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LA RUINDAD EN LOS CUERPOS *

REFUGIO PEREIDA

 

Acaricia un círculo y tendrás un círculo vicioso.

Ciorán

 

Sin saberlo, lo han dicho hasta los borrachos que se reúnen en las esquinas, lo han dicho los mariguanos, lo han dicho los pregoneros que anuncian el fin de los tiempos, los políticos en su campañas, los sacerdotes en sus misas de difuntos y las mujeres cubanas que cantando venden su maní: la vida no tiene sentido. Y quien diga lo contrario está yendo en contra de su naturaleza, y es válido y hasta frecuente. Pues la mera existencia no es suficiente.


Aristóteles plantea que todas nuestras acciones responden a un objetivo o finalidad. Es decir, ante la carencia, actuamos para lograr un bien ya sea riqueza, tranquilidad, fama, etc., pero en suma lo que se busca es encontrar la felicidad y lo ideal sería llegar a ella a través del conocimiento. Sin embargo, la felicidad como  bien supremo, nos hace pensar que es indudable que cada persona la encuentre en un mismo lugar. Así que un sentido único de la vida es imposible. Tan sólo queda seguir la recomendación de Henry Miller: “Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido.”

En este tiempo, y en el tiempo de los hombres que apenas se erguían en las cavernas, el ser humano ha buscado una respuesta que aminore el temor a desaparecer sin saber por qué se está en este mundo.

Entonces se vuelve la mirada a uno mismo, y luego se levanta la cabeza y se ven innumerables cuerpos: tal vez el del mecánico que trabaja para arreglar los desastres de los autos, o el de la mujer de Wirikuta que defiende sus templos sagrados, o de la cocinera que le pone pimienta a los adobos, o el de que cuida el museo de un disidente, o el del poeta que  se ve las manos y escribe, como diría Joaquín “Quincho” Vásquez Aguilar en su Petición al mar:

  Escribo
como el que por primera vez se ve las manos
y tiene sed
y bebe golondrinas
no dejo más huella
que la de mis pies en la arena del mundo…

Así en lo deleznable, nos diluimos. Nadie se salva. Sólo existen cuerpos transitorios y constantes: El  cuerpo de la esfera, el cuerpo que se rompe, el cuerpo que muere, el cuerpo que vuela, el cuerpo que nace, el cuerpo que ama, el cuerpo que es rechazado.

El cuerpo del que sale una voz estereofónica, el cuerpo que ya no tiene dientes, el cuerpo que cuida que no se le salga la dentadura postiza, el que fuma Delicados, el que está enamorado de una de las mujeres de Goguin. Señoras y señores, la vida no tiene sentido y por ello uno se pasa la vida dando tropiezos, comiendo naranjas y enamorándose antes de que llegue la muerte. Es tal vez que a Jorge Juan Máximo Rojas, le fue dada la búsqueda constante para descifrar el misterio de la vida, más –creo– como propósito que como finalidad. Su manera: ser poeta.

Y ese que escribió El turno del aullante (1a. ed., 1971), y Ser en la sombra (1a. ed., 1986) para enfrentar, digo, quizá, el horror que el ser humano –supongo– tiene ante lo que no existe, pero que le es necesario. Y al lector no le queda más que entretenerse con sus manotazos, con su rabia llanto, el mismo llanto de los parias, de los zapatos rotos en la lluvia, el de aquel que carraspea y avienta el gargajo en la banqueta.

Y de ahí en adelante se ve acorralado ante sus palabras, tantas palabras que forman cuerpos y más cuerpos.

Max como se le llamaba afectuosamente a este hijo nacido  en la Ciudad de México el 4 de junio de 1940, en el seno de una familia comunista estalinista, de padre oaxaqueño zapoteco llamado Jorge Luis Rojas Mendoza y madre cubana de nombre Caridad Proenza y Proenza, que en sus últimas décadas le quemaban los cigarros entre los dedos mientras escribía y describía los más diversos cuerpos en aproximadamente tres mil cuartillas. Qué afán ese de nombrar lo que se ha encontrado o perdido. Y el poeta, como si fuera personaje de un blues, se contonea en los versos, aullado su sorpresa.

Lo que sería un poema largo habría de enlazar armonías para ejecutar salvajemente, brutalmente una armónica que gritara “Quiero a una mujer”, no cualquiera, “esa mujer es la que quiero”. Y ni la ruina que dejan los días habría de detenerlo.

Al contrario, todo aquello que durante años se fue construyendo en la cotidianidad, sustancia y sombras, es un acervo abundante donde se puede buscar entre derrumbes y desechos con el propósito de hacer un inventario como dijera Charles Simic en Caleidoscopio divino:

 

De Nerval dijo “El hombre ha destruido y cortado, poco a poco, el arquetipo de la belleza en mil pedacitos”. Cornell los encontró en la ciudad y volvió a amarlos. Para Cornell, la belleza es lo que el ser para los filósofos.

Explorar con los vestigios, los destrozos, y emerger una vez más, incluso sin llegar a ninguna meta, sino tan sólo seguir los movimientos de una mano que transcribe con euforia y vehemencia los versos de la derrota y aun así sacudir las aguas en su profundidad.

Hablar de Cuerpos es hablar de una línea directa con alas de muerte. En él se encuentran fragmentos de esos veinte libros de 100 a 120 páginas, y que abarcan una escritura realizada en 2004 y 2006.

Inicia con:

 

MEMORIA DE LOS CUERPOS {CUERPOS uno}

Con el propósito de señalar lo que parece y no es, el autor hace una pantalla para mostrar aquello que reside de manera esencial, soterrada, en dónde sólo el círculo se salva porque en la “condición desesperada de naufragio…” “…lo “huyente volverá algún día”. Porque la fe existe:

  La fe en la contemplación de cuerpos de mujer
que organiza el espíritu,
asechador de carne
y de zarpazo,
para el descanso de su alma tristona.
Fe para el descenso de las aguas
y fe en la limpieza de la carne
y en lo pecaminoso que, a veces, se guarda
en el espíritu,
fe en la degustación de liquen y de pasto
entre lo impropio del perdón que llega
y la impiedad
que se resiste a irse.

Y por ello hay un continuar cíclico que nos lleva al territorio llamado:

 

SOBRE CUERPOS Y ESFERAS {CUERPOS dos}

Donde el círculo adquiere una profunda densidad en la que habita la lujuria como mecanismo que mueve a las esferas que a su vez son cuerpo ansioso de tocar la carne, de morderla:

  Sorber la médula espinal a grandes lengüetazos
hecha jugo
vorazmente
beber a esa mujer hasta que no le quede
nada adentro,
vaciarla toda ella ferozmente,
apetecerla hasta que sea una flama y queme todo
y ardan los territorios de la noche y arda ella
grave y seria,
desagarrarla muslo a muslo ávidamente,
desesperadamente,
líquidamente convertirla en líquido
y hundirse en ella
y morderlo todo y convertirla en nada
pero en nada hirviente,
viva,
amor en lo absoluto, vorazmente mordisquear muslos y nalgas,
pechos,
labios
a grandes dentelladas,
lengüetazos recios
a puñados
--náufrago,
tremendamente quemazón bajo la luna,
terriblemente luna en quemazón ardiente,
ferozmente apetecer la luna
y chamuscarse.
Porque para transitar mientras se sobrevive es imprescindible  la
condición del sueño
para sentirse que es dominador de carne y de deseo
y embarcarse en la gozosa construcción de lo desea...

Y aunque la esfera es una infinidad de círculos que se acarician en el sueño, en la carne y en el amor, no se salva de su corrosión a causa de la soledad. La esfera se proyecta entonces en un péndulo que va y regresa en su cauce viciado y que tal vez es:

 

EL SUICIDA Y LOS PÉNDULOS {CUERPOS tres}

He aquí que aparece el suicida al entender que la indiferencia es aquella característica que comprende la imposibilidad de tenerse en el otro, y que lo salva de esa angustia gracias al acto final de comprender que:

  Su ajenidad  tan propia
que es la única razón
que lo rescata en caso de desplomes súbitos
o variación en la ruta
de los cuerpos cuando toman un  camino
que los llevan lejos…

{es decir, el yo que es, más o menos, compatible
con sus otros-yo}

incluso, en la misma distancia cadavérica, con mucho frío, diría el poeta. Una situación que podría ser bien confusa, y  que en su pendular, es brumosa, pero no tanto que no pueda entenderse sus principios, sus finales. Ya que se está consiente que no se es en nadie, ya que se sabe que ese ser acompañado no existe, que ha aplastado con frialdad la ilusión, el suicida se completa en sí mismo como individuo en la deriva, que va y que viene de manera constante.

 

PROSECUSIÓN DE LOS NAUFRAGIOS {CUERPOS cuatro}

El ser humano, ese microcosmos de soledad repite nombres de mujer como si fueran una lluvia que cae con su estruendo y anega todo o la ausencia de todo. Y en esa marea emergente sobrevive el individuo en una isla  tan terrible en sus ansias que no dejaron en pie ninguna cosa útil pero, tampoco, nada inútil, dice Max Rojas, deja tan sólo la salida al vacío cuando se decide volver a las propias costumbres, regresa a cuerpos o ideas que no llegan a nada: es decir, a una constante de naufragios.

 

LAS ESCRITURAS DEL SILENCIO {CUERPOS cinco}

En el momento en que no existe ninguna posibilidad de que los cuerpos se consoliden en materia, ésta llora, canta al amor que se quebró como blues, entonces aparece la escritura  donde la noche está a punto de perder la línea horizontal que le sirve como báculo para no errar su paso titubeante, ya no hay cuerpos sino un poema que habla del desastre. Lo sabe el escritor, lo describe y quién sabe si lo acepta, lo que se puede adivinar es que quizá ve, en el silencio, a la escritura como una puerta que se abre y con la misma displicencia nos deja encerrados.

 

SEPARACIÓN DE LOS AMANTES {CUERPOS seis}

Hay terribles estaciones donde fallecen los fantasmas y la voz poética se queda sujeta  a su propio esfuerzo, que no es nada fácil, aún con un reguero de memorias como los cuervos idos o juegos pirotécnicos que salen del oscuro cielo, que quieren iluminar al universo sin lograrlo, porque regresan, bien cohibidos, a rumiar su desencanto que ni siquiera llegan a sentir una carne, ni siquiera su carne de neblina, y quedan sólo fantasmas ante el aplastante desencanto que acaba siendo un espanto inevitable.

 

LOS TESTIMONIOS DEL AHORCADO {CUERPOS siete}

Ante la experiencia de que no se ha conseguido sino ahorcarse en la tristeza, aparecen figuras en lo abstracto que dibuja el sueño, llegan los fantasmas, los cuerpos que optaron por el exilio, que arriban como deseos suicidas, por lo que  amar resulta imprescindible, ya que apenas queda la fatídica expansión  de lo que existe de verdad en medio de la ruindad.

El gozo por amar es una licencia que no dura mucho tiempo pero que aparece independientemente de si se cumple o no el amor en la persona amada.  Pero que da una ilusión momentánea, que se vuelve un viento con evasión hasta formar un no-vacío:

  las esferas cuando parten, o simplemente
estallan,
cortan los hilos que sostienen, más o menos,
al mundo.

Dice en su testimonio el ahorcado.

 

CERRAR LAS PUERTAS -LA FRIALDAD SE LLAMA MARÍA- {CUERPOS veinte}

Acudir a la reflexión sobre la escritura de la poesía es un recurso amargo en una poética ajena y al mismo tiempo en la que se cruza Max Rojas es una posibilidad ante la aceptación del fracaso. Indaga:

  Como el sentido de la pérdida que aqueja al poeta
que considera
como  muy posible estar metido, en ese instante,
como lo ha querido muchas veces sin lograrlo
estar adentro de su poema
que, en ocasiones, se escritura solo
pero, en otras, se espantan las palabras
y dicen no lo que el poeta considera que debiera decir
sino otras cosas que no tienen nada que ver
con lo que el poeta quiere que se diga…

Cuerpo uno, cuerpo siete o cuerpo veinte, todos son miembros de cuerpo y a su vez cada uno es un cuerpo por el que corre sangre y se transforma para el poeta en polvo enamorado de la frialdad no infantil.

Aun así, la escritura del poeta prosigue después de cerrar las puertas ante el rechazo, ante la muerte que le llegó el 24 de abril de 2015.

 

* ROJAS Max, Cuerpos, 1ª. Edición, Tlanepantla, Estado de México, Linaje Editores, 2007, 99 págs.

 

 

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