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C5

TE VOY A LLEVAR AL CIELO

CRISTHIAN CHAVERO LÓPEZ

 

Bajó de su camioneta Lobo del año, cerró el zaguán y desde el fondo del pesadero llegaron corriendo los perros, estaban ansiosos, pero con unas buenas patadas entendieron que todavía no les tocaba. La noche comenzaba a bajar de temperatura, los montones de cartón, cristal y fierros cubiertos por lámina lograban un efecto en Melchor de calidez, esa que sólo da el hogar.

A las afueras de Santa Clara, él tenía un negocio fructífero, recibía pepenadores en un terreno muy grande, ahí compraba el desperdicio a precio de basura y lo vendía con buenas ganancias. Esa herencia de sus padres le había dado muchas satisfacciones, incluyendo los cuartos del fondo, ahí estaba su recámara lujosa y además, su cuarto de recreo.

La bajó aún dormida, la metió a su cuartito especial, los muros estaban en obra negra, no había ventanas, la puerta era de acero, muy gruesa, el piso era de cemento disparejo, una cama de latón ocupaba la mitad del espacio y un foco de 40 vatios medio iluminaba.

La amordazó y amarró de piernas y brazos estando boca abajo; con unas tijeras le fue recortando la ropa, primero la blusa, se tomó su tiempo, luego el brasier; esto era un éxtasis: jovencita y a medio dormir.

Llegó al pantalón, lo que más le gustaba era ver el culo apretadito por la mezclilla, así las escogía, nalgonas y morenitas. La descalzó y ella comenzó a cobrar conciencia.

Norma no recordaba nada al principio, pero se dio cuenta que estaba amarrada, el lugar donde estaba acostada apestaba a orines, a mierda, a podredumbre.

Alguien la tocaba, la luz la dejaba ver ladrillos y la cabecera de la cama. El colchón alguna vez fue blanco, ahora era una mezcolanza de gris, amarillo y café. Sentía frío y la toqueteaban, le estaban tocando en los calzones. El pánico la hizo intentar gritar, pero la mordaza se lo impedía. Se orinó y escuchó una risa.

- Siempre de mionas, no se pueden aguantar, apenas va a empezar lo bueno. ¡Eres una cochina!
Una fuerte nalgada la sorprendió, luego escuchó el tronido del cuero y eso la paralizó. Por el primer cinturonazo apretó los ojos, los siguientes la hicieron gimotear hasta que tuvo las nalgas totalmente rojas e hinchadas,

- Eso fue por marrana. Pero ahora te voy a enseñar, vas a ver lo que son cochinadas de verdad.
Norma escuchaba cómo se masturbaba, luego sintió un líquido tibio en su espalda y trasero, que a los pocos segundos se ponía frío.

- ¿Te ensucié mi amor? Pérame, horita te limpio.
Melchor salió del cuarto y regresó, depositó algo en el piso y la desamordazó.

- Déjame ir, no le voy a decir a nadie, pero déjame ir, ya me hiciste lo que quisiste, por favor, me están esperando en mi casa.
Él levantó lo que había dejado en el piso y le arrojó su contenido a Norma, era agua helada, ella gritó de la sorpresa y luego de sufrimiento. Ahora lloraba plenamente y eso le hizo sentir a él, mejor aún.

- Luego luego de chillona, todo lo arreglan con lagrimitas.
Esperó hasta que comenzara a temblar de frío.

- Te voy a ayudar, porque eres una perra pendeja, cuando termine vas a ser mejor persona, tú nada más eras una putilla de banqueta. Fíjate, como vas a sufrir mucho y te vas a arrepentir, porque te vas a arrepentir de todos tus pecados, pues te voy a mandar al cielo.
Melchor se quitó las botas de piel de víbora, se bajó de un movimiento pantalones y calzones, se desbrochó la camisa y se puso de cuclillas sobre la cabeza de Norma, un húmedo y largo pedo antecedió la masa aguada que manchó todo el cabello de la muchacha.
Al cabo de cinco eternos minutos Melchor se levantó.

- Mañana terminamos esto.
Norma no supo si fue el frío, el llanto o un desmayo, el caso es que en algún momento de la escarchada noche de noviembre en Ecatepec, ella perdió el conocimiento.

 

Apenas doce horas antes Norma bajó del camión de un brinco porque ya arrancaba el colectivo, rodeó la planta fabril de La Costeña y al llegar a su casa fue recibida por los gritos de su padre, otra vez.
La madre de Norma estaba en el piso cubriéndose de las patadas. Toda la familia estaba reunida por el bautizo de Toñito, el hermano menor de Norma; pero no hacía nada, sólo repetían.

- Ya Gustavo, déjala, ella no quiso molestarte.
No importaba el motivo, siempre había un pretexto para golpear a su mujer.

- ¿Por qué no hacen nada? ¿Por qué ven cómo madrean a mi mamá y no hacen algo?
El padre se detuvo y miró a Norma a los ojos.

- No hacen nada porque aquí el que les da de tragar a todos soy yo.
Una bofetada bien acomodada tiró al piso a Norma. El silencio fue sepulcral, todos miraban al piso. Gustavo dio un trago a una cerveza y se fue murmurando.

- Tenían que echarme a perder la fiesta.
Norma salió llorando de casa, caminó hasta la avenida Vía Morelos y en la esquina de la Costeña se detuvo sin saber qué hacer. Una camioneta muy lujosa se detuvo, se abrió la ventana. La reconoció, era un hombre que ya la había invitado a subir en varias ocasiones cuando la veía sola sobre la avenida.

- Súbete mi alma, me llamo Erick, ya te había dicho. Nada más damos una vuelta y te dejo en tu casa, soy un hombre muy serio.

- Bueno, vamos a dar una vuelta, soy Norma.

- Hola Norma, te voy a llevar a cielo.

 

 

 

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