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C11

MAX ROJAS:
LA PUREZA DEL ENCABRONAMIENTO
*

MIGUEL ÁNGEL GALVÁN

Hablar de la poesía de Max Rojas es, aunque se trate de una recurrencia verificable en la obra de otros poetas, hablar de la obsesión. En él, más que en ningún otro autor, parece una verdad absoluta la afirmación de Jorge Guillen acerca de que se escribe un solo poema, uno solo, fragmentado por el tiempo, continuado en distintos momentos, quizás bajo circunstancias e intenciones diferentes; un único poema que admite variantes y que, virtualmente, es infinito.

Como llega a escribir Carlos Mapes en su Introducción a El turno del aullante:

 "si hay una obra de la que pueda afirmarse con acertada contundencia que sólo los cuerpos son reales esa es la de Max Rojas. En su poesía el cuerpo' humano aparece constantemente, ya sea como tema o como asunto del propio lenguaje."

 

Efectivamente, la poesía de Rojas (de hecho sólo un par de libros: El turno del aullante y Ser en la sombra, más algunos poemas dispersos (Cuerpos), y una novela inédita Memoria del perro) es una obra cerrada, literalmente circular, obsesiva. Poeta del dolor y del lamento a gritos. Rojas — sin dudarlo — es una voz original y reconocible dentro de la poesía mexicana.

Max Rojas nació en el DF en 1940; nieto, por el lado paterno, de un indio zapoteco. Su padre, mexicano, se educa en Cuba y tiene que salir precipitadamente de la isla, perseguido por la policía del dictador Gerardo Machado y regresa a su país de origen. Su madre, cubana, comprometida también en la lucha contra Machado abandona su patria envuelta en la bandera mexicana y llega aquí como asilada política. Se conocen en la sexta delegación de policía, en 1937, cuando en el transcurso de un acto en homenaje al dirigente comunista cubano Julio Antonio Mella irrumpe la policía y los lleva detenidos. Max se cría en la colonia Cuauhtémoc, en el seno de una familia de intelectuales y revolucionarios; se nutre no sólo de lecturas que el ambiente familiar propicia, sino también de la presencia de algunos exiliados políticos de la España republicana o la Cuba revolucionaria: León Felipe, Juan Marinello, Pedro Garfias, Nicolás Guillen. Todos ellos serán presencias notables durante la infancia y la adolescencia de nuestro autor. Max reconoce en ellos a sus maestros indirectos y encuentra en la poesía de algunos de estos escritores, así como en la poesía del Siglo de Oro español, la satisfacción de una necesidad interna que desde entonces, y para siempre, lo va a acompañar.

El mundo que me rodeaba, dice Max, era poco visual, a diferencia del de ahora, pero la radio abría horizontes imaginarios que tenía mayor efectividad que el cine, que para mí fue una influencia marginal que me llevó a otros procesos. La lectura fue entonces, junto con la radio, la llave que me abrió las puertas de la imaginación.

Max hizo estudios de Filosofía, lo que le otorgó una visión comprensiva del mundo y también una creencia sobre la posibilidad de transformación de la realidad. En un sentido, y habría que pensar en María Zambrano y en los pasadizos con los que logra relacionar a la poesía con la filosofía, en los poemas de Rojas puede encontrarse una voluntad por ir más allá de la apariencia de las cosas. Un tanto como la tarea que Karel Kosic le asigna a la Filosofía: correr el velo de irrealidad que cubre las cosas para llegar así a su concreción.

Otra de las direcciones recorridas por Max es la de la militancia política. Milita en el Partido Comunista Mexicano, y esta filiación política la mantendrá durante toda su vida. Morirá como comunista y, más, —él mismo nos lo dice—"en esta época de tránsfugas y traidores". De 1994 a 1998 fue direc¬tor de la Casa Museo de León Trotski; actualmente trabaja en el proyecto editorial llamado, casualmente, Resistencia.

Max Rojas es, a estas alturas, un autor de culto. De alguna manera Caidal, última parte del extenso poema El turno del aullante, es su texto más conocido. Recogido en Poetas de una generación 1940-1949, Vicente Quirarte, autor de la Presentación del libro, menciona algo absolutamente cierto: poetas de generaciones posteriores lo han llegado a memorizar. Caidal, según relata el poeta fue escrito en una sola noche, al amparo de una botella de tequila y de una ferocidad impostergable.
Rojas es, sin que lo pretenda, una síntesis, incluso física, de la imagen del poeta: atípico en casi todo (como él mismo se define), no se asume como un ser marginal, no se proyecta ni se siente como tal: "publicar, en mi caso, ha sido casi un accidente, no ha alterado mi forma de ser o de ver el mundo." Desde allí, desde ese lugar, fuera de las cortes, Max ha elevado su voz y ha dado a conocer su poesía.

Sus primeros textos son publicados por Juan Rejano, otra figura del exilio español, en el suplemento cultural de "El Nacional", hacia 1973. Hasta la década de los ochenta publica el par de libros ya mencionados, y después guarda silencio. Este silencio, que ha durado casi veinte años, ha empezado a romperse: Max Rojas, y hay que celebrarlo, está de regreso a la poesía.

Los poemas de Max Rojas son sonoridad pura. Poemas para ser leídos en voz alta y disfrutar o sufrir con toda intensidad el embate de la palabra.

Paranomasias, aliteraciones, asonancias, anáforas, son las figuras retóricas más abundantes dentro de su poesía. Figuras, casi todas, de dicción; lo que permite confirmar nuestra afirmación. Max busca una sonoridad que pueda oponerse al silencio, pero no es una búsqueda gratuita o meramente efectista. La poesía de Rojas intenta golpear al lector, conmocionarlo. La creación de neologismos logra entonces esta asunción del sentido. Poesía al borde del exabrupto y del encabronamiento, atrevida en su reformulación de significantes que van a la caza de significados múltiples. Pienso, en líneas generales, en autores como Huidobro, Girondo, Vallejo y Gelman; todos ellos unidos por una búsqueda de ruptura del canon. Al mismo tiempo existe una vuelta a la pureza del lenguaje y -dentro de ella- una recaptura de algunas formas tradicionales. Aunque no es un poeta encarcelado por la métrica, muchos de los versos de Rojas son endecasílabos perfectos (el caso de algunos de los poemas de El turno del aullante). Hay en él una naturalidad rítmica no forzada. En otros casos son versos blancos o libres. En todos ellos las metáforas, las imágenes se desplazan de manera obsesiva. Reiteran abrumadoramente el tema del poema que bordea, de manera invariable, la angustia existencial.

Esta angustia, a veces descarnada, a veces irónica, se enmarca en la necesidad del lenguaje por convertirse en grito. Dolor, rabia, lumbre, trueno, astilla, costal, crujido, ceniza, hueso, cuerpo, deseo, espejo, agujero, sombra, silencio, desastre. Palabras claves en la poética de Max Rojas. Palabras que logran hacernos saber que existen otros horizontes, otros mundos reales.

 

* Este texto fue publicada por primera vez en la EDICIÓN ESPECIAL DEDICADA A MAX ROJAS del número 16 de la revista de poesía DERIVA, marzo 2004.Cd.de México.

 

 

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