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L1



LAZO FILIAL MATERNO

CARMEN VÁSCONES

 

 

Lazo filial materno y eslabones de la lengua femenina. Ensarta  ausencia y presencia de  cuerpos de palabras editadas en oral horas de cada una. Lo que perfora y perdura más allá del mundo doméstico.

Poner  cordel, regadera, cantina, fogón, tina de madera de pechiche, máquina de coser y  plancha de carbón en su sitio. Ellas no son utensilios, ni trapo, ni  pinzas, ni macetas ni  flores, ni agua caliente, ni café a pasar, ni  ropa sucia, ni vestido por terminar, ni sábana por templarla.

Ellas hablaron a cada una que venía que no hay tal molde...

Armaron memoria.

Tejieron y destejieron.

Zurcieron palabras rotas.

La mama o tatarabuela Tomasa luto eterno, con mantilla hasta los hombros. Cabello enrollado como cabuya  hecho un roscón agarrado atrás, cerca  de la nuca. Viuda joven compagina  "respeto" colocando a  su cuerpo vestido negro implacable para siempre.

No ser cuestionada era un encierro con el traje de la armadura...

Acoge a los nietos. Sus hijas desaparecen antes del sereno. Termina de criar... Teje velos blancos para chiquillas. La primera hija que parió calzará su vestido de novia con todo el ajuar que guarda en baúl.  Silenciosa busca en casa de madera al grillo que choca sus alas. No quiere que le dañe los manteles ni nada al alcance, tienen unas tenacitas cortantes, que hace  trac trac trac.

Pasa el tiempo sin poder atrapar pormenores.

Tantas tareas. Da órdenes. Aprendan para que no sean machonas. Les hace trenzas a las bisnietas, margara es la favorita, se esconde debajo de las sábanas para que rosa no la encuentre. Allí bajo la tolda de su falda se acobija, se queda dormida. Apenas una chiquita soltando los primeros dientes.

Única muda que nos da chance de morder algún día la sospecha humana.

Nacemos desgarrados del lenguaje. Y tenemos que prenderlo, replantarlo. Revestirlo. Reimplantarlo. Renacer. Resurgir dentro de ti como una canción de cuna con vocales haciendo gorgoritos en tu lengua hasta dejar que la magia deje una huella de burbuja  en la soledad de tu infancia. Que corras alcanzarla y quieras reventarla y no se deja.

La pregunta es la respuesta que unta la puesta del sol con el primer pesgoste de papilla de la noche que llega a tu boca como bostezo O tal vez el desprendimiento de la hoja que descubres en el gateo sobre la tierra. O el  trazo que das con carbón en el piso. O el enganche de la vida con la primera sombra de la O.

Otro de ti en tu yo suspira.

Aliento del primer paso que diste.

La lleva al camastro,  la mete en su pecho hasta pegarla al corazón sin rostro del amor. Está sellado el suyo a un circulito que contiene el nombre, al que le juró bajo la regla divina del eclesiastés, juntos, pase lo que pase.

No somos dueño de nada. Ni del sentimiento.  

Se escapa al memorial de su intimidad.

Solitaria sombra se refleja bajo vela.

Íntimo silencio de su único hombre se percibe al tocarse los labios. Se destrenza.  En su bata pulcra  para dormir encierra su piel atrancada con llave, candado y caricias que no deben perturbar el presente.

Así como la cantina se enfría, se apaga el fogón y se vacía el plato.  Así son los sucesos que te arrancan la dicha. Que te sacan de tu puesto. Que te dejan sola como una pepa de guaba.

Susurra. -su beso pegado a mis labios…- 

-Ama sin perder la cabeza- aconsejaba.

No fue así. 

Las hijas se escapan a los brazos del enamorador. La rigidez no es madre del patrón ni de la matrona.  Se sale de las manos el deseo.  Aunque te equivocas. Solo sabes que vives desentrampando al cuerpo del sometimiento.

Saca mordaza a historias inéditas.

El nubarrón se despanzurra.

Bisabuela deja  plancha de carbón, cacerola de almidón.  Toda sudada corre a recoger ropa tendida en las cordeladas, entra y sale una y otra vez, la lluvia la empapa. Cansa refregar tanto trapo con las manos. Menos mal alcanzó a cogerlos secos.  Solo los últimos destilan.  Los coloca dentro de un cordel que tiene para estos casos.

Queda tina vacía y nada pendiente. Se desviste, pasa toalla, se pone batona larga y abrigo, siente ligero titiritar. Preparase agua de canela, la endulza con trozo de terrón de panela. Las brazas  estaban rojitas, pudo aprovechar para que no se desperdicie nada. Así la plancha se enfría pronto.

Coge  taza de fierro con  infusión, se sienta en la cama, sopla, toma hasta vaciar. Respira profundo y siente una punzada inubicable. No vaya a darme gripe. Se levanta, agarra  jarrón con agua, la  echa  al resto del carboncillo encendido.  Se asegura no quede ni una chispa. Se acuesta. Los días se hacen una centella en la silueta delgada.  La fiebre no pasa. Ronca. Nada de voz.

Entras al escondrijo sin durmiente.

Falleces de pulmonía. 

La tabla de planchar, el canasto lleno de los traperíos limpios. Serie de planchitas en hileras, para sábanas, faldas, mangas y cuellos. El saco de carbón listo. A Pedro tu marido lo mataron.  El disparo entró como grito.  Nunca se supo de dónde llegó. 

Tú no seguiste la ley de tu madre.

Te volviste hacer de compromiso.  Te quitó a Rosa. Eso no aprobó la matriarca.  ¿Quién  aguantó tu aliento final? Estoy segura que Mayorga, el padre de tu otra hija llamada Mercedes.  Él se hizo cargo de la chiquita. De todo lo concerniente a ti.  

Te dio sepultura digna.  El mismo cavó fosa. Metió tu cuerpito en el ataúd de la madera de madera negra que hizo a tu medida. Se aseguró que no sobre ni falte espacio. Te conocía toda.  Te cargó hasta ponerte despacito allí. Echó tierra hasta dejar plano el piso. 

Se paraliza noche en el silencio. 

Tu callar insoportable. ¿A quién maldecir?

Puso una cruz que se la comió el tiempo.

Ese lugar  no encuentro. 

Lloró sin importar ser mirado. Lúcido, nada de trago, empacó, cerró casa y se embarcó con su niña. Se fue a vivir lejos. 

Salió del monte.  Se asentó en Samborondón. A las dos las conocí. A mi abuela y a mi tía. Tanta bondad no cabe en el abrazo de dos ñañas juntas.

Fui testigo de eso.

Abuela rosa, cántaro de luz su lengua. Escuchó el llanto en su panza primeriza y supo que era mujer la que venía... Tenía tal pasión por la vida y una imaginación macondo, maravillosa.

Telar evapora amanecer. 

Espacio apaga  candil. 

Otro momento circunda luz.

Noche da vueltas como guardiana del sueño.

¿Y la mamá margarita? Una jardinera con sus flores y plantas secretas que les habla para que no se aburran cuando el calor o la nada las sofoca... Es una contadora de primera, el relato en su boca es cuento exacto, no hay vueltas que dar.

Su versión es definitiva.

Indoblegable dilema del nudo.

Nido del narrador en sus manos, coge  espuelas del conflicto y de un remate arranca  angustia del personaje y lo deja sin respiro. Aprende  actuar en el episodio. No te me quedes lento. Tampoco te hagas el sabido, ni te alejes ni te acerques a mí, tu vida está en el papel. No pongas barbas en remojo.

De un sólo manotazo da con el desenlace.

Cuando no,  amontona  sillas, pone trancas, asegura puertas  con llaves y pestillos, da con el lápiz latigazos a lo que encuentre,  al piojo lo saca con ira, a la garrapata la aplasta con piedra de moler. Desinfecta. Machaca ajo, dispersa en el jardín, Cáscaras mezcla con el guano.  

Tiene tacho para preparar abono.

Arranca sin prisa la duda.

Dar en el clavo hasta perforar la lucha.

En el drama tiene que haber culpa. Sangra lo divino. No hay paz ni tregua que deja a la deriva.  Eso no divierte.  El relámpago se apaga y prende.  Cubre todo lo brillante, ni un metal queda visible para el asesino rayo.  A mi casa no entra.  Esconde todo reflejo para ubicar al semejante real.

Trueno es trueno.

Contiene al agujerito del suspenso como alacrán dentro del recipiente de vidrio. Algún rato cede.  –Lo tengo- Y saca como un bicho el punto final de en medio de su propósito.  Alargar vida.  Abre la tapita, Escorpión sale, camina en la mesa.

La señora lo acorrala con boca del frasco.

Todavía no.

Aquí mando yo.

Barre epílogo.

Así es cada historia que somete a su dominio. 

El cirio de su idea un cabo suelto.

Tiene presa a la muerte. 

Le tiene amarrada la pata como tarantantán  volando  sin avanzar porque parece cometa diminuta en el juego de la niña. Así que sí. De aquí no te me escapas.  -Yo te llevo a ti, no tú a mí-

Desecha hojas secas. Ubica podridas.  Las apila para el humus.

Limpia despacio el tocador. Sus ojos ven directo a la niña subiendo a la canoa para ir a pescar con su papá y hermano.

No hay pero que la ataje, ni su progenitora tiene fuerza para cambiarla de opinión, lleva las de perder ante aliados que la esperan firmes. Apura. No hay componte resabiada. -En el fondo hay  agrado en ese porte de muchacha que va afilando la pose de sus andadas-.

Se burla del eco en el sueño.

Contempla  estrellas por la ventana de su dormitorio...

Poco a poco la vence el cansancio. Se desviste pudorosa. Se pone  pijamas de algodón. Se suelta el cabello, lo peina, se pone crema en las piernas. Las varices queman. Elucubra.  Así fue. Que no me vengan con otra lata...

Tiene un gallo despertador cada hora.  El animalejo canta toda la noche. Tac tac tac. Hasta que irrumpe dando portazo del quiquiriquiiiiii  en cada cambio del horero.  Padre se lo regaló.  Está dentro de una caja de madera.  Asoma cuando lo pincha la cuerda del gallinero con su racha del aquí, ahora, ya. Como que la arrulla. Sigue durmiendo hasta cuando toque el astro la costumbre del abre párpado.  Despertar de un tirón hasta ser capaz de romper el cerco del luego. Si se le arranca la cuerda, desespera. 

Repararlo cada vez se hace más difícil. 

Suplica que no se le cierre el pico.

La “conversa” si no está bajo su control no es asunto ni tema de ella. Frena la lengua. Guarda en un cofre a pandora con la panza vacía.  Se agarró de la esperanza. Nadie se la quita. Es de ella. El que sigue la consigue.  La tiene metida en un bolsillo cosido a mano que lo guarda como secreta en algún rincón de su buche, le digo en broma. No me para zona.  -Adefesiosa. Qué te crees, chistosa. No me vengas con cosas-. Le cambio de tema. Demora en volver a dejar de estar enzurronada.

Escoba, delantal, y ollas son sus créditos que hay una mujer increíble en casa.  Es muy amable. Resuelve minucias.  Su sueño fue ser doctora que recibe niños.  Casi, porque hasta alumbró  sola.  La consagré como parturienta y comadrona a la vez.  Me trajo sin que  nadie nos vea. Bajo el toldo, allí las dos.

Se aguantaba como macha los dolores. Así decía, como soltar maíz a los pollos.  Y dar a luz  no era  complejo.  Todo está en saber cuándo corona el niño, ponerse en posición de puja y puja, eso sí, sin que nadie te vea la fachada, ni de que te interrumpan.  Sola o con la ayuda de la partera, pan comido…A menos que seas estrechas, o te pierdas de fecha o no dilates, o el miedo  que  no te deja confiar en la paridera.

Hasta que llegó el doctor con mi progenitor.

Y corta  cordón.  Madre, placenta y yo. Saco amniótico, charco del agua fuente en la sabana ensangrentada,  mi cuerpito y el cebito en toda mí como capa protectora.

Y padre enredado en el susto más grande de su vida…

Punto aparte.

Parte otro ciclo.

A mis cinco años conozco el mar.

El río del pueblo natal de las dos queda en una lejura sin juramento. Sin ganas de recoger pasos ajenos. Desde que nací hasta esta edad pasando el medio siglo me he atrevido a narrar algo parecido a lo autobiográfico, aunque solo sea apuntes de recortes escarbados. Mi memoria de  historias próximas y lejanas del relato de ellas.

De otras voces.

Otros tú.

Un yo. 

Mi  primer recuerdo parte al pie del océano. Subiendo escaleras para abordar el barco con sus cabos de focos y velas recogidas, viendo el golpe de  olillas en la madera. Recogerse la ciudad en la oscuridad.

A punto de zarpar sentí un puchero impronunciable en mi garganta.

La noche tenía un faro. En el cielo una luna blanca brillante, las espumillas blancuzcas parecían escamas de millones de peces arrinconadas en el borde de la quilla. Olor salobre. Al fondo tinieblas. Perdura el sonido de la trompeta arrancando la salida, el vaivén. La partida de la embarcación desde  el muelle que nunca más pisé. La barca gigante para mi memoria entrando  a donde no hay más que sólo una poza gigante de agua color casi negro. Parece que flotamos.

Y papá llevando al camarote.  Es suficiente. A dormir.

Llevo los dos nombres de las bisabuelas, igual a  la que me parió.

Abuelo dijo “ella” ganó. A mi madre nunca la nombré en mi hija. Rosa se fascinó  poder llamarla Margarita como si buscara el tiempo perdido no compartido con mi suegra, Claro, terminó ganando nombrándola con el segundo nombre.

Se salió con las suyas. 

Salta letra, primer nombre, segundo nombre.  Resanar dolor de la pérdida. El cuenco del arrullo una nostalgia para quien no logra descobijarse del pecho materno. La palabra mama es  la primera gota del calostro que cae en tu boca.

A veces eso no ocurre.  Toca lo que sucede.

Aunque no te hayan amamantado la vida es un enmadre y desmadre.

Sombras cruzan sobre uno antes de nacer.

Dos nombres marcan mi acta de nacimiento.

Arrasan. Rebasan. En base a qué escribes.  No hay respuesta explícita.  Lo extraño elucubra. La ficción es una acera, un sendero. Un escenario fuera de ti. Te acercas sin taponar lo que indagas.  El estilo es lo que supervive más allá de ti.

Tu escritura es lo que nunca es tal cual a ti.

Tú no eres el dilatar.  ¿Acaso tu cérvix  un agujero del vacío para caber  dentro de ti? Para acoger a la exiliada del deseo. Para saber menos de ti. Para saber más de nada. Para desboronar la petulancia del cogito ergo sum.

Boca de pez el orificio sublime.

Blasfemia en mí.

Sucumbe mito al fondo del charco.

Borramiento del parto no editado en mi cuerpo.

Neutro destino entre mis piernas.  Punto ciego de la gestación. Mi útero vago cántaro de la mujer que me descubre. Me encubre. Me cubre. Me descifra. Me revela. Me devela. No tengo que rendir cuentas del saldo en contra que me tocó vivir.

Cancelé la sexta generación. 

Miro en la claraboya del eclipse.

Es espectacular poder ser sincero con uno.

Mi cuerpo caracol del mar.

Un nombre elijo yo.

Otro es cómo me llaman.

Como lo llenan y vacían de contrasentidos.

Y fue una dicha para pacharuco,  que se me vuelva a llamar… Solo que esta vez el se sintió triunfador.  Carmen se impuso. Desde que nací fui su lamparita de media luna. Decidió que era su camarada.

La rebelde del conformismo.

Fui la felicidad para ese par de abuelos.

A pesar de que  la madre de mi madre por  llevar la contra, provocar con quién pelear por puro reírse sin parar, me nombraba Carmen Rosa.  Barajo decía su marido.

2016: Otro presente.

Mi madre 76 años.  Yo 58.

El corte de la historia sin engendrar.

A medio camino una discusión no resuelta. 

No hay tiempo para desandar.

Suficiente alboroto esa desnudez de la palabra contigo. 

El diván y los diarios  han sido un desprendimiento. 

Un dejar en paz a las entrañas de la muerte.

La vida cuenta.

Esbozo del paso por un grano de arena.

Un desembarazar la duda y la grieta del prójimo.

En el 2012. Abuela muere, hijo de mi madrina de bautizo se ahorca. Ella me llama para mi cumple, el me dice feliz día prima, y el día de reyes el suceso. Y la ráfaga no para, fui diagnosticada que tenía cáncer al siguiente mes. Y que no hay que esperar. Operaciones.  Necesito ayuda. Fui la invitada por una estadía de 20 días para el reposo. La enfermedad no te detiene. La barrera la pone uno.  Ese no es mi caso. Acepté estar en casa de Mamá.  Fue grato.

Fue increíble el reencuentro o compartir las dos relajadas. Para animarme me lleva a conocer una nueva ramita. A su oasis no entra nadie. A menos que le hayas caído bien y no le vayas a echar mal de ojo y la dejes en cero.

Recupero la calma.

La huella de la cicatriz de mi generación yace en el seno de un jardín sin concebir.

Ser hija es complejo. Ser una sin las dos. Margarita y Carmen, mi madre y mi bisabuela. Y mi abuela el nexo entre las tres. Rosa con espinas.  Rosario de rubí su humor. Me quedo con su color y toda su fragancia. Y franqueza irrenunciable.

Zafiro del mar el delito  limita la orilla.

El machote original para imprimir. Madera negra la novela que relato como bordes de agua en la playa.  Escribo experimentando distancia, desenlace. Acabamiento del eclipse con la pluma.  El ave se echa en el mar.  Me imagino acostada en una boya de plumas de cisne  con alas para echarme bocarriba a descansar sin preocuparme. Libre. Sin la inquisición del cronómetro.

La tocaya tiene una sonrisa hermosa. Irrepetible.  Inigualable. Dentadura perfecta. Aún se pinta la boca de rojo, y contornea la ceja. Es una blanca montubia guapísima. Chúcara como ella sola. Una potranca que no se dejó poner frenos, ni herrajes. Dio coces al sol.  Sangre pura.  Galopa su ser sin prisa. No corre para no desbocarse. 

Deja que suene el teléfono, volverán a llamar si quieren hablar conmigo. 

Todas  las rutas del cordón umbilical y botón del ombligo han sido de mujeres fuertes a pesar del cortapiso de lo inesperado, de eso real fuera de control. De esa realidad sin atinar  qué diablos mismos es.  

Indoblegables al transitar del descubrimiento de la vida.

Antes que el alba de rayones al cielo.

Antes que la flor rompa el botón.

Antes que la rama cruja al aguacero.

Antes que sol queme flor silvestre…

Despertar de madrugada para ir a la faena, trajín que descarga el huerto. Tiernas hembras, con vestidos sin moldes,  con temples de mujeres mandadas a desentrañar panza de la luna.  

A contar  semillas del girasol.

A sacar la madre del arroz.

A develar lo femenino más allá de la primera regla en el cuerpo.

De la primera mirada en  otros ojos. 

De las primeras palabra de rubor con las que nombran partes del cuerpo. 

De la primera carta que escriben con letra traposa.

Del primer lápiz labial codiciado.

De la primera palabra tierna que las afloja al misterio del encuentro con ellas mismas. De la escritura hecha con el cuerpo que las lleva al encuentro con lo irrebatible: estás enamorada…

Del primer pensamiento no dicho.

Aún así lo peor es no hacer nada.

El recuerdo traza un gato en la tierra. El olvido salta como un pulpero para no quedar mordido por el miedo de la infancia atascada por  susto. Por forasteros sospechosos. Por algo que no se explica.

Por lo que pasó y no se toca. 

Por ser curiosa hasta destripar al pez y quitar escama, adobarlo, freírlo y comerlo con las manos.  Nada  de trinche. Se ríe Margara. El culto no sabe lo que se pierde cuando se deja a un lado la servilleta y los cubiertos y te chupas los dedos.

Sin cabeza deja al esqueletito en el plato como una escultura.

¿Cómo quitar a uno un uno?  

¿Cuánto queda por  salir del aprieto?

Hay una  sombra en el relato.

Espejo tapa para que a la tempestad no se le ocurra retocarse.

Ella no quiere conocer jamás la cara del espanto. 

Pudor, castigo, e hincón en el dedo con la aguja. Suficiente.

Hasta la quemazón con la hornilla por meterme en lo que no me compete.

Para qué más.

Creí cogí  el cielo con las manos cuando tu padre me dijo que era el paraíso recobrado…

-¿Acaso madre de padre fue el primero? Hum-

Zafa cucaracha.

Afloja el delantal. 

Cuelga el día.

Este mundo está que arde.  El infierno apesta. Mira todo lo que sale en la televisión…

Ayeres.

Otro hoy

El mismo para unos.

Variantes.

Hacer alcanzar la olla. Y por si acaso, guardar para alguien que llega sin aviso. La merienda olor a canela y roscas. La noche pesa como árbol cargado de guayabas, caimitos, cerezas, guabas de bejuco, chirimoyas, grosellas, ciruelas.  

Levantarse temprano, con soga,  saco y  machete, atentos a escuchar cualquier ruido por si la culebra se arrastre por los cafetales o matas de cacao. No todos cargan botas. Hasta sin zapatos van algunos a competir quien coge más.

Corre que te alcanzo.

¡Ay! Me hinqué.

No seas flojo.

Te piso los talones.

Solo el árbol de tamarindo los hace temblar.

¿Y si sale la bruja?

Carcajadas rompen el silencio del calor.

Memorial aun acantilado: Ellas. El telar y los hilos del tiempo y el aguaje de los filos de agua. Cada una en el espacio que va deja punto de cruz,  punto de remate, punto rococó, punto de relleno.

Bordado de blanco sobre blanco.

De negro sobre negro.  

C pinta la nada.

La tinaja desbaratada de  maderitas  de cuatro mujeres es el fragmento del episodio inconcluso. Siempre falta pieza, sobra o no cuadra. La mujer de la quinta generación recoge restos, arma y pega.  Hace una más pequeña, abre la llave, la llena.  Dentro de ella escribe y dibuja la historia de la fuente rota…

Abanico de gotas de agua moja desierto de vocales.

Cactus de flor blanca nace.

Descascaro tradición.

Hago collage multicolor  para que no perturbe la hilacha del fantasma.

La vida juega aún con todos sus tropiezos y  con sus tiznes en el recuerdo.

Manchas de achotes salpica la blusa. Hago cortes de retazos para muñequitas de trapos.  Ensarto collares  con tronquitos de madera y flores secas. Botones y ojales dejan al descubierto escote del  mar.

Lo  vio por primera vez y única la de la tercera generación.

Olvido fregado con piedra pómez y ceniza del silencio.

La soledad del poniente entre estaciones, lluvias y cosechas.

La radio deja escuchar pasillos, noticias, desates de  guerra. Anuncian al tren chucuchucuchuuuu. Listas hachas y cuchillos filudos, machete y sable se enfrentan, bala, fusil y guarnición. Montan guardia. Turno, Relevo. Vigía.

 Enfrentamiento real. Hambre no espera.

Moneda circula como una bestia de metal arrastrando a la masa atrincherada en la protesta.

Las masacres no tienen precio. 

Bandos, oposición y leyes que nadie lee. Artículos  que confunden.  La mujer sale a estudiar.  Y cómo se hace con la sequía. Se quemó la cosecha, Otra estación con el estómago pegado al costillar.

Se anuncia lluvia esperada.  Arrebatada hunde arrozal.  El montubio se confunde con el pronóstico.  Ya no es como antes.  Hay una ciudad que no conoce. Un estado embarazoso de poder que le quita azadón, pico y pala, y va con aplanadoras de máquinas que tienen brazos y guantes gigantes filudos para perforar y rasgar la parcelas.

Se oye que  alguien manda como representante de uno…

En mi casa y en mis tierras mando yo.

No me vengan con otra vara a medir lo que yo sé. 

Hay unos  cruces de caminos que cambian la ruta del río. 

Hay unos extraños decidiendo hasta dónde es la propiedad.  

Unos qué cara de palo aparecen.

Que…

Hay que pagar la letra que no puede leer. 

El alfabeto del campesino es la naturaleza.

La púber de la cuarta generación toreada por afuereño. 

Ya  tata es una “plancha” repleta de carretes de hilos vacíos.

Se hostigan del sol y van recogiéndose en la sombra...

El tronar de las patas de los caballos queda atrás.

Allá en el campo se tuerce el pescuezo a la gallina criolla para el caldo típico con arroz calientito para acompañar la sopa. Abuela tan rico lo hacías. Te alcanzabas como una diosa a la hora de repartir. El cocolón peleado, cómplices, guardabas para traquetear los dientes al desdibujar la tarde.

!Ah! la limonada con hielo picado, la mata generosa se atiborra, nosotros nos repletábamos los bolsillos; antes que nos alcance la pereza y  sin qué hacer corríamos a las hamacas y nos mecíamos como en trapecio, nos tirábamos las bolitas verdes.

Penitencia para el zoquete que deja caer, consignas, todos que se nos hace agua la boca, terminábamos mordiendo, remojando con sal el limón, deshaciéndolo con cáscara y todo hasta que lo cítrico nos pela la encía.

El zumo quema la lengua.

No aguantábamos los contrastes de temperatura, andábamos boquiabiertos como atrapamoscas. La abuela reía, alistaba agua de manzanilla, la dejaba enfriar, nos daba tragos para que hagamos buches, enjuagues, todos cachetones nos hincábamos las mejillas hasta soplar el agua como pileta, -la culpa de los golosos- nos decía.

De reojo nos mirábamos, para ver cual boca estaba más cuarteada.

El escarmiento era picarnos hasta el desquite inaguantable.

Te acuerdas de las grosellas, ciruelas. Las pepitas de la mazorca de cacao. Eso sí que era un empacho, idas y venidas a la bacinica. Echados en la cama, nos faltaban dedos para contar cuantas habíamos devorado. Todos guardábamos las pepitas para asegurar quién fue el que más cogió. Los envidiosos del triunfo, nos decían tragón cagón.

-Ya cargoso, vas a ver la próxima-

Apenas cumplido mis quince cae del puente de cabos y maderas mi tío, el adorado hermano de mi madre, golpe seco para todos.  Abuela ya había perdido a la segunda, Nercy, eso le chirimoyó los latidos del ser. Corazón cable pelado, a veces cortocircuitos, a veces delirio, a veces morir, a veces mandarse un trago, fumar y putear y patear el culo del demonio. Cuando tuvo cuatro años una infección se la comió viva. Y ahora  viene el tercero y se destapa la olla de grillos. La muerte no iguala.

En ese año 1973. Retumba otros momentos. También muere  madre de padre, me quedo de año, el cuarto curso.  Era un azabache del alma la casa. Año denso como una mariposa negra  con ojos en las alas dejando notar luto no resuelto.  Chillido de la angustia como tripa misqui cocinándose en los fogones de la esquina de la calle y no puedes respirar porque el humo te traspasa.

Se te sale el dolor por la boca y no puedes hacerlo notar.

Resaca.

Chuchaque.

Tristeza.

Dar cuerda al reloj para que no te pierdas.

Para que no se fragmente el rastro.

Del dónde. Qué. Cómo. Cuándo. Por qué

Porque…

Saca de casilla  la burla entre los hermanos.

-Te da fuerza-.

Una sacada de lengua, torcida y dada de espalda era alarde de pavo gugurugu. Menos mal que no nos convertíamos como el animalillo. Sino patitas que te comen en cena de navidad. Claro, eso no era el plato fuerte en mi infancia.

¿Cuánto hay en el matorral de la memoria?

¿Cuánto queda por cortar el monte?

Hay que remover tierra para volver a empezar.

¿Cuánto dura una semilla en dejar salir el brote...?

¿Dónde aún los árboles insisten renacer?

¿El carretero deja llegar un andar fuera de lugar...?

Pasos.

Nacer es una historia de una en una.

Menstruación roja la mujer que descubre que esa sangre no mata.

(03/2016)

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