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"EL SUJETO PERVERSO
Y EL CAPITALISMO TOTAL" *

FRANCISCO DE LA PEÑA MARTÍNEZ **

 

 

Ideología y perversión.

La perversión ha sido abordada desde el psicoanálisis fundamentalmente como una estructura clínica mayor, junto a la neurosis y la psicosis. Sin embargo ella también constituye una estructura ideológica cuyos alcances políticos y culturales, bastante significativos en nuestros días, quisiera analizar aquí. Una exploración de las diversas aproximaciones que han sido elaboradas desde lo que entiendo como una clínica de la cultura nos permitirá comprender la naturaleza perversa de la ideología dominante en el capitalismo tardío.

 

La sociedad posmoderna actual es indisociable del dominio global de las políticas neoliberales que apelan a la disminución del rol del Estado y que favorecen el reinado del dinero, la preeminencia de la mercancía y los mercados por sobre cualquier otra consideración, la emergencia de una vasta economía informal e ilegal que no es ajena a la industria de la delincuencia organizada, y el desarrollo de una cultura hiperindividualista fuertemente narcisista, exhibicionista y hedonista, volcada a la competencia, al consumo y la búsqueda de placer.

A este respecto son muchos los pensadores, comenzando por Lacan mismo, a partir de los cuales es posible sostener que la sociedad capitalista se caracteriza por erigir a la subjetividad perversa en un modelo dominante de personalidad, la cual se reproduce a través de un discurso ideológico que impele a los individuos a someterse al mandato superyoico de gozar en todas sus formas y a cualquier precio, y de ostentar dicho goce abiertamente, sin limitaciones y sin culpa.

 

El discurso capitalista

Es sabido que en el contexto de la invención de los cuatro discursos, Lacan introdujo una variación sobre el tema que le llevo a afirmar la existencia, al lado del discurso del amo, de la histérica, de la universidad y del psicoanálisis, de un quinto discurso al que denomino discurso capitalista. Aunque no es un tema sobre el que haya ahondado mucho, Lacan se refirió al mismo en algunos célebres pasajes. En la sesión de su seminario del 3 de febrero del 1972, por ejemplo, afirmará que “El discurso capitalista se distingue por la Verwerfung, por el rechazo, la expulsión al exterior de todo el campo de lo simbólico… ¿el rechazo de qué? El de la castración” (Lacan, 2011:96)

El rechazo de la castración y la desimbolización son aquí articulados para dar cuenta de la naturaleza del capitalismo, cuyo discurso Lacan concibe como una prolongación, una renovación y una variante del discurso del amo, como un encuentro entre éste último y la ciencia, al afirmar que “uno no ha esperado hasta ver que el discurso del amo se haya desarrollado plenamente para mostrar su verdadero trasfondo en el discurso capitalista, con su curiosa copulación con la ciencia” (Lacan, 1991:126) 

El discurso capitalista introduce una torsión en las relaciones entre los términos que intervienen en la estructura del discurso del amo: el significante amo (S1), el Saber (S2), el Sujeto ($) y el objeto (a). Lacan destaca el hecho de que el capitalismo pone en relación directa al Sujeto con el objeto plus de goce (a), relación que el discurso del amo excluye. El Sujeto del capitalismo, atrapado en el goce consumista, es completamente ajeno al saber científico-técnico (S2), un saber que está en el fundamento del mundo capitalista, si bien subordinado al mandato único (S1) de la producción incesante de bienes u objetos (técnicos y mercantiles) que cumplen la función de objetos de goce (a).

Ligada intrínsecamente al modo de producción capitalista, la técnica está entregada a la producción desenfrenada de objetos destinados al mercado, tras ser concebidos a la sombra de la ciencia, objetos que Lacan llamará lathouses, y que se caracterizan “por pasar del brillo intenso en el escaparate a la opacidad del desecho” (Alemán, 2000:32) o en los que “lo no bastante coincide con el exceso”, como dice Zizek. 

Este autor afirma que el capitalismo “ha dejado de ser un orden soportado por una prohibición fundante que invita a ser transgredida” y se ha convertido en una economía libidinal del consumo en el que “la propia transgresión es solicitada”, un mundo dominado por los artilugios tecnológicos y constituido por una “multitud dispersa de goces, en el que proliferan síntomas y tics particulares que le dan cuerpo al goce” (Zizek, 2001: 29).

Braunstein, por su parte, plantea la existencia de un tercer discurso, distinto al del amo clásico y al del capitalista (que correspondería al discurso del amo moderno), que el mismo Lacan habría anunciado en su conferencia en la Universidad de Milán de 1972 llamándole discurso pst (homófono con la palabra peste), y al que Braunstein denomina discurso de los mercados o discurso post-capitalista. Vinculado a la aparición de la escritura digital o virtual, que sucede a la escritura a mano y a la escritura impresa, se trata de un discurso en el que el mercado aparece como un agente impersonal y mudo que impele a los sujetos a gozar a través de su sumisión a los servomecanismos, fetiches tecnológicos que son el semblante del objeto(a). 

Ellos proveen a los consumidores de identificaciones imaginarias a pequeños relatos atomizantes y egotistas (redes sociales, comunidades virtuales, sectas y grupúsculos) que sustituyen las identificaciones simbólicas a los grandes relatos modernos (La Nación, el Pueblo, la Raza o el Partido) y aseguran el tránsito de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control. (Braunstein, 2012) 

En todos los casos, el discurso del capitalismo favorece un tipo de subjetividad que está supeditada al imperativo de goce del objeto, que es goce del objeto desechable y renovable por excelencia, la mercancía. La naturaleza perversa de está subjetividad no es ajena a la desimbolización que produce el capitalismo, la cual remite ante todo a una erosión de la función del nombre del padre en el terreno cultural, es decir, al declive de los referentes ternarios y la caída de las figuras del gran Otro.

 

La decadencia del gran Sujeto

Como ha señalado Dufour, asistimos al agotamiento del sujeto de la modernidad, encarnado en el par formado por el sujeto crítico kantiano y el sujeto neurótico freudiano, y a su sustitución por el sujeto postmoderno. Para este autor, en efecto, la condición subjetiva moderna se basa en tres rasgos, a saber, la diferencia, la crítica y la neurosis. Si la diferencia refiere a las formas extremas de sumisión de los no occidentales, de los “otros” sometidos a través del colonialismo y la esclavitud a la voluntad del sujeto de la modernidad, su contraparte al interior del mundo occidental lo constituye la figura del sujeto crítico, que se mueve entre múltiples referencias e ideologías haciendo uso de la razón y apelando a los principios universales de la racionalidad. El sujeto neurótico, por su parte, es el lado oscuro o el revés del sujeto crítico, es el sujeto de la culpa que surge como resultado de la deuda contraída con un gran Otro que se vuelve múltiple, pero es también el sujeto de la repetición y de la insatisfacción, aspectos que están en la base de la actitud crítica (Dufour, 2007).

Las distintas figuras del Otro simbólico que recorren la modernidad (Dios, la Nación, el Pueblo, la Revolución, el Proletariado, el Progreso, la Ciencia), los grandes relatos que han estructurado el vínculo de los sujetos a algún significante amo que se presenta investido de un aura sublime y trascendente, han dado su razón de ser tanto al inquisitivo sujeto crítico como al insatisfecho sujeto neurótico.

Ahora bien, con el paso a la posmodernidad asistimos a la decadencia del gran Otro, a la ausencia radical de grandes Sujetos. Este desvanecimiento del sujeto de la modernidad es correlativo a la emergencia del capitalismo tardío neoliberal, que se caracteriza por disolver todas las formas de intercambio que se remiten a un garante absoluto o metasocial.

Al no estar garantizados por una potencia superior, los intercambios se reducen a su condición puramente mercantil, lo que implica que el intercambio comercial tiende a desimbolizar el mundo puesto que rechaza toda figura trascendente como sustento del valor. El valor simbólico se diluye en beneficio del simple y neutro valor monetario de la mercancía, eliminándose toda consideración (moral, tradicional o trascendental) que obstaculice la libre y más amplia circulación de mercancías.

La posmodernidad, una era dominada por el vacío de referentes sólidos y por el pensamiento débil, es por ello un más allá de la modernidad carente de ideales fuertes, propicio a una cultura narcisista en la que las definiciones idiosincráticas se generalizan en detrimento de los valores o las ideologías universales. Si en la modernidad el ser del sujeto depende de un Ser exterior a él, en la posmodernidad esta hetero-referencia se desdibuja a favor de una auto-referencia radical.

A pesar de que la idealización del mercado es hoy un relato dominante que pretende erigirlo como nuevo referente absoluto o gran Otro, el mercado por su propia naturaleza es incapaz de ocupar este lugar, pues su lógica profunda no es ternaria. La economía de mercado, en efecto, es incapaz de dar respuesta a la cuestión del origen o del fundamento y al deseo de infinito o de absoluto, pues su lógica no es ni simbólica, ni jerárquica ni trascendente. Por el contrario, el mercado se basa en relaciones dualistas e imaginarias y en una lógica que es horizontal, uniformizante, inmanente, interactiva y reticular, sin exterior ni principio excluido.

La progresiva desaparición de la figura del gran Otro acarrea una mutación de la condición humana y un cambio en la forma de subjetividad dominante, a la que se le exige adaptarse a la mercancía y a los flujos del mercado de manera voluntaria, práctica y “libre”. La creación del hombre neo-liberal ha llevado a una revolución de nuestra economía psíquica consistente en el desplazamiento de una cultura basada en la lógica de la neurosis (la represión, la culpa, la deuda y el sacrificio) a una cultura que promueve la perversión, los desórdenes narcisistas y la psicosis ordinaria.

La caída de los ideales produce un sujeto indiferente al sentido del deber y carente de espíritu crítico, pues conlleva la caída del superyó y de la ley simbólica. Un sujeto narcisista, hedonista y cínico, sin deuda ni compromiso con el Otro y por tanto liberado de la culpa, dotado de una fuerte desinhibición, de impulsos transgresivos y de fantasías de omnipotencia. Sin anterioridad ni exterioridad simbólicas, sin referentes espaciales o temporales amplios, el sujeto postmoderno queda prisionero en un presente inmediato, sin proyecto a largo plazo, abandonado a la búsqueda de un goce instantáneo. Si la modernidad se caracteriza por una palabra que prohíbe y está referida a los grandes relatos, la postmodernidad remite a una palabra que incita a gozar desde una proliferación de pequeños relatos que prescinden del gran Otro y propician el egotismo y el individualismo más extremo.

 

Nuevos síntomas, nuevos desordenes

Existe una historia de la locura que da cuenta del porque los síntomas y los trastornos mentales varían de una época a otra o entre distintas culturas. En este sentido, modernidad y postmodernidad se distinguen por los malestares que alientan y los modelos de personalidad que propician. Si las patologías en la modernidad remiten al sujeto neurótico y se fundan en la pasión de ser otro, o más precisamente, sujeto del Otro, las patologías postmodernas giran en torno a la ausencia del Otro y la cuestión de la auto-fundación y la auto-referencia.

Si la modernidad idealizó al sujeto moral, racional y responsable, la postmodernidad hace de la subjetividad narcisista el ideal del “hombre neoliberal”, y del narcinismo el perfil característico de un sujeto cuyos sentimientos de omnipotencia, desinhibición o exhibicionismo y cuya ambición y desestimación de los otros, que en muchos casos pueden lindar con la perversión y la psicopatía, lo convierten en el más apto para desenvolverse en un entorno mercantil de fuerte competencia, búsqueda de ganancias y excesos consumistas. Por esta razón, las patologías más extendidas en nuestra época están en función o son alguna variante del complejo narcisista.

Entre ellas destaca en primer lugar la depresión, un trastorno que remite a la dificultad del sujeto para arreglárselas sin el gran Otro, a la fatiga para ser uno mismo que se traduce en impotencia, dificultad para la acción, inhibición, tristeza y desaliento. Más que estar habitado por la culpa, como el sujeto neurótico de la modernidad, el sujeto deprimido está habitado por la vergüenza. Si la culpa es un estado que remite al Otro, la vergüenza remite a sí mismo, es el sentimiento de desvalorización, autodesprecio e inferiorización de un yo destituido frente a un ideal de sí mismo inalcanzable.

Si el sujeto deprimido es aquel que es menos que sí mismo, sus contrapartes patológicas son, por un lado, la personalidad múltiple, en la que el sujeto es más que uno mismo, dividido en identidades distintas entre sí pero que habitan en un mismo cuerpo, y por otro lado el llamado estado límite o borderline, que remite a un transtorno con una clara impronta narcisista que ha llevado a algunos clínicos a concebirlo como una psicosis ordinaria, es decir, una suerte de psicosis de baja intensidad que se distingue tanto de la neurosis como de la psicosis tradicional. (Maleval, 2003)

Anorexia, bulimia o vigorexia, otros populares males de época, remiten a las alteraciones de la imagen del cuerpo que afectan a los sujetos atrapados en el juego de apariencias de un sí mismo deficitario frente a la mirada propia y de los demás. La multiplicación de los casos de transexualismo y las demandas de transexualización, por su parte, no son ajenos a la desimbolización, a la negación de lo real de la diferencia sexual y al rechazo de la castración. Finalmente, las adicciones o toxicomanías constituyen otra forma generalizada de manifestación de lo inconsciente, en las que la ausencia del Otro es suplida a través de una sustancia que ocupa su lugar y es consumida compulsiva e inevitablemente hasta llevar al mutismo de un goce ensimismado y no simbolizable.

En todos los casos, los sujetos de las nuevas patologías narcisistas son reacios al tratamiento analítico y se distinguen del neurótico tradicional por su impermeabilidad a la relación transferencial, es decir, a la relación con el Sujeto Supuesto Saber. Con una dificultad para la simbolización y el trabajo de la asociación libre, son sujetos que difícilmente se interrogan por sus síntomas y cuyo malestar se presta a la palabra analítica solo en condiciones muy particulares. A este respecto sabemos que Lacan anticipó en el último periodo de su enseñanza, y no por azar, la necesidad de transitar de una clínica del Otro a una clínica del Uno, en una perspectiva que privilegia la forma única en que cada ser hablante organiza su modo de gozar el síntoma. Una clínica que muestra toda su utilidad frente a los nuevos síntomas donde lo Real se hace presenta en formas inéditas y la relación a lo simbólico se vuelve problemática.

 

Captalismo gore y necropolítica

La ausencia del Otro da cuenta de otro fenómeno propio de la postmodernidad y que revela su faz perversa: el incremento de la violencia en todas sus formas (físicas y simbólicas, legales e ilegales, implícitas o explícitas), que se ha convertido en un fenómeno transversal que permea el conjunto de las dinámicas sociales. La violencia extrema, la muerte y la necro-política son los signos característicos de lo que Valencia ha llamado capitalismo gore, en el que lo gore ya no designa un género cinematográfico sino una realidad muy cercana, la de un capitalismo cada vez más condicionado por el crimen organizado (y del que México constituye actualmente un modelo) en el que se extiende el tráfico ilegal de drogas, órganos, armas, mujeres o mercancías, o en el que el secuestro, la tortura, la estafa, la piratería, la extorsión y el sicariato se han arraigado como prácticas ordinarias. (Valencia, 2010)

La multiplicación de actividades criminales que son cada vez más transnacionales y globales (y que algunos han llamado McMafia) acompaña a la implantación del capitalismo ultra-liberal, basado en el hiper-consumo hedonista y en la necesidad de abastecer su demanda a través de una inmensa economía ilegal (que si bien predomina en los países subdesarrollados, no está menos presente en los países avanzados). Una de las consecuencias más negativas de este nuevo régimen es la desafiliación y la disgregación social, que debilita las tradicionales identidades de clase (tanto la del proletariado como la de la burguesía) y conduce a una lumpenización o desclasamiento generalizado que encuentra en la figura del delincuente (mafioso, asesino o ladrón) su modelo identitario y su personificación heroica.

La necro-política, que consiste en el empoderamiento creciente de los criminales que reivindican abiertamente sus actividades y su influencia en el campo político, es el efecto inevitable de este proceso. En su competencia por imponerse en los mercados globales, la delincuencia organizada recurre a un muy bien organizado sistema empresarial que comprende lo mismo sofisticadas actividades financieras de inversión y lavado de dinero que un conjunto de necro-prácticas o tecnologías del asesinato. Se trata de formas de violencia que rompen con las tradiciones de las antiguas mafias (por ejemplo el respeto a la vida de mujeres y niños) y que constituyen métodos de exterminio de una excesiva crueldad (decapitación, descuartizamiento, desintegración en ácido) que son exhibidos y publicitados a través de los medios según una estrategia de comunicación muy precisa, que apunta a banalizar la pulsión tanática.

En este sentido, la deificación de la violencia a través de los medios de comunicación y de entretenimiento (desde el cine y la televisión hasta la internet y los videojuegos) y el desarrollo de una cultura criminal que es un vasto mercado para la producción y el consumo de modas vestimentarias, géneros musicales o manifestaciones religiosas (como los narco-corridos o el culto a la Santa muerte en México), series televisivas de éxito (como Los Soprano o Pablo Escobar) o videojuegos infantiles (como Grand theft auto), ha contribuido a la glorificación del transgresor de la ley y a la reivindicación de la delincuencia y la impunidad en un universo libre-cambista que es percibido como una jungla regida por la ley de la selva.

En todos los casos, la espectacularización de la muerte, el gusto por la violencia y la destrucción, la atracción por el suicidio, la crueldad y el sadismo alimentan un poderoso imaginario tanático que es propicio a todas las derivas perversas. Películas hiper-violentas, programas de televisión que explotan las miserias de la gente, redes sociales basados en el morbo voyeurista o noticieros centrados en la nota roja propician una estética de la violencia que la vuelve decorativa, la naturaliza y la torna aceptable y legitima. Y la literatura y el arte de vanguardia no escapan a esta interpelación por la violencia criminal y la muerte, convertida en una moda que influye en la creación artística.

 

El porno-capitalismo y el sujeto perverso

Uno de los rasgos que distinguen el capitalismo actual es su carácter obsceno. A diferencia de lo que sucedía en la antigüedad, en la que el goce se circunscribía al ámbito de lo privado, lo discontinuo y lo no visible, la incitación al goce y el imperativo de gozar no solo es permanente en la posmodernidad, también se hacen públicos y ostentatorios. Vivimos en un mundo en el que lo pornográfico pierde su tradicional carácter marginal y clandestino y se transforma en la esencia de un sistema, el pornocapitalismo, que visibiliza, idealiza y rentabiliza el goce en todas sus formas. Pues si en la sociedad compuesta de neuróticos se ocultan los cadáveres y los órganos sexuales, en la sociedad perversa la muerte y el sexo se muestran y se exhiben cotidianamente. Como ha demostrado Dufour, el neo-liberalismo actual tiene la más estrecha relación con las doctrinas del Marqués de Sade, siendo la solución pornográfica la salida que permitió al capitalismo moderno y puritano salir de sus crisis recurrentes por la vía de la democratización del goce (Dufour, 2009: 203).

Como señala Roudinesco “los medios audiovisuales se han convertido, con el consentimiento de todos los protagonistas del gran espectáculo posmoderno de la autoexhibición, en el instrumento primordial de una ideología tan pornográfica como puritana. En todo el mundo, la telerrealidad, género televisivo que muestra a personas reales en su intimidad, funciona como el nuevo psiquiátrico de los tiempos modernos, un psiquiátrico abierto, que por lo demás no es ajeno al espíritu que inspiró las clasificaciones del DSM, vasto parque zoológico organizado como un reino de la vigilancia infinita y el tiempo suspendido. Una sociedad que profesa semejante culto a la transparencia, la vigilancia y la abolición de su parte maldita es una sociedad perversa” (Roudinesco, 2009: 211) (1)

La liberación de las pulsiones sexuales, de las pulsiones de dominio (de avaricia y de acumulación, de depredación y de abuso) y de las pulsiones auto-destructivas, el empobrecimiento del discurso en favor de la imagen y el protagonismo de los cuerpos, la pasión escópica (el exhibicionismo, el voyeurismo y la espectacularización), la afirmación de sí mismo a través de la victimización del otro, son algunas de los rasgos de la pornocracia emergente, cuyos ideales solo los más aptos, es decir los más proclives a la perversión, están en condiciones de cumplir.

A diferencia de la polis clásica, compuesta por neuróticos que creen en un Amo al que deben su existencia y su obediencia, en la polis perversa actual el imperativo pulsional, que es privilegiado en detrimento de la mediación por lo simbólico, propicia lo que Lebrun llama una perversión ordinaria o neo-perversión, es decir, una condición subjetiva de base neurótica pero impregnada de perversión (Lebrun, 2007). Si el sujeto moderno es kantiano en la medida que obedece a la ley que lo obliga a considerar al otro como un fin en sí mismo, la ley sadiana que ordena gozar empuja al sujeto posmoderno a considerar al otro como un medio para alcanzar sus fines.

El sujeto perverso, en efecto, es aquel que se imagina ser el Otro para asegurar su goce, es decir, alguien que se coloca en relación a todo otro, en la posición del gran Otro. A diferencia del sujeto neurótico, acosado por una deuda simbólica impagable, atormentado por la culpa y la falta, el perverso cree no deber nada a nadie, es un sujeto que se autoriza para imponer su propia ley, para acercarse a lo prohibido y para renegar de las leyes de los hombres pero también de las leyes de la naturaleza (por ejemplo, renegar de la diferencia sexual).

Con todo, si el perverso puede resultar transgresor en aquellas sociedades en las que predominan las neurosis y los neuróticos, sometidos a los dogmas, las normas o los valores trascendentes, cuando la subversión perversa deviene la norma, cuando el goce perverso está permitido y no prohibido, entonces difícilmente puede subvertirse algo y la perversión, integrada al sistema, pierde su rol de Otro de la neurosis.

En este sentido tiene toda la razón Zizek cuando afirma que la neurosis, por revelar la división subjetiva y afirmar la existencia del inconsciente, es más contestataria que la perversión, que solo es transgresiva en apariencia. Por ello sostiene que pensadores como Foucault o Deleuze, al exaltar el potencial subversivo de la perversión, encarnan “el modelo de la falsa radicalización subversiva que se adecua perfectamente a la constelación existente del poder, un radicalismo transgresor falso”. (Zizek, 2001: 267)(2)

Zizek nos recuerda que la oposición entre la histeria y la perversión es especialmente pertinente “en nuestra era de declinación del Edipo, en la que la subjetividad paradigmática no es ya la del sujeto integrado en la ley paterna mediante la castración simbólica y la función paterna, sino la del sujeto perverso polimorfo que obedece al mandato superyoico de gozar” (Zizek, 2001: 264), y en la que hemos transitado a un escenario pos-político en el que el sujeto del mercado ha desplazado al sujeto de la democracia moderna, una democracia cada vez más mercantilizada y pervertida en la que están ausentes la dimensión histérica de la falta, la interrogación y la relación ambigua respecto de la autoridad simbólica.

El proyecto sadiano del capitalismo fármaco-pornográfico, dominado por el tráfico y la distribución de drogas legales e ilegales (que permiten reducir la vigilancia superyoica del neurótico y conducirlo del lado de la perversión), un imaginario pornográfico que impele a los sujetos a dotarse de un porno-cuerpo y devenir autómatas sexuales, y un culto a la violencia y la muerte que erige al canalla como nuevo héroe cultural, está en marcha.

Los medios masivos de comunicación refuerzan este sistema al poner en escena el goce en todas sus formas, al estimular la pulsión escópica, erigida en pulsión dominante por encima de la pulsión epistemológica o letrada, al imponer una estética de lo grotesco y lo extremo en detrimento de la estética moderna de lo sublime. El boom del cine gore o del cine extremo, hiper-violento e hiper-sexual, o de los video-juegos sanguinolientos y transgresivos, muestran otro ángulo de la voluntad de goce que anima a la cultura contemporánea. En definitiva, todo indica que hemos entrado a un mundo sin vergüenza dominado por la desmesura, lo extremo, lo excesivo y lo sin límites, un mundo en el que la exhibición del goce, que se trate del goce sexual, del goce del poder (económico o político) o del goce del saber, es la regla. 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Alemán, Jorge, 2000 Lacan en la razón posmoderna. Miguel Gómez Ediciones. Málaga.

Braunstein, Néstor, 2012 El inconsciente, la técnica y el discurso capitalista. México. Siglo XXI.

Dufour, Danny, Robert,
2007, El arte de reducir cabezas. Sobre la servidumbre del hombre liberado en la era del capitalismo total
2009, La cité perverse. Libéralisme et pornographie. Denöel. Paris,

Lacan, Jacques,
1991, Seminaire XVII  “L’envers de la psychanalyse.” Seuil. Paris,
2011, Je parle aux mures. Seuil. Paris.

Lebrun, Jean-Pierre,
2007, La perversion ordinaire. Denöel, Paris,

Maleval, Jean-Claude, 2003 Elements pour une apprehension clinique de la psychose ordinaire. Séminaire de la découverte Freudienne. Rennes (PDF).

Roudinesco, Elisabeth
2011 Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos. Anagrama. Barcelona.

Valencia, Sayak
2010 Capitalismo Gore. Melusina. Madrid

Zizek, Slavoj
2001 Amor sin piedad. “Hacia una política de la verdad”. Editorial Síntesis. Madrid.
2001 El espinoso sujeto. Paidos. Buenos Aires.

 

 

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Este texto se encuentra publicado en el volumen 6 de la colección de psicoanálisis: LAPSUS DE TOLEDO, La otra versión del padre: perversiones; Cristina Jarque (compiladora); editorial Ledoria, Toledo, España, 2014. http://www.editorial-ledoria.com/LAPSUS.21.0.html#c2976  Errancia agradece a Francisco de la Peña Martínez su escritura y a LAPSUS DE TOLEDO su publicación.

** Profesor-Investigador en la Escuela Nacional de Antropología e Historia ENAH
1 Roudinesco ha subrayado el hecho de que los criterios que antaño permitían especificar la estructura perversa en el campo psiquiátrico (a través del DSM) se han desdibujado a un tal grado que hoy en día la perversión ha sido vaciada de su sustancia. El recurso a una nueva terminología que no emplea más el término de perversión sino el de parafilia, se basa en un enfoque que incluye en esta última tanto a prácticas sexuales perversas –exhibicionismo, fetichismo, pedofilia, masoquismo, sadismo, travestismo como a simples fantasías perversas, y que deja fuera conductas perversas consideradas como delitos (violación, crimen sexual, proxenetismo) o auto-destructivas (toxicomanía, anorexia y bulimia). Roudinesco llama “clasificación perversa de la perversión” a lo que el DSM-4 realiza, que a sus ojos es el proyecto de una sociedad sadiana en la que las diferencias se disuelven, se suprime el orden del deseo y la subjetividad y se impone una ideología de la disciplina y la vigilancia. (Roudinesco, 2009: 208)
2

Zizek afirma que en el proyecto foucaultiano de romper con el dispositivo sexual y el orden disciplinario confesional, que se despliega desde la época del cristianismo hasta la del psicoanálisis, oponiéndoles un arte de la existencia basado en el uso de los placeres y el cuidado de sí, inspirado en los filósofos grecolatinos, la imagen foucaultiana de la Antigüedad es estrictamente fantasmática, pues “recurre al mito de un Estado anterior a la caída en el cual uno mismo forjaba su propia disciplina, que no era un procedimiento impuesto por un orden moral universal culpabilizador” (Zizek, 2001: 268). En esa misma línea, Zizek cuestiona la crítica realizada por Deleuze al “psicoanálisis edípico”, a la que considera otro caso de rechazo perverso de la histeria, que exalta la productividad múltiple de los flujos libidinales en detrimento de cualquier forma de autoridad simbólica.popularidad de los reality show y de los talk show en la televisión o de las comunidades virtuales en las que los sujetos pueden desdoblarse, inventar o cambiar de identidad, nos hablan de la sobrevaloración del placer voyeurista y del exhibicionismo narcisista ligado al culto al ego y a la intimidad convertida en espectáculo.

 

 

 

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