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AYOTZINAPA

“QUIÉN POR EL FUEGO,
QUIÉN POR EL AGUA” *

FRANCISCO MANCERA **

 

“Quién por el fuego, quién por el agua”; así inicia un sensible canto de Leonard Cohen inspirado en la oración de una antigua tradición judía que recuerda el día sagrado en que el Libro de la Vida (el libro que se recita así mismo) se abre para que sean inscritos en él  todos los que nacen y todo los que mueren. “Quién por el fuego –se dice en la oración original- y quién por el agua, quién por la espada y quién por la fiera.” Todo aquél que ha escuchado la melodía de Cohen, o ha escuchado la oración original, puede percibir en esas palabras –en el sonido y en las imágenes que evocan- una solicitud, casi una súplica, de no olvidar el dolor y la finitud que define a los asuntos humanos.

 

 

El asesinato y desaparición de más de 43 estudiantes de Ayotzinapa, sin olvidar las decenas de miles de personas -hombres, mujeres y niños- que han sido asesinadas y desaparecidas en los últimos años, nos han obligado, finalmente, a algunos, a salir de la pasividad, a  preguntarnos por el dolor y la muerte, así como por las razones y sinrazones de la impunidad y las formas de violencia diseminadas en cada resquicio de nuestra sociedad. ¿Quién de nosotros no padece algún tipo de alteración anímica en los ritmos de su vida cotidiana y de su entorno familiar debido al escalonamiento del crimen y la ilegalidad? ¿Quién de nosotros, dentro o fuera del análisis, no ha percibido la angustia que lo social inscribe en el otro? ¿Quién de nosotros no ha descubierto el retorno de fantasmas personales que creíamos “divinamente” elaborados?

Incertidumbre, angustia, miedo y todo tipo de sentimientos reactivos, parecen hoy especialmente estimulados por la disolución social, de ahí que resulten inevitables el juicio categórico, la imputación y la furia; no puede ser de otro modo en tiempos en los que es imposible, o casi imposible, cerrar los ojos a lo que siempre ha estado ahí: la proximidad de la muerte y la crueldad. En estos tiempos, en nuestra sociedad, ambas realidades irrumpen en nuestras vidas con el mínimo de la contención simbólica que en otras circunstancias podrían, o no, proporcionarnos la comunidad, el ritual religioso y el ideal moral. Sin embargo, y ello al margen de cualquier ilusión, no ha existido ninguna sociedad en la que lo siniestro haya sido cabalmente elaborado.

Sabemos que a la muerte y a la crueldad les es inherente una realidad que no puede ser elaborada ni comprendida por ninguna teoría, ni por las acciones individuales o colectivas derivadas de esa teoría, incluida la idea que está en la base de buena parte de las reflexiones de los intelectuales sobre la fracturas institucionales evidenciadas por la desaparición de los normalistas y las decenas de miles de personas más; esa teoría-base afirma que en la sociedades modernas el Estado es el meta-sujeto poseedor del monopolio de la violencia.

Por congruencia habría que sumar otras teorías a la impotencia del concepto incluida la teoría psicoanalítica. Sin embargo, dado que tampoco podemos renunciar a una mínima clarificación de lo que ahora nos interpela y angustia, es importante destacar una expresión noble en el psicoanálisis la cual bien podría aproximarnos a una posibilidad de comprensión, y no me refiero al psicoanálisis como sistema teórico, sino al psicoanálisis como experiencia, como la experiencia –imposible, diversa y singular- de elaboración simbólica de una vida dañada; la expresión noble a la que me refiero no es otra que la exigencia –a su vez condición de posibilidad de tal experiencia- de renunciar a la fantasía, o al delirio, según sea el caso, de tener la razón y poseer la verdad.

Partiendo de esa desventura epistemológica, podríamos analizar algunos aspectos de lo siniestro que atraviesa a nuestra sociedad desde una dimensión ética que por principio nada tendría que ver con la éticas normativas y abstractas del deber ser, sino más bien con la posibilidad de una actitud individual, casi extravagante si la comparamos con la regla social, derivada de la experiencia de descubrir las sombras de sí mismo en las sombras del otro. “Hasta el árbol que florece miente en el instante en que se percibe su florecer sin la sombra del espanto”, escribió un pensador de lengua alemana durante los primeros años de la postguerra, mientras deambulaba por las calles de la ciudad de Los Ángeles gravemente deprimido y tratando de asimilar la matanza que llevó a Europa, y a su proyecto de modernidad, al fracaso.

Nosotros también nos encontramos ante una serie de acontecimientos que confirman, lo aceptemos o no, lo hagamos consciente o no, nuestro fracaso como sociedad, como cultura y como nación. Y para discutir estas afirmaciones y otras con ellas asociadas, intentaré un ejercicio de imaginación, un juego de ideas e intuiciones a partir de la construcción de una constelación de metáforas, las cuales tal vez puedan ofrecer, o tal vez no, una mirada estereoscópica, por decirlo de algún modo. La constelación de metáforas es la siguiente: Sigmund Freud-Sísifo-Mnemosine-el todo-la sangre-el laberinto.

1. Sigmund Freud, como metáfora, representa una actitud creativa ante la muerte y la crueldad. Recordemos su forma de asimilar el suceso, decisivo en la historia reciente de Europa, que fue el inicio de la primera guerra mundial. El colapso de los antiguos imperios supuso un costo de muerte y dolor inimaginables. Dos hijos de Freud, Martin y Ernst, fueron llamados al Frente. De la correspondencia de esa época, destacan sus comunicaciones con Sandor Ferecnzi, a quien confesó, entre otros tantos asuntos, sus continuos problemas digestivos por las noticias de guerra, las presiones económicas debido a la escasez de pacientes, su aprehensión por el futuro de sus hijos que habían y no habían ido a la guerra, y su obstinación por comprender y elaborar desde la escritura del psicoanálisis la situación de Europa y la condición del hombre.  Así, en 1915 presentó una conferencia en la logia judía B¨nai B´rich, titulada: Wir und der Tod (Nosotros y la muerte) publicada posteriormente como Nuestra actitud ante la muerte. En esa conferencia, Freud reflexiona sobre el origen psíquico de nuestras reacciones de espanto y condena a la guerra; éstas se deben, nos dice, a que la realidad de la guerra y la muerte paralizan las  ilusiones infantiles del adulto y destruyen sin miramientos las fantasías inconscientes de inmortalidad. Como medida preventiva al horror, piensa Freud, bien podríamos comenzar por cancelar en nuestro inconsciente semejantes delirios de eternidad y aceptar, con todo el dolor que ello supone, lo transitorio y silvestre de cada una de nuestras vidas. “Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.”

También es interesante el modo en que se expresó su crisis interna por la guerra durante una de las conferencias que dictó en 1916 en la Universidad de Viena. A  mitad de su exposición, que trataba de la censura onírica, dio un giro repentino para disertar acaloradamente sobre la situación de Europa. “Y ahora aparten la mirada de lo individual y contemplen la gran guerra que sigue asolando Europa, piensen en la brutalidad, crueldad y la mendicidad de que es parte el mundo civilizado. ¿Creen realmente que un puñado de ambiciosos y farsantes inmorales habrían logrado desencadenar todos eso malos espíritus si no tuvieran  millones de seguidores inconscientes que  fueran sus cómplices?

Para Freud, el fin de la guerra sólo fue el comienzo de otra etapa de mayores dificultades, y ello no sólo por la inflación, la escasez de alimentos y combustible, o los retos que se presentaban a las puertas del psicoanálisis  por el deterioro psicológico de las masas debido tanto a la crisis económica como a los traumas de la guerra, sino también por la muerte de su hija Sophie, a principios de 1920, a causa de una neumonía derivada de las precariedades producidas por el conflicto. Freud escribe a su amiga Kata Levy “no sé si la alegría volverá otra vez a visitarnos

2.- Sísifo es la metáfora de la repetición, ese estado morboso del alma desencadenado por el horror vacuo y la seducción que ejerce la crueldad y la muerte, pero también es una metáfora de lo siniestro que desencadena lo siempre igual en las sociedades.

La conmoción y las pérdidas, reales y simbólicas, que trajo consigo la guerra, llevaron a Freud a reformular una parte sustantiva de la arquitectura psicoanalítica. La más radical de esas elaboraciones, tanto a nivel de la interpretación clínica como del sistema metapsicológico y la teoría cultural, fue la pulsión de muerte, y con ella, las cadenas de la repetición de ponen en entredicho la posibilidad de la historia en el individuo y el grupo.

Sabemos bien que en el trabajo analítico se juega, siempre al filo del peligro, la posibilidad de reconocer la marca de la muerte y la violencia, pero ¿acaso podemos reconocer y diferenciar, desde eso que estalla en nuestra alma, lo siniestro que se repite en la sociedad? Justo por esa razón, Freud trató de calibrar -especialmente en sus escritos previos e inmediatamente posteriores al inicio de la segunda guerra mundial- las determinaciones inconscientes de los colectivos humanos. La masa, y la sociedad organizada como un conjunto de masas, actúa como si fuese un sujeto; con sus traumas y escenas originarias, con su novela familiar y sus identificaciones e idealizaciones, con sus delirios y sus fantasmas ¿Existe alguna forma de cancelar, en la sociedad, la repetición, lo siempre igual?

3. Mnemosine, madre de las musas, inspiradora del recuerdo de lo heroico y del origen, engendradora de la poesía y de la historia. Y de la historia podríamos aprender algunas lecciones, entre otras, que de ser ciertas las sentencias sapienciales contenidas en el Eclesiastés,  nada nuevo habría que esperar bajo el sol, sino sólo reediciones de los crímenes que hacen posible la cohesión de la masa, de la masa como grupo, como secta, como cofradía, como partido político, como sociedad..

Freud, y probablemente con mayor agudeza Elias Canetti descubrió esa realidad psíquica de la masa dentro del escenario de la guerra y la descomposición social, de ahí el intento, en todo momento desesperado, por aportar algo a la comprensión y disolución de los imaginarios que posibilitan y legitiman los comportamientos criminales entre el nosotros y los otros. Aportar un poco de comprensión a lo histórico es un trabajo que, desde Freud, nos ha sido heredado a los psicoanalistas, de ahí nuestra reserva y pudor a las tan populares construcciones históricas que ponen el acento en lo “monumental” y lo “anticuario” del pasado. Del presente poco o nada podremos comprender mientras cerremos los ojos a las catástrofes precedentes y nos refugiemos en las ficciones del “gran pasado indígena”, en el “heroísmo” de la independencia, de la revolución y de la democracia. Por fortuna, existen innumerables testimonios a la espera de ser recuperados por “una débil fuerza mesiánica.” He aquí uno de esos testimonios:

Voy a leerles un fragmento de una entrevista de Fernando Benítez a Juan Rulfo, esta parte trata sobre la muerte; pregunta Benitéz:

“¿Juan y  por qué tu obsesión por la muerte?

-“Tal vez fue cosa de la infancia. Mi abuelo murió cuando yo tenía cuatro años; tenía seis cuando asesinaron a mi padre porque, tú sabes, después de la revolución quedaron muchas gavillas. Mi padre tenía autorización para confirmar del obispo de Papantla, pues en tierras agitadas podían delegar ese sacramento en los seglares. Recaudaba el dinero de las confirmaciones y lo daba a los curas. Regresaba de una gira cuando fue asaltado y muerto por los gavilleros. Tenía treinta y tres años. Mi madre murió cuatro años después. Entretanto mataron a dos hermanos de mi padre. Luego, casi en seguida, murió mi abuelo paterno. Murió de tristeza porque al que más quería era a mi padre, su hijo mayor. Otro tío mío murió ahogado en un naufragio, y así, de 1922 a 1930 sólo conocí la muerte.”

4. El todo. El todo es un sistema cerrado, nada sale de sus límites, y lo que se atreve a salir es eliminado. Al control absoluto, o que quiere ser absoluto, sobre cada una de las posibilidades del pensamiento, del arte, del erotismo, del habla, lo llamamos totalitarismo. Hannah Arendt asoció este término a un tipo específico de régimen político, aquél cuya existencia y fundamento son el terror psicológico de una crisis planificada, y también a la sentimentalidad racista y la fascinación religiosa por un caudillo y su corte de psicópatas organizados como partido político policial. El régimen totalitario, y con ello la pensadora tiene presentes al nazismo y al stalinismo, quiere destruir toda resistencia y toda memoria, de ahí que una de sus estrategias más eficaces sea el aplanamiento ideológico y la integración de los individuos en una masa. El análisis de Arendt es certero, no obstante, pasa por alto dos detalles: 1) que, en sentido estricto, todo psicópata que seduce a las masas desesperadas y violentas no es sino el  síntoma de una tendencia inconsciente de la sociedad, y 2) que bajo la frágil cáscara de liberalismo político y competencia mercantil de las así llamadas sociedades democráticas, se reproduce un tipo de totalitarismo a un más eficaz que el totalitarismo nazi y bolchevique. El director del instituto de investigaciones sociales de Frankfurt lo llamó Estado autoritario, planteando con ello que el autoritarismo tiene su origen en el eclipse del orden burgués que sólo por momentos alentó los ideales morales de amor, fraternidad, compasión y solidaridad en la utopía de la familia nuclear burguesa. Por esa razón propuso, previo al inicio de la segunda guerra mundial, una investigación sobre la autoridad y la familia en Europa continental; los resultados dejaron en claro que la indiferencia ante el dolor del otro, el descomprometimiento, el desprecio por la herencia cultural y la pasividad ante lo social –todos ellos componentes de la personalidad autoritaria- provienen la célula germinal de la sociedad, de la familia. Si el concepto de Totalitarismo se reformuló en el concepto de Estado autoritario, ¿qué nos impide pensar hoy hablar y pensar en la sociedad autoritaria?

5. La sangre. Con ésta metáfora, que dentro de sus múltiples significaciones alude a las estructuras elementales del parentesco, a los lazos de sangre, deseo exponer una contradicción histórica, social y psicológica tan grave como incomprensible.

Hoy día, cientos, miles de familias rotas por la descomposición social, reclaman una justicia que, de inicio, los hombres que administran el poder ni comprenden ni están dispuestos a conceder. Pero los cárteles que operan en perfecta articulación con las pandillas que desde las instituciones administran la riqueza, no son sino un fenómeno, como también es un fenómeno el culto que las masas le profesan a la mediocridad y al crimen por mediación de las industrias culturales. He aquí la otra cara de la moneda: a inicios del año 2012 apareció en la portada de la revista proceso una típica fotografía de familia: al centro, una anciana sonriente llevando un crucifijo dorado en el pecho, a ambos lados, y también detrás, sus hijos, sus hijas, un nieto y una nuera: se trata de la familia de los Arellano Félix, fundadores del cártel que aún controla el tráfico de droga en la frontera noroccidental.

Se conoce como patrimonialismo la forma de domino político fundada en la tradición y el poder del paterfamilia, el jefe del pueblo o la nación, y la asociación doméstica (hijos, nietos, sobrinos, parientes, compadres o amigos personales). La asociación doméstica patrimonial comprende toda una armazón de mitos, lenguajes y rituales que son propios de una familia, la cual puede organizarse como grupo, cofradía, secta, logia, o partido político. En México, el origen del patrimonialismo se remonta a la segunda mitad del siglo XVI, al inicio de la Colonia. Fueron esos los tiempos en los que se articularon los comportamientos y lenguajes que dieron forma a estructuras de poder político y económico atravesadas por redes familiares, lo que originó un tipo singular de corporativismo, cuyas intrigas, ambiciones y violencia corrieron paralelas al desarrollo de la fantasía de identidad patriótica de los criollos, origen del nacionalismo mexicano. Los intereses políticos y económicos de las familias de los encomenderos, después de las familias criollas y después de las familias mestizas, en conjunción con la organización social, parental y caciquil de las comunidades indígenas sobrevivientes de la conquista, tomaron el control de los cabildos, los consulados, la real audiencia. Cuando la asociación doméstica es parte  fundamental de las estructuras de las instituciones de gobierno, de las universidades, de los sindicatos, de los cárteles criminales, cuando esto sucede, y en México es un continuo, están condenadas al fracaso de antemano la justicia, la democracia y la posibilidad misma del Estado.

6. El laberinto. Al terminar de escribir éstas líneas, me descubro más confundido y angustiado que entes de iniciar; las ideas y las metáforas a las que he recurrido me parecen aún más imprecisas y precarias de lo que por sí ya son; el espacio externo e interno es oscuro e intrincado, buscó a tientas, a la espera de un movimiento o alguna línea que delate a la monstruosa figura de Asterión. ¿Quién no anhela ser el héroe de ésta historia? ¿Quién no desea ser aplaudido por liquidar al culpable, a los alcaldes psicópatas, a los lumpen psicópatas, a los gobernantes psicópatas?, pero ¿Hemos sospechado siquiera que la redes de complicidad bien pueden llegar hasta la sala de nuestra casa, hasta la oficina de nuestro empleo? Sí, el espacio es oscuro e intrincado, y sólo encuentro teorías ya hechas, frases artificiales y lugares comunes; estoy perdido en un laberinto de conceptos, de sentimientos predecibles y acciones testimoniales e inmediatas, sin ninguna duda todo esto puede ser un magnifico refugio, pues tal vez –y sin el tal vez- yo soy Asterión.

Nuestra vida –como bien escribió Nathaniel Hawthorne- está hecha de mármol y de lodo.”

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Texto leído el 15 de diciembre de 2014 en la mesa de reflexión y debate organizada por el Circulo Psicoanalítico mexicano: Ayotzinapa: Cuando los desaparecidos no terminan de aparecer y aparecen los que no se esperaban: 43+6… Intentamos en la transcripción de su lectura la mayor fidelidad  posible.

** Psicoanalista independiente y profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde imparte el seminario Filosofía y Psicoanálisis y el curso Historia y Psicoanálisis. Sus áreas de especialización son: la filosofía de la cultura y el psicoanálisis teórico y clínico


 

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