home.jpg

 

L10

LA POLÍTICA.
ARISTOTELES.
SOBRE EL DISCURSO DEL AMO *

MARIO KELMAN **

 

 

Resumen: El texto La Política de Aristóteles constituye una referencia fundamental en la construcción del proyecto de Occidente. Texto válido tanto para aprehender las coordenadas de la época en que fue escrito, como para encontrar en el presente los vestigios de sus huellas, así como un medio ineludible para la interrogación del sistema actual. En los párrafos siguientes se intenta establecer la lógica que dicho escrito establece, dando lugar no sólo a un orden de lazos sociales sino también al acuñamiento de un discurso que instituye una modalidad del lazo: el discurso amo(1).

 

Palabras clave: Política, Estado, Occidente, lazos sociales, filosofía, esclavo, mujer, discurso político, discurso del amo.

 

Según Oscar Godoy Arcaya(2), a diferencia de “La República” de Platón donde se aprecia una continuidad argumental, “La Política” de Aristóteles presentaría una serie de escritos hechos a lo largo de treinta años, en forma fragmentaria, que reflejan la preocupación del autor por variados temas que el estilo de su pluma unifica; probablemente reunidos para su publicación con posterioridad, por discípulos y colegas, o por el propio Aristóteles en sus últimos días.

 

La Política consta de ocho Libros.

El Libro I introduce las nociones primeras sobre la Polis y el Estado.

El Libro II aborda la Teoría sobre la constitución o el régimen político, en tensión y debate con la Teoría de Platón.

El Libro III refiere a la Teoría y Tipología de las Constituciones, que prosigue en el Libro IV detallando subdivisiones. Este sería el núcleo de escritura del conjunto del texto.

El libro V alude a las causas de cambios y revoluciones políticas de los estados estudiados.

El Libro VI, De la Democracia y la Oligarquía, la lógica del poder y la división de los poderes.

Los Libros VII y VIII versan sobre la Constitución ideal.

 

Una naturaleza política del hombre…

… que requiere de formas asociativas

Los fundamentos de la teoría aristotélica de la política tienen como premisa una naturaleza política del hombre; donde la polis y el Estado constituyen una forma asociativa para alcanzar la autonomía en comunidad que requiere la realización de los fines humanos, debido a que ningún individuo podría lograrlo por sí solo.

Nos detenemos aquí un momento.

Aristóteles concibe la comunidad como una sociedad de Amos, y destaca un hecho estructural que pasa inadvertido en su construcción teórica.

Se trata de un Amo que se caracteriza por la imposibilidad de alcanzar la realización de sus fines por sí solo. Es decir, todo lo contrario de un Amo.

Un Amo que no se sostiene en su lugar por sí solo señala una falla de estructura que hace, como dijera Freud, de la tarea de gobernar un imposible. A partir de allí la política puede leerse como síntoma.

 

 … se expresa como necesidad de conversación

Retomando el desarrollo, la naturaleza se expresa entonces como necesidad de conservación, que sobrepasando su condición biológica, remite al ámbito del ser.

Aristóteles concede un marco ético a la naturaleza humana, expresado en la tendencia al Bien. La orientación naturalizada y teleológica al Bien, define el supuesto de toda forma asociativa y de una esencia de la política.

 

…anuda la política con la metafísica

De modo tal que dichas premisas axiomáticas anudan fuertemente el proyecto político con la metafísica, constituyendo uno de los pilares que cimenta el posterior surgimiento del proyecto del capitalismo de Occidente.

 

…ética aristotélica

Es interesante señalar al pasar, que Aristóteles deja fuera del campo de la ética a la sexualidad, a la que otorga un lugar exterior al campo de lo humano, desviación de la virtud, asumiendo un carácter teratológico. Sólo acepta la reproducción como ejemplo superior de una necesidad asociativa de los seres humanos. De lo cual resulta clara la separación de la sexualidad respecto de la reproducción, incluyendo la sexualidad sólo a los fines reproductivos.

De allí en más, todo se ordena y justifica por razones de naturaleza, que responden a la necesidad de conservación del ser.

La naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo, y de esta suerte el interés del señor y el del esclavo se confunden.

La naturaleza ha fijado, por consiguiente, la condición especial de la mujer y la del esclavo. La naturaleza no es mezquina como nuestros artistas, y nada de lo que hace se parece a los cuchillos de Delfos fabricados por aquéllos. En la naturaleza un ser no tiene más que un solo destino, porque los instrumentos son más perfectos cuando sirven, no para muchos usos, sino para uno solo.”(3)

 

…orden naturalizado amo-esclavo. El hombre llevado a la condición de instrumento.

Por la necesidad de conservación se instituye un orden naturalizado definido por la relación amo-esclavo, originando una doble serie donde toman lugar los términos sustitutos:

Por un lado, rey, magistrado, padre, dueño y por otra parte, esclavo, bárbaro, mujer.

Interroga por la condición de poder de cada uno, y la respuesta se afinca en la diferencia entre quienes poseen el don de razón y previsión que autorizan el mando y quienes poseen su capacidad ligada a las facultades corporales o fuerza de trabajo, que deben obediencia.

El hombre es llevado a la condición de instrumento, más perfecto cuando responde a una única función, la cual responde por su destino.

Obviamente, instrumento del discurso amo. Valga la ironía por la que un esclavo es presentado con mayor perfección que un cuchillo de Delfos, que puede adquirir destinos múltiples.

La forma asociativa permanente es la familia y sobre ella se constituyen formas crecientes, como pueblo, polis, nación, estado.

 

El círculo se anuda: la naturaleza es el fin realizado.

La naturaleza de una cosa es su fin. Lo que es un ser cuando ha alcanzado el desenvolvimiento último, es su naturaleza.
La política es una condición del animal humano en la medida en que a diferencia del animal, incluye el suplemento de lenguaje. Requiere del Derecho y de la Justicia.

A diferencia de los animales, al hombre la naturaleza le concede la palabra, y a través de ella, la noción del bien y del mal, de lo justo e injusto y por allí, la necesidad del Estado que comprenden formas asociativas menores, como un Todo que engloba las partes.

 

Política, formas asociativas y totalización.

Agregamos así otro rasgo de la construcción aristotélica de la política.

Partimos del axioma de la naturaleza política del hombre basada en la necesidad de conservación, que cobra una estatura metafísica en un marco ético que excluye la sexualidad. Luego, un orden natural que concibe al hombre como instrumento moldeado por la función que le es naturalmente propia ligada a su destino. Agregamos ahora, la consistencia Totalizante de las formas asociativas naturalmente necesarias para la realización de los fines humanos orientados teleológicamente por la virtud y el supremo Bien. El círculo se cierra: la naturaleza de una cosa es su fin.

 

Lo paradojal, la determinación y regulación de lo excluido en la construcción política y las formas asociativas.

Pero el hombre sólo no se conforma con la naturaleza del hombre. El despojo de la ética y la virtud también lo deja en el mundo animal o monstruoso del arrebato pasional.

Por ello, la vida social produce una nueva necesidad, la necesidad de justicia.

El Derecho es la regla de vida para la asociación política. La decisión de lo justo es lo que constituye el Derecho.

Afirmación muy interesante, que sitúa el Derecho como regulación de la vida en sociedad y a su vez, destaca el valor constitutivo de la decisión como acto político; podemos inferir, con consecuencias.

 

Formas asociativas. Familia, Polis, Estado…

El capítulo II del Libro I, aborda el régimen económico a través del análisis de la economía doméstica de la familia.

Concibe la familia compuesta de hombres libres y esclavos.

Distingue tres órdenes de relación donde se ponen en juego tres formas de la autoridad.

Amo-esclavo – Autoridad del dueño ó señor

Esposo-Mujer – Autoridad conyugal

Padre-Hijos – Autoridad paterna-filiación

Agrega como cuarto elemento la adquisición de propiedad.

 

La propiedad como elemento inherente a la forma asociativa implicada en la necesidad de conservación…

Cada familia emplea una ciencia doméstica para responder a las necesidades de conservación.

La propiedad es concebida como un elemento que forma parte de la familia, engendrando una ciencia de la propiedad.

La propiedad es un instrumento de la existencia y la riqueza sería una porción de posesiones. El esclavo se considera una propiedad viva a diferencia de los instrumentos inanimados.

Los instrumentos son medios de producción –ningún instrumento funciona por sí, requiere de su dueño- y la propiedad remite únicamente al derecho de uso. Pero, propiedad y uso no se confunden, también difieren.

El ser vivo está compuesto de alma y cuerpo, el primero hecho para mandar y el segundo, para obedecer. Nuevamente, la naturaleza define autoridad y obediencia; por naturaleza, superiores e inferiores.

El esclavo obedece la autoridad del amo como el cuerpo obedece la autoridad de la razón y el alma.

Luego, hace una digresión sobre los naturalmente esclavos y aquellos hombres libres que eventualmente puedan haber sido hechos esclavos por la guerra, resultando una injusticia al orden natural. De lo que se deduce la existencia de una esclavitud justa, útil y equilibrada según los fines.

 

Ciencia doméstica. Adquisición natural y adquisición de riqueza. Uso y valor de cambio…

En el capítulo III se plantea en forma diferenciada de la adquisición natural y la adquisición de bienes. Ésta última no proviene de la naturaleza sino del arte y de la experiencia.

Diferencia tempranamente entre el uso y el valor de cambio de una propiedad. El cambio se produce entre un punto de abundancia y otro de escasez de las cosas necesarias para la vida.

El cambio puede ser adquisición natural que responde a necesidades de los hombres –economía del trueque- o tomar un valor propio acentuado por la introducción de la moneda. Este otro modo de adquisición revela el origen de la riqueza.

Requiere de un ámbito mayor que la familia, ya que la propiedad es común en ésta última.

Esta otra forma de adquisición es la compraventa.

Ella muestra como la circulación de objetos puede ser fuente de riqueza, cuando el fin es la ganancia materializada en el dinero y no el objeto de necesidad, dando lugar a una ciencia de la adquisición.

Es diferente a la ciencia doméstica que responde a la adquisición natural de objetos necesarios para la conservación.

Son elementos y fines diferentes.

Estas dos especies de adquisición tan diferentes emplean el mismo capital a que ambas aspiran, aunque con miras muy distintas, pues que la una tiene por objeto el acrecentamiento indefinido del dinero y la otra otro muy diverso. Esta semejanza ha hecho creer a muchos que la ciencia doméstica tiene igualmente la misma extensión, y están firmemente persuadidos de que es preciso a todo trance conservar o aumentar hasta el infinito la suma de dinero que se posee. Para llegar a conseguirlo, es preciso preocuparse únicamente del cuidado de vivir, sin curarse de vivir como se debe. No teniendo límites el deseo de la vida, se ve uno directamente arrastrado a desear, para satisfacerle, medios que no tiene. Los mismos que se proponen vivir moderadamente, corren también en busca de goces corporales, y como la propiedad parece asegurar estos goces, todo el cuidado de los hombres se dirige a amontonar bienes, de donde nace esta segunda rama de adquisición de que hablo. Teniendo el placer necesidad absoluta de una excesiva abundancia, se buscan todos los medios que pueden procurarla. Cuando no se pueden conseguir éstos con adquisiciones naturales, se acude a otras, y aplica uno sus facultades a usos a que no estaban destinadas por la naturaleza. Y así, el agenciar dinero no es el objeto del valor, que sólo debe darnos una varonil seguridad; tampoco es el objeto del arte militar ni de la medicina, que deben darnos, aquél la victoria, ésta la salud; y, sin embargo, todas estas profesiones se ven convertidas en un negocio de dinero, como si fuera éste su fin propio, y como si todo debiese tender a él.

Esto es lo que tenía que decir sobre los diversos medios de adquirir lo superfluo; habiendo hecho ver lo que son estos medios y cómo pueden convertirse para nosotros en una necesidad real. En cuanto al arte que tiene por objeto la riqueza verdadera y necesaria, he demostrado que era completamente diferente del otro, y que no es más que la economía natural, ocupada únicamente con el cuidado de las subsistencias; arte que, lejos de ser infinito como el otro, tiene, por el contrario, límites positivos.

Asimismo condena la usura, modo de adquisición dado por el interés sobre el dinero, como el modo de adquisición más opuesto a la naturaleza y alejado de la virtud.

De la naturaleza se obtiene una adquisición primordial justificada, luego se debe obtener bienes mediante la ciencia doméstica, el arte y la experiencia, que encuentra los límites de la naturaleza.

El comercio responde a otro tipo de adquisición, que posibilita la acumulación de dinero tomado como elemento y fin, con posibilidad de una adquisición ilimitada.

Se advierte entonces, otro rasgo que concierne a la cuestión política: el origen de la adquisición de riqueza parece referenciarse en los goces corporales, puestos en la pluma de Aristóteles, fuera de la naturaleza.

En el último capítulo del Libro I, Aristóteles reflexiona sobre el Poder doméstico, retomando tres modos de relación que componen el orden doméstico: amo-esclavo, esposo-mujer y padre-hijos; determinando tres modos de jerarquía y autoridad a partir de la posesión de virtud y saber,

El esclavo está absolutamente privado de voluntad; la mujer la tiene, pero subordinada; el niño sólo la tiene incompleta. Lo mismo sucede necesariamente respecto a las virtudes morales.

Reconozcamos, pues, que todos los individuos de que acabamos de hablar tienen su parte de virtud moral, pero que el saber del hombre no es el de la mujer, que el valor y la equidad no son los mismos en ambos, como lo pensaba Sócrates, y que la fuerza del uno estriba en el mando y la de la otra en la sumisión.

Otro tanto digo de todas las demás virtudes, pues si nos tomamos el trabajo de examinarlas al por menor, se descubre tanto más esta verdad. Es una ilusión el decir, encerrándose en generalidades, que «la virtud es una buena disposición del alma» y la práctica de la sabiduría, y dar cualquiera otra explicación tan vaga como ésta.

 

Resumiendo…

Veamos la lógica planteada hasta aquí por el discurso de Aristóteles.

En primer lugar, la inscripción de un orden que deviene de la naturaleza. Mejor dicho, la naturalización de un orden que responde a un significante amo que muestra la autoridad del significante, sea cual fuere el término que tome su lugar, en una serie de términos que se sustituyen. Naturaleza, necesidad de conservación, Dios, Rey, Magistrado, Padre, o por qué no, la invención de la moneda, etc.

La necesidad de conservación puede hacer existir un orden natural respecto de lo humano a partir de la función amo del significante “naturaleza” en el ámbito del ser hablante.

Luego, el paso de una adquisición y una economía natural a una adquisición y acumulación de bienes, luego de establecerse en la circulación de bienes, la ganancia y la diferencia entre uso y cambio. El producto es la riqueza.

Se destaca la necesidad de una ciencia doméstica que asegure la adquisición de riqueza, cuya vía es considerada arte y experiencia. Entonces, apelación a un saber como medio de obtención de bienes.

Esto da lugar a un sujeto existente, considerado en su tiempo con el estatuto de hombre libre, instrumento de un orden y a la vez, obediente a él.

Si la finalidad política de la asociación es la realización en comunidad de los fines humanos, queda en evidencia que dicha finalidad es consustancial con un Ideal social que, efectivamente, responde a una sociedad de amos. He aquí la utopía aristotélica. Pero Amos que se caracterizan por no poder sostenerse por sí solos.

Un capítulo especial está dado por la aseveración de Aristóteles, cuando el orden natural es subvertido por una búsqueda de goces corporales que tiende a lo absoluto, siendo la adquisición de propiedad que tiene al dinero como fin, un ejercicio ilimitado. Se evidencia en esta aseveración el reverso del orden natural aristotélico por la subversión impuesta: la determinación y necesidad de regulación pasa a referirse en el campo de lo excluido en lo instituido: la sexualidad y los goces corporales.

Acaso, no es posible leer en el temprano desarrollo de Aristóteles, las formalizaciones del Discurso del Amo Antiguo y del Amo Moderno que hiciera Lacan, en base a sus cuatro términos:

El significante amo S1, el amo antiguo; el Saber S2; el Sujeto resultante S(tachado) y “a”, que escribe la recuperación de goce que el saber como medio posibilita, orientado en el destino y regulación que otorga S1.

Algo diferente ocurre cuando lo que orienta es la apropiación de goce o plusvalía, como instancia absoluta, sin regulación, sin medida; imponiendo su autoridad sobre el amo antiguo. ¿No se vislumbra aquí el ascenso del amo moderno, el mercado?

Obviamente Aristóteles, a diferencia de Lacan; entre otras cosas, no disponía de una teoría de los goces que le posibilitara una lectura más ajustada a lo que ocurriría con algunos miles de años de Historia posterior. Más allá de la ironía, la lectura que se propone vale por la extracción de una lógica discursiva.

 

LIBRO II

POLÉMICA PLATÓN Y ARISTÓTELES

Abarcabilidad de la política. El Uno, la totalidad…

Aristóteles polemiza con Platón, su Maestro, y a través suyo, con Sócrates. Interroga las diferentes Constituciones y modos optativos de Estado.

La primera cuestión es sobre la abarcabilidad de la comunidad política, a partir del axioma de Sócrates de pretender una perfecta unidad del Estado, una unidad que Aristóteles considera absoluta.

Si bien acuerda la incumbencia del Estado en un objeto dado por la unidad que confiere el suelo; trasladable ésta a la ciudad y por su intermedio, a lo en-común de los ciudadanos, considera imposible una perfecta y absoluta unidad.

Nuevamente la discusión. El Estado y la política ¿deben abarcar todo o algunos objetos? pregunta que se plantea en el contexto dado en la tensión entre la multiplicidad y la diversidad respecto de la unidad.

En realidad, Aristóteles bajo la discusión sobre abarcabilidad de la política se interroga por la coherencia lógica de la organización y del funcionamiento del sistema político.

 

Comunidad, propiedad y justicia distributiva.

En el capítulo II del Libro II, pregunta sobre la organización del Estado, el modo de organización de propiedad y si resulta admisible o no, hacer una comunidad de bienes, dando lugar a una reflexión sobre la justicia distributiva.

Platón permite el enriquecimiento hasta un cierto límite; fija una medida que limita la riqueza de un ciudadano: el quíntuplo de un mínimo necesario para vivir según la virtud de la moderación.

La constitución de Calcedonia prescribe el principio de igualdad de fortuna entre los ciudadanos.

La cuestión se extiende a la relación de sucesión y herencia, la cantidad de hijos y una perspectiva política de la evolución demográfica de la población de la Ciudad.

 

Integración política de Gobierno y representatividad ciudadana. La Constitución como medio de dictamen resolutivo. Sin garantías absolutas…

En el cap. III debate con Sócrates y Platón el texto de la República.

El sistema político propuesto no es ni democracia ni oligarquía, sino República, entendiendo por ésta una organización de gobierno compuesto por todos aquellos que empuñan las armas. Por el modo de elegir magistrados, la califica como una mezcla de democracia y oligarquía, predominando una tendencia hacia ésta última.

El modo de integración de gobierno respecto de la representatividad de clase social es lo que define el carácter de la constitución.

Esto consiste en que los hombres se ven arrastrados al crimen no sólo por carecer de lo necesario, lo cual Faleas cree evitar por medio de la igualdad de bienes, medio excelente, en su opinión, de impedir que un hombre robe a otro hombre para no morirse de frío o de hambre, sino que se ven arrastrados también por la necesidad de dar amplitud a su deseo de gozar en todos sentidos. Si estos deseos son desordenados, los hombres apelarán al crimen para curar el mal que los atormenta; y yo añado que no sólo por esta razón se precipitarán por semejante camino, sino que lo harán también si el capricho se lo sugiere, por el simple motivo de no ser perturbado en sus goces. ¿Y cuál será el remedio para estos tres males? En primer lugar, la propiedad, por pequeña que sea, después, el hábito del trabajo, y, por último, la templanza. Mas el que quiera encontrar la felicidad en sí mismo, no tiene que buscar el remedio en otra parte que en la filosofía, porque los demás placeres no pueden tener lugar sin el intermedio de los hombres. Lo superfluo, y no lo necesario, es lo que hace que se cometan los grandes crímenes. No se usurpa la tiranía para librarse de la intemperie, y por el mismo motivo las grandes distinciones están reservadas, no para el que mata a un ladrón, sino para el homicida de un tirano.

La igualdad de fortuna entre los ciudadanos sirve perfectamente, lo confieso, para prevenir las disensiones civiles; pero, a decir verdad, este medio no es infalible, porque los hombres superiores se irritarán al verse reducidos a tener lo mismo que todos, y esto será con frecuencia causa de turbaciones y revueltas. Además, la avidez de los hombres es insaciable; al pronto se contentan con dos óbolos, pero una vez que han formado un patrimonio, sus necesidades aumentan sin cesar, hasta que sus aspiraciones no conocen límites; y aunque la naturaleza de la codicia consiste precisamente en no tener límites, los más de los hombres sólo viven para intentar saciarla. Vale más, por tanto, remontarse al principio de estos desarreglos, y en lugar de nivelar las fortunas, hacer de modo que los hombres moderados por temperamento no quieran enriquecerse, y que los malos no puedan hacerlo; y el mejor medio es hacer que éstos, estando en minoría, no puedan ser dañosos, y no oprimirlos.

Aristóteles inicia un detallado estudio de antecedentes de Constitución, y en cada una define interrogantes fundamentales.

  1. Sistema socrático. Interroga sobre la unidad perfecta del Estado, la relación entre lo uno y lo múltiple, la diversidad.
  2. Constitución de Faleas de Calcedonia. Interroga sobre la organización de la propiedad y la justicia distributiva. Propone la educación como medio de compensar desigualdades y lograr temperanza en el afán de riqueza y búsqueda de goces corporales.
  3. Constitución de Hipódamo de Mileto. Hipódamo tiene formación en arquitectura (primera persona que divide la ciudad en calles) y del mismo modo aporta como construcción política un trazado topológico de lo social y del Estado. Interroga sobre la organización política, su estasis y sistema de innovación.
  4. Constitución de Lacedemonia. Interroga sobre un estudio diferencial del Estado comparando las diversas Constituciones y un estudio interior sobre la coherencia y contradicciones proposicionales del Estado propuesto en cada Constitución.

Interroga sobre la relación de las mujeres respecto de la ley y los efectos de la disminución de hombres en ciudades que libran extensas guerras. Interroga sobre la procedencia social de los magistrados, su período de mandato y el sistema de selección. Interroga sobre un sistema que se sostiene en períodos críticos de guerra, pero que en tiempo de paz ha favorecido el disenso y los desvíos.

  1. Constitución de Creta. Los Lacedemonios tomaron las leyes de Creta, por lo que sus Constituciones son similares, no obstante considera a ésta última superior a la otra.

Reitera críticas a la Constitución de Creta y a formas políticas que equiparan a su desconocimiento y disolución. Interroga sobre las políticas reales respecto de la letra de la Constitución.

  1. Constitución de Cartago. Considera equilibradas y adecuadas tanto a la Constitución como a las Instituciones de Cartago.

La base constitucional oscila entre aristocracia y república; constituyendo sus desvíos una tendencia a la demagogia y a la oligarquía.

En su análisis, elegir autoridades según la riqueza lleva a la oligarquía y según el mérito, a la aristocracia.

La interrogación recae en la distancia entre los principios y funciones, respecto del criterio de elección de las personas que sostienen las funciones.

 

LIBRO TERCERO

DEL ESTADO Y DEL CIUDADANO.-TEORÍA DE LOS GOBIERNOS Y DE LA SOBERANÍA. DEL REINADO

CAPÍTULO I

DEL ESTADO Y DEL CIUDADANO

Gobierno y supuesto ciudadano.

Sin embargo, el político y el legislador no tienen en cuenta otra cosa que el Estado en todos sus trabajos; y el gobierno no es más que cierta organización impuesta a todos los miembros del Estado. Pero siendo el Estado, así como cualquier otro sistema completo y formado de muchas partes, un agregado de elementos, es absolutamente imprescindible indagar, ante todo, qué es el ciudadano, puesto que los ciudadanos en más o menos número son los elementos mismos del Estado.

Diferencia e interroga las nociones de Estado y Gobierno, pero desliza la perspectiva de análisis apoyándose en la noción de ciudadano.

Lo que trato de encontrar es la idea absoluta del ciudadano, exenta de todas las imperfecciones que acabamos de señalar.

El rasgo eminentemente distintivo del verdadero ciudadano es el goce de las funciones de juez y de magistrado.

La respuesta a la pregunta por el estatuto del ciudadano, conduce al carácter elegible de la persona para desempeñar la función pública y la autoridad que la designación le confiere.

Entonces el ciudadano varía necesariamente de una constitución a otra, y el ciudadano, tal como le hemos definido, es principalmente el ciudadano de la democracia. Esto no quiere decir que no pueda ser ciudadano en cualquier otro régimen, pero no lo será necesariamente.

Cada constitución y sistema político define de diferente modo su supuesto ciudadano.

Cuestión siguiente, la legitimidad y continuidad del Estado, a pesar de los cambios de gobiernos y de la integración ciudadana. ¿Se interpela la Razón de Estado?

 

Virtudes públicas y vicios privados en la época de Aristóteles

En el capítulo II, interroga la coincidencia y la divergencia entre la virtud del individuo privado y la virtud del ciudadano.

La virtud del ciudadano, por tanto, se refiere exclusivamente al Estado. Pero como el Estado reviste muchas formas, es claro que la virtud del ciudadano en su perfección no puede ser una; la virtud, que constituye al hombre de bien, por el contrario, es una y absoluta. De aquí, como conclusión evidente, que la virtud del ciudadano puede ser distinta de la del hombre privado.

También se puede tratar esta cuestión desde un punto de vista diferente, que se relaciona con la indagación de la república perfecta. En efecto, si es imposible que el Estado cuente entre sus miembros sólo hombres de bien, y si cada cual debe, sin embargo, llenar escrupulosamente las funciones que le han sido confiadas, lo cual supone siempre alguna virtud, como es no menos imposible que todos los ciudadanos obren idénticamente, desde este momento es preciso confesar que no puede existir identidad entre la virtud política y la virtud privada. En la república perfecta, la virtud cívica deben tenerla todos, puesto que es condición indispensable de la perfección de la ciudad; pero no es posible que todos ellos posean la virtud propia del hombre privado, a no admitir en esta ciudad modelo que todos los ciudadanos han de ser necesariamente hombres de bien.

Toda la discusión precedente ha demostrado en qué la virtud del hombre de bien y la virtud del ciudadano son idénticas, y en qué difieren; hemos hecho ver que en un Estado el ciudadano y el hombre virtuoso no son más que uno; que en otro se separan; y, en fin, que no todos son ciudadanos, sino que este título pertenece sólo al hombre político, que es o puede ser dueño de ocuparse, personal, o colectivamente, de los intereses comunes.

 

CAPÍTULO IV

DIVISIÓN DE LOS GOBIERNOS Y DE LAS CONSTITUCIONES

Constituciones y soberanía. Lucha de poder.

Una vez fijados estos puntos, la primera cuestión que se presenta es la siguiente: ¿Hay una o muchas constituciones políticas? Si existen muchas, ¿cuáles son su naturaleza, su número y sus diferencias? La constitución es la que determina con relación al Estado la organización regular de todas las magistraturas, sobre todo de la soberana, y el soberano de la ciudad es en todas partes el gobierno; el gobierno es, pues, la constitución misma. Me explicaré: en las democracias, por ejemplo, es el pueblo el soberano; en las oligarquías, por el contrario, lo es la minoría compuesta de los ricos; y así se dice que las constituciones de la democracia y de la oligarquía son esencialmente diferentes; y las mismas distinciones podemos hacer respecto de todas las demás.

 

CAPITULO V

DIVISION DE LOS GOBIERNOS

Aristóteles traza una gran división cuando el gobierno responde a intereses comunes o a intereses propios o de facción.

Luego, hace una clasificación introduciendo y combinando las categorías de mayoría/minoría y riqueza/pobreza.

Lo que distingue esencialmente la democracia de la oligarquía es la pobreza y la riqueza; y dondequiera que el poder está en manos de los ricos, sean mayoría o minoría, es una oligarquía; y dondequiera que esté en las de los pobres, es una demagogia. Pero no es menos cierto, repito, que generalmente los ricos están en minoría y los pobres en mayoría; la riqueza pertenece a pocos, pe ro la libertad a todos. Estas son las causas de las disensiones políticas entre ricos y pobres.

Así agrupa por un lado, reinado, aristocracia y república; y por el otro, tiranía, oligarquía y demagogia.

Lo que sucede es que cuando una asociación es tal que cada uno sólo ve el Estado en su propia casa, y la unión es sólo una simple liga contra la violencia, no hay ciudad, si se mira de cerca; las relaciones de la unión no son en este caso más que las que hay entre individuos aislados. Luego, evidentemente, la ciudad no consiste en la comunidad del domicilio, ni en la garantía de los derechos individuales, ni en las relaciones mercantiles y de cambio; estas condiciones preliminares son indispensables para que la ciudad exista; pero aun suponiéndolas reunidas, la ciudad no existe todavía. La ciudad es la asociación del bienestar y de la virtud, para bien de las familias y de las diversas clases de habitantes, para alcanzar una existencia completa que se baste a sí misma.

Sin embargo, no podría alcanzarse este resultado sin la comunidad de domicilio y sin el auxilio de los matrimonios; y esto es lo que ha dado lugar en los Estados a las alianzas de familia, a las fratrias, a los sacrificios públicos y a las fiestas en que se reúnen los ciudadanos. La fuente de todas estas instituciones es la benevolencia, sentimiento que arrastra al hombre a preferir la vida común; y siendo el fin del Estado el bienestar de los ciudadanos, todas estas instituciones no tienden sino a afianzarle. El Estado no es más que una asociación en la que las familias reunidas por barrios deben encontrar todo el desenvolvimiento y todas las comodidades de la existencia; es decir, una vida virtuosa y feliz. Y así la asociación política tiene, ciertamente, por fin la virtud y la felicidad de los individuos, y no sólo la vida común. Los que contribuyen con más a este fondo general de la asociación tienen en el Estado una parte mayor que los que, iguales o superiores por la libertad o por el nacimiento, tienen, sin embargo, menos virtud política; y mayor también que la que corresponda a aquellos que, superándoles por la riqueza, son inferiores a ellos, sin embargo, en mérito.

Puedo concluir de todo lo dicho que, evidentemente, al formular los ricos y los pobres opiniones tan opuestas sobre el poder, no han encontrado ni unos ni otros más que una parte de la verdad y de la justicia.

 

CAPÍTULO VI

DE LA SOBERANÍA

Curiosamente introduce el problema de la soberanía del Estado con la pregunta sobre a quién le corresponde, según derecho y justicia. Luego, resuelve la cuestión apelando a la ley y a la razón. De este modo, identifica soberanía con Estado de Derecho, en cuanto al ámbito de incumbencia en sí. La soberanía presentada como inmanencia del soberano investido como tal.

Pero en cuanto a la primera cuestión que sentamos, relativa a la persona del soberano, la consecuencia más evidente que se desprende de nuestra discusión es que la soberanía debe pertenecer a las leyes fundadas en la razón, y que el magistrado, único o múltiple, sólo debe ser soberano en aquellos puntos en que la ley no ha dispuesto nada por la imposibilidad de precisar en reglamentos generales todos los pormenores.

Posteriormente, interroga sobre la extensión de la aplicabilidad de la soberanía: ¿a qué cosas debe extenderse la soberanía de los hombres libres y de la masa de los ciudadanos?

Previamente hace una digresión sobre la noción de masa de ciudadanos (mass media de la época) respecto de ciudadanos distinguidos.

 

CAPITULO VII

CONTINUACIÓN DE LA TEORÍA DE LA SOBERANÍA

Ciencia y Filosofía política

Todas las ciencias, todas las artes, tienen un bien por fin; y el primero de los bienes debe ser el fin supremo de la más alta de todas las ciencias; y esta ciencia es la política. El bien en política es la justicia; en otros términos, la utilidad general. Se cree comúnmente, que la justicia es una especie de igualdad; y esta opinión vulgar está hasta cierto punto de acuerdo con los principios filosóficos de que nos hemos servido en la Moral. Hay acuerdo, además, en lo relativo a la naturaleza de la justicia, a los seres a que se aplica, y se conviene también en que la igualdad debe reinar necesariamente entre iguales; queda por averiguar a qué se aplica la igualdad y a qué la desigualdad, cuestiones difíciles que constituyen la filosofía política.

Este párrafo sitúa a la política como la ciencia más alta, y en consecuencia, su fin es el bien supremo, en tal caso, la justicia al servicio de la utilidad común, general.

La justicia se desliza a la convalidación de la igualdad y al respeto de las desigualdades cuando son justas. Igualdad y justicia no se corresponden unívocamente.

Pero como para hacer esto hay una imposibilidad radical, es claro que no se pretende, ni remotamente, en punto a derechos políticos, repartir el poder según toda clase de desigualdades.

 

El Poder es disputa de poder…

La referencia es la distribución y uso del poder político, que ha de asignarse a cada uno discriminando las virtudes en orden a la constitución y funciones del Estado.

Articula la igualdad de derechos con la discriminación de las diferencias de los ciudadanos.

Se observa que continúa su polémica sobre a quién corresponde la soberanía, ser depositario del poder, la legitimidad y legalidad constitucional de la designación o elección de la función de Estado, y determinación en orden de qué criterio.

No hay igualdad ni desigualdad absoluta, ni atribución absoluta del derecho de uno sobre otros para reclamar soberanía.

(Nacimiento, mérito, riqueza, mayoría, minoría, virtud, saber, origen) (aristocracia, democracia, magistrados y jueces, rey, senado, asamblea)

Arribamos a que hay dos cuestiones presentes en dos niveles diferenciables. Por un lado la soberanía política entendida como atribución de poder político; por otro lado, las instituciones como modo de gobernabilidad en la perspectiva de la representatividad social y ciudadana. Ambos niveles reflejan el poder soberano como puja o disputa de poder.

Curiosa conclusión con se cierra el capítulo:

Todo esto parece demostrar claramente que no hay completa justicia en ninguna de las prerrogativas a cuya sombra reclama cada cual el poder para sí y la servidumbre para los demás.

 

CAPITULO VIII

CONCLUSIÓN DE LA TEORÍA DE LA SOBERANÍA

Sorpresivamente dedica este primer capítulo a la institución del ostracismo de las superioridades reconocidas; y al uso de la misma, justificándolo de cierto modo, en gobiernos justos y repitiendo la arbitrariedad en gobiernos corruptos.

La superioridad en cualquier concepto que no sean el mérito, la riqueza o la influencia, no puede causar embarazo; pero ¿qué puede hacerse contra la superioridad de la virtud? Ciertamente no se dirá que es preciso desterrar o expulsar al ciudadano que se distingue en este respecto. Tampoco se pretenderá que es preciso reducirle a la obediencia; porque esto sería dar un jefe al mismo Júpiter.

El único camino que naturalmente deben, al parecer, seguir todos los ciudadanos, es el de someterse de buen grado a este grande hombre y tomarle por rey mientras viva.

Por último, el anhelo, sería la aceptación de la comunidad del superior en el gobierno, el reinado.

 

CAPÍTULO IX

TEORÍA DEL REINADO

La cuestión de la soberanía se desliza a la del reinado.

Parte de la pregunta si el reinado es el gobierno que conviene a la ciudad o Estado.

La respuesta se complejiza porque advierte que no hay una versión única de reinado, sino múltiples versiones, según reflejan las constituciones.

Aparentemente el punto límite que define la soberanía del rey es el derecho de matar.

Hemos reconocido cuatro clases de reinado: uno, el de los tiempos heroicos, libremente consentido, pero limitado a las funciones de general, de juez y de pontífice; el segundo, el de los bárbaros, despótico y hereditario por ministerio de la ley; el tercero, el que se llama esimenetia, y que es una tiranía electiva; el cuarto, en fin, el de Esparta, que, propiamente hablando, no es más que un generalato perpetuamente vinculado en una raza. Estos cuatro reinados son suficientemente distintos entre sí. Hay un quinto reinado, en el que un solo jefe dispone de todo, en la misma forma que en otros puntos dispone el cuerpo de la nación, el Estado, de la cosa pública. Este reinado tiene grandes relaciones con el poder doméstico, y así como la autoridad del padre es una especie de reinado en la familia, así el reinado de que aquí hablamos es una administración de familia, aplicada a una ciudad, a una o muchas naciones.

 

CAPITULO X

CONTINUACIÓN DE LA TEORÍA DEL REINADO

Nos circunscribimos a los dos puntos siguientes: primero si es útil o funesto al Estado tener un general perpetuo, ya sea hereditario o electivo; segundo, si es útil o funesto al Estado tener un dueño absoluto.

Aristóteles sitúa dos extremos: el reinado de Esparta cuya apreciación se reduce al marco reglamentario que rige al rey (equivalente a un generalato de ejército) y el quinto caso, un rey absoluto.

Sobre este último caso, interroga si conviene aceptar el reinado del rey o de la ley.

El primer punto que en esta indagación importa saber es si es preferible poner el poder en manos de un individuo virtuoso o encomendarlo a buenas leyes. Los partidarios del reinado, que lo consideran tan beneficioso, sostendrán, sin duda alguna, que la ley, al disponer sólo de una manera general, no puede prever todos los casos accidentales, y que es irracional querer so meter una ciencia, cualquiera que ella sea, al imperio de una letra muerta, como aquella ley de Egipto que no permite a los médicos obrar antes del cuarto día de enfermedad, exigiéndoles la responsabilidad si lo hacen cuando este término no ha pasado aún. Luego, evidentemente, la letra y la ley no pueden por estas mismas razones constituir jamás un buen gobierno.

Pero esta forma de resoluciones generales es una necesidad para todos los que gobiernan, y su uso es, en verdad, más acertado en una naturaleza exenta de pasiones que en la que está esencialmente sometida a ellas. La ley es impasible, mientras que toda alma humana es, por el contrario, necesariamente apasionada.

Pero el monarca, se dice, será más apto que la ley para resolver en casos particulares. Entonces se admite, evidentemente, que al mismo tiempo que él es legislador, hay también leyes que cesan de ser soberanas en los puntos que callan, pero que lo son en los puntos de que hablan. En todos los casos en que la ley no puede decidir o no puede hacerlo equitativamente, ¿debe someterse el punto a la autoridad de un individuo superior a todos los demás, o a la de la mayoría?

Su respuesta al parecer sitúa que la letra y la ley no pueden gobernar, precisamente porque ninguna ley puede resolver sobre la particularidad. La ley requiere de su intérprete y de una decisión soberana.

No obstante en el capítulo siguiente, concluye en la preferencia de la soberanía de la ley que si bien requiere de la presencia de hombres en el gobierno, éstos se legitiman en el seguimiento y resguardo de la ley. De este modo, problematiza la cuestión sin resolver de forma concluyente.

Extiende la pregunta a si conviene que el gobernante sea una sola persona o un conjunto. Prefigura el paso histórico del reinado a la aristocracia primero y a la democracia luego.

 

CAPITULO XI

CONCLUSIÓN SOBRE LA TEORÍA DEL REINADO

En continuidad con lo anterior, Aristóteles concluye que la naturaleza de las cosas se opone al reinado absoluto de uno solo sobre los ciudadanos:

En cuanto a lo que se llama reinado absoluto, es decir, aquel en que un solo hombre reina soberanamente como bien le parece, muchos sostienen que la naturaleza misma de las cosas rechaza este poder de uno solo sobre todos los ciudadanos, puesto que el Estado no es más que una asociación de seres iguales, y que entre seres naturales iguales las prerrogativas y los derechos deben ser necesariamente idénticos. Si es en el orden físico perjudicial dar alimento igual y vestidos iguales a hombres de constitución y estatura diferentes, la analogía no es menos patente cuando se trata de los derechos políticos; y, a la inversa, la desigualdad entre iguales no es menos irracional.

La posición de Aristóteles fluctúa entre la soberanía de la ley y la imposibilidad de su aplicación haciendo límite real por un lado, y la soberanía del o de los hombres y su corrupción en la función política.

La diversidad y naturaleza de las funciones dirimen un entramado de poder: magistrados y jueces, gobernantes; dueños de tierra; ejército o fuerzas armadas, artesanos y comerciantes; culto.

Los hombres se agrupan no sólo por su pertenencia social, sino que Aristóteles interroga sobre el criterio legítimo de una selección apropiada: ¿hombres libres, mérito y linaje, virtud, saber, riqueza, esclavitud?

También se preocupa por la manutención de la sociedad y del Estado. Para ello, divide la propiedad de las Tierras: Tierras de propiedad pública para alimentación de los ciudadanos, para la manutención del Estado y por último, Tierras de propiedad individual.

 

… un impasse, para concluir.

Aristóteles parte de establecer la política como un rasgo inherente a la naturaleza del Hombre, que atañe a la necesidad de conservación.

Esta noción de naturaleza definida a partir de la necesidad de conservación, se dirige al Ser, anudando fuertemente política y metafísica.

Parte de dicha naturaleza política son las formas asociativas determinadas de la imposibilidad de un Hombre de sostenerse por sí solo. La Comunidad es concebida como el instrumento apropiado para la realización de los fines humanos. La Filosofía es el reaseguro del discurso político, en el resguardo de la virtud y el supremo Bien. La naturaleza es el fin.

A partir de allí, efectúa un recorrido cerrado, intentando un diseño del Estado como un Todo unificado, y los elementos que lo conforman: abarcabilidad, coherencia y representabilidad política, estatuto del ciudadano, instituciones de gobierno, modos de selección y de cambios, Constitución, estatuto y estructura diferencial de la propiedad.

Aceptación del virtuoso como rey por parte de los ciudadanos. Es un punto importante el consentimiento de los Hombres a sostener un soberano.

La soberanía del rey encuentra su expresión primordial y última en el derecho de matar.

Con la cuestión de la soberanía se plantea la problemática de la atribución de poder político y la representación social y ciudadana.

La figura del soberano en principio se distingue de las instituciones que hacen viable la gobernabilidad.

En la historia se produce un deslizamiento de las figuras políticas de autoridad, del reinado a la aristocracia y de ésta a la democracia.

Historia que ya en su inicio, instala el debate sobre si la soberanía recae en la persona del rey o se trata de la soberanía de la ley. Diferencia entonces, entre las monarquías absolutas y el rey incluido él mismo en los alcances de la ley.

El principal problema que se plantea Aristóteles a lo largo de su recorrido textual versa sobre la distribución, atribución y ejercicio del poder soberano.

Si acomodamos nuestra lectura en perspectiva, una lectura entre otras, al fin; distinguimos dos aspectos de su esfuerzo intelectual.

Por un lado, construye una arquitectura de Estado, un ámbito que aspira a un Todo armónico inspirado y sostenido en la Virtud, con el debido resguardo de la filosofía al discurso político, orientado por la tendencia teleológica a un Supremo Bien.

Reino del Padre, del Uno.

Su respuesta provisoria conducen a intentos de combinar categorías sociales y su representación en la integración de las funciones de gobierno: mayorías y minorías; riqueza y pobreza; ejército, aristócratas, artesanos y comerciantes, etc.
Por otro lado, sitúa las problemáticas donde la arquitectura colapsa, abordando con una lucidez encomiable la complejidad de las cuestiones en juego, pero que generalmente no resuelve, deja el problema sin respuesta. Lo cual termina siendo una respuesta muy elocuente.

Si la temperancia es la Virtud política del Hombre, ello revela el reverso del discurso político: los desvíos de la Virtud, el apego a los excesos y los goces corporales.

El discurso político de Aristóteles inscribe en un estadio temprano de la Historia del Hombre, un discurso instituyente.

A su vez, revela la inserción del discurso amo -o discurso político- en la economía de goce; goce sobre el que opera definiendo su destino y circulación en una comunidad, de modo que sea compatible con el lazo y la medida de lo humano.

La ley encuentra un límite real en la imposibilidad de aplicación sin un intérprete que la aplique, lo cual conlleva una resignación de soberanía.

La soberanía del hombre encuentra su límite en la corrupción de la función.

Ni la soberanía del rey ni la soberanía de la ley constituyen garantías políticas.

Parece éste un buen punto para concluir el desarrollo parcial.

 

 

REFERENCIAS

*

Este texto fue publicado por primera vez en el 2013 en Psicoanálisis y Ciencia, publicación del Centro de Estudios Interdisciplinarios (CEI) de la Universidad Nacional de Rosario Argentina: http://www.psicoanalisisyciencia.unr.edu.ar/?p=893licación. Errancia agradece a Mario Kelman su escritura y a Psicoanálisis y Ciencia su publicación.

**

Mario Kelman. Psicoanalista. Doctor en Psicología y egresado de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario (U.N.R.). Investigador del CIUR y es profesor a cargo del Seminario Curricular de Grado: 'Clínica e intersecciones en el campo de la Salud Mental'. Es autor de numerosos trabajos publicados y de capítulos de libros. Fue Director de la Carrera de Especialización de Posgrado en Psicología Clínica de la Facultad de Psicología de la U.N.R.

1

Categoría presentada por Jacques Lacan en el Seminario XVII, “El reverso del Psicoanálisis.” Ed. Paidós. 2004, Buenos Aires. Argentina.

2 Godoy Arcaya, Oscar. Antología de la Política de Aristóteles. Publicado en Internet.
3

Nota: Este párrafo y los siguientes en bastardilla, corresponden a citas textuales de La Política. Aristóteles. De www.librodot.com

 

 

REGRESAR