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C6

2 RELATOS


RICARDO HECH RIVAS OLIVO

 

 

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FAMA

"Fama," era la chava más hermosa de los departamentos amueblados de la calle Ayuntamiento núm. 133, en la colonia Centro. Le llamaban así, no por el parecido con alguna actriz de la película o la serie ochenteras, sino porque era la encarnación de ese espíritu disco-pop: su pelo castaño a la afro, sus ojos gatunos pintados con salvaje discreción, sus labios carnosos siempre con la humedad exacta, sus senos de mango que la lluvia desvelaba (¡Ah! ¡Qué hermosa es la lluvia!). Solía salir a patinar a las 7:00 p.m. al parque de la calle de Ernesto Pugibet con sus mini-shortsitos-ochenteros y sus patines azules de "rollerball" y, junto a ella, toda una algarabía de pendejines que, púberes, veíamos en sus piernas largas la confirmación de que las chicas play-boy no eran solo un sueño, como nos decía el Benito, mientras veíamos la colección de revistas de su tío: "Destas aquí en México no hay", afirmaba con un erotismo de onceañero colonizado por la estética holliwoodense. "Fama" desmentía la estupidez de Benito y su presencia devastadora convocaba a varios machos alfa del hábitat, que llenaban de testosterona el ambiente y, a menudo, como buenos mamíferos, medían sus cornamentas en tiros salvajes, que pocas veces lograban llamar la atención de la reina del barrio.

Yo tenía la fortuna de vivir en el mismo edificio que ella y de que mi hermana mayor fuera amiga suya. Vivíamos en el "castillo de la pureza". De cuarenta y cuatro departamentos, la mitad estaban habitados por prostitutas y sus familias; la otra mitad éramos familias disfuncionales, estudiantes extranjeros (peruanos casi todos), transmigrantes, un par de padrotillos, dos familias "normales", y una familia comunista (la mía). Ella era hija de una puta aristócrata, de abrigo elegante, Chanel no. 5, 1.75+los tacones= 1.82 m de estatura y maquillaje de vedette perfecto. Cuando su madre desfilaba hacia su trabajo, dejaba una estela de perfume caro, dulzón, que contrastaba con los anteriores aromas, casi siempre más humildes.

Una vez, mi voyeurismo de puberto pudo darse vuelo porque mi hermana me mandó al departamento de "Fama" a regresarle unas blusas que le había prestado. Cuando entré en su depto, me pidió silencio absoluto con el dedo índice. Las cortinas rojas y negras de terciopelo grueso no dejaban pasar ni un halo de luz al interior, y una luz roja iluminaba con debilidad la sala. Me dijo: "Ven, te voy a enseñar algo". Yo fui tras ella y fue entonces que vi que solo llevaba un calzoncito y una blusa sin sostén. ¡Oh, dios! Mi corazón reventaba de gozo, con una velocidad nunca antes experimentada. Entré a su cuarto y me dijo imperativamente: "cierra los ojos". Yo empecé a sentir mucho miedo, un miedo extraño y una excitación desconocida, húmeda. “Abre tus ojos”, me ordenó. En medio de su cuarto se dibujó, en la semipenumbra, la figura de un pájaro inmenso sobre un tronco artificial, con una máscara de cuero negro: ¡Era un halcón peregrino! Mi excitación fue miedo, deseo, sorpresa y, finalmente, alegría. “¿Te gusta?”, me preguntó. Asentí con la cabeza. “Me lo regaló mi mamá en mi cumpleaños.”

Ese día, salí de su casa y tardé varias horas en recuperarme. Mi encuentro con "Fama" fue más íntimo de lo que esperaba. Me platicó cosas que no comento aquí porque me pidió absoluta discreción. Meses más tarde, ella se fue y mi vida siguió su curso. Años después nosotros también nos fuimos por razones que no vale la pena contar en este momento. En enero de 1992 yo me dirigía al tianguis del Chopo a mercar unos libros y a toparme con la banda a ver qué sucedía. Al salir del metro Revolución casi choco con una silla de ruedas y, al disculparme, reconocí el hermoso rostro de "Fama" empotrado en un cuerpo maltrecho, sin una pierna. Ella me reconoció también y me platicó su desgracia: Un año antes, después de que la dejara un canalla que traficaba coca, ella decidió quitarse la vida. Fue ese mismo día al "castillo de la pureza" y se tiró de la azotea de cinco pisos de altura.

Todo ese día, no sé por qué, me dio vueltas la canción de Gloria Gaynor: I will survive.

 

 

KAFKA 2

La madrugada del 13 de agosto de 1917, Franz Kafka despertó en medio de su primer vómito de sangre mientras el Ejército Rojo planeaba dar "todo el poder a los soviets", como lo había establecido V. I. Lenin meses antes del 25 de octubre. ¿Cuál es la relación entre ambos hechos? En apariencia, ninguna. Excepto, quizá, que el microcosmos rojo del pañuelo de Kafka y el macrocosmos rojo del ejército bolchevique coincidieron en ese año del calendario gregoriano. También se pueden relacionar porque ambos, Kafka y Lenin, murieron en 1924. O porque ambos murieron de las dos enfermedades románticas por excelencia: la tuberculosis (Kafka) y la sífilis (Lenin). Se dirá que es un capricho mío establecer vínculos entre el creador de Gregor Samsa y el ideólogo de la Revolución Bolchevique. Es probable que se argumente que el micro o, mejor aún, el nulo poder del escarabajo checo nada tiene que ver con el inmenso poder político de los soviets rusos. Pero ¿y por qué carajos no? Yo también tuve tuberculosis (ganglionar) y leí a Kafka e incluso el insufrible ensayo de Lenin "Materialismo y empiriocriticismo", y considero que tengo todo el derecho a disertar sobre este asunto. ¿O es que acaso la vida trágica de un escarabajo con mente humana nada tiene que ver con la insurrección de las masas (que, por cierto, en el caso de la revolución rusa fue un monstruo de millones de cabezas)? ¿No es verdad que la metamorfosis es a lo micro lo que la revolución es a lo macro? ¿Por qué, entonces, no comparar un pequeño monstruo con uno enorme?

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