.

Este pasado que se instala en su desesperanza y ruina, no es el olvido sino el origen de todas las conjugaciones, los adverbios, las cesuras, anacrusas, coyunturas, disyunciones; no es un pasado de la memoria sino del tiempo, por eso sus desastres son ubicuos en el torrente que cruza toda la obra de Max Rojas y que llega, decantado, hasta uno de los últimos poemas del libro en donde el aullido primario se sosiega, quizá con una nota de cansancio, para decir, un poco a lo López Velarde:

Quedamente te llamo. Yo te llamo muy quedo y quedo
vienes, desde lejos,
de tu sonido de guitarra vienes,
calladamente triste a veces vienes.
Yo te quiero.

La rigurosa atención y tensión que amarra estos textos, la extraordinaria mudad que los amalgama en tan largo periodo de escritura, es inusual pero también injusta: la casa de este poeta está construida a sangre y lodo, la casa de este poeta no es una casa, es el vacío de una casa que se vacía como un agujero en el agujero de otro agujero. Una red de agujeros —como en el poema náhuatl— es su casa. Una casa que no tiene historia porque todo se ha quedado serio, encajonado en un túnel que irremediablemente amanece en el boquete de su fría, desolada luminosidad. Un desgarrón del lenguaje en donde me esculco y sé que estoy ladrando a falta de lenguaje; una música de molino —como la que alguna vez nos dejara escuchar Huidobro—, circular, recurrente, sitiada, asediante: a puro hueso carcomido estoy sonando. Música que sustantiva y evanesce, que termina por golpear el seco sustantivo del sustantivo.

Acertadamente, en su texto introductorio, Carlos Mapes ha subrayado el aspecto corporal de la poesía de Max Rojas que —según afirma— surge en el amanecer del cuerpo femenino. Agrega, también, que el cuerpo se divide en el dolor, en el amor sin fin, para tornarse trunco y crepuscular. Un cuerpo que suena y machaca todo el tiempo, un cuerpo que suma y rezuma todo el ruido; un cuerpo que pasa por el mundo en busca de otro cuerpo, del silencio de otro cuerpo.

Nadie podría decir que gusta de los poemas de Max Rojas, no hay manera de hacerlo. Sin embargo, podemos afirmar que con ellos descendemos hasta una raíz que en su mondadura nos cala hasta los huesos, nos desnuda hasta el aullido más perro. Esta poética de esencialidades, interrupciones, contradicciones y literalidades emotivas que bien podría enarbolar la bandera del Girondo más radical, el Girondo terrible de En la masmédula o bien, la media asta del más triste y dulce Vallejo, cumple, por su cuenta, con un destino conspicuo: el renunciamiento. Renuncia a la exuberancia y al paisaje; renuncia a la luz hiriente que hace el paisaje; renuncia hasta habitarse en la sombra de la sombra de un animal lleno de sombra.... Una experiencia tan radicalmente interiorizada que por dentro sigue consumiendo hasta la oquedad, la repetición, el desmembramiento:

la huesa huesadumbre que te ahuesa,
traqueteteándote chitón silencio clama
Tan aterrado de tu propio ruido,
cuánto silencio, pues, te deslenlengua a gritos.

Si en algún momento nos hemos preguntado por qué la obra poética reunida de Max Rojas es tan breve y apenas alcanza las ochentaitantas páginas de este volumen, la respuesta se nos viene encima con todo su peso específico. Me queda claro que no hay nada aquí de divertimiento, que estos poemas han nacido de la necesidad más extrema, de esa combustión toda de mis huesos de la que hablaba López Velarde; de una urgencia inaplazable que de un flamazo podría consumir una vida entera. Por fortuna, y gracias a su aparente brevedad, el frío incendio de esta obra demandante y conmovedora no nos ha privado del hombre que en ella vive, sobrevive y revive. Como también afirma Carlos Mapes en El cuerpo del lenguaje, Max Rojas aspira a una vida más allá de la creación, en la que prevalezca la propia vida. (En un inusitado aforismo, Cioran escribe: finalmente yo también me he descarriado como cualquier hijo de vecino.)

Con el hueso de la lengua que astilla las palabras hasta dejarlas mudas en el cuerpo que articulan.... Quisiera leer tumbado, quisiera leer dormido estos poemas de Max Rojas. No podría sentirme de otro modo, magnetizado, recordando como si se acabara de escribir, como una revelación, aquel famoso verso de Vallejo: Emocionado... qué más da... emocionado.

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* Esta entrevista fue publicada por primera vez en la EDICIÓN ESPECIAL DEDICADA A MAX ROJAS número 16 revista DERIVA, marzo 2004, Cd. De México.

 

 

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