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L1





UNO EN EL ORÁCULO

CARMEN VÁSCONES

 

 

“Uno está tan solo en su dolor...”
Discépolo

La mujer está con la panza a punto de reventar.  A lo lejos montado a caballo su marido prueba lanza que tira como jabalina, la bestia se enreda en la cerca.  Le entierra las espuelas, se encabrita el animal, se para en dos patas. El hombre cae como esfinge hundiéndose en el agua.

El sol pierde la noche.

Ella ha mirado todo por la puerta abierta. Siente una punzada, augurio, el engendrado patea, se abulta el vientre, deja notar bajo la piel femenina una fuerza indefinida.  Piensa, acaso, sea el derrumbe de un sueño, o tal vez, la muerte del Olimpo dentro de un dios que no sabe qué.  Escarba en la memoria, saca los piojos al espanto, se regocija reventándolos.

Charco de luz se avienta en la fascinación y repulsión.

Entra empolvado, se desprende de la capa, de la espada, apunta al ombligo, lo mira toda quieta, siente desprecio, calla, no le demuestra temor, la comodidad del triunfo sobre el macho hay que aparentarla, hay que simular, hay que detener el aliento, exhala lentamente, considera que hay que abofetear sin sentir ni lamentarse, sin siquiera tocarlo, solo jugar la partida sin excluir la carta. Toda orgullosa le dice -¿qué quieres?- sin contemplación lo ausculta.

Cae luna al mar como oráculo vencido por la desdicha del fantasma.

La punta roza el anillo redondo y pequeño de la mitad de su mundo.  Ella poco a poco deja asomar su hombro, cae los broches, la túnica resbala entre lazos hasta quedar en el  piso, una gota de sangre bota su piel.  El hombre como volviendo en sí, deja caer el acero. 

Ella desmantela la alucinación.

La vida se fragmenta como una quimera en el boceto del caos.

¿La concupiscencia de la apropiación y expropiación de lo conocido que se desconoce o a saberse en el suspenso del argumento sin réplica? La violencia de la posesión reina toda muerte.

La constricción del significante en  patas de la esfinge del  antes y después implica un nudo espeluznante de atracción…

Roza lentamente esa forma hermosa, ni la preñez deja desaparecer la  sensualidad irresistible que tiene en todo su cuerpo, él tiembla, solloza, la besa ligeramente.  Se deja hacer, sentimiento no es el asunto. 

El destino está en sus manos ambiguas. 

El oráculo incuestionable sacó de casilla al rey, le dijo- serás quitado de tu puesto-.  Qué mismo será eso, hay que hacer algo, falta poco, ella apuesta a la riqueza, al dejarse quieta en eso sin pergamino y sin detente. Enmudece al sometimiento del vicio de la existencia, se acomoda, se desmadra.

¿Ascender o descender en la huella?

Destino sin voz. El hombre no es lo que aparenta. La mancha del semejante inhóspito rastro que mortifica la inadecuación del cero o del uno con la estirpe. Todo goce es indecente. 

Mandar no es asunto que atormente a la sombra del poder impúdico de avaricia. La concupiscencia de la eternidad un trono sin obstáculos. A menos que choque la certeza y la duda en el laberinto.

El deseo está roto en la imagen de la casta sin representación. Hay que eliminar lo aberrante del ¿displacer o placer?  Simular ser tal sin cuestionamiento sin ejemplo sin secuencia sin episodio…

Pare sin testigos, la fuente se desparrama en Coloma, la placenta se pierde en el vacío. La soledad del infante se parece a un cielo perturbado; el desamparo de la angustia un llanto sin cobijo.  Envuelven el cuerpecillo, lo despachan como animal.

La memoria se arrastra en el vacío de la identidad.

Sin gota de afecto los padres se desprenden del supuesto enemigo.

Impune roca azota la memoria de la culpa a distancia. Algún día se acerca. Alguien expía el epílogo. Sin refugio la verdad maldita se escabulle  entre huella animalada y engendramiento que disputa un sitio.

Irremediablemente  no deja en paz a nadie el asunto de cualquier origen desatado. En algún  instante el nudo se desprende o ajusta. Precipicio de cabos entre trance y zozobra.
Imputar al otro denegado. La infamia y la insolencia del usufructo.

La muerte ignora detalles: el dolor del acto irrefutable.

La atrocidad de la adivinación se escabulle en la historia. 

El rival es llevado por esclavo, el amo respira sin mirar de frente.  Se cree seguro, solo espera la confirmación de la evidencia.  Algo detiene la orden, se compadece el súbdito, lo mira dormido y tan indefenso, -no puedo- grita al silencio,  pasa un cabritillo, lo caza, el niño está en el canasto,  punza a la bestiecilla.

Abre justo ahí donde le interesa, saca eso, el corazoncillo que aún late, cuidadosamente lo anida en el cofrecillo, entierra el cuerpo del animal, al pequeño lo encarga en secreto.  Regresa, da a entender que ha cumplido, enseña el pedido, ningún gesto de pena.  Celebran con vino y cena hasta el hartazgo.

Se sienten inamovibles.

La nada innombrable sella al miedo perverso.

No quieren enterarse que la tierra menstrua cuando la luna asoma o se oculta.

Al otro lado crece un infante, juega a que arma y desarma un cuento sin relato.  Se sube a los árboles, percibe que la montaña está tan cerca del silencio que se lanza al misterio de escalarla, cuando está en la cima se ausculta tan pequeño ante la inmensidad de lo que sus pupilas no descifran. 

Sus progenitores de crianza lo adoran, es rebelde, quiere salir a conocer el mundo, cree le falta algo, nada lo conforma, no sabe qué o quién lo mortifica dentro de sí, siente algo inconfeso en el amor.

Ellos callan. 

Lo entusiasman a que se dibuje, les dice –no, el espejo es incompleto para mí mirada. ¿Dónde está la memoria cuando uno se cae en el olvido?- no saben qué responderle, lo dejan que indague. Crece, aprende a montar, doblega la furia venciendo obstáculos. Escarba en orificios como buscando un dónde le devuelva la forma del pensamiento.

No aguanta más, creció de golpe, sus padres se quedan atrás, quiere indagar, conquistar, está impaciente con el tiempo, imagina que alguien le debe la duda.  Siente una nostalgia amarga en su emoción, no sabe por qué tiene tal rabia con el silencio y la soledad que le da asco el porvenir. Lo repudia. 

De un momento a otro da una vuelta, una salida, echa un círculo, pone la brújula, y señala a dónde ir.

La niebla invade el sonido humano.

En el tramo del oasis la sombra gigante de la ira como una red se expande, se asoma impaciente al coágulo del alcance, cruce de dos siluetas indomables,  complejamente se enfrenta un hombre con otro que delira con el contratiempo. 

La vida y la muerte chocan con el desierto. 

Ninguno cede.

Dos puñales asoman, atinan, el uno se entierra hondo, cae el hombre mayor, el joven siente que tiene que apurarse, se dice, -fue en defensa propia, se justifica, -era él o yo- mira al cuerpo, le repugna ese gesto de soberbia aún en ese que se cruzó en su camino. Se siente seguro de no ser descubierto. No advierte a nadie más entre ellos. Trata de no dejar rastro.

-Él se lo buscó-, se dice entre dientes.

Se retira cautelosamente.

El cadáver queda todo encharcándose sobre el borde del sendero.  Llega al pueblo, trata de pasar desapercibido, oye el rumor -¡ha muerto el rey!-, siente escalofrío, no sea  tal, aquel.

-Que no se me note nada-.

Se hospeda en posada humilde, tiene un aire elegante, sus vestimentas lo delatan, su don de mando lo ubican, su rostro entretejido entre el despojo, el coraje  y tristeza confunden a cualquiera.

Se guarece como afuereño de paso lento.

Se oscurece la ciudad. Todos andan de luto.  El funeral es un lamento incontenible. ¿Quién se atrevió a desafiarlo? dice la voz del pueblo, hay que dar con el asesino, aclaman. 

Él hace como desatenderse de la situación.

Se guarda para sí. 

El rito de la muerte es uno sólo, y sin embargo es tan distinta la ceremonia según el peso o el precio del difunto.  El cadáver pide venganza.  Eso no puede quedar así. La sombra inmunda se encharca del reloj de arena partido. Sus dos partes flotan en un mar remoto. 

Inunda la intriga.

El espectro da vuelta como piedrecilla atrapada en el atajo del movimiento.

Pasan los días, los meses. Apesta el tiempo en la sospecha. 

La viuda se siente sola. Sale a caminar, va por el río. El desconocido está recostado en la cueva del dilema, -¿aparezco o desaparezco?-, ve a la bella mujer domada por un no sé qué al mojarse los pies.

Sale sin oscilar en la inquietud dentro de su pecho.  Se acerca, le habla, ella se emociona, se siente acompañada, él se encanta, se apacigua su avatar interior. Parece un águila cortada las guías.

Los dos no dejan la palabra se vaya, se comentan estar solitarios como  monstruo  petrificado  en el abismo. Enigma lo llaman.  Se refugian como alegoría en el huerto de sus sentidos.

Se miran en el agua. 

El reflejo opaco se desprende de la superficie transparente.

Dos siluetas se turban. Se acercan más.

Juntos una copa dando forma al espacio entre dos.

Ninguno ha descifrado la ternura originaria.

Ella le toca la mejilla, él se conmueve como sediento, se apega a su pecho, se anida, se acurruca, nada lo perturba, siente un momento de reposo pleno e inexplicable.  Su corazón se empantana con lo hermoso que lo moldea en el abrazo indecible.

Cae tormenta como antorcha perdida en saqueo.

Una mosca interfiere. Velozmente la agarra.  La aplasta entre sus dedos.  Ella disimula ese gesto casi infantil, hasta lo disfruta.  Se refriega la palma en la tierra.  Toda la mano cae en las mismas aguas donde aún juegan los piececillos de la bella mujer madura.  Su cabello suelto se le enreda en el cuello, le tapa la boca.

El reacciona, sin secarse la mano, se los separa con la yema de sus dedos hasta dejarle desnudo los labios.  Gotitas transparentes de una en una se sueltan de la mejilla.  El rubor del rostro la inquieta.  A él se le hace un nudo en la garganta.

Traga saliva seca. Se le pega la lengua al paladar. Agacha la cabeza. Su cuerpo viril de espaldas anchas choca con ansia sin destino.  Ella le hace un gesto, la  ayude a levantarse.  Se ajusta las sandalias.  Sintieron sus pieles.

El sonido del río raspando las piedras los disipa.

Calladamente tan sin barrera están distraídos hasta qué.

Se prometen volver a encontrarse.  Así pasa el suspenso. La sucesión se desconecta como estampida de quimera dentro del deseo. Raya la cornea, hasta  te asfixia si te coge desprevenido la tormenta. 

Cualquier suceso se confunde con el amanecer. 

El día destapa la decisión. 

El hombre y la mujer quieren entrar a sus cuerpos. No es cariño, no es enamoramiento, ni siquiera pasión, no es nada o casi todo, hay algo que los atrae, que los deja imantados, como perdidos en uno.  No pueden más, se deciden por el matrimonio.  Conviven.

Se siente soberano de un triunfo insospechable.

La investigación va y viene. La nueva pareja engendra hijos, se quieren sin pensar en el dolor.  Como si hubiesen nacido tal para cual. Sienten ambos haber borrado el pasado. Nada que temer.

La felicidad parece cascabel rodando alrededor de lo inmisericorde.

Han atado los hechos, se cuenta cómo fue la muerte del Rey. Hay un testigo, le interrumpen la paz a la reina, ella no quiere saber, siente que se empequeñece en su propia expiación que asoma recordándole  aquel crimen.

Se recuerda entregando al niño.

Habla con su nuevo dueño, le cuenta, que quieren dar con el asesino, que están buscándolo como águila  escapada de la jaula. Que hay testigos. Escuchan, llaman. Se achica el tiempo en la ola de la peste.  De uno en uno se va descartando lo que se quiere y no escuchar.

Queda uno confrontando al otro. 

El mensaje, el mensajero y el destinatario en la trampa de la palabra servidora. 

La vida en una estrofa.

La señal ineludible.

La marca en los tobillos como un esclavo sin decisión propia lo arrincona en su secreto. -Que nadie me hurgue en lo que hay debajo de mi vestimenta. ¿Por qué tengo esas cicatrices? ¿Se habrá dado cuenta esta mujer que llamo mía? -

Lo ve fijamente hasta hundirse en sus ojos.

Él  pide le informe despaciosamente lo investigado, mientras escucha la versión, se ve a él mismo con las manos ensangrentadas, vomita, ella se asusta, se pone a gritar, se maldice. 

Como un eco repite, -la profecía  se cumplió-. ¿Quién eres?- le dice al hombre con quien ha fornicado y procreado. El tiempo un zumbido intolerable del augurio   -¿Dímelo tú?-.

Ella no puede más, quiebra el espejo que la mira como acusándola, -¿Qué hemos hecho?- le dice.

Sale corriendo el reconocido, se arrodilla se embarra de asco, desprecio y llanto inconfundible. Él hombre como quitándose la venda se pone aullar de puro horror. Siente que la vida le debe doblemente.

Ha perdido todo.

Si  nunca tuvo nada. Ahora es más que nada. Es nadie.

Es inexistencia y dédalo de sí mismo.

El incesto se queda sin reflejo.

La muerte se cuelga en el cuerpo de la mujer sin secreto, sin misterio, sin propietario. Él, sujeto a un origen que lo hace repugnante, abominable, se somete al maldito error del ser que no sabe de su lugar en cualquier lado que esté.

Por más que huya carga  echada encima la sentencia de haber nacido para qué...

Va a ninguna parte como siempre estuvo. ¿Cómo fue su principio? ¿Uno de mí? ¿Uno de ti? ¿Uno sin uno? ¿Uno no es…? ¿Cuándo uno?

La fuerza del opositor y la nada de la belleza: una palabra empañada por la matanza de una  pasión dentro de la profecía que condena  al fracaso al destino. Se queda sin piso, sin nada qué expiar, sin escondite, sin cercanía que lo calme, sin amor si es que lo hubo. ¿Toqué sin pudor el cuerpo de la que me engendró? ¿La codicié toda? ¿Qué no hicimos?

¿Qué es sentir sin oler a  criminal? 

Tuve hijos con mi madre sin enterarme que su cuerpo me anidó como una serpiente dispuesta a picar. ¿De qué soy culpable? ¿De acostarme con la que me parió o de haber matado a un desconocido que era mi padre? ¿Qué hicieron conmigo? ¿Qué hice?

¿Quién soy en este engendro de yo?

Ambos me desterraron del deseo. Me dejaron sin sitio. Me repudiaron, me hincaron en la ignorancia. Nací muerto.  Sólo resucito en los ojos del universo donde dios no está conmigo. Dónde.

El lecho de la muerte apesta como sexo mutilado. 

Mi cuerpo eunuco va a tientas por los bordes del despeñadero que me inventan como el último de esta tierra.

¿Quién me puede olvidar?

La eternidad es eso mortal que mortifica como gusano antes y después de la vida en la lucha incansable con el estigma del conocimiento. ¿Quién puede prohibir morir?

¿Nos complacemos en la muerte ajena? ¿Creemos apartar la vida? ¿De qué? ¿Mientras no me toque? ¿Toqué? ¿Qué? ¿Te toqué?

Me correspondiste sin incógnita. No tengo palabra. ¿La tuve?

Expropiada la atadura del acertijo deja desnuda la entraña del conflicto. La venganza de la esfinge en la encrucijada de lo que ha de recordarse: lo impune. Lo atroz del entierro y desentierro en la guarida de la vida: lo real de la lengua errabunda sin voz.

La duda cae como hoz inservible.

¿Quién se puede exiliar del inicio mendigo de la falta? –Donde creí estuve nunca fue tal. Donde estoy no estás me digo. ¿A quién le hablo?-

Se saca los ojos hasta dejar la soledad en la verdad sin rumbo. 

Va a ningún sitio el infeliz, ninguna parte es mi ruta, tantea. La maldición parece plaga reventada como chinches repletos de sangre salpicando. La miseria acosa al más solo de uno. 

Coloma huele a tabú revelado. 

El nexo filial parece un cauce sin retorno en el extraño inicio de dos.

El tótem llora de rodillas.  No hay piedad capaz de conmoverse con el delito: la escoria de la razón.  La ley parece un ancla en la cabeza humana, la hunde o la hace flotar hasta vaciarla.

Hasta dejarla como un mate de cal llevado río abajo.

¿Quién zarpa en el silencio a escondidas? ¿Quién desafía al interdicto? ¿Quién entra a lo prohibido? ¿Quién muere por ti?

¿Quién mató a quién antes de nacer?

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