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ELEGÍA PROSAICA A UN
PROFETA CASI DESCONOCIDO


GLORIA CELIA CARREÑO ALVARADO *

 

Ramón Martínez Ocaranza fue un poeta. Como profesor de varias generaciones de bachilleres en el Colegio de San Nicolás, aula mater de la Universidad Michoacana, se distinguió por ser uno de los mejores académicos que ha tenido la institución. Enseñaba a los clásicos de la literatura: Cervantes, Shakespeare, San Juan de la Cruz, Dostoievsky, Goethe, Sor Juana, y, con mucha pasión, el estudio de las literaturas indígenas náhuatl y maya; además de ser el primero en incluir la literatura purépecha. Dejó una profunda huella en las generaciones que pasaron por su aula. Hombre de su tiempo, comprometido políticamente con las causas populares, líder estudiantil y voz rebelde que hizo suyas las luchas contra la injusticia, la defensa de la tierra, las luchas de los comuneros. No era un profesor complaciente, sino todo lo contrario, pues siempre parecía convencido de que cada uno de sus estudiantes teníamos un futuro prometedor y un compromiso de vida frente a nosotros.

                                                Llegan raras señales
                                                  tocando las puertas
                                                               del corazón
                                                                y al tiempo
                                             de estarlas recibiendo
                                                se modifica el mapa
                           que por sospecha reconstruimos
                                              para entender la vida.

 

Elegía prosaica a un profeta casi desconocido

El Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo, para quienes resultamos seleccionados para cursar ahí el bachillerato, constituía un símbolo histórico, un símbolo de libertad. Las viejas aulas donde Morelos, Ocampo e Hidalgo habían estudiado, se abrían a una nueva generación de jóvenes brillantes: nosotros.

Mi padre pensaba que ahí todos éramos unos revoltosos comunistas, y mi madre sostenía que los estudiantes sólo se pasaban el día en los portales viendo pasar a las muchachas. Ambos coincidían en que era inútil que una mujer estudiara una carrera larga.

Nosotros pensábamos que el destino del mundo estaba en nuestras manos y vivíamos con intensidad el compromiso político: los mítines, las organizaciones estudiantiles, el círculo de lectura, las manifestaciones antiimperialistas frente al Instituto Mexicano Norteamericano –que veíamos como un equivalente a la oficina de intereses de los Estado Unidos en Morelia. Éramos niños que recién habíamos dejado la secundaria con sus prefectos, los timbres que anunciaban el recreo, los honores a la bandera, y las idas a la dirección, acusados de fumar en el baño. De pronto estábamos en un mundo adulto donde todo era importante, los días de pinta, el cine gratis, la discusión teórica en el pasillo… todo era vital.

Eran los tiempos de Santana, los Creedence, Pink Floyd, Chicago, Los Folkloristas, Ángel Parra, la Liga 23 de Septiembre, el MAR y la interminable guerra de Vietnam.

En las aulas de San Nicolás nos reuníamos soñadores con toda clase de sueños: unos de ser abogados, otros de ser ricos, otros de irse a una comuna, otros de agarrar un buen viaje, algunos queríamos hacernos filósofos y también hacer la revolución socialista… hasta conocí un aspirante a poeta. Y parafraseando a Alejandro Aura: íbamos a la escuela a estudiar y salíamos a la calle a aprender.

Curiosidad y mucha prisa por conocer nuestro cuerpo y su utilidad; conocer el amor, la individualidad, la autodeterminación; y en eso conocimos lugares maravillosos, cargados de humo, colores, texturas, olores y suavidades que en nada se semejaban a las emociones de la niñez. Esa combinación de sueños, prisa y curiosidad nos metió en conflictos y nos permitió vivir momentos valiosos, con gente maravillosa.

Nuestros profesores, unos eran una comedia, otros una tragedia, y otros nos enseñaban. Horas de clase donde vivíamos y horas de sopor interminable que teníamos que restar a pensamientos verdaderamente importantes.

Los que nos enseñaron, ésos nos mostraron, nos retaron a darnos cuenta que la vida tenía muchas… infinitas sorpresas.

Uno de ellos era un viejo de voz grave, cuyo aspecto hostil intimidaba y cuyas palabras retaban al mundo. Tenía una miopía a la que servían de paliativo unos gruesos y ridículos anteojos negros; su avanzada gota le daba un paso lento y grave. Cuando llegaba al aula, imponía silencio y su voz lo reafirmaba. Él era el profesor y tenía la palabra; nosotros, los estudiantes, y poseíamos el oído.

Desde ese silencio impuesto hablaba, pero no para dar una clase, sino para enseñar, para invitar a saber, para redescubrir esos mágicos y confortables espacios de la literatura.

Con él descubrimos la magia de los libros y también que, sin que dejara tarea, debíamos aplicarnos por las tardes a leer a Goethe y a Stendhal para no pasar la vergüenza de ser tratados como ignorantes. Descubrimos que además de Gorki había otros escritores rusos como Lérmontov, leímos de Neruda algo más que los poemas de amor y conocimos la poesía náhuatl.

Ese profesor, que durante la mañana trataba de sacudir nuestra cabeza, por las noches escribía poemas con grandes y recalcadas letras, poemas de infinita fuerza y pasión que parecía que querían charrasquearle la cara a la vida. Una

fuerza comparable con ese volcán que a nosotros nos bullía en el cuerpo.

En esas letras grandes escribió su Elegía de los triángulos.

                                                                Cada palabra
                                                                               llora
                                                                                sus
                                                                           raíces.

 

                                                 Adentro de las cosas,
                                                              hay palomas
                                                                    y sueños
                                                              y campanas.

 

                                                          Del tiempo son
                                              las verdes golondrinas.

 

                                                          De cada quien
                                                                             su
                                                                      caracól
                                                                   profundo.

 

Con esas mismas palabras que tanto se parecían a nosotros, don Ramón retaba a la propia poesía “una poesía que destruye toda concepción sobre sí misma” –dice Oralba Castillo–, y con esas “palabras tarántulas y no palabras cisnes”, había retado a la academia, al sistema, y esas mismas le servían para dar voces por toda aquella causa que creyera justa.

Esas palabras y sus gestos de prestidigitador las llevaba al aula del Colegio de San Nicolás para trasmitirnos su sorpresa de la cosmogonía náhuatl, de la poesía de Nezahualcóyotl, de los dioses del Olimpo, de la herencia purépecha que llevábamos en la sangre.

De sus labios belicosos escuché el Cantar de los Cantares.

Ese hombre que había sido adolescente como nosotros, nos puso en las manos nuestra herencia universal.

En pago, contra él cometimos un grave desatino de donceles. No sé por qué artes, lo echamos, lo corrimos, pedimos su destitución… que si porque reprobaba a todos, que si exigía mucho en los exámenes, que no se había licenciado, que era sólo un bachiller (sí, como Hidalgo), que si sus palabras fuertes lesionaban el decoro de las niñas bien.

Yo fui cómplice, no estuve en la asamblea, no apoyé a la minoría que lo defendía… yo me salí del Colegio esa mañana, de la mano de Jaime, y fuimos a besarnos al Jardín de las Rosas y terminamos descubriendo el amor en la sacristía del templo. Cuando regresamos –más grandes de como nos habíamos ido–, don Ramón ya no era nuestro profesor, habían votado y se lo habían dicho, y él, tranquilamente, los mandó al carajo. ¿Por qué no?, ¿para qué necesitaba ese hombre a una pila de púberes, incipientes fumadores, haraganes consumados?, si él tenía sus palabras que maduraba de escribirlas, de acariciarlas, de hacerlas verso, como había escrito en 1952:
                                                                           Para soñar
                                                                           en silencio
                                                                   como se sueña
                                                                                la rosa
                                                                         inaccesible
                                                                          del tiempo
                                                                hago mis versos.

Unos días más tarde lo encontré a bordo de un autobús urbano. Iba sentado junto a la ventana, viendo la calle, y el asiento a su lado estaba vacío. Yo sentí tanta vergüenza y tanta culpa que pensé aprovechar su distracción y colarme al fondo, pero mi estómago se contrajo y entonces tuve una sensación inexplicable que me obligó a regresar y preguntar si podía sentarme a su lado.

Le dije sin más que no estaba de acuerdo con lo sucedido, que no era justo, que sus alumnos lo apreciábamos. Él me agradeció las palabras y llevó la conversación en otra dirección por el resto del viaje. Desde entonces, pude gozar el privilegio de sentarme de vez en cuando en su mesa en el portal a tomar café y escucharlo hablar con otros, contar cosas a las cuales yo ni siquiera sabía cómo contestar ni qué más preguntar, simplemente aprendía.

Después publicó la Elegía de los triángulos, que yo leí con mi novio poeta, aquél que me escribía poemas y me susurraba al oído que a mí me había inventado para adornar sus versos.

La irreverencia de Ramón Martínez Ocaranza era consumada y conocida, lo mismo la aplicaba al gobierno, a los viandantes, a las autoridades universitarias o a la Santísima Virgen. Era un genio, tenía una navaja por lengua y lo sabía. También era un profeta:

                                                          Los profetas levantan sus metáforas contra los vientos más oscuros.
                                                                                                            Y maldicen los signos de las esferas.
                                                     Porque nunca se mueve la hoja de un árbol sin la voluntad del hombre.
                                                                      O porque hay enigmas que desgarran las entrañas malditas

Escribió Patología del ser, que publicó en 1981, y tres años después, La edad del tiempo, libros representativos de su madurez poética y que, en un párrafo preciso, Óscar Wong describe como emblemáticos de la poesía de Ramón Martínez Ocaranza:

Como Arthur Rimbaud, un día Martínez Ocaranza sentó a la Belleza en sus rodillas y la acarició con acre desmesura, con inusitada voluptuosidad. Y le supo amarga. Y la injurió. Y armó sus versos contra la injusticia. Por eso su discurso corrosivo con tonos mesiánicos, proféticos. El desarreglo de todos los sentidos, según Rimbaud, forja al poeta como vidente, aunque este extravío debe ser inmenso y razonado. La visión devastadora, los acentos trágicos, casi heréticos que caracterizan a Patología del ser (1981), por ejemplo, inician desde Elegía de los triángulos, un volumen donde el mito prehispánico va imbricándose con otros significados occidentales. La fuerza lírica, terriblemente telúrica de Martínez Ocaranza, el torbellino de temas, su honda intimidad; el verso audaz, a ratos complejo, va provocando un ‘desorden liberador’ que permite el surgimiento de imágenes arquetípicas a través del intelecto ordenador del arrobamiento lírico para forjar una poesía virulenta, crítica.

Esos poemarios los conocí mucho más tarde, pues para entonces ya había emigrado a la capital y me dedicaba a soñar todos los días en volver a Morelia y verla desde Santa María y escuchar las campanas y percibir sus olores en las noches cálidas de abril. Me volví una desarraigada que dejó el corazón lejos y no volvió a tomar café al portal, ni a ir al Colegio de las Rosas, ni a los conciertos de la catedral.

Tampoco volví a ver al maestro Ramón Martínez Ocaranza. Después de su muerte, estuve conversando con su hija en el portalillo del huerto de naranjos que él había sembrado; entré a su estudio, vi y toqué sus manuscritos, sus conchas y caracoles; vi desde su ventana la luz de la tarde caer en el jardín; agradecí desde mi interior el amor a las letras que don Ramón me sembró en el corazón y pensé en cuántos libros, cuántos poemas, cuántos versos, cuántas letras hubiera podido llevarnos al aula, y nuevamente me sentí culpable de no haber estado en aquella mañana de las votaciones.

 

 

REFERENCIAS

* Académica del Archivo Histórico de la UNAM-Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación y profesora del Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM.

 

 

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