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C7

LO IMPURO DEL MILAGRO
ENTREVISTA a MAX ROJAS
*

JOSÉ FRANCISCO ZAPATA
Y JESÚS NAVA RANERO

 

Deriva.- ¿Para Max Rojas, qué es la poesía?

Max Rojas.- En primer lugar, desde luego para mí, un escape del mundo simbólico que uno trae dentro. Uno no elige ser poeta, se es o no se es poeta y si se es poeta se viene ya con una carga de símbolos, de obsesiones, de pasiones, de ruegos y de fríos a los que hay que darle salida. Y eso es la poesía. En segundo lugar, todo esto: esos fuegos, esas pasiones, esos fríos, si se es poeta de verdad, golpean al que lo lea a uno. Y eso es, también, la misión fundamental de la poesía, abrir heridas, cierren o no es otra historia.

D.- ¿La conmoción que puede provocar en el lector un poema es indicativo de la poesía?

M.R.- Yo diría que es el principal indicativo de que una poesía es buena poesía. Cuando quien la lee siente, que lo sacude y dice ¡ah, carambas! Esto es lo que yo quisiera haber dicho. Eso es la poesía. Y esto vale para la poesía de Amado Nervo, para la poesía de Carlos Pellicer o para la de Max Rojas. Un buen poema, un buen verso, incluso, que te saque de quicio, que te desmadre, en el sentido que los ríos se salen de madre, indica que estás ante un buen poema, ante un buen poeta, pero también ante un buen lector.

D.- ¿El lector es el que viene a cerrar el círculo?

M.R.-Claro.

D.- ¿Qué tipo de lector?

M.R.- El que sea, el que sea, con tal de que esté abierto. Es decir, puede haber lectores preparados intelectualmente y emotivamente para recibir una carga poética, pero la poesía es para todos, los golpes que da la poesía los puede recibir lo mismo un analfabeta, que un hombre altamente versado en cuestiones de poesía.

D.- ¿La élite está en todas partes?

M.R.- No sería exactamente la élite, sería la sensibilidad del que lee o del que te escucha. Yo he contado, y creo que ustedes lo saben, aquella anécdota, de una huelga en una línea de camiones, y cuando a falta de otra cosa, leí un poema mío y uno de los camaradas camioneros, dice, "no le entendí ni madres, pero sentí el chingadazo". Eso es ser poeta.

D.- ¿Quiénes te han sacado de curso, qué poetas han provocado en Max Rojas esa sacudida?

M.R.- Mira, habría varios, evidentemente que me hayan impulsado, yo diría, José Martí, yo diría López Velarde, yo diría Efraín Huerta, León Felipe; un poeta español también exiliado en México, Emilio Prados, poco conocido desgraciadamente; César Vallejo, Pablo Neruda, básicamente. Una figura que fue muy importante, español también, Juan Ramón Jiménez, que después cae un poco en el olvido, fue de mis lecturas formativas. Uno además es heredero de muchos más padres tutelares, como serían estos poetas muertos, que de un modo u otro te conmueven y te hacen pensar que hay distintos modos de decir las cosas demasiado sobadas ya por un lenguaje muy desgastado.

D.- ¿Que ya no nombra?

M.R.- Ya no nombra, no, creo que asistimos a una decadencia total del español, que lo han convertido ya en un verdadero amasijo de palabras sin sentido, gracias a los mercachifles de la política, la mercadotecnia, las relaciones públicas, las finanzas, etc.

D.- Esto también puede entrar en la poesía, ¿no?

M.R.- Puede, puede, pero no necesariamente, porque estamos hablando no tanto del lenguaje en el que se expresan estas instancias del poder, sino de la distorsión que hacen con el lenguaje común y corriente. El poeta, a fin de cuentas trabaja con palabras comunes y corrientes.

D.- ¿Nombra al mundo?

M.R.- Nombra al mundo, bautiza al mundo, en ocasiones con otros giros, con otras palabras, pero muchas veces con el mismo lenguaje con el que estamos hablando ahora.

D.- Un mundo al que pretenden definir y clausurar, determinar, mostrar cómo...

M.R.- Como cerrado. Al poeta le toca en este sentido recuperar la pureza del sentido de las palabras, volverlas a su origen y adecuarlas, desde luego, en cuanto sea posible, al mundo de hoy. El poeta es un testigo de su tiempo, quiera o no quiera. No hay poeta puro.

D.- ¿En qué sentido este retorno al origen de las palabras, Max?

M.R.- Devolverles un sentido justamente a las palabras. Ahora todo el mundo dice: te amo, tolera, ¡no chingues! odia con la misma fuerza que amas, porque si no odias no amas, ¡por el amor de Dios! si no te vuelves intolerante ante una serie de cosas te lleva el viento o te conviertes en papa hervida. No, no, no, no, los grandes poetas fueron casi todos maledicentes y en dado caso tú no puedes contemplar la barbarie de nuestra época sin mentar madres, simplemente.

D.- Eduardo Milán dice que una de las graves circunstancias de la poesía mexicana actual es que se utiliza demasiada grosería.

M.R.- Mira, el problema no es la utilización de groserías, es en qué contexto poético utilizas esas groserías, es decir, una cosa es que tú digas groserías gratuitamente, porque eso no es poesía, de ninguna manera, y otra es que encajes una mentada de madre en el momento que no quede más remedio que encajar esa mentada de madre.

D.- Como Sabines, que dice: "A la chingada las lágrimas".

M.R.- Y aquel, "Y qué putas hago yo, Tarumba, en este mundo", claro, o el "Anda putilla del rubor helado" de José Gorostiza o mis encabronamientos en el poema 10 de El Turno del Aullante.

D.- Digamos que hasta las groserías revestidas, recreadas, de alguna manera celebran otra dimensión del decir.

M.R.- Para que sean poesía, sí. Desde luego, para que sean poesía, sí.

D.- ¿Para Max Rojas qué es lo sagrado?

M.R.- Yo diría que lo sagrado básicamente es el amor. El amor a algo. Puede ser el amor a una divinidad, a varias divinidades, a la naturaleza, a la mujer, a determinadas mujeres, a ciertas formas de belleza, pero es el amor, de una u otra forma, lo sagrado.

D.- ¿Encuentras alguna relación entre las palabras y lo sagrado?

M.R.- Sí, entendiendo lo sagrado en un contexto muy amplio, si hace rato dijimos que el poeta bautiza o una de las misiones del poeta es bautizar de nuevo las cosas, esto sólo lo puedes hacer si tienes cuando menos el símbolo, la noción de que hay algo difícilmente definible, pero que te hace decir, en lugar de que esto se llame así. Se va a llamar de esta manera. Ese sería el vínculo entre la palabra o entre la palabra pura, la palabra inocente y lo sagrado.  

D.- ¿Hay riesgos?

M.R.- ¿En ser poeta?

D.- Sí.

M.R.- Claro, muchos, muchos, uno de ellos es que siempre andas en el filo de la navaja, entre la cordura y la locura, entre la razón y la sinrazón, entre la magia y el mercado.

D.- En el transcurrir cotidiano tu militancia política tiene una gran carga, Max Rojas recorrió esta ciudad en los profundos deseos de cambio, ¿verdad?

M.R.- Sí, claro, y con la creencia de que ese cambio era posible.

D.- ¿Ya no Max?

M.R.- Lo veo muy difícil.

D.- ¿Este compromiso político nunca chocó con el compromiso con la poesía?

M.R.- Para mí no. Para mí jamás y jamás escribí un poema político. Debo de haber escrito tres cuando comenzaba, y un poema pésimo a la muerte del Che que lo rompí acabando de escribirlo.

D.- ¿Qué tanto el desasosiego de la fragmentación, de la precipitación al carajo de estos ideales te mantuvo en la reserva, encabronado o en la depresión?

M.R.- Y me mantiene y me mantiene. Yo sigo pensando y actuando y hablando como comunista. A mí me mantiene.

D - En estos tiempos ya casi es una cursilería decir soy comunista... pero digamos que un comunista que tiene algo que decir como comunista. Lo que pasa es que los que se dicen comunistas desde hace mucho que dejaron de decir.

M.R.- Ah, bueno, claro, ahora ya ni siquiera se dicen comunistas, ya les da pena decir que lo son, no sé si por cursis, porque le tengan miedo a la cursilería o porque le tengan miedo a quedar fuera del hueso.

D.- En este caso los que se han instalado en la clase política en nombre de la izquierda.

M.R.- Sí.

D.- ¿Toda esta lucha qué te ha reportado?

M.R.- El sentirme vivo. El estar vivo. El seguir dispuesto a encabronarme ante cualquier injusticia y ante cualquier traición. Que me parece bastante a estas alturas de la vida.

D.- ¿No hay ninguna decepción?

M.R.- No.

D.- Pero sí odios, rencores, encabronamientos.

M.R.- Sí, sí, evidentemente.

D.- Igual es el motivo que te lanza a ir a esos otros lugares que recreas en tu texto, aquel lugar previo a esta hecatombe y que finalmente te permite decir que estás vivo, que has vivido y que hay cosas maravillosas.

M.R.- Sí, claro, desde luego.

D.- ¿En la visión que tiene el poeta de la decadencia y en la visión que tiene el político de la decadencia, hay alguna diferencia?

M.R.- Teórica sí y también práctica. Está decadencia es profundamente lastimosa, no sólo lastimante, lastimosa, es una decadencia muy triste, no son ni siquiera los viejos decadentistas de finales del XIX, los viejos vagabundos como Panait Istrati o Knut Hamsum o Máximo Gorki o los últimos bohemios de hasta mediados del siglo XX; no, es una decadencia por inercia, es una decadencia por flojera de estar vivos, por flojera de pensar, por flojera de crear, es muy lastimosa. Y es algo que se está generalizando cada vez más, este mundo grisáceo, sin ningún porvenir claro, inconsistente, que todo es una especie de natilla, que no hay nada firme.

D.- El compromiso de la poesía, ¿cuál es?

M.R.- Con el lenguaje.

D.- ¿Y el compromiso del poeta?

M.R.- El compromiso del poeta tiene que comenzar con el compromiso del poeta con el hombre que es al mismo tiempo, y eso, a veces, también, falla mucho. Es decir, si no eres hombre y humano al mismo tiempo, como poeta estás bastante vacío.

D.- Esta desgana por crear, ¿tú la notas en las nuevas generaciones?

M.R.- Sí, y es lógico, porque con qué estableces compromisos ahora.

D.- ¿Qué le dirías a un joven que se acerca a la poesía con todos los ánimos del mundo, se le podría decir que está bien?

M.R.-. Mira, creo que primero habría que decirle aquella vieja respuesta de Rilke, "pregúntese un día en el fondo de la noche si podría vivir sin ser poeta, y si no, pegarse un balazo". Yo creo que esa es la primera pregunta que tendría que hacerse un joven poeta. Ser poeta se ha convertido en algo muy fácil, aparentemente. Ahora es fácil que te enseñen, antes nadie le enseñaba a uno a ser poeta, tenías que fregarte a solas, ahora te enseñan a ser poeta.

D.- ¿Y es posible eso?

M.R.- ¡Claro que no!

D.- ¿Es una pretensión loca?

M.R.- Te pueden enseñar a ser cuentista, novelista, dramaturgo, porque requiere de una infraestructura, por decirlo de algún modo, teórica, constructiva.

D.- Te pueden dar una línea militante.

M.R.- Sí, o cómo es el arranque, cómo el clímax, cómo el final, en poesía no.

D.- En los talleres que has impartido ha llegado gente que no necesita que le enseñen, ¿verdad?

M.R.- Yo no he impartido ningún taller, me niego, porque no creo en los talleres, sería muy incongruente si yo impartiera talleres, no. Lo que hay es una reunión de cuatro, cinco gentes que ya escriben, que ya son poetas y en los cuales no hay ni el menor asomo pedagógico o escolástico, no, no, no, no, soy enemigo acérrimo de los talleres de poesía.

D.- Juan José Arreola inauguró esta forma de reunirse y que llamaron taller, creo que en su tiempo tuvo su validez.

M.R.- Sí, claro, sí, existía algo similar en el entonces llamado Centro Mexicano de Escritores, pero llegabas ahí ya con una vocación definida.

D.- ¿No crees que los talleres han generado a muchos impostores?

M.R.-Yo no utilizaría la palabra impostores, si te refieres a los que por ahí se ven. Yo diría... vamos a verlos desde el mejor punto de vista. Parten del punto de que puedes enseñar a alguien a ser poeta, punto por completo equivocado.

D.- ¿Se ponen en el lugar del saber?

M.R.- Cuando no lo es. El poeta es o no es. Al poeta tú no lo formas, le podrás enseñar a hacer sonetos, coño, pero los sonetos van a ser más huecos y más vacíos que una casa abandonada. Porque si en algún lugar importa el fondo, si en algún lugar importa la emoción es en la poesía, eso no se lo puedes enseñar a nadie.

D.- Hay quien no le apuesta a la emoción, sino al pensamiento.

M.R.- En última instancia, la poesía, por muy racional que sea, si es poesía tiene su fuente en una emoción, tú lo que haces es racionalizar esa emoción, pero si tú, escribes algo racional sin emoción, puede que escribas un bellísimo tratado de sociología o de filosofía o lo que gustes, pero no poesía. Un poeta como Paul Valery, profundamente racional, teórico de la poesía, suelta emoción por todos sus poros.

D.- ¿Algún poeta que escriba buena poesía de tema político?

M.R.- César Vallejo, con España, aparta de mí este cáliz, Pablo Neruda, con el Canto General, pese a las caídas que tiene es un excelente poema político, Efraín Huerta.

D.- Algunos poemas de Efraín a Stalin quedan fuera de todo esto.

M.R.- Sí, sí, pero tiene Avenida Juárez, Perros mil veces perros.

D.- Tú viviste en el tiempo en que se daba mucho esa conjugación del poeta como militante que comprometía su poesía con los movimientos sociales. ¿No será que ahora hay mucho miedo de decir, tengo esta actividad, tengo esta creencia política?

M.R.- Puede que haya, tal vez no miedo, precaución. Pero ¿a quién carajos le escribes ahora una elegía, a un Aznar, a un Fox, a un Bush, a qué idea en abstracto, si ya no hay idea de nada?

D.- Se ha dado en los últimos años un movimiento de escritores jóvenes que han escrito poemas a Marcos. Algunos bastante buenos y  otros francamente deplorables.  ¿Como que sí hay un motivo, no crees Max?

M.R.- Puede serlo pero depende del poeta. Uno, qué tan válido considera el símbolo Marcos, qué tan válido a escala ideológica, por decirlo de algún modo y dos, qué tan bueno sea el que escribe ese poema para producir una buena poesía. El problema de la poesía política, en general, es ese, que tú tengas algo, un símbolo, una persona o una idea que amerite que le escribas a eso. Depende de tu capacidad de sentir de verdad, poéticamente, no sólo políticamente. Pero, insisto: ya no hay símbolos, ni ideas, ni personas, no hay en el horizonte ni un asomo de esperanza.

D.- Volviendo a lo del riesgo ¿Qué es en sí el riesgo?

M.R.- Riesgo es comprometerte con algo. Si no te comprometes con lo que sea, con una mujer, con una causa, no corres riesgo. Ser tú implica riesgo, ser tú poeta implica un doble riesgo, ser tú un poeta que se considera militante comunista hace un tercer riesgo; o un poeta católico, en un mundo en el que el catolicismo no sea aceptado, es otro riesgo.

D.- Se habla mucho de que el poeta es un desocupado, un güevón, un tipo sin oficio ni beneficio, ¿es parte del riesgo?

M.R- Mira, una cosa es que sea un desocupado, un güevón, que los hay, y otra cosa es que sea sin oficio ni beneficio. Creo que una de las grandes ventajas de la poesía es que no sirve para nada. Desde un determinado punto de vista, el mundo se la puede pasar tranquilamente sin los poetas. Justamente porque no sirve para nada, la poesía sirve, entre otras muchas cosas, para develar al ser, para develar al hombre, para develar las palabras, para develar los lenguajes, para develar los mitos, para develar lo que hay detrás de los espejos. Ese es el verdadero oficio del poeta, pero no es un oficio útil, en cierto sentido, no lo contabilizas. Por fortuna no contabilizas los versos de un poeta como si fueran barriles de petróleo. El poeta, en ese sentido, está en el reino de la libertad, el poeta no está atado a las conveniencias del mundo moderno. Ahora, que tú decidas vivir fuera de este mundo, porque eres poeta, ese es un riesgo, un altísimo riesgo.

D.- ¿Un riesgo infernal?

M.R.- El viaje puede ser infernal o al paraíso. Al poeta le toca mostrar lo que está oculto a través del lenguaje, ese es su oficio, un oficio muy "inocente", lo decía Hórderlin y lo acota Heidegger. Pero es el oficio más peligroso del mundo, es como cuando tú le dices a un cretino, en su cara, que es un cretino.

D.- Y ¿el canto?

M.R.- El canto es eso. Es la bendición o la maldición, es la absolución o es la condena.

D.- De ese viaje a los infiernos, ¿qué nos traes?

M.R.- La experiencia de algo profundamente humano que muchos mortales, por fortuna, nunca van a experimentar, pero que, como poeta, les vas a hacer saber que hay un infierno o un paraíso y que, ese infierno y ese paraíso, a los que nunca van a llegar son también parte nuestra como seres humanos.

D.- ¿Al poeta lo hace el lector?

M.R.- El poeta es el intérprete ante lo oculto, nombra lo real pero también lo irreal. Si lo hace llegar al que ni siquiera sabe qué es lo real o qué es lo irreal y le hace decir ¡ay carajo! esto yo lo he sentido pero no sabía cómo decirlo. Ese es el poeta.

D.- Nombraste la experiencia del Ser.

M.R.-. Sí, el poeta revela, devela, muestra, quita los velos, las telarañas que no cubren.

D.- Lo que tiene que ver con el origen y también con lo sagrado.

M.R.- Con lo sagrado y con los mitos de la tribu y con los caminares de la tribu y con los sacrificios de la tribu y las ofrendas de la tribu.

D.- El tiempo de la poesía, ¿es otro tiempo?

M.R.- Sí, es otro tiempo. Pero también es este, insisto, aunque el poeta no quiera es el testigo de su tiempo así se remonte a Grecia. Si se remonta a Grecia, es porque nuestro tiempo lo lanza a Grecia para decir, a través de los mitos griegos, lo que no sabe cómo decir con respecto a su tiempo o lo que no se atreve a decir con respecto a su tiempo.

D.- ¿La política podría inscribirse en el campo de las inutilidades?

M.R.- La política no. Porque la política hoy en día está en el campo del mercado, en el campo de las finanzas, en el campo de lo útil, económicamente hablando. Puedes formar un partido político, lo acabamos de ver, y te vuelves millonario de la noche a la mañana. Puedes cambiar de casaca, como se decía en Cuba, de la derecha al centro o del centro derecha al centro y del centro izquierda al centro o de la izquierda a la derecha, por pura conveniencia y esto pasa no sólo en México.

D.- Ya no hay una profunda reflexión cuando se opta por otra acción política ¿no?

M.R.- Puede haberla, pero evidentemente son móviles muy pragmáticos los que mueven a la política y a los políticos. Ya no hay líneas equis, igual que ya no hay fronteras ideológicas, desaparecieron los campos.

D.- Si lo que estamos viviendo se caracteriza por una profunda barbarie, ¿qué pasa con la poesía?

M.R.- La poesía es necesarísima porque te abre horizontes, te abre las ventanas para que entre aire puro.

D.- ¿Cómo decir ahora "te amo" ante tal espectáculo? ¿Qué nuevas palabras nombrar para que el lector pueda ser tocado por un poema?

M.R.- Esa es la tarea del poeta y para lograr eso el poeta necesita decir.

D.- Hay poetas que no dicen, que se resguardan en el misterio, sus poemas van más hacia el Mantra. Algunos poemas de Vallejo en Trilce, son totalmente herméticos.

M.R.- Sí, pero creo que Vallejo es hermético a pesar suyo. El caso de Vallejo, el de Martí, guardando las diferencias de época, es el caso de alguien que quiere decir demasiado, que tiene demasiado qué decir. Ahora, puedes aceptar que haya poetas que opten por una poesía tipo Mantra, tipo oriental, es perfecto y es válido ese camino. Lo que es necesario es que lo sientan y que eso que sienten logren expresarlo de una manera que el lector, aunque no sepa de qué está hablando el poeta, diga "me está diciendo algo", me está diciendo algo que vale la pena que yo intente entender.

D.- ¿Encontrar la hendidura?

M.R.- Intentar ver por dónde colarse al reconocer que lo que el poeta está diciendo es interesante, es importante.

D.-El mero hecho de estar frente a un texto que provoca la experiencia del vacío es un acto que disloca.

M.R.- Que te estremece, te provoca. Esa es la función de la poesía.

D.- Hay la idea de que esta poesía que tiende al hermetismo se resguarda en el desprecio.

M.R.- El desprecio a este mundo.

D.- En El versarlo pirata, de Orlando Guillen, se nota ese desprecio por la humanidad.

M.R.- Puede ser y es válido en casos como el de Orlando en los que se obedece a una honestidad profunda.

D.- El turno del aullante tiene una marca similar. No es una poesía fácil, no concede.

M.R.- No lo es, yo diría que si algo predomina en El turno es una soledad terrible y una terrible carencia del lenguaje para expresar esa soledad, el amor, el desamor y que desemboca en Caidal justamente.

D.- Quizá estos textos requieren de un lector implicado en esto que se dice "la experiencia del Ser". Un lector que se enfrente al texto sin esperar encontrar claridad en su superficie.

M.R.- Si es que implica algo, implica un haberte jugado tus cartas hasta el fondo.

D.- ¿En el acto de la escritura no tienes interlocutor en mente?

M.R.- Para nada. Cumples contigo mismo no con los demás, el interlocutor, si ha de venir, vendrá.

D.- ¿No hay interlocutor cuando escribes?

M.R.- En mi caso no. Tal vez lo esté pensando en el caso de Cuerpos. Los demás poemas no; o bueno, los interlocutores eran esas personas a las que estaban escritos los poemas.

D.- ¿Son los fantasmas que te llenaron o te colmaron la paciencia en distintos momentos?

M.R.- Sí, los fantasmas. Sí, claro.

D.- Dice Miguel Ángel Galván que te has convertido en un autor de culto.

M.R.- Efectivamente, sin yo poner nada de mi parte me he ido convirtiendo, sobre todo para la gente joven, en una especie de punto de identidad.

D.- ¿Obedece al hecho de que escribas tu poesía o al hecho de que eres Max Rojas?

M.R.- A lo mejor se entrecruzan. Por un lado es mi poesía como tal, creo que es una poesía tan golpeante, como poesía comprometida con lo que dice, que a casi a toda la gente con sensibilidad les dice algo, sean o no conocedores de poesía. Por alguna razón le llega mucho a la gente joven; qué puede ser, tal vez la autenticidad, a lo mejor la fuerza: no lo sé.

D.- La poesía trasmite deseo de escribir, trasmite eso que tú decías, deseo de estar en el lugar del otro.

M.R.- Puede que trasmita el que tú puedas decir las cosas en posición de poeta y que esa manera tiene implícito que te volcaste cuando lo estabas escribiendo.

D.- ¿La promoción cultural también ha sido parte de tu generosa actividad?

M.R.- Forma parte de mi modo de ser, de mi intentar hacer algo para que la gente salga del marasmo en el que está metida. No es algo que yo me proponga muy conscientemente, no es generosidad porque yo no sirvo para dar consejos. Si no me doy consejos a mí, cómo voy a andar dando consejos, "vuélvete culto". Aquí sí que sería un poco ser lo que soy y eso creo que, de algún modo o de otro, va repercutiendo en las gentes que están cerca de mí. Yo no ando repartiendo libritos, yo no ando diciendo lee, yo no sirvo ni para patrocinarme ni para catequizar a nadie.

D.- El hecho de trabajar en Resistencia, en el Museo León Trotski, en la "Bonfil Batalla"' ¿no es parte de tu ser generoso?

M.R.- Sí, eso lo puedo aceptar, lo que rebatiría es el hecho de que mi poesía fuera resultado de un hecho de voluntad, que mi intensión fuera "voy a volver cultos a tales o cuales". Yo no voy a volver culto a nadie, no voy a enseñar a escribir a nadie. Me ha tocado estar desde quién sabe cuándo en sitios en los que yo hablo, actúo, soy, pero sin ninguna pretensión de que otros sean como yo quiero que sean.

D.- La experiencia del Museo León Trotski, ¿cómo fue?

M.R.- Muy bella porque fue hacer, sin ningún apoyo y sin recursos, de un lugar que estaba sentenciado a cerrarse, algo tremendamente vivo. La experiencia fue bellísima, conté con colaboradores de maravilla, reuní amigos en todas las expresiones artísticas y logramos que aquello sobreviviera y saliera más o menos adelante.

D.- Ahí se presentaron las plaquetas que estaba haciendo Mario Santiago.

M.R.- Mientras yo estuve ahí fue abierta a todas las expresiones posibles.

D.- ¿Qué impresión te causó el grupo de los infrarrealistas?

M.R.- Buenos poetas por regla general. Creo que le tuvieron miedo a ser humanos, a ser hombres, y eso les desbarató la vida y acabó desbaratándoles la poesía. Tú no puedes escindir el hombre del poeta, no puedes. Creo que en ellos había una especie de rechazo total a todo lo que fuera la vida y a todo lo que tuviera que ver con la vida. Creo que adoptaron una postura demasiado negativa.

D.- El enfrentarse a ciertas formas de crear, a ciertas formas estereotipadas de ser, en la cuestión de la escritura, ¿es una postura nefasta?

M.R.- Yo no utilizaría la palabra nefasta, porque en última instancia, tú eliges la vida que quieres llevar y no creo que nadie pueda, a estas alturas de la vida, juzgarte con esos términos. Ellos eligieron eso y dentro de lo que eligieron, como poetas, cumplieron su papel. Lo que lamento es que fuera una rebeldía terriblemente negativa, que acabó con ellos y acabó con su poesía.

D.- ¿Había mucho que esperar de ellos?

M.R.- Creo que sí, pero tampoco puedes apostar a un futuro que no llegó.

D.- Max Rojas era muy admirado por los maestros infras.

M.R.- Sí, una vez me despertaron a las dos de la mañana para que les leyera Caidal. Yo los quería y los estimaba mucho.

D.- ¿Cómo fue tu relación con Mario Santiago?

M.R.- Con ninguno de ellos fue muy cercana porque éramos mundos muy distantes en actitudes ante la vida. Yo no soy ningún ángel de la guarda, ni cosa que se le parezca, pero digamos que el compromiso ético y el compromiso político siempre me han servido de equilibrio sobre las tentaciones y la mala vida. A mí me fascina la mala vida pero, digamos, tengo el contrapeso.

D.- ¿El cielo y el infierno?

M.R.- Digamos simbólicamente que sí.

D.- ¿Puedes entrar al infierno las veces que quieras?

M.R.- Sí, y he entrado a mi infierno, no al de los otros, tengo mi infierno mío de mí.

D.- Dice Gregory Corso "Si existe el infierno existe el cielo, y ese cielo es la poesía".

M.R.- Incluso con escalas en el purgatorio, esa antesala del infierno.

D.- ¿Qué es la Fe?

M.R.- La fe es poner puntos en la tierra a eso que hace no mucho en esta platica llamábamos lo divino o lo misterioso. La Fe es poner puntales que te sostengan en un mundo en el que todo se te viene abajo, un mundo en el que la postura que tomes te lleva a una encrucijada abismal y no encuentras salida. Eso le pasa a todos los que en esta época tienen ciertas ideas firmes todavía. Tal vez lo primero sería tener fe en ti, creo que si no tienes fe en ti te lleva la corriente.

D.- ¿Sin fe no se podría escribir un buen poema?

M.R.- Claro, evidentemente, no puedes escribir ni una pinche carta a la Secretaría de Hacienda, no puedes escribir nada, no puedes sino balbucir pendejadas como las que aparecen en los periódicos todos los días y no se diga en los noticieros de televisión: revistas, banales, hipócritas. Estamos en un mundo terriblemente hipócrita, cargado de simulaciones. Te prohíben fumar pero permiten que asesinen a un pueblo. Qué doble moral estamos o están jugando con nosotros. Te aterrorizas porque alguien se droga pero la gente se está muriendo de hambre. Bush quiere imponer su democracia en todo el mundo y todo el mundo agacha la cabeza.

D.- ¿Qué hacer, qué decir?

M.R.- Básicamente actuar, ya no es decir, es actuar, ya se ha dicho demasiado. Es tener ciertos puntos de acuerdo y empezar a caminar, es tener algo que nos falta terriblemente y que está relacionado con la pérdida del horizonte, ¿qué queremos? Ya no sabemos ni siquiera qué queremos, entonces, cómo marchas y con quién marchas si no sabes qué carajos quieres. Quieres cambiar pero cambiar qué. De cambiar puedes cambiar para peor, ya lo estamos viviendo.

D.-¿En dónde está este actuar?

M.R.- Diría que en una profundísima reflexión teórica que nos ubique en dónde estamos y qué queremos. Mientras no sepamos dónde estamos y qué queremos, qué perspectiva podemos tener, nos convertimos en objetos, en cosas. Nos cae mal la educación, la pareja, los sindicatos, nada funciona, pero con qué los sustituyes. Cuando sepamos con qué sustituir todo esto que no sirve, entonces podremos reconocer por qué y por dónde caminar.

D.- Se vive una profunda frustración, un profundo sentimiento de infelicidad.

M.R.- De impotencia, tú sirves para votar, fuera de ahí no existes. Caemos en la farsa de que eso es la democracia.

D.- Hay mucho regodeo en los gobiernos con este discurso de la democracia; es una burla que Fox todos los días se llene la boca de democracia.

M.R.- Todos, todo mundo habla de democracia, todo mundo ama a todo el mundo, en España, en Italia y en Alemania, todo mundo habla de democracia. Aquí es donde ves el terrible desgaste y el enorme basurero en el que han convertido las palabras.

D.- ¿Qué es la mujer?

M.R.- Ciertas mujeres, porque las abstracciones... Para mí han sido prácticamente todo. Digo ciertas mujeres porque todas son demasiadas y entre esas hay algunas que entre más lejos... Porque el hecho de ser mujer no otorga patente de Corso, ni siquiera poética. Son aquellas mujeres que de un modo o de otro te han golpeado, al igual que la poesía te han cimbrado, te han hecho decir ¡carajo! Es lo mismo que cuando un poema te golpea. Ese verso de Neruda la muerte vestida de almirante, quién sabe qué sea eso. He tenido el privilegio y el gusto de conocer mujeres que me han mirado a los ojos y que les he visto a los ojos.

D.- ¿Ninguna tiene la patente de Corso?

M.R.- Desde luego, ni los jóvenes, ni los viejos, ni nadie tiene la patente de Corso, nadie. Tú eliges tu porción de mundo, de amigos, de cuerpos, de alcoholes y el resto puede irse a donde quiera.

D.- Ahora que dices de tu porción de alcoholes; tú has sido buen bebedor.

M.R.- Yo he sido buen bebedor y creo que lo soy.

D.- Ese litro de tequila y Caidal.

M.R.- Sí, sin ese litro de tequila probablemente no lo hubiera escrito.

D.- ¿Qué te ha reportado el alcohol?

M.R.- Buenos momentos por regla general, porque he tenido casi siempre el contrapeso, pero en algunos momentos la llegada a los infiernos, a mi infierno.

D.- ¿Y era una vía necesaria?

M.R.- Llegó a serlo durante una temporada.

D.- ¿No hay contradicción entre el trago, la vida, la muerte?

M.R.- No, Unamuno decía Claro que me contradigo entre mi corazón que dice no y mi cerebro que dice sí. Si estás vivo estás en la contradicción perpetua. Más yo que soy Géminis. El problema es cómo logras que las contradicciones se atenúen lo suficiente como para que te lleves bien con tus neurosis y no tengas que acabar en el psicoanálisis.

D.- ¿Cómo transitar entonces en este mundo?

M.R.- Esto me suena a que voy a tener que decir una tarugada parecida a un consejo: Transitar. Si te caes, cáete con el mayor entusiasmo posible. Te vas a levantar si quieres seguir vivo, si sigues creyendo que vale la pena estar vivo te vas a levantar. No te quejes, juégatela, es parte del riesgo de estar vivo y si no hubiera riesgo sería aburridísimo estar vivo, como lo están muchísimos, muertos de aburrimiento.

D.- Ahora que lo dices, ¿qué es la muerte?

M.R.- La muerte es el fin, punto. Y te va a llegar cuando te toque, te cuides o no te cuides. Te va a tocar a  treinta, a los cincuenta, a los sesenta y cinco, fumes tres cajetillas diarias de cigarros o no fumes, diabetes o no tengas diabetes.

D.- No es tu pretensión morirte sano.

M.R.- No, de ninguna manera. Espero morirme tal y como soy. Si me toca mañana me tocó, pero me morí con dos amigos, con un vaso de cerveza, con mi cigarro y dentro de unas horas mi primer café como a las tres de la mañana.

D.- ¿No hay rebeldía ante la muerte?

M.R.- No, para qué. Rebeldía sería decir, me tengo que cuidar, tengo diabetes, no debo tomar alcohol, no tengo que hacer esto. Ante la muerte no tienes más rebeldía que someterte a la ciencia médica y es algo que yo no estoy dispuesto a hacer.

D.- El poeta en su hacer tiene una gran rebeldía, busca lo infinito de las palabras y se rebela contra lo finito.

M.R.- Claro, si eres poeta de verdad hay vida, hay rebeldía, estás en la batalla.

D.- Un epílogo.

M.R.- Pues a seguirle, a seguirle. No estoy para dar ejemplos de ningún tipo, ni por el bien ni por el mal, pero cuando menos seguir en la deriva, que ya es bastante en estos tiempos.

D.- Vale.

Enero de 2004

 

 

* Esta entrevista fue publicada por primera vez en la EDICIÓN ESPECIAL DEDICADA A MAX ROJAS número 16 de la revista DERIVA, marzo 2004, Cd. de México.


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