home.jpg

 

P9

DEL CRISTIANISMO
COMO SUBVERSIÓN DEL SUJETO


JESÚS NAVA RANERO

 

Resumen: Se trata de mostrar que la ética del cristianismo es una ética que opera a favor del sujeto como sujeto de creación, de libre albedrío; que la de Cristo es una apuesta dirigida a desarticular el dispositivo que engendra y reproduce amos y esclavos,  a través de la puesta en acto de la ley de Dios o el Nombre del Padre como garante de una vinculación horizontal entre semejantes opuesta al predominio de un semejante sobre otro semejante.

 

Palabras clave: Cristo, cristianismo, Ley de Dios, semejanza, Nombre el Padre, amo, esclavo, religión, perversión.

.

La antítesis del hombre negado a ser en falta que anhela ser el absoluto es el hombre que renuncia a ser  amo y a ser esclavo; este es uno de los motivos esenciales por los que el amo decide ocuparse de Cristo y con él del cristianismo. Entre Cristo y Lilith se establece una relación de continuidad, Cristo apuntala su propuesta por el lado del goce femenino y llama a hacer creación en el Nombre del  Padre, a partir del padre por el lado del más allá del padre.

 

“Cristo es el restaurador de la mujer, digan lo que quieran San Pablo y sus Padres de la Iglesia, que al rebajar a la mujer al papel de sierva del hombre, han falseado el pensamiento del maestro. Los tiempos védicos la habían glorificado; Buda había desconfiado de ella; Cristo la eleva devolviéndole su misión de amor y reconociendo su sabiduría. La mujer iniciada representa el Alma de la Humanidad, Aisha, como la había llamado Moisés, es decir, el poder de la intuición, la facultad amante y observadora; la tempestuosa María Magdalena se convirtió en el más ardiente de sus discípulos; ella fue la primera que reconoció al maestro y la primera reconocida por él.”(1)

En función de la libertad que otorga el libre albedrío, proclamada por el cristianismo, el sujeto adquiere el estatuto de creador y, por ello, el estatuto de sujeto responsable de sus actos. Con el llamado a restablecer la religión como lazo o vínculo entre los seres humanos, fortalecidos en la unidad en función de las leyes sagradas como leyes de Dios, Cristo llamó a la construcción de un mundo en el que la libertad, el amor y la paz, entre semejantes que se aceptan y se reconocen en su diferencia, trenzaran las relaciones de los hijos de Dios. Las  consignas de “amor y paz” “haz el amor no la guerra” proclamadas en los años sesenta se nutrieron con estos fundamentos.

La propuesta de Cristo como apuesta por el lado del hallazgo del ser, la liberación de la existencia y el libre albedrío, encuentra límite en la Ley de Dios que articula una dimensión de posibilidad para el florecimiento de lo humano y lo sagrado. Para Cristo Dios representa no un ser encarnado; esencialmente re-presenta un principio, una otredad, que desde el campo de lo sagrado resguarda lo humano en los límites de lo propiamente humano; Dios existe porque el límite que la presencia Dios establece opera como esencialmente necesario para que la vida humana pueda ser concebida y realizada. Al distinguir lo sagrado de lo terrenal Cristo hizo un llamado radical a amar a Dios sobre todas las cosas. Al ubicar a Dios desde una perspectiva propiamente ontológica, formuló una distinción radical entre los límites de las leyes establecidas por los humanos y los límites de las Leyes de lo sagrado.

Eso que se nombra Dios, imposible de ser nombrado todo, es la representación del Padre Eterno, Padre inconmensurable, Padre ideal, Gran Padre. Este Dios puesto en el lugar del Padre, garante de la Ley que Cristo transmite en el Nombre del Padre,  hace posible para el hombre colocado en el lugar del hijo la experiencia de la revelación; esto es, hace posible al hijo saber de sí a través de sus límites; saber del conocimiento y el reconocimiento de sus límites como límites propiamente humanos imposibles de ser borrados.

La Ley transmitida en el nombre del Padre muestra al hijo las posibilidades de su incompletud y la imposibilidad radical de que esta incompletud pueda ser colmada; este límite que impone al hijo una falta de completud no es otra cosa que la condición de su humanidad y de su potencial humano.

Cristo convoca al hombre a la experiencia de la revelación que sujeta su vida a La ley de Dios, y, a partir de la Ley de Dios, a ejercer su libre albedrio asumiendo las consecuencias de lo que elije o deja de elegir. Llama al hombre a elegir ser por él y en él, y a regirse por una Ley que da consistencia a las leyes humanas. Cristo estableció la Ley de Dios como principio y causa de la ley que sostiene, de la ley que contiene a los hijos de Dios; realizó un llamado al encuentro del hombre con lo espiritual a través de lo sagrado. Para el cristianismo un hombre carente de espíritu es un hombre carente de libertad; el espíritu desde el cristianismo es luz, lucidez para elegir y decidir en libertad. El momento de iluminación es la revelación de lo que existe y la liberación de aquello que somete y niega la vida.

 

“Con Cristo el hombre encuentra y busca  a Dios, no detrás de los Cielos, sino en su íntima hondura, en su Conciencia, hasta modelarse –éticamente superado- justo y sincero consigo mismo y con los demás; capaz de lograr merced a sus actos un paraíso terrenal o un infierno interior. Únicas realidades y verídicos senderos hacia la afirmación o negación personales, hacia la afirmación o negación espirituales”(2)

El Cristianismo cuestiona el estado del mundo y la condición de lo sagrado en el ser de los humanos en el mundo. Propone desarticular el dispositivo que sostiene y reproduce, desde una lógica de mercado, el actuar usurero de quienes instalados en el lugar de Dios, en función de sus propios intereses,  corrompen y deforman lo sagrado y la relación del ser con lo sagrado:

 

Escrito está que el templo será una casa de oración y lo habéis convertido en cueva de ladrones” (3) “No podéis amar a Dios y amar la usura”. (4)

Cristo denuncia la usura como el verdadero objeto de la idolatría, delata, por primera vez en la historia, el poder desquiciante del dinero como cosa real y como el verdadero rival del cumplimiento de la Ley de Dios. El premeditado fraseo “No podéis amar a Dios y amar la usura” muestra la contraposición entre amar a Dios y la desmedida ilusión que el dinero gesta de que es posible colmar la falta y colocarse en el lugar del Ser sin falta; por primera vez  el dinero es mostrado  como un objeto alienante atribuido del poder de desplazar a Dios y convertirlo en mercancía. El dinero como poder autosuficiente de todas las cosas. El dinero como el dios celoso junto al cual no puede existir ningún otro dios.

  “Cristo busca restablecer en el orden social la imagen del orden divino; esto es, un orden  en el que la justicia reine sobre la vida, la ciencia sobre la justicia, el amor y la sabiduría sobre las tres. Halla en el templo, en el lugar de la ciencia suprema y la iniciación, la ignorancia materialista que considera a la religión como un instrumento de poder; en otros términos: la impostura sacerdotal. En las escuelas y en las sinagogas, en lugar del pan de la vida y del roció celeste para los corazones, encuentra esparcida una moral interesada, recubierta por una moral formalista e hipócrita”(5)

Haciendo una metáfora del pez que se hunde en el agua (su símbolo es un pez)  la filosofía de Cristo, si es posible llamarla así, propone a cada uno  encontrarse en el fondo de su ser; de lo que se trata (el sentido simbólico del bautismo como rito de iniciación) es de hacer una inmersión en las profundidades que a cada uno habitan hasta encontrar ahí el ser que uno es hecho ser y el ser que uno desea ser. Sin inmersión no hay revelación, no hay encuentro en la superficie sin profundidad. El Cristianismo establece una apuesta de liberación, a manera de revelación del ser desde el ser, a través de un proceso  de “iluminación” que sostiene en el encuentro de uno con la ley de Dios la renuncia en uno, a partir de uno, a colocarse en el lugar de amo o en el lugar de esclavo, y por ello el encuentro con el otro y los otros en una relación de semejanza y diferencia en libertad.

 

 “Cristo dijo: “Si sacas lo que hay dentro de ti, lo que saques te salvará: Si no sacas lo que hay dentro de ti, lo que no saques te destruirá”(6)

La liberación de uno, el ejercicio y la puesta en acto de la propia libertad, se produce a través de la iluminación o revelación de uno en Dios y de Dios en uno a manera de potencial; esto es, por el hallazgo de los límites que hacen posible preservar la relación con el otro desde la semejanza y la diversidad que los hace diferentes pero también iguales como hijos de Dios. Por el principio de igualdad se es igual en la diferencia y la diversidad.

Establecer la igualdad de los seres humanos como hijos de Dios pone el dedo en la llaga de un asunto esencial, porque cuestiona y pone al descubierto el dispositivo de la desigualdad que hace posible que los instalados en el lugar del amo asignen a los otros el lugar de esclavos. La Igualdad elevada a principio sagrado establece el sustento de la semejanza ante Dios: ningún hijo de Dios por encima de otro hijo de Dios. La relación de semejanza entre los seres es posible y solamente si a  ningún humano le es posible ser Dios.

El cristianismo realiza una operación que hace de Dios un principio ontológico; Dios existe para hacerle límite al deseo humano de ponerse en el lugar del amo, y al deseo en el amo de ponerse en el lugar de Dios; ningún humano por encima de otro humano, ningún humano en el lugar del amo,  ningún amo en el lugar de Dios.

La existencia de eso que se nombra Dios es imprescindible  para que  la pretensión loca de ponerse en el lugar del amo o en el lugar de Dios salte a la vista. A partir de Cristo Dios existe para que a lo humano le sea posible reconocerse en los límites de lo propiamente humano, para que algo del orden de lo imposible de ser opere como límite y pueda ser mostrado a manera de potencial. Eso que se nombra Dios, hace ver el límite entre la Eternidad y la finitud; entre lo Absoluto y lo carenciado; entre la Plenitud y la falta.

El potencial subversivo de este planteamiento produce una puesta en cuestión de aquellos hombres que establecen su poder por encima de otros hombres. A partir de Cristo ninguno puesto en el lugar del amo puede ampararse en la divinidad: “las cosas del cielo son del cielo y las cosas de la tierra de la tierra”. La necesidad que al amo insiste de proclamar la muerte de Dios, responde a  la loca pretensión del amo de anular la Ley de Dios. Muerto Dios la exclusión y el exterminio del otro se establecen porque nada hace límite a la desmesura de un amo delirante y fálico puesto en el lugar de Dios.

 

“Roma ha absorbido todos los pueblos: César, su encarnación, devora todos los poderes, César no aspira únicamente a ser emperador de las naciones; uniendo sobre su cabeza la tiara a la diadema, se hace nombrar gran pontífice; después de la batalla de Thapsus, le votan la apoteosis heroica; después de la de Munda, la apoteosis divina; luego su estatua se erige en el templo de Quirinus, con un colegio de oficiantes que llevan su nombre: los sacerdotes Julianos. Por una suprema ironía y una suprema lógica de las cosas, ese mismo César, que se hace Dios, niega la inmortalidad del alma en pleno Senado. ¿Es bastante decir que no hay más dios que César?”(7)

Proclamada la muerte de Dios, o más propiamente de la Ley de Dios, la puesta en acto de cualquier imperativo se establece como absoluto. La muerte de Dios opera como la esencial condición de posibilidad para que uno, puesto en el lugar del amo, actúe con impunidad. Para legitimar la presencia de amos y esclavos es necesaria la perversa proclama de la muerte de Dios y sucumbir al delirio de tan delirante pretensión. Eso que se nombra Dios, a partir de Cristo, hace función de Ley,  ley del padre llamada a ser sostenida, ley que  actúa como el  límite al goce del esclavo y al goce del amo, que el Goce fálico hace posible.

 

Cristo dijo: “Sabéis  que los que son tenidos como jefes de las naciones, las gobiernan como señores absolutos y las oprimen con su poder; pero no ha de ser así entre vosotros; sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos.”(8)

Es sabido que Freud dedicó buena parte de su vida y obra a mostrar al mundo las consecuencias psíquicas de la pretensión de borrar o negar al Padre y la ley del padre.  El advenimiento de un mundo cultural sustentado en la igualdad que hace posible el ejercicio de toda diferencia, solo es posible destituyendo en uno el dispositivo que lleva a sostener repetir y proclamar amos y esclavos.

Cristo convoca al sujeto de la creación y, por ello, al sujeto responsable de su libertad y su libre albedrío. No ser libre ni insistir en serlo aleja de Dios. Decidir “ni amos ni esclavos” destituye amos y destituye esclavos; Cristo llama a desactivar el dispositivo que engendra amos y esclavos. Suponer que la libertad de uno es cosa de otro es ser esclavo, ponerse en el lugar de esclavo. Elegir un amo es ser esclavo. Decir “todos somos esclavos del Señor” niega y pervierte el cristianismo y legitima la esclavitud.

El cristianismo hizo de la relación entre lo sagrado y lo humano un potencial, una convocatoria a amar a Dios y, por Dios, con Dios, el camino de la libertad en libertad. Llamar a la resignación, a la aceptación del sufrimiento, a la aceptación de la esclavitud o a la renuncia del placer, como pasaje a la vida eterna después de la vida,  es llamar a entregarse al amo y a renunciar al cristianismo. El deseo de saberse en el lugar del amo alcanza y atraviesa la vida cotidiana en cada acto de sometimiento o de liberación, que uno impone a otro. El llamado de Cristo convoca a cada uno a un ejercicio radical de la propia libertad a partir de la Ley de Dios “en el nombre del  Padre” referida como potencial, convoca a no ser amos ni a ser esclavos y a  impedir la gestación de amos y esclavos.

Entiéndase; el cristianismo es una apuesta por la salvación de una humanidad que Cristo ve carenciada de lucidez y libertad; una humanidad de amos y esclavos entrampada en la usura y el culto al dinero como nuevo dios; una apuesta que reivindica al hombre en su dimensión humana a partir y a través de su dimensión sagrada, de su dimensión deseante, de su dimensión espiritual; el hombre para ser libre necesita amarse, necesita amar y ser amado entre sus semejantes, y necesita, cuestión fundamental como deber sagrado,  respetar y hacer valer la Ley de Padre, el nombre del Padre, como garante y fundamento de la propia libertad, el llamado a la creación y la apuesta a negarse a ser amo y esclavo.  Se podría decir que la de Cristo fue una apuesta de restituir la Ley de Dios por encima de las leyes de los hombres que, puestos en el lugar del amo, fomentaron el exterminio del otro en el nombre de Dios y convirtieron la religión en instrumento de dominación y de poder  transgrediendo con ello la dimensión de lo sagrado.

Al hacer referencia a la herencia en el imaginario colectivo de la apuesta de Cristo, puesta en acto que inaugura lo que se dicta la Nueva Era, acentuamos que entre el cristianismo y el catolicismo se establece una diferencia radical que hizo posible la transmisión de la visión católica a partir del ocultamiento y la manipulación del llamado a ser libres en el nombre de Dios, sustituido por el llamado a temer a Dios y a colocarse en posición de esclavo. Sostenemos que el catolicismo pudo fundarse y sostenerse como Institución a partir de la exclusión de Cristo y la manipulación del cristianismo, ello lo dice el lapsus que identifica a esta institución con Roma y no con Cristo en los enunciados que la nombran como Iglesia Apostólica-Católica-Romana.

 

“Con los Césares, Roma, heredera de Babilonia, extiende su mano sobre el mundo entero. El Estado romano destruye  en el exterior toda vida colectiva. Dictadura militar en Italia. Roma conquistadora se arroja como un vampiro sobre el cadáver de las sociedades antiguas. Y ahora la orgía romana puede manifestarse a la luz del día, con su bacanal de vicios y su desfile de crímenes”

La Institución Católica presentó el cristianismo como un medio de salvación de las almas pecadoras en falta a través de la deificación de un Cristo renunciado radicalmente a su propia voluntad; un Cristo cedido absolutamente a la voluntad del Padre, en tanto que lo esencial de su existencia, al decir del catolicismo,  es la renuncia a sus propios deseos, la aceptación de la muerte como sacrificio, la creencia en el crecimiento espiritual a través de la idealización de la carencia -bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de los cielos-, la resignación ante el despojo y ante el dolor; el sufrimiento como camino de salvación y la creencia en la resurrección para la Vida eterna después de la vida; Vida, se promete, colmada en exceso de abundancia, Vida plena, Vida carente de necesidad, Vida carente de deseo, Vida carente de demanda, Vida carente de goce, Vida carente de  placer carnal, Vida sin falta. Se impone en el lugar del discurso de Cristo el discurso del amo; la promesa de acceso a la gran Vida, la Verdadera Vida, Vida después de la vida a la que se accede aceptando ser sacrificado en la más absoluta resignación.

Nuevamente el dispositivo del poder fue puesto en marcha pero de manera diferente; si Lilith fue presentada como una lujuriosa y diabólica bestia nocturna y Eva maldecida por desobedecer al amo puesto en el lugar de Dios, con Cristo, el poder decidió transvalorar el cristianismo y hacer del rebelde un cordero como emblema de la más absoluta e indefensa sumisión. La exigencia de esta absoluta sumisión fue impuesta y velada permanentemente por los tribunales de la Institución que, ante la insistencia del deseo y la deriva humana por el lado de la insumisión, fueron transformados sin semblante en los tribunales de la Santa Inquisición encargados de calificar y descalificar, aprobar, reprobar, la “correcta” interpretación de los evangelios y la correcta sumisión de los corderitos. Nada de andar poniendo el ojo en lo que no se debía ver ni mirar. El ojo, para ser aprobada la visión, debió cederse a la pura ceguera, debió no ver o resignarse a ver lo que la fe, y la necesidad de conservar la vida, le hizo mirar.

Carlos de Pérez dirá en su ensayo El mal que por bien no venga:

 

“Agustín no careció de sutileza: si los gnósticos solucionaban los problemas intentando tomar distancia del mundo material, a partir de Agustín el catolicismo enseñó que el combate debe ser contra el sórdido pulsionar del deseo”.(9)

Por su parte León Rozitchner apuntará en su ensayo La Cosa y la Cruz:

 

“El catolicismo logró crear una forma de dominio nuevo. Así como en la historia se van gestando formas de dominación distintas –sea en el desarrollo de las armas, de la organización política o de la económica- también se van generando formas de organización de la subjetividad. Estas son, también, formas de dominación de la subjetividad. El catolicismo es el gran descubridor de una forma de dominio que antes no existía en el mundo: el de la subjetividad”.(10)

Los científicos, herederos de esta astucia se encargaron de perfeccionar, ajustar y calcular los procedimientos para conseguirlo; filósofos, politólogos, sociólogos, médicos, neurólogos, psiquiatras, educadores, psicólogos, trabajadores sociales, economistas, administradores e ingenieros de la conducta, entre otros, se abocaron a conseguirlo.

 

 

REFERENCIAS

1

Schuré Édouard; Los grandes iniciados; Madrid; Ed. Comunicación, 1988;pág.44

2

Sierra Partida Alfonso; Fantasía, imitación y fabula-el génesis, el decálogo y el diluvio; México, Ed.SALM Sociedad de amigos del libro mexicano, 1958, pág. 30

3

Mateo, La Biblia, 6,24

4 Lucas, La Biblia, 13,16
5

Schuré; op.cit.pág.46-47

6 Pagels Elaine, Evangelio de Tomás, 15-17, Evangelios Gnósticos, Biblioteca de bolsillo. Ed, Crítica, 1979, pag.13
7 Schuré; op.cit.pág.11
8 Marcos La Biblia,10,42-45.
9 De Pérez, Carlos, El mal que por bien no venga, Argentina, www.cluibanalìstas.net/bruja ( 06-02- 2000)
10 ROZITCHNER León; La Cosa y la Cruz; Argentina, Ed. Lozada, 1997 p. 62.

 

REGRESAR