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L8

 

LA PERVERSIÓN ORDINARIA… ¡AÚN! *

JEAN  PIERRE  LEBRUN **

 

 

jp.lebrun@wol.be

Traducción del francés: Pío Eduardo Sanmiguel ***

 

Lo que me impuso la necesidad de retomar las cosas de otra manera fue mi clínica. No me refiero únicamente a la clínica de consultorio del psicoanalista que está bien instalado y goza de cierta notoriedad y que, por ende, a menudo ya solo ve llegar a su consulta solicitantes de una cura, cuando no candidatos que quieren llegar a ser psicoanalistas, sino a la clínica a la que yo llamé de lo cotidiano, aquella del día a día de un psiquiatra orientado por el psicoanálisis, y hasta por el psicoanálisis lacaniano, acostumbrado a que lo consulten pacientes de todo tipo, deprimidos, angustiados, sin síntomas precisos, pero que ya no saben bien dónde está el sentido de su existencia, forzados a prácticas adictivas que de por sí no aceptan, a veces sabiendo muy bien qué es lo que cojea pero sin ser capaces, por lo tanto, de cambiar; mejor dicho el hombre o la mujer del común, que ha terminado por encontrar cómo llegar a un lugar donde se trata de hablarle a otro que no necesariamente va a conversar a la manera como convencionalmente se habla de un diálogo, pero de quien se espera, sin embargo, que lo acoja, que lo oiga, y que se sitúe de tal manera que ello pueda hacerle avanzar en su existencia.

Clínica de lo cotidiano, también, porque es así como llamé a varios grupos de conversación regulares, que sostengo desde hace ya varios años con trabajadores sociales de diversa formación, en los que se trata, para cada uno de ellos, luego de dejarlo a la suerte echada al comienzo de la reunión, de hablar sin libreto, sin notas, sino solamente de memoria, de su encuentro con un paciente, ya sea porque en ese encuentro se han visto en dificultades o simplemente porque han quedado marcados por ello, al punto de querer volver a hablar al respecto.

Ocasión única para tener acceso a una clínica que jamás llegará hasta la consulta privada, a falta de dinero, sin duda, pero también más radicalmente a falta del apoyo de los recursos culturales indispensables para la instauración de una relación de tipo psicoterapéutico. Clínica sin embargo frecuente, de sujetos en situación precaria, cada vez más afectados por los discursos de la sociedad en boga actualmente, que quieren ignorar y hasta negar las circunstancias y los detalles que participan en lo que sucede en un encuentro. Estos últimos se contentan, en efecto, con querer hacer entrar a dichos sujetos en una perspectiva únicamente binaria, constituida por cifras y por letras capaces de evaluarlo todo, allí donde es evidente para quien no quiera saber nada, que ese binario jamás podrá dar cuenta de lo que sucede entre un trabajador social y un usuario, como se lo llama hoy en día, allí donde, sin embargo, es a este posible encuentro al que hay que apostarle.

Es también a esta otra clínica a la que me refiero, tanto más marcada por la precariedad —que no hay que limitarse a considerar económica—, pues concierne igualmente a la capacidad de estas personas para la elaboración psíquica misma. De hecho, tal vez sea ahí donde se sitúe la  preocupación más importante, porque si bien siempre se requiere garantizar un mínimo de necesidades fundamentales para asegurar la existencia, es igualmente evidente que si no se tienen las palabras justas para decir, se está uno quitando a sí mismo los medios para poder hacerle frente.

Sostengo entonces que es a partir de esas dos clínicas, la del consultorio del psiquiatra psicoanalista en una ciudad de provincia, pero también aquella con la que se encuentran los trabajadores sociales, que me veo llevado, y hasta nos vemos llevados, a retomar y de manera renovada las preguntas que nos intranquilizan desde Freud, Lacan y algunos otros.

Por supuesto tenemos que articular esto con las modificaciones profundas de la sociedad, a las que nosotros, en Europa, nos vemos arrastrados, desde hace medio siglo y, más exactamente, en los últimos treinta años. Porque son tales modificaciones a las que haré responsables de los cambios que podemos observar en nuestra clínica. Con matices, evidentemente, pero con la certeza de que allí hay algo de la articulación entre la psicología individual y la psicología colectiva sobre la que ya escribía Freud que “[l]a oposición entre psicología individual y psicología social o de las masas, que a primera vista quizá nos parezca muy sustancial, pierde buena parte de su nitidez si se la considera más a fondo”(1).

Plantear esto podría ser únicamente una constatación de desconcertante banalidad si no llegáramos a mostrar, de manera un tanto rigurosa, cómo las modificaciones de las sociedades afectan las subjetividades.

De esto intenté dar cuenta con el concepto de perversión ordinaria. Se trata de ese paciente que, dado el contexto de sociedad en el que nos hallamos hoy, igualitarista y neoliberal, es invitado espontáneamente a impugnar el trabajo psíquico que le permitiría sostener la relación con el agujero, con el vacío, con el silencio del Otro al que cada ser hablante no puede más que verse confrontado tarde o temprano. El discurso de lo social no solamente permite que lo evite cuidadosamente, sino que al mismo tiempo lo incita a ello; y aquel a quien llamé “perverso ordinario”, a partir de esta evitación en la que consiente a pesar suyo, se ve arrastrado hacia toda una serie de dificultades que podemos constatar en nuestra clínica.

No por ello es psicótico, no más de lo que es realmente perverso; sigue siendo neurótico, pero de una neurosis diferente a la del tiempo de Freud, y hasta del de Lacan. Ya en Un mundo sin límite(2) intenté dar cuenta de lo que constituye la organización de este tipo de pacientes, que son también los que los posfreudianos calificaron como borderlines o estados límite.(3) También puedo basarme en Lacan para convertir en una necesidad este trabajo de relectura de la clínica, a partir de su contexto social, porque en su célebre informe de Roma de 1953 escribía “[…] que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”.(4)

Hablar de esos pacientes de hoy en términos de “perversión ordinaria” recuerda ante todo que no se trata de verdadera perversión, sino más bien de neurosis de aspecto perverso.(5)Pero, como acabo de recordarlo, tampoco neurosis conviene, porque ya no se trata de la neurosis edípica tradicional, es decir de aquella que se dirige a la instancia paterna. ¿De qué se trata, entonces?

Hay en ello una subjetividad neoliberal y esto es lo que nos interroga tanto más,  puesto que corremos el peligro de ver a esos “perversos ordinarios” cada vez más a menudo. Y para situarlos de una vez, voy a aprovechar un texto de Lacan, más tardío, su Nota sobre el niño, que retoma dos cartas dirigidas a Jenny Aubry donde escribe:

 

[…] el síntoma del niño se encuentra en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar. El síntoma, tal es el hecho fundamental de la experiencia analítica, se define en ese contexto como representante de la verdad. El síntoma puede representar la verdad de la pareja en la familia. Es este el caso más complejo, pero también el más abierto a nuestras intervenciones. La articulación se reduce mucho cuando el síntoma que llega a predominar depende de la subjetividad de la madre. En este caso, el niño está involucrado directamente como correlativo de un fantasma. […] el niño realiza [término subrayado por su autor en la carta manuscrita] la presencia de lo que Jacques Lacan designa como el objeto a en el fantasma. (6)

Quiero únicamente hacerles notar que muchos colegas harán corresponder esta división entre elsíntoma que representa la verdad de la pareja familiar y el síntoma que representa la subjetividad de la madre, a la distinción entre neurosis y psicosis. En cambio, yo digo que en ese momento se yerra la especificidad de lo que ocurre hoy en día. Porque, precisamente, no se escucha de oficio en las psicosis que se tenga “un síntoma que depende [únicamente] de la subjetividad de la madre”.

En efecto, esto puede muy bien resultar de una situación en que la madre continúa remitiéndose al padre (por lo tanto no hay forclusión del Nombre del Padre), pero a un padre que ya no tiene legitimidad alguna para intervenir en lo concreto sobre el vínculo de la madre con el niño y del niño con la madre; a un padre reconocido como tal, pero sin que por ello conserve su carácter sexuado de hombre de la mujer. Pero ese tipo de vínculo no puede sino resultar favorecido en una sociedad que ha decidido, por razones enteramente legítimas, terminar con el padre del patriarcado, puesto que, en consecuencia, al no saber a menudo ya muy bien de dónde puede recibir esa legitimidad (diferente a aquella que le da la palabra de la madre), la intervención concreta del padre resulta precarizada y hasta reducida a nada.

Entendámonos bien: aquí no se trata de lamentarnos del ocaso del padre; más bien se trata de tomar acta de que, aun sin esta presencia concreta de un hombre de la madre, al niño le va a tocar, sin embargo, tener que hacer el trabajo psíquico para separarse de la madre, para “proceder a la desmaternalización”(7), escribía Lacan. A falta de lo cual, es como si uno dejara realizarse y hasta favoreciera la vía del incesto platónico, el cual yo definiría simplemente diciendo que es cuando la relación entre dos se construye con base en la exclusión del tercero, no obstante, reconocido, ¡cuando concretamente solo hay dos lugares para tres! Porque si no se pasa del dos al tres, lo que se evita es precisamente la relación con el agujero, el vacío, la inadecuación, lo imposible, y no habría que sorprenderse de que, en tal contexto, el niño, una vez adulto, termine prisionero de una manera de hacer que no le permitirá confrontarse sin correr el riesgo de perderse en ello, en ese agujero, en ese vacío, en ese silencio del Otro, que sabemos que son aspectos insoslayables de nuestra condición de ser-hablantes.

Lo que quiero evidenciar aquí es que, con la evolución de la sociedad, el niño que ayer resultaba enseguida, por vía de la intervención del padre, referido a la instancia fálica, corre el riesgo, en adelante, de quedarse a menudo siendo nada más que la cosa de la madre, su objeto que la colma, lo que Lacan llama “realizar la presencia del objeto a”. En este ejemplo, y aun cuando reconozca la existencia de un padre para su hijo, la madre dispone a través de su hijo-cosa de cómo evitar integrar lo que cae por el solo hecho de estar tomado en la cadena significante. En este ejemplo el niño viene a dar cuerpo al objeto que le falta a la madre y su presencia le permite impugnar el hecho de que lo que falta pueda ser sexualizado. En cierta forma, lo que la madre plantea es una interdicción de Edipo. Muy concretamente, en ese caso el niño ya no es únicamente “la” maravilla del mundo para su madre y para su padre; ahora es únicamente la cosa del Otro. Hemos pasado de un estatuto de joya fálica al de cosa —que puede llegar hasta el de desecho—, que permite evitar confrontarse con la pérdida.

Esta manera que tiene el niño de saturar el anhelo materno está muy bien descrita por ejemplo en el relato Nous deux de Nicole Malinconi:

 

El niño ocupa todo su tiempo [el de la madre], todo su interior. El olor del niño y su olor llenan la casa. La casa es pequeña; a lo largo del río. Es una mujer que por nada del mundo dejaría al hijo. Quiero decir por un momento, por una hora. Ella lleva al hijo consigo para hacer todo, para abrir la puerta cuando tocan, para lavarse. Lo carga en sus rodillas cuando hace sus necesidades. Lo que hizo fue a su hijo. Durante la noche verifica su respiración al mínimo ruido. Es un niño inseparable. La casa se ha vuelto un vientre […]. No puede dejar al hijo por miedo a que le ocurra algo; por miedo a una desgracia que pudiera ocurrir; por miedo al despertar del niño y que ella se haya ido; y a las lágrimas del niño, y al abandono de ella. Por miedo a que se falten. Es un amor marcado por eso, por el temor a que el niño muera; algo total, encerrado con el peligro de morir, con la idea de que no morirá mientras uno esté ahí, en el vientre. Para ella es un amor de consolación de la vida entera.(8)

Y la autora prosigue, más adelante, haciendo escuchar asimismo cómo ese tipo de vínculo objeta lo sexual:

 

Desde su hijo, ya no reconoce al hombre. Quiero decir que ya nada de él le es reconocible; como al comienzo, cuando habían juntado sus dos miserias y eso les servía de consuelo. Desde el hijo, ella ve la irremediable extrañeza del hombre. En las palabras de amor que le canta al niño, dice que este amor basta, que ya nada le interesa del hombre en el sexo extraño.(9)

Martine Lerude, en la rigurosa lectura que hizo de la carta de Lacan a Jenny Aubry, señaló una distinción crucial: representación (Vorstellung) del lado del síntoma de la pareja familiar y presentación (Darstellung) del lado del síntoma que resulta de la sola subjetividad de la madre. Distinción entre un síntoma versus significante y un síntoma versus real; o también entre goce mediatizado por la palabra, compatible con el deseo, y goce inmediato y saturante, por lo tanto también entre clínica del significante y clínica de lo pulsional.

En otras palabras, que prevalezca el permanecer en tal goce inmediato llegará a favorecer un régimen dominado por la exigencia pulsional y por la ausencia de referencia fálica que opera para el sujeto. Para este último, haber “realizado” con su presencia la del objeto a para la madre, le ahorrará el tener que “hacer el trabajo” para ser y seguir siendo el falo materno; le bastará con estar ahí y protegerá así a la madre —y por añadidura a sí mismo— de la pérdida. Refutar así la necesidad de una sustracción de goce, es una manera de objetar el trabajo de la metáfora, de objetar la simbolización; ya no se trata aquí de colmar una falta, sino de objetar toda pérdida posible.

Para hacer esto fácilmente perceptible, podemos evocar a esas madres que, hoy en día numerosas, frecuentan las consultas de todo tipo, presentándose como si necesitaran de su hijo, de hacer uso de este, de hecho, a riesgo de tratarlo como desecho cuando ya no les es “útil”. Y todo esto sin articulación alguna con el padre del hijo, sin aceptar otra referencia que la suya propia. Que esté presente o no, no cambia, de hecho, gran cosa, pues la madre está como colmada por tener al hijo gracias a él, al tiempo que no le reconoce, sin embargo, autoridad alguna. Es el modelo de lo que llamé la procreación paternalmente asistida.(10)

Nada nuevo, dirán algunos: ese tipo de relación ha existido siempre. Pero no sobra pensar que las condiciones sociales, las nuestras, favorecen este desprecio y lo trivializan, allí donde ayer era más bien una excepción. Se nos podría replicar que el niño pegado a la madre es algo que se ve todo el tiempo en ciertas regiones del mundo, en África particularmente, y por lo tanto es algo ya trivial desde siempre. Sí, pero hay que tener en cuenta una diferencia extremadamente nítida: en los países concernidos, por ejemplo en África, se prevé que a una edad, que puede ser en efecto tardía, la des-maternalización esté inscrita de entrada en el programa, a través de lo social, en una temporalidad. Además, la separación a menudo vendrá sancionada por ritos de iniciación y se podrán encontrar huellas en el cuerpo de lo irreversible de esa necesaria separación.

Entendámonos bien: las mujeres siempre han tenido efectivamente a su disposición algo que no tienen los hombres: esa posibilidad, al devenir madres, de un cuerpo a cuerpo con el niño, una relación que se sitúa en el más acá del lenguaje y que a veces pueden querer conservar. Es por eso que Lacan termina su carta a Jenny Aubry precisando: “[…] el niño, en la relación dual con la madre le da, inmediatamente accesible, lo que le falta al sujeto masculino: el objeto mismo de su existencia, apareciendo en lo real.(11)

Pero el contexto de sociedad actual, con la subversión del juego de fuerzas en presencia, no hace más que invitar a las mujeres a sacar provecho de ese recurso del que solamente ellas disponen. Induce un deslizamiento tanto más insidioso, que consiste en hacer de tal relación madre-hijo objeto el modelo de la realización de la satisfacción objetal, idéntica en ello a lo que produce el neoliberalismo que propone el objeto de reparación/consolación para toda falta. El solo hecho de hablar de derecho al niño, como a menudo se dice actualmente, asume que se trata ahí de un objeto entre aquellos que hoy en día pueden ser reivindicados y obtenidos.

Eso es justamente lo que puede entonces generalizar la renegación, el “lo sé bien [que tal objeto faltará siempre], pero aun así [continúo haciendo uso de este como tal]” de Octave Mannoni.

Pero prestemos oído a lo que plantea nuestro colega Bernard Penot, a saber, que la razón de la ausencia de la madre debe ser “la persona del padre y no únicamente los objetos parentales internos de ella”. En otras palabras, se requiere precisamente que la madre reconozca una causa sexual, que es la única capaz de significar, de manera irreductible, su dependencia radical de alguien distinto a ella, iniciando por ese hecho el régimen de dependencia específico en el que se encuentra todo humano. Porque es en este sentido que puede decirse que solamente, a fin de cuentas, el remitir a una causa sexual permite objetar el fantasma de partenogénesis.

De esta manera, si la madre es reconocida como ausente, por ejemplo, por razones de duelo, de trabajo, de enfermedad física, de melancolía, etc., el efecto no será el mismo que si su ausencia es, o ha sido, motivada sexualmente. Porque así no podrá inducirse la entrada obligada al proceso de los intercambios, de don y de contra-don que implicará la diferencia de los sexos, la disimetría que esa acarrea, y lo real de la no relación con la que se confronta.

Insistamos. No se trata, aquí, de promulgar que únicamente la realidad cuenta y de extraer conclusiones que desacreditarían las nuevas parentalidades, por ejemplo. Se trata de tomar nota de que la lectura que haga el niño, en términos de realidad sexual, es la más apta para transmitir lo que le es necesario para funcionar de la mejor manera. Debería agregarse que, paradójicamente, esto vale tanto para el caso de un bebé probeta como de un bebé que ha nacido de una pareja homoparental, porque será aun ese escenario sexual el que deberá hallar su lugar en el inconsciente del sujeto para dar su justo lugar a lo que la estructura exige. Aquí estamos, entonces, lejos de los anatemas o de los elogios progresistas de las nuevas formas de parentesco, pero intentemos, sencillamente, no desconocer las dificultades que estas podrían enfrentar.

Para decirlo en términos más clínicos, la denegación, la desmentida, en una evolución llamada normal, debe ceder poco a poco en el niño, para culminar en que este acepte su propio origen sexual; en otras palabras, que reconozca que su madre, de quien era y creía ser el objeto privilegiado, se remitió primero a otro diferente a él, y ello, a pesar de todo el amor con que lo rodeó. El descubrimiento del niño, acerca de que lo que está en juego en la madre, no le es dirigido primero a él, sino que, además, él mismo no es más que un producto de lo que ella dirigió antes a otro, es y seguirá siendo, más allá de la realidad concreta, ciertamente, la vía regia por la que se inscribe en su propio inconsciente la dimensión tanto de lo real como de la alteridad. Precisamos, además, que esta lectura no implica, tampoco, que la relación con el padre se continúe, porque lo que importa para el niño en ese trayecto de la significación es que ubique que su madre estaba destinada a otro, aun antes de su propia existencia.

En otras palabras, el final de la omnipotencia infantil y el consentimiento de lo real se inscribirán en lo inconsciente de un sujeto, en la medida de su reconocimiento de que la ausencia de la madre, y por lo tanto la sustracción de goce que ello acarrea para él, es causada, por la presencia sexual de un hombre, en este caso su padre.

Para el sujeto todo el asunto está entonces en consentir en que sea una causa sexual la que porte la responsabilidad de la ausencia materna; la experiencia clínica no deja duda a este respecto: ese consentimiento está lejos de hacerse de entrada; resulta, en cambio, de la elaboración que hace el niño de un saber inconsciente. Las teorías que se hacen para dar cuenta del nacimiento de los hijos solo son sus signos aparentes. Pero lo que conviene apreciar es que toda operación de remisión a ese tercero (como por ejemplo, para una madre remitirse al trabajo, o para una decisión remitirse a los procedimientos institucionales), no tomará su justo lugar en lo inconsciente, sino al referirlo, a fin de cuentas, a su verdad sexual.

Lo importante aquí es evaluar que, a falta de haber estado allí anclado, todo llamado al tercero acarreará siempre consigo una esperanza de reciprocidad, de simetría, de concordancia posible que, tarde o temprano, revelará su dimensión de imposible, arriesgando en ese momento suscitar la repetición de la impugnación de otrora. Pero mientras esperamos esa revelación, es como impotencia que se inscribirá para el sujeto, y así, el choque con lo imposible se mantendrá a distancia, y esto culminará en su estancamiento, y hasta en su puro y simple borramiento.

Es por eso que arrastrados por una profunda transformación del vivir juntos (paso de la pirámide a  Padre, desfondamiento del patriarcado, deslegitimación de la autoridad, esperanza de igualdad sin límite, todo ello conjugado con un desarrollo irrefrenable del software liberal…), la sociedad neoliberal invita implícitamente a permanecer de a dos, allí donde se trata siempre de darle su lugar al tres. Al hacerlo, produce sujetos que han podido inmunizarse contra el tres, y hasta han podido organizarse en torno a la denegación del tres: ya sé bien que hay que pasar al tres… pero aun así ¡dos no está mal! Tienen, entonces, con el perverso stricto sensu proximidades muy importantes de funcionamiento, aun cuando tengan objetivos diferentes: el perverso ordinario se sirve de la denegación para evitar su responsabilidad de sujeto, mientras el segundo hace de este su cimiento.

Resulta plausible que la prelación concedida hoy en día al régimen de la sola relación con la madre incita al modelo perverso. Pero la subjetividad del verdadero perverso se encuentra organizada a partir de la denegación asumida como tal; en el caso de los sujetos actuales, en cambio, la denegación les permite ante todo permanecer en el dos y no tener que confrontarse con el vacío, con el agujero… Del lado de la perversión hay entonces una estructura, del lado del perverso ordinario una evitación, y hasta un rechazo a consentir integrar el lugar del tres, y por lo tanto también el vacío, el agujero, el silencio del Otro. He ahí por qué hablé también a este respecto de madreversión o de economía de tierra adentro, de la tierra de la relación con la sola madre.

Tenemos que retener de la perversión el hecho de que constituye no solamente la estructura que se instala en una denegación del régimen de la relación con el padre, sino también lo que resulta de la prelación, a la cual se invita hoy espontáneamente a los sujetos, del régimen de la relación con la madre. Lo que tal distinción permite pensar es hasta qué punto, en ese segundo caso, no se trata tanto de una perversión que se ha construido como un desafío al régimen paterno, sino de una seudoperversión, de una perversión artefactual, no estrictamente perversa, que resulta de la posibilidad de evitar la confrontación con el régimen paterno.

Esta lectura de “la perversión ordinaria” autoriza volver a pensar la normalidad, integrando allí la perversión. Freud puso a punto, para nosotros, la operación que hace normal la neurosis. ¿No nos toca ahora a nosotros, obligados por los cambios del lazo social al que asistimos, hacer lo mismo con la perversión?

Efectivamente, todos nosotros hemos sido perversos porque, en razón de nuestra infancia (¡a la cual, que se sepa, nadie ha podido escapar aún!), hemos compartido el anhelo de atenernos al goce de la omnipotencia infantil. Ahora bien, precisamente, así como lo formula tan sencillamente Serge Lesourd:

 

[…] la perversión en un modo particular de relación con el goce, compartido por el conjunto de la humanidad, que viene a oponer un rechazo al límite que se hace al goce. Es la manera como un sujeto, en un campo preciso de su relación con el semejante, rehúsa, niega, desmiente la imposibilidad del goce pleno y total.(12).

Y agregamos, si acaso fuera necesario, que es justamente eso a lo que la sociedad de hoy invita reiteradamente.

El perverso ordinario es, entonces, aquel que ha participado de esta equivocación, y para quien esto se ha inscrito en su inconsciente, porque como lo formulaba claramente Freud:

 

[…] de las formaciones anímicas infantiles nada sucumbe en el adulto a pesar de todo el desarrollo posterior. Todos los deseos, mociones pulsionales, modos de reaccionar y actitudes del niño son pesquisables todavía presentes en el hombre maduro, y bajo constelaciones apropiadas pueden salir a la luz nuevamente. No están destruidos, sino situados bajo unas capas que se les han superpuesto […](13).

He ahí por qué sostengo que asistimos a la emergencia de necesidades psíquicas específicas de la mutación del lazo social al que nos vemos arrastrados. Los sujetos de hoy están invitados a seguir siendo unos no ingenuos(14). Para hacerlo, el discurso de la sociedad les da un apoyo considerable pregonando su congruencia con el modelo neoliberal. Se deriva de esto que algunos, espantados por la inadecuación que introduce ineluctablemente el goce lenguajero por vía del régimen de la relación con el padre, que siempre, a fin de cuentas, debe confrontarse con la imposible satisfacción, con el malestar de la inadecuación del mundo de las palabras y el de las cosas, con la incomunicabilidad, ya sea en la pareja o en lo social, que termina siempre por enfrentarse con un “esto no funciona” irreductible…, algunos, de todo esto, ya no quieren más.Es más: quisieran poder abstenerse de este querer, de este imperativo fálico, lo cual quiere decir impugnar la modalidad de goce prescrita por el lenguaje, para poder promulgar Otro, no sometido esta vez a todos esos avatares. Ignoran que al hacerlo, lo que privilegian es el goce inmediato del objeto, es el modo de gozar en que el lazo con el objeto ya no está mediatizado por el significante y donde es este objeto el que se vuelve organizador del goce. A falta de haber hecho el trabajo de separación que permite el lenguaje, es entonces, para fortuna de la economía mercantil, la adicción la que, esta vez para todos, hace parte de la agenda.

 

 

 

 

 

REFERENCIAS

* Este texto fue publicado por la Revista Desde el Jardín de Freud [n.° 15, Diciembre-Enero 2015, Bogotá] issn: (impreso) 1657-3986 (en línea) 2256-5477, pp. 37-47. Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura, Revista de Psicoanálisis. Errancia agradece Jean Pierre Lebrun su escritura y a Desde el Jardín de Freud su publicación.
** Doctor en Medicina, licenciado en psiquiatría y psicoanálisis, Lebrun es también miembro de la Asociación Freudiana de Bélgica y uno de los fundadores de la Asociación Lacaniana Internacional.
*** Profesor de la Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura, Universidad Nacional de Colombia.
1

Sigmund Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo” (1920-1921), en Obras completas, vol. XVIII (Buenos Aires: Amorrortu, 1986), 67.

2 Jean-Pierre Lebrun, Un mundo sin límite. Ensayo para una clínica psicoanalítica de lo social (Barcelona: Ediciones del Serbal, 2003).
3 Jean-Pierre Lebrun, “Lacan et les étatslimites”, Connexions 97 (2012): 77-92.
4 Jacques Lacan, “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” (1953), en Escritos I (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2003), 309.
5 Guy Lérès, “Démensonges”, Essaim 12, 1 (2004): 170, doi: 10.3917/ess.012.0155.
6 Cf. Jacques Lacan, “Nota sobre el niño” (1969), en Otros escritos (Buenos Aires: Paidós, 2012), 393-394.
7 Jacques Lacan, El seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964) (Buenos Aires: Paidós, 1981), 288.
8 Nicole Malinconi, Nous deux (Bruselas: Labor, 2002), 66.
9

Ibíd.

10 Cf. Jean-Pierre Lebrun, Les couleurs de linceste (Paris: Denoël, 2013).
11 Lacan, “Nota sobre el niño” (1969), en Otros escritos, 394.
12 Serge Lesourd, Comment taire le sujet? Des discours aux parlottes libérales (Toulouse: Érès, 2006), 53.
13 Sigmund Freud, “El interés por el psicoanálisis” (1913), en Obras completas, vol. XIII (Buenos Aires: Amorrortu, 1975), 186.
14 Es el título de uno de los seminarios de Lacan, el 21, del año 1973-74: Les non-dupes errent, inédito.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Freud, Sigmund. “El interés por el psicoanálisis” (1913). En Obras completas. Vol. XIII. Buenos Aires: Amorrortu, 1975.

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Lacan, Jacques. “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” (1953). En Escritos I. Buenos  Aires: Siglo XXI Editores, 2003.

Lacan, Jacques. El seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964). Buenos aires: Paidós, 1981.

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Lacan, Jacques. Les non-dupes errent (1973-74), inédito.

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Lebrun, Jean-Pierre. “Lacan et les états-limites”. Connexions 97, 2012.

Lebrun, Jean-Pierre. Les couleurs de linceste. Paris: Denoël, 2013.

Lérès, Guy. “Démensonges”. Essaim 12, 1 (2004): 170. Doi: 10.3917/ess.012.0155.

Lesourd, Serge. Comment taire le sujet? Desdiscours aux parlottes libérales. Toulouse:Erès, 2006.

Malinconi, Nicole. Nous deux. Bruselas: Labor, 2002.

 

 

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