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L6

EL SUJETO ESCINDIDO DE J. LACAN

NÚRIA ESTRACH

 

“La Razón Occidental le hace pagar caro a un hijo sin padre: ser para sí mismo su propio padre, construir con sus manos de artesano el espacio teórico en donde situar su descubrimiento, tejer con hilos prestados, tomados de cualquier lado, de cualquier forma, la gran red de nudos en la cual capturar, en las profundidades de la experiencia ciega, al redundante pez del inconsciente, al que los hombres llaman mudo, porque habla cuando ellos duermen”(1)

Louis Althusser

 

 

“Nada es verdad en psicoanálisis, excepto sus exageraciones”(2)

Theodor Adorno

Uno de los legados excelentes que se nos ofrece para la filosofía del siglo XXI es, a partir de la ya revolucionaria y crítica concepción del sujeto freudiano y a través del apoyo conceptual y metodológico de la lingüística y de las matemáticas, el concepto de sujeto que elaboró Jacques Lacan. Éste junto a una serie de autores del pensamiento francés, denominados estructuralistas(3) y/ o postestructuralistas, como Lévi Strauss, Michel Foucault, Louis Althusser entre otros transformaron la epistemología del siglo XX, con unas miradas hacia el sujeto que no sacrifican matices, y que nos dejan para el futuro una concepción mucho más precisa del sujeto de conocimiento. Una concepción del sujeto enraizada en el descubrimiento, análisis y teorización de lo que denominamos el inconsciente, el sujeto del psicoanálisis. Unos estudios de implicaciones transcontinentales que se inician en Viena con Freud, y que ejercieron un no retorno en el pensamiento francés. Pero no sólo en éste. En Europa además de en Viena, Londres y París, tiene especial eco en Alemania, en Berlín y concretamente en Frankfurt, con una clara integración de éste en las reflexiones políticas, donde se hace portavoz del freudismo la Escuela de Estudios Sociológicos, simultáneamente a sus investigaciones sobre el socialismo y el marxismo. A partir de 1935, con el exilio de los miembros de la Escuela de Frankfurt, sus estudios también se trasladan a EEUU donde, desde principios del siglo, las teorías psicoanalíticas amanecen alcanzando los debates de máximo esplendor intelectual entre 1935-1960.

A lo largo de todo el siglo XX las pletóricas investigaciones sobre el sujeto que prenden en el campo del psicoanálisis se polinizan a múltiples disciplinas. Si bien es cierto que nace en el ámbito de las ciencias, específicamente en la medicina psiquiátrica, progresivamente se va extendiendo a las denominadas humanidades, pasando por la psicología, la sociología, la educación, así como al arte en general (las vanguardias artísticas: literatura, pintura, escultura, cine), pero sobre todo lo que más nos interesa aquí son las transformaciones que produce en la filosofía. Una influencia nada despreciable que transformó de modo irreversible la idea de sujeto moderno consensualmente ubicada, o representada, en el cogito ergo sum cartesiano (el yo como conciencia, como sustancia simplemente pensante) así como la idea moderna del sujeto absoluto hegeliana. Una influencia que ha transformado la epistemología, la ética y la filosofía política de los círculos más especializados.

Concretamente, en este artículo vamos a analizar el legado sobre el sujeto escindido que nos deja Jacques Lacan, por considerar, por decirlo de algún modo, que es uno de los hijos más legítimos de Freud, tótem indiscutible del siglo XX. Además Lacan es, sino el pensador más importante, sí una de las influencias con más radio de acción, en el escenario intelectual francés de los últimos 40 años. Para quienes junto a Freud, Lacan es el representante de la desmitificación del inconsciente que con el psicoanálisis deja de ser una realidad superior, o el privilegio de unos seres superiores, para significar la condición de la estructura psíquica de todos los seres humanos. La epistemología del sujeto lacaniano nos permite comprender mejor que es eso de la igualdad y donde están las diferencias. Por lo tanto, establecer unos fundamentos más sólidos para pensar el pluralismo, uno de los mayores retos con los que se encuentran las sociedades y las políticas del siglo XXI. Es evidente que las connotaciones de la subjetividad psicoanalítica transcienden la actividad analítica más aséptica, y, como afirma Adorno, ésta “permite analizar a las masas a partir de las identidades de cada sujeto”, es decir, se convierte en una cura clave para destapar los mecanismos que utiliza la propaganda fascista sea del tipo que sea. De tal modo que el psicoanálisis “lejos de pensar la existencia atomizada del individuo, denuncia la célula del átomo social, la que realmente descubre los mecanismos más universales”(4). Pues en la realidad aquello común entre los sujetos no es su particularidad resultado de la igualdad y de la libertad, sino la homogeneización de los muchos resultados de la opresión ejercida por los pocos.

En este contexto, la importancia de la rica y precisa reflexión sobre el sujeto que nos deja Lacan para la reflexión política dentro de la filosofía es la permeabilidad que tiene para denunciar la cara antihumana de una política en la cual las relaciones sociales entre los hombres están regidas por las leyes económicas del Amo-esclavo. Pero no solo eso, sino que detecta que la lógica del capitalismo avanzado ya no necesita pasar por la conciencia pues penetra en las psiques apareciendo éstas como errores. Y su fuerza radica en su anti-idealismo que rompe con el espíritu absoluto, con el espíritu totalitario, y pone en evidencia las relaciones concretas entre la estructura social y las estructuras psíquicas. Todo ello permite invertir el orden lógico mundial que se justifica en nombre de una amalgama de ideas deformes sobre el pueblo, sobre el sujeto (instrumentos de este orden que los utiliza como simples significantes vacíos de significado) para orientar la reflexión filosófica-política en la dirección de establecer un orden mundial sin lógica preestablecida. Un orden poroso en el que los individuos puedan respetarse a sí mismos, para poder así respetar luego a los demás. En el que la conquista de la libertad no se entienda en términos de la libre explotación, humillación, y asesinato de los más pobres mediante la reconstrucción del mercado mundial bajo la hegemonía de la política que hacen los Estados Unidos, por ejemplo, en el que las diferencias se plantean en términos de reconocimiento. Sino a la inversa, en el que la libertad sea el nombre de la diferencia del proceder, el respeto del deseo del otro, del ser del otro que permite el poder social resultado de una deconstrucción de las relaciones del reconocimiento que rompe con el discurso dominante. Pero vayamos por partes:

 

I La emergencia del sujeto escindido

El origen del pensamiento lacaniano se inscribe en el París de los años 60. Después de las controvertidas interpretaciones(5) que se habían hecho de Freud, Lacan recupera directamente sus textos, estudiándolos, apoyándose y peleándose con sus nociones más fundamentales sobre la teoría de la subjetividad. Ésta última es una perspectiva epistemológica crítica con la noción de un saber-sujeto absoluto hegeliano, para quien “todo lo real es racional”, todo lo que existe se puede racionalizar. Por el contrario, para Freud no existe un metalenguaje que pueda explicar las razones del sujeto. Hasta entonces, todos los fenómenos psíquicos se habían relacionado con lo consciente, con lo pensable, con lo racionalizable, pero lejos de la autonomía que pretende toda filosofía de la conciencia, “la completud del sujeto cartesiano”(6) -dirá Lacan-, el inconsciente se presenta negando que la conciencia sea el lugar por excelencia de todas las decisiones humanas. Desde entonces la verdad del sujeto no es, exclusivamente, la del discurso consciente racional sino la que emerge como resultado de la realidad del individuo, su fragmentación. Un sujeto escindido que para saber sobre sí mismo tiene que vencer la censura que oculta una verdad inconsciente. El inconsciente es, dice Lacan como el limbo, un reducto larvario donde todos los deseos no satisfechos se van amontonando. Deseos no satisfechos y enmascarados pero que permanecen larvados y a los que sólo el sujeto puede acceder para desvelar la verdad de su ser. Se trata pues de vencer la censura que ataca desde el inconsciente aprovechándose del deseo como falta para manipular la propia imagen del yo, como veremos más adelante, en el apartado III.

Lacan parte de las investigaciones de Freud sobre las construcciones del inconsciente que intervienen en la formación del sujeto de la personalidad, fundamentadas en tres informadores claves: el ello (un ser anímico inconsciente, sin fronteras), el yo (un todo desconectado de lo otro, autónomo, el ego cartesiano, con fronteras claras), máscara del ello y el superyo (un yo que ha interiorizado de forma alienante la ley moral). Y también parte de los dos principios fundamentales que establece Freud en la construcción de la psique humana: el principio del placer y el principio de la realidad. El principio del placer (con su correspondiente poder o potencia de satisfacción alucinatoria: el sentimiento “oceánico”, de totalidad. Un sentimiento que aparece por primera vez en los inicios de la vida del sujeto. Momento en el que éste concibe al ‘yo’ sin límites con el exterior. Él lo es todo, también el cuerpo de la madre y, por eso, cree que puede satisfacer cuando quiere las tensiones pulsionales(7) yoicas, las de conservación). Un modo de nombrar el placer de satisfacer los deseos, entendidos éstos como la necesidad de cubrir las faltas que provocan la tensión física. Y, por otro lado, el principio de la realidad (conciencia de lo otro, de la amenaza exterior y, como consecuencia, la conciencia de la fragilidad y de los límites del ‘yo’. Aparece inicialmente cuando empiezan los primeros negocios con la madre respecto a la lactancia). Por ejemplo, cuando el deseo de la lactancia produce la tensión del hambre, la condicionalidad del placer hace que el sujeto, por primera vez, interiorize la identidad, como límite, y la dependencia como necesidad del otro para satisfacer sus deseos. En definitiva, la limitación y la dependencia existente en la satisfacción de las necesidades pulsionales. El sujeto solo no puede autoabastecerse, aunque sabe que existe alguien que puede abastecerle, a quien otorga identidad distinta a la suya y, simultáneamente, poder. Y así entra, por un lado, en la conciencia de las propias limitaciones para la autoconservación, en la conciencia de un ‘yo’ limitado. Y, por otro lado, en la conciencia del Otro, otro al que necesita, por lo tanto al que le otorga poder.

Sin duda, podemos afirmar que es con el principio de realidad cuando aparece, por primera vez, la conciencia de la necesidad política. Es decir, cuando el sujeto siente la necesidad de establecer la máxima atención a los acontecimientos que se producen para interiorizar los requisitos condicionales que le establecerá la madre para poder satisfacer sus deseos. En ese momento la madre representa el poder porque tiene lo que le falta al sujeto. Empieza el viaje iniciático de un camino que ya no cesará nunca más. Y de este modo, el principio de la realidad se consolidará como la subyugación del principio del placer, provocando progresivamente la sublimación de los deseos(8)  y como consecuencia, dirá Lacan, "un descentramiento del yo", a favor de un inconsciente dominante que será el causante del malestar, en un mundo donde las condiciones de satisfacción pulsional están lejos de ser equitativas. El resultado será un inconsciente enfermo, causa directa del síntoma, “el retorno de la verdad como tal en la falla de un saber”(9), un saber que se legitima bajo el concepto científico de la verdad y que Lacan remitirá al orden del discurso del Amo.

Entonces, ¿cómo llegar a la verdad inconsciente? La naturaleza singular de las experiencias vitales del sujeto inconsciente prevalece y aunque ésta no es “demostrable”, en el sentido de un presupuesto lógico formal que nos diga si es verdadero o falso, precisamente por su naturaleza particular, sí que es calculable. Cómo, pues bien, de partida sólo sabemos que existen unos síntomas, es decir, unos elementos (las palabras) que se insertan de forma abrupta, “sorprendente”, en el discurso lingüístico y, por lo que nos dice Lacan, como también veremos más adelante (en el apartado II.1) que el inconsciente se estructura como un lenguaje. Por lo tanto, sabemos que estos elementos obedecen a una ley de composición interna del inconsciente que desconocemos y que hemos de despejar. La única manera que tenemos para acceder al inconsciente es a través de esas palabras que responden a unas cadenas significantes de las cuales desconocemos el significado, no sabemos a qué responden, no sabemos cuál es su estructura interna. Es como la neumonía atípica respiratoria(10), aparecen unos síntomas comunes (fiebres no muy altas, nauseas, insuficiencia respiratoria etc... en nuestro caso lapsus lingüísticos, olvido de nombres propios, o más agudos síntomas neuróticos, etc...) que responden a X, se trata de descubrir la estructura del funcionamiento de X, que corta el funcionamiento normal del cuerpo. Por lo tanto, para llegar al inconsciente deberemos proceder al modo científico, dirá Freud, a partir de hipótesis. Pero a diferencia del procedimiento científico que establece a priori los valores, la objetividad, el saber sobre el inconsciente, precisamente por su naturaleza particular, será el resultado de la interpretación subjetiva del sujeto, es decir de la significación de esos síntomas (significantes) para el sujeto, lo que marca la objetividad del análisis del sentido. Pues al igual que los conceptos del lenguaje consciente no significan lo mismo para todos los sujetos, por ejemplo, “libertad” o “igualdad”. Lo mismo sucede con los significantes del inconsciente. De tal modo que para evitar ese germen distorsionador del yo que nos adelante los significados de los significantes síntomas, el sujeto se convierte en la esperanza de la verdad del yo. Se trata entonces de vencer la censura a través de la experiencia analítica, basada en la ley de asociación libre por parte del propio analizado, tomando como materia de análisis lo que Freud denominó “operaciones fallidas”(11) (los tropiezos lingüísticos en el habla o en la lectura, los lapsus en la memoria, el tartamudeo o la indecisión) y las representaciones oníricas. Estas “operaciones fallidas” son para Lacan las “fallas del lenguaje” estructurante consciente que funcionan como significantes del discurso inconsciente, de lo imaginario, también constitutivo de sujeto. De ahí la importancia del “poder de las palabras” del que habla Freud. Pues sólo ellas pueden vehicular nuestra experiencia hasta llegar al oculto constructo inconsciente que nos reprime desde el interior y que forma parte de una lengua hablada determinada, de la cual únicamente el sujeto sabe el significado que ha adquirido en la construcción del yo. Por consiguiente, el análisis del sujeto escindido a través de las palabras nos ponen en contacto no sólo con el orden estructurante social exterior al yo, el orden consciente, sino con un orden inconsciente también estructurante que forma parte de la psique humana. Las palabras, fallas del lenguaje, adquieren el estatuto del único instrumento para la cura de las dolencias anímicas, del sujeto escindido.

 

II Toponimias del inconsciente
II. 1 Inconsciente y lenguaje.

Desconocemos al inconsciente, pero a través de las palabras nos seduce e intriga emitiendo señales, síntomas de un sujeto escindido. Lacan interpreta a éstas como partes de las cadenas significantes del inconsciente. Éste se estructura como un lenguaje y, como todo lenguaje, sus significantes tienen un carácter arbitrario en relación con el significado, el cual también varía en función de las relaciones diferenciales de la estructura que determinan al sujeto. Lacan interpreta los síntomas del inconsciente a partir de la teoría del significante(12), apuntada por la teoría lingüística de Saussure(13). Concretamente por la idea del carácter arbitrario del significante con respecto al referente que nombra y la adquisición de su valor semántico en virtud de la posición diferencial dentro de la estructura del lenguaje. Para la lingüística saussuriana el sentido de todo significante, cuya unidad más pequeña es el fonema, viene determinado por las relaciones que entre ellos establece cada lengua. Un solo fonema puede modificar el sentido de la cadena de significantes. Véase por ejemplo como los significantes “c” y “t” modifican respectivamente el sentido de “junco” y “junto”, de tal modo que, el sentido específico de cada significante depende totalmente de la relación que establece con los otros en la cadena significante. Lo mismo sucede con idénticos significantes distribuidos en orden distinto, por ejemplo, no es lo mismo dentro de la lengua castellana decir: un caso o un saco, el significado varía aunque los fonemas sean los mismos. En cualquier caso, el significado concreto de cada significante es arbitrario en cada lenguaje, aunque, una vez establecido, el significante y el significado adquieren funciones determinantes para la comunicación, siempre existen desplazamientos. Momento clave para Lacan, pues coincide una misma cadena significante para distintos significados, lo que le permite diferenciar entre lenguaje (cualquiera que sea el idioma) y lengua hablada (el decir de un sujeto). De esto deriva que todo síntoma (significante del inconsciente) en realidad se resiste a todo sentido del saber consciente y, por eso, el significado que adquiere una cadena de significantes (síntomas) depende del sentido que aporta el sujeto inconsciente, por lo tanto, afirma que: “existe un incesante deslizamiento del significado por debajo del significante”(14).

Esta teoría de la relatividad del signo lingüístico, Lacan la aplica al análisis epistemológico del sujeto. Entiende que existen unos significantes-sujetos dentro de una estructura dominante de la cual hay que despejar el significado del verdadero discurso estructurante del inconsciente que interviene en la constitución de cada sujeto. El ‘sujeto’ es, afirma Lacan, un significante vacío cuyo significado se adquiere en relación con otros ‘sujetos’ significantes. Pero no hay que confundir esta teoría del significado deslizante de Lacan, con el alejamiento de éste de la idea de una verdad oculta en el sujeto como afirma Freud. Todo lo contrario, para Lacan, la verdad, la realidad, está más allá de lo simbólico.

 

II. 2 Inconsciente y verdad

La verdad del sujeto inconsciente es lo imposible de significar, ya que al hacerlo se pierde lo esencial del sentido, pues es precisamente la abstracción de la experiencia y su representación a través de lo simbólico, lo que veda el intercambio intersubjetivo de esa experiencia inconsciente, que pertenece al orden del deseo y que debe hallar cada sujeto. Y así procede el psicoanálisis. Éste más que de conocimiento habla de experiencia analítica, pues conocimiento científico presupone un sistema, una estructura previa que determina el valor de verdad de los elementos que lo constituyen. Siendo precisamente ese valor de verdad, predeterminado con anterioridad, el que la relativiza, o mejor dicho, el que falsea la estructura inconsciente del sujeto mediante una estructura dada a priori, el imago(15). Por el contrario, hablar de la verdad analítica quiere decir presente, no comprobar que salga un valor de verdad concreto, sino experimentar, dejar que la verdad emerja por sí sola.

Entonces, nos podemos preguntar cuál será el criterio para saber que un sujeto experimenta esa verdad. O, como se pregunta Lacan, en qué concuerda universalmente el conocimiento del sujeto, cuál es la estructura epistemológica del sujeto. Lacan, lejos de toda metafísica, pero también de todo empirismo racionalista, en Más allá del “principio de  realidad”(16)critica al asociacionismo(17) apoyado en el empirismo de Locke(18). Quien si bien critica los principios innatos y afirma los principios especulativos, también es cierto que, para Locke, estos últimos se adquieren a través de las “ideas”, lo que denomina “fenómenos mentales”. De los cuales distingue de dos tipos: las ideas de sensación (que dependen de la experiencia sensible externa) y las ideas de reflexión, que se elaboran a partir de las primeras (dependen de la experiencia interna). De tal modo que ambas ideas aparecen en el entendimiento como materiales de la razón, pero dependen de los sentidos. Pues, para Locke, no existe nada en el intelecto que antes no esté en los sentidos, excepto el propio intelecto, o sea la razón.

Y es precisamente esta concepción epistemológica racionalista de Locke la que, según Lacan, le permite al asociacionismo vincular el fenómeno de la alucinación –clave para el psicoanálisis- al orden sensorial. De tal forma que entiende la percepción como una “alucinación verdadera”, lo que vuelve a reproducir la concepción mística escolástica de que los errores provienen de los sentidos. El asociacionismo adopta esta concepción y afirma que la imagen se presenta como una ilusión resultado de una sensación debilitada, es decir, menos segura, de la realidad. Por lo tanto que la ilusión se presenta como el eco o la sombra de la sensación, identificada con su huella, con el engrama(19). Por el contrario, para Lacan el orden imaginario no pertenece al orden de los sentidos, sino al orden de las ideas, entendidas éstas en el sentido althusseriano(20), ideas como teorías estructurantes, como ideologías dominantes. Así, lejos de vincular las construcciones imaginarias con los sentidos, Lacan las relaciona directamente con las imposiciones teóricas, en el sentido del discurso estructurante, de los poderes hegemónicos.

Asimismo, Lacan en su análisis sobre la verdad del sujeto critica el fundamento epistemológico del asimilacionismo basado en la distinción entre el conocimiento racional y el de los sentimientos, creencias, delirios, asentimientos, intuiciones y sueños. Éstos últimos son, para el asimilacionismo, los “fenómenos psíquicos”, que como hemos dicho, carecen de realidad propia, tan solo son una realidad ilusoria basada en los sentidos. Distinguiendo así dos niveles de la realidad: la verdadera, constituida por el sistema de referencias válido establecida a priori por la ciencia y la realidad ilusoria de los “fenómenos psíquicos”. Pero así como para el asimilacionismo estos dos niveles de la realidad sirven para sesgar una realidad indiscutible de legitimación racional correspondiente al orden científico, frente a una ilusión psíquica, para Lacan estos dos niveles que establece el principio de realidad sirven para denunciar el modelo que produce la fragmentación del sujeto.

 

II. 3 Inconsciente y política

En contraposición a esta concepción epistemológica, los estudios de Freud introdujeron directamente los fenómenos psíquicos de los seres humanos en la realidad verdadera vinculada directamente con la realidad diaria, con la realidad más cotidiana, las relaciones sociales. Así, los fenómenos psíquicos, lejos de ser ilusorios, adquieren un carácter más que real. Éstos se convierten en la verdad testimonial que sirve para la denuncia del malestar humano. Los síntomas psíquicos son el grito que surge de las más remotas profundidades del ser humano, es el signo de su enfermedad. Testimonio de la conexión directa entre la realidad de las patologías psíquicas y su origen en las relaciones humanas de dominio, aún más con las relaciones sociales de poder, con la cultura política, con la política. La politización de la práctica psicoanalítica es inevitable por su carácter de denuncia de la cultura dominante. Una cultura que lejos de democratizar la convivencia enajena al sujeto y homogeneiza a los individuos estableciendo por adelantado una estructura inconsciente dominante relegando al sujeto a un puro significante. Una cultura alienante, dirá Althusser, que establece por adelantado una plaza vacía del sujeto en la estructura, de tal modo que solo será reconocido aquel que ocupe dicha plaza. O como dirá Adorno, un sujeto-objeto instrumento del sistema hegemónico.

Frente a esta cosificación del sujeto, el deseo emerge, como expresión de vida, por encima de las formas estructurantes. Y la patología psíquica se presenta como una denuncia exagerada que no sabe de leyes dominantes, por lo tanto, que no obedece a razones sino a la verdad del sujeto escindido. Pero en la patología psíquica de un individuo, el síntoma no lo es de una enfermedad que se puede aislar al modo del conocimiento científico de la geognosía, como si se tratase de rocas, como si fuese un yo cerrado, acabado, aislado, hipostasiable, pues actuar así sería fragmentar nuevamente la verdad del individuo que está en constante desplazamiento. El síntoma lo es de una dolencia anímica del yo que está atravesado por una realidad que le viene dada, por una estructura que le determina en su constitución, con la que se entremezcla su yo. Esa estructura se introduce por la vía del lenguaje en el inconsciente. Por eso, para intentar romper la estructura que condiciona las cadenas significantes del inconsciente, la experiencia analítica introduce dos leyes: la de no omisión, es decir, trabajar con todo aquello cotidiano e incluso ordinario que como tal se desecha. Y la ley de no sistematización, es decir, pone como condición de la experiencia la incoherencia, es decir, las representaciones aparentemente sin sentido, así como aquellos hechos “sin importancia”, los desechos, como ya hemos dicho, los lapsus del lenguaje y fallas de la acción. Ambas leyes son lo que Freud denominó: la ley de asociación libre, la que permite atender a lo que se denomina incoherencia. Que no quiere decir sin sentido, sino que atiende a otro sistema lógico, aunque éste no nos guste, al sentido de las cadenas significantes del sujeto que denuncia la estructura que le atraviesa.

Extrapolemos lo dicho al caso del ataque invasivo que ha hecho EEUU-Gran Bretaña contra Iraq, con el soporte Español. En las televisiones cuando nos muestran en un mapa geográfico los avances del ejército invasor hacia Bagdad aparece en su lugar dos banderas unidas, la americana y la inglesa. Todos sabemos que las banderas son símbolos, pero en este caso funcionan como un significante, que para un sistema lógico, por ejemplo el mío, significa el olvido anunciado de antemano, es decir, la canalla relativización de las muertes que se producen, en este caso, en el ejército invasor en nombre del triunfo que implica que esas banderas ondeen desde el centro político de Bagdad simbolizando el triunfo de los vivos. Es decir, es un síntoma del incoherente discurso que en nombre de un ataque que pudiera efectuar bajas americanas o inglesas, en nombre de una guerra preventiva, adelanta esas bajas. Sin embargo, este significante puede responder a otro sistema lógico en el que la incoherencia, ya no es tal: se trata de la muerte selectiva del propio pueblo americano. Bajas constituidas básicamente por ciudadanos que lo son después de ser inmigrantes y a los cuales el estado les ha ofrecido una oportunidad ciudadana. Inmigrantes de países empobrecidos por la lógica económica mundial especialmente liderada por el propio gobierno americano. La lógica reina, y las cartas ya están echadas, esta invasión de Irak permite no sólo evitar la posibilidad de que no se produzca ese ataque del que se quieren prevenir, sino que además mediante el asesinato previo del pueblo Iraquí se establecen las bases de las condiciones dominantes entre las partes que quedan vivas. Sin vacilar se alcanza el objetivo verdadero: en este caso, distribuir la materia prima del país invadido entre los poderes selectos que lejos de actuar por los derechos humanos de los pueblos iraquí y americano lo hacen en nombre de los intereses particulares de una selecta minoría de carroñeros. Abandonando en este punto el ejemplo, nos quedamos con la triste lección de los desplazamientos del significado. Se trata de evidenciar, como dice Althusser, que existe una sobreproducción de sentidos. Y por lo tanto de denunciar y acabar con aquellos que más nos estrangulan, extirpando la lógica de la mesa del juego.

 

III Topología del sujeto
III. 1.- Desvelar al fantasma

Cuando Lacan propugna la recuperación del ser, revela el mecanismo de la construcción del ‘yo’ fundamentado en la falta, la identificación primaria que precipita una imagen –imago- traicionando los signos del malestar y asumiendo un bienestar, una imagen imaginaria que olvida la fragmentación de la realidad deseando completar las insuficiencias. Esa imagen que falsea la realidad del sujeto desplazándola al inconsciente, y poniendo en su lugar una imagen falsa, la ansiada autonomía, es el fantasma. Contra eso, Lacan afirma que “el ‘yo’ debe concebirse como centrado sobre el sistema de percepción-conciencia, como organizado por el “principio de realidad” en que se formula el prejuicio cientifista más opuesto a la dialéctica del conocimiento que indica que partamos del desconocimiento”(21). Es decir, que el “yo” está representando una realidad ilusoria en tanto que en realidad el sujeto está ocupando una plaza de la estructura que lejos de esperar de él identidad y autonomía, no sólo prescinde del sujeto sino que lo censura y lo convierte en un objeto de la cadena estructurante del sistema económico del Amo y el esclavo. En este contexto es en el que adquiere significado el analista que no habla, que no estructura, y un analizante que a través de su propio lenguaje -pues como hemos dicho el lenguaje, las palabras, ante todo significan para un sujeto- a través de su propia interpretación del discurso narrativo y de sus fallas, poco a poco, mediante la transferencia(22), irá descomponiendo las piezas del puzzle. Hasta dejar al descubierto la imagen(23)primera, lo que se interpreta, en el sentido de representar, es decir, aparentar ser más perfectos de lo que somos, representando un imaginario de perfección, canon de la cultura, introducido a través de la palabra del Otro, inicialmente a través del seno familiar. Así, mediante la transferencia el sujeto reproduce de modo artificial y voluntario aquella anulación originaria del sujeto que se corresponde con el origen del malestar consecuencia del desplazamiento del yo. Es decir, se pone en evidencia el enajenamiento del sujeto que comporta la asunción de la imagen fantasmática del ‘yo’, inyectada a través del lenguaje que prioriza al significante ‘sujeto’ sobre el sujeto. Se trata pues de mostrar el sinsentido del sujeto roto, de ayudarlo no tanto a autodeterminarse como a autoliberarse, a romper la estructura que lo oprime. Sin duda, para poner de manifiesto el deseo propio de la identidad del sujeto descascarillando la representación opaca a la propia realidad.

Poner de manifiesto que existe un orden simbólico estructurante de la realidad del sujeto, es lo que Lacan nos muestra relacionando la estructura lingüística y la estructura del inconsciente. Y establece una estrecha relación entre el orden simbólico y el orden imaginario respecto a la constitución de la psique humana. A diferencia de Freud(24),quien no habla de lo simbólico sino de la simbología que pertenece al orden de las representaciones culturales, exterior al sujeto, para Lacan lo simbólico se introduce a través del lenguaje en la estructura inconsciente del sujeto, formando parte estructurante de la propia constitución del sujeto inconsciente. De tal manera que, al margen de las simbolizaciones lingüísticas de la conciencia, el inconsciente, estructurado como un lenguaje, también simboliza sus significados. Y al igual que todo lenguaje, los significados del inconsciente se establecen con una rigidez tal que el sujeto dividido es el resultado de ese dominio. Como consecuencia Lacan concluye que es la rigidez del lenguaje del inconsciente, en tanto que orden simbólico establecido por el insuperable Otro(25)/‘yo’, el que produce la enajenación. Ese Otro a través del cual se falsea el propio deseo que, mediante la cadena de significantes del inconsciente, ha sido anulado y sustituido por el deseo de éste.

 

III. 2.- Tres ordenes del ‘sujeto’ lacaniano

Analicémoslo de otro modo, el sujeto lacaniano es el que da respuesta a una estructura tríadica. Podemos describirlo a través de un triángulo en cuyos vértices distinguimos, desde arriba y bajando en el sentido de las agujas de un reloj, los tres ordenes que establece Lacan: el orden de lo real (R), el orden de lo imaginario (I) y el orden de lo simbólico (S).

R) El orden de lo REAL, es en el que el sujeto tiende a un conocimiento de sí mismo unitario, es decir tiene una comprensión de la verdad cerrada y sin fisuras, por lo tanto dirá Lacan, es un orden que tiende al engaño. Y distingue entre lo Real y la realidad. Lo Real tiene que ver con la fijación formal del conocimiento del sujeto, en la que se produce una ruptura del plano donde la realidad tiene un sentido. Y distingue entre este orden del estado de la identificación objetivante del conocimiento -dirá- paranoide, y el orden representado mediante lo que denomina el “estadio del espejo” (ver más abajo).

I) El engaño del orden Real se filtrará en el sujeto provocando una fractura sobre sí mismo. Se introducirá precisamente en ese momento en el que la psique tiene la capacidad de crear un doble idealizado. Es el orden de lo IMAGINARIO, que Lacan explica a través del estadio del espejo(26). Este último se trata de un proceso de identificación primaria del yo, estado de premaduración dirá Lacan(27). Concretamente se trata de la decepción e impotencia que siente el niño cuando por primera vez se ve ante el espejo y reconoce su imagen frágil –ni tan sólo puede sostenerse- reflejada. En ese momento el niño identifica, por primera vez, su imagen e intenta paralizar el movimiento que delata su fragilidad y, en ese instante asume como propia esa imagen estática, identificación primaria, que es, simplemente, una construcción imaginaria del sujeto [Moi-yo]. Una imagen dramática –dirá Lacan- consecuencia de la insuficiencia motriz que siente al reconocer sus limitaciones, su impotencia física. Ese doble será representado a través del inconsciente (que pertenece al orden del deseo) pero también donde se introduce, vía el lenguaje estructurado, el deseo del otro. Por eso, esta identidad es enajenante, en tanto que simula completar las insuficiencias reales. Una simulación que va a marcar toda la estructura psíquica del sujeto. Y primaria porque es la primera concepción epistemológica del yo que se producirá antes de su determinación social producida por la identificación secundaria. Compuesta por dos fases, primero, por el complejo de Edipo, la introyección de la imago del padre, es decir, la identificación con lo otro, y, segundo, la identificación edípica, el “yo”, Otro(28), es decir, antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto [JE-yo], posición simbólica del sujeto.

Tanto el orden de lo Real, como el orden de lo imaginario son fundamentales para analizar la realidad estructurante del sujeto. Ambos ordenes están relacionados y son imprescindibles para el análisis político. Sólo un ejemplo, en el caso del PADRE REAL, éste quiere ser uno (lo que debe ser) es decir, dar una imagen de sí compacta, sus convicciones, sus creencias, su ley, pero la vida cotidiana, la realidad lo delata.

Así, la figura del padre es doble, como sucede con la figura del Estado, pues aparece algo que no es exactamente idéntico con lo que quiere ser (el orden imaginario), o queremos que sea, es lo que el propio Lacan denomina la ley del duelo. Ésta de algún modo se pretende compensar a través del sacrificio, como sucede por ejemplo en las guerras. Se trata de sacrificar (uno de los más antiguos ritos cultural) sujetos –objetos- en nombre del Sujeto Real, cuya única diferencia entre ambos es el orden que ocupan dentro de la estructura.

S) Finalmente, más allá de lo real y de lo imaginario, y sin ser autónomo de ellos, el orden de lo SIMBÓLICO que los aúna y relaciona directamente con la estructura. Es esa identificación del sujeto que en realidad tiene que ver con el deseo del Otro. La identificación edípica que Lacan relaciona con el “yo” que la tradición ha confundido con el sujeto. Althusser asimilará el estatuto de la estructura con la teoría misma y según su concepción, lo simbólico debe ser entendido como la producción del objeto teórico original y específico.

Así pues, siguiendo esta misma estructura triangular del sujeto lacaniano, Althusser(29) equipara la idea de sujeto con la estructura. Distribuyendo paralelamente en la estructura lo siguiente: en el lugar de lo Real del sujeto, en la estructura coloca las plazas y elementos que están asumiendo los roles que le asigna ésta. Pues sin duda para Althusser es el ‘sujeto’ quien sirve de soporte a la estructura misma. Por eso afirma que cada modo de producción se caracteriza por singularidades correspondientes al valor de las relaciones. En el lugar del orden imaginario del sujeto, en la estructura coloca las relaciones de producción determinadas por las relaciones diferenciales entre los objetos y agentes de lo simbólico. En el orden simbólico que establece Lacan, Althusser ubica los objetos y agentes de la estructura que tienen un valor simbólico, objetos e instrumentos de producción y fuerza de trabajo. Nada que ver con el ser.

Volvamos a la afirmación de Althusser sobre el estatuto de la teoría como idéntica a la estructura y, por lo tanto, que lo simbólico debe ser entendido como la producción del objeto teórico original y específico. Se trata de elucidar que existe un previum, es decir, un objeto teórico original inventado, pero muy concreto, mediante el cual se da forma a una estructura determinada. Este objeto o lugar, dice Althusser en Pour lire le Capital, nada tiene que ver con el “verdadero” sujeto, con el hombre real, que ocupa la plaza. Se trata, en palabras de Deleuze, de “un espacio topológico en el que los lugares ganan sobre los seres que los llenan”(30). Como consecuencia, y volviendo a Lacan, con la interiorización simbólica a través del lenguaje, las acciones humanas pasan antes por la asunción de roles que por la realización de la propia vida. Los vínculos sociales son la maquinaria que presiona a los sujetos, no para que lo sean sino para que asuman los roles del esclavo: por ejemplo, trabajadores sacrificados, con derechos limitados. Ciudadanos reconocidos con una dignidad establecida a priori por las condiciones económicas. Así como derechos aparentemente privados de ser padres o madres(31). Y todo ello para evitar que sean sujetos con una identidad autónoma que, lejos de reproducir roles, realicen proyectos propios, lo que fracturaría de raíz la estructura del sistema económico político global. Por lo tanto, los intereses de esta estructura dominante no se preocupa del sujeto particular que ocupa la plaza, sino todo lo contrario, el sujeto para ser escuchado tiene que ocupar el lugar que le asigna la estructura.

 

III. 3.- El pequeño objeto <<a>>

En consecuencia, para descifrar cuál es la verdad del sujeto, sustraído del orden simbólico que ocupa en la estructura, es necesario saber de qué está compuesto su imaginario, cómo funciona el sujeto cognoscente. Y para ello la palabra, el decir del sujeto inconsciente se vuelve clave. Lacan afirma que existe un resto de verdad que es el resultado de restar a lo imaginario lo simbólico, y lo que nos queda es la verdad inconsciente, lo que denomina el objeto <<a>>. La importancia para Lacan de recuperar la propia experiencia, el objeto <<a>> - es una manera de instaurar la instancia de la letra en el inconsciente-, del yo, está en demostrar que no todo es estructura en el sujeto, sino que existe en la vida psíquica algo irreductible que se mantiene latente, a pesar de las censuras.

Así, con el fin de conocer mejor la verdad del sujeto, al objeto <<a>> y entendiendo que no existe un metalenguaje que pueda dar razones del inconsciente, tan solo esas fugas existentes en el discurso, significantes del inconsciente a través de la palabra, Lacan hace suya la diferenciación entre lenguaje y lengua –lenguaje hablado- que hace Saussure. Es decir, entre lenguaje y lengua primera, la materna, que como ya hemos dicho nada tiene que ver con los idiomas sino más bien con las palabras utilizadas, con el sentido que adquieren las palabras, con el uso de la lengua. El lenguaje hablado es el decir de cada uno, distinto en cada casa, aunque el idioma sea el mismo. En realidad para Lacan el inconsciente se estructura como un lenguaje pero se manifiesta como una lengua, es decir, en el lenguaje hablado que regirá el inconsciente. Un inconsciente constituido según dos leyes: la metáfora y la metonimia. Un lingüista diría que la metáfora y la metonimia son dos figuras de la retórica que no definen el lenguaje, pero el concepto de metáfora y metonimia que utiliza Lacan nada tiene que ver con las figuras del lenguaje(32). Éstas son dos leyes que rigen la estructura del inconsciente: la ley de la metáfora, según la cual toda verdad del inconsciente no es enteramente significable, por lo tanto, nuestra aproximación siempre es metafórica, son representaciones del inconsciente. En el cual se producen una serie de  desplazamientos del significado entre dos series de cadenas significantes, la ley de la metonimia.

Huyendo de toda fundamentación metafísica y para evitar caer en el establecimiento de un campo epistemológico unitario que pretendiese dar las razones de la realidad (lo imposible), Lacan para aproximarse a la verdad del sujeto utiliza las matemáticas como instrumento epistemológico de consistencia lógica. Éstas le permiten establecer un objeto x, que vincula con la especificidad irreductible de la vida de cada sujeto y que denomina el “pequeño objeto <<a>>”. Éste está lejos del campo del conocimiento científico, en el que se establece a priori el valor de lo demostrable, lo cual pervertiría la propia naturaleza de la verdad del sujeto. El objeto <<a>> está en el orden del cálculo diferencial, pues se trata de la experiencia donde un goce perteneciente exclusivamente al sujeto no puede ser alcanzado en su totalidad porque no se deja simbolizar. Sin embargo, si que es susceptible de transmisión, pues es un saber intersubjetivo que pertenece al orden de la experiencia. Pero veamos más concretamente como Lacan hace uso de las matemáticas, que no de la axiología sino del cálculo diferencial, es decir, de la pura lógica de las relaciones.

Lacan se apoya en Gödel, el cual demostró que no se pueden formalizar todas las proposiciones matemáticas, es decir, existen verdades que no son demostrables, las indecibles. Pero éstas nada tienen que ver con un orden metafísico, sino con un orden lógico matemático. Es decir, se refieren a aquellas proposiciones analíticas que no son ni verdaderas ni falsas, sino que son indecibles, como el pequeño objeto <<a>>. Lacan establece una correspondencia entre los tres tipos de relaciones que fundamentan las matemáticas y la estructura del sujeto, que hemos visto en el apartado anterior. Así, con el orden de: lo real del sujeto, se corresponde en matemáticas con las relaciones particulares, concretas, es decir, los elementos reales, con valores específicos: 2+3=5; con el orden imaginario de sujeto, se corresponde con las relaciones complejas, es decir, imaginarias en tanto que hacen abstracción, generalizaciones entre elementos cuyos valores no son específicos: x2 + y2 – R2 = 0 (ecuación de la circunferencia de radio R centrada en el origen, en el cero) siguiendo por este camino, en esta categoría se llegan a relaciones entre números complejos, algo que no se puede representar; y lo simbólico, corresponde a las relaciones  simbólicas (todo lo que sirve para relacionar elementos, por ejemplo, la suma). Las relaciones simbólicas se utilizan en el cálculo diferencial (se hace sobre las relaciones imaginarias) y es ahí donde cobran su verdadera importancia, donde se establecen todas las posibles relaciones entre elementos.

El cálculo diferencial es cualquier cálculo donde aparece una derivada; es decir, se pretende trabajar con aspectos relativos a la tasa de variación de una o varias funciones. O sea, se trata de estudiar el incremento de tiempo en una función <<a>>, analizando como varían las imágenes en función de cómo varían los puntos. La derivada de la función (F) en el punto <<a>> se representa así F’(a). Para el tratamiento cualitativo de las derivadas de las funciones en puntos concretos <<a>> es decir, de F' (a), es necesario considerar puntos x diferentes a <<a>> pero que estén lo más cercanos posibles a <<a>>. Y esto permite calcular la Imagen de F(a) en el punto x. El límite de x que tiende <<a>>, en el que <<x>> es un punto determinado de la función <<a>>, la que se quiere calcular y se representa así:

Lim        F(x) - F(a)
-------------
x ->a         x – a

Pero nunca <<x>> y <<a>> pueden ser iguales porque la función derivada daría 0 y desaparecería la relación. Todo este cálculo permite establecer relaciones entre elementos que ellos mismos no tienen ningún valor determinado y que se determinan recíprocamente en la relación estructural.

Un sistema de relaciones diferenciales, desde el cual los elementos simbólicos se determinan recíprocamente. Y, por otro lado, un sistema de singularidades correspondiente a esas relaciones y que trazan el espacio de la estructura, determinado los roles y las actitudes de los seres que ocupan dichas plazas. Estos dos polos serán los que determinen las singularidades, es decir, lo real. Por consiguiente, nos queda la siguiente estructura dialéctica:

1) los elementos simbólicos: en los que se encarnan los seres y objetos reales de la estructura considerada.
2) las relaciones diferenciales, las cuales se actualizan en las relaciones reales entre estos seres. O sea, relaciones en las que se entra y permite distinguirse recíprocamente.
3) los puntos singulares, son las plazas, los lugares, de la estructura que distribuyen los roles o las actitudes imaginarias de los seres que las ocupan.

Solo desde ese movimiento dialéctico podremos desnudar a la realidad, arrancándole el corsé de lo real. O dicho de un modo más clásico, pero por desgracia más contemporáneo, podremos decirle al Rey que va desnudo y dejar de inventarnos sus ropajes.

 

IV. La irreductible verdad: 

  “Me recuerdas a Emanuel Ravelli”
“Pero es que yo soy Emanuel Ravelli”
“Entonces no es nada raro que te parezcas a él”(33)

Se trata de fundamentar la existencia de un sujeto escindido cuya verdad, lejos de autofundarse, es aquella que queda reflejada en el espejo. Por lo tanto, la identificación siempre es una metáfora, el objeto x con tendencia a <<a>>. Y el lenguaje, como el diálogo, es siempre una aproximación, como la F(a) 􀃆 x. Es decir, es la metáfora continua de un <<a>> que no puede decirse pero al que nos intentamos acercar. Por ejemplo, una constitución no es la panacea de la convivencia pero tenemos que plasmar en ella lo más cerca posible nuestros deseos, es decir, nuestras faltas. Sí es a través de ella que queremos representar un marco común de identificación política. Analizar su verdad respecto al deseo de los ciudadanos que representa al modo del cálculo diferencial es tener presente que la F<<un espacio de convivencia donde no existan faltas>> nunca se puede alcanzar. Y que x (la constitución particular) es una figura que pretende acercarse lo máximo posible a <<a>>. Por lo tanto, se trata de mantener siempre un grado de descrédito para evitar todo tipo de absolutismo político y potenciar al máximo el movimiento continuo que aproxima x a <<a>>. Y, simultáneamente, atender al propio deseo como falta para poder estar representados en el crédito que necesita la política para poder complacer esas faltas. Y no al  revés, modificar nuestros deseos para caer dentro de los tenidos en cuenta por el discurso político, por la estructura.

Para acercarnos a la pluralidad de sentidos que implicaría toda política de la diferencia, se trata pues de estar siempre dispuestos al constante cambio de la estructura, a la constante disolución de las redes de relaciones sociales en cuyas matrices aparece el Otro-Amo. Desenmascarar al fantasma que se ha introducido como estructura en el inconsciente del sujeto y que sólo podemos encontrar a partir de sus efectos. Por ejemplo una estructura económica está recubierta por relaciones jurídicas, políticas e ideológicas donde una estructura determinada se encarna. Y lo mismo sucede con el inconsciente. Para Lacan, el inconsciente es el que forma los problemas y las preguntas, marcando las objetividades que constituyen la estructura del sujeto. Por lo tanto, el inconsciente lejos de albergar exclusivamente el propio deseo, en él se fragmenta al ser individual y subjetivo. Así éste queda atravesado por una intersubjetividad que, lejos de la objetividad que necesita todo sujeto, introduce en él el deseo del Otro-Amo. Y el resultado es la combinación de dos series de términos, constituidas cada una de ellas por los términos simbólicos y las relaciones diferenciales. Lo que hace el imaginario es reagrupar cada parte y elevarlas a términos generales. De tal modo que se produce un desdoblamiento del yo entre lo real y lo imaginario, así, la imaginación desdobla y refleja, proyecta e identifica y las asimilaciones que realiza son superficiales y rompen los mecanismos diferenciales del pensamiento simbólico, que produce el rol diferenciador. Por consiguiente, toda estructura tiene como mínimo dos series divergentes entre sí, en virtud de las leyes de la diferenciación, y precisamente esto es lo que las une, pues es inmanente a ambas el objeto x, lo simbólico que no deja de recorrer ambas series, lo oculto: lo que no es ni real, ni imaginario, ni concepto.

X constituye la diferencia de la diferencia misma, es decir, es lo más objetivo que podemos determinar en toda estructura. Es un “significante flotante”, dirá Lacan, por ejemplo “la plaza del muerto” en el Bridge. Aparentemente no tiene ninguna plaza en el juego, pero es lo que da sentido al juego, se trata de no caer, o de retrasar al máximo, en esa plaza. En palabras de Deleuze, “el no-sentido es el exceso de sentido(...)El sentido aparece como el efecto del funcionamiento de la estructura, en la animación de sus series compuestas”. (34)  Justo lo que fractura la identidad del sujeto. Un sujeto siempre nómada, que se desplaza en la serie de significantes y de significados, pues está constituido por una falta. Ya que si fuera un sujeto pleno, fijo, sedentario, dejaría de acompañarle la pulsión primordial para el principio de la vida. El deseo puro es la pulsión de muerte, la aniquilación final de su identidad simbólica.

La concepción lingüística del sujeto que elabora Lacan, es el resultado del efecto del discurso, sin embargo, al igual que la tradición moderna, se pregunta por ese sujeto a priori, antes de todo lenguaje que lo estructure y lo haga universable: el sujeto finito, el sujeto particular. Se pregunta por la verdad del sujeto, es decir, por lo que le falta a todo saber para que este sea absoluto. El saber del sujeto es individual en cuanto que la verdad de éste está relacionada con su propio goce, que es individual e intransferible. En contra del sujeto absoluto hegeliano fundamentado en que todo lo real es racional, Lacan afirma que la realidad es parcialmente simbolizable, cifrable por el lenguaje. Pero como muy bien decía Althusser para dar una verdad sobre el inconsciente es necesario la teorización. Y es a través del pequeño objeto <<a>>, como Lacan representa lo imposible de simbolizar, lo que no tiene ley, pues no se puede generalizar, por lo tanto, no se puede abstraer. El deseo del ser humano de satisfacción absoluta.

Así, apoyándose en la teoría general del significante, el sujeto lacaniano es como una banda de Möebius(35), en el que interior y exterior son dos caras de la misma banda. A sabiendas de que toda teoría supera al objeto real, es decir, que una teoría del inconsciente es por derecho la teoría de todos los efectos posibles del inconsciente, por lo tanto, no tiene por objeto un objeto determinado, sino un objeto de conocimiento abstracto (objeto teórico) que posibilite el conocimiento de los efectos en sus formas de existencia “real”. Asimismo, sabemos que el inconsciente existe por sus efectos, y que estos se manifiestan dando prueba de la existencia de unos mecanismos, unas formaciones del inconsciente, de unos sistemas determinados que tienen unos efectos determinados. O sea, unos mecanismos que determinan la existencia de una estructura psíquica que combina elementos concretos sometidos a unas leyes de determinación especificados por una estructura, cuyos elementos son significantes-sujetos. En definitiva, para Lacan la realidad psíquica es un continuo, una banda de Möebius cuyas caras son por un lado, una estructura cuyos elementos significantes son los fantasmas, cuya materia es lo imaginario, y cuya ley de orden es el carácter sintáctico. El modelo analítico-matemático sirve para establecer una articularización de los elementos-síntomas de la estructura psíquica, sin establecer un sentido, buscando así un efecto de significación producido por la misma articulación sintáctica que produce el sujeto particular. Se trata de la formalización-simbólica del objeto x. Y por la otra cara lo no simbolizable, lo no traducible a lenguaje, sin ley ni orden.

La importancia de la subordinación de lo imaginario por el orden simbólico que afirma Lacan, el descentramiento del yo, Althusser la vincula a la lectura Marxista en la que la Historia es un proceso sin sujeto. La gran máquina del pensamiento político que se inicia a partir de 1968. Frente a la falsa alternativa del sujeto como voluntad o la muerte del sujeto, el sujeto hay que pensarlo en una realidad estructural, cuya necesidad de libertad hay que entenderla en términos de falta, que responde al poder que se otorga a un Otro-sin-falta, el secreto del Amo, cuya aura carismática es resultado del propio súbdito.

 

  REFERENCIAS
1 Althusser, L., ”Freud y Lacan” [1964] en Escritos sobre psicoanálisis, S.XXI: Madrid, 1996, pág. 28
2 Adorno, T., Minima Moralia; Suhrkamp: Frankfurt am Main, 1951, aforismo 29.
3 Este término aparece por primera vez en el I Congreso internacional de Lingüistas que tuvo lugar en La Haye en 1928. Con referencia a la interpretación, por parte de Saussure, del lenguaje como un “sistema”. Pero no es éste sino Jakobson quien emplea entonces por primera vez el término “estructuralismo” para designar la idea de “sistema”. Más tarde, hacia los años 50-60, el término estructuralismo pasó a signar un programa semiológico global que traspasó la lingüística, englobando a todas las ciencias humanas, “ciencias que estudian la vida de los signos en el seno de la vida social”. Ver Dosse, F., Histoire du structuralisme, V.I, La Découverte: Paris, 1992, p. 63-64.
4 Adorno, T., Minima Moralia; Suhrkamp: Frankfurt am Main, 1951, aforismo
5 El freudismo de la primera mitad del siglo XX tiene tres focos encendidos debido a los enfrentamientos de, por un lado, las interpretaciones internas vinculadas al marxismo más sectario que quiere utilizarlo de modo interesado. Por otro lado, y al mismo tiempo, el freudismo tiene luchas técnicas contra la medicina, territoriales contra la psicología y la Iglesia. Y finalmente, las luchas generadas entre las distintas escuelas por poder legitimar, cada una de manera más exquisita que la otra, que su interpretación de Freud es la buena.
6 Lacan, J., “Del sujeto por fin cuestionado”, Escritos 1[1966]; S.XXI: Madrid, 2000, pág. 222
7

Las pulsiones para Freud son una carga energética constructora de motricidad, la que impulsa al organismo hacia un fin. Estas vienen provocadas por un estado de tensión corporal, por ejemplo, la tensión que provoca en el estómago el hambre. El objetivo de la pulsión es suprimir el estado de tensión.

8

“Malestar en la Cultura”[1930], Obras completas V. 21; (5ed) ; Amorrourtu: Buenos Aires, 1997, p. 57-140.

9 Lacan, J., “Del sujeto por fin cuestionado”, Escritos 1[1966]; S.XXI: Madrid, 2000, pág. 224
10 El 15 de marzo de 2003, por primera vez la Organización Mundial de la Salud, anuncia la alerta mundial por lo que denomina Síndrome Respiratorio Agudo o Neumonía Atípica. Uno de los múltiples coronavirus del que desconocen su estructura organizativa y por lo tanto del que carecen de tratamiento específico eficaz. A 29 de abril, el número de casos reportados a nivel mundial es de más de 5050 casos, con un total de 321 muertos. Las zonas de alto riesgo, es decir, donde se localizan cadenas locales de transmisión, son: el sudeste asiático, concretamente en China con Guangdong, Pekín, Taiwán, Bangkok y Hong Kong, se extiende a Singapur, Vietnam y Canadá. Existen solo en EEUU 725 casos. También están apareciendo casos aislados en Europa.
11 Freud, S., “Conferencias de introducción al psicoanálisis “[1915-16], Obras completas V. 15,  Amorrourtu: Buenos Aires, 1999, pág. 22.
12 Teoría General del Significante, dice Althusser, de la cual dependen dos teorías regionales: la Teoría Regional Lingüística y la Teoría Regional del discurso Inconsciente. Para más información sobre este punto leer: “Tres notas sobre la teoría de los discursos” en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan, S.XXI: Madrid, 1996, [págs. 105-145]
13 Saussure, F., Curso de lingüística general [1915]; ed. Akal: Madrid, 2000.
14

Lacan, J., Escritos 1[1966]; S.XXI: Madrid, 2000, pág.

15 Ver el apartado III del presente artículo.
16 Ibid., pág. 67-85.
17 Facción de la Psicología que fundamenta el mecanismo de la psique humana sobre la asociación de las ideas.
18 Desarrollado en Essay, un estudio sobre los límites del entendimiento humano a partir de los modos como se adquiere el conocimiento y como se formulan los juicios.
19 Concepto mecanicista de la teoría asociacionista que sirve para designar el elemento psicofísico. Idem, pág. 69.
20 “Trois notes sur la théorie des discours”, Écrits sur la psychanalyse. Freud et Lacan; Stock/Imec. 1993, [111-170].
21 Lacan, J., “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je]”, Escritos 1; S.XXI: Madrid, 2000, pág. 92.
22

En psicoanálisis significa el proceso mediante el cual, en el marco de un tipo de relación establecida en el análisis, el sujeto repite ciertos prototipos infantiles en los que se pone en juego su problemática específica.

23 La imagen del padre o de la madre o del adulto todo poderoso, la imago que hasta entonces el sujeto ignoraba y a la cual evocaba constantemente con su conducta. Esa imagen que se ha introducido a través de las relaciones familiares adquiriéndose así los primeros valores culturales en el individuo aún sin personalidad. Éste, el niño ausente de categorías –lo cual le permite captar mejor todo tipo de signos -, mediante la asimilación de unas relaciones sociales concretas, está imitando conductas que luego se convertirán en la causa directa de su malestar, creando una identidad falsa frente a la cual la verdad emergerá como patologías. Ver Lacan, J., “Más allá del ‘principio de realidad’”, Escritos 1; S.XXI: Madrid, 2000, pág. 82  
24 Tótem y tabú, y otras obras, Obras completas V. 13; (5ed.) Amorrourtu: Buenos Aires, 1997.
25 El Otro es precisamente eso, el otro en mayúsculas, quien afirma la palabra como verdad.
26 La teoría del estadio del espejo que elabora Lacan hace referencia a un momento estructurante y genético de la constitución de la realidad. Para analizar su exposición ver: “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica” Escritos 1; S.XXI: Madrid, 2000, pág. 86-93.
27 “La agresividad en psicoanálisis” Escritos 1; S.XXI: Madrid, 2000, pág. 104.
28 Ver nota 23.
29 Ob. Cit.
30 Deleuze, G. “ A quoi reconnait-on le estructuralisme?” en François Châtelet. Le XXe siècle. Histoire de la Philosophie, VIII; Hachette: Paris, red.2000[pp. 299-335], pág. 305.
31 Una crítica de este tipo, nos permite entender mejor ciertas actitudes, como por ejemplo el personaje que desarrolla el escritor Michael Cunninghan en The hours recientemente pasada al celuloide por Stephen Daldy: Se trata de un personaje que de la pluma de Virginia Wolf representa una mujer, casada con dos hijos. Una mujer que siente que sólo es la madre de un niño, que no deja de perseguirle por la casa, y la esposa perfecta que desea su marido. Ambos roles con los que no se siente identificada en absoluto. Ante su evidente infelicidad decide quitarse la vida. Sin embargo, finalmente decide que con un error basta, el de asumir un rol, y ante su angustia vital decide abandonar ese tipo de vida y se marcha.
32 Como muy bien señala el psicoanalísta y docente de la Universidad de París VII, Nasio, J.D., El magnifico Niño del Psicoanálisis; Gedisa: Barcelona, 1996, pág. 49.
33 La conocida paradoja de los Hermanos Marx.
34 Deleuze, Ob. Cit. pág., 326.
35 Una superficie rectangular no orientable de triangulización simple, es decir, en la que los distintos extremos de arriba abajo y de derecha a izquierda A, B, C, D, unen sus extremos en A-D, B C.

 

 

Bibliografia:

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ALTHUSSER, L., Escritos sobre psicoanálisis: Freud y Lacan; SXXI: Madrid, 1996.
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LACAN, Jacques, Escritos 1 y 2; (ed. 22) S.XXI: Madrid, 2000
- El seminario de Jacques Lacan. Libro 11. Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis; Paidós: Barcelona, 2001.
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