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EL DERECHO A LA PALABRA

MARÍA GUADALUPE ZAVALA CUEVA

I. Soy Nefelibata y anido en un castillo que sembré en las nubes, lejos muy lejos, más allá de las sombras. Mi semana se compone de 31 días. Tengo una bola de cristal; un viejo caldero; dos dragones y una ballena recién fallecida, más no por ello olvidada. Los tengo porque nadie más los quiere. Los quiero porque nadie más los tiene. Conservo un poco de absenta, la necesaria para descifrar con paciencia los enigmas que se ocultan en el cosmos de mi cabeza.

De vez en cuando, recibo la visita del genio, mi amigo/ave, mi querido bebedor de lunas, es un ser de otros tiempos; de otros mundos. Creo que es más sabio que un búho, es un parlanchín que le gusta soñar despierto. Es olvidadizo y no cumple sus promesas.  

Apenas llega, desbrava mis ansias y hace trenzas mi locura, conversa conmigo, escribe garabatos en mi piel, me peina la palabra. ¡Canta cuando se levanta! Es un trotamundos que conserva en su bolsillo un pergamino con nombres grabados, quisiera decirle que son solo batallas perdidas y que el tiempo es un ángel aniquilador; pero no se lo digo. Supongo que es uno más de mis delirios.

Mi ave, me pide miel para endulzar su café mientras permanece en silencio, atento a los susurros casi imperceptibles de los espectros que lo acompañan. Son enjambres de nostalgias. De repente, se arranca del cuerpo alguna pluma y escribe en el aire. Me lee un cuento, trae noticias de afuera, me habla del pasado; me cuenta sus raíces y lo fascinado que está de los árboles paridos. Me gusta contemplarlo mientras habla.

Pero no todo es una experiencia cósmica a su lado, sé que es un ser sufriente que padece la agonía del mundo y en complicidad con Dionisio abandona la cordura con furia y ardor, deja de ser ala para ser colmillo. Enciende su lengua, quema todo a su paso; quema mi castillo, mi cama, mi traza, quema mi piel. Nada se escapa, me deja herida remendando mi alma. ¡Ya no canta, grita! Me sacude, me lastima. Para mantenerme alejada de su ira, apuro mis piernas, empeño mis alas y me refugio en el silencio, aguardo el momento para convertirme en hiena.

Casi muerta regreso a mi guarida, lamo mis heridas e inmóvil me quedo esperando el regreso de mi ave. Me siento  en aquélla silla de luna y ébano, padezco el ardor de su ausencia y esta grieta de mi pecho va creciendo de manera despiadada. 

Cuando pasa la tormenta regresa a casa con un libro bajo el brazo en señal de tregua. Con fervor besa mis párpados, me arranca las palabras estropeadas. ¡Soy tan feliz tenerlo de vuelta! Quisiera decirle que jamás muerdo a morir y nunca y mucho menos por la espalda, que mi castillo a veces se ensucia y sangra. Que me duele verlo sufrir y me adjudico la venganza, que no soy hiena por gusto. Que no soy hielo por serlo. Que soy solo yo y por herencia Nefelibata, mas no cuerda de papalote en sus manos.

Con pericia borgiana juega con el tiempo, me murmura al oído: “Para toda la vida” mientras ata mi nombre a un ladrillo, solo es cuestión de tiempo antes de lanzarme al río. Tres veces tres maldecirá mi nombre, me negará. Cumplirá la sentencia del oráculo. Entonces mi ave, se diluye con la prisa de un colibrí y la sonrisa remendada.

 

II.
El tiempo es cuerda, melodía de sabiduría.
Puerta sin cerrojo ni avería.
El tiempo es ancla o ala.

 

III.
La memoria, huella imborrable,
tatuaje grabado en la historia de las subjetividades,
secretos que se alberga en las arrugas de nuestro cuerpo.

 

IV.
Llegarán los tiempos para descender y mirar con horror la caída del arcángel, confirmaré que el mañana ya fue. Nadaré entre la miseria. Miraré con mecánica indiferencia la atrofia gestada en el gran vientre de la Humanidad.

 

V.
             He aprendido en el camino que no nací sabia, para serlo es preciso fluir sin diluirse en el intento. Volver a nacer, salir del obligado estado larvario en el que me encuentro.

 

VI.
Bienvenidos al festín de la carroña,
A la danza de los muertos.
Ya no hay ángeles caminando entre nosotros
¡Los hemos asesinado de aburrimiento!
Solo es cuestión de tiempo,
Lo demás, lo demás, se lo dejo a los cuervos.
Cada quien su muerte.
Cada quien teje la mentira alrededor de su cuello,
Da igual quien empuja el banco que sostiene la grandeza perdida.
Hienas y alacranes: la mesa está servida.

 

VII.
Moriré mil muertes y renaceré igual pero diferente
¡Pobre ave, pobre muerte!

 

VIII.
Lenguaje para locos.
La lengua, ese cálido y húmedo órgano
Vuelta acrobacias por la palabra
DESEO
Que alborota la piel.
Caída en la insistencia de la insanidad del alma.

 

IX.
Cuando muera, deseo que un fauno custodie el pedazo de tierra que me toca.
Renaceré libre, habitaré entre la maleza.
Reviviré experiencias primarias a través de mi recorrido vital.
Seré el Grito peregrino que cabalga indiferente sobre el viento.

 

X.
La plegaria del cadáver: “No me olvides”.

 

XI.
LA (DE) FORMACIÓN DEL SER COMIENZA EN EL AULA.

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