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C2

PROSECUCION DE LOS NAUFRAGIOS
DE MAX ROJAS *
(Cuerpos cuatro)


ENRIQUE GONZÁLEZ ROJO ARTHUR

 

A la poesía mexicana no solo le interesa la centralidad, o las magnitudes medias, sino los extremos. Por eso pergeña poemas de grandes dimensiones -como Primero Sueño, Muerte sin fin, Piedra de sol o Cada cosa es Babel- y micropoemas que duran a veces lo que un suspiro —como los haikus, los poemínimos y toda suerte de “poemas sintéticos” como les llamaba José Juan Tablada. Pero lo que hasta hace relativamente poco no había ensayado la lírica nacional son los poemas a los que podríamos denominar poemas de nunca acabar. Estas creaciones, con la loca pretensión de prolongarse sin fin, o de postergar indefinidamente su encuentro con el punto final, querrían ser eviternos, vocablo que significa, a diferencia de eternos, que, como los ángeles, se tiene principio pero no fin. Se trata, desde luego, de una pasión inútil ya que los humanos, a diferencia de los dioses, no pueden confeccionar poemas inacabables.

Es un raro privilegio compartir con Max Rojas el ser ambos los primeros creadores en este país de poemas de nunca acabar. El mío se llama Para deletrear el infinito y el de Max Cuerpos. Los dos poemarios tienen, en efecto, algo en común: ser ríos que fluyen y fluyen, pero que se resisten encarnizadamente a ir “a la mar, que es el morir”. Pero, a pesar de las semejanzas de los dos, hay una diferencia que quiero poner de relieve ante sus ojos. Aunque yo tuve, en efecto, la extravagante intención de escribir un texto que fuera creciendo y creciendo sin dar nunca su brazo a torcer —y producto de este plan fueron más de 15 libros de pronto, y no me pegunten por qué, di un frenazo y traicioné de plano y sin pudores mi intención primigenia de hacer un macropoema que se escabullera del último suspiro de su punto final. El caso de Max Rojas es muy distinto. Él permanece fiel a su proyecto, y está animado, al parecer, por el deseo inmarcesible de morir al pie del canon. Si algún día el poema de nunca acabar Cuerpos llega a su fin —como todo lo que se halla matrimoniado con el tiempo- no va a ser porque la pluma de Max sufra desmayos o cambio de intenciones, sino porque el cuerpo del poeta, llegado a su hora final, no le permitirá a su inspiración decir esta boca es mía.

¿Por qué existe la necesidad de escribir poemas que no solo son de gran calado, sino interminables? No lo sé con seguridad. Pero me parece que es una reacción contra la ley ineluctable de que todo va de la cuna al sepulcro, de la mayúscula de ornato con que se inicia un libro al imprescindible responso del colofón. Quizás se trate de la “morriña de eternidad” de que hablaba Unamuno, de la convicción de que la perpetua sucesión de los efímeros nos lleva a la tesis hegeliana de que lo infinito es la verdad de lo finito o de que hay, en fin, algo que permanece en medio de la “prosecución de los naufragios”. No lo sé con seguridad.

Este cuarto libro de Max es una esplendente y enigmática galería de imágenes. Unas, me parece, se presentan pausadamente como en cámara lenta. Piden lectura atenta, demandan meditación. Otras se suceden con rapidez, atropellándose entre sí. El fluir de los versos no redondea canciones acabadas, o poemas más o menos cortos en exhibición sucesiva, sino que va más bien por el lado de la melodía infinita que hallamos en el melodrama wagneriano. Los versos se van catapulteando de un tema a otro. Como en el mundo, en el poemario hay luminosidad en el detalle y bruma en la totalidad. Todo, en lo inmediato, en el aquí y el ahora del texto, parece tener sentido, simbolizar algo, aludir a. Pero si avanzamos en la lectura, se nos embrollan las cosas, la memoria se fractura y damos de pies a boca con la ambigüedad o el sinsentido. La poesía parece entonces un remedo de una realidad que, en su conjunto —y en el conjunto debería hallarse el secreto del detalle- se torna huidiza, anfibológica, inabarcable.

Max Rojas es uno de los poetas más originales, diferentes, personales que han surgido en la lírica nacional. Estoy tentado a incluirlo en la lista de los “raros” -para utilizar el término con que Rubén Darío aludió a ciertos escritores de su época-, que no dejan de existir en nuestras letras. Max es, en efecto, como Ramón Martínez Ocaranza, Juan Bautista Villaseca, quizás Marco Antonio Montes de Oca, algunos “infrarrealistas” y algunos más, un poeta inclasificable por novedoso y lírico.

La originalidad de nuestro portaliras creo que se debe a que él no se sujeta a ninguno de los estilos, modas, tendencias creativas de la poesía mexicana. El crea su propia estética. Su forma de esculpir lo que escribe, y de ir esbozando los cuerpos y los “cuerpos de los cuerpos” que avizora su imaginación delirante, me recuerda el empleo por parte de los surrealistas del método creativo del automatismo, en que el escritor, ante la página en blanco, le daba rienda suelta a su inconsciente y a ver qué pasa...No me cabe la menor duda de que en el poemario de Rojas el procedimiento creador más ostensible es el de la asociación de ideas, como en el psicoanálisis o en los poemas de Breton o Eluard; pero Max no le deja del todo el campo libre al mundo de las pulsiones y los afectos, sino que le tiene encomendada a la inteligencia el cuidado o pastoreo de su emoción.

Ante la imposibilidad de abarcar, compendiar o, resumir este poemario -que además, como sabemos, es la cuarta parte de un poema que no está dispuesto a ceder su lugar al silencio-, me voy a valer de un subterfugio para acercarme, y si es posible acercarlos, al contenido de esta creación.

Parto del esquema filosófico tradicional de que el hombre, con su cuerpo y su alma, su vida y su muerte, se halla frente al mundo y los otros. Parto también de la idea de que este hombre puede ser cualquiera de nosotros, hombres y mujeres y, por consiguiente, que también podría ser el poeta Max Rojas. El poeta tiene frente a sí un mundo de cosas. Veamos, a manera de ejemplo, qué dice Max de los trenes, las puertas y los caminos.

De los trenes asienta que, en cierto momento, “vuelven cabizbajos, al punto de partida/en busca de pasaje”...De las puertas afirma que la obstinación las lleva a “no abrir ante ningún llamado”. De los caminos, “que van hasta muy lejos pero nunca llegan, / se arrepienten de ser tan andarines y se dan la vuelta, pero, no regresan, / quedan no se sabe dónde, amontonados”... Bastan estos tres ejemplos para darnos cuenta que el poeta no escribe las cosas, no las ve como lo ajeno registrable, sino que las humaniza, las reconfigura en una gozosa prosopopeya.

Por otro lado, la realidad se halla formada no solo de cosas, sino de animales. Encuentro, entre otros, una lechuza y unos pájaros. Max se conduele de la “lechuza taciturna que gorjea muy triste” y habla de la “mortandad de pájaros azules que no levantan vuelo”. De nuevo la antropomorfización, ver los sentimientos humanos como el entramado sustancial del mundo exterior.

Max es un hombre moral. Por eso, cuando habla de los otros -que forman parte del mundo, junto con las cosas y los animales- se nota la presencia de una inocultable sensibilidad social ante el sufrimiento. Entonces dice: “la desdicha se acerca con su ropa de trabajo” o hace referencia, más adelante, “a una pesadilla que no cesa de tocar la puerta / pidiendo que le abran y termine el infortunio”.

Tornemos del mundo al hombre, al creador, a la subjetividad. Max habla ahora, en una suerte de autodefinición, de los “póstumos honores a las glorias poéticas del señor que se desvive por los cuerpos, / muere por los cuerpos / escribe sobre cuerpos un poema que se llama Cuerpos / y como su amor y su deseo hacia los cuerpos es interminable / el poema va a seguir hasta que acabe el mundo”.Después de leer estos versos, y el libro que comentamos en su conjunto, me parece que Max Rojas —no sé si me asiste la verdad- no cree en una vida después de la muerte. Pero si, en una especie de compensación, en dos cosas: que una verdadera creación sobrevive al autor y que, teniendo vida propia, continúa recreándose. De ahí que nuestro poeta añada a los versos que acabo de leer: “El mismo amor será cadáver pero el poema sigue mientras cuerpos / habiten esta tierra”.

La obra sobrevivirá, ¿pero qué pasa con el poeta? Lo que le ocurre a todos, a ustedes el público, a los que estamos en la mesa, a las almas, en fin, como dice Max con la amarga ironía de su tinta: “que se cansaron de viajar y se bajaron del tranvía / en medio de la nada”. Si algo se halla presente, con su mirada socarrona y altanera, en el poemario Prosecución de los naufragios es la nada (como la cara oculta de la muerte), una nada que Max ve incluso como “embotellada en grandes garrafones El mundo es un conjunto de cuerpos, cosas, animales, personas, poetas. Pero todos tienen, tenemos, una cita con la nada. El naufragio es una regla sin excepciones. Pero la nada es el contrapunto de los cuerpos y por tanto de la poesía. “El poeta -dice Max- trabaja con la nada, la desgarra y surge el poema”. Nos hallamos aquí, pues, con el secreto último de la estética de Max Rojas.

Como puede verse por lo que he dicho, el poeta del cuarto tomo de Cuerpos no es solo un poeta original, complejo, raro, sino un enorme poeta. Este comentario es apenas el intento de abrir una rendija por donde atisbar el fabuloso mundo poético de Max. La lectura pormenorizada del texto es un instalarse en el maravilloso mundo de su creación. Por eso recomiendo entusiastamente su lectura.

 

* Texto leído en la presentación del cuarto libro de cuerpos Prosecución de los naufragios en la Sala Adamo Boari el 02 de Julio, 2009.

 

 

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