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ANA CARRASCO CONDE:
«NUESTRO TIEMPO ES EL RESULTADO
DE LA SÍNTESIS PERVERSA
DE LA LIBERTAD» *

(Entrevista) **

CARLOS JAVIER GONZÁLEZ SERRANO

 

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¿Como investigadora en el campo de la Filosofía, ¿qué ofrece esta disciplina a la sociedad del siglo XXI?

Ana Carrasco Conde: Julio Cortázar tiene una metáfora que define bien la labor del filósofo: comprender el mundo y comprenderlo bien es como contemplar de cerca una alfombra, incluso dándole la vuelta para saber cómo está hecha. Se percibe así el entrecruzamiento de hilos que conforman su dibujo, si éste era sólo eso, cúmulo artificial de hilos de colores, la forma de trenzar las hebras, el lugar en el que se encuentran los nudos y dónde comenzó un nuevo ovillo. La filosofía es, en este sentido, el arte de levantar alfombras y de tirar del hilo. Sólo que la alfombra es el tejido de las «realidades en que vivimos» por decirlo con Blumenberg. Como tal la filosofía ofrece –como ha ofrecido siempre– la posibilidad de la ruptura con el propio tiempo, la desintegración del simulacro, de aquello que se hace pasar por incontestable y que condiciona, dictando sus leyes, la vida de los hombres o la desmitificación de valores; pero tambien ofrece reforzamiento, construcción, y mostración de los hilos maestros de la nuestra realidad. Y al hacerlo, nos proporciona no sólo las herramientas para tratar de comprender el pasado y analizar nuestro presente, sino también los mecanismos para producir alternativas. Por poner un ejemplo, cómo están diseñadas las ciudades no es ni gratuito ni se reduce a la mera función de las estructuras urbanísticas, sino que la intervención en el espacio en el que vivimos condiciona nuestra forma de habitar y de relacionarnos con los otros. Qué hubiera sido del 15-M si no hubiera habido una plaza o un espacio que permitiera la congregación y la discusión. En este sentido el siglo XXI, seguro de sí mismo en muchos aspectos debido al funcionamiento aparentemente perfecto de la lógica de la técnica, y, hasta hace poco, orgulloso abanderado de un régimen político, la democracia, que se consideraba infalible, necesita de la filosofía para dar cuenta de que lo humano y lo perfecto no van de la mano, ni deben hacerlo, que todo mecanismo, por muy científico que sea, implica una anulación de la libertad y una inercia que anula lo humano y que, precisamente, es lo que nos hace humanos lo que hay que salvaguardar.

 

En estos tiempos de crisis y auge de las disciplinas y conocimientos técnicos, ¿qué justificación puede tener que se destinen fondos públicos a la investigación en Filosofía?

Ana Carrasco Conde: Nuestro tiempo es el resultado de la síntesis perversa de la libertad, que alcanza a finales del siglo XX su máxima expresión, y la actividad troqueladora del perfecto, frío e inhumano mecanismo de una Razón de pretensiones omniabarcantes. Y si esto humano no es lo suficientemente importante –útil, se dice ahora– como para invertir en la comprensión de nosotros mismos ¿para qué queremos, por ejemplo, colonizar Marte, si ni siquiera sabemos vivir (y convivir) entre nosotros en la tierra? Invertir en filosofía es, por tanto, invertir en lo que nos hace humanos, y esto, aunque incómodo a causa de las verdades que desvela, es lo más necesario. Pero si el pensamiento es necesario, es decir, si la filosofía es necesaria no es porque haga pensar (¡todos pensamos!), sino porque da que pensar, porque nos permite comprendernos a nosotros mismos y a nuestro tiempo, porque en definitiva nos hace fuertes para resistir el embate de los tiempos y de la historia, de las ideologías y de las falsas creencias; e incluso, ya antes de las famosas palabras de Marx, desde su inicio la filosofía nos ha dado las claves para transformar el mundo y hacerlo con justicia, al discernir la verdad de su simulacro y buscando la plenitud de la belleza, que cuando se vislumbra hace, como dice Fausto, de un segundo el tiempo pleno de una eternidad. La filosofía, por tanto, nos da las herramientas para vivir, como se afirma en Apología de Sócrates, una vida examinada, fruto de la desmitificación de valores impuestos en un tiempo concreto. Pensando en estos tiempos de crisis y de afán desmedido por quitarse a la filosofía de en medio, acabo de recordar lo que decía Deleuze cuando le hablaban del fracaso de la filosofía: «por muy grandes que sean, la estupidez y la bajeza serían aún mayores si no subsistiera un poco de filosofía que, en cada época, les impide ir todo lo lejos que quisieran… ¿quién a excepción de la filosofía se lo prohíbe?»

 

Schelling, en cuyo pensamiento eres especialista, explicaba que «a la mayor parte de las personas nada les parecería más natural que el hecho de que en el mundo todo existe por pura dulzura y bondad». ¿Se han desdibujado las fronteras entre lo bueno y lo malo, la bondad y la maldad?

Ana Carrasco Conde: Esta incomodidad que genera la filosofía, de la que hablaba antes, tiene que ver, en parte, con esa frontera difuminada que mencionas, sólo que lo que ahora se confunde no es tanto el bien con el mal, sino lo malo con la maldad (o lo bueno con el bien). Kant hace una distinción que me parece fundamental entre algo que te hace daño, que tiene un efecto negativo para ti (en alemán el término es Übel) y lo que es malo en sí mismo, pero que a uno mismo, irónicamente, le puede hacer sentir bien, y que Kant asocia con un acto egoísta (en alemán Böse). Schelling profundizará en este segundo concepto dando lugar a lo que, con Freud, se denominará «la felicidad del mal»: es decir, podemos sentirnos bien haciendo el mal. La propuesta de Schelling tiene que comprenderse como una respuesta a la tradición anterior que hacía del mal el efecto de una privación de bien, de una causa deficiente (es decir, de un error), o de una dejación, como la pereza que nos lleva simplemente a no hacer lo que deberíamos hacer. Schelling en cambio hará del mal un acto positivo con una fuerza propia: cuando hacemos el mal, lo hacemos con voluntad y a conciencia. El origen del mal se encontrará en la propia voluntad del hombre y en su tendencia a velar por sus propios intereses y no por los intereses comunes (universales, dirá Schelling), haciendo de los hombres y del mundo en general mero medio para su satisfacción personal al considerar que el mundo está allí para su uso y disfrute. Este concepto de mal, si es radical, como afirmará Schelling, es porque está impreso en el carácter del hombre, por eso el bien no consiste simplemente en actuar siguiendo la norma, como si fuera lo normal, el orden natural de las cosas, sino que es el resultado de contener activamente y con mucho esfuerzo los impulsos o pulsiones dictados por una voluntad que constituye el fundamento de la razón.

Sin embargo hay otro tipo de mal –nos separamos aquí de Schelling– que ha sido banalizado y llevado al extremo en el siglo XX y XXI, hasta su conversión en algo que se entiende como «malo», pero no demasiado «grave» y desde luego, no relacionado con la maldad: la suspensión del pensar, que conlleva una suspensión de la responsabilidad. Eso, aunque no tiene que ver con una concepción del mal ligada a una tendencia a satisfacer las inclinaciones egoístas e incluso egocéntricas del hombre, como veíamos antes, conlleva otro concepto, mucho más peligroso por sigiloso y por haber sido «banalizado». No es, como dijera Hannah Arendt, que haya una «banalidad del mal» –ella misma afirmará que el mal no puede ser banal, es decir, no puede dejar indiferente– sino que hay una banalización de aquello en lo que consiste el mal. Desde esta perspectiva se ha entendido que la suspensión del pensamiento, el dejarse llevar, el vivir conforme al dictamen de la obediencia sin reflexión, puede ser malo, pero desde luego no es el «mal» en sí mismo, sino a lo sumo la pereza nacida del agotamiento de la vida cotidiana, de la falta de interés o de la aplicación de la norma sin pensar en las consecuencias. Es esto lo que es banalizado, pero no es banal porque nos hace perder lo que nos hace humanos y, sobre todo, lo que genera la retícula individual que detiene el huracán del tiempo y el torrente de la vida: lo que nos permite no sólo reflexionar sobre nuestras acciones como sujetos autónomos, sino de disfrutar en una tarde de junio, nostálgica de las lluvias de marzo, de un café con una magdalena que, como Proust, nos hace viajar por los caminos de nuestra conciencia y recordar quiénes fuimos, lo que somos y lo que queremos ser, lo que nos permite, en definitiva, tener una vida plena. Podemos vivir arrastrados por el tiempo y por los otros, pero la pregunta es si queremos vivir así, sin poder saborear, como en aquella escena de Piratas de caribe de Gore Verbinski, el frescor granuloso de una manzana; sin poder reconocer y ser reconocido por el otro como un igual con sus diferencias; sin poder recordar; sin poder ser activos de verdad en nuestra propia vida. Toda civilización sin reflexión, esto es, sin filosofía desemboca en otra retícula, pero esta vez monstruosa por ser aplicada con la lógica del lecho de Procusto: en la de una mecánica y fría red que, establecida por un poder dominante, parcela la vida y sesga lo humano, que ya no sabe detenerse en el sabor de la manzana, ni interrogarse por el sentido impuesto que nos dice en qué debemos creer, en qué consiste lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, la que confunde la belleza con la estética de la depilación láser. Se dirá que es exagerado, pero donde no hay reflexión y, sobre todo, una reflexión capaz de generar algo por sí misma, no hay memoria, donde no hay memoria no hay identidad, y donde no hay identidad, solo quedan los integrantes de una masa anónima, que engañados por el valor de uso de las cosas, han olvidado el uso de sus valores; que se deja llevar, incluso de Sol al centro comercial.

 

En Infierno horizontal aseguras que «si el infierno no es un lugar, sí hay, en cambio, un lugar para el infierno: uno mismo». ¿Cómo llega a a convertirse el sí mismo en el propio infierno?

Ana Carrasco Conde: La filosofía de Schelling desarrolla un concepto fundamental para entender la construcción de la identidad: el de mismidad. Según este concepto el Yo se hace a sí mismo reflexionando sobre sí mismo y sobre lo que le pasa, enriqueciéndose y haciendo suyas las experiencias y estímulos exteriores a él mismo, dicho de otro modo: lo que yo soy es lo que he vivido y que queda integrado, conscientemente o no, en mi identidad. Pensar sobre uno mismo nos hace conocernos y nos hace crecer como personas. Es, pues, la mismidad la que hace al yo ser como es, pero no porque consista en un núcleo estático e inalterable, sino porque es el hilo conductor de un proceso dinámico de cambio. Este mismo movimiento que implica una reflexión sobre sí del yo, funciona también cuando nos sentimos amenazados por algo exterior a nosotros mismos o hemos sufrido algún tipo de daño, físico o psicológico, porque tratamos de protegernos y de salvaguardar algo profundo de nosotros mismo con el fin de que nada exterior puede alcanzarlo. Hay así una tendencia a replegarnos, a recogernos, a proteger nuestra interioridad de una exterioridad que nos amenaza. El dolor, se dice, individúa, lo que quiere decir que nadie salvo uno mismo sabe hasta qué punto son profundas las heridas, cuál es el grado de la intensidad de la agudeza de su filo. El dolor nos permite centrarnos en nosotros mismos, como cuando somos conscientes de que tenemos un músculo porque éste nos duele. El dolor por tanto apunta al núcleo de nuestro yo. Ahora bien: esto, que es un movimiento natural de construcción del yo y, ante el peligro, de supervivencia, puede derivar en un movimiento destructivo: cuando el yo se cierra sobre sí mismo para protegerse y deja de asimilar elementos nuevos, da vueltas sobre sí mismo en vacío, desembocando en una identidad vacía y aséptica que se consume a sí misma desde sí misma. La mismidad deviene negativa y desfonda al yo desde lo más profundo de sí mismo. El primer paso del proceso de mismidad negativa es la paulatina clausura del yo. Bien por bloquear una exterioridad que le hace daño, bien por un sentimiento que ha ido calando poco a poco, en su interior el yo va aislándose del mundo hasta que ensimismado en sí mismo se hunde. Y provoca la sensación de que, como dijera Wilde, el tiempo no transcurre, que todo sucede en un bucle de lo mismo y que la única estación es la de la amargura. El dolor se hace así eterno, al tiempo que habita, hace espacio y crece hacia dentro. Si no hay un lugar para el infierno es porque este sentimiento habita en el yo y va con él allá donde vaya, porque es el yo quien lo porta, porque, sin culpa el yo ha de sufrir un castigo injusto, que provoca que, en el intento de perserverar en el propio ser, el yo se convierta en un infierno del que, una vez se ha tocado fondo, ya no hay salida posible.

 

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Ana Carrasco Conde es profesora de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido investigadora en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, en la Universidad Carlos III y en la Autónoma de Madrid. Ha realizado largas estancias de investigación en Paris-X Nanterre, en TU Berlin, en Ludwig-Maximilians-Universität München y en la BADW. Es investigadora invitada de la Schelling-Kommission de la Academia de las Ciencias de Baviera y coordina la Red Iberoamericana de Estudios Schellinguianos, reconocida por la Internationale Schelling-Gesellschaft, además de ser profesora invitada en la UNSAM (Argentina), la UNIOESTE (Brasil), en la UIC Dubrovnik (Croacia) y en la Università degli Studi di Palermo (Italia). Participa en varios proyectos de investigación europeos y americanos, además de ser integrante del equipo del Harvard RCC: Territory – Landscape – City – Infrastructure – Architecture. Directora (y fundadora) de la revista de idealismo y romanticismo Kritisches Journal 2.0, es también parte del consejo de redacción de la revista Res Publica. Revista de Filosofía Política (ERIH List) y de Philosophy Study (David Publishing Company, New York). Evaluadora para numerosas revistas científicas así como para organismos nacionales y europeos de investigación. Es autora bajo el sello editorial Plaza y Valdés de Infierno horizontal. O sobre la destrucción del Yo (2012) y de La limpidez del mal. El mal y la historia en la filosofía de F.W.J. Schelling (2013).

** Este texto fue publicado por primera vez en EL VUELO DE LA LECHUZA (apuntes de Sociofilosofía y Literatura): https://apuntesdelechuza.wordpress.com/2013/10/18/ana-carrasco-conde-nuestro-tiempo-es-el-resultado-de-la-sintesis-perversa-de-la-libertad/ Errancia agradece a Carlos Javier Gonzáles Serrano esta entrevista y a El vuelo de la lechuza su publicación.

 

 

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