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L1

ELECTRÓNICA DE CONSUMO
COMO MANDATO SUPERYOICO
DE LA CULTURA PARA ALCANZAR
LA FELICIDAD.

MIRIAM PARDO FARIÑA

Resumen: En nuestro mundo contemporáneo, los avances tecnológicos especialmente destacados en la electrónica de consumo, marcan pautas acerca de lo que debe comprarse para ser felices. Lo anterior responde al mandato superyoico de nuestra cultura referido a “debes ser feliz” porque “no te es lícito no serlo”, edicto que se desplegará por medio del discurso-amo incrustado en nuestra cultura de globalización y de la cual el individuo, como consumidor, se hará parte de la misma sosteniendo la falsa ilusión de la felicidad como un estado de permanencia. Freud mostrará en El malestar en la cultura cómo aquel estado no es posible refiriéndose a su caducidad al tratarse de un estatuto circunstancial cuyo malestar anunciará lo irrealizable de ese mandato a ser felices a través de objetos de consumo. Los contrastes entre placer y displacer se presentificarán en la electrónica, en donde el sujeto consumidor se enfrentará no sólo con hackers y virus virtuales, sino también con la obsolescencia inminente de estos productos antes los cuales el amo, situado fuera de la masa, insistirá en recubrir generando programas antivirales y “actualizaciones” para asegurar la sumisión a esa felicidad a pesar de lo momentáneo de este cometido.

 

Palabras claves: Electrónica de consumo, superyó, mandato superyoico, felicidad episódica, ética.

1.    Algunas puntualizaciones acerca del superyó en la obra freudiana

La noción de superyó fue desarrollada por Freud en el transcurso de su obra iniciando su formulación en la segunda tópica cuando el autor hace la distinción entre yo, superyó y ello. Freud va dejando establecido que el superyó forma parte de uno de los herederos del complejo de Edipo con la aparición contundente de requerimientos morales y prohibiciones que el sujeto en cuestión internalizará como legado para su vida. Proveniente de la transmisión parental quedará distinguida como tal al interior del yo formando parte del mismo.

Entendiendo que la prohibición del incesto es crucial hacia la salida edípica, el superyó como huella psíquica se constituirá en una ley prohibitiva acerca de lo incestuoso y las implicancias que tendría si el sujeto incurriera en el goce de la concreción del incesto. Por una parte, el niño se identifica con la figura parental que viene a situar el interdicto, internalización del superyó, y, por otro lado, el deseo continúa su trayecto en la búsqueda del objeto perdido una vez incorporada la ley. “En consecuencia, el superyó es en la vida psíquica del adulto no sólo la huella permanente de la ley de prohibición del incesto, sino también el garante de la repetición [...]”(1).

En 1923 Freud introduce este término cuando escribe El yo y el ello. Tras describir cómo funciona el yo y sus diferencias con el ello, el autor considerará que no es posible sostenerse a partir de esta simpleza dialéctica por lo que hará referencia a una diferencia al interior del mismo yo y que, en ese momento de su obra denominará ideal del yo o superyó(2). Profundizando en el complejo de Edipo y en las relaciones que se establecen entre el yo y el superyó, Freud señalará lo siguiente:

 

“Empero, el superyó no es simplemente un residuo de las primeras elecciones de objeto del ello, sino que tiene también la significatividad {Bedeutung, «valor direccional»} de una enérgica formación reactiva frente a ellas. Su vínculo con el yo no se agota en la advertencia: «Así (como el padre) debes ser», sino que comprende también la prohibición: «Así (como el padre) no te es lícito ser, esto es, no puedes hacer todo lo que él hace; muchas cosas le están reservadas».”(3)

Para Freud, esta doble cara del superyó se deberá al hecho de haber estado involucrado en la represión acaecida hacia el sepultamiento del complejo de Edipo, siendo la represión una cuestión compleja debido a su esfuerzo de desalojo. El origen del superyó se debe, por una parte, a la prolongada dependencia del ser humano durante su infancia con las implicancias que conlleva este desvalimiento y, al mismo tiempo, por el sepultamiento del complejo de Edipo antes señalado dando paso al período de latencia.

El autor planteará que el ideal del yo, debido a los influjos culturales, posee un amplio enlace con la adquisición filogenética entendida como herencia arcaica del individuo: “[...] el ideal del yo satisface todas las exigencias que se plantean a la esencia superior en el hombre. Como formación sustitutiva de la añoranza del padre, contiene el germen a partir del cual se formaron todas las religiones”(4); de acuerdo a lo anterior, Freud planteará que las figuras de autoridad fueron haciéndose cargo del papel del padre en tanto sus órdenes, prohibiciones se sostienen en el ideal del yo ejerciendo como censura y conciencia moral. De esta manera, “la tensión entre las exigencias de la conciencia moral y las operaciones del yo es sentida como sentimientos de culpa. Los sentimientos sociales descansan en identificaciones con otros sobre el fundamento de un idéntico ideal del yo”(5).

Los principales contenidos de lo que Freud denomina lo elevado del ser humano, como es el caso de la religión, la moral y el sentir social, se adquirieron filogenéticamente, tal como el autor lo desarrollara en Tótem y Tabú (1913). Los sentimientos sociales son para Freud como una superestrutura que se impone sobre las mociones de celos y rivalidad hacia los semejantes. Por lo tanto, en el entendido de que la hostilidad no puede satisfacerse de ningún modo, se produce una identificación con quienes, en un principio, se constituyeron en rivales.

En la 31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica(6), Freud plantea una instancia observadora del resto del yo como rasgo identificable al interior de la estructura yoica; lo anterior le llevará a indagar más acerca de la conciencia moral: “Siento la inclinación de hacer algo que me promete un placer, pero lo omito con el fundamento de que mi conciencia moral no lo permite”(7) y de actuar en contra de este imperativo aparecen los reproches continuos desarrollándose a la par el arrepentimiento. A continuación, se citará a Freud para revisar cómo el autor le da un lugar específico a lo que denominará de forma circunscrita superyó.

 

“Podría decir simplemente que la instancia particular que empiezo a distinguir dentro del yo es la conciencia moral, pero es más prudente considerar autónoma esa instancia, una de cuyas funciones sería la conciencia moral y otra la observación de sí, indispensable como premisa de la actividad enjuiciadora de la conciencia moral. Y como cumple el reconocimiento de una existencia separada dar a la cosa un nombre propio, designaré en lo sucesivo <<superyó>> a esa instancia situada en el interior del yo”.(8)

Para comprender mejor aún de qué se trata esta instancia psíquica, en esta conferencia Freud hará alusión a la melancolía como cuadro patológico. Entendiendo que el superyó es independiente del yo en cuanto a su energía gozando de cierta autonomía y propósitos, en la melancolía esta instancia psíquica mostrará toda la fuerza de su crueldad y/o severidad. Si bien, el melancólico mantiene un nivel de severidad relativamente soportable, cuando este cuadro se intensifica el superyó se torna llamativamente severo, “insulta, denigra, maltrata al pobre yo, le hace esperar los más graves castigos [...]”(9); de este modo, el superyó aplica un severo patrón moral al yo, por lo que el sentimiento de culpa moral manifestará la tensión abrumadora entre el yo y el superyó. “[...] transcurrido cierto número de meses el alboroto moral pasa, la crítica del superyó calla, el yo es rehabilitado y vuelve a gozar de todos los derechos humanos hasta el próximo ataque”(10). De manera magistral, Freud señalará que cuando ocurre lo anterior, el yo celebrará su triunfo sobre el superyó, como en una especie de embriaguez beatífica, tornándose liberado de los patrones morales, maníaco, buscando la satisfacción desinhibida de sus concupiscencias.

Bien sabemos que la vida sexual se encuentra presente para Freud desde los comienzos de la existencia, no así el superyó que sólo se agrega más tarde; de acuerdo a lo anterior, puede notarse que el comportamiento de un niño pequeño no tiene inhibiciones contra sus pulsiones que buscan vías de satisfacción. Sin embargo, debido a los influjos de la autoridad parental, el superyó ejerce sus requerimientos desde un poder externo que viene a instaurar amenazas referidas al retiro del amor si fuese necesario; para Freud, esta angustia se constituye en la precursora de la ulterior angustia moral que en tanto está presente no hace falta referirse al superyó ni a la conciencia moral. “Sólo más tarde se forma la situación secundaria [...]: en el lugar de la instancia parental aparece el superyó que ahora observa al yo, lo guía y lo amenaza, exactamente como antes lo hicieron los padres con el niño”(11) erigiéndose como legítimo heredero de la instancia parental. Sin embargo, cabe destacar que Freud mostrará en esta conferencia que, independientemente de la severidad o laxitud de los padres, el superyó puede tomar un camino de severidad o rigor despiadado.

En sus siguientes reflexiones, Freud aludirá a la identificación entendida como una forma muy importante y originaria de enlace con el semejante; el autor distinguirá este movimiento con la elección de objeto y para aquello colocará como ejemplo cuando el niño, identificado a su padre, quiere ser como él, en tanto si lo ha hecho objeto de su elección quiere tenerlo para sí. En el primer caso, el yo sufre de una alteración al seguir el modelo del padre que incorpora, en tanto no es necesario en el caso de la elección de objeto. Ambos movimientos son independientes entre sí aunque un sujeto pueda identificarse con la misma persona a quien eligió como objeto sexual, por ejemplo, y alterar su yo de acuerdo a lo que acaba de señalarse.

Freud concebirá la génesis del superyó como “un caso logrado de identificación con la instancia parental”(12); esta instancia superior al interior del yo se relaciona con el complejo de Edipo, idea que el autor volverá a subrayar tal como se explicara con antelación, a saber, que con el sepultamiento de esta encrucijada el niño debió renunciar a intensas investiduras libidinales direccionadas hacia sus padres; para resarcirse por esta pérdida de objeto se refuerzan en su yo las identificaciones con las figuras parentales lo que tenderá a repetirse en la vida del niño.

 

“En el curso del desarrollo, el superyó cobra, además, los influjos de aquellas personas que han pasado a ocupar el lugar de los padres, vale decir, educadores, maestros, arquetipos ideales. La norma es que se distancie cada vez más de los individuos parentales originarios, que se vuelva por así decir más y más impersonal.”(13)

Los cruces entre el superyó y la cultura aparecen también en varios momentos de la obra freudiana. Sólo por citar algunos, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921) tras referirse a la identificación, aparecerá una figura de poder, en este caso el padre por quien el niño, en particular, tomará especial interés(14), incluyendo otras temáticas, tales como la melancolía e ideal del yo retomadas en la 31ª Conferencia. En otro apartado de Psicología de las masas, al referirse al instinto gregario, Freud concluirá que el sentimiento social se desarrolla primero a partir de un sentimiento de hostilidad que cambia positivamente hacia el amor pero siempre debido a un proceso de identificación, lo que implica la presencia de alguien que lidere o marque tendencia en un grupo: “Hasta donde hoy podemos penetrar este proceso dicho cambio parece consumarse bajo el influjo de una ligazón tierna común con una persona situada fuera de la masa”(15), puesto que al reflexionar acerca de la Iglesia y el ejército, el conductor de estas instancias resulta crucial. Para Freud, la exigencia de lo que refiere como igualdad en la masa es válida para los miembros que conforman la misma, pero no para su conductor; en definitiva, “todos los individuos deben ser iguales entre sí, pero todos quieren ser gobernados por uno”(16), de esta manera, el autor culminará señalando que el ser humano es un animal de horda {Hordentier} y de una horda dirigida por un conductor o jefe situado fuera de la masa.

Más adelante, en el apartado un grado en el interior del yo (17), Freud argumentará:

 

“Cada individuo es miembro de muchas masas, tiene múltiples ligazones de identificación y ha edificado su ideal del yo según los más diversos modelos. Cada individuo participa, así, del alma de muchas masas: su raza, su estamento, su comunidad de credo, su comunidad estatal, etc., y aún puede elevarse por encima de ello hasta lograr una partícula de autonomía y de  originalidad”.(18)

 

2.    La búsqueda de la felicidad según Freud a partir de El malestar en la cultura

En el Malestar en la cultura (1930)(19), Freud plantea que los seres humanos buscan alcanzar la felicidad y mantenerla, lo que resulta particularmente complejo al tener que buscar equilibrios entre el binomio placer-displacer. Siendo esto así, alcanzar la felicidad, o la dicha, será definitivamente un cometido episódico, muy breve, haciéndola irrealizable desde el punto de vista del principio de placer.

¿Qué logra disfrutar entonces el ser humano? Esta pregunta lleva a pensar que se goza con intensidad del contraste y escasamente de un estado de felicidad que implicaría permanencia. De esta manera, Freud mencionará varias amenazas constantes de sufrimiento(20) ya sean del propio cuerpo, del mundo exterior y de los vínculos con otras personas, siendo esto último uno de los padecimientos más dolorosos.

Freud especulará acerca de las formas que los seres humanos buscan para protegerse contra el sufrimiento, desde las intoxicaciones hasta la vida eremítica. Uno de sus desarrollos llamará la atención acerca de la sublimación de las pulsiones y que se alcanza “sobre todo cuando uno se las arregla para elevar suficientemente la ganancia de placer que proviene de las fuentes de un trabajo psíquico e intelectual”(21). Aun así, esto no siempre es suficiente aunque el artista disfrute el logro de su obra creadora, el investigador busque la solución de problemas planteados en la búsqueda de la verdad proporcionada por el conocimiento, etc. Freud considerará entonces que se trata de fines superiores no siendo asequibles para la mayoría de los seres humanos.

Siendo lo anterior complejo de sostenerse, Freud reflexionará acerca de la aspiración de los seres humanos a independizarnos del “destino” lo que lleva a centrar sus especulaciones en los procesos anímicos internos. ¿Qué le sucede entonces al ser humano? “para ello se vale de la ya mencionada desplazabilidad de la libido, pero no se extraña del mundo exterior, sino que, al contrario, se aferra a sus objetos y obtiene la dicha a partir de un vínculo de sentimiento con ellos”(22).

Así como la búsqueda de satisfacción podría estar circunscrita en muchos seres humanos al hecho de amar y ser amado, este recorrido también se torna débil porque genera una consistente desprotección debiendo experimentar una desconsoladora desdicha cuando se pierde el objeto amado.

Otro giro que hace el sujeto es la búsqueda de la felicidad a partir del goce en la belleza y que puede tomar distintos caminos como es el caso de “la belleza de formas y gestos humanos, de objetos naturales y paisajes, de creaciones artísticas y aun científicas”(23), pudiendo alivianar el sufrimiento aunque también ofrezca una protección escasa a los seres humanos.

Freud concluirá sus indagaciones acerca de la felicidad en que dicho programa impuesto por el principio de placer no es realizable; sin embargo, lo anterior no quita que se busquen distintos recorridos aunque no alcancemos todo lo que anhelamos. Considerando que en estos caminos no sólo influyen los factores externos, sino también la constitución psíquica del sujeto, Freud aseverará: “Si es predominantemente erótico, antepondrá los vínculos de sentimiento con otras personas; si tiende a la autosuficiencia narcisista, buscará las satisfacciones sustanciales en sus procesos anímicos internos [...]”(24).

Más adelante, Freud realizará un nexo entre el proceso cultural y el desarrollo evolutivo de los seres humanos considerando que la comunidad también forja un superyó cuyas influencias son importantes a nivel cultural. El autor reflexionará acerca del origen del superyó de una determinada época cultural considerando que descansa en la huella que han dejado conductores o líderes de gran importancia. Asimismo, toma como otro punto de concordancia respecto a la vía evolutiva del individuo, la severidad del superyó cultural al plantear exigencias ideales muy severas y cuyo incumplimiento es sancionado a través de la angustia propia de la conciencia moral:

 

“[...] se produce aquí el hecho asombroso de que los procesos anímicos correspondientes nos resultan más familiares y accesibles a la conciencia vistos del lado de la masa que del lado del individuo. En este último, sólo las agresiones del superyó en caso de tensión se vuelven audibles como reproches, mientras que las exigencias mismas a menudo permanecen inconcientes en el trasfondo. Si se las lleva al conocimiento conciente, se demuestra que coinciden con los preceptos del superyó de la cultura respectiva”(25)

De esta manera, el superyó cultural ha establecido sus ideales y planteado sus propios reclamos, especialmente los referidos a los vínculos recíprocos entre los seres humanos y que se resumen, de acuerdo a Freud, bajo el nombre de ética.

 

3.    Electrónica de consumo como mandato superyoico de la cultura

Revisados los apartados anteriores, cabe preguntarse acerca de la electrónica de consumo en donde la utilización desmedida de computadoras personales, tablets, teléfonos móviles, GPS, cámaras digitales, juegos (Play Station y otros), así como variados objetos tecnológicos, tanto para el entretenimiento así como para trabajar y definitivamente para comunicarse, cobran gran relevancia en nuestra era. De hecho, los avances tecnológicos en estas materias avanzan de forma tan acelerada, que la obsolescencia planificada de estos productos, conlleva a su pronto desasimiento como objetos de desecho al perder continuidad por el avance de nuevos programas.(26) Esto último permite, entre otras cosas, abaratar costos, por lo que un medio tecnológico al principio alcanzable sólo para algunos, tiende a masificarse al continuar atribuyendo un máximo valor ético a este cometido como si se tratara de un logro de particular importancia.

De esta manera, habiéndose alcanzado un mandato superyoico cultural a consumir para ser feliz, es bien visto, para los individuos que conforman la masa, contar con estos medios sin los cuales, en muchos casos, no se podría trabajar. En la infancia y adolescencia, contar con estos avances tecnológicos se constituye en un objetivo altamente deseable destinado al entretenimiento, siendo muchas veces difícil para los padres y educadores instar a sus hijos y estudiantes respectivamente a dejar de lado estos instrumentos registrándose reacciones exageradas de parte de los niños y adolescentes cuando deben renunciar, aunque sea por un tiempo corto, al encandilamiento que provocan estos medios con sus pantallas.

La propuesta freudiana acerca de lo anecdótico de la felicidad se registra en lo señalado anteriormente, por cuanto la electrónica de consumo propicia satisfacciones momentáneas y el usuario no se conforma con lo que ya tiene exigiendo la nueva versión de un programa computacional, de un equipo o de un juego virtual. Este es el goce del contraste, porque en tanto se anuncia aquella nueva versión por venir, el sujeto posicionado a partir de una ética consumista, padece el contraste de lo que no tiene hasta emerger como un ave fénix cuando obtiene lo que busca aunque sea efímero.

De acuerdo a lo anterior, el discurso capitalista plasmado en la electrónica de consumo y en el deslumbramiento que genera, conlleva un mandato superyoico a consumir de manera forzada pese a que los objetos se consumen a una velocidad impresionante. Sin embargo, y tal como se revisó en el apartado acerca del superyó, el deseo continúa con sus trayectos en la búsqueda del objeto perdido una vez que la ley ha sido incorporada. De esta manera, no habrá objeto capaz de satisfacer, porque en este plano, el objeto se encuentra perdido y sólo podríamos bordearlo.

Cabe preguntarse las razones por las cuales la electrónica de consumo no genera sentimientos de culpa en sus seguidores, sino más bien un ámbito de exigencia insoslayable. Si ya se había postulado el mandato superyoico de la cultura “debes ser feliz”, este patrón es aplicado al yo de forma contundente y la desesperanza vendrá en la medida en que no se posea el objeto de consumo que da cuenta de ese precepto estatuido como edicto insoslayable. Por lo tanto, cumplido el cometido de haber cambiado el equipo o haber adquirido un nuevo programa, el consumidor se ajusta otra vez al instante de felicidad mandado desde el superyó quedando sin resquemores aunque el producto haya sido muy elevado en su costo monetario. El yo y su embriaguez beatífica, tal como señaló Freud, obedeciendo al pie de la letra el edicto dictaminado por el superyó que lo observa, lo guía y lo amenaza.Esto explica, en gran medida, que en tanto acontece la oscilación advenida por la propaganda del nuevo objeto de electrónica a consumir, esto último será sentido como un nuevo ataque al yo hasta volver a alcanzar el preciado trofeo que da cuenta de una felicidad episódica.

La ilusión referida a que todos deberíamos ser iguales entre sí, tal como pensó Freud en lo que les sucede a los individuos de la masa, nos lleva a preferir objetos uniformes que el consumidor elegirá para no ser distinto del otro. Esto se encuentra muy ilustrado en la electrónica de consumo cuya vorágine de nuevos ofrecimientos por los avances tecnológicos, igualan a los consumidores cuando quieren tener el último modelo de teléfono móvil, de juegos virtuales, de equipos variados y de nuevas aplicaciones que de no obtenerlas dejaría al consumidor sumido en la obsolescencia sin posibilidades de igualarse con los otros en tanto la caducidad de la electrónica es inherente a ella para funcionar desde la lógica consumista.

Lo anterior puede generar diversas consecuencias, como es el caso de quedar fuera de un juego virtual del cual participan otros que tienen la versión más avanzada, de no compartir archivos porque el equipo no puede abrirlos por tratarse de un modelo obsoleto, etc., utilidades y herramientas que vende el amo que dirige a la masa obediente y que se sitúa fuera de la misma entregando coordenadas de felicidad, ética propositiva de ideales y reclamos que el consumidor, ser humano de horda, seguirá porque ese es el mandato.

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REFERENCIAS

1 Nasio, Juan David, “Enseñanza de 7 Conceptos Cruciales del Psicoanálisis”, Quinta reimp., Gedisa, Barcelona, 2000, (p. 182).
2 Freud, S., “El yo y el superyó (ideal del yo)”, En: Obras Completas, Vol. XIX, 2ª ed. 5ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 1993.
3

Ibídem, p. 36.

4

Ibídem, p. 38.

5 Ibídem.
6 Freud, S., “31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica”, En: Obras Completas, Vol. XXII, 2ª ed. 8ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 2006.
7

Ibídem, p. 55.

8 Ibídem, p, 56.
9

Ibídem.

10

Ibídem, p. 57.

11

Ibídem, pp. 57 y 58.

12 Ibídem, p. 59.
13 Ibídem, p. 60.
14

Cfr. Freud, S. “Psicología de las masas y análisis del yo”, En Obras Completas, Vol. XVIII, 2ª ed. 10ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 2004, (p. 99-104).

15 Ibídem, p. 115.
16

Ibídem.

17 Cfr. Ibídem, pp. 122-126.
18 Ibídem, p. 122.
19 Freud, S., “El malestar en la cultura”, En Obras Completas, Vol. XXI,  2ª ed. 4ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 1994, (p. 59-140).
20 En otro apartado del Malestar en la cultura, específicamente en el capítulo III, Freud aludirá a tres fuentes de sufrimiento provenientes de la hiperpotencia de la naturaleza, de la fragilidad de nuestro cuerpo y de la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad. Cfr. Ibídem, pp. 85-96.
21 Ibídem, p. 79.
22 Ibídem, p. 80.
23 Ibídem, p. 82.
24 Ibídem, p. 83.
25 Ibídem, p. 137.
26

Véase también Pardo, Miriam, “La fascinación narcisista en la sociedad de consumo. Algunas reflexiones”, Errancia, 12, (2015). Extraído el 30 de enero de 2016 desde
http://www.iztacala.unam.mx/errancia/v12/litorales_3.html

 

BIBLIOGRAFIA

Nasio, Juan David, “Enseñanza de 7 Conceptos Cruciales del Psicoanálisis”, Quinta reimp., Gedisa, Barcelona, 2000, (p. 182).

Freud, S., “El yo y el superyó (ideal del yo)”, En: Obras Completas, Vol. XIX, 2ª ed. 5ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 1993.

Freud, S., “31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica”, En: Obras Completas, Vol. XXII, 2ª ed. 8ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 2006.

Freud, S. “Psicología de las masas y análisis del yo”, En Obras Completas, Vol. XVIII, 2ª ed. 10ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 2004.

Freud, S., “El malestar en la cultura”, En Obras Completas, Vol. XXI,  2ª ed. 4ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 1994.

Pardo, Miriam, “La fascinación narcisista en la sociedad de consumo. Algunas reflexiones”, Errancia, 12, (2015). Extraído el 30 de enero de 2016 desde http://www.iztacala.unam.mx/errancia/v12/litorales_3.html


 

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