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MEDIAMUTACIÓN CULTURA
DE LOS MEDIOS Y CRISIS
DE LOS VALORES HUMANISTAS
*

FRANCO BERARDI (BIFO)

 

Traducción del italiano: Manuel Aguilar Hendrickson

 

Resumen: En este texto Bifo trabaja sobre los efectos que las nuevas tecnologías mediáticas producen en la subjetividad contemporánea desde lo político hasta lo afectivo y propone un enfoque que permite observar la vida de las generaciones jóvenes cuyo relación con el mundo adopta las formas digitales-conectivas; al mismo tiempo sostiene una propuesta de implicación que permita recuperar el lugar del sujeto en el mundo a través de la imaginación y la creatividad más allá de las alternativas tradicionales de lucha y resistencia formuladas en el siglo XX.

Palabras clave: neomitico, infosfera, tecnolingüísticos, tecnodigital, videoelectrónica, semiomercancias, postalfabético, poshumanismo.

Desde los primeros desarrollos de la radiodifusión y el cine, el pensamiento crítico ha tenido una postura ambivalente frente a los medios eléctricos. En los años de entreguerras, Benjamin y Adorno dibujan las dos sensibilidades diferentes de la intelectualidad crítica ante la difusión de los medios de comunicación de masas. Benjamin intuye que la reproducción técnica de los mensajes crea condiciones completamente nuevas de percepción estética y de comunicación, mientras que Adorno ve en la comunicación de masas un declive del aura artística y cultural. En los años que siguieron a 1968, Enzensberger y Baudrillard replantearon el problema. Enzensberger vio en los medios de comunicación eléctricos la posibilidad de ampliar los contenidos tradicionales del pensamiento progresista, mientras que Baudrillard, en un ensayo de 1973 titulado “Réquiem por los media”,(1) reconoce la ruptura radical que los nuevos medios producen en el terreno de las estrategias comunicativas y la crisis de los contenidos tradicionales de la tradición humanista y progresista.

Lo cierto es que las tecnologías de la comunicación han trastocado el con texto antropológico del pensamiento crítico y han suspendido los paradigmas fundamentales del humanismo moderno. Fue Marshall McLuhan quien ya en los años sesenta deshizo la ilusión crítico-humanista de poder someter a las tecnologías de la comunicación al gobierno racional y progresista de la democracia, del derecho y de la lógica. También Gilberto Simondon describió la formación de un ser técnico relativamente independiente que aparece al lado del ser vivo. Ese ser técnico está adquiriendo una especie de autonomía operativa frente a la consciencia humana: el sistema inorgánico de las redes técnicas se infiltra en la esfera orgánica del organismo biológico y social y se hace con sus riendas. McLuhan, por su parte, sostuvo que cuando a la tecnología alfabética le sucede la electrónica y, en consecuencia, a lo secuencial le sucede lo simultáneo, las formas de comunicación discursiva dejan paso a formas de comunicación configuracional y el pensamiento mítico tiende a prevalecer sobre el pensamiento lógico-crítico.

Esto explica que durante los últimos decenios del siglo XX la cultura política de la izquierda se ha mostrado incapaz de hablar el lenguaje de los medios y ha quedado así al margen de la gran transformación que ha llevado a los medios eléctricos al centro de la comunicación social. La izquierda política se formó en los valores del pensamiento crítico y ha mantenido en el centro de su panorama intelectual el valor dialógico de la democracia. Pero los valores del diálogo y la democracia están perdiendo consistencia porque la mente colectiva ya no funciona de acuerdo con las reglas de la selección crítica, que predominaron mientras el ambiente mediático estuvo dominado por la tecnología alfabética. La mente colectiva funciona ahora de acuerdo con normas de acumulación configuracional. El diálogo ya no es eficaz y la democracia se convierte en un mito y se ejerce como rito, pero ya no es el lugar de la libre elaboración del discurso común. El discurso común es producido por los medios, que delimitan el campo de lo visible y lo invisible y establecen los formatos de la organización narrativa de la sociedad.

El pensamiento crítico y la izquierda política siguen estructurando su comunicación por medio de actos dialécticos, discursivos, que aspiran a obtener un consenso racional y crítico. Pero la escena imaginaria está dominada por configuraciones mitológicas. Las mitologías de pertenencia ocupan el campo de la comunicación social y de la identidad colectiva. La derecha, indiferente a los valores de la crítica y de la democracia, ha sabido ir al encuentro de la mitologización del campo social y del paso de la esfera discursiva a la esfera imaginaria. Por eso ha sabido captar las ventajas de la mediatización de la comunicación social.

El pensamiento crítico de raíz humanista e inspiración progresista se halla ante una alternativa dolorosa: o bien verse definitivamente marginado de la cultura de masas por las formas emergentes de imaginario neomítico, o bien adoptar modos de funcionamiento que contradicen los valores humanistas. El pensamiento crítico se ve así obligado a elegir entre una posición implícitamente conservadora y en declive y una posición de subordinación a los  modelos culturales que se afirman en la infosfera hiperveloz formada por los medios. Y, en efecto, como nos muestra la experiencia de los últimos veinte años, el pensamiento crítico políticamente progresista se ha visto en una situación que conduce a la derrota, frente a la exuberancia agresiva de la cultura neomítica de la derecha y al desencadenamiento de formas culturales identitarias que se remiten a valores de pertenencia agresiva más que a los valores dialógicos universalistas.

El pensamiento humanista denuncia los peligros a los que la mutación mediática expone a la democracia y a la libertad de pensamiento, pero corre el riesgo de quedar en una situación política y cultural irrelevante frente a la potencia de las agencias de comunicación global. Las grandes empresas capaces de influir directamente sobre las formas de vida, de lenguaje y de imaginación suprimen las premisas del pensamiento crítico y las capacidades cognitivas mismas que hacían posible el ejercicio del pensamiento libre, de la elección libre y, por tanto, de la vida democrática tal como la ha conocido la modernidad.

El amplio movimiento de resistencia creativa y de información independiente que ha tomado el nombre de activismo mediático es un intento de superar este callejón sin salida filosófico, cultural y político en el que ha acabado la izquierda. Trata de redefinir la relación entre vida cotidiana e infosfera, por medio de la creación de redes de comunicación independiente, pero también por medio de la creación de escenarios mitológicos alternativos. La tarea estratégica del activismo mediático es mantener activas, durante la mutación posthumana, las capacidades cognitivas, creativas éticas y estéticas cuya supervivencia está amenazada por las formas que dicha mutación impone al organismo biosocial. No se trata de mantener con vida al ser humano pretecnológico, sino de traspasar a Anthropos 2.0 la empatía, la solidaridad, la colaboración no competitiva, la creatividad y, sobre todo, la sensualidad. La tarea estratégica del activismo mediático es salvar la capacidad sensible planetaria de la glaciación de los automatismos tecnolingüísticos y de la congestión de los automatismos psicótico-identitarios.

 

La catástrofe temporal de Virilio

¿Podremos tener alguna vez una democracia del tiempo real, de la inmediatez y de la ubicuidad? No lo creo, y quienes se empeñan en decir que es posible no me parecen demasiado serios.(2)

La transformación producida por las tecnologías de la aceleración absoluta (es decir, del tiempo real) conlleva una crisis de los fundamentos antropológicos en los que se formó y ha podido florecer (siempre con cierta fragilidad) la democracia. La virtualización del intercambio entre hablantes, la escisión entre comunicación y corporeidad, la desterritorialización de las fuentes de información son procesos que disgregan las comunidades urbanas en las formas que hemos conocido desde el Renacimiento. No sólo está en cuestión la democracia, sino la noción misma de universalidad humana.

En la virtualización, la presencia del cuerpo del otro se vuelve superflua, cuando no incómoda y molesta. No queda tiempo para ocuparse de la presencia del otro. Desde el punto de vista económico, el otro debe aparecer como información, como virtualidad y, por tanto, debe ser elaborado con rapidez y evacuado en su materialidad.

Acabamos por amar lo lejano y por odiar lo cercano porque éste último está presente, porque huele, porque hace ruido, porque molesta, a diferencia de lo lejano que se puede hacer desaparecer con el zapping... Estar más cerca de quien está lejos que de quien está a nuestro lado es un fenómeno de disolución política de la especie humana. La pérdida del propio cuerpo comporta la pérdida del cuerpo de los demás, en beneficio de una especie de espectralidad de lo lejano.(3)

La difusión de las tecnologías electrónicas ha ocasionado, para Virilio, una catástrofe de la democracia y de la propia condición urbana. Una catástrofe que alcanza y suprime la percepción misma de la temporalidad.

El tiempo real corre el riesgo de hacernos perder el pasado y el futuro en favor de una “presentificación” que supone una amputación del volumen del tiempo. El tiempo es volumen. No es sólo un espacio tiempo en el sentido de la relatividad. Es volumen y profundidad del sentido y el advenimiento de un tiempo mundial único que liquide la multiplicidad de tiempos locales es una pérdida considerable de la geografía y de la historia.(4)

La catástrofe temporal se produce sobre todo en el plano cognitivo. Es consecuencia de un colapso en la relación entre la velocidad de la infosfera y los tiempos de elaboración racional y emotiva.El problema de la velocidad es central en el pensamiento de Virilio desde que, en 1977 en Vitesse et politique,(5) mostrase cómo la velocidad de los transportes ha transformado los eventos bélicos y políticos de la modernidad. Pero en la época moderna los transportes mecánicos tenían un efecto de aceleración relativa y aumentaban la potencia de un sujeto (por ejemplo, el ejército alemán) frente a otro sujeto (por ejemplo, el ejército francés) sin destruir el terreno mismo de la confrontación. El elemento decisivo no es ya hoy la aceleración mecánica del transporte, sino la velocidad absoluta en el campo de la información. Con el régimen de la velocidad absoluta, que se materializa en las tecnologías electrónicas de la información y la transmisión en tiempo real, algo decisivo se rompe en la trama misma de la realidad, en la posibilidad de producción del acontecimiento y, sobre todo, en la relación entre consciencia y proceso real. Como consecuencia de su ingobernable velocidad, los automatismos técnicos se vuelven independientes de la voluntad y de la acción humana. La complejidad de los sistemas técnicos en red es consecuencia de la velocidad. Cuando hablamos de complejidad hablamos de la relación entre la velocidad del despliegue de los fenómenos y de las informaciones y la velocidad de la elaboración cognitiva.

La aceleración hace que las formas de conciencia humana en su relación con el tiempo de lainfosfera se colapsen. La aceleración absoluta de la infosfera recorta drásticamente los tiempos que serían necesarios para la elaboración racional de una información, para traducir las reacciones inmediatas por medio de la verbalización y, sobre todo, para una elaboración emocional de los estímulos que proceden del entorno, de los cuerpos-signo que nos rodean. Esta es la lección que sacamos del análisis de Virilio.

Virilio prefiere a la noción kantiana de tiempo una perspectiva fenomenológica, pulsional, cuyas referencias se encuentran en Bergson y Husserl. El tiempo no es una condición epistémica trascendental, sino un modo de lo sensible, una duración de la consciencia.

A la frase de Descartes que sostiene que la mente es una cosa que piensa, Bergson responde que la mente es una cosa que dura... Es nuestra duración la que piensa, la primera producción de la consciencia es su propia velocidad en su distancia temporal. La velocidad sería entonces idea causal, idea que precede a la idea.(6)

Si pensamos la relación entre tiempo e infosfera desde una perspectiva fenomenológica, intencional y duracional, podemos preguntarnos qué le pasa al tiempo. Esta pregunta significa: ¿qué le sucede a nuestro organismo perceptivo y consciente? El organismo consciente está en el tiempo, pero el tiempo también está en el organismo consciente.

La aceleración infinita del tiempo real recorta los tiempos de la actividad mental hasta la dislexia, hasta el pánico. El organismo consciente reacciona ante esta situación aferrándose a automatismos psíquicos tecnológicos y sociales que sustituyen a la elección consciente. No hay ya posibilidad de elegir porque todo se desarrolla deprisa, porque la atención en el tiempo está saturada.

La aceleración produce un salto antropológico, psíquico y lingüístico. ¿En qué condiciones se produce ese salto? Las tecnologías de la mente no son propiedad común de todos los seres humanos, sino propiedad privada de unos pocos grupos económicos mundiales extremadamente poderosos. Estos grupos se han vuelto capaces de canalizar la atención, el comportamiento, las expectativas, las elecciones de consumo y las elecciones políticas.

Poder y mutación son dos procesos que se entrelazan, porque la mutación cognitiva construye un sistema específico de sujeción de la mente colectiva. Sobre ese modo de sujeción se construye el poder en nuestro tiempo. La principal cuestión que plantea el activismo mediático es esta: ¿es posible desligar la mutación producida por la tecnología de los dispositivos económicos, políticos y militares que se construyen como formas de poder?

 

Activismo mediático y mutación

La mutación cognitiva producida por la aceleración de la infosfera y el dominio económico y político de las grandes empresas mediáticas globales son dos cosas distintas, aunque se entremezclan en la realidad del imaginario social.

El activismo mediático tiene que saber abarcar ambos planos y actuar de modo diferente en cada uno de ellos. Debe rechazar y sabotear el dominio de las grandes empresas sobre los medios, y utilizar todos los instrumentos posibles para subvertirlo. Pero no cabe pensar resistirse a la mutación antropológica que han puesto en marcha las tecnologías de la comunicación. Hay que desligar dominio y mutación. El dominio debe ser erosionado, confrontado y eludido. La mutación debe ser atravesada, recibida y elaborada.

El propio término activismo mediático es contradictorio. Los medios son instrumentos que colocan a quienes los usan en una situación de pasividad. ¿Cómo puede ser activo quien usa los instrumentos de la mediación y la pasividad? En esta contradicción halla el activismo mediático su problema teórico y su energía práctica. Por ejemplo, durante los años noventa se desarrolló un proceso de amplia participación que permitió la creación de Internet. Se expresaron grandes energías creativas en los planos tecnológico, estético y filosófico. En ese proceso hemos visto emerger las potencialidades innovadoras del paradigma de concatenación social paritaria que encarna la red. Pero al mismo tiempo, Internet es el dispositivo fundamental de la mutación, el factor principal de mediatización del lenguaje y de la vida humana. El activismo mediático vive en esta ambigüedad: es parte de la mutación posthumana pero trata de desviarla, de impedir que con ella se pierda lo que hace digna y placentera la vida humana y lo que hace creativo el lenguaje.

En los últimos quince años han coexistido dos discursos sobre la innovación tecnodigital y sobre sus efectos sociales. El primero es el de los apologistas de la evolución tecnodigital. En nombre de una especie de panlogismo digital, Pierre Levy ha construido una teoría de la inteligencia colectiva de potencia ilimitada y capaz de autogobernarse. Desde un punto devista místico–holista, Kevin Kelly ha desarrollado una teoría de la mente global interconectada que progresivamente incorpora elementos orgánicos e inorgánicos, y con ello crea una potencia de cálculo y de interpretación superiores a la de la mente individual.

El segundo discurso es el de la resistencia antidigital, fundada en valores humanistas o sociales, en el que se sitúan autores como Pierre Bourdieu o Paul Virilio.

Los apologistas sólo ven una parte del panorama. No ven el sufrimiento físico, la miseria económica y la violencia militar que acompañan la difusión de las tecnologías digitales. Pero la resistencia de la que habla Virilio es una mera declaración ética, porque se limita a oponer los valores del pasado a la evolución en curso.

“La salvación nos vendrá de la escritura y del lenguaje. Si refundamos la lengua podremos resistir. Si no, corremos el riesgo de perder la lengua y la escritura” escribe Virilio.(7) Pero se trata de una mera petición de principios, pues ante lo que nos encontramos es, precisamente, la disolución del universo alfabético.

“La cultura occidental ha considerado la palabra hablada como la forma más elevada de actividad intelectual y ha reducido las representaciones visuales a ilustraciones de segundo nivel de las ideas” escribe Nicholas Mirzoeff en su libro Visual Culture.(8) Sin embargo, el imaginario global se expresa por medio de la cultura visual. La globalización cultural ha podido realizarse mucho más fácilmente por medio de los medios visuales que de la palabra hablada o escrita. Las imágenes funcionan como activadoras de cadenas cognitivas, de comportamiento y mitopoiéticas que se pueden desarrollar más allá de los límites del lenguaje verbal y de las interpretaciones culturales, nacionales y religiosas.

El lenguaje visual es, por tanto, la lingua franca de la primera generación videoelectrónica, una generación que ha aprendido más de la máquina televisiva que de su padre y de su madre. Una parte decisiva de su configuración emotiva y cognitiva deriva más de su exposición a la semiosis de la máquina, de la televisión o de la telemática que de la relación con sus padres o con otros seres humanos. El activismo mediático tiene que hablar a esta generación. Por ello, su tarea no es oponerse a la mutación en curso ni gobernarla. Su tarea es mantener activas en el curso de la mutación las competencias cognitivas, éticas y estéticas cuya continuidad está amenazada.

 

La primera generación videoelectrónica

La globalización del imaginario se aceleró vertiginosamente entre finales de los años setenta y principios de los ochenta gracias a la difusión universal de la televisión y a superproducciones hollywoodianas high–tech como La guerra de las galaxias o Rambo en el cine y Michael Jackson o Madonna en el terreno musical. La globalización afectó al imaginario planetario y alcanzó a la mayoría de los jóvenes de todos los continentes, como lo cuenta Pico Iyer, escritor nacido en Gran Bretaña de padres indios y que ha vivido mucho tiempo en California, en su libro Video Night in Kathmandu.(9) En ese libro relata un viaje por las metrópolis del Lejano Oriente, de Katmandú a Beijing y de Manila a Tokio a mediados de los años ochenta. El libro describe con divertida sorpresa el efecto que los productos culturales de masas procedentes de Occidente estaban produciendo sobre las nuevas generaciones de chinos, indios, japoneses o nepalíes.

La recombinación barroca posmoderna estaba produciéndose en esos años gracias a la difusión mediática de los productos culturales occidentales concebidos para producir deslocalización cultural, desarraigo y fusión de estilos. En esos mismos años da comienzo la extensión de los ordenadores personales. La generación nacida en esos años puede considerarse la primera generación videoelectrónica.

En 1984, la psicóloga Patricia Marks Greenfield(10) observó que la imaginación creativa tiende a disminuir cuando la televisión ocupa el lugar principal en el universo mediático. Para demostrarlo citaba un experimento realizado en Canadá en los años setenta en una ciudad en la que los investigadores pudieron seguir el comportamiento de un cierto número de niños antes y después de la difusión de los televisores en su comunidad.

La capacidad de pensar creativamente se atrofia, pero se adquieren nuevas competencias de lectura y de orientación en un universo semiótico predominantemente imaginario, de manipulación semiótica compleja y de elaboración de señales de velocidad creciente.

La atención social es movilizada de forma constante desde el punto de vista tanto de la producción como del consumo. El proceso de trabajo es movilización constante de la atención, y las semiomercancías que constituyen el objeto principal del consumo contemporáneo demandan tiempo mental, atención y movilización ininterrumpida de las facultades cognitivas.

“Los seres humanos de la próxima generación recibirán sus impresiones cognitivas primarias de una máquina. Es la primera vez que esto sucede en la historia humana. Es indudable que tendrá consecuencias.” Así lo expresaba Rose Goldsen, antropóloga y comunicóloga en 1977 en su libro The Show and Tell Machine.(11) Cuando Goldsen escribía el libro, estaba empezando a formarse una nueva generación delante de las pantallas de televisión. Hoy esa primera generación videoelectrónica llega a la edad adulta. Más que un simple cambio social, debemos ver una auténtica mutación cognitiva, una mutación en el bagaje psíquico, cognitivo y lingüístico de la humanidad. El número de palabras que usa un ser humano de la primerageneración videoelectrónica (un chico de formación mediana) está cerca de 650, frente a las dos mil que usaba un coetáneo suyo veinte años atrás. Pero la primera generación videoelectrónica ha adquirido competencias de elaboración sin precedentes en la mente humana y ha adquirido la capacidad de moverse en a gran velocidad en un tupido universo de signos visuales. La competencia en la lectura de las imágenes se ha desarrollado de modo vertiginoso y esa competencia ocupa un lugar decisivo entre las capacidades de elaboración semiconsciente de un individuo contemporáneo.

No se trata de juzgar las competencias cognitivas de la nueva generación, sino de interpretarlas. Cualquiera que pretenda comunicarse con la nueva generación videolectrónica debe tener en cuenta cómo funciona el cerebro colectivo postalfabético, teniendo en cuenta la advertencia de McLuhan: en la formación cultural el pensamiento mítico tiende a predominar sobre el pensamiento lógico-crítico.

Pero hay aspectos que McLuhan dejó de lado. La dimensión de la afectividad y de la emoción parece escaparse del discurso de los teóricos de los medios. Sabemos lo que está sucediendo en la esfera afectiva y psíquica de la generación videoelectrónica. Sin citar los casos extremos de violencia homicida que en los últimos años han sacudido a la opinión pública y al sistema educativo no sólo en los Estados Unidos. Baste pensar que en ese país cerca de cinco millones de niños y niñas toman todos los días un fármaco llamado Ritalin para curar los llamados trastornos de la atención. Cualquiera que por dedicarse a la enseñanza trate con niños sabe que en esta generación los tiempos de concentración sobre un objeto mental tienden a reducirse progresivamente. La mente trata enseguida de desplazarse, de hallar otro objeto. La transferencia rápida procede por asociación y sustituye a la discriminación crítica.

En la primera página del Guardian del 13 de septiembre de 2004 aparecen los resultados de una investigación del instituto de psiquiatría del King’s College de Londres y la universidad de Manchester. Bajo el alarmante título de Today’s youth: anxious, depressed, antisocial,(12) el artículo nos explica que la presencia de problemas emocionales como la ansiedad y la depresión ha crecido un 70 por ciento entre los adolescentes. Según los autores no habría un aumento de la agresividad, ni siquiera un incremento de la hiperactividad. Lo que parece claramente en aumento es la depresión, el sentimiento de inseguridad, el miedo al futuro y la tendencia al suicidio. Pero, ¿cuáles son las causas de esta epidemia psicopática en la primera generación video electrónica? Desde luego tiene un papel decisivo la escasez del tiempo que los padres pueden dedicar a sus hijos, puesto que el tiempo afectivo y mental está cada vez más absorbido por el trabajo, por la supervivencia económica y la competencia.

Pero también hay que pensar en los modos de uso del tiempo mental por los niños y adolescentes para entender qué le ha sucedido en el terreno psíquico a la primera generación videoelectrónica. Hay una relación directa entre la velocidad de exposición de la mente al mensaje videoelectrónico y la creciente volatilidad de la atención. Nunca en la historia de la evolución humana ha estado la mente de un niño tan sometida a un bombardeo de impulsos informativos tan intenso, tan veloz y tan invasivo. ¿Cómo puede pensarse que eso carezca de consecuencias?

El aspecto más misterioso e inquietante es la mutación que afecta a la esfera de la emoción. La transmisión del lenguaje siempre ha tenido relación con la carnalidad. El acceso al lenguaje ha sido siempre acceso a la esfera de la sociabilidad. Lenguaje y sociabilidad siempre han estado mediadas por la afectividad, por la seguridad y el placer que proviene del cuerpo de la madre. Pero el cuerpo de la madre ha sido sustraído, separado y alejado del cuerpo del niño de las últimas generaciones. En las condiciones creadas por el capitalismo liberal y por la privatización de los servicios sociales, las mujeres se han visto forzadas a asumir situaciones de doble trabajo, de estrés psicofísico, de ansiedad y de empobrecimiento afectivo. La presencia de la madre ha sido sustituida por la presencia de máquinas que se han entrometido en el proceso de transmisión del lenguaje. La primera generación videoelectrónica ¿debe ser considerada mutante? Es la generación que en la historia de la evolución humana menos ha gozado de las caricias de la madre, del contacto corporal y afectivo que singulariza el lenguaje.

La emoción y la palabra tienden a escindirse es esa situación. El deseo crece en una esfera cada vez más separada de la verbalización y de la elaboración consciente y comunicable.

Las emociones sin palabra alimentan la psicopatía y la violencia. No se comunica, no se dice, no se pone bajo una mirada compartida. Se agrede, se estalla.

Las palabras sin emoción alimentan una sociabilidad cada vez más pobre, reducida a la lógica del dar y el tener. La tarea del activismo mediático es al mismo tiempo política y terapéutica. En el horizonte de la generación videoelectrónica aparece una necesidad de terapia. ¿Cómo construir posibilidades de intercambio que reactiven la ternura, el reconocimiento y la circulación afectiva y discursiva? ¿Cómo construir espacios de trabajo creativo en los pliegues de la vida precarizada?

 

 

REFERENCIAS

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Este artículo es parte del libro Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, Ed. Tinta Limón, 2007.

1 Jean Baudrillard, “Réquiem por los media”, en Crítica de la economía política del signo, México, Siglo XX 1974.
2

Paul Virilio y Philippe Petit, La politique du pire, Paris, Textuel, 1996, p. 19 (Traducción castellana en El cibermundo, la política de lo peor, Madrid, Cátedra 1997).

3 Paul Virilio y Philippe Petit, op. cit., pp. 42-46.
4 Paul Virilio y Philippe Petit, op. cit., p. 79.
5 Paul Virilio, Vitesse et politique, París, Galilée, 1977.
6 Paul Virilio, Esthétique de la disaparition, Paris, Galilée 1989, p. 28 (Traducción castellana en Paul Virilio, Estética de la desaparición, Anagrama, Madrid, 1988).
7

Paul Virilio y Philippe Petit, La politique du pire, op. cit., p. 85.

8 Mirzoeff, Nicholas, Una introducción a la cultura visual, Barcelona-Buenos Aires, Paidós 2003.
9 Iyer, Pico, Video Night in Kathmandu and other Reports from the Not-So Far-East, Nueva York, Alfred Knopf, 1988.
10 Greenfield, Patricia Marks, Mind and Media. The Effects of Television, Video Games and Computers, Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 1984.
11

Goldsen, Rose K., The Show and Tell Machine, Nueva York, Delta, 1975.

12 Madeleine Bunting, “Today’s youth: anxious, depressed, antisocial” enThe Guardian,13 de septiembre de 2004, http://society.guardian.co.uk/mentalhealth/story/0,8150,1303345,00.html

 

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