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C2

CRÓNICA DE UN PÁJARO *

FÉLIX POBLACIÓN BERNARDO **

 

 poblabrel@yahoo.es
blog: diariodelaire.com

 

Tan pronto como despierta en nosotros un sentimiento, podemos estar seguros de que somos presas de un instinto. O bien: tantos instintos  actúan en nosotros como sentimientos nos mueven.

Vitus B. Dröscher.

 

- I -

Donde se alude a la gente apegada a sus napias,
así como a la cursilería y a la barbarie,
y se dan las primeras notas de un corazón de cría
que suena por las noches con un tic-tac de cáscara de huevo.

     Hay mucha gente que no ve más allá de sus narices. Gente que no mira al cielo, pongamos por caso, más que cuando amenaza tormenta. La hay, incluso, que ni eso, porque siempre va en coche y se le ha puesto cara de parabrisas nublado con rictus de velocímetro. Es una gente un poco rara, pero vulgar, que no sabe de estrellas ni de nubes. Posiblemente no sepa de nada. En cuanto a pájaros, le basta con suponerlos. Cantan, tienen plumas y vuelan por ahí, con eso le basta. Es gente tan apegada a sus narices que sólo conjetura que hay pájaros porque en las tiendas se siguen vendiendo jaulas. Se trata de gente muy atareada que no tiene tiempo para vivir. Y sin embargo respira.

     Esta es una historia que lleva dentro un pájaro muy común. Más común, por supuesto, que el ruiseñor y la alondra de ese cuento de Romeo y Julieta que tanto dio que pensar y sentir desde los escenarios del mundo. Más que el rabilargo, el piquituerto, el camachuelo o la oropéndola. (Son hermosos los nombres de los pájaros, como si los hubiera puesto la sabiduría de quienes han aprendido a celebrar su vuelo y percibir su canto). El pájaro de esta historia es mucho más corriente que la collalba rubia, el bigotudo, el bisbita arbóreo, la curruca capirotada, el zorzal alirrojo o el mirlo capiblanco. (Repetid esos nombres y veréis que casi vuelan en vuestros labios. Y si no, buscad su vuelo para aprender a nombrarlos). 

     Acaso por eso, porque el protagonista carece de espectacular relevancia, éste es un relato sin trinos armoniosos ni brillantes coloridos. Se podría decir casi que es una historia en blanco y negro, como cuando al cine todavía no lo habían embadurnado con esas brillantes y eléctricas pinturas de ahora que encienden los paisajes de nuestras pantallas. Claro que si al cronista le preguntaran en realidad cómo definiría su relato, respondería con la pretensión que le mueve al empezar a contarlo:

     Éste es un informe con alas en clave de pupila.

     En cuanto al cronista, digamos que parece un señor algo circunspecto, ni muy joven ni muy viejo, ni muy listo ni muy lerdo, con bigote, gafas y algo de tiempo libre para avistar las insignificancias de lo esencial.

     - Eso suena a primor filosófico.
     - Pues no.
     - Divertimentos de ociosidad.
     - Más bien emociones del ocio.
     - A falta de negocio que lo impida.
     - En contra del negocio que las devasta.

     El cronista no ignora que los pájaros vuelan mal de palabras para arriba. Casi siempre se estrellan en la ñoñez cuando saltan a los libros. Tampoco desconoce que, en su país, hasta hace bien poco - quién sabe si todavía -, se vendían pajaritos fritos en los bares de su ciudad como apetecido reclamo gastronómico. Por suerte, entre la cursilería atiplada y la barbarie de ciertos apetitos siempre quedan resquicios para el sentido común, que es la más sobria expresión de la sensibilidad. Si al cronista le acompaña un mínimo de lucidez, su testimonio rondará esa mesurada y sutil perspectiva, para bien de quienes la sepan comprender e indiferencia de los que la hayan perdido.

     María, por ejemplo, que tiene muy pocos años, está en disposición de oyente perspicaz desde que ha conocido el desenlace de la historia. El cronista le ha dicho:

-      La pena que se comparte es menos pena. Lo mismo ocurre con otras variantes del sentir. Verás como si te cuento la historia al completo, desde el primer día, los dos vamos a tener buenos motivos para recordarla siempre. Es posible que alguna vez los hijos de tus hijos digan en el siglo que viene: la abuela María, cuando empezó a estudiar música de pequeña, acudía a una casa donde un gorrión, que andaba por los libros y brincaba sobre las partituras, picoteaba en el hocico a todo un perrazo.

     Pero vayamos por partes. De lo contrario, cuanto se adelante al lector sin afinar los precedentes podría resultarle increíble. Máxime si el lector, por pura casualidad, es uno de esos señores que no ven más allá de sus napias. Para ellos, normalmente, cuanto puedan registrar éste y otros informadores afectivos de la sorprendente Naturaleza son chismes de cuentista.

     Empecemos sin más dilación: el día 12 de agosto de hace un par de años, el cronista y doña Laura, la profe de piano de María, estaban de vacaciones en la casa de la sierra. Hacía una tarde de mucho calor. En el diario del cronista se detalla el encuentro con la criatura que llenará estas páginas:

     Estaba en el suelo de la terraza. Un círculo de hormigas acechantes se disponía a iniciar su frenética acción devoradora. Al cronista le hizo cierta ilusión que aquella cría de gorrión pudiera tener una semana de vida. O sea, que podía haber nacido el mismo día que él, sólo que cuarenta años más tarde. Tenía el tamaño de una nuez, de una tierna y temblorosa nuez medio desplumada, desvalida y agónica, a la que había que tocar con tacto de terciopelo, aplacando casi el pulso de las manos para no sobrecoger su debilitada vitalidad.

     Ocurre muy a menudo, como sabe muy bien María. No todos los polluelos de una nidada sobreviven después de nacer. En muchas ocasiones, los estrictos dictámenes de la Naturaleza disponen que alguna de las crías pueda ser repudiada por sus padres, ya sea por ser la peor dotada para la sobrevivencia o porque no haya suficientes provisiones para todas. A doña Laura le pareció indispensable, en todo caso, comprobar la certeza de estas teorías antes de tomar cualquier otra determinación. Reintegró al gurriato al nido, que estaba en la chimenea de la casa, por si se hubiera caído desde allí por accidente. Incluso aún después de que el polluelo se volviera a estampar contra el suelo de la terraza, sin sufrir daños físicos irreparables gracias sus escasísimos y volátiles gramos, mantuvo la profe de María la esperanza de que al cabo de un rato se produjera el milagroso rescate.

     A Bruno, el perro pastor que sesteaba a la sombra en el patio, aquello debía resultarle incomprensible:

     - Estos humanos no tienen ni idea - cavilaría con el hocico rasante como mejor muestra de su indiferencia - , y además me someten, como quien no quiere la cosa, a una sádica e incomprensible contención de mis instintos más elementales con esa tierna criatura a un palmo de mis fauces. Como no se anden listos comprobarán que las diminutas y hacendosas  hormigas se bastan para poner las cosas en su sitio.

     Antes de que llegara a ocurrir la razonable predicción del animal, doña Laura asumió la responsabilidad de tomar bajo su tutela la crianza del desvalido, aquel copillo latente con plumas que por dos veces les había llovido del cielo. Lo primero que pensó el cronista es que le aguardaba una activa tarea como pescador de lombrices. Lo malo del caso es que desconocía la ciencia de encontrarlas en pleno verano y sin un río, regato o charca a la vista. Se hacía apremiante consultar al ecologista de la familia, aunque fuera por teléfono:

     - Oye, Jesús, estamos en vilo, tenemos en nuestras manos temblorosas una cría de gorrión con el pico igual que un ansia, ¿vale con pan o nos hacemos cazadores de insectos?

     Valía. La minuta resultaba domésticamente accesible: migas de pan tierno y trocitos de huevo duro, y alguna que otra gota de agua en las yemas de los dedos, pero, sobre todo, un mondadientes a manera de pico-nodriza. Sería lo más aconsejable y asequible para remedar la herramienta natural de empapuzamiento ejercida a resuello de pico por sus progenitores, porque ni el meñique del bebé más lechal valdría como utensilio para cebar aquella frágil oquedad rosada, con los bordes amarillos, que tan angustiosamente reclamaba subsistencia. Los piídos de alborozo con que recibió las primeras migas, el modo descarnado con que alzaba su desplumado pescuezo, la pasión con que se endilgaba un buen trozo de palillo hasta ingerir el alimento, aquella convulsa palpitación de vida por agarrarse a la vida parecía que se iban a romper de ansiedad en las manos de doña Laura. La precariedad del plumón dejaba al descubierto el buche del gurriato, que se hinchaba y deshinchaba con la frecuencia de la ingestión. Sus insólitos criadores tomaron como obligación mantenerse ocupados en el avituallamiento permanente, tal y como sucede en la vida natural de las aves, sujeta a un continuado y admirable trajín por parte de los padres durante los ciclos de reproducción. ¡La de kilómetros de vuelo que cuesta mantener viva la primavera de los pájaros en los nidos del planeta, mientras los hombres hacen la guerra al paisaje con su armas mortíferas y sus masivas desforestaciones en aras de un progreso depredador y suicida!

      - Eso suena a pasquín anarco-ecológico.
      - Pues no.
      - Pajaritos y barbarie industrial cociditos en la empalagosa salsa de la sensiblería. ¡Ya me dirá!
      - ¡Que no!

     El gurriato pareció acostumbrarse pronto a su nueva parentela. Doña Laura diseñó de inmediato una caja-nido con pajitas campestres y algunas matas de pelo de Bruno. La cría, pese a encontrarse muy confortablemente alojada en su nuevo cobijo, no dejaba por ello de piar en cuanto advertía la voz o la presencia cercana de sus humanos padrastros. Sólo a la caída de la tarde cerró el pico.

     Aquella primera noche, doña Laura y el cronista pudieron percibir un único sonido como síntoma de normalidad vital. Lo producía el temblor de aquel cuerpecillo, impulsado por un minúsculo corazón, al rozarse con los restos de la cascarilla de huevo adheridos todavía a sus plumas: Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Era como un reloj hecho de semilla latente, carne y alas, al que el destino había abocado a respirar por un tiempo en el tacto de una profesora de música.

 


- II -

     Que cuenta por qué el gurriato tuvo por nombre Chis,
y cómo se lo hizo saber el cronista a un afamado escritor
en cuanto doña Laura y el cronista volvieron a la ciudad.

 

     A los pocos días del encuentro, doña Laura y el cronista tuvieron que regresar a la ciudad. A Bruno nunca le cupo en la cabeza que sus amos abandonaran el campo - después de haberlo disfrutado los tres con tan buen humor y compaña - para someterse sin más a las rutinarias y enajenantes tribulaciones de la vida en la urbe. Si estaba tan claro, como lo estaba, que todos perdían con el cambio - sobre todo el perro, por razones de libre albedrío, dilatados horizontes y variedades olfativas -, el retorno al asfalto parecía incomprensible. Lógico era, pues, que lo asumiera con una rotunda y hasta conmovedora sumisión de orejas en el momento en que se acomodaba en el coche para iniciar el penitente regreso. Si los humanos disfrutaran de similar expresividad para denotar sus pesares, las lágrimas serían una broma al lado de tan rotunda muestra de melancolía. Pero los hombres han decidido que la sobrevivencia se gana con la penalidad del trabajo, y que el trabajo decide dónde y cómo ha de ganarse. El cronista, como vendedor de relaciones públicas en uno de esos castillos de papel mojado que se llaman ministerios. Doña Laura, como profesora de piano de una docena de jóvenes alumnos.

     Esta vez el retorno implicaba una variante a considerar en el pasaje cotidiano: el pajarillo huérfano, que no pareció advertir demasiado el cambio de residencia, aunque sí la móvil dependencia del coche durante el trayecto. Hubo de soportarla encerrado en la cajita de madera, con muestras vehementes de desagrado y máxima inquietud, que bien podrían deberse a la interrupción alimentaria obligada por el viaje. En cuanto llegaron a su piso en la ciudad, los solícitos criadores advirtieron los efectos de aquella pugna contra la provisional prisión. Acaso como consecuencia de un intenso frotamiento contra la madera, el gurriato lucía una diminuta calva sobre su cabecita que le daba el aspecto de un buitre en miniatura. El cronista pensó que aquélla podía ser una herida provocada por el instinto de libertad. Doña Laura, más observadora, hizo notar que el pajarillo se rascaba con frecuencia, y que quizá la rugosidad de la cajita le había venido bien para calmar la picazón que lo desasosegaba.

     El cronista y doña Laura tenían muy claro desde un principio que el pequeño gorrión no iría a parar a ninguna jaula, por espaciosa que fuese. Eso suponía, en primer lugar, habituarlo a un espacio concreto de la casa. No hubo ninguna duda tampoco en decidir cuál. El salón era la estancia mas iluminada del piso. Los pájaros son incompatibles con la lobreguez, como deberían serlo las conciencias de los constructores de esas colmenas de pisos que llaman sociales en las barriadas de nuestras urbes. En cuanto a cómo reaccionaría Bruno al tener que compartir ese territorio doméstico con el nuevo huésped, la pareja prefirió dejar al instinto de la costumbre consuetudinaria el destino de una hipotética tolerancia.

     En principio, y a modo de salutación amistosa, sus amos le dieron a olfatear con suma prevención aquel tiernísimo pálpito con plumas. Por el tono de las voces, sumamente insistente y almibarado en reiterar la pequeñez y desamparo del pequeño inquilino, a Bruno le debió resultar muy poco estimable la posibilidad de que aquel ser tan insignificante pudiera sustraerle alguna vez el mimo y los cuidados que a él, en cuanto a resolutivo guardián de la casa, se le dispensaban. El cosquilleo del plumón en el morro húmedo del perro, que al pajarillo debió parecerle un frío manantial, hizo estornudar a la bestia peluda con una paciente y tranquilizadora conformidad. Ese efecto redujo al mínimo la persistencia husmeadora del perrazo, que podría llegar a ser peligrosa para la integridad de la cría, pese al loable esfuerzo de delicadeza que derrochaba el mamífero.

     Hasta el día del regreso a la gran ciudad, doña Laura y el cronista no habían pasado de un ligero chistido para dirigirse a su débil criatura. Poner nombre a los pájaros no es una empresa sencilla. Sobre todo cuando carecen de la suficiente hechura física o fisonómica para nombrarlos. A un mirlo hecho y derecho se le puede llamar Emilio, Lucio o Cristino, según antojo de quien lo trate. A un gorrión adulto, Plácido, Enrique o Sigifredo, es un suponer. Pero cómo se puede nombrar a una cosita que sólo es un pico desbocado, un piído lastimero y una temblorosa sensación palpitante en el tacto. Al cronista se le ocurrió de golpe que podría llamarse Chis. Antes de decidirlo en conformidad con doña Laura, comprobó la significación precisa del término en el diccionario:

     Chisss, igual a Chsss, sonido de formación expresiva o imitativa del grupo de los varios fricativos que se emplean para llamar. Perfecto. Además tenía una gran ventaja sobre cualquier otro apelativo: podía aplicarse por igual a los dos géneros. Porque ésa era otra: discernir si Chis, el recién nombrado, era macho o hembra. En principio sonaba a masculino muy singular.

     El cronista, que por algo se nombra a sí mismo como tal, tiene anotada en su diario la fecha de tan repentina denominación. Consta incluso que la celebró con una breve referencia por correo. Ese mismo día, el 16 de agosto, había recibido por envío postal un estupendo libro de viajes con una generosa dedicatoria suscrita por su autor, el afamado escritor don Catulino Jabalón Cenizo, a quien el cronista admiraba con inquebrantable fidelidad desde sus años más mozos. Entre otras razones, que no hacen al caso, por las repetidas alusiones ornitológico-pintorescas rastreables en la copiosa bibliografía del citado autor. La del polluelo de cuervo criado en el sobaco de un presidiario, por ejemplo, que un día echó a volar a través de las rejas de la celda donde halló cuna. Le bastó recordarlas para que el cronista juzgara oportuno acusar recibo del libro con una mención del gurriato. Emociones de lectura por emociones de crianza, se dijo, nada mejor que agradecer la recepción de unas con la información de otras.

     Fueron sólo cuatro líneas, escritas al dorso de una tarjeta postal de Madrigal de las Altas Torres - el pueblo posiblemente con nombre más eufónico de toda la toponimia peninsular - , allí donde el andariego Jabalón se encontró a un viejo lugareño con la bragueta llena de moscas por culpa de una diabetes llevada sin mucho decoro. Al cronista le decepcionó un poco que don Catulino le diera la callada por remite.

     - Eso sólo puede significar que la glosa postal era blandengue y pitiminí, pensó culpabilizándose de su sensiblería. Tan impertinente como cursi, refrendó.

     Claro que el cronista tampoco había pretendido mayor gala que la de exponer el caso, por si al escritor se le ocurría alguna versión que conociera al respecto y sirviera así a los criadores de Chis de cabal ilustración. Mucho menos aspiraba a engrosar con aquellas pocas letras epistolares la nómina de literatos en agraz celosos de padrinazgo a cuenta de todo un Nobel. Cualquier otro asunto hubiera sido más afortunado para semejante objetivo que apelar a uno proclive al remilgo pajaril, máxime cuando sobradas plumas se dan sobre asuntos más transcendentes en la mercadotecnia de las artes literarias. El silencio del afamado escritor podría deberse, sin más, a la conclusión de una correspondencia de coyuntura entre Jabalón y uno de sus muchos lectores. Tampoco había que buscarle más vueltas.

     - Pero bien que las ha buscado.
     - Me acuso de una vieja admiración.
     - De seguro que habría hecho usted un prólogo con las cuatro letras de don Catulino sobre la crianza  del gurriato, para mayor realce de su crónica.
     - Me conformo sólo con la verdad agradecida de lo poco que le dije.

     Porque lo dicho en aquella sucinta referencia, que el cronista lamenta no poder transcribir literalmente, no fue sólo una lindeza metafórica. Verdaderamente, doña Laura y el cronista ganaron desde entonces más temprano la luz del día, como más o menos se hacía constar en la tarjeta. Chis reclamaba de ellos una pronta salutación en cuanto despuntaba el alba. Las voces de sus criadores suponían para el pájaro el punto sonoro de vital dependencia al que se había acostumbrado desde la primera sílaba. Cerca de las palabras halló el gurriato la subsistencia y la caricia, y gracias a las palabras dio sus primeros pasos con un destino, y también el primer vuelo. Acaso también las primeras llamadas gorjeantes, y posiblemente muchas otras expresiones y modos de ser y estar que al cronista sólo le cabe aventurar en los próximos capítulos. Porque el ser humano, a pesar de su poderosa capacidad de relación, capaz de aproximar hasta extremos inimaginables su existencia comunicacional en el planeta al que debe su hálito, aún no ha sabido discernir la maravillosa locuacidad y el sutil comportamiento de un pájaro tan común.

     - ¿Tiene usted algo en contra de los mass media?
     - Sólo que nos mediatizan más de los debido.
     -¡Claro! Que nos enajenan, nos hipnotizan, nos cosifican, nos emboban, nos aborregan y nos confiscan la mente hasta eliminar de raíz la más mínima capacidad receptora ante el dulce trino de un jilguero.
     - Pues no le diría que no, según casos y costumbres.
     - Es usted un lirópata.

 


 

- III -

Del primer vistazo que Chis echó a un mundo
con cuatro paredes y dos trozos de cielo,
así como del soliloquio aproximativo que
pudo lucubrar ante una parentela
que le daba a la tecla y al ladrido.

 

     Durante la primera semana de crianza no hubo en la vida de Chis variaciones dignas de reseña. Era, desde luego, la semana decisiva para calibrar el estado de salud y desarrollo del recién llegado. El polluelo se mantuvo acurrucado al calor de aquel nido artesanal que doña Laura había colocado en una repisa del salón, lejos del húmedo hocico de Bruno. El perro pastor no había dado, con todo, ninguna señal de sentirse demasiado a disgusto ante la presencia del pajarillo. El cronista y doña Laura se turnaban para cebar a la criatura, que por entonces sólo seguía moviendo el pico como mejor síntoma de su apetito insaciable. Desde la primera mañana, en cuanto sonaba la música en la radio-despertador - adelantada con puntualidad para sintonizarla con el alba -, el piído lastimero de Chis acompañaba a Mozart, Brahms, Schubert, Falla o cualquier otro compositor de los inmortales reclamando su desayuno. La insignificante bestezuela competía con los clásicos en hacerse oír - ¡y de qué modo! -, como si la música espoleara sus afanes de sobrevivencia o temiera que sus mensajes fueran encubiertos por los más vigorosos acordes de sus celebérrimos acompañantes.

     Un día, pasada posiblemente esa primera semana, el cronista y doña Laura observaron que aquel burujo con las plumas muy contadas comenzaba a rebullir en su nidal. A partir de ese momento, Chis dejó de ser un trozo pasivo de vida acogido a la benevolencia de sus criadores. Ya no se conformaba sólo con aguardar desde la pasividad de su desvalimiento la pitanza. En cuanto advertía la inmediata presencia del equipo-nodriza, alargaba desmesuradamente el pescuecillo y su cabezuela desplumada de buitre liliputiense se dirigía hacía las manos del hombre o la mujer con el ímpetu de un náufrago que otease una señal de auxilio. Verlo alzarse con aquella energía supuso para la pareja una reconfortante sensación de alivio. No sólo significaba que el polluelo había respondido de modo estimulante a la dieta de pan y huevo duro, sino que, en un inmediato porvenir, la pareja, con Bruno incluido, debería reconsiderar si el salón iba a ser definitivamente el hábitat donde Chis se desarrollase tal y como se lo demandara su naturaleza.

     La repisa comportaba de momento un cierto riesgo de estabilidad para la criatura, que por dos veces había practicado ya el salto de altura contra su mejor, primera y única voluntad en el tejado de la casa de la sierra. El cronista y doña Laura iniciaron el sacrificio de enseres a disposición del gurriato con la mesa camilla, en cuyo centro colocaron la caja anidadera, garantizando así al pajarillo un provisional y corto radio de primera andadura. A modo de precaria sombra situaron al lado de la cajita una kentia forsteriana, cuyas ramas podrían servirle pronto de gimnasia volátil, y encima del nido, como sostén posadero sujeto por la tapita abierta, un lápiz.

     No hubo que esperar demasiado para comprobar el grado de agilidad del gurriato. A las pocas horas, Chis había dado su primer salto mortal sobre el lapicero, y con el salto, una prueba de que estaba ya en el camino del aire. Acaso consideró la criatura que un lápiz era la mejor atalaya descriptiva para otear un mundo, por muy delimitado que éste fuera. Aunque el cronista ha apetecido muchas veces dominar esa herramienta elemental para el dibujo, sin lograr más que muy torpes representaciones de sus objetivos visuales, tratará ahora de interpretar las primeras impresiones del pajarillo desde tan ilustrador posadero.

     Poco espacio me brinda el destino para mover las alas a campo abierto, debió calcular Chis en cuanto comprobó con sus cándidos ojuelos las dimensiones del salón. Treinta metros cuadrados a lo sumo, un par de plantas como mejor fronda, y esas estanterías llenas de libros que en realidad podrían ser un pequeño bosque encuadernado. En la esquina que hay junto a esa puerta corredera que conduce a un pasillo oscuro como la noche, doña Laura toca por las mañanas unas teclas blancas y negras que producen música. Se sienta delante de ese mueble negro y brillante con la espalda muy erguida y los brazos desnudos, y hala, se pasa las horas repitiendo acordes hasta el aburrimiento, como si nunca hubiera de llegar el día en que sonara la obra al completo. Doña Laura, como tal, suena bien, tiene una voz agradable, melodiosa, bien timbrada. Por distinguirla de la de su esposo, la llamaré doña Aguda.

     Don Grave se sienta al otro extremo del salón. Lo hace casi siempre por las tardes, y toca otro tipo de teclas menos armoniosas, de sonido metálico y seco, que salen de una vieja máquina que siembra los papeles de palabras. Este don Grave es un tipo de un humor bastante difícil. Sobre todo cuando se levanta de la silla y estruja los papeles con las manos con cierta irritación. Conviene tenerlo en cuenta para evitar cualquier vuelo inoportuno que le toque las narices en tan al parecer adversas circunstancias.

     Puestos a citar sonidos desagradables, hay uno muy estridente que surge de improviso y que hace ladrar con estruendo a esa bestia peluda de hocico frío que se pasea con suficiencia por toda la casa. Es el timbre del portal, que algunos visitantes pulsan como si se les pegara el dedo. Luego de sonar, esos ladridos de fiera se tornan aullidos melindrosos, impropios de un animal de esa corpulencia, en cuanto sus amos abren la puerta de la calle y aparece un amigo de confianza. Nada digamos si quien hurga con la llave en la cerradura es doña Aguda Tecla de Piano o don Grave Teclagráfica. El perro se derrite en contorsiones corporales, rabazos y mimosos vagidos como si se le fuera toda su fortaleza en servil afectuosidad ante la expectativa del reencuentro. Ante semejantes ternezas, los dos, doña Aguda y don Grave, no se resisten a hacerle unas cuantas cucamonas, salvo tropelía en la despensa. Obviamente, y por no ser menos yo que estoy a su merced, también reclamo las que me competen, aunque sean de tan parva consistencia como el abrazo de la yema de un dedo sobre mi precaria emplumadora. De momento sólo me sirvo para solicitarlo de estos piídos dengues y plañideros que sonrojarían al más tierno de los párvulos ovíparos.

     Aquí, en este reducido mundo sin un soplo de aire libre, se cuentan los días a través de dos trozos de cielo. Veo venir la luz del primer sol por el balcón de la izquierda, que es donde don Grave tiene su escritorio, y advierto los últimos rayos por el de la derecha, cuando se estampan con la melancolía macilenta del ocaso sobre los volúmenes de la estantería. Es como si leyera la proximidad de mi sueño en los libros, algo que en ocasiones le ocurre a don Grave cuando ojea el periódico después del almuerzo.

     De mis noches, en este doméstico régimen de vuelo controlado que me ha deparado mi accidentada nacencia,  no estoy nada contento. Mi instinto me conduce a un plácido sueño en cuanto acaba el día, arrebujado entre los restos de pelambre de ese chucho magnánimo, que a fe que son acogedores. Pero poco después de adormilarme, como si esperaran mi natural y sagrado reposo, los humanos se empeñan en atronar la calle con los claxones y los berridos de sus noctámbulos jolgorios. Y es que mi abnegada pareja-nodriza tiene la ventura de vivir en el centro de la ciudad, justo donde la llamada movida matritense tiene uno de sus más sonados puntos de encuentro. En conformidad con tan sociológico fenómeno, el bar de copas de abajo atolondra al vecindario limítrofe con una martilleo musical vandálico. El recital concuerda con una forma sui generis de entender la diversión por parte de la especie dominadora, cada vez más incapaz de comprender el silencio. Ni doña Aguda ni don Tecla confían demasiado en los servicios del 092 para redimirse de esta jarana. Más de una vez han sorprendido a los agentes confraternizando en la barra con los terroristas del decibelio tras haber reclamado el auxilio de la autoridad. Mucho me temo por eso que habré de hacerme a la idea de que el pub de abajo suple a los grillos del campo, pero en jaula, cogorzas como cubas  y con megafonía en los élitros.


 

 

- IV -

Que habla de los lunares como brújula del sustento,
tan pronto como Chis se puso de patas sobre
la piel del cronista, y de cómo el gurriato
utilizó la cabeza de sus criadores
para muy elementales menesteres.

 

     Con tan bulliciosas noches, lógico era, y muy necesario para su salud, que la familia Tecla huyera de la ciudad todos los fines de semana. Sobre todo teniendo en cuenta que era entonces cuando la jaula de grillos se hacía absolutamente insoportable. Para trasladar al pequeño viajero durante el trayecto de evasión al campo, doña Laura compró en una tienda para animales una caja-nido mejor dotada que supliera a la provisional. Era una cajita de madera de pino, muy simple, con su tapa, su boquete redondo a modo de ventana y un pequeño palo posadero debajo como mirador o trampolín de vuelo. En el interior colocó doña Aguda los pelos y pajitas del  primer albergue para evitarle al gurriato extrañezas añadidas, e incluso un pequeño retal rojo de lana que ella misma había tejido ex profeso como complemento abrigador para el invierno. Sin embargo, esa cuidada habilitación de la vivienda resultó inútil. El polluelo, con toda la naturalidad que su autonomía le demandaría en el futuro, sólo iba a utilizar la flamante residencia mientras no pudo valerse por sí mismo. Y eso duró sólo algunas semanas.

     Los primeros síntomas de emancipación se dieron precisamente en la casa de la sierra, como si el hábitat natal hubiese provocado en la criatura el impulso instintivo necesario para apetecer su independencia.

     Una tarde de las últimas de aquel mismo mes de agosto, mientras el cronista dormía con el profundo embotamiento de esas siestas estivales, doña Laura dejó sobre el pecho desnudo de don Grave aquel despertador con plumas. Ningún mecanismo japonés de alta relojería lograría despabilar a un durmiente con tan precisa, suave y efectiva nitidez sensorial. El polluelo, tras haber observado el panorama que se le ofrecía a uno y otro lado de aquella tierna superficie, en donde crecía además una exigua hierba morena, puso sus patitas en marcha. Renqueaba ligeramente de la izquierda, quizá como consecuencia de su doble caída desde el tejado de la casa. Eso acumulaba efectismo a la sensación hormigueante de aquella levísima andadura sobre la epidermis del adormilado cronista, que se desperezó de pronto con una repentina e inevitable convulsión. Al pajarillo le debió resultar muy extraño que el débil contacto de sus delicadas extremidades, incapaz casi de arañar una mota de polvo, hiciera estremecerse de tal manera todo un territorio de piel aparentemente firme. El susto estuvo a punto de hacerlo volar de un salto. Pero se mantuvo inmóvil, acongojado, apegado al esternón y sumido en una temblorosa inquietud, como si se estuviera preguntando qué hacer ante una superficie tan susceptible al cosquilleo sísmico. Después, cuando el cronista pudo ser consciente de sus poros y trató de controlar sus reacciones ante aquella insólita caricia andante, el gurriato recompuso su decidida actitud de excursionista, avizoró el entorno y se dispuso a cruzar por encima de la tetilla derecha del yacente. El cronista se predispuso a soportar el tránsito del polluelo a través de su duna pectoral con una forzada voluntad de indiferencia poco menos que heroica. Para mayor recosquilleo, la tierna criatura tuvo el capricho de atenazar con las uñas de sus patitas aquella suave y blanda prominencia. Don Grave hubiera resistido aquella prensil indagación sobre sus carnes sólo lo justo. Lo injusto es que no acabara ahí la curiosidad de Chis.

     Encaramado sobre el pezoncete con mucha tenacidad, el gurriato inició acto seguido una función de cándido picoteo sobre los pelillos circundantes de aquella pequeña isla hecha con piel de beso. La contención del cronista fue ejemplar durante los varios minutos que soportó impasible. Harto quizá de la inconsistencia e insulsez del vello, el polluelo dio unos pasitos más y observó el pequeño lunar que Don Grave tiene en las inmediaciones de la axila izquierda. Esta vez los picotazos de Chis no se limitaron a probar fortuna como si se tratara de un juego de curiosidad. El bocado debió resultarle más definido y accesible, por lo que no cejó en sus afanes prensiles hasta atizarle un certero pellizco. La puntería del gurriato era como para sentirse satisfecho, no en vano se trataba de una acción nueva y esencial para su desarrollo. En ésas, el cronista ya había hecho de su impavidez un mérito de guerra, pero de ahí no pasó. Sobre todo porque tuvo la oportunidad de comprobar que el pajarillo, muy ufano con sus prácticas orientativas, estaba en un tris de dar rienda suelta a sus pasiones devoradoras. A don Grave le parecía muy bien que su lunar hubiera servido de brújula para el que el gorrión se procurase el sustento en el futuro, pero esa generosidad didáctica no implicaba concedérselo como merienda. La concienzuda aplicación de la bestezuela habría sido lo bastante efectiva como para convertir el lunar en una miguita de carne embuchada.

     Cuando Chis comenzó a darle al alpiste, que como cabe suponer fue a renglón seguido de la experiencia recién contada, el cronista no se perdió detalle del proceso de aprendizaje y aprehensión. Vuelve por eso a su diario para transcribir las oportunas notas, redactadas con la inmediatez de la noticia:

     El gurriatillo se acerca vacilante al comedero de plástico que doña Laura ha puesto al pie de la caja-nido, en la mesa camilla del salón. El polluelo observa con detenimiento la despensa de grano. Los pájaros, desde la cuna, son muy dados a comprobaciones, prevenciones y reservas hacia la humana condición, aunque ésta le depare alimento y cobijo. Chis ha ladeado varias veces su cabezuela desplumada como diciendo:

     “¡Caramba, qué bicoca! Lunares a puñados y sin riesgo aparente de convulsiones telúricas. ¿Será posible?”

     Tras este imaginario soliloquio, probablemente más dilatado en segundos que en palabras, ha afinado la puntería con la responsabilidad y hasta la trascendencia de quien sabe que del arte de darle al pico va a depender su sobrevivencia. Al cabo de pocos minutos, sin ninguna precipitación ni glotonería, el comedero ha quedado medio vacío. Es posible que no haya reparado en exceso en la calidad del manjar. Lo más interesante ha sido comprobar el porcentaje de aciertos. Que no sobrepase los cuatro granos por diez a picotazo limpio no representa un desastre, antes al contrario. No hay prisa. Chis también ha comprobado que el comedero no se estremece como el pecho del cronista. Acaba de comenzar la etapa de autoalimentación de una muy especial cría doméstica.

     El cronista anotó en su agenda dos actitudes a discernir ante un mismo objetivo: Una cosa es el grano en el plato, listo para el buche, y otra esas bolitas negras de cañamón que han quedado desperdigadas sobre la mesa. Chis las persigue y las picotea, y aquellos lunares rodantes se disparan y brincan caprichosamente. El gurriato no parece ser muy consciente de que acaba de poner en juego una modalidad alada de rugby. Puede practicarla todo pájaro granívoro en período de aprendizaje. El polluelo demanda más cancha que las reducidas dimensiones de la camilla. Don Grave se la concede con gusto. Todo el piso del salón queda a disposición del gurriato. Chis corretea de un lado para otro atareadísimo. Pierde y encuentra bolitas, investiga rincones y picotea todo cuanto pilla a la menguada distancia de su cabeza. Deducciones del cronista: esa frenética actividad puede responder a la necesidad de un doble entrenamiento. El del pico está claro: Será su arma para competir con otros congéneres en el pan de cada día. Pero puede que también el correteo le sirva para corregir con el ejercicio su renqueante y escorado ambular.

     Comprobado en pocos días. A los cuatro o cinco, la cojera había desaparecido y el grano llegaba antes al buche. El cuerpecillo de Chis se empezó a revestir de plumas más lustrosas y consistentes. Sobre su calva comenzó a nacer un píleo achocolatado. En esas fechas también observaron sus criadores las primeras mañas y una contumaz persistencia del polluelo en rascarse. Era tan desesperados esos modales que a veces se caía de espaldas y pedía socorro con angustia a un dedo tutelar que lo pusiera en el afianzado equilibrio. En esos días ocurrió también un curioso episodio en el cuarto de atrás.

     El cuarto de atrás era donde la pareja-nodriza solía ver por las noches la televisión cuando la programación merecía la pena. Desde un principio, Chis no mostró ninguna simpatía por esa estancia. Además debió parecerle una contravención muy grave eso de que lo obligaran a mantenerse en vela más allá del ciclo natural de los días. Aunque le llevaran la cajita-nido y se la pusieran en el rincón más agradable y penumbroso, aquello era insoportable. Asimismo, tampoco estaba dispuesto a ser un adorno vivo delante de aquel negro aparato relampagueante que emitía un espantoso ruido hablado. Si le querían cerca, le iban a tener bien contiguo, pero sin modorra reverencial, tal y como la bestia peluda se comportaba a los pies de sus amos.

     Probablemente ese tipo de consideraciones llevaron a Chis a zascandilear por encima de los hombros de los dos televidentes, preferentemente por los de la mujer. La razón estaba encima de la nuca de doña Laura. El gurriato escalaba por su cuello y se escabullía por su pelo hasta la mismísima entraña del moño, como si la criatura tratara de denunciar a esas horas de la noche hasta dónde lo tenían sus criadores. Acurrucado en ese cálido refugio se pasaba sin rechistar el primer sueño, hasta que se hacía el silencio y la oscuridad. Entonces se le instalaba otra vez en el salón, acomodado en su cajita anidadera. Lo hacía con un piído aletargado, que poco a poco se iba debilitando, a medida que doña Laura le recitaba entre sus manos, con el aliento pegado a los dedos, una corta nana a base de tobitos. (Esta expresión no figura en el diccionario, como alguna otra que se ha deslizado en el texto con la consentida y comprensiva venia del cronista. Según doña Aguda equivale al sonido producido por la lengua al tocar reiteradamente el velo del paladar, como cuando se dice que no sin pronunciar palabra).

     De otras aficiones de Chis por el cabello humano hablará el cronista en el capítulo siguiente, tal y como el polluelo lo dispuso al paso y al vuelo de su cronología vital.

 


 

- V -

Donde se reflexiona sobre la querencia
de un ovíparo por el pecho humano,
y se glosa un modo muy higiénico de tomar el pelo,
amén de otras consideraciones
acerca de la irracional tolerancia.

 

     Dos semanas tan sólo habían pasado desde que doña Laura encontró a la cría de gorrión en la terraza de la casa de la sierra, y como si sólo en su medio natural de orfandad y nacencia pudiera la criatura decidirse a crecer a ojos vista, sucedió allí la efemérides de su primer vuelo. Lo curioso del caso es que, como cuando Chis aprendió a comer con el sudor de su pico gracias al lunar del cronista, previa travesía pectoral cosquilleante, también en esta ocasión el pecho humano le sirvió como superficie de apoyo, aunque más bien se tratara de rampa de aterrizaje.

La escena ocurrió en la cocina, donde doña Laura preparaba una suculenta ensalada para refrescar los últimos ardores del verano. El gurriato andaba a lo suyo, o sea, al rugby de pico con sus pelotitas de cañamón por encima de la mesa. Parecía especialmente contento con la distracción. Quizá porque advirtiera sus progresos en la ciencia del picotazo limpio y preciso. Era tanta su vivacidad que hacía previsible cualquier ocurrencia. Posiblemente el sol, cuya luz penetraba a raudales por la ventana iluminando el campo de juego, fuera el mejor aliciente para contagiarle aquel jubiloso correteo. Al fin y al cabo, en los dedos del sol está el tacto de la vida. Si las plantas florecen y llenan de colores el campo, si a los nidos se asoman con la primavera los polluelos bulliciosos y anhelantes de nuevos espacios en el espacio, por qué no va a poder el sol levantar un par de alas, por inexpertas que sean, cuando su cálido contacto hace saltar de dicha a un pajarillo enclaustrado. Volar,  a fin de cuentas, es una de las más altas escrituras que tiene la naturaleza para describirse, aparte de otras muchas, distintas y asombrosas.

     Con todo, posiblemente no hubiera bastado la luz solar para que Chis probara la ingravidez del aire. Se supone que en los nidos, cuando hace una buena mañana y la nidada está a punto, los polluelos requieren para el primer salto un cierto estímulo por parte de sus progenitores. Algo así debió interpretar Chis cuando doña Laura, que acababa de terminar el aliño de la ensalada, le dirigió casi accidentalmente unas cuantas palabras en tonalidad aguda y cantarina, según solía hacer a menudo para prestar al gurriato pautas sociables de acompañamiento sonoro. En ese momento, el pajarillo fue tan receptivo al saludo que poco le faltó para ponerse a brincar encima de la mesa, estirando el pescuezo como si se le fuera a romper con el impulso. Todo su cuerpecillo fue presa de un repentino fervor por alzarse hasta el techo. Dio tres o cuatro paseos en círculo como si tomara carrerilla, inclinó la cabeza dispuesto a dar la definitiva propulsión, se arrepintió una y otra vez, volvió a las andadas circulares, fijó sus ojuelos en una dirección y...saltó. El vuelo no sobrepasó un metro. La criatura, muy asombrada por la comprobación de su innata pericia, aterrizó en el pecho de doña Aguda, aferrándose con sus patitas a la tela azul del delantal. En esa angustiosa postura, más tembloroso y piador que de costumbre, parecía comentar su congoja al tiempo que se congratulaba sofocadamente de sus méritos.

     Tan satisfechos o más que el protagonista, que al fin y al cabo nació con esas dotes, los Tecla salieron al patio dispuestos a constituirse en ojeadores tutelares del volador novicio. Cuando Chis se encontró en la palma de la mano de doña Laura y avistó aquel paisaje abierto, con la tibia transparencia del aire oreando su corta emplumadura, la provocación fue superior a las prevenciones. El gurriato probó suerte con un vuelo a baja altura, recto y blando, tan corto que apenas rebasó los siete u ocho metros. El pajarrillo atravesó la verja de la parcela y se posó en el suelo, al otro lado, en plena selva virgen, entre una crecida espesura de matas. Doña Laura creyó indispensable correr precipitadamente en su busca, no fuera a ocurrir que el polluelo, impulsado pos su satisfactoria experimentación, probara de nuevo suerte y fuera a encaramarse en algún otro punto más inaccesible. Pero no se movió de donde había caído. Acostumbrado a las superficies lisas y geométricas propias del mobiliario doméstico, aquel bosque desconocido debió resultarle paralizante. En tan desoladora circunstancia, acaso el reencuentro con el tacto tutelar fuera un alivio.

     Después de ese primer vuelo, el mundo con paredes del salón se le hizo a Chis mucho más reducido. Como mejor ejemplo de su inicial autosuficiencia, el aprendiz de pájaro (el gurriato acaba de extinguirse como sustantivo a partir del último punto y aparte que le dio alas) abandonó la caja-nido y estableció su dormidero en las ramas de la kentia forsteriana. La elección tenía toda su lógica: era lo más parecido a un árbol que avistaba a su alcance. En segundo lugar, Chis ya no se limitó a ser un bultito prensil susceptible de traslado a hombro fijo, sino que alternaba los hombros de sus criadores con frecuentes escaramuzas volanderas sobre sus cabezas. Y a propósito de las cabezas, y acaso como consecuencia también del ejercicio volátil, hallamos asimismo la tercera novedad: el pajarillo empezó a bañarse.

Hubo que ponerle bañera, naturalmente. Bastó con un platito de esos que sirven de recipiente para las tapas de aceitunas. Carente del secador de la brisa y los rayos de sol, Chis consideró oportuno utilizar de toalla la cabellera más próxima tras sus diarias abluciones. Si era la de doña Aguda, estupendo, por más compacta y familiar - preferiblemente sin moño para esa clase de menester -, pero también podía servirle la del cronista. Un día que optó por la variedad, el gorrioncete eligió la del padre del cronista - puede que para comprobar cómo enjugaban sus plumas las respetables canas de la senectud -, y se enojó muchísimo. Al no encontrar mechones consistentes, la bestezuela dejó al decoroso caballero tan despeinado como después de una agitada siesta.

     Otros efectos a mencionar en la evolución aerodinámica del pájaro fueron los derivados de la investigación libresca. Las estanterías de lo que Chis consideraba como un bosque encuadernado se transformaron en su más habitual posadero. Preferentemente la más alta, donde el cronista hubo de colocar los libros de menor importancia, esos que ocupan sitio sin lectura porque no fueron elegidos por su propietario. Era una medida muy conveniente ante la deposiciones y picotazos del volador novicio, que ya se prodigaba en exceso con sus más elementales necesidades. El sacrifico de algún que otro autor de la llamada nueva narrativa no suponía una grave lesión bibliográfica. Mácula sobre mácula, las deposiciones del pajarito podrían incluso llegar a ser un adorno sobre ciertos textos estreñidos de ingenio.

     Lo dicho puede bastar, por ahora, como primer apunte de las relaciones entre Chis, hecho cría de vuelo, y los Tecla, hechos al vuelo de su cría. Pero ese preámbulo de coexistencia sería insuficiente si el cronista dejara sin las correspondientes palabras la reacciones del perro Bruno ante la etérea capacidad deambulatoria del alado espécimen.

     Como cabe suponer, Bruno nunca se había visto en otra igual. Hasta entonces sólo había tenido oportunidad de mostrar su tolerancia animal en dos casos. Los dos más o menos comprensibles, y por lo tanto muy distintos al que ahora se le había venido encima. El primero le afectó por afinidad de entraña, digamos.

     Un día doña Laura se presentó en casa con un cachorrillo de pastor alemán en el bolso. El pequeñín llegó hoy y se fue mañana, camino de sus destinatarios. Nadie le supo dar a Bruno una explicación razonable de tan fugaz encuentro como apresurada desaparición. Y si se le dijo, no debió entenderlo. La verdad es que el perrazo se había encariñado con su pequeño congénere. En las horas que estuvieron juntos, el celo y la dedicación que dispensó al cachorro fueron ejemplares. Durante la noche, sus amos advirtieron que el perrazo no podía concentrar el sueño y acudía una y otra vez a olfatear a la cría para comprobar cómo se encontraba. Los repetidos paseos de Bruno sobre el parqué desvelaron al cronista, dubitativo al principio sobre las intenciones del animal. Cuando finalmente logró dormirse, lo hizo con la emoción de intuir que el instinto de las bestias puede dar esas lecciones de tolerancia y apoyo.

     No fue tan manifiesta en principio la afabilidad del pastor alemán con el erizo enfermo que sus amos encontraron una tarde en una carretera de la sierra, atolondrado acaso por un súbito cambio atmosférico. Resulta comprensible. Al toparse en su hocico con las púas de aquella bola lacerante, el perro receló de su aspecto hirsuto. El erizo vivió pocas horas. Lo curioso es que, antes de morir, aún tuvo tiempo para ganarse la confianza de Bruno, que le prestó su peludo regazo una vez solventadas las ásperas reservas preliminares.

     Otra cosa, muy distinta desde luego a lo que se acaba de exponer, era tener todo el día a un pajarito volando por entre las mismas paredes que el perro habitaba desde hacía ya bastantes años. Es muy posible que el animal calificara a los Tecla de inconscientes una vez más: Los muy temerarios - pudo haber dicho para sí - se habrán propuesto forzar in extremis la represión de mi instinto canino. Se pensarán que voy a ser capaz de dominarme ante las aladas provocaciones de ese gorrionzuelo enredador que a buen seguro me abanicará el morro a voleo como si tal cosa...

     El cronista y doña Laura no tenían esa certeza, pero confiaban en sus respectivas capacidades de sugestión para predisponer a Bruno en contra de sus instintivos reflejos. Así, cuando Chis era todavía un mínimo transeúnte dedicado a la especialidad del rugby de pico por encima del parqué, los Tecla tomaban por el lomo a la bestia peluda muy amistosamente y refrenaban sus impulsos ante la incitante proximidad de la potencial presa. Parece imposible suponer que unas palabras muy suaves a la oreja y una mínima presión en su cuerpo bastaran para amainar la natural propensión del animal. De tan sencilla y paciente manera lograron sus amos que el pastor alemán, aunque no pudiera evitar relamerse, se convirtiera en un insólito y respetuoso espectador de los movimientos del pajarillo. Sentado sobre sus patas traseras, con las orejas en punta, observaba el inquieto correteo del gorrioncete en pos de las bolitas de cañamón. El movimiento de cabeza del mamífero denotaba el grado de dinamismo del espectáculo, al que llegó a cobrarle una verdadera y asidua afición.

     Es digna de elogio la nobleza e inteligencia de Bruno con su inofensiva actitud. Todo el mundo sabe lo recelosos que son los perros ante la invasión de su territorio por parte de otros congéneres. En este caso, no sólo había ocurrido esa ocupación por tierra y aire, que de modo desafiante vulneraba a dos bandas la capacidad expansiva del hasta entonces dueño y señor del salón. La presencia de Chis había condenado a una permanente clausura uno de los balcones, el más próximo a la mesa camilla, que era precisamente donde el sofocado corpachón de Bruno, sentado sobre sus patas traseras, con las orejas enhiestas y el gesto avizorado, solía refrescarse durante las noches más cálidas del estío.

     Con todo y con eso, por lo contado y lo que se contará, esta crónica tratará de abundar en los detalles de la irracional tolerancia hasta aquí previstos. Puede que, con ser y por ser contados, sean los suficientes para mostrarla como sentimiento instintivo más que como teoría razonable.

      - ¿También piensa usted dárselas de etólogo a lo Konrad Lorenz o Gerald Durrell?
      - Mucho menos que usted de moscarda incordiona.
      - Sólo pretendo rebajar su croniquilla al suelo que pisamos.
      -Más bien diría que tirarla por tierra. No recuerdo haberle convocado como oyente.
     - Puede que sea un espécimen de esa gente rara y vulgar que usted mencionó al principio.
     - ¿Podría usted limitarse entonces a la indiferencia?

 


 

- VI -

Que cuenta cómo Chis cobró identidad y afición
por la música, así como los primeros recreos
de un pájaro ocioso, sumamente interesado
por las comunicaciones con hilos.

 

     Aunque hasta ahora se haya venido hablando de Chis siempre en masculino, el cronista y doña Laura habían venido utilizando desde el principio un apelativo cariñoso que no respondía a tal género para referirse a la criatura. Durante un par de meses al menos, Chis fue para ellos La Pajarina. Como hasta entonces no había dicho más que pío, sus criadores estimaron provisionalmente que se trataba de una hembra.

     Hasta que, una mañana, los violines de Vivaldi, las flautas de Bach o las trompetas de Telemann, instrumentos todos ellos celebradísimos por el gorrión a lo largo de su vida, despertaron las cualidades canoras del pájaro. Y que nadie se extrañe porque el cronista haya dicho “canoras”. Aunque es cierto que los gorriones no gasten los aflautados trinos de otras especies de audiencia más mimada, sí disponen de su propia capacidad de gorjeo, que no por sobria y menos brillante resulta menos expresiva. Y donde hay expresión, hay canto, por escasa que sea la capacidad de armonía

     Si por gorjeo pueden entenderse en el lenguaje humano esas primarias e imperfectas articulaciones de los niños antes de romper a hablar, lo de Chis aquella mañana pudo ser el atisbo sonoro de su identidad sexual. La calidad de su tesitura debió procurarle una honda y oronda satisfacción. El cronista no recuerda desde qué lugar se inició el pájaro en su masculina locuacidad. Posiblemente fuera desde su posadero-letrina, en la estantería de los nuevos narradores. Tampoco era mal sitio para empezar con el silabario. Acurrucado sobre sus patitas, ahuecaría el plumaje recién estrenado para hacer de su cuerpo un redondeado burujo de contemplativa placidez, como si se regodeara ufanamente en sus hasta entonces inéditos atributos.

     Una nueva voz habitó la casa. La voz es algo más que un sonido. Para aprender a escucharla no hace falta sólo prestar oreja. Tampoco basta con estimularla de vez en cuando a capricho. La voz es la herramienta del diálogo, y por el diálogo se llega al conocimiento. De ahí que el cronista hable de “voz”, aunque sea de pico, y que los Tecla se propusieran inmediatamente conocer la personalidad del pájaro. No querían que se convirtiera en un simple sonido de fondo, objeto de jaula, hilo musical sintonizado directamente con la Naturaleza. Y aunque pueda ser un poco tediosa la explicación, conviene transcribir lo que la ornitología dice sobre los gorriones y sobre el gorrión que protagoniza esta crónica.

     Estaba claro que Chis pertenecía a la familia de los Ploceidae, muy numerosa y nada extraordinaria. Agrupa a ciento cincuenta especies repartidas por el aire. Se trata de aves pequeñas, de pico corto y de coloración parda o brillante. Son terrestres y arborícolas, le dan con fuerza a las alas y se alimentan de cuanto pillan. Pueden ser gregarias o coloniales, y están habituadas a coexistir con el hombre. Aunque en España existen sólo cinco especies de gorriones, las posibilidades de que Chis fuera un Passer Domesticus, o lo que es lo mismo, un gorrión común, eran de una certidumbre casi absoluta. Pero no.

     Doña Laura solía aplicarle al pajarillo una loción de insecticida con aerosol de vez en cuando. Se lo habían aconsejado por si la calva de la cabeza y las tenaces rascaduras a las que se sometía la bestezuela eran culpa de algún bichito emboscado en su plumaje. Le medida fue muy efectiva, pues al poco cesaron los picores y la calva desapareció. Aquel fue el momento para comprobar que Chis tenía el píleo de color pardo, las mejillas blancas con sendas manchas oscuras, una especie de collarete también blanco, que casi le ceñía el cuello, y el baberito negro de los gorriones comunes machos, pero de proporciones algo más reducidas.

     Con esas referencias estaba claro que no se trataba de un gorrión alpino, por obvias razones orográficas. Tampoco de un gorrión chillón ni de un gorrión moruno, muy diferentes a flor de pluma. Sus rasgos respondían literalmente a los de un Passer Montanus, al que se le conoce con el hacendoso nombre de gorrión molinero, de costumbres muy similares al Domesticus, pero más campestre, más tímido y mucho más suspicaz. También más ágil y brioso que su congénere, acaso por ser un par de milímetros más pequeño. Los Tecla tenían en su casa al pariente aldeano del gorrión común.

     El cronista y doña Laura, una vez identificado su huésped, se creyeron más cerca de su voz y su presencia. Lo mismo ocurre cuando se aprende a conocer a quien nos habla, gracias precisamente a la escucha que le dispensamos. Su compañía y su palabra cobran así más sentido y respeto que cuando nos es extraño. Igual sucede con cuanto tiene vida en el planeta, porque todo tiene su lenguaje. El mar, un río, los árboles. El viento, las olas, el color de la tierra, el perfil de las montañas, la respiración de un bosque. Y esa vida la gana y asimila quien la observa en la medida en que mejor la comprende. No es lo mismo celebrar y reconocer la belleza de un árbol que distinguirla como propia de un abedul, un fresno o un castaño. Es como si al identificarla se hiciera más nuestra o nos hiciera a nosotros más capaces de admirarla.

     Todas las mañanas, cuando sonaba en el salón el despertador musical coincidiendo con la luz del día, la voz de Chis se introducía vivazmente en cuantas melodías espoleaban su locuacidad. El cronista tuvo siempre la sensación de que la calidad e intensidad del gorjeo se ajustaba a la mayor o menor vivacidad de los tempos. El gorrión parecía distenderse  ante un allegro como si a su cuerpo le faltasen dimensiones expresivas. Con los adagio era como si remansara hacia dentro su potencial sonoro. En todo caso parecía que seguía puntualmente el ritmo. Sobre todo cuando descollaban los instrumentos de viento y cuerda. Le fascinaba la música barroca.

     Pero también al piano de doña Laura le dispensaría una especialísima atención. Se conoce que valoraba el privilegio de percibir la música en vivo y a un breve vuelo de su alcance casi físico. A saber si la tocaba con sus alas a través de las ondas. Frecuentemente no se conformaba con el mero apoyo contrapuntístico. Hubo ocasiones en que su participación llegó al extremo de mediar entre la pianista y las notas. Hay fotografías a disposición de los incrédulos que exponen esa circunstancia: Doña Laura interpreta una Romanza sin palabras, la número 18 en La bemol Mayor, y Chis aparece sobre la partitura de Mendelssohn con aspecto sumamente concentrado. El pájaro se permite además picotear el pentagrama, como si calibrara con granívora observancia la consistencia de las notas a través de la caligrafía musical.

     Dedicado a tan sutiles menesteres, Chis hubiera sido motivo de befa si alguno de sus congéneres hubiera tenido la oportunidad de verlo. Ante su libertad condicional es muy probable que le dedicara cualquier comentario despectivo:

     Ése nunca sabrá lo que cuesta y lo que place volar sin paredes, el muy cursi. Con la despensa asegurada y sin otro esparcimiento que un incesante aporreo de teclas a dos vertientes, le aguardan más horas de tedio que a mí de percances en la azarosa Naturaleza.

     Cierto, al ingresar en la tutelada sociedad de consumo que sus criadores le habían deparado, el gorrión había sido sustraído de su albedrío natural. A costa de eso había ganado una sobrevivencia sin riesgos, donde la más feroz intromisión, contando con la supuesta curiosidad del morro de Bruno, no pasaba de ser más molesta que el zumbido de una mosca. Como pájaro ocioso, con todos los días por delante y sin un aventurado trasiego que salvar para procurarse la pitanza, resultaba comprensible que Chis se plantease los más diversos objetivos a modo de alternativa elección donde satisfacer su solaz y esparcimiento.

     Así, una mañana se la pasó jugando con un sello de correos, adosado a su pico de manera pertinaz. El fenómeno, que inicialmente  promovió su interés, pronto le produjo el más desesperado enojo, harto de que aquel entuerto adhesivo jamás llegara a resolverse. Otra vez, tras unos cuantos circunloquios volanderos, decidió chapuzarse en picado en una bañera termal, que resultó ser un plato no demasiado humeante de sopa de fideos. Del consiguiente pringue de grasa, poco menos que indeleble, no se liberó hasta pasados algunos días de puntillosa y concienzuda higiene. También se dedicaba a menudo a picotear cuantas superficies a su alcance tuvieran alguna cualidad sonora distintiva: figuras de barro, botellas de plástico, bombillas, ceniceros, gomas de borrar, cepillos, vasos, cartones, macetas, jarras de cristal, pantallas de flexo, maderas y metales de consistencia varia... Pero lo que más parecía fascinarle, y pronto se convirtió en una de sus aficiones más incorregibles, era el cable del teléfono, que discurría sobre el rodapié de la sala a la distancia de su estatura.

     Chis sentía una viva atracción por el timbre del teléfono. Cuando Doña Laura o el cronista sostenían alguna conversación a través del aparato, el pájaro acudía celosamente hasta el lugar donde sonaban las palabras,  situado al otro extremo de su habitual territorio de residencia. Mientras duraba la charla, no cesaba un segundo de gorjear, como si se sintiera aludido, o como si fuera capaz de interpretar el ring-ring a modo de variante codificada entre los de su especie. Eso mismo ocurría cuando don Grave y doña Aguda dialogaban entre ellos. Lo curioso es que el gorrión no se entrometía cuando se trataba de conversaciones rutinarias, en cuyo caso ni pío, sino cuando sus criadores traslucían una animación afectiva fuera de lo ordinario. Parecía como si la bestezuela tuviera celos del aire. Y, a través del aire, de cuanta expresividad amistosa no le fuera participada. Eso mismo se podía comprobar con la locuacidad telefónica: cuanto mayor fuera la afinidad afectiva del comunicante, explícita a través de la tonalidad grave o aguda del hablante, más se acercaba el pajarillo y mucho más efusiva era su facundia gorjeante.

     El cronista todavía se resiste a interpretar como se teme lo que sigue, pero ahí queda por si al lector se le ocurre alguna explicación lógica. Tres meses después del alojamiento de Chis en casa de los Tecla, las crecientes interferencias telefónicas, que impedían la fluidez de plática con sus interlocutores, obligaron a don Grave a llamar a un técnico. El aparato estaba bien. No existía ningún problema con el auricular. El técnico sólo se limitó a sustituir un metro de cable por otro nuevo. Adujo que el material se había desgastado, como si hubiera estado expuesto a las inclemencias de la intemperie. El cronista se quedó con ganas de sugerir una razón específica que justificara aquella erosión, por si el empleado de Telefónica consideraba oportuno anotarla en su agenda de curiosidades más notables:

     - ¿No cree usted que la avería podría deberse a un boicot a pico tendido?

     El tramo afectado coincidía con el rincón de uno de los balcones. Precisamente aquel donde el gorrión solía maniobrar con una clandestinidad más encubierta durante buena parte de sus ociosas jornadas.

 


- VII -

Que trata de la emancipación instintiva
como aptitud para posar más altos los sueños,
con algunas consideraciones sobre
la libertad y los nombres-anuncio.

 

     Avanzado el otoño, se dejaron notar los primeros fríos. Los días se hicieron más cortos y menos habituales las estancias del cronista y doña Laura en el salón, una habitación difícilmente caldeable por el deficiente ajuste de los postigos de los balcones. El cuarto de atrás no era muy acogedor. Pequeño, penumbroso, con una ventana que daba a un angosto patio que reducía a lo elemental  la ventilación, garantizaba no obstante una cálida y recogida permanencia en cuanto se presagiaba el invierno. La pareja, para evitarle a Chis cambios térmicos de ambiente, decidió mantener al pájaro en el salón, donde la variabilidad del termómetro se ajustaba más al proceso natural de las estaciones, así como a los cambios de luz a lo largo de los días. Conscientes, sin embargo, de sus muchas horas de ociosidad, y en vista de que el gorrión ya se debía haber aprendido de memoria cada recoveco de su hábitat doméstico, sus criadores había resuelto acondicionarle allí un pequeño parque de recreo.

     En primer lugar rescataron la mesa camilla, que les era imprescindible por el escaso mobiliario de que disponían, y situaron en su lugar una pequeña mesa rinconera. En la repisa inferior de la mesa pusieron el comedero y una bañerita de plástico. Al lado, y como opción alternativa que le permitiera más canchas de trasiego, colocaron también una mesita de noche con un segundo comedero y el platito entremesero de loza preferido por el pájaro para sus abluciones. El cronista apartó de los dominios del gorrioncete la kentia forsteriana, que había sufrido notoriamente el picoteo inmisericorde de la bestezuela, y la sustituyó por una rama de encina. A los pocos días la rama quedó deshojada y hubo que revestirla de nuevas atracciones.

     Doña Laura compró un espejuelo redondo, de esos que se utilizan para recrear la ociosa soledad de los canarios en las jaulas. El espejito venía provisto de una campanilla colgante. Lo ató a una rama, como a una cuarta del suelo, y Chis encontró en el artilugio la mejor herramienta para mantenerse en buena forma física. En cuanto advirtió que aquello no sólo sonaba provocativamente, sino que al colgarse el pájaro reflejaba de modo milagroso la imagen de un supuesto congénere, el gorrión se pasaba la horas revoloteando de manera incansable alrededor del objeto. Agarrado con su patitas al espejo, con la cabeza abajo como un párido cualquiera, repiqueteaba sin pausa sobre la campanita. El ejercicio le ponía en ocasiones al borde de la extenuación, en cuyo caso descansaba un rato. Se iba pasito a paso hasta el comedero, pellizcaba meticulosamente unos pocos granos, bebía una gota de agua y, una vez repuestas las fuerzas con la sobriedad de un deportista que tuviera que volver a la acción, regresaba a su peculiar tabla de gimnasia con renovado denuedo. Más de una vez Bruno interrumpía su frecuentes dormidas para asistir un tanto perplejo a aquellas incansables exhibiciones de acrobacia. Lo hacía tan cerca del alado trapecista que los escarceos saltarines del pájaro le llenaba de cosquillas el bigote. Esto ocasionaba al pastor alemán más de un estornudo, por lo que su buena voluntad de ocioso espectador se desvanecía por narices.

     Otro objeto al que dispensó Chis sus buenos ratos de esparcimiento fue el que le procuró el cronista sin calcular en principio sus posibilidades. Consistía en un par de tubitos de cartón ensartados, de los que sirven para enrollar el papel higiénico. Prendidos con una pinza de la ropa a la rama de encina, el gorrión solía escabullirse por su interior o asomarse al extremo, como si fuera un balconcillo hecho a su medida. Esto solía ocurrir sobre todo al atardecer. El pájaro se acurrucaba muy quietecito, con el cuerpo hecho un ovillo, y entonaba a media voz una especie de gorjeo-perorata en actitud distendidamente reflexiva, tal cual si resumiera para sus adentros las incidencias de la jornada.

     Pero tanto uno como otro entretenimiento, el muscular y el caviloso, fueron en realidad posteriores a la expedición de Chis al cuarto de atrás. Fue éste su primer viaje a lo desconocido por voluntad propia y marcó sin duda el inicio de sus afanes de emancipación, aunque en principio pudiese parecer lo contrario.

     Como ya se ha explicado, Chis tenía celos, o al menos eso denotaba en apreciación de su familia, de las palabras que sus criadores se dirigían entre sí con una cierta afabilidad. Una tarde, mientras el cronista y doña Laura sostenían una animada sobremesa llena de risas en el cuarto de atrás, percibieron el avance gorjeador del gorrioncete a través del oscuro y largo pasillo. No se atrevió a entrar, sin embargo, en la pequeña habitación. Antes de que el cronista le franqueara el paso en la palma de su mano, el pajarillo parecía ponderar los riesgos de su temeridad alzando una y otra vez la cabeza desde la puerta del cuarto.

     Doña Laura interpretó aquella insólita expedición de Chis como un deseo explícito de compañía. Acaso la independencia de la criatura no era aún la suficiente como para soportar el paso de las horas solo en el salón. Puede que echara de menos el moño de su nodriza durante las veladas del verano. Esas, empero, eran unas engañosas suposiciones. La primera noche que doña Laura trajo en sus manos al gorrión hasta el cuarto de atrás, el pajarillo inició una desesperada lucha con las paredes sin hallar punto donde rendir sus alas. Probablemente sus criadores trataban de imponerle una costumbre que vulneraba su horario natural. Chis ya no era un gurriato indefenso a merced del cobijo materno. Quizá con tan renuente actitud respondió al deseo de autoafirmación que ya empezaba a mostrar como adulto. No estaba dispuesto, además, a soportar, poco menos que en momificadas circunstancias, el ruido humano que generaba aquella máquina reflectante al que sus espectadores dedicaban una cierta atención.

     Habían transcurrido unos tres meses desde la adopción del pájaro. A partir de esa noche, Chis se desentendió de la querencia por sus criadores. No quiso saber nada de sus charlas. Abandonó la costumbre de comer en sus manos. Tampoco concedió respuesta a sus saludos. El cronista juzgó aquella rebeldía fruto de la adolescencia, tal como sucede con los cachorros humanos en cuanto rebasan la pubertad. Doña Laura, por su parte, creyó llegado el día de plantear lo que desde un principio se había propuesto: liberar al gorrión en primavera. Pero antes había que consultarlo con don Secundino, no fuera a ocurrir que esa altruista elección tuviese sus riesgos.

     Hacía ya muchos años que don Secundino se había hecho popular a través de un ingenioso concurso de televisión, donde se valoraban los conocimientos del participante en cualquier especialidad de las muchas que concurren en la erudición humana. Don Secundino había pasado a la memoria de los espectadores como el bedel de los pájaros, en clara referencia a su profesión como funcionario y a su vocación como ornitólogo. El cronista cree todavía recordarlo con unos ojos pequeños y penetrantes que de daban un cierto aspecto de ave de presa. Tras el fenómeno audiovisual, una casa comercial había aprovechado su nombre y predicamento como reclamo publicitario para vender sus productos, relacionados con la alimentación y crianza de las aves.

     Es posible que don Secundino tuviera por entonces una edad imposible para contestar a todas las cartas de los ornitófilos. Doña Laura recibió a los pocos días una amable respuesta del departamento asesor correspondiente. El bedel de los pájaros había dejado de ser un hombre-anuncio para convertirse sólo en un nombre. El cronista lamentó que su recuerdo se hubiera trocado en propaganda comercial y no en aliciente divulgativo de la cultura ornitológica. Pese a todo, la escueta carta puso a los Tecla en prevención acerca de una libertad que, a priori, habían juzgado menos temeraria. Las posibilidades de sobrevivencia de Chis, fuera del entorno en que se había criado, eran escasas, a menos que contara con una pareja de congéneres, preferentemente en período de celo, que lo iniciara en la lucha por la vida de modo adoptivo. Tan mínimo cálculo de probabilidades a favor de una existencia a la intemperie restringieron definitivamente el hábitat del gorrión al territorio doméstico conocido.

     De momento, durante aquel primer invierno de su vida, el pájaro sólo consiguió una mayor altura para emancipar sus sueños. De la kentia, donde encontró su inicial dormidero en cuanto batió alas, pasó al riel de la cortina del balcón, y de aquí, acuciado por los soplos del relente nocturno que se filtraban por los intersticios de la ventana, a la estantería más alta de la biblioteca, como si en el regazo de la nueva narrativa bostezar y amodorrarse fuera la predisposición más juiciosa.

 


- VIII –

Que habla de canto y cantos, de la creación
de la crianza y de los entrañables usos
que el papel de periódico puede tener
como infrecuente entretela de la vida.

 

     El cronista no ignora, pese a lo mucho que desconoce y seguirá desconociendo hasta el fin de sus días, que en los altos y bajos cielos, cuando la primavera renueva cada año el ciclo de la Naturaleza, algunos pájaros inscriben, sin dibujo que pueda igualar su versatilidad y elegancia, prodigiosos vuelos nupciales. El cronista no sabe, sin embargo, como no llegará a saber muchas otras cosas en lo limitado de su existencia, de nadie que se haya atrevido a utilizar las palabras para contar el alado cortejo de un gorrión molinero a una profesora de música. Veremos si él, que acaba de proponérselo con más prudencia que decisión, lo consigue al cabo del presente capítulo.

     La primera escena de tan inaudita relación ocurrió pocos días después de transcurrido el primer invierno, y eso que, como ya se dijo en las páginas anteriores, Chis había reducido al mínimo el grado de familiaridad con sus criadores, reafirmando antes bien y progresivamente sus ínfulas emancipatorias. Todas las mañanas, antes de sentarse a trabajar delante del piano, doña Laura venía manteniendo de modo infructuoso una amable plática con el pajarillo. Pretendía con ello recuperar la cordial convivencia anterior a la suficiencia autonomista de éste. Pues bien, la reserva y aislamiento del gorrión sólo se quebró entrada la primavera. ¿Cómo? Por ley natural, si bien en versión un tanto supletoria.

     Imagínese el lector a doña Aguda poniendo voz de pito y ademanes de bailar la jota. Fue eso lo que al parecer provocó la libido de la bestezuela. Encaramado en el último estante de la librería, Chis, aferrado a su posadero bibliográfico preferido, inició en ese momento un movimiento espasmódico de alas y un gorjeo vivaz y prolongado, casi contestatario, al tiempo que avanzaba su cuerpecillo una y otra vez, dispuesto a dar el salto instintivo que definiera su comportamiento. Cuando al fin se decidió, sobrevoló en círculo la cabeza y las manos alzadas de doña Laura, rozándolas casi con una templada y zigzagueante agilidad, retozona y tan dicharachera como si en la garganta le hubiera brotado una cascada de gorgoritos.

     El espectáculo no sólo se repitió aquella primavera cuantas veces doña Aguda mostró la más mínima perseverancia en su reclamo, sino que, además, Chis también reaccionaba con similar predisposición nupcial ante cualquier provocación fonética femenina. Bastaba que la visitante de la casa añadiera a sus palabras algún gesto de baile dirigido hacia el pájaro. A don Grave, sin embargo, no le hizo nunca maldito caso, por más que el cronista aflautara su voz hasta el ridículo y danzase con todo brío delante del gorrión, atónito a no dudar ante los equívocos escorzos de aquel individuo repentinamente amanerado.

     Fue también durante esa primera primavera cuando el cronista anotó con detenimiento la gama de sonidos emitidos por Chis a lo largo de cada jornada. Transcribir la voz de los pájaros con sílabas que la identifiquen es una tarea compleja. Hay cantos más fáciles de interpretación que otros. El del escribano montesino, por ejemplo, consiste en un tsi monosilábico emitido con delicadeza y suma timidez. El arrendajo canta a regañadientes, de manera áspera y firme: screek. Más barroca es la sonoridad del colirrojo tizón, que los libros describen con un complicado yuic-tec-tec, o la de un agateador común, que consiste en un recital con pausas semejante a un intrincado tiit-dideliit-tiit. La verdad es que todo depende de la subjetividad de quien los escucha, pocas veces coincidente en su percepción con la de los manuales más cualificados. Así, ante el carbonero común, muy frecuente en nuestros campos, que posee una profusa cantidad de notas para el reclamo en torno al tsic-tsic, el cronista interpreta que su canto, de dos o tres sílabas, es más parecido a un ti-ti-pa, ti-ti-pa que a un chi-chi-pa, chi-chi-pa, tal como aseguran las guías especializadas. En cuanto a la alondra, que ameniza el alba con el contrapunto de su reclamo para mayor apuntamiento de la amanecida, la elección puede decantarse por un sonoro flir-rup vibrante o por un chir-rup menos líquido a capricho del oyente, sin que ni uno ni otro desentonen con el sugestivo encendimiento del día.

     No para aquí la retahíla silábica, pues el cronista a punto estuvo de leerse las voces de todos los pájaros conocidos en su país, lo que hubiese representado tanto como pretender una lectura musical del aire que respiramos. Pero como de ese estudio sacó como mejor conclusión la variedad de matices interpretativos existente entre la formulación teórica y la audición práctica, con el fin de no agotar al lector con una profusa nómina de articulaciones más o menos identificativas, el cronista deja a expensas de un debate musicológico la que sigue como mejor ejemplo de disparidad y a modo de corolario polémico:

     Algunos ornitólogos han llegado a confundir al escribano cerillo con la oropéndola en una conocidísima y celebrada obra de Beethoven. (Sabido es que el genial músico alemán, como no cabía esperar menos de una sensibilidad y talento incuestionables, halló en los pájaros un melodioso aliento para su música). Es el caso del segundo movimiento de su Sinfonía Pastorella, el que lleva por nombre Escena al borde del arroyo. Con los últimos compases del tempo, la flauta, el clarinete y los oboes dejan fluir respectivamente la voz del ruiseñor, el cuclillo y la oropéndola, cuyos trémolos parecen quedar suspensos en la placidez luminosa de la campiña. Los especialistas científicos en alada trinología aseguran que la última de estas de estas descripciones musicales se basa en la secuencia de tonos del Emberiza citrinella - el escribano cerillo -, algo así como un tsi seguido de una pausa a intervalos regulares. Sin embargo, Czerny, amigo del compositor, y confidente por lo tanto de sus sugestiones y objetivos artísticos, afirma que Beethoven se inspiró en el canto de una oropéndola que el músico escuchó en el Prater de Viena, como aparece anotado incluso en la partitura original. La voz de este pájaro arborícola que apenas toca el suelo, hasta el punto de beber sólo el rocío en la vegetación ascendente o la lluvia en el aire, consiste en un aflautado grito de cuatro notas, similar a un pitelolío, aunque hay quien lo asemeja aun piro-lui, quizá para darle sentido a la denominación latina del ave.Queda pues a merced del paciente lector la comprobación de las pertinentes fuentes canoras, previa audición comparada de la aludida sinfonía con la supuesta e inspiradora voz natural..

     (El cronista tuvo la intuición, cuando fue a Viena detrás de la memoria de su compositor predilecto, de que Czerny afinó mucho más en su criterio, pues en el apacible valle de Heiligenstadt, donde el genial músico inició precisamente la composición de la obra mencionada, la diáfana nitidez del aire tras un tormentoso chubasco le permitió discernir la aflautada tonalidad del Oriolus oriolus en el momento en que salía de la casa-museo de Ludwig van Beethoven. Puede, no obstante, que el cronista se dejara arrastrar por la evocadora circunstancia, y aunque para mayor discernimiento trató de contrastar lo que escuchaba en la bucólica humedad del ambiente con el fragmento sinfónico preciso que llevaba encasquetado a las orejas, mucho me temo que su perspicacia fuera más emocional que auditiva. Acababa de leer el desesperado testamento escrito por el sordo de Bonn en aquel mismo lugar, ante la certeza de que sus oídos enfermos perderían un día para siempre el canto de la vida, mucho antes incluso de que sus manos, incapaces de atentar contra su genio, dejaran de escribirlo y hacerlo sonar en sus manos).

     A Chis y su especie, sin embargo, en nada le compete el paréntesis descrito, a menos que un compositor experimental descubra peculiaridades insólitas en los Ploceidae, algo que parece bastante improbable en la historia de la música futurible. Es como si los gorriones, en lugar de canto, gastaran prosa, y una prosa, además, limitada, sobria y descaradamente pragmática, reducida al mínimo en sus melodiosos afeites. Algo así como un rap telegráfico y espasmódico, incalificable como expresión musical digna de respetable aprecio armónico, aunque últimamente se difunda masivamente entre contoneos y ripiosas jerigonzas de muy primitivo alcance mental.

     Por lo observado, y sirviéndose de un registro magnetofónico que lo confirma, la voz más intensa y definida de Chis equivalía a un piií, a modo de sonido monosilábico prolongado, con un breve glissando de violín al final. Era frecuente oírselo a ultima hora de la tarde, poco antes del oscurecer. Quizá representaba una forma de demarcar el territorio de su dormidero, aunque muchas veces utilizaba esa misma monodia colgado de la cortina del balcón a cualquier hora del día. Solía suceder esto último cuando el cronista llegaba a casa, antes de que las yemas de sus dedos abrazaran al pajarillo a través de la tela. Durante la caricia, el gorrión cambiaba esa voz por otra, más gorjeante, masculladora y continuada, que parecía remedar un finísimo y acelerado burbujeo.

     En otras ocasiones, sobre todo cuando reposaba en su balconcete de cartón cilíndrico, Chis se limitaba a dejar oír un reiterado chip, de sonoridad casi metálica, íntimo y corto, como si estuviera utilizando el alfabeto de puntos del lenguaje telegráfico. En cuanto al tec-tec que los libros describen como voz de reclamo, es cierto que solía emitirlo antes de sus despegues nupciales sobre las manos bailaoras de doña Laura, pero también le servía como expresión de enojo o advertencia intimidatoria. Sobre todo si sus criadores y los eventuales curiosos que visitaban la casa osaban acercarse al nido que el instinto del pájaro creó en el rulo de una de las cortinas del balcón.

     La imaginaria operación de crianza la inició Chis con las hojas de la pobre kentia forsteriana, que a punto estuvo de perecer en el proceso. Cuando el gorrión ya no tuvo hojas a su disposición, recurrió a la prensa. Utilizaba como material el papel de periódico que servía como tapete protector y renovable de la mesita rinconera. Lo troceaba en cortas tiras con su pico, parejas en tamaño a las hojas de la planta, y las transportaba en vuelos rectilíneos y diligentes al rulo. No parecía importarle mucho que una y otra vez el material se le colara hasta el suelo a lo largo de la cortina.

     El cronista está por asegurar que nunca los políticos y los periodistas, esas dos falaces familias de una misma especie interdependiente, nutrida por su regurgitada e insulsa verborrea en los papeles, ante los micrófonos y las cámaras de televisión, podrán hallar uso tan entrañable para su oficio público, generador de superfluos estados de opinión. De sus palabras, huecas y estereotipadas, hechas con un mutilado lenguaje convencional, simplón y tecnocrático, hizo el gorrión molinero de los Tecla la entretala de su doméstica creación vital. Y aunque la creación sin libertad sea fingimiento o ilusorio artificio, el tec-tec de Chis reconvenía a cuantos dedos se aproximaran al feudo de su imaginaria crianza. La naturaleza de su instinto era poco menos que verdad de fe ante una realidad que se la había negado. Si por instinto somos libres y por ser libres creamos, creer en la libertad y en la creación será siempre un impulso inquebrantable de nuestra naturaleza...Aunque puedan cortarnos las alas y, de hecho, nos las hayan cortado y recortado muchas veces a lo largo de la historia.

     - ¿Se refiere usted a la propia de su país?
     - Pongamos que sí para mayor concreción.
     - Pero eso es pretérito imperfecto, como el que corresponde a la evolución del hombre en general, aquí y en Tegucigalpa, así que mejor haría evitándose una lección de pesimismo histórico
     - Ya, lo que pasa es que suele dolernos más la memoria que se describe en la lengua que hablamos y en las generaciones que nos precedieron compartiéndola y dirimiendo sus mensajes, progresivos o regresivos, con más fanatismo que civilizada tolerancia.
     - Y según usted, ¿cómo describiría nuestra historia contemporánea a vuelo de pájaro?
    - Como una larga transición de jaula en jaula hasta domesticar nuestra libertad de albedrío.


- IX –

Donde se avista un verano a pájaros,
con aniversario en una chimenea,
y una muestra increíble de tolerancia
a flor de boca, así como las indudables
influencias de Wolfgang Amadeus.

 

     Antes de llegar Chis a la casa de los Tecla, estos ya habían descubierto incipientemente su afición por los pájaros. Doña Laura había construido de modo artesanal un pequeño comedero de madera y lo había colgado de la ventana que daba a poniente en la casa de la sierra. En cuanto la pareja renovaba las provisiones de granos y copos de avena, cuatro o cinco veces al día durante sus fines de semana en el campo, carboneros, gorriones, verdecillos, pinzones y escribanos, toda la fauna menuda con alas habitual a tan doméstica despensa se presentaba en el alféizar al hospitalario convite. Esa costumbre, prolongada a lo largo de las estaciones, hacía más compenetrada y agradable la relación de los teclistas con la Naturaleza, y hasta podría asegurarse que servía para afinar su sensibilidad, un poco atolondrada a lo largo de los rutinarios días laborables entre los ruidos y urgencias de su vida urbanícola.

     La algarabía de los pájaros es siempre muy estimulante para levantarse por las mañanas. Durante siglos fue así, antes de que el hombre inventara el asfalto y toda esa fábrica de ruidos que se ha hecho imprescindible como propulsión elemental y fondo sonoro de nuestra era. Ahora sólo en el campo tenemos posibilidades de recuperar ese antiguo despertador natural de nuestros sueños. Los Tecla selo habían asegurado todos los fines de semana en cuanto abrían los oídos al día y dirigían sus ojos hacia el comedero adosado al alféizar. En invierno, nada más levantarse de la cama, era necesario deshelar el desayuno de las criaturas volátiles con agua caliente. En verano, la pareja solía aprovisionar con agua fresca el bebedero para que sus asiduos visitantes pudieran aliviarse del calor. De ese modo resultaba muy cómodo observar cómo se comportaban unos y otros comensales. Advertían así cuál era la disparidad expresiva de sus gestos, la voracidad apresurada y suspicaz de los gorriones y el estilo más comedido y meticuloso de los escribanos montesinos. A veces, los días de nieve sobre todo, también era posible ver algún jilguero, cuyo resaltado colorido irradiaba un contraste floral en el enmarcado y frío fondo blanco del invierno. Incluso las urracas, acuciadas de alimento, amenazaban con desvencijar la frágil estructura del comedero al posarse con todo su peso en un receptáculo insuficiente para contener su talla y acometidas.

     Los Tecla podían atisbar asimismo, en cuanto se asentaba la primavera, la crianza de los carboneros en la caseta anidadera que habían colgado - orientada al sur, según ecológica prescripción - de una de las encinas del jardín. A la sombra del árbol, a sólo un par de metros de distancia, presenciaban la suma diligencia y laboriosidad de los padres en proveer a la crías de frescos gusanotes. Lo hacían con total confianza delante de sus benefactores, encantados con la posibilidad incluso de fotografiar un espectáculo que de modo tan espontáneo aporta lecciones de desvelo a la humana condición. El insecto era acogido siempre en el interior de la cajita con la natural y agitada bulla piadora de los polluelos. Los padres solían alternar, con acendrado tino dietético, la ración de carne fresca con los copos de avena que doña Laura solía poner en una redecilla que pendía del árbol, de la que se colgaban los pajarillos cabeza abajo con la habilidad que les es característica.

     Cuando terminaba el período de cría y los pequeños habían volado del nido - ejercicio cuyos vacilantes entrenamientos previos no solían perderse sus protectores -, los Tecla lo limpiaban minuciosamente para el año próximo y se percataban de la utilidad de su concurso. En la parte más alta de aquel cuenco vegetal, sobre una espesa urdimbre de pajitas y musgo, justo donde los polluelos habían tenido la cuna de contacto con su incipiente y tierno plumón, aparecía siempre un doble material de más suave y cálida consistencia: matas de pelo de Bruno, que la pareja había dejado al alcance de los pájaros después de cepillar al perro, y mechones del propio cabello del cronista, resultado de los oficios de doña Laura como peluquera, ejercidos al pie de la encina en previsión y como provisión de tan ecológico destino.

     A pesar de esas aleccionadoras experiencias, fue después de conocer y tratar a Chis cuando el cronista y doña Laura decidieron proyectar sus primeras vacaciones de verano en función exclusiva de los pájaros. Bien es cierto que el año anterior los dos habían andado muy cerca de esa propensión, pues los árboles son las habitaciones de muchas aves y de árboles trató su excursión estival al Pirineo navarro, emboscados en el calidoscópico ensalmo de fulgores y sombras latente bajo la alta copa de las hayas de Irati.

     Esta vez se fueron por las ramas y con grano. Del nombre de los árboles pasaron al nombre y variedades de sus musicales pobladores, esos menudos componentes que orquestan su fronda. No sería excesivamente exagerado asegurar que recorrieron el Pirineo de Lérida con los prismáticos pegados a los ojos. En cuanto avistaban un vuelo o percibían un trino o un reclamo, anotaban las peculiaridades y consultaban su libro-guía. Poco a poco, desde la confusión e inexperiencia inicial, pasaron a las primeras certezas. Ese verano lograron identificar hasta quince variedades en su andadura montañera: trepadores, zarceros, lúganos, currucas, lavanderas, reyezuelos, andarríos, alcaudones, mosquiteros, ruiseñores, colirrojos, abubillas, arrendajos, agateadores y oropéndolas.

     (Debe hacer constar el cronista, en este punto, que se hizo la promesa de mantener aquella lección muy viva en su recuerdo, por si alguna vez, en compañía del hijo que entonces no había llegado, podía tener la oportunidad de refrescarla en la curiosidad naciente de sus ojos. Ahora que ya esos ojos la están esperando, no tardarán los Tecla en reemprender esa ruta, aunque echarán de menos el avivado trote de su perro, que todavía les mira desde el insondable recodo de su ausencia con aquella noble mirada avellanada, lectora escrupulosa de todos los indicios).

     En Esterri de Cardós, junto al río Lladorre, que discurre entre chopos con esbeltez de lanza en paz con el aire, una lavandera blanca les definió a los viajeros desde un poste telefónico su gracia ligera y sutil, con su boina y su babero negros, su pico de gaviota enana y su cola danzarina y pizpireta. Verificado el examen por sus recreados espectadores, la avecica echó la rúbrica a la puntillosa observación de sus escudriñadores con un rizo de su vuelo sobre las límpidas y rumorosas aguas.

     Cerca de la raya de Francia, en Bossost, acampados bajo las estrellas, un carbonero optó por conciliar el sueño sobre la rama de un fresno, a cuya sombra se acogían los Tecla en animada charla antes de acostarse El cronista y doña Laura hablaban en voz baja sobre la libertad, con Chis en la memoria, asunto que acaso pudiera interesarle al carbonero como preámbulo onírico. A lo mejor estaba allí, encima de las cabezas de la pareja, para mecerse con el sonido de las palabras, sin mayor reparo en otras consideraciones filosóficas, ajenas por otro lado a su condición de anchos vuelos sin límite.

     No faltaron las grandes rapaces en aquella amena expedición por los cielos pirenaicos. Nunca hasta aquel verano se había detenido el cronista con tanta delectación a comprobar la magnificencia y solemne poderío volador de las águilas, por inexplicable que entonces pudiese parecerle esa negligencia en sus vocaciones campestres. Al hacerlo recordó la encorajinada reacción que muchos años atrás le había producido contemplar a una de esas aves, recogida en un refugio de la sierra de Cazorla, a la que unas desaprensivas bestias humanas habían amputado las alas y sufría aquel atroz escarnio de su dignidad atada a una soga. ¿Cabe mayor grado de vesania gratuita en la especie que domina el mundo? ¿Cómo explicar semejante dechado de barbarie contra la capacidad de admiración que en todo bien nacido ha de alentar ante la imperiosas dominadoras del espacio? Ninguna otra ave que surque nuestros cielos puede dejar tan impresionante expresión de belleza, descrita con la fortaleza de sus alas y el aplomo de su envergadura. Su armonioso y lento planear revisando las quebradas del paisaje achica la mirada del hombre sobre su propio futuro:

 El águila cabdal canta sobre la faya
 Todas las otras aves de allí las atalaya

     Puede que a la perspicacia glosadora de nuestro buen arcipreste Juan Ruiz, propia de una comunión más entera con el entorno natural, haya que unir hoy otros puntos de vista menos reconfortantes. Quizá el del propio proceso desertizador e ignominioso que sufre nuestro planeta. No en vano lo padecen las aves que mejor podrían ejercer de notarios de esta piel viva que nos nutre y que a ellas mismas les afecta, pues se ha especulado sin excesivo fatalismo con el riesgo de su extinción. Sería como aniquilar esa perspectiva sensorial de éxtasis y de vértigo que provoca su vuelo y que aquellos desalmados de la sierra jiennense pretendieron ejemplificar con su alevosa felonía. Pocas veces se presenta la oportunidad de dar a nuestros ojos ese regalo - acaso porque las águilas sólo se lo permiten a quienen trabajan respetuosa y celosamente sus encumbrados tránsitos -, pero cuando eso sucede conviene predisponer la mirada y el sentir con exaltada aplicación, como si en ello nos fuera toda nuestra capacidad de embeleso y deferencia hacia los vigías vivientes de pupila más perspicua que nos divisan desde sus dominios. No olvidemos que, antes que los globos aerostáticos, mucho antes que nuestros modernos reactores, nuestros satélites y nuestras naves espaciales, fueron los avezados y agudos ojos de estas falcónidas los primeros en vernos tal y como casi nunca nos hemos creído: pequeños, limitados, reducidos a los hormigueros de una tierra en cuya salud nos va la vida y a la que quizá dejemos sin hálito con la misma cruel fatuidad con que unos energúmenos cortaron las alas al águila de Cazorla.

     Quince días después, a la vuelta de su excursión del Pirineo ilerdense, y cuando el cronista y doña Laura estuvieron de nuevo en casa, Chis, que había quedado al cuidado de un familiar, no mostró el más mínimo entusiasmo ante la llegada de la pareja. Más bien se comportó con una cierta indiferencia, sobre todo durante los días que los Tecla prolongaron sus vacaciones en las casita de la sierra, coincidentes con el primer aniversario del gorrión. A pesar de la luz y el frescor del aire, la criatura parecía extrañar el nuevo hábitat. A lo largo de esas fechas no se movió de las inmediaciones del comedero, sin denotar además excesivo apetito. Siempre silencioso, recelaba de la estancia, sin amagar siquiera un movimiento explorador impelido por la curiosidad. A través del hogar de la chimenea, situado en el salón donde se encontraba el pájaro, se podían escuchar los piídos lastimeros de la nueva nidada de gurriatos que la pareja de molineros, padres de Chis, había traído al mundo. ¿Procedía acaso el recelo de éste de tan familiar sonido de vida como el que llegaba del tejado? ¿Existía entre los pájaros algún tipo de comunicación que lograba amedrentar al gorrión doméstico? A saber.

     De vuelta a la ciudad, Chis recobró la confianza perdida como si nada hubiera ocurrido hasta entonces. Esa confianza supuso, entre otros atrevimientos, y a pesar de sus probados derechos de emancipación, que el gorrión volvió a reclamar sus sesiones de carantoña. Cuando Bruno estaba echado en el suelo y don Grave o doña Aguda lo acariciaban con alguna expresión un tanto melindrosa, el pajarillo avanzaba temerariamente hasta la mismísima cola del perrazo y le picoteaba sin reparo los pelos del rabo, perdido entre su espesura. Esas osadías ocasionaba una inmediata y lógica reacción en la respetable bestia, afectada sin duda por lo que probablemente considerase un flagrante quebranto de su autoridad. Chis siempre solía salir del paso con un revoloteo corto y provocador, al que Bruno no prestaba demasiado seguimiento.

     Sucedió un día, sin embargo, a cuenta de una de esas temerarias bravatas, y casi sin que el pastor alemán fuera consciente de sus reflejos, que el gorrioncete se quedó atrapado entre las fauces del perro. Éste parecía sumamente confundido ante lo repentino e irreprimible de su venial tarascada. Durante unos segundos, de su boca sólo asomó la temblorosa cola de Chis, quizá como inequívoca señal de despedida. Afortunadamente para él bastó una palabra admonitoria de doña Laura para que el animal exhibiera sin la menor suspicacia todo un alarde de tolerancia en contra de su instinto. Es muy posible que ningún pájaro haya podido contar nunca experiencia semejante, pero Chis prosiguió su vida en pacífica coexistencia con quien a punto había estado de arrebatársela. Bruno se aplicó con prontitud en un voluntario bostezo y el gorrión echó a volar entre dientes con la rauda celeridad de un huésped evadido de la boca del lobo.

     Después de este insólito episodio, el cronista decidió equiparar los derechos al mimo de los dos animales a sus expensas. Fue así como le otorgó a Chis una conversación cotidiana, que solía coincidir con la limpieza de su rincón. Se sirvió para ello de la melodía de una canción francesa, Ah, vous dirai-je, maman. Sobre esta canción compuso Wolfgang Amadeus Mozart unas variaciones para piano. La música le servía a doña Laura de precalentamiento digital  todas las mañanas, mientras el gorrión la acompañaba con uno de sus gorjeos-catarata. Chis respondía del mismo modo cuando don Grave le entonaba esa misma canción con una reiterada y convencional adaptación a manera de saludo:

Mi pequeño dónde está:

¿Está aquí o está allá?

¿Va a cantar? ¿Cantará?

Para que la contestación gorjeante llegara a producirse era menester que el cronista aflautara la voz y repitiera la estrofilla sin descanso. El gorrión entonces volaba hasta la cortina de su balcón preferido y reclamaba el acostumbrado abrazo tangencial que don Grave le procuraba con la yema de su dedo índice. La bestezuela no admitía cualquier tipo de toqueteo. Mostraba manifiestamente su disconformidad ante un tacto precipitado, un tacto brusco o desmedidamente temblón, de los que se defendía con agresivos picotazos, temeroso acaso de que su reducida y frágil integridad resultase dañada por la rudeza o el excesivo pálpito. El tec-tec de enfado sólo se convertía en gorgoritos ininterrumpidos si el contacto se producía con pulso sereno y suavidad extrema.. Para conseguirlo, el cronista se imaginaba tocando un pétalo de rosa recién nacido en el jardín de un aurora rociada. O la piel del bebé que como padre alguna vez, quizá, podría llegar a sentir cuando asistiese al encuentro con la criatura que de ese modo solicitase el alivio de su primer llanto.


- X –

Que pone fin a esta noticiosa historia,
con algunas nuevas de la última primavera
y una reflexión final sobre la libertad
y el amor como campo de vida.

 

     Nada digno de interés, que no se haya contado ya, ocurrió durante el otoño e invierno siguientes. Chis se hizo con la naturalidad obligada que da la costumbre a las reducidas dimensiones de su pequeño mundo y a la presencia de su familia tutelar. La única variación comprobable a ojos de sus criadores fue el cambio de dormidero a partir de una cierta fecha. El pajarillo prefirió encaramarse a un estante de otra librería, entre las tapas de una carpeta rosa, lejos de la novedosa narrativa en que tan pródigamente se había ciscado a lo largo de su primera etapa doméstica.

     Otro detalle a considerar sucedió durante la segunda primavera. El gorrión cambió también de lugar para hacer su nido imaginario. Del rulo de la cortina del balcón pasó a la cajonera de la mesa del cronista, un mueble de hechura clásica, como los escritorios de los viejos maestros de escuela, que don Grave acababa de comprar después de muchos años trabajando en bufetes alquilados. A Chis debió parecerle mucho más acogedor y hospitalario aquella nueva ubicación. El sitio olía a madera fresca de pino y puede que el pájaro lo identificase con la cajita-nido que doña Laura le agenció para que le sirviera de primera cuna. Esta vez el gorrión no creyó indispensable utilizar papel de periódico para habilitar el fruto de su instintiva creación. Le bastó disponer de un paño de tela que doña Aguda le había colocado para arrebujarse. Puede que Chis buscara sólo la sensación de refugio, estimando con muy buen criterio que el transporte de material no aportaba nada útil dentro de una habitáculo provisto de paredes,  techumbre y cálido acomodo.

     Lo más inquietante de aquel nuevo emplazamiento era la danza de pies del cronista, sentado largas horas ante la mesa con su otro baile a dedo tendido sobre las teclas de la vieja máquina de escribir. Quizá para evitar que el exceso de concentración distrajera a don Grave y éste pudiera propinar sin querer una patada al gorrión, Chis contrapunteaba el metálico repiqueteo de la herramienta gráfica con un gorjeo testimonial que al cronista se le antojaba una voz de desafío en lucha por el espacio. A menudo, cuando al cronista le faltaban las palabras y hacía una pausa para aliviarse de su impotencia, don Grave se tendía en el suelo y dialogaba cara a pico con la pequeña criatura. Todo iba más o menos bien mientras utilizaba la voz vínculo de compañía, pero que no se le ocurriera emplear las manos, porque en esa coyuntura Chis se encrespaba y contraatacaba en defensa de su territorio, como lo hubiese hecho ante las acechanzas de un semejante inoportuno.

     Esa misma primavera, durante unas cortas vacaciones, los Tecla volvieron a llevar al gorrión a la casita de la sierra, a donde no habían regresado con el pájaro por las manifiestas y extrañas incompatibilidades de este con el hábitat campesino, a pesar de serle teóricamente afín. Don Grave acondicionó un espacio reservado en el salón. Incluso colocó en una esquina, junto a la ventana que daba al zaguán, una gran rama de árbol seco para que el gorrión se entretuviera con la máxima naturalidad posible. La experiencia resultó esta vez positiva. Chis se comportó con mayor tranquilidad, como si aquel otro mundo entre paredes fuera a la postre tan asimilable como el del piso en la urbe. La pareja se sintió más reconfortada pensando que ya podrían traerlo al campo todos los fines de semana sin ninguna resistencia. Nunca se habían sentido muy a gusto dejándolo huérfano todos los viernes, a expensas del trepidante ajetreo noctámbulo de la calle y las travesuras solitarias que pudiese apetecer la criatura sin posibilidad de un tutelar rescate..

     Debió ser aquella actitud de conformidad del pajarillo, sin embargo, sólo una engañosa apariencia, puesto que al siguiente fin de semana Chis se resistió a dejar su nido imaginario en la cajonera del escritorio del cronista. No tuvo éste maña para capturarlo y meterlo en la jaula contra su alada voluntad. Tampoco insistió demasiado, irresoluto antes las razones que posiblemente avalaban aquella decidida oposición y que los Tecla no estaban en condiciones de dilucidar.

     Al regreso, a media tarde del domingo, el gorrión no dijo ni pío al saludo inicial y consabido del cronista. No hubo respuesta alguna a la habitual cantilena mozartiana. En el salón no parecía existir rastro alguno que indicara la presencia del pájaro. No lo encontraron en ninguno de los posaderos acostumbrados. Ni siquiera en su nido, que no solía abandonar por mucho tiempo. Las ventanas estaban bien cerradas, sin posibilidad de evasión fortuita. No hallaron tampoco la más mínima huella de su paso evacuatorio en el pasillo ni en las habitaciones, hacia donde podía haberle conducido su albedrío indagatorio. No había en la casa ningún rastro físico ni sonoro que delatara su presencia. La inquietud del silencio en el salón alarmó perentoriamente a los Tecla a medida que pasaban los minutos.

     Doña Laura, que siempre fue muy capciosa en descubrir los objetos perdidos y reparar los frecuentes despistes caseros del cronista, descubrió finalmente a Chis encajado cabeza abajo en la ranura trasera de una de las estanterías, camuflado entre los libros de la nueva narrativa, como si sus mancillados autores se hubiesen batido contra el pájaro con afán de represalia. La rendija le había aprisionado el pescuezo sin que pudiera desasirse de aquel cepo. Su inmovilidad y su silencio eran preocupantes. Cuando el cronista se subió a la escalera portátil para librarle de aquella angustiosa opresión, creyó advertir antes de coger al pajarillo un débil fulgor de vida en sus ojuelos. Tenía sus dudas don Grave cuando lo tomó en sus manos y notó que aquel cuerpecillo capaz de tanta vitalidad expresiva estaba casi frío, con el pico seco y una manchita de sangre en una de sus alas. Le temblaban al cronista los dedos cuando en una de sus yemas le ofreció a Chis una gota de agua. Fue como si le hubiera dado un fresco soplo de aliento a su agonizante congoja. Le faltaron dedos al cronista para curar la sed de la bestezuela, que paulatinamente fue haciendo notar su restablecimiento. Al poco rato, el pájaro estuvo en condiciones de andar de modo vacilante y tembloroso, como si se recuperara de un vahído. Quizá, de haber transcurrido unos minutos más hasta su vuelta a casa, los Tecla no habrían podido forjar aquel renacimiento in extremis que les pareció casi prodigioso.

     En un par de días Chis volvió a ser aparentemente el mismo. El cronista, que durante toda aquella semana lo colmó de atenciones y recreos, afirmaría incluso que el gorrión se mostró con él más afectuoso de lo acostumbrado últimamente. El jueves por la mañana llegaron a bailar juntos, al paso y al vuelo respectivamente, una danza nupcial con el vivace de un concierto de Telemann para oboe d’amore. El viernes, en evitación de un disgusto similar al del anterior fin de semana, con una consecuencias acaso más irremediables, don Grave decidió irse al campo con Chis, que como siempre se resistió a dejar vacío su nido en la cajonera de la mesa. Doña Laura, por motivos de trabajo, solía hacer el viaje en tren unas horas más tarde.

     Acompañaban al cronista en aquella ocasión dos amigas alemanas. Eso le obligó - por deferencia hacia sus invitadas - a detenerse en el camino para comer algo en un restaurante del pueblo próximo a la casa. Era a mediados de mayo y no hacía mucho calor. Incluso dentro del coche no se notaba una temperatura que aconsejara tomar algún tipo de precaución para proteger al pajarillo de una bochorno insoportable. Antes de cerrar la portezuela del vehículo, don Grave creyó percibir una cierta inquietud en el gorrión. Al menos eso le pareció por el movimiento nervioso de sus alas. Pensó, sin darle excesiva importancia, que probablemente se debiera al temor de Chis, reducido en su jaula, ante la presencia vecina de Bruno, sentado en el asiento de atrás. Al cronista, con todo, le sobrevino una difusa sensación de no haber tomado todas las medidas ante un aventurado riesgo. Durante el almuerzo estuvo tentado en más de una ocasión de llegarse hasta el coche por ver si todo iba bien. Se trataba más de un presentimiento que de una razón justificada. Desgraciadamente, ese presentimiento se cumplió cuando al cabo de una hora, acompañado de sus amigas, observó desde el exterior a Chis en su jaula. Era ya un pájaro roto. Una figurilla disecada sin expresión ni movimiento. Tenía el pico cerrado y los ojuelos abiertos, como si la muerte le hubiera sobrevenido de golpe y por sorpresa. Sus compañeras de viaje creyeron que aún vivía cuando don Grave lo cogió en su mano. Pero aquel temblor era sólo el pulso de su impotencia ante lo inevitable. Al cronista le angustió más la posibilidad de que el gorrión molinero hubiese muerto por un desesperado afán de libertad que la muerte misma.

     El resultado, de todos modos, habría sido idéntico: reducir al silencio absoluto aquella volandera criatura de efusiva y condensada gestualidad que durante casi dos años, día tras día, los Tecla habían aprendido a observar y a sentir en el ámbito de su convivencia. Quizá su diminuto corazón, aquel tic-tac de cría friccionado con cáscara de huevo, no había podido resistir una segunda lucha contra la congoja de una nueva cárcel, debilitado por el exasperado combate de la semana precedente. Que la muerte hubiera sucedido en una jaula suponía para el cronista un final mucho más riguroso, a la postre, que la intemperie de aquella primavera en la que los Tecla estuvieron a punto de dejarlo volar a su suerte.

     Antes de que llegara doña Laura en el tren de la noche, el cronista enterró a Chis en el jardín trasero de la casa, al pie de un rosal plantado en memoria de un querido familiar recién fallecido y de unos narcisos en flor. En la caseta anidadera de la añosa encina, la primera generación primaveral de carboneros acaba de romper la cáscara de los huevecillos. El cronista aprovisionó de copos de avena la redecilla colgada de una rama y se pasó toda la tarde a la sombra del árbol, mirando y oyendo el renovado curso de la vida. Esa noche no fue con Bruno a buscar a doña Laura a la estación. La habitual jovialidad del perro hubiera hecho más difícil contarle a la profesora de María la triste noticia.

     Cuando el lunes los Tecla regresaron por la mañana a su domicilio urbano, el silencio del salón movió al cronista a imaginar lo que sería un mundo sin pájaros. Sobre todo para cuantos han aprendido a amarlos en un paisaje de libertad. Para la pareja no había muerto la decorativa criatura colgada de una jaula en un rincón de su casa. Puede que la tristeza por una vida consumida entre alambres sea más fácil de arrumbar. Basta acaso con tirar esa pequeña cárcel al cubo de la basura para paliar el rastro de su ausencia. Pero si ese espacio ha sido un ámbito abierto, si se ha compartido con los moradores en vecindad solícita, esos márgenes de albedrío harán más honda la querencia y más vivo y duradero el recuerdo. De nada sirvió guardar las cosas que Chis había tocado con su cotidiano trasiego: el comedero, los tubitos de cartón del papel higiénico, la rama de encina, la cajita anidadera, el trozo de lana roja tejido por doña Laura, el espejuelo con campana...Cada rincón, cada estante de la biblioteca, las cortinas, los libros, la cajonera de la mesa de escritorio, la carpeta rosa donde posaba los sueños, el aire todo de la estancia seguirían evocando su vuelo durante meses. Incluso cuando, algunos años más tarde, la pareja abandonó aquella vivienda de alquiler para ganar la vida en un pueblo a la vera del Tormes, tuvo la sensación de despedirse otra vez del pajarillo que habitó de canto casi dos años de sus días. Tan breve y doméstico surco del ámbito de su libertad hará posible que Chis no sea nunca, en la memoria de sus criadores, un adorno que acabe en el cubo del olvido.

     Un pájaro tan común, y de tan sobrio canto, que pocas veces saltará a las páginas de las historias de brillante colorido, será para siempre la llave de vida que abrió para los Tecla las hojas volanderas del libro del aire. El único libro donde la escritura tiene alas y las páginas se cuentan a corazón tendido.


Epílogo en el tejado

Que trae cola a esta verdadera historia,
con un divertimento al alcance del lector
que guste de evocarla y un anhelo
de vuelo al vuelo de estas últimas palabras.

 

     Este epílogo se habría quedado en el tejado, tal como se indica en el título, si María, que durante tantas semanas como capítulos, después de sus clases vespertinas de piano, asistió con suma querencia a la lectura de este relato no hubiera insistido en saber qué ocurre con las historias cuando se terminan. El cronista le respondió que nada de lo que se cuenta y se escucha a flor de sensibilidad se concluye con un punto, aunque este represente la puntuación final. Para explicárselo sin entrar en demasiadas sutilezas, recurrió a invitarla a un juego que acaso le procure la prolongación en su memoria de este cuento sin cuento, tal como le ha ocurrido a su autor.

     Se trata de compartir la libertad de los pájaros en nuestros ratos libres. Sólo se necesita un buen migón de pan tierno, una bolsita de pipas de girasol, un rincón sosegado donde haya árboles y un poco de paciencia.

     Acúdase con tan accesibles provisiones al banco de un parque donde no haya demasiado trasiego de gentes. Tras haber tomado asiento y mantener una relajada actitud que denote nuestro apacible talante, arrójense una miajas del migón al suelo. En cuanto hayan acudido un par de gorriones a su inocente reclamo, ya se tendrá garantizado un sencillo entretenimiento, habitual entre ancianos y solitarios, aunque no por ello menos desestimable para cuantos tenga la mente a pájaros por devoción o afición hacia los volátiles.

     Para comprobar primero la alada destreza de los convocados al festín, conviene no apelmazar demasiado las miguitas. Una a una, como si se jugara con unas imaginarias canicas en el espacio, las impulsaremos hacia arriba con nuestros dedos. Los pájaros se convertirán al poco en auténticas saetas gorjeantes, certeras y veloces en pos de la volátil pitanza. Algunos la ensartarán de un picotazo raudo y seco. Otros las pelearán en alada pugna. Los habrá que las alcancen desde el suelo en vuelo ascendente, como si fueran los borbotones de un surtidor que se arracimaran suspensos en el aire. No faltarán los que caigan por sorpresa y en picado desde la rama de un árbol próximo.

     Otras aptitudes podrán observarse si se encauza el juego a ras de tierra. En este caso sí conviene apelmazar un poco las migas antes de lanzarlas contra el piso. Se comprobará que los gorriones son capaces de trocar sus cualidades aerodinámicas por las de expertos baloncestistas, tan virtuosos en el ejercicio que atajarán los botes más irregulares  con certeros y diligentes golpes de pico. Y si de lo que se trata es de sortear cualquier competencia regate tendido con tal de marcar buche, todos darán pruebas fehacientes de consumados jugadores de rugby, como el recordado Chis en sus sesiones de entrenamiento al perseguir las bolitas de cañamón.

     Consumido el migón de pan, se pueden intentar una relaciones mucho más estrechas con las pipas de girasol, una vez partidas y dispuestas para el picoteo. Quizá se requiera mayor paciencia, pero tampoco demasiada. La costumbre hará posible que los pájaros de posen en las manos de su benefactor. Y hasta que éste los pueda cebar uno a uno con la mayor naturalidad. Esa proximidad táctil permitirá el reconocimiento individual de cada uno de los concurrentes. Los habrás más aguzados, más morosos, más confiados o más suspicaces. Algunos, con el tiempo, reclamarán su ración desde la mismísima coronilla de quien se la otorgue sin sobresaltar el gesto. No faltarán los más apremiados, que repicarán nerviosamente en las humanas carnes con cara de orfandad atribulada.

     El cronista asegura, a quienes con regularidad así se comporten, la satisfacción de que los pájaros saludarán cada día el aire de su paso con un revuelo casi primaveral, tan evocador quizá de los episodios que aquí se han narrado como lo ha sido para él cada vez que se ha distraído con ese juego.

     Y ya que estamos en primavera, una última nota para reencauzar esta historia por su venturoso principio y a cuenta del tejado que también se nombra en esta misma conclusión. El cronista acaba de comprobar que en el alero del vecino convento frontero a su casa, en cuyo interior tuvo su último reposo don Miguel de Cervantes sin consignación que confirme el sosiego de sus restos, un gorrión común muy alborotado disputa abrigo anidadero a un vencejo apus apus, chillador y reincidente en sus intimidatorios aleteos zigzagueantes. Podría ocurrir que cualquier día de éstos, con el balcón abierto a unos pocos metros de esa porfía, el pardal volase hasta estos papeles para echarles la rúbrica a su modo, troceándolos con unos cuantos puntos suspensivos a picotazo limpio. Si lo hiciera, puede que algunas de estas palabras acabasen en su nidal, como hacía Chis con la escritura de los periódicos. Sería como afirmar el ciclo de la vida, dándole vida a la vida que esta crónica quiso reflejar y de la que María guardará posiblemente recuerdo en los hijos de sus hijos:

     La abuela María, cuando empezó a estudiar música de pequeña, acudía a una casa donde un gorrión, que andaba por los libros y brincaba sobre las partituras...

     Y todas estas palabras, anidadas en el oído de la pequeña pianista desde que aprendió a tocar los primeros acordes, echarán vuelo y buscarán nido en otras orejas que las acojan. Hasta que la historia no tenga más autor que la voz que la pronuncie, como si formara parte de su propio aliento, hecho al del aire que respiramos como mejor defensa de la tierra que lo inspira.

 

 

REFERENCIAS

* II Premio de novela Manuel Díaz Luis, Ayuntamiento de Monelón 1999.
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Félix Población Bernardo, Félix Población, escritor, periodista e investigador de la Memoria Histórica, Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid (1977).
-Redactor del diario Arriba entre 1975. (Madrid).
-Redactor jefe del semanario El Socialista 1976. (Madrid).
-Redactor Jefe de la revista Personas en 1979. (Madrid).
-Director del diario El Correo de Zamora, 1983. (Madrid)
-Redactor Jefe de la revista El Público, 1986. (Madrid).
-Corresponsal en Madrid de la revista Theater der Zeit. (Berlín).
-Jefe de Prensa y Comunicación del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música del Ministerio de Cultura. (Madrid), 1988.
 -Profesor invitado en 2006 de Literatura Española en la Universidad de Macerata (Italia).
-Analista e investigador de la Memoria Histórica en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, desde 1993 hasta el año de su jubilación, 2013.
-Autor de centenares de artículos en diversos medios de comunicación sobre cuestiones de actualidad, cultura desde 1976 y de Memoria Historica a partir de 1995.
-Actualmente es colaborador y columnista en varios medios de comunicación de España: El Huffington Post, Público, La Marea, La Voz de Asturias, El viejo topo, Quimera, Periodistas en Español, etc. Actualmente es Editor de Diario del Aire
Erranciala palabra inconclusa, agradece enormemente su colaboración.

 

 

 

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