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L1

ELECTRÓNICA DE CONSUMO
COMO MANDATO SUPERYOICO
DE LA CULTURA PARA ALCANZAR
LA FELICIDAD.

MIRIAM PARDO FARIÑA *

Resumen: La adolescencia no resulta indiferente por sus cambios y desafíos que interpelan al Otro. El acaecer del sujeto en una cultura de la imagen, cuyo énfasis se despliega a partir de la ilusión de continuidad, va de la mano con una modernidad líquida, cambiante, episódica, impersonal. Quizás, en uno de los momentos subjetivos más trascendentales para el ser humano, como es el caso de adolecer en medio de transformaciones individuales y sociales, la cultura de la imagen cobra relevancia como paradigma arrojando al sujeto hacia una posición de desencuentro con el otro. En este sentido, el ciberespacio y la comunicación instantánea, a través de distintos aparatos electrónicos, se constituyen en instrumentos elocuentes de la modernidad líquida en donde la identidad electrónica a la que comparecen los adolescentes, da cuenta de una vida rápida y simulada, en el aquí y ahora de los vínculos, tendientes a desecharse prontamente.

 

Palabras claves: Modernidad líquida, ilusión de continuidad, ciberespacio, desencuentro, adolescencia.

 

 

Hombre que esperas sin encontrar paz, sombra cansada en la luz polvorienta, el último calor se irá marchando y errarás indistinto…(1)

Al pensar en la pubertad y adolescencia generalmente asociamos estos hitos del ser humano con importantes transformaciones de toda índole. Si a lo anterior agregamos las influencias culturales en los púberes y adolescentes de nuestro tiempo, los cambios no solo se asociarán a las vicisitudes de estas etapas evolutivas del desarrollo, sino que de forma contundente a la velocidad de los cambios ya inscritos en nuestra cultura occidental.

Cuando el niño comienza a ingresar a la pubertad lo primero que denotan los padres y educadores, es la falta de concordancia entre las dimensiones simbólicas referidas al tiempo y al espacio. Un saludo implicará probablemente una pisada “sin querer”, una respuesta tal como “ya voy”, se distanciará en el tiempo a lo que pide el adulto aquí y ahora. Encuentros y desencuentros, disarmonía y quiebres, son experiencias con las cuales se enfrenta el adolescente y las personas con quienes comparte su universo.

De acuerdo a lo que el psicoanálisis transmite, especialmente desde una vertiente lacaniana, se podría comprender la adolescencia como un tiempo subjetivo en donde se ponen en juego un sinnúmero de enlaces simbólicos e imaginarios cuyo sostenimiento estará brindado por el Otro como tesoro de los significantes. En este sentido, la cultura juega un papel crucial acerca de los alcances que entrega al sujeto alojado en el sistema cultural desde su tiempo de adolecer, momento subjetivo en el cual se va trazando un recorrido que implica la apropiación del cuerpo, la identificación, los avatares edípicos, la integración del tiempo y el espacio, y, especialmente, la relación imaginaria con los pares.

Algunos autores contemporáneos han compartido sus propias reflexiones acerca de la cultura occidental, de cuyos análisis se pueden desprender conclusiones importantes para enlazarlas con el sujeto en su tiempo de adolecer. En este artículo se hará especial referencia a Slavoj Zizek y Zygmunt Bauman extrayendo del pensamiento de ambos lo que pueda favorecer para generar nuevas reflexiones acerca del sujeto en la cultura.

En Amor sin piedad, hacia una política de la verdad (2001)(2), Zizek hace referencia a ciertos enunciados transmitidos culturalmente tales como que en nuestra época “nadie cree en los ideales que se proclaman”(3), que las creencias han perdido relevancia y tienden a ser atacadas, “que se acepta la realidad social tal y como es de verdad”, lo que llevaría a pensar que este universo clausurado de proposiciones privilegia el sostenimiento de un fetiche que por su naturaleza es inmóvil y mortuorio. ¿Qué le interesa a la gente sumida en el juego capitalista que implica un ritmo frenético de oferta y demanda, de rapidez vertiginosa de cambios y exaltación del narcisismo? Alienados en este devenir, cada cual tenderá a pensar o creer que no se encuentra realmente en esta vorágine, criticándola de forma abierta, y, al mismo tiempo, considerando que lo que realmente importa en la “subjetividad interior, a la que sabes que siempre te puedes retirar...”, como si esto último fuese posible.

Las sociedades intentan sostener un universo simbólico que brinde estabilidad; sin embargo, y tal como ya lo había anticipado Freud en El malestar de la cultura (1930), prontamente el ser humano intenta boicotear lo que él mismo instituye como intercambio social, por lo que el orden queda amenazado desde el mismo momento en que se intenta instaurar: “[...] no podemos entender la razón por la cual las normas que nosotros mismos hemos creado no habrían más bien de protegernos y beneficiarnos a todos”(4).

Siendo particularmente difícil para el sujeto aceptar la renuncia pulsional, prontamente lo que transgrede se hace parte de nuestra vida, como una suerte de organizador que indica el estallido de lo que no se puede silenciar hasta el inicio de un nuevo ciclo que atesora cosmovisiones anteriores y que no desaparecen aunque presenten transformaciones. ¿Por qué hemos llegado a temer una catástrofe ecológica, bacteriana o viral u otras tendientes a destruir la vida humana, cuya sombra más elocuente desde el punto de vista histórico, es la amenaza nuclear? ¿Temer lo que nosotros mismos hemos generado?.

El ciberespacio ha cobrado una hegemonía asombrosa en las últimas décadas avanzando a pasos agigantados para el devenir humano:

 

[...] del Sujeto que se libera de la atadura a su cuerpo natural, esto es, que se convierte en una entidad virtual que flota en una encarnación contingente y temporal a otra, puede presentarse como la realización final científico-tecnológica del sueño gnóstico del Sujeto que escapa a la decadencia y la inercia de la realidad material.(5)

¿Se podría considerar el ciberespacio como una simulación? Al tratarse de un ámbito virtual, la generación de imágenes a través de una pantalla e incluso de cuadros de diálogo para la comunicación “rápida” exigida actualmente, obligando al semejante a responder de inmediato lo que podría generar un conflicto entre las partes involucradas, se contrapone al encuentro cara a cara con el otro, en donde la comunicación, unida a sensaciones, percepciones y experiencias humanizantes, se pierde en la simulación de un encuentro a través de la virtualidad propiciada por el ciberespacio. Resulta altamente llamativo que el “funcionamiento de una máquina” como mediatizador de la comunicación quede oculta en esta nueva manera de hablar o intercambiar lazos vinculares; es como si, en realidad, este ser y estar en el mundo, fuera a través de estos medios que se tornan invisibles tras el “prístino” encuentro con alguien desde el computador o el teléfono vía whatsapp que brindan una ilusión de continuidad, aunque, en realidad, nos alejen más del semejante. ¿Acaso no llama la atención que las parejas discutan o resuelvan sus problemas vía whatsapp? ¿O que los adolescentes y jóvenes pasen muchas horas “whatsappeando” o chateando con sus amistades y conocidos sin un encuentro humanizante?

 

Si el universo modernista es el universo, oculto tras la pantalla, de bytes, cables y chips, de la corriente de energía eléctrica, el universo posmodernista, es el universo de la confianza ingenua en la pantalla que hace irrelevante la búsqueda misma de “lo que está detrás”.(6)

Lo que Zizek denominará como “confianza en los fenómenos”, permite explicar esta confianza a ultranza en un ciberespacio, incluyendo la tecnología celular en donde es mucho más plausible valorar la interfaz virtual que el encuentro personal. Lo anterior se constituye en un refugio para eludir la complejidad de los vínculos así como también la inclusión en los diferentes contextos socioculturales sosteniendo un reaseguramiento del narcisismo sin exponerse a la vida real que resulta innecesaria si puedo estar conectado con el mundo virtualmente. Lo anterior no favorece la distinción de nuestro propio cuerpo relacionándose con el contexto, por lo que se tiende a producir una lesión en lo que Zizek denomina actitud fenomenológica estándar hacia el cuerpo de otra persona(7); acostumbrados a la virtualidad que devuelve una imagen plana, sin profundidad ni volumen, ¿quién está en la imagen “hiperrealista” que entrega una pantalla, sino un cuerpo-ícono sin carne? De esta manera, como en el ciberespacio y en la telefonía celular es posible actuar escenas fantaseadas desde la realidad virtual, lo anterior queda ampliamente posibilitado al tratarse de una “identidad electrónica”(8) capaz de dejar en suspenso el encuentro a partir de lo impersonal de la imagen o de los textos virtuales.

Desde la perspectiva de Zigmunt Bauman, especialmente en su libro Ética posmoderna (2011)(9), el autor hace referencia a la reducción humana hacia una moral independiente y autónoma que no logra hacer lazo social(10). Los demás quedan estatuidos como extraños siendo fundamental propiciar el desencuentro para sostener lo impersonal de las relaciones humanas. “El arte del desencuentro, una vez dominado, relega al otro a un segundo plano; el otro no será más que una mancha en el telón de fondo del escenario donde se desarrolla la acción”(11). Tal como explica el autor, no es que el otro quede borrado del horizonte, porque sigue ocupando un lugar en el telón aunque sea un espacio secundario y que puede tornarse relevante en otro momento; sin embargo, aunque se llegue a ocupar el lugar de privilegio, no por eso sigue siendo menos extraño si se trata solo de una relevancia temática, episódica, momentánea, interesante aquí y ahora, pero en definitiva, irrelevante. ¡Cuánta gente en el muro de facebook! ¡Cuánta gente seguidora en twitter u otras aplicaciones!, para quedar en un segundo plano, lugar propio de la extrañeza aunque aparentemente aprobado cuando un clic le da la cabida para formar parte de las personas aceptadas.

En lo que Bauman denomina técnicas de desatención se trata de ver pero pasando desapercibido como quien mira de forma inofensiva para evitar la provocación de una respuesta y “justificar la reciprocidad”. No hay, entonces, un verdadero encuentro, siendo notable que los desencuentros a los que estamos acostumbrados, se traten de acontecimientos sin una historia previa y, de nuevo, en el plano de lo circunstancial. Así, es fácil bloquear a alguien de facebook y de whatsapp, para luego volver a reintegrarlo y posteriormente volverlo a bloquear. “Un episodio no es parte de la historia [...] el episodio es un intervalo, una ruptura en el juego de tipificar, categorizar y mapear”(12).

En Estado de crisis (2016)(13), Z. Bauman y C. Bordoni refieren a la modernidad que se despojó a las promesas, situación que se intensificó en la posmodernidad: “la posmodernidad las infravaloró, las desdeñó incluso, y llenó el vacío con oropeles, imágenes, colores y sonidos; reemplazó la sustancia con la apariencia, y los valores con la participación”(14).

En primera instancia, la seguridad quedó fuera de lo posible no solo por las catástrofes naturales que resultan indomeñables, pese a los avances tecnológicos, sino también por las catástrofes morales que designa Bordoni como daño propinado por el ser humano. Dentro de sus especulaciones, el autor hace referencia a “la naturaleza temporal de la crisis”, en tanto encontrarse en crisis es aprehendido como un suceso de duración limitada en tanto se tomen medidas drásticas para abordarla y así retornar, en parte, algo de la seguridad a la que aspira el ser humano. Sin embargo, las crisis ya no se pueden considerar de este modo como si se trataran de momentos pasajeros; muy por el contrario, “representan  una ‘situación’ permanente, endémica del mundo líquido”(15), precisamente por la falta de estabilidad desde los planos económico y existencial. Tal estado de crisis en el cual vivimos dentro de una sociedad insegura, parece perpetuarse sin que se pueda encontrar alguna salida, lo que lleva a considerar, de manera defensiva, que se trata de una serie de crisis que van acaeciendo, como yuxtapuestas, cuando en realidad, dirá Bordoni, se trata de una única gran crisis “que es la consecuencia del final de la modernidad”(16).

Por su parte, Bauman propondrá que las promesas se han mantenido en el tiempo y de manera sorprendentemente persistente, “asombrosamente inmunes”; sin embargo, para el autor no solo se abandonaron las estrategias para materializar las promesas, sino también, entre otros puntos, se abandonaron las ilusiones juveniles de la modernidad, como si se pudiera encontrar una estrategia infalible para dar cumplimiento con lo prometido, en tanto ya nadie busca el diseño de un plan para la construcción de una sociedad determinada.

Con respecto a los cambios de estrategias, Bauman afirma que las que se consideran plausibles no son comprehensivas, en tanto “no toman como marco de referencia la forma global de la sociedad, sino que se centran en el individuo y en aquellas partes del orden de las cosas que se supervisan y se controlan en el plano individual”(17) y, por otra parte, se busca el progreso paso a paso, sin la preocupación de metas distantes.

Bauman reflexiona, a diferencia de Bordoni, que la promesa moderna se intenta hoy reivindicarla en vez de menoscabarla, vistiéndola con ropajes reciclados y renovados intentando adaptarla a una vida que sostiene, de forma implacable, la vorágine o velocidad de la existencia. El autor considera que aún estamos esperando recoger los frutos de las promesas de la modernidad, tales como “el consuelo, la comodidad, la seguridad, la liberación del dolor y el sufrimiento”(18):

 

Desde el principio y hasta este mismo momento, la modernidad ha girado en torno a la idea de forzar a la naturaleza a servir obediente a las necesidades, las aspiraciones, los deseos humanos, y en torno a una forma de alcanzar ese objetivo: más producción y más consumo.(19)

En sus aportes acerca de qué implica hablar de posmodernidad, Bauman prefiere no referirse a este término para denotar un cambio del contexto sociocultural. La primera razón que argumenta es la falacia de pensar que hemos dejado atrás la era moderna; la segunda razón es porque lo anterior no ha dejado de ser como si fuese posible hacer un inventario de lo que ha caducado en vez razonar acerca de lo que ha venido ocupando lugar en lo sociocultural por tanto tiempo. De allí que Bauman acuñe un término, basado en la metáfora de la liquidez, para aludir a las nuevas realidades, o al menos sus características más distintivas:

 

No es la cualidad de la solidez la que exigimos a las estructuras que componemos a partir del acuerdo provisional, el arreglo temporal o las medidas de emergencia, sino la de flexibilidad. Los nudos que atemos tienen que poder desatarse simplemente estirando del cordón; algo análogo a nuestra nueva capacidad para hacer aparecer o desaparecer una imagen en la pantalla del IPad con solo un dedo(20).

Bauman se refiere al síndrome consumista en el capítulo acerca de la democracia en crisis. Tratándose de una totalidad imaginaria, desde el punto de vista lacaniano, cada objeto sería una posibilidad de consumo por parte de los ocupantes de este universo, constituyéndose en “verdaderos  arquetipos de las <<cosas>> desprovistas de sentidos, pensamientos y emociones propias”(21)

Si bien, el objeto de consumo está destinado a propiciar placer, también este placer cae por debajo de la expectativa, siendo aquél el momento preciso para despojarse de este objeto sin sentido y degradado, pese a haber cautivado al consumidor en el momento de adquirirlo. “La causa de su degradación y su conversión en basura no es necesariamente un cambio inoportuno (o cualquier tipo de cambio) que se haya producido en el objeto en sí”(22); ciertamente, como el nuevo objeto por venir tendrá un mayor poder de seducción, reemplazará con potencia al anterior destinado a ser desechado.

 

Adolecer en la modernidad líquida

Retomando la cuestión acerca de la adolescencia en la cultura, se pueden enlazar algunos de los planteos brindados en el apartado anterior, para revisar el impacto de la modernidad líquida en los púberes y adolescentes de nuestro tiempo.

En primer lugar, si la adolescencia implica un momento de cambios importantes en el ser humano, uno de ellos se jugará en la identificación que el adolecente puede hacer con respecto a las propuestas culturales que contienen ideales, autorizaciones y prohibiciones, ante las cuales los adolescentes se inscriben, casi sin saberlo, como si la elección subjetiva dependiera solo de ellos y/o del grupo al cual se sienten pertenecientes. Si bien, y tal como proponía Zizek, se detecta una falta de creencia en los ideales, esto últimos conforman un complejo tejido para el adolescente, quien buscando vías de identificación, logra apropiarse de algunos de ellos.

Es posible plantear que como la cultura propone la ilusión de continuidad, el adolescente puede aferrarse a esta ilusión de manera fehaciente al encontrarse él mismo en una situación de cambio de imagen, nuevas apuestas, nuevos grupos. El Yo, como proyección de superficie corporal, busca identificarse y adherirse a ideales debiendo reformular en la adolescencia aquello que le dio su origen, para generar nuevas proyecciones. Además, si se consideran los cambios corporales del púber y adolescente, ¿qué permanecerá en lo que para el niño era hasta entonces conocido? ¿Qué identificaciones tenderán a caer o a ser reformuladas? ¿Qué acontecerá con el narcisismo en este tiempo de cambios consistentes? (23).

La posibilidad de investir a un grupo, para sostener la ilusión de continuidad, se favorece con la confianza propiciada por el ciberespacio para los adolescentes, quienes pueden permanecer muchas horas chateando o jugando on line con sus amistades y conocidos a través de estas conexiones simuladas. La fuerza del grupo virtual cobra tal relevancia que posibilita la identidad electrónica del adolescente que se presenta desde un cuerpo icónico sin carne. Puede entonces hacer su perfil en las redes sociales, dar cuenta de sus estados de ánimo, intentar causar impresión a los demás, o simplemente esconderse tras estos medios investigando lo que los otros dicen acerca de sí mismos, conexión virtual con el mundo que proporciona una ilusión de continuidad.

Lo anteriormente señalado, puede generar efectos muy placenteros de gratificación narcisista, pero también puede constituirse en el instrumento más mordaz para generar heridas, destruyendo la imagen virtual a través de denostaciones y burlas colectivas que resultan más propicias si es posible hacerlas escondiéndose detrás de las computadoras y celulares. Siendo el cuerpo una construcción y un referente importante en la adolescencia, especialmente desde el plano estético, lo que el grupo señale desde el decir discursivo tendrá una influencia no menor en quienes se encuentran en plena constitución de su identidad desde el punto de vista imaginario. Tal como ya se indicaba con Zizek, la imagen plana, sin profundidad ni volumen, funciona como un criterio que organiza las relaciones con los semejantes, en donde el juicio de los pares para un adolescente será decisivo en tanto le permitirá formar parte o no del grupo virtual.

Siendo importantes los parámetros culturales acerca de los modos de relacionarse, ¿qué implicará para un adolescente sostenerse a partir de lo que Bauman denominaba el desencuentro? Teniendo presente la inestabilidad y ambivalencia propia de la pubertad y adolescencia, si además de tener que competir por estar dentro de un espacio virtual, buscando las maneras de ser aceptado para no quedar excluido o denostado en el peor de los casos, ¿qué podría acontecer al adolescente, que busca referentes, por el hecho de tener que sostenerse a partir de lo impersonal de las relaciones humanas? Así de frágiles se configuran los nexos humanos virtuales, episódicos y temáticos, para luego desvanecerse o mudar prontamente hacia una nueva relevancia temática en que otro adolescente del grupo estará en la palestra, ponderado positivamente como un posible modelo a imitar, o bien, negativamente, constituyéndose en el centro de ataques por parte del grupo.

No resulta extraño plantear que una de las razones potentes por las cuales el ciberespacio ha cobrado tanta importancia para los adolescentes, tenga también una explicación a partir de los parámetros culturales centrados en la productividad, el consumo concomitante y en el desencuentro. Los adolescentes están mucho tiempo solos en sus casas cuando llegan del colegio, pese a la extensión de la jornada escolar considerada como un instrumento para facilitar “el trabajo de los padres”, asumiendo el establecimiento escolar la responsabilidad de hacerse cargo de estos hijos-alumnos. La soledad a la cual lleva esta situación, es suplida, en muchos casos, por medio de las redes sociales, que pueden ser muy protectoras para el joven cuando le permiten sostener su ilusión de continuidad, inclusive, transformándose en la voz del adolescente quien no está con sus padres o se encuentra en abierto conflicto con ellos y con las personas que podrían ser más significativas.

De acuerdo a lo anterior, en muchas ocasiones, las redes sociales funcionan como un factor protector para púberes y adolescentes cuando esperan ser escuchados por sus pares en circunstancias dramáticas. A través de estos medios, muchos de ellos hacen extensivo un grito de auxilio esperando que el Otro escuche su llamado. Cartas de despedida, avisos de cortes en las muñecas, escritos cargados de dolor, entre otros, son rápidamente socializados y viralizados, enterándose de este drama los pares, profesores, amistades y desconocidos antes que los propios padres. El ciberespacio funciona entonces como una herramienta inmediata, a la mano, episódica, pero contundente, tras la seguridad de que alguien escuchará el grito. De esta manera, lejos de constituirse en un medio amenazante, el ciberespacio, el whatsapp u otros instrumentos virtuales que el adolescente puede elegir, se transforman en sus herramientas de comunicación de acuerdo a su propia singularidad ¡y cuánto más si en algunos de estos recodos informáticos el adolescente cibernauta se asocia a otros pares a través de la identidad grupal que le concede este espacio de virtualidad!

Asimismo, el ciberespacio puede funcionar como el lugar preciso para esconderse detrás de lo virtual, entregando una identidad falsa mientras se pueda hacer creer en un personaje inventado que contrasta con el adolescente en disconformidad con su cuerpo, su forma de ser y con el contexto en donde vive, identidad electrónica que puede desechar en el mejor de los casos para continuar buscando su lugar en el mundo.

En el trabajo clínico, varios pacientes adolescentes, dan cuenta de lo que se ha señalado con anterioridad, por ejemplo, “sociabilizar” por las redes sociales el drama personal para llamar la atención de sus pares, dando luego por concluido el “episodio” que movilizó a compañeros de colegio, profesores, directores y padres, como si nada hubiera ocurrido. En este sentido, el ciberespacio funcionó como el instrumento preciso para la puesta en escena, conocida ahora por todos, para ser prontamente olvidada; arte del desencuentro que dejó en el segundo plano al semejante alertado por el drama del acontecimiento, pero prescindible después en el ámbito de lo impersonal, hasta que, en algún momento, sea convocado nuevamente a un primer plano según la demanda narcisista del adolescente.

Cabe preguntarnos entonces, si el adolescente transita por un proceso de segunda individuación (24), si retorna generalmente a la pregunta acerca de su origen y de su sexualidad, si tanto la identificación como la constitución del narcisismo son cruciales, incluyendo en este sentido la importancia que cobra la adscripción a los grupo de pares, ¿cuáles son los efectos que la cultura de la imagen genera en ellos?

La modernidad líquida nos acaece a todos, cabe preguntarnos si acaso “los adultos” no son también como adolescentes funcionando en las redes sociales, alienados chateando en los teléfonos, resolviendo los problemas conyugales o de pareja a través del chat en el arte “del desencuentro”. ¿Adolescentes? ¿Adultos? ¿Será que el sujeto prefiere adolecer haciendo lugar en la modernidad líquida que conlleva la inestabilidad de los lazos sociales y la afirmación del otro en tanto un extraño?.

 

Bibliografía

Bauman, Zigmunt, “Ética posmoderna”, Siglo veintiuno editores, Buenos Aires, 2011.

Bauman, Zygmunt y Bordoni, Carlo, “Estado de crisis”, Paidós, Buenos Aires, 2016.

Blos, Peter: “Los comienzos de la adolescencia”. Cuarta Reimpresión. Amorrortu, Buenos Aires, 2003. 
Freud, S., “El malestar en la cultura”, En Obras Completas, Vol. XXI,  2ª ed. 4ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 1994.

Pardo, Miriam, “Electrónica de consumo como mandato superyoico de la cultura para alcanzar la felicidad”. En, Errancia... la palabra inconclusa, 13. Extraído el 14 de julio de 2016 desde http://www.iztacala.unam.mx/errancia/v13/litorales_1.html
Sternbach, Susana, “Adolescencias: tiempo y cuerpo en la cultura actual”, En: Adolescencias: trayectorias turbulentas, Rother Hornstein (compiladora), Segunda reimpresión, Paidós, Buenos Aires, 2006.

Ungaretti, Giuseppe, “Sentimiento del tiempo. La tierra prometida”, Random House Mondadori, Barcelona, 2006, p. 103.

Zizek, Slavoj, “Amor sin piedad. Hacia una política de la verdad”, Síntesis, Madrid, 2001.

Zizek, Slavoj, “El acoso de las fantasías”, Tercera reimpresión, Siglo veintiuno editores, México, 2009.

 

 

REFERENCIAS

* Universidad Andrés Bello. Viña del Mar. Chile.
1 Ungaretti, Giuseppe, “Sentimiento del tiempo. La tierra prometida”, Random House Mondadori, Barcelona, 2006, p. 103.
2

Zizek, Slavoj, “Amor sin piedad. Hacia una política de la verdad”, Síntesis, Madrid, 2001.

3

Ibídem, p. 23.

4 Freud, S., “El malestar en la cultura”, En Obras Completas, Vol. XXI, 2ª ed. 4ª reimp., Amorrortu, Buenos Aires, 1994, (p. 85).
5 Zizek, Op. Cit. p. 44.
6

Zizek, Slavoj, “El acoso de las fantasías”, Tercera reimpresión, Siglo veintiuno editores, México, 2009, p. 149.

7 Cfr. Ibídem, p. 153.
8

Cfr. Ibídem, p. 157.

9

Bauman, Zigmunt, “Ética posmoderna”, Siglo veintiuno editores, Buenos Aires, 2011.

10

Léase el artículo que escribí Electrónica de consumo como mandato superyoico de la cultura para alcanzar la felicidad, en donde se plantea que el mandato a “ser feliz” como edicto de la cultura globalizante solo arroja al ser humano hacia una mayor insatisfacción pese a la posibilidad de obtener el objetivo de consumo, aquí y ahora; lo anterior, porque para Freud la felicidad solo podría ser episódica o anecdótica. En Errancia... la palabra inconclusa, 13.Extraído el 14 de julio de 2016 desde http://www.iztacala.unam.mx/errancia/v13/litorales_1.html

11 Bauman, Zigmunt, Op. Cit., p. 175.
12 Ibídem, p. 178.
13

Bauman, Zygmunt y Bordoni, Carlo, “Estado de crisis”, Paidós, Buenos Aires, 2016.

14 Ibídem, Op. Cit., p. 73.
15

Ibídem, Op. Cit., p. 77.

16 Ibídem, Op. Cit., p. 78.
17 Ibídem, Op. Cit., p. 79.
18 Ibídem, Op. Cit., p. 96.
19 Ibídem.
20 Ibídem, p. 110.
21 Ibídem, p. 182.
22 Ibídem, pp. 182 y 183.
23 Cfr. Sternbach, Susana, “Adolescencias: tiempo y cuerpo en la cultura actual”, En: Adolescencias: trayectorias turbulentas, Rother Hornstein (compiladora), Segunda reimpresión, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 69.
24 Blos, Peter: “Los comienzos de la adolescencia”. Cuarta Reimpresión. Amorrortu, Buenos Aires, 2003.

 


 

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