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CUANDO LA PALABRA YA NO CUENTA. *

ANABELLA RODRÍGUEZ REYES **

 

 

Resumen: En la actualidad es común que desde diferentes filas (escritores, filósofos, creadores en otras áreas) se hable de que en nuestra sociedad se está produciendo a pasos agigantados la devaluación y banalización tanto de la palabra como de la cultura. Este aspecto se ha tornado un tema de reflexión, en el intento de encontrar posibles respuestas al porqué de lo que está sucediendo y en muchos casos a la búsqueda de “soluciones” con la intención de revertir una situación que es vivida como algo negativo para la esencia del ser humano.


Palabras clave: Palabra, cultura, banalización, devaluación, goce, real, discurso capitalista, perversión, deseo, singularidad, malestar, adicciones, alienación, Nombre del padre, cuerpo internet, narcisismo, Otro

 

Antes de la palabra nada es ni no es. Sin duda, todo está siempre allí, pero sólo con la palabra hay cosas que son –que son verdaderas o falsas, es decir, que son– y cosas que no son. Solo con la dimensión de la palabra se cava el surco de la verdad en lo real.

Jacques Lacan

 

La palabra plena es la que apunta, la que forma la verdad tal y como ella se establece en el reconocimiento del uno por el otro. La palabra plena es la palabra que hace acto. Tras su emergencia uno de los sujetos ya no es el que era antes.

Jacques Lacan

 

Si la palabra se inscribe en la falta, sólo la falta posibilita el deseo y la palabra. “La entrada en la vertiente de la palabra implica que el Otro se encarne para cada sujeto en determinados otros. Son estos otros los que los nombran, y al nombrarlo lo bañan de lenguaje, lo hacen existir como sujeto

Marcela Ana Negro, Lenguaje, palabra y discurso en la enseñanza de Jacques Lacan. Affectio Societatis, v.6, nº11, p.8, Colombia, Universidad de Antioquia, 2009.

Lacan se refiere al discurso capitalista como un discurso anclado no en el goce de la represión, sino en lo que puede denominarse plus de goce. Pues bien el plus de goce (nótese la influencia marxiana de la plusvalía en plus de goce), es un goce que ya no está regulado por la ley en su dimensión simbólica. No obstante, existe una ley más tiránica, la del propio Súper Yo, como imperativo absoluto de goce. Lacan sitúa dicha perspectiva en la lógica del mercado, sobre todo porque el mercado obtura la falta y nos posibilita tener siempre presente cualquier dimensión del objeto a. Basta con pensar en la sociedad del espectáculo y la mirada; en el consumo y el objeto oral. Asimismo, y vinculado a lo antedicho, podría postularse que el capitalismo termina por anudar más fuertemente el registro de lo real con el registro imaginario, debilitando consecuentemente el registro simbólico. De ahí que el quiebre de las instituciones tenga que ver con simulacros de leyes que nadie ya más cree, pues Lacan está convencido que el declive del padre como lugar de la ley, nos convierte a todos en amos absolutos cada vez menos dispuestos a dialogar.

“No es indiferente que fuera Baudelaire quien forjó el término "modernidad". Los poetas fueron los primeros en captar aquello que los sociólogos, especialmente Max Weber, llamaron “el desencanto del mundo". Fueron ellos quienes percibieron que nacía un mundo nuevo regido por la utilidad, "la utilidad directa" como decía Allan Poe, y que este mundo de la utilidad directa ahuyentaba la poesía. En ese momento nació Freud. No es excesivo decir que el psicoanálisis tomó el relevo de la poesía y que, a su manera, cumple un reencantamiento del mundo. Re-encantar el mundo, ¿no es lo que se consigue en cada sesión de psicoanálisis" (La utilidad directa Jacques Alain Miller “Psicoanálisis y sociedad” EOL.org.ar.)

“Cuando una cultura ha relegado al desván de las cosas pasadas de moda el ejercicio de pensar y sustituido las ideas por las imágenes, los productos literarios y artísticos pasan a ser promovidos, y aceptados o rechazados, por las técnicas publicitarias y los reflejos condicionados en un público que carece de defensas intelectuales y sensibles para detectar los contrabandos y las extorsiones de que es víctima”. (Mario Vargas Llosa)

“El psicoanálisis también pone en cuestión a los ideales admitidos del código común. Desde el principio de su enseñanza, Lacan, pone en juego una antinomia: “a medida que el lenguaje se hace más funcional, se vuelve impropio para la palabra, y de hacérsenos demasiado particular, pierde su función de lenguaje.” El lenguaje cuanto más sirve para comunicar, menos valor de palabra tiene. De esta manera distinguimos la palabra plena y la palabra vacía. Con respecto al sentido dado por el habla cotidiana esta distinción produce una paradoja ya que es la palabra plena o llena la que es capaz de provocar un vacío de sentido que permite algo nuevo; y la palabra vacía, a su vez, contradictoriamente, llena el tiempo de sentidos fútiles”. (Saudade poesía y psicoanálisis: Lacan, Borges)

 

¿Podríamos decir que estamos inmersos en una cultura que atenta sistemáticamente contra la palabra como lugar de máxima expresión del sujeto y, por tanto, de la existencia y de la libertad subjetiva?

En la actualidad es común que desde diferentes filas (escritores, filósofos, creadores en otras áreas) se hable de que en nuestra sociedad se está produciendo a pasos agigantados la devaluación y banalización tanto de la palabra como de la cultura. Este aspecto se ha tornado un tema de reflexión, lo cual puede apreciarse en diferentes medios de comunicación (excepcionalmente en algunos programas televisivos, en artículos en periódicos) en el intento de encontrar posibles respuestas al porqué de lo que está sucediendo y en muchos casos a la búsqueda de “soluciones” con la intención de revertir una situación que es vivida como algo negativo para la esencia del ser humano. A todo ello va unida la cuestión de a quién le corresponde hacer algo, en caso de que se creyera necesario y fuera posible para frenar o modificar de alguna manera este proceso.

En cuanto al tema de a quien le corresponde hacer algo en ese sentido, me limitaré a citar la sabia frase del héroe de la Independencia de mi país de origen (Uruguay), José Artigas: “nada podemos esperar sino de nosotros mismos”, y especialmente porque solamente quienes creemos que la palabra y la cultura como la hemos entendido hasta el momento tiene “su razón de ser” (razón para el ser del sujeto, el ser humanos precisamente),estamos en mejores condiciones intelectuales y afectivas para apostar por las mismas, y tenemos por tanto la responsabilidad de hacerlo por la importancia que tienen para la subjetividad y la salud mental.

En mi caso trato de hacerlo desde la posición que como psicoanalista intento sostener cuando abordo mi trabajo con las personas en tanto les supongo una posición como sujetos del inconsciente, aunque en muchos casos “a producirse” en el encuentro quizás aún posible del sujeto con su palabra plena, tanto a nivel de consultorio u en otros ámbitos de carácter grupal o institucional. Posición que se fundamenta en “dar la palabra al sujeto” en un doble sentido: para que sea el otro, el que hable, ya que es quien mejor sabe de sí mismo y, a la vez, para que al sentirse escuchado pueda “tomarla”, adueñarse de la misma al escucharse, y poder ir haciendo consciente lo inconsciente; aun sabiendo que ello obviamente es posible solo a medias(en la cura el trabajo sobre la historia anda hasta cierto límite; ese límite es lo Real), ya que, precisamente, en tanto sujetos sujetados al Lenguaje estamos divididos por el mismo. El lenguaje es más bien quien nos ha tomado en sus redes significantes, siendo nuestro dueño y determinado que seamos hablados más que hablemos.

En este sentido, a quienes intentamos sostener la función “deseo del analista”(que no es el deseo personal del psicoanalista , sino lo opuesto, una función que define el compromiso ético del psicoanalista como el de escuchar la singularidad -obtener la diferencia absoluta- de cada analizante) nos guía una ética que hace de la palabra su fundamento y, por ello, en nuestro trabajo la palabra sí que cuenta y, en ese contar (lo que el sujeto dice sobre sí mismo, sobre lo que le sucede), nos cuenta sobre su traumatismo como sujeto tomado por el lenguaje y sobre cómo vive él ese traumatismo, qué malestar(síntomas) le produce esa falta, ese agujero (trou dice Lacan, troumatisme), ese encuentro desencontrado que como sujetos cada cual tiene con el lenguaje. Algo así como: “yo soy x que me pasa y, o sea, que he sido tomado por el lenguaje de esta manera particular y no de otra. Por eso me sucede m, r, z… y por eso tengo tales síntomas, etc. Al mismo tiempo en la medida en que el sujeto habla y cuenta de sí mismo al analista, este escucha en qué lugar está ubicado el sujeto en la cuenta del inconsciente, en la cuenta del Otro; escucha si el sujeto tiene en cuenta la castración o más bien si ha sido tenido en cuenta por el Otro como sujeto, si hay registro en el psiquismo de la separación entre el sujeto y el objeto, si hay un S1 que lo represente o no en relación a otro significante. Hay sujetos que, no pudiendo instaurar en su psiquismo la falta constitutiva, no han entrado en la cuenta del inconsciente (S1, S2…Sn ya que contar es 1, 2, 3… y bla, bla bla…), son aquellos sujetos que hoy día se los ubica en términos de diagnóstico en las llamadas nuevas patologías (adicciones, anorexias, bulimia), sujetos que vienen y dicen: “soy un adicto, una anoréxica, un TOC” y donde su posición queda coagulada más bien en el S1,quedando como objetos de otros tipos de conteo o cuantificaciones, unidades (narcisistas) contables en sí mismas. En estos casos no estamos ante la misma situación que cuando alguien dice “soy (NOMBRE) que tengo un problema con la droga, la comida, etc.”. En el primer caso seguramente no hay separación ni, por tanto, registro simbólico de la falta del objeto, o lo simbólico está anudado muy deficientemente y puede no haber registro de la separación entre sujeto y el objeto; digamos que el sujeto está tomado, absorbido, adicionado al objeto, dominado por el goce de algún objeto concreto o intentando separarse infructuosamente de mismo, al punto que el sujeto mismo deviene objeto gozado(en vez de sujeto) sin poder ni querer muchas veces pensar ni hablar de lo que le sucede -ya que hablar es separar-se del objeto como algo diferente, como sujeto, cambiar la adición al objeto concreto, por la a-dicción (dicción, poder decir , hablar y también pensar sobre a).

El objeto a es el nombre que Lacan otorga en su teoría a la falta simbólica presente cuando el sujeto es humanizado por la castración simbólica que marca su entrada, (su ser tomado) por el Lenguaje, la cual estructura psíquicamente al sujeto, la que hace que el símbolo sea aquello que permite “matar la cosa”, y matarse él simbólicamente -separarse- como objeto de la alienación del Otro para ad-venir sujeto. Y que ese lugar vacío que hace del sujeto un ser en falta solo pueda ser completado en el “como si” de lo imaginario por lo que Lacan llama precisamente semblant del objeto a, “lo que hace apariencia del objeto pero que no lo es” , los representantes simbólicos en lo imaginario del mismo (pecho, heces, mirada, voz) en el fantasma.

En la otra situación a la que hacía referencia que sería más bien la neurosis, en términos de estructura, hay un registro de la castración como falta simbólica en el sujeto y de la separación entre el sujeto y el objeto, más allá de que, en el momento en que el sujeto llega a la consulta, esa diferencia esté obliterada y el fantasma encargado de mantener la distancia vía imaginario con el objeto, tastabille, de lo cual precisamente da cuenta la angustia que, cuando se hace insoportable, es la que puede llevar precisamente a consultar por síntomas con los que hasta ese momento la persona aunque no sin sufrimiento “se las iba pudiendo arreglar”.

 

Importancia de la palabra.

La palabra proveniente del Otro de la cultura, del Otro del significante es la que permite trasmitir la prohibición del goce, esto significa separarlo del instinto, humanizarlo, limitarlo, apalabrarlo, hablarlo y pactar con ese Otro de la civilización para su satisfacción.

 

Importancia en la creencia en el Otro.

Contar con el Otro, tener en cuenta la palabra del Otro solamente es posible si se cree en ese Otro. De ahí estas citas de trabajos de diferentes psicoanalistas sobre el lugar de la creencia, para entender lo que sucede con la misma en la actualidad.

“La creencia en la palabra de los padres y maestros permiten al sujeto ser receptor de conocimientos y cultura. Para poder apropiarse de esta experiencia que nos antecede, es preciso creer, tener confianza en la palabra del Otro, de modo que creer permite sobrevivir”.

“De modo que reconocemos un sitio esencial a la creencia, a la fantasía, a la ilusión y a la utopía en la fundación constituyente del sujeto”. "Creencia", dice Corominas (1980), proviene del latín credere, dar fe, aceptar como verdadero o real, imaginar, confiar. Por su parte, Ferrater Mora (1958) afirma que, por un lado, se ha identificado a la creencia con la fe y se la ha opuesto al saber y, por otro lado, se sustenta que todo saber y toda afirmación tienen su base en una creencia. Cita a Ortega y Gasset, quien afirma que no es lo mismo pensar una cosa que contar con ella. Contar con ella es lo particular de la creencia, y las creencias son, de este modo, el estrato más profundo de la vida humana, el terreno sobre el cual se mueve la vida. Este 'contar con', se liga con la confianza, que puede ser definida como un esperar algo con firmeza y seguridad o dar por sabido que se cuenta con algo necesario; es abrirse a posibilidades que se esperan y se creen.

De las creencias, entonces, podemos decir que vivimos en ellas, que son el continente de nuestra vida porque se confunden con la realidad misma: son nuestro mundo y nuestro ser. Este carácter inamovible que tienen las creencias hace que no puedan ser discutidas o modificadas, salvo que se transformen en ideas, las que sí pueden ser cotejadas, cuestionadas o validadas. Las creencias últimas en el origen proporcionan una explicación necesaria, aunque en realidad obturan un vacío que existe siempre. (“Disolución de la transferencia, ¿realidad o mito?...” Fanny Blanck Cereijido-Beatriz Orosco Fernández www.alhp.org Asociación latinoamericana de historia del psicoanálisis).

“El Dios de los filósofos”, señala Patricio Alvarez, tuvo distintos nombres en la historia de la filosofía: el motor inmóvil de Aristóteles, el Dios que no engaña de Descartes, el amor intellectualis Dei de Spinoza. Puede equipararse al Otro y en él se incluye la acción del Nombre del Padre. Este Dios es también el de los semblantes y de la garantía. El neurótico cree en ese Dios y de esta manera sostiene al padre.

El otro Dios, es un Dios vivo que incluye al goce. Es el Dios del sacrificio que conlleva una cesión de goce. Es un Dios con un Otro que falta, sin garantías, que más bien, como con el pedido del sacrificio de Isaac, involucra el pecado del padre que hace languidecer al ghost de Hamlet. Se produce así un deslizamiento hacia la falta del Otro que sustituye el problema de la verdad de la religión por el del goce, y de allí el psicoanálisis es conducido hacia lo real.

La frase de Nietzsche Dios ha muerto pone de manifiesto la caída de los valores y de los ideales y se vuelve, como lo desarrolla Mario Goldenberg en su (otra) presentación, la bisagra entre el sacrificio religioso y la ética capitalista que empuja al consumo, entre el sacrificio y la mercancía.

El desgarramiento del hombre moderno, indicado por Heidegger ante la pérdida de su Dios, lo confronta al sentimiento de inautenticidad y al nihilismo. A falta de la creencia en Dios, proliferan las creencias, como lo muestra Diana Chorne en su cita de Chesterton: "El problema es que cuando el hombre deja de creer en Dios no es que pasa a no creen en nada, sino que pasa a creer en cualquier cosa". Subraya así que los sujetos necesitan de las creencias puesto que al estar vinculadas con la castración, crean un velo que vuelve a la vida posible.

Ricardo Ibarlucía recorre los textos de Nietzsche y puntúa las distintas maneras en que su frase Dios ha muerto se hace presente en los escritos de este autor. También retoma otros textos como Los demonios de Dostoievski que dice: "Si Dios existe, toda la voluntad es suya, y yo no puedo escapar a su voluntad. Si no existe, toda la voluntad es mía, y yo estoy obligado a mostrar mi libre albedrío…". El personaje sostiene con ese planteo su decisión de suicidarse. Pero más allá de sus razones expresa muy bien el espíritu de la época: ante la inexistencia del Otro se reivindican las voluntades individuales que empujan a un sujeto incluso hasta la muerte. (Extraído de: “La creencia y el psicoanálisis” comp. M. Goldenberg y D. Chorne.)

 

I) LA PALABRA DEL OTRO SIMBÓLICO YA NO CUENTA.

"Quién eres -dije-que a tanta desventura estas condenado? Yo soy -dijo-un hombre muy viejo, a quien levantan mil testimonios y achacan mil mentiras. Yo soy el Otro; y me conocerás, pues no hay cosa que no la diga el Otro. Y luego, en no sabiendo cómo dar razón de sí, dicen: ¿Cómo dijo el Otro? Yo no he dicho nada, ni despego la boca. Y quiero, por amor de Dios, que vayas al otro mundo y digas cómo has visto al Otro en blanco, y que no tiene nada escrito y que no dice nada, ni lo ha de decir ni lo ha dicho, y que desmiente desde aquí a cuantos le citan y achacan lo que no saben, pues soy el autor de los idiotas y el texto de los ignorantes." (Francisco de Quevedo, Los sueños.)

“El otro no existe…sin el deseo. El Otro no existe porque cada cual crea a su Otro a medida a partir de un uso del lenguaje y con unos interlocutores concretos como nos dice la psicoanalista Araceli Teixidó en su trabajo: (“Reflexiones acerca del Otro que no existe y el Otro que no se encarna” (ELP))

Hoy asistimos a un malestar del Otro, “lo simbólico ya no es lo que era” nos dice la ya citada psicoanalista en su trabajo, y parecería que efectivamente hoy día la palabra que siempre proviene del Otro como lugar de la palabra, cuenta muy poco o no cuenta directamente.

La creencia en el Otro y en su saber es fundamental para que el sujeto entre en la cultura entendida como simbólica.

Tomando lo que plantea la psicoanalista ya citada acerca de la no existencia del Otro, yo diría que el Otro no existe en tanto no cumple su papel que es introducir al sujeto en lo simbólico o lo simbólico en el sujeto, ese Otro que no cuenta o cuenta muy poco para los sujetos, y especialmente para las nuevas generaciones , y eso en la medida en que para que ello siguiera siendo posible, es necesario que el sujeto primero entre, entre primero,(como Uno, rasgo unario de la identificación )l en la cuenta del Otro (que su subjetividad sea tenida en cuenta, que se lo cuente como sujeto de deseo), lo cual no sucede, siendo tomado en realidad como un simple objeto (una cifra, un porcentaje para la estadística, mano de obra descartable, consumidor, usuario de determinados servicios, todas formas de nombrar que excluyen la subjetividad).

Tendríamos así que el Otro no existe como antes, como en la época en que Freud escribía El malestar en la cultura, cuando el malestar del sujeto, que era tenido en cuenta y tenía por tanto en cuenta al Otro, se encarnaba en lo simbólico del síntoma. Ahora ya no, patologías dela acto hacen cada vez más redundantemente acto de presencia, El Otro no existe ahora en tanto portador de una ley de deseo que regule el goce, pero sí existe en tanto no castrado, Otro del discurso capitalista, superyó feroz que impone la uniformización del goce en relación a los objetos de consumo, cercenándose al mismo tiempo, como sucede ahora con el elevadísimo índice de desempleo, el medio que es el trabajo y los sueldos -que se bajan en vez de subirse- y las oportunidades para acceder a ellos.

 

Tenemos autores que piensan de diferentes maneras a este Otro y su relación con el sujeto en la actualidad:

Juan pablo Mollo en “La canallada y los canallas de nuestro tiempowww.revistaconsecuencias.com.ar nos aporta esta forma de pensarlo:

“…hay una referencia cierta en El reverso del psicoanálisis donde otorga la siguiente definición: toda canallada se basa en querer ser el Otro del Otro de alguien para manipular sus deseos. En consecuencia, el canalla proclama la verdad desde el lugar del Otro para operar sobre los deseos de los otros…”

Ahora bien, la gran canallada en la época del Otro que no existe es, inexcusablemente, la científica; la cual, establecida toda como verdad por el mercado multinacional, capta el deseo de todos proponiéndose como Otro del Otro. Incluso E. Laurent, ha titulado a un trabajo suyo psicopatía de la evaluación, lo que permite entrever, como expresión de una gran canallada, al mismo sistema evaluativo. Asimismo, como indica Lacan, también existe la "canallada filosófica" como un saber sistemático, un sistema o una doctrina que se propone como verdadera para los demás.

En contrapartida, el sujeto contemporáneo manifiesta una desconfianza cínica hacia toda ideología pública, pero se deja llevar, sin contradicción, por fantasmas paranoicos de supuestas conspiraciones políticas, económicas o religiosas, - por ejemplo: “el SIDA es resultado de un laboratorio secreto de la CIA”, “los francomasones dominan el mundo” -, y así la desconfianza en el Otro termina en la confianza en el Otro del Otro invisible e impenetrable que maneja los hilos del mundo. De esta forma se hace consistir a una canallada política en la subjetividad, cínico posmoderna, de nuestros días. Y según argumenta Zizek “la violencia contemporánea es la tentativa de golpear ese insoportable exceso de goce que se agrega al Otro convirtiéndolo en un Otro del Otro”.

Herwin Eduardo Cardona Quitíán en "El engranaje del discurso capitalista y sus efectos sobre el lazo social contemporáneo" www.Bdigital.unal.edu.co nos presenta otra manera muy cercana a la anteriormente expuesta, de pensarlo, Bajo el subtítulo: El Otro ¿absoluto o ausente? plantea que:

“Sabemos por Lacan que el Otro es aquella instancia tercera que debe ser garante de la verdad, y que, aun cuando ficticia, en el sentido de que no existe, es necesaria para la configuración del sujeto. Muchos autores, hablan de un trastocamiento de esta función. Afirman que esto habría ocurrido como efecto de la caída de las grandes ideologías sobre las cuáles se había constituido el sujeto moderno. Dufour, por ejemplo, enlaza estas ideologías con lo que denomina “figuras del Otro”, y que serían una especie de semblante del Gran Otro, o rostros del significante del Nombre-del-Padre.”

“Como producto de la caída de este significante que organiza los demás, sostiene que el gran Otro se habría reducido a pequeños relatos que dejarían al sujeto a expensas de la significación de su propia existencia. Pero no podemos hablar de la ausencia absoluta del gran Otro, ni siquiera en el caso de las psicosis. Pues al menos en la paranoia, como lo señala Lacan, existe un Otro; el problema estaría en que este Otro no garantiza un lugar estable para el sujeto. De hecho, si nos remitimos al Otro de Schreber, nos encontramos con un Otro absoluto. El papel del gran Otro, es garantizar el no engaño. Para que esto se inscriba, Lacan dice que es necesario un anclaje de la palabra en lo real”.

“Para Lacan la integración de la sexualidad está ligada al reconocimiento de lo simbólico. Que el sujeto experimente la castración de entrada en el discurso no implica que sea reconocida a través de lo simbólico, y es a este nivel que sitúa Schreber su pregunta por la posibilidad de procrear. Entonces lo que está en juego en el delirio de Schreber es la pregunta ¿Qué soy?, que remite a un significante fundamental. De hecho “Todo lo dicho, todo lo expresado, todo lo gestualizado, todo lo manifestado, sólo cobra su sentido en función de la respuesta que ha de formularse sobre esa relación fundamentalmente simbólica ¿Soy hombre o mujer?” Este es precisamente el elemento que ha sido rechazado para el caso de Schreber, lo que le lleva a construir su delirio. Lacan llama “punto de almohadillado. Este punto de almohadillado, que anuda significante y significado, es el “punto de convergencia que permite situar retroactivamente y prospectivamente todo lo que sucede en ese discurso”. Razón por la cual Freud siempre retorna con insistencia al complejo de Edipo, nudo que señala la noción del padre”.

Yo agregaría a estas citas del autor del El Otro ¿absoluto o ausente? que el reconocimiento en tanto hombre o mujer es reconocimiento en tanto sujeto, lo que lo libra de quedar ubicado como objeto del Otro; en ese sentido el supuesto sujeto, en la sociedad de consumo es consumido por el objeto, es a-sujeto y queda alienado como objeto plus de goce.

El autor nos propone observar la figura del Otro, cuya función es la estructuración del sujeto, a partir de algunos ejemplos contemporáneos y entre ellos elige el de “Gran Hermano”:

“… El formato pretende situar al telespectador como el Gran Hermano, es decir, como el omnivoyeur. En la dinámica del reality vemos confluir dos objetos pulsionales que se encuentran en juego: por un lado, la mirada permanente del Gran Hermano, que los participantes jamás pueden determinar, es decir que no lo ven. Por otro lado, la voz del Gran Hermano, que se convierte en su único contacto con este Otro. Los participantes deben asumir una serie de pruebas para ganarse el amor del Gran Hermano y salvarse así de la eliminación, lo que configura una especie de vínculo perverso con los demás participantes.

Este ojo permanente, encarnado en las cámaras de vigilancia y los satélites, señala de alguna manera una especie de mirada absoluta del otro sobre el sujeto, por lo que este Otro se configura como persecutor…, podríamos decir que el estilo reality de nuestra sociedad tiene efectos sobre el lazo social, o más bien, que el formato reality muestra algo de nuestro lazo social.

Que el sujeto configure un Otro persecutor y omnipresente habla ya de la necesidad de elaborar, por vía de una metáfora delirante, algo que ha fallado en la estructuración del sujeto. Pero por otro lado, que los sujetos realicen filas de días y noches para lograr ser observados por las cámaras de televisión, aunque sea para ser descalificados, habla de una necesidad del sujeto para configurar una relación con un Otro que le reconozca. La paradoja de esto es que su lugar se logra gracias a la expulsión misma, luego de ser sometidos a la burla, la descalificación y el escarnio público. Por otro lado, el impacto televisivo que han tenido estos formatos en el consumo de los televidentes, hablaría de su intención por ubicarse en un lugar ficticio desde donde tendrían no solo el poder absoluto de la mirada, sino al mismo tiempo la posibilidad de encarnar al gran Otro, al decidir sobre los concursantes, por ejemplo; lo que convierte su posición en perversa”.

Continúa Cardona  y se pregunta si el lazo social actual es paranoico o perverso. Plantea que en la sociedad contemporánea la vivencia del otro como persecutor, frente a la sensación de inseguridad propia de los lazos sociales desde el inicio de la civilización, se ha generalizado. Cita a Dufour quien en Locura y democracia:

“parte de los escritos autobiográficos de Rousseau y la trilogía de Beckett para mostrar la estructura psicótica del lazo social contemporáneo. Su punto de partida es el declive de la figura paterna como entidad tercera que asuma la unaridad y se encargue de la nominación del sujeto. Según explica, la definición de Benveniste devela la estructura unaria del sujeto, al decir: “es yo quien dice yo”, pues antes, la definición del yo estaba referida a una entidad tercera, bien fuera Dios, la physis, el Rey o la República. La autorreferenciación del sujeto, sería según Dufour, la condición de la democracia, por introducir un sujeto jurídicamente autónomo. Queda el sujeto a expensas del mercado, que por vía del neologismo instala un nombre temporal, pero lo deja inmerso en un estado evanescente, toda vez que estos significantes están condenados a su pronta desaparición. El agravante es que lo sitúa como objeto de consumo, pues al alienarse a la marca de un producto, el sujeto deviene objeto de consumo.”

“La democracia se presenta entonces como sociedad delirante; Dufour la enlaza al narcisismo, como momento en que el sujeto deposita la libido en su propio yo; esto en cuanto el sujeto de la democracia se configura a partir de un “yo hablo”. El sujeto debe asumir entonces la carga que antes recaía sobre el Otro. Pero esta sociedad delirante no deja expuesto al sujeto al delirio individual, sino que genera delirios que se colectivizan, y que pueden observarse por ejemplo en las caricaturas infantiles, en donde la construcción del relato no guarda ninguna lógica causal ni se organiza desde el sentido, pero al cual quedan identificados los sujetos.”

Aludiendo a la condición de innombrable del sujeto actual la remite al mundo de Beckett, en donde la matriz significante comienza a difuminarse a partir de la metonimia incesante de significantes que intentan nombrar las cosas. El innombrable (obra de este escritor), sitúa justamente esta insistencia de aquello que no cesa de no escribirse, y que por lo mismo no permite que él calle. El innombrable es una obra literaria que puede considerarse un paradigma del sujeto contemporáneo:

“En El innombrable (Becket) sitúa la particularidad del sujeto contemporáneo, que deambula intentando encontrar su nombre; la mercancía le presenta objetos para alienarse en la imagen, o en otros, las pequeñas agrupaciones intentan reparar la figura del Otro ausente. Se presentan dos casos en relación con la dificultad de identificación del sujeto. O bien intenta alienarse a partir del nombre-marca del objeto de consumo, o de un pequeño otro que representa una particularidad para el sujeto; o bien queda a expensas del Otro absoluto, en cuyo caso queda como objeto del Otro”

Esto da lugar a lo que algunos han llamado identidad líquida o modernidad líquida como le llama Zigmunt Bauman ya que al no haber punto de capiton significante que funcione como rasgo unario, identificación del sujeto, este circula de una identidad imaginaria a otra, de un objeto, de una marca a otra, a la deriva.

“La tarea que se impone entonces al sujeto es la de su nominación realizada a partir de ese rasgo que viene a decir la diferencia absoluta, S1. El punto problemático aquí es que ese rasgo debe venir de un lugar Otro, es decir del campo del lenguaje, por lo que al no venir de este campo no sería exactamente una autofundación. Es en esta dialéctica, advirtiendo la función del psicoanálisis como discurso,  que debemos acercarnos a la estructura del discurso para develar su engranaje, pues la histérica devela el papel que juega el significante del Nombre-del-Padre en la configuración del sujeto.”

Otra de las posibilidades del lazo social contemporáneo que presenta Cardona es la perversión:

“manifiesta en el intento de despojar al otro del objeto. Cabe aclarar que la perversión hace parte de la estructuración del sujeto, en cuanto el deseo está organizado por un estado de dependencia en relación con el objeto, cuya captura asegura el goce. Estos objetos se presentan en principio de manera parcial, es lo que Freud llama estado pregenital en donde cada uno de los goces intenta dominar sobre los demás quedando el sujeto a expensas de la multiplicidad de objetos. Esto es lo que recae sobre el cuerpo como multiplicidad de bordes que buscan satisfacción por medio de objetos que vengan allí como tapón.”

En El hombre sin gravedad Charles Melman aborda la particularidad del lazo social contemporáneo desde esta lógica, atribuyendo tal estado a la abolición de la función paterna, en donde el sujeto queda a expensas de un imperativo: ¡gozar! a cualquier precio. Este sería el resultado de la organización del sujeto, no en torno a un Ideal sino a un objeto de satisfacción. Al levantarse la prohibición la consecuencia sería un sujeto que no logra instalarse en la lógica de la generación, pero que además desmiente la castración y, por lo tanto, su condición sexual, instalando en cambio una especie de economía pregenital. Esta economía de la perversión se puede observar también en la apetencia por la presentación más que por la representación, y, en esta misma medida, en la exhibición que podemos observar en los formatos reality.

“Esta perversión estaría encarnada a su vez por la posesión del objeto de mercado que desemboca muchas veces en robos y asesinatos. Pero sobre todo se encarna en la moneda, como lo ha mostrado Pio Sanmiguel a partir del texto El objeto en el lazo social.

Según explica esta autor, la moneda introdujo la posibilidad de positivizar la plusvalía, por lo que representa las relaciones de intercambio. Esto introduce una especie de fetichismo, punto en el que el autor estaría de acuerdo con la tesis de Marx sobre el fetichismo de la mercancía encarnada en el dinero".

“La moneda es, en este sentido, un objeto muy particular; inventarla vino a demostrar justamente que el asunto del excedente de goce está ocupado por un objeto (…) Con la moneda, el objeto demuestra ser el poder evocador del goce, introduciendo además la posibilidad de un trueque ilimitado de los objetos pulsionales. Una moneda es la promesa de un goce, al no significar ninguno de ellos en particular, puede llegar a significar todos y cada uno de los objetos. Por eso imaginamos, que entre más dinero tengamos, más podremos gozar.”

Lo que muestra Pio Sanmiguel es que la moneda se constituye como un significante aislado que es investido para la satisfacción del goce. Pero es justamente porque se ubica como significante del goce, que su positivización encarna una lógica del despojo. Es en cuanto representa el “pedazo de carne que le ha sido arrancado al otro del intercambio” que se convierte en objeto de disputa, en donde el prójimo encarna el objeto que debe ser despojado, pues representa el despojo original que habría realizado el Otro de este primer objeto.

La comunidad contemporánea se organiza en torno a este significante excluido que, como veremos más adelante con Marx, se convierte en la mercancía fetiche del capitalismo”.

"La perversión de la sociedad contemporánea, Serge Lesourd, escribe en Padre-versión, constituiría el rasgo determinante de la sociedad contemporánea, toda vez que la castración instalada por la metáfora paterna ha hecho crisis; frente a lo cual emerge una lógica anterior del deseo, que se encuentra en relación con la negación de la castración de la madre… La hipótesis de Lesourd tiene, por así decirlo, dos vertientes: o bien la madre no está castrada, o bien lo está, pero no es el significante del Nombre-del-Padre el que designa su deseo, sino que serían los objetos del mercado los que vendrían a responder a su falta. Entonces lo que ocurre con el deseo del niño es que nada viene a metaforizar el deseo de la madre, así como este no se articula más con el falo como cuantificador de la diferencia sexual y generacional. Esta maternalización del lazo social sería una perversión, (padre-versión) de la madre. Habría entonces dos vías posibles para superar la ausencia del significante del Nombre-del-Padre y metaforizar el deseo de la madre: o bien aparece el delirio, o bien la mercancía”

“Siguiendo a Lesourd, se podría explicar el malestar contemporáneo, pues dice que en el lazo social moderno existe una denegación del falo, de manera que aparece el adulto como desprovisto del atributo de potencia, por lo que deambula como niño por el mundo. Este elemento retornaría como queja del sujeto sobre el mundo, intentando obtener por medio de objetos-mercancía una imaginarización del falo que haría de él un sujeto deseable por completo. El asunto que se nos plantea aquí, es la metaforización del nombre del sujeto. La pregunta recae entonces sobre la manera de nominarse o autonominarse del sujeto contemporáneo”.

“El discurso capitalista tendría entonces la particularidad de no estar fundado ya sobre el nombre del padre. La idealización, elemento necesario para la configuración de los lazos sociales, ya no sería portada por el ideal del yo, entidad tercera, sino por el yo ideal. Lesourd recuerda que el superyó del yo ideal es el que dice al sujeto “goza”, lo que implica que el objetivo ideal de los relatos que organizan el lazo social sea la realización de la omnipotencia, de tal manera que lo único que aparece como límite es el cuerpo propio del sujeto, luego de estar acompañado por la multiplicidad de síntomas que allí se expresan, desde las anorexias hasta las escarificaciones, los tatuajes y las perforaciones".

"Las implicaciones que tiene la instalación del yo ideal como elemento de identificación en el discurso contemporáneo están en relación con la lógica especular, lo que implica que se desemboque en una lógica de la agresividad o, en el mejor de los casos, en el refugio proporcionado por las agrupaciones efímeras que se producen por doquier, asunto que tendría dos riesgos: la alienación imaginaria y el fascismo de los goces, es decir, la exclusión de la diferencia. La figura que emerge en la sociedad contemporánea es la del Otro perseguidor, en donde una de sus encarnaciones es el Otro virtual, y cuya particularidad es la de ser anónimo. De esta manera se instala un control total sobre el sujeto, razón por la cual es necesario analizar el momento de la emergencia de la cibernética, y la influencia que tuvo sobre el lazo social”.

La psicoanalista Irene Greiser en El declive de la autoridad paterna y su incidencia en los síntomas actuales lo plantea en los siguientes términos:

“La declinación de la autoridad paterna en la actualidad es consecuente y correlativa a un declive del reino del nombre del padre en tanto significante que en el campo del Otro articula un deseo a la ley. El surgimiento mismo del psicoanálisis es resultado de esa caída… La neurosis actual, nuevos síntomas o como se los llame, son una respuesta a ese declive de la autoridad en la cual ya no se cree ni en el padre ni en el inconsciente. El problema parece ser no tanto el declive de su autoridad sino la crisis en cuanto a la falta de creencia”

Lacan y Freud no han tenido la misma posición respecto al padre, ni han ocupado los mismos lugares en la comunidad analítica.

Hay en Freud una relación entre la autoridad encarnada en el padre y la creencia que  expresa en su texto Acerca de Leonardo da Vinci “el psicoanálisis nos ha mostrado el íntimo nexo entre el complejo paterno y la fe en Dios.”

El padre como figura del destino es una brújula para el sujeto, y un análisis pone de manifiesto las marcas que dejó en el sujeto esa autoridad. La internalización de esa autoridad Freud la perpetua a través del super-yo. Es el consentimiento por parte del sujeto a la causa ubicada en el padre.

El veto a la satisfacción plena, ha sido una gran preocupación en Freud y como agentes de los diques pulsionales ubicó al padre y sus subrogados en la cultura. Un veto es un no y de allí extrae el padre su autoridad, en la obediencia a él.

“Hoy invocar el nombre del padre no sirve de nada. Los maestros ya ni pueden tocar a los niños porque corren el riesgo de ser acusados de abusadores. El "vas a ver cuando venga papá", ya ni hay papá que venga. En el caso que exista el padre ha tomado otra forma. Padre profesor, amigo, el padre conciliador”. (El padre y el profesor Conferencia dictada por Juan Carlos Indar en la Universidad de Bogota.2004.)

El padre incierto de Freud puede hoy ser realizado por la ciencia que evidencia la profecía de Lacan "el verdadero padre es el espermatozoide".

En Lacan las cosas van tomando otro giro. Lacan entra al psicoanálisis por el lado de la sociología. La Familia y Introducción de la función teórica del psicoanálisis en Criminología son textos princeps en donde se nos advierte de aquello que más tarde Lacan llamará “los signos de una degeneración catastrófica”. Son textos precursores de la relación directa que hay entre el declive de la autoridad paterna y los crímenes a nivel social. Cuando el orden paterno es sustituido por otro orden, calificado como “orden de hierro”. Seminario 21 “Los nombres del padre”.

Recién en el Seminario 17 “El envés del psicoanálisis”, a través de los discursos se perfila un nuevo amo que introduce un nuevo orden porque no es seguro que se trate de una nueva autoridad. La autoridad, señala Kojeve, implica un lazo entre dos sujetos, en tanto debe ser reconocida, implica el "tú eres".

Lacan en el Seminario XVII “El reverso del psicoanálisis”, hablando de los cuatro discursos sitúa un lazo social que regula un goce en el lugar donde no hay ni padre ni relación sexual.

Cada discurso sitúa diferentes dominancias que marcan distinciones respecto de la autoridad en juego. El reino del padre se sitúa en el discurso amo, que es el discurso del inconsciente. Allí se cumple la función de interdicción marcada por la barrera de imposibilidad entre el sujeto y el objeto. La autoridad la encarna el significante uno que comanda al saber.

Es en este seminario donde Lacan sitúa al amo moderno en el discurso universitario. Constituye una nueva autoridad ¿cómo situar allí una autoridad cuando no se trata del lazo entre dos sujetos? ¿Se trata de autoridad o declinó en una tiranía del saber?

Esa nueva tiranía sustituye el orden paterno por otro orden. El discurso universitario declinado en protocolos evaluativos propone calificaciones que si bien son identificaciones no representan a un sujeto.

La dominancia ya no la ejerce un sujeto que en posición de amo encarna un deseo articulado a una ley, sino un saber anónimo que no trasmite ningún deseo; allí no se trata del amor a un maestro, ni es un subrogado paterno, tampoco se trata de un saber que se lea en la perversión paterna, sino que es anónimo y se dirige a un sujeto reducido a un objeto a ser evaluado. Por eso en este seminario Lacan usa el neologismo del astudado para dar cuenta de la posición de objeto del sujeto, vaya o no a la universidad. En su texto Burocracia Luís Tudanca lo dice así: al sujeto no le queda otra opción que producir su división subjetiva con su propia piel.

No se trata de la universidad sino del discurso moderno de toda la sociedad sean o no estudiantes. El discurso universitario está en los medios, en los dispositivos, en las encuestas. Por la televisión nos dicen “Ven con el cuerpo que tienes y ándate con el que quieres”. La barrera de imposibilidad que sostiene la castración no está entre el sujeto y el objeto porque el sujeto mismo es un objeto, la barrera se sitúa ente el sujeto y el significante amo.

El discurso universitario ofrece la posibilidad de pensar la clínica de los sujetos sin brújula, des-identificados. En el Seminario Clinica del Discurso Universitario dictado por Juan Carlos Indart en la EOL se han trabajado varios materiales clínicos desde esta perspectiva.

El declive en la autoridad del padre se traduce en un declive del discurso amo y produce un déficit de dos cuestiones
1) déficit en la función del no
2) déficit en la creencia en el inconsciente.

Estas dos dimensiones plantean un desafío a la práctica misma del psicoanálisis no para reinstalar al padre sino al significante amo, del cual Lacan nunca dijo que se puede prescindir; si de padre, pero no del amo en tanto es este el que representa al sujeto.

La declinación de la autoridad del padre va acompañada de una declinación en el discurso amo, del inconsciente, y esto es mucho más decisivo. Nos confrontamos con una clínica que cada vez más se presenta bajo la forma de la angustia, depresión, patologías del acto, y no por el síntoma.

La no creencia en el inconsciente también plantea una descreencia en la autoridad del psicoanálisis. La época freudiana es la época de la creencia en el nombre del padre; en la época Lacaniana, el Otro devela su estructura de ficción y cabe la pregunta ¿en dónde se asienta la autoridad? esta es la pregunta que E. Laurent se hace en El Otro que no existe y sus comités de ética. En ese vacío que deja la autoridad estamos obligados a debatir, a conversar, a evaluar.

Al declinar la función del veto paterno nos encontramos con los vaticinios de Lacan: cada vez más patologías del acto, violencias, sujetos en conflicto con el orden público. La dimensión social del síntoma que condena a cada sujeto a regirse por la dictadura del plus de goce, hace que estallen como nunca los lazos matrimoniales y se multiplique la dispersión de la familia. Por eso Graciela Brodsky, en su seminario dictado en Brasil, dice que los signos de esa declinación hay que buscarlos en los lazos entre hombres y mujeres. La violencia en el seno de la familia es llevada a los juzgados a una escala nunca vista. Nos confrontamos así con sujetos agentes de síntomas sociales, pero no se verifica un síntoma subjetivo en tanto que para serlo es preciso creer en él.

Alain Badiou en su libro El Siglo,  propone pensar lo nuevo por el lado del imperativo de lo nuevo. Ese empuje a lo nuevo destruye la tradición, lo trasmitido por la autoridad paterna .Es el siglo del crimen.

Miller señala lo nuevo determinado por la dominancia del objeto a por sobre el ideal, y esto produce nuevas respuestas subjetivas tanto a nivel del síntoma de un sujeto como a nivel del síntoma social. (J.A. Miller Una fantasía, texto publicado en la revista Lacaniana No. 3, de la Escuela de Orientación Lacaniana.)

Tenemos entonces que ese Otro es portador de una palabra que no ofrece garantías subjetivas, sino que, por el contrario, ofrece más recortes a la subjetividad priorizando las cifras económicas, diagnósticas, etc., lo que provoca que, al mismo tiempo que la situación económica de las personas decrezca y agudice, se esté hablando de mejoría en la economía. De esta forma el sujeto que no entra como tal en la cuenta del Otro (sino solo como pura cifra como dice la citada psicoanalista Araceli Teixidó) deviene, cuando ha quedado fuera de la dinámica consumista, puro resto, desecho, deshecho. El sujeto no está más en relación a la falta, no es más la falta en el deseo del Otro, la falta que el Otro desea y le permite hacer de la misma (torsión mediante) el objeto hacia el cual dirigirá y cifrará su propio deseo; queda ubicado él mismo como simple cifra de goce -un goce autista- que solamente vale en tanto y cuanto consume, porque de no hacerlo deviene resto. Como objeto que consume, consumible y consumido, que no le debe de faltar al Todopoderoso Mercado, es necesitado como objeto al servicio del consumo, pero no como sujeto de deseo; por eso al mercado no importa su educación, para el mercado es mejor que no piense, en la lógica del mercado un objeto para consumir no necesita ni debe pensar, también le importa poco su salud, en la lógica del mercado  un objeto, mano de obra, estropeado, es sustituido por otro objeto no  estropeado, cada vez con más facilidad y por menor dinero. El Otro ya no es confiable ni creíble dadas las actuales circunstancias de corrupción, de falsedad y de mentira que se vive a nivel social y político;  pero, de manera aparentemente paradójica, cada quien, en su medida, hace a los otros aquello de lo que se queja ( acusa de tiranía a otro gozador, pero a la vez también saca su tajada) por lo cual la transgresión de la norma se propaga como un virus de forma más o menos cruda a casi todas las personas –en algunos casos- aun no sabiéndolo o, en otros, sabiéndolo aunque no queriéndolo, pero creyendo que se ven “obligadas” por determinadas circunstancias personales y/o familiares, y, en otros, sabiéndolo directamente y asumiendo que “hay que salvarse como sea o saber sacar tajada del goce”. Pero ese Otro cuya palabra ya no cuenta trátese de los políticos, del padre de familia, el profesor, etc. lleva implícita la desacreditación del saber que portan esas figuras, así como de los lugares por donde esa palabra circula (libros, colegios, por ejemplo): “haz lo que yo hago y no lo que digo que hay que hacer”.

Se da una situación aparentemente paradójica ya que por un lado se sostiene la no-creencia, ni en Dios ni en los políticos, profesores, o toda posible figura pasible de encarnar a la autoridad paterna, pero, a la vez, se cree ciegamente en el discurso de la ciencia y la tecnología; en base a estos discursos se juega la posición del sujeto, ya que como objeto, y no como sujeto, se ubica en relación al consumo que apuntalan.

Así, el Otro ha dejado de ser garante de la ley ¿cómo creer y obedecer a un Otro cuya palabra es más que “dudosa” moralmente hablando? un Otro cuya palabra, al ser cómplice y abductora del goce consumista, y del control y la evaluación de dicho goce, opera en contrasentido de lo que entendemos precisamente por palabra (la que crea -nombra, sustituye el objeto de goce que no habría de haber, la falta está ausente), como Otro que dice que va a hacer determinada cosas y luego no las hace, e, incluso, hace totalmente lo opuesto, un Otro que dice saber- casi con visos de certeza-“ lo que hay que hacer” y que pretende que se le obedezca en nombre del “sacrificio colectivo”(?!), mientras se está viendo -aunque algunos sujetos renieguen, como mecanismo de defensa,  de lo que ven- que lo que él hace satisface intereses que apuntan a la exclusiva satisfacción personal; lo que para los implicados, quienes lo han erigido en el poder, supone una estafa que los hace sentirse ninguneados. E inclusive ese  Otro, muchísimas veces encarnado en el otro concreto -como Otro absoluto-, hace lo opuesto de lo que promulga: roba, estafa, etc. Dadas estas circunstancias podría decirse que precisamente el Otro como lugar de la palabra está desaparecido, reducido al nivel del otro imaginario, el de la rivalidad y el narcisismo; ya que si no se confía en quienes habrían de encarnar ese lugar, Estado y ciudadanos, padres e hijos, maestros y alumnos, se autorizan a ubicarse al mismo nivel en términos de autoridad y de derecho al goce (lo que ya es permanentemente en nuestra sociedad) alumnos que enfrentan, pegan e insultan a los maestros, hijos que pegan, no obedecen a sus padres y transgreden diferentes normas, ciudadanos que no creen ni respetan ni a los políticos ni a las leyes y que las transgreden en diferentes ámbitos.

Y esta situación de descrédito (no crédito, no creencia) respecto al Otro se multiplica a la potencia n en la sociedad, pues hasta la familias y las personas que se creen honestas y confiables pueden llevar a cabo violaciones a la ley sin saberlo o creyendo que sus conductas constituyen solamente pequeñas transgresiones que carecen de significancia -comparadas con los grandes delitos- o son menos nocivas ya que “todos lo hacen”. Este tipo de situación donde se justifica y minimiza el propio incumplimiento a las leyes con el fin de obedecer el mandato de goce (poder gozar más o igual que los otros), es la que hace que en algunas “familias bien”, “normales”, “surjan” aparentemente de la nada hijos con graves problemas que pueden ir desde la mentira, la drogadicción y el robo para sostener las adicciones, a delitos más graves, violencia, etc., y también la que determina que de alguna manera todos coadyuvemos aun no queriéndolo a sostener las cosas tal cual están. Más allá de que exista una diferencia, que puede parecer enorme, entre quienes han cometido delitos graves y quienes cometen transgresiones que aparentemente son solamente “de andar por casa”, en términos de ley hay algo uniforme que es la transgresión. Y en ese sentido tampoco hemos de olvidar que también la gente “olvida” con facilidad e incluso justifica o minimiza a veces aún hasta las conductas de los que han transgredido seriamente la ley: “no es para tanto”, “yo no me lo creo” con el objetivo de poder autorizarse también a gozar sin culpa, ya que como dicen muchos psicoanalistas, actualmente lo que produce culpa es no gozar, no ser “vivo” como los otros, “no sacar tajada”.

Todos, en mayor o menor medida, padecemos de la disociación a que nos somete el sistema actual y al que nos dejamos someter no sin cierto goce, como decía Baudelaire en su poema Al lector “y volvemos alegres al camino fangoso creyendo nuestras culpas lavar con viles lloros”, pero ahora ya sin culpa ni lloros, ya que lo que nos hace sentir culpables o estar llorosos es no poder gozar o acceder a los objetos de goce. Estamos siendo llevados precisamente por la promesa de goce casi ilimitado que se vale de la publicidad para ser reforzada, la adquisición de determinados objetos sostiene nuestro narcisismo mediante un imperativo de goce de un superyó salvaje que nos impulsa al consumo (ya se trate de ropa, coches, drogas, prestigio) y lleva cada vez más a que los sujetos crean ser su imagen. Y cuando no media la palabra, el pensamiento (palabra es logos), está en juego el sostener esa imagen “a como dé lugar”; y aun cuando media, en mayor o menor medida funcionamos psíquicamente disociados creyéndonos personas honestas y que respetamos las leyes. Estamos consumiendo, para estar dentro del sistema y satisfacer nuestro goce, productos que han sido elaborados muchas veces transgrediendo una cantidad de leyes y perjudicando a otras personas o comunidades (intoxicando el medio ambiente, explotando a niños o personas adultas en otros países, etc.), además de que dichos productos pueden muchas veces ser perjudiciales para nuestra propia salud sin que lo sepamos. Otras veces, aun sabiendo el perjuicio que nos producen, “decidimos” igualmente seguir consumiéndolos como es el caso del alcohol o el tabaco, porque poner un límite al goce siempre es lo más difícil.

A este actuar con desconocimiento de la implicación subjetiva en el funcionamiento y sostenimiento de un mundo con el cual decimos que discrepamos, o su opuesto, el actuar con conocimiento y aceptando nuestra complicidad de una manera que muchas veces se vive para auto-justificarse, como obligada “no hay otra”; u otras, desde el lugar narcínico de que habla Colette Soler gozando a tope sin importarle las consecuencias de su goce. A ello hemos de agregar el engaño que, además de los beneficios indudables, también suponen los medios audiovisuales y la publicidad que se vale especialmente de los mismos. En este sentido cabe hacer una especial mención a internet en la medida en que genera en las personas la ilusión de que controlan más la realidad y de ser más libres porque tienen acceso a cuanta información deseen al estar conectados. Para empezar la información a la que se accede no es total está, como todos ya sabemos, convenientemente filtrada como lo demuestran sobremanera todos los casos de quienes, no sin graves perjuicios para su vida, han decidido destapar alguna que los gobiernos se empeñaban en mantener en la oscuridad; además estar informado no quiere decir conocer o saber de procesos que requieren de mayor seriedad, profundidad y nobleza de espíritu u honestidad de la que aplican hoy día los informadores en su quehacer; digo informadores ya que hoy dudo de que se pueda hablarse de periodistas en el sentido que antes tenía esta palabra. Además, estar informado no va de la mano, y cada vez menos, con estar formado para poder leer adecuadamente (interpretar) lo que se lee, a veces bien otras muy mal, de manera instrumental, precisamente porque el lenguaje vale menos que la imagen.

En cuanto a “estar conectado” no es lo mismo (incluso me suena mal la expresión pues me hace imaginar una máquina, un gran autómata, y el infinitivo del “estar” me aumenta esa sensación) e, incluso puede que en muchísimos casos sea precisamente lo opuesto, de estar verazmente informados o estar siendo verdaderamente escuchados (leídos) como sujetos. La comunicación por este medio tiene un carácter de pregnancia de lo imaginario que tiende a inflar al yo brindándole sentimientos de unión grupal o mundial con ribetes maníacos , así como de existencia subjetiva y valoración personal que el sujeto encuentra cada vez menos, o ya no encuentra en su cotidianeidad (ya que solo valen los que su imagen anda siendo vista -o leída- por la tele o por las redes sociales), cuando realmente los sujetos se están conectando solamente con una imagen de lo que el otro es, pues no conocen a la persona y no saben si quien parece ser buena persona o de determinada manera por lo que dice o escribe en su blog o twitter, realmente lo es , no saben si es realmente lo que aparenta o nos intenta engañar para seducirnos. Obviamente que la dimensión del engaño, en tanto es inherente a la constitución psíquica humana, siempre está en todos los sujetos y, por lo tanto, en todo encuentro cara a cara porque todos padecemos del parecer en más o en menos lo que no somos -el yo es siempre un engaño, una máscara, aunque Zizek dice que ésta es en definitiva lo más verdadero- pero en internet, dada la pregnancia de la imagen, esa posibilidad aumenta especialmente favoreciendo a aquellos individuos que buscan engañar intencionalmente. Desde la década del cincuenta la psicología social ha girado en torno al tema de la hipocresía en la vida pública, al cómo nos "ponemos máscaras" para adoptar identidades que ofuscan nuestro verdadero ser. Ponerse una máscara puede resultar extraño: más a menudo de lo que creemos encontramos más verdad en la máscara misma que en lo que consideramos nuestro "verdadero ser". Pensemos en esa persona tímida y poco hábil que, de cara a los juegos interactivos a través del ciberespacio, adopta en la pantalla la personalidad de un asesino sádico o de un seductor irresistible; es demasiado simple decir que esta personalidad inventada es suplementaria, que se trata de una vía de escape momentánea a su impotencia para afrontar la vida real. El hecho es que, al saber que el juego interactivo del ciberespacio es "sólo un juego", su "verdadero ser puede aflorar", su interacción con el mundo real funciona de manera diferente que en la vida real; amparado por la ficción, articula su verdadera personalidad “Una taza de realidad descafeinada”.

Nuestra actitud de seguir consumiendo y de esa manera sosteniendo un sistema que decimos no querer para el futuro de nuestros hijos, se sostiene precisamente en la creencia, reforzada por todos los medios de publicidad existentes, de que sin esos objetos y productos que hemos de consumir no somos nada, no valemos, no somos bellos, listos ni jóvenes ni tendremos buena salud, no seremos obviamente ni triunfadores ni exitosos, ni nos querrá nadie; creencias que actúan obviamente cual profecías auto-cumplidas, ya que si la gran mayoría alimenta esa idea va a actuar con los demás, que no cumplen con los parámetros cuya finalidad es asegurarles mediante la ilusión de igualdad el lazo entre sus congéneres, rechazándolo, marginándolo. Y la mayoría de las personas, para no experimentar la angustia que tal situación genera, preferirá hacer todo lo posible por entrar en esos parámetros y acceder a determinados objetos o lugares dadores de estatus, valor y poder, aunque en ello le vaya la vida, ya que para el ser humano ser marginado del grupo humano es lo más terrible que puede pasarle, aún más que su propia muerte real, pues es estar muerto simbólicamente y así la vida pierde todo sentido. Así lo decía la canción que triunfó en EUROvisión “Antes muerta que sencilla”. Debido a ello casi nadie está dispuesto hoy día a renunciar a su “porción de goce” (reprimir lo pulsional) para apostar por un bien común, en quien nadie parece ni puede del todo creer porque lo que se está viendo cada día es que el estado de bienestar se está desmantelando (en la época de antes sí, porque se creía en el mismo, se creía y además era más o menos visible que quienes nos pedían determinados “sacrificios”-impuestos y ajustes- realmente lo invertían en el bienestar común), por lo que cada cual se las arregla como puede, recurriendo obviamente a un individualismo cada vez más feroz.

Y aunque no se esté de acuerdo en cómo van las cosas resulta muy difícil, por no decir imposible, que haya una unión mayoritaria para un cambio de rumbo ya que ello necesariamente implicaría, para quienes están bien o no tan bien pero aún con limitaciones gozosamente prendidos a los objetos del bienestar consumista (sea la teta, la mirada, las heces-dinero), tener que perderlo, limitarlo, para intentar beneficiar a toda la sociedad. Y correr ese riesgo implica un terror catastrófico para todo sujeto que ha jugado su identificación, o más bien habría que decir su identidad- ya que prima lo imaginario por sobre lo simbólico- casi por entero al objeto, ser el objeto, los objetos que se consumen, las marcas, y valer por ello.

En este sentido Mario Goldberg, psicoanalista argentino, profesor de la U.B.A, en El Malestar del Otro, citando a otros psicoanalistas, Jaques Alan Miller, Eric Laurent y Jorge Aleman, examina esta problemática en estos términos:

“Tal como lo define J.A. Miller: "En la perspectiva analítica, en la del superyó,  una cultura es un modo común de goce, un reparto sistematizado de medios y maneras de gozar." El superyó, podríamos decir, ya no es un parásito que se alimenta de renuncias, sino que alimenta y promueve el goce autista, en tanto el discurso capitalista sostiene el rechazo al lazo social y al amor. Para extremar la cuestión podemos agregar que el programa del superyó ya no es ético sino de empuje al goce. Por lo tanto, quizás el rasgo de la época no es el malestar en la cultura sino el impasse ético. La pregunta de E. Laurent ¿En nombre de qué se le puede impedir a alguien que goce? señala este impasse, de modo que el imperativo del discurso actual es ¡Debes gozar más! (las negritas son mías) llevando a taponar la falta en gozar del $ con los objetos del mercado. La particularidad del discurso capitalista es el desarreglo entre S1 y S2 que implica la inexistencia del Otro. Dejando al S1 como imperativo de goce, y el S2 metaforizando los objetos del mercado.”

En este sentido el mercado no es un Otro; la declinación del Nombre del Padre ha tenido como correlato la caída del soporte de las democracias liberales y los totalitarismos. Lo que Freud llama “las ideologías del superyó correspondientes a un pueblo o una raza”; en la "Conferencia 31", refutando la concepción materialista de la historia que las ubica como superestructura de las relaciones económicas, dice Freud, "La humanidad nunca vive por completo el presente; en las ideologías del superyó perviven el pasado, la tradición de una raza y del pueblo, que sólo poco a poco es del superyó, desempeña en la vida humana un papel poderoso, independiente de las relaciones económicas.” Es aparentemente llamativo que Freud hable de ideologías del superyó, hasta de un superyó cultural en El Malestar en la cultura, habiendo rechazado siempre la concepción junguiana de un inconsciente colectivo. Sabemos que la concepción del  inconsciente, de Jung, se sostiene en una simbología universal y que, en cambio, el superyó que Freud postuló da cuenta de la relación a la lengua a frases efectivamente proferidas y mandatos insensatos. Es probable que la globalización del mercado tenga consecuencias en este superyó cultural, portador de la tradición, arrasando con las particularidades y, correlativamente, retornando a través de regionalismos y fundamentalismos. La mundialización del discurso actual deja al sujeto sin Otro. El desafío del psicoanálisis ya no es idéntico al de la época de Freud, ya no es una novedad decir  “ninguna regla vale para todos” sin embargo la manera en que cada uno anuda su síntoma, sigue siendo nuestra apuesta.

Los signos de esta época, comenta J. Alemán, fueron anticipados por Lacan: "procedimientos de homogeneización, desintegración del concepto de experiencia, desaparición de la memoria, declinación de la imago paterna, aumento del racismo, planetarización de la mirada"; a lo que habría que agregar, rechazo de la contingencia. En la lógica discursiva del sueño, la contingencia es lo que despierta; en el dormir que sostiene la globalización del discurso capitalista, lo que despierta está absorbido con el cálculo del riesgo, la inclusión del horror en los mass-media y la banalización de los encuentros virtuales.

Así como Freud plantea al comienzo de la Conferencia "Sé que en sus vínculos con personas o cosas  ustedes advierten la significación del punto de partida. Le ocurrió también al psicoanálisis (...) iniciar su trabajo por el síntoma". El punto de partida, la contingencia del encuentro, es la vía de la conclusión como salida, en tanto demostración de lo imposible y por lo tanto implica "llegar a la certeza pasando por lo más incierto, lo más contingente". Quizás el estatuto del psicoanálisis como refugio podemos ubicarlo en este sesgo.

 

 

2) LA PALABRA YA NO CUENTA TAMPOCO EN NUESTRA COTIDIANEIDAD.

La palabra dada que ya casi verdaderamente no se da (mejor no comprometerme con nadie para no perder tiempo ni dinero); o se da “sin ton ni son” desconociendo el nivel de compromiso que para otro ya “anticuado” puede implicar; o se da “para salir del paso” sabiendo de antemano que no se va a respetar lo acordado; o ya sea que se trate de la palabra que antes jugaba y “se jugaba” en largas conversaciones en las que nos brindaba hasta la osadía de creer que “arreglábamos el mundo hablando”, y no es que pretendiéramos solamente arreglarlo hablando, y no lo lográramos, sino que efectivamente lo arreglábamos porque esas conversaciones nos hacían reflexionar, nos hacían ampliar nuestra visión del tema en cuestión, nos hacían considerar, gracias a la percepción de otros, otras aristas del cubo que desde nuestro lugar no habíamos sido capaces de tener en cuenta y, por tanto, nos ayudaban a ir moldeando nuestras acciones, a innovar, a posicionarnos en el mundo frente a las cosas y las personas y a actuar de maneras diferentes. Hoy las nuevas generaciones prefieren escribirse (¿será una manera de inscribirse psíquicamente, contar como sujetos en algún lugar, ya que otra no encuentran?) twittearse, preguntarse y contestarse por la inmediatez de lo que acontece mediante el Whatsapp y, cuando quedan para encontrarse en los bares, en el botellón o en un centro comercial; el tomar, el comer o el comprar no son la excusa para poder charlar, sino que por el contrario, el objetivo principal ha devenido precisamente consumir el objeto en cuestión.

 

 

3) TAMPOCO LA PALABRA CUENTA YA MUCHO EN LA COTIDIANEIDAD DE LOS HOGARES.

No solamente en tanto palabra dada sino también en tanto palabra hablada, no hay, o más bien, no se hace tiempo para charlar ya que inclusive cuando la familia está reunida cada cual está ocupado en sus asuntos personales como mirar algún programa en la televisión, contestar mails, ver que mensajes me han enviado, etc.-no sea cosa que me pierda de algún cotilleo importante-; a los niños tampoco se les habla mucho, ya que se trata en muchos casos de cubrir o hacer cumplir rápidamente las llamadas necesidades físicas o biológicas: comer, dormir rápidamente que mañana hay cole, hay que madrugar , hay que trabajar, y hay que ¡mirar la tele!. Lo instintivo se mantiene en carne viva ya que no va siendo envuelto en el acolchado de la palabra, dando lugar a una estructura psíquica donde lo pulsional, lo real del goce, vaya siendo amortiguado, perdido, ocultado, redirigido, demorado en su satisfacción por la red simbólica a través de las conversaciones y el demorarse en ellas mientras se come, en vez de mirar tele, los cuentos antes de dormirse, las canciones de cuna, las charlas o chistes o juegos de palabras mientras al niño se lo baña o cuando se va en el coche (hasta en él mismo se ha instalado lo audiovisual y hay niños que miran películas hasta para recorrer un trayecto mínimo como es el de ir de casa al colegio).

Hasta en los hogares los niños son considerados en su valor productivo y no subjetivo ya que en algunos casos se les exige muchísimo en términos de rendimiento, se les premia si sacan buenas notas, si son buenos deportistas, se los hace realizar multiplicidad de actividades que los mantienen todo el día ocupados y dirigidos por otros -monitores de lo que sea- que la mayoría de las veces dirigen la enseñanza de manera rígida y burocrática sin tener en cuenta en absoluto la subjetividad de cada niño. No se les deja tiempo ni espacio para ser y la sociedad, contradictotiamente, dice querer que haya sujetos creativos, lo que es imposible ante el predominio de un Otro burocrático que como dice Araceli Teixidó: “mide, calcula, evalúa…exige, pero no responde nunca al sujeto. Nunca está cuando se le espera; es un Otro que no solo dificulta la lectura del goce e impide su disolución, sino que, por el contrario, potencia y alimenta el goce solitario de los sujetos, lo cual reduplica las dificultades para leer el presente.

¿Y en adelante?

Tampoco estamos ante sujetos como los de entonces, al mismo tiempo que el Otro calcula, ya no funciona la represión, es el momento de gozar. No es el tiempo de lo Otro, ahora es el tiempo de lo Uno.

Lamentablemente no solo en tanto trabajadores (médicos, profesores, funcionarios) se actúa de esta manera, sino también como padres. Padres exigentes a quienes les interesa más que el hijo o hija presente una determinada imagen que los haga brillar, sobre todo a ellos como padres triunfadores, por encima de su propia realización  (solo puede ser un triunfador, una gran estrella del football o una modelo, pareja ésta que en el imaginario actual encarna un yo ideal a salvo de la castración). O padres ocupados ellos mismos en triunfar y ganar mucho dinero en sus trabajos que no se dedican a sus hijos o que les dedican el menor tiempo posible, pero que como contrapartida les pagan los mejores colegios y les brindan todos los objetos de consumo que pululan en el mercado. O su opuesto, padres que trabajan muchísimas horas por míseros sueldos, sin ver casi a sus hijos, para poderles dar todo lo que esta sociedad dice que hay que poder dar para merecer ser visto como un “buen padre”. Luego están los que se borran de su rol paterno o materno, los que no pueden asumir ninguna responsabilidad referente a la paternidad, o los que la asumen con diversos grados de violencia, o desbordados ya sea que se alcoholicen, se droguen, sean adictos al juego o consuman porno. Y así los niños, más o menos solos, se refugian en sus goces solitarios sea la tv (la única que los ve y a la que ven), la consola (que los consuela), la Nintendo (ni entiendo, mintiendo).

En esta sociedad estamos atentando, en mayor o menor medida, contra la palabra, contra lo simbólico y la cultura, ya que para la trasmisión cultural se necesita el lenguaje que es simbólico (decir, explicar ya sea oralmente o por escrito). Cultura es sinónimo de lenguaje, por lo cual hablar de una “cultura de la imagen”, como actualmente se dice, es en parte un contrasentido que podemos reafirmar teniendo en cuenta  una de las acepciones que define a la cultura como el “conjunto de conocimientos e ideas adquiridos gracias al desarrollo de las facultades intelectuales mediante la lectura, el estudio y el trabajo (opuesto a incultura).” Además si pensamos que cultura proviene del latín cultivo; vivir del cultivo solamente de la imagen trae aparejado enormes riesgos para el bienestar subjetivo de quien en ello empeñe su vida, ya que si la imagen cae, el sujeto también cae al unísono identificado con el objeto que cree ser en la mirada espejo de un otro imaginario. Una imagen para ser interpretada tiene que poder ser leída (necesidad del Otro simbólico, el Lenguaje para Lacan). Solamente es verdad que “una imagen vale más de mil palabras” si se dispone “mentalmente”, digamos en potencia, de esas palabras, si no, lo que tendríamos sería la misma relación que tienen con la imagen algunos autistas, como en Funes el Memorioso, el cuento de Borges, donde el sujeto queda apresado en la imagen, en el narcisismo; el sujeto ya no tiene una imagen sino que es la imagen y no hay posible separación entre percepción y memoria (recuerdo).

Citando a Borges me viene a la mente otra obra de este autor que precisamente puede concebirse como una lectura quizá algo anticipada -esa capacidad es la que caracteriza al creador- del funcionamiento de la sociedad en la actualidad, que es La casa de Asterión y del cual solamente tomaré en esta ocasión una pequeña cita en la que el personaje Borgiano se nos muestra atrapado en la galería de los espejos del laberinto del narcisismo, sin saber leer ni escribir  “jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos..." "Corro por las galerías de mi laberinto hasta marearme, me escondo de mi propia sombra y juego con otro Asterión...”, “ansiando desesperadamente que alguien lo redima. ... tal vez mi redentor me lleve un día a un lugar con menos puertas y menos galerías..."

A partir de lo simbólico, del Otro que coloca al sujeto en la cuenta al nombrarlo en relación a su deseo e inscribiendo así la marca de identificación (rasgo unario), es que el sujeto puede salirse del laberinto imaginario, pero el ensalzamiento de la imagen en detrimento de lo simbólico que el Otro social lleva a cabo en la actualidad dificulta y/o imposibilita en diferentes formas esa salida. Debido a este descrédito de la palabra que siempre proviene del Otro, es el propio sujeto el que queda desacreditado de la palabra y del inconsciente, sin crédito-ni deuda simbólica- en relación al otro como sujeto psíquico. Aunque el descrédito va en doble sentido, ya el sujeto desacredita al Otro porque ha experimentado el descrédito del Otro que lo trata como simple mercancía, como objeto de usar y tirar y no como “objeto de deseo” que es diferente. Y ese descrédito se relaciona a su vez con la banalización de la cultura y las problemáticas de salud psíquica que presenta actualmente al población (las llamadas nuevas patologías del acto que responden a conductas donde hay una tendencia a la actuación o descarga pulsional sin mediación de la palabra, sin postergación ni simbolización, como lo hemos venido trabajando.

Cuando el sujeto desacredita al Otro y a su saber o como dicen los jóvenes “pasan del Otro” (padres, profesores, saberes en diferentes ámbitos), la palabra del Otro para ellos ya no cuenta. El Otro no es confiable, por diferentes motivos los jóvenes están pasando del saber simbólico que proviene de esté, es decir, de la cultura que se ha ido generando en el devenir histórico de los pueblos y la sociedad; ese saber que se trasmite a través de la palabra va siendo dejado de lado como un saber  considerado sin importancia e imprescindible para los jóvenes, aún por aquellos jóvenes  creadores que, en diversos campos, aspiran y creen ser tales, pasando olímpicamente por encima de sus antecesores en el campo en cuestión como podemos verlo continuamente. Obviamente que la consecuencia más directa de esta actitud es la banalización de la cultura, la creencia en que lo importante y lo que sirve es solo lo actual y que surge sin referencias al otro ni al pasado. Sirva como ejemplo, de esto que digo, el comentario de una chica a una entrevista realizada a Mario Vargas Llosa en El País en la sección Cultura del 14 abril 2012 titulada “Sería una tragedia que la cultura acabe en un puro entretenimiento” donde luego de acusarlo de elitista agregaba:

“…habría que enseñar, no, mejor dicho, animar a los jóvenes a que utilicen su propio criterio y sean selectivos -que no selectos-. Conocer a Mahler no es requisito imprescindible para cultivar la propia creatividad.”…. Y más cuando las manifestaciones artísticas se prodigan en formas cada vez más diversas. Ya hemos pasado la época de la CULTURA con mayúsculas. Esfuerzo, sí, pero menos vanidad y ñoñería. Lo importante: cultivar entre todos, nuestra inteligencia, nuestra sensibilidad, nuestra expresividad”.

A quienes nos formamos, no solamente como sujetos psíquicos sino como estudiantes y ciudadanos dando una gran importancia a lo simbólico que, para nosotros -la gente de mi generación- contaba mucho y sabemos que cuenta para estructurarse psíquicamente en torno a la falta, nos cuesta entender cómo cree esta joven que se llega a poder CULTIVAR la PROPIA CREATIVIDAD o hacerse un criterio propio, cuando precisamente, para hacernos un lugar propio, se necesita de un Otro, un Otro necesariamente anterior a nuestra existencia para podernos formar, para apropiar-nos, identificarnos, alienarnos a su deseo, para luego recién poder separarnos, diferenciarnos, deviniendo “yoes” con criterio propio. Parecería que ahora se cree en el poder de ser o llegar a ser también un auto-engendrado culturalmente, a partir de la creencia en que se podrá hacerlo biológicamente, ¿engendramiento por partenogénesis como los zánganos?, a lo cual considero que el poder casi ilimitado de la ciencia y su contracara, la creencia incuestionable en la misma, de hoy día, contribuye.

En este sentido la herencia biológica va perdiendo su articulación con lo simbólico habiendo una negación de los sexos, de la diferencia sexual, y también de la relación generacional; la paternidad como lugar simbólico es forcluida, desde el momento en que biologicamente ya puede proceder de alguien que será para el sujeto un perfecto desconocido y el auto-engendramiento o la clonación es de alguna manera lo que la ciencia promete: un sujeto creado en el laboratorio por científicos “neutrales” “objetivos” a partir de la unión de células y no de dos sujetos sexuados (a- sexuados más bien para el psicoanálisis) que dicen amarse u odiarse, que del odio al amor hay un paso relación donde lo esencial es seguir siendo humanos, ya que quienes crean un nuevo ser lo hacen porque están animados (ánima), son sujetos de deseo, sienten o dicen sentir algo el uno por el otro y desean el hijo animados precisamente por un deseo inconsciente, no con una finalidad o utilidad mercantilista consumista pre- determinada.

Quizás siguiendo esta misma creencia del auto-engendrado biológico pueda ser posible a nivel cultural que surjan también “creadores de la nada”, críticos y comentaristas de las diferentes disciplinas que valoren las obras en cuestión “a partir de” y solamente en el “aquí y ahora” sin tener en cuenta el pasado y el saber y la tradición en el campo en cuestión, así mismo es posible que las nuevas generaciones vivan “como se les dé la gana” sin tener en cuenta el saber de los mayores, a partir del cultivo autonómico (ente autónomo, tras leve desplazamiento, ente autómata)¡¿de su inteligencia, sensibilidad y expresividad?!. Sujetos todos que se otorguen a sí mismos la auto-nominación. Se tratará entonces de tener, como dice la joven, un criterio propio que desconozca y reniegue totalmente del criterio de las generaciones anteriores, que obviamente es lo opuesto a conocerlo, para hacerse un lugar propio, en tanto “en contra de” u “en oposición a”, donde se lo está teniendo en cuenta obviamente para sostener la oposición. Obviamente que el supuesto criterio propio logrado de esa manera es en realidad del orden de la total enajeneidad.

Sobre este punto en La utilidad directa Allan Miller habla de significantes nuevos creados por los propios sujetos en estos términos:

Actualmente podemos ver, cada día, cómo esto se cuestiona. Los sujetos no validan la evaluación representativa del Otro sino que elaboran minuciosamente sus propios significantes-amo. Los construyen, se los adjudican”. Él se refiere concretamente al significante gays, pero a mí se me ocurre por ejemplo el significante ni ni o el de hikikomoris.

Es un significante que les representa y rompe con el discurso del Otro. Tenemos que elegir: o invalidar el significante-amo que ellos han escogido y preferir los significantes-amo de la tradición o, por el contrario, remitimos a la invención de los sujetos. El discurso del amo fue válido desde la Antigüedad hasta 1950, después se debilita, hay otra cosa que Lacan puso en su lugar. El discurso del amo comporta que el sujeto esté representado por un significante-amo, un significante del Otro. En los años 70, Lacan indicó que había otro tipo de discurso, que él llamó el discurso capitalista, que comportaba que el sujeto, en nombre del que ese discurso se sostenía, no tenía un significante amo y, por lo tanto, era libre de inventarlo; su significante era imposible de encontrar. Se entraba en una época en que los sujetos inventarían sus significantes-amo. En adelante, no se determinarán en el discurso del Otro para designarse a sí mismos.

 

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Este texto fue publicado por primera vez en el blog de su autora: http://anabellarodriguez.blogspot.mx/2013/11/cuando-la-palabra-ya-no-cuenta.html Errancia agradece a Anabella Rodríguez Reyes su escritura y publicación.

** Licenciada en Psicología en la Universidad de la República Oriental del Uruguay. Homologación en La Universidad de las Islas Baleares, España. Formación en Psicoanálisis en la Escuela Freudiana de Montevideo. Desarrolla su labor clínica en Gijón y participa en el Foro Psicoanalítico de Asturias. Continúa incursionado en forma práctica en la escritura poética, narrativa y terapéutica y en la fotografía, y teóricamente, en las relaciones entre la Vida, el psicoanálisis, y diversas disciplinas artísticas (poesía, fotografía, pintura, fundamentalmente) con fines de investigación respecto al valor terapéutico de las mismas.

 

 

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