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C8

EL SILENCIO Y EL GRITO *

María Cruz

 

 

Aquel que se pierde en su pasión está menos
 perdido que aquel que pierde su pasión.

San Agustín

A todos nos toca vivir El turno del aullante, por eso el trabajo de Max Rojas está aquí, como una amenaza o un consuelo, pero siempre cargado de pasión. Su poesía está vigente y palpitando, dispuesta a conmover lectores. Porque no se puede ser indiferente ante una poesía de esta naturaleza, que no invita a la contemplación, al análisis intelectual, al estudio. Primero nos arrastra, nos aturde con la emoción y después nos conduce al silencio primordial.

En El turno del aullante predomina el sonido, la música del lamento, la orquestación de la lluvia incisiva que repite una y otra vez la experiencia del dolor. La voz poética busca salvarse de la soledad a través de la palabra, como una queja emitida con tal contundencia que encuentra cierto alivio en sacar su golpe. Hay una desesperación continua hecha canción. La poesía de Max Rojas necesita la oralidad, necesita ser leída en voz alta, necesita ser pronunciada para elevarse en la sangre y cumplir su danza. Al cuerpo le pasa lo que al alma y su pena se extiende hasta la indumentaria, el poeta contempla su traje hecho ceniza, se ve a sí mismo envuelto en una atmósfera nocturna, las sombras lo acechan y lo llevan a regiones subterráneas de enlutados moluscos, caracoles melancólicos y pájaros muertos. Porque el vuelo ha terminado. Sólo queda arrastrarse, ir a lo horizontal y buscar dentro de sí mismo; hacer el viaje a lo más profundo, a lo más remoto, a la cara secreta de la vida, a ese lugar donde es imposible mentir.

Las palabras buscan recuperar la presencia de una mujer, en el decir se tiene esperanza, con la poesía se hacen conjuros para que la mujer regresé, concrete el cuerpo largamente perdido, recordado. Sin embargo, el que sufre no está vencido, tiene el impulso del llanto más enérgico y con su lamento reconstruye el alma derribada. Porque en el dolor del aullante... hay rebeldía y una continua afirmación de la existencia; en ese ritmo de distintas intensidades el poeta conoce los suelos, pero la belleza del mundo lo regresa a la vida y reconoce que aún le quedan otros trozos de pellejo y otros dientes.

Para ordenar el mundo, el personaje poético debe moverse, trasladarse por su experiencia, el grito se hace palabra, pero la gramática parece no bastar para expresarse. Entonces el poeta se escapa de aquello que lo ciñe, encuentra su propio sonido que percute, gime, aúlla, canta. Un trastorno emotivo exige la transformación del lenguaje. Max Rojas crea su propia lengua, inquieta al lector con palabras modificadas:

Traqueteteándome roída la huesumbre.
roído me voy, gritiritando aulles;
farfullando exequias, occisional me afoso,
con qué silencio y cuánto ruido
que atarumban todo;
tan tan silencio es el ruidero que me acalla
que la huesada suena bien sombría.

Max Rojas confía siempre en la emoción y produce una poesía sin artificios, una poesía que busca la expresión directa, la conmoción de los sentidos. Lejos de la complacencia, el poeta sabe que debe construirse a cada instante y responde a su respiración de sollozo, a veces con palabras transformadas, otras, con el lenguaje coloquial.

El escenario casi siempre es oscuro, abundan los orificios, los huesos, la atmósfera fúnebre, los clavos y garfios, el musgo, las astillas, los dientes, las uñas. Todos elementos amenazantes. Pero el peligro mayor no está en lo externo, proviene del interior, de la memoria. En La memoria del perro cada recuerdo provoca una horadación, por eso el Perro deambula vacío, habitado por el imaginado olor de su amante perdida. No somos sino memoria y ausencia, Borges lo escribió a su manera: Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos. Así, por los huecos de lo que no está se cuela el terrible viento que parece arrasar con todo, que domina el cuerpo, pero no elimina los recuerdos. Al amar, el Perro y el hombre son lo mismo, sienten el impulso animal, la sinrazón, la locura. El hombre se siente más cercano a su instinto que a su intelecto e incluso rechaza el lenguaje:

Esto del palabraje humano es cosa mala, Perro. ¿De qué corojo sirven las malditas palabras?; tanto que nos costó aprender a hablar, para poder decirle hurañas palabras de ternura, y nada, Perro, sólo pedazos de trozadas palabras de ternura nos quedaron.

Sin embargo en la obstinada negación está la fuerza del lenguaje y en el olvido hay un impulso de recobrar todo lo que se perdió. El amante ruega, reclama, edifica una plegaria cargada de erotismo. Pero Max Rojas rechaza toda fórmula, cualquier convencionalismo que lo pueda convertir en estatua. En el libro Ser en la sombra el lenguaje ha cambiado, hay una depuración, es la resonancia y la conciencia de lo que se destruye. Los cuerpos ya no gimen, sólo quedan rescoldos. Estos poemas arrastran al lector de otra manera, lo conducen al silencio, a escuchar las voces que provienen de cada uno. Hay entre los versos contundentes y magros una despedida. El poeta hace un ritual, hace un recuento como si se preparara para abandonar una etapa de sombras, sin embargo, en todo momento el poeta apuesta por la vida y pide:

 Ven. Sé labio: empápame. O durazno, no sé.
 Empápame. Sé jardín o paloma. Pero ven.

 

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* Este texto fue publicada por primera vez en la EDICIÓN ESPECIAL DEDICADA A MAX ROJAS número 16 de la revista de poesía DERIVA, marzo 2004.Cd. de México.

 

 

 

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