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LA FUNCIÓN MATERNA
EN LA ERA DE LOS MERCADOS


ALICIA GARCÍA TÉLLEZ

 

Resumen: El objetivo del presente texto es mostrar que la función materna,  desde el psicoanálisis, no se reduce  necesariamente a la madre biológica ni a una sola persona y que  va más allá de los meros cuidados que se nombran maternos. La función materna realiza una operación de sostén que conlleva numerosos procesos psíquicos y sociales indispensables para la estructuración psíquica de los sujetos; tal función materna en nuestros días se ha  visto modificada por los imperativos de la sociedad contemporánea.

 

Palabras claves: función materna, mujer, madre, sociedad de los mercados, realidad virtual.

En el contexto del festejo del 10 de mayo a partir del compromiso de problematizar a las mujeres que no van más allá del lugar que las realiza como madres, impuesto  en las sociedades patriarcales como el papel esencial de la mujer, algunas feminista, como Ana Buquet, propusieron convertir  la celebración  de “El  día de las madres” en el “El día del cuidado”, y festejar no tanto a la mujer como madre sino a las personas que proporcionan los  cuidados maternos.

Esta propuesta dio lugar, a la autora de este texto, a  una serie de reflexiones en torno a la función materna y su relevancia en el tiempo actual del imperio de los mercados, a partir de la concepción de la  Familia desde el psicoanálisis como una estructura estructurante que estructura a los sujetos en su ingreso a la cultura. De manera que las preguntas a las que intento responder son: ¿Es lo mismo hablar del día de las madres que  del día del cuidado? ¿Actualmente quién realiza lla función materna?  ¿Cuáles son las consecuencias  del movimiento del lugar de la mujer respecto a la maternidad? ¿Qué alternativas se vislumbran como opción a las mujeres que quieren  tener hijos pero no tiene tiempo para estar con ellos?

La  Familia, independientemente de su forma jurídica, es  concebida desde el psicoanálisis como una estructura que da lugar, esencialmente, a la realización de las funciones materna y paterna que  inscriben al “cachorro humano” en la cultura. Digamos que la familia es el lugar donde se producen los sujetos en tanto sujetados a una cultura,  es decir,  al  complejo mundo de la ideología, el trabajo, el amor, la ciencia, la política, etc.

Desde el psicoanálisis la Familia, como una estructura que estructura a través de la ley de la prohibición  del incesto y la amenaza de castración, somete la sexualidad de los cachorros humanos a limitaciones que varían de una cultura a otra en función del principio de realidad que sustentan.  

Cuando hablamos desde el psicoanálisis de la función materna y la función paterna, no nos referimos a los diferentes papeles que el padre y la madre, en su función político-ideológica,(1) están llamados a reproducir con respecto a los hijos, porque estos papeles son susceptibles de variar; más bien hacemos referencia a los juegos pulsionales que se organizan  alrededor de la estructura del Edipo edificada sobre la ley de laprohibición del incesto y la amenaza de  castración.

El eje del Complejo de Edipo, como estructura,  es el complejo centrado en la amenaza de  castración que aporta una respuesta al enigma que se plantea el niño, o la niña, sobre la diferencia anatómica de los sexos y la imposible relación  sexual, que hará posible a cada uno incluirse en la cultura en función de la imposibilidad de ser sin falta y por ello instalados en la eterna búsqueda de un otro, compañero, compañera, o algo, una profesión, un puesto directivo,  un puesto en el poder, o la acumulación de aquello que la tenencia de dinero signifique, que sostenga la ilusión, a la que aspiran desde la pulsión de muerte, de colmar la falta.

La prohibición del incesto y la amenaza de castración son introducidas en el cachorro humano a través de la herencia más acendrada y humanizante que es la lengua.

Las función materna y la función paterna pueden o no coincidir con determinados aspectos de  la madre y el padre biológico; sin embargo, por la vía de los hechos,  dan lugar a un conglomerado de diversas  intervenciones de abuelas, abuelos, tías, tíos, conocidos y desconocidos, institucionales o no institucionales, que hacen, a sabiendas de ello o no,  valer la Ley que estructura al cachorro humano y lo sujeta a un principio de realidad que opera en función de la prohibición del incesto y la amenaza de castración.

La función materna tiene que ver con aquello que produce en el infante una imagen unificada de sí como uno que se reconoce sostenido ante el espejo; la madre no es sólo la que da el seno sino aquella  que entrega en su palabra el significante y la voz del Otro que ella encarna; a través del significado que ella da a las demandas que el infante emite lo introduce al tesoro de significantes y con ello al mundo de lo humano y de lo subjetivo como efecto del  significante.

A través del cumplimiento de la función paterna, como función de corte, o función que separa a el hijo de la madre, el sujeto, destituido del  lugar  del  goce, marcado  por  la  pérdida  y   la  deuda,  tendrá  en  la  falta  las  credenciales  para  ingresar  al reino de lo humano y del deseo. Es la función  paterna que hace valer la Ley la que  permite al hijo y a la madre salir de la relación narcisistica complementaria en la que el hijo  y la madre, como Uno, se constituyen indiferenciados. Para que la función paterna pueda realizarse es necesario que la madre de lugar al padre y a la prohibición que este transmite. Será por la marca de la ley que la madre en su historia hizo suya que la palabra del padre, para el hijo, adquiere valor de ley y por la que el padre será reconocido, por el hijo, como el hombre de la madre; es decir, aquel que le hace saber que su madre, como mujer, no le pertenece.

 

Función materna

En el momento del nacimiento el niño ingresa a un espacio, un lugar en el que intervienen los sonidos, la mirada, los olores, los sabores, el tacto, las caricias y todo aquello que cualifica  los procesos  del placer y displacer que ponen en tensión el funcionamiento del organismos; a este lugar, en donde el cuerpo prematuro del niño se inserta y toma lo que necesita para vivir, se le llama red de significantes, primera mediación significante  que interviene para poder poner remedio a la imposibilidad del infante de  autosustentarse en lo biológico.

El psicoanálisis hace depender de la función llamada materna la misión de sostener al cachorro de hombre, librado solo a su dotación biológica, y hacer de ello una imagen en la que el infante se reconozca, tal función necesariamente debe tener lugar  independientemente de quién la realice. Esta función de sostén, requisito indispensable para que un sujeto se constituya, en nuestra cultura la ejerce principal y generalmente la madre biológica. Sin embargo esta función no puede ser  pensada aisladamente, no puede concebirse si no es soportada por la  función llamada paterna  cuya especificidad, en ese primer momento,  es ayudar a la constitución de esa célula narcisista madre-hijo.

No hay que pensar que la función materna aguarda al embarazo o al parto para tener lugar, pues la madre desde mucho antes de que el niño sea engendrado lo ha instalado en su subjetividad como “cuerpo imaginado”; cuerpo que da cuenta de este hijo como objeto de deseo y como lugar de proyección de los fantasmas maternos. Se dice que es el objeto de la madre, puesto que el hijo ocupa el lugar de los sueños perdidos de quien, a través de esta función, proyectará en él sus insatisfacciones, sus miedos, deseos,  e intentará recrear a través de él su propia historia.

La vivencia del cuerpo que  tenga el niño o niña dependerá de la presentación que de éste haya hecho la función materna, es esta función la que inscribirá en el cuerpo del infante hasta los propios ritmos biológicos.  “El niño en su llanto emite un signo y este signo al ser interpretado es devuelto transformado en significante por la función materna.”(2) De este modo el intercambio con el niño va conformando una trama de significantes por múltiples vías: oral, escópica, acústica, olfativas, del tono muscular, etc.

Este primer espejo que conforma la función materna y donde están inscritos los mitos familiares, no es efecto de la mirada concreta, sino que la pulsión escópica conlleva todos aquellos significantes que se encuentran en la mirada, ofreciendo un lugar de unificación, una “imago” constituida como “rasgo unario”.(3)

Cuando se dice que el niño se amamanta no sólo lo hace en el plano oral,  sino “bebe” con los ojos y los oídos de la mirada y de la voz, de las caricias y del deseo; en relación con la boca surgen fonemas, sonrisas, juegos, actitudes y contactos. En esta  función también se presenta el acunamiento como una actividad que involucra el órgano del laberinto, organo que tiene  un papel central en la integración de nuestros sentidos y es  indispensable también para el equilibrio dinámico de nuestro cuerpo.

De manera que ahí donde el niño  es pura dispersión, algo se le da como lugar de unificación y es precisamente esa unificación o imago  la que va a ser la primera causa de su  psiquismo.

El espejo que compone la función materna  devuelve al mundo “algo” que no es, pero que pretender ser desde ese momento. Esa imago o  rasgo unario conforma una ilusoria pero efectiva unidad del mundo, se trata de una unidad ilusoria o “falsa” porque no tiene caracteres de unidad. Esa forma total e imaginaria del cuerpo le es dada al infante como una exterioridad constituyente, como un primer yo ortopédico, un Yo unificado,   imaginario,  un primer yo organizado o sostenido.

De no formarse ese Yo, sería imposible la diferenciación, vía la función paterna, entre el yo y el no-yo, no se podría conceptualizar el adentro-afuera, el contenido-continente, el aquí-allá etc.; permanecerían como pulsiones desorganizadas, no habría posibilidades de intercambio por los agujeros del cuerpo, prevalecerían puras pulsiones autoeróticas,    no interpretadas, no constituidas como cuerpo humano, sino meros fragmentos, datos dispersos: órganos, excrementos, dolores, gritos que no son de nadie.

Al momento de la especularidad, en el que el cuerpo se unifica a través del encantamiento de la imagen, le atribuimos una primera función de corte, corte que permite unificar lo fragmentado, separa al yo, del no-yo, al yo del Otro. Para llegar a ser uno, es necesario dejar de ser uno en el otro, en la indiferenciación. El niño o niña apenas empieza a verse como otro pero sostenido en los brazos de la madre o quien haga su función, cuya mirada lo autoriza a verse. En este momento el niño ante el extraño se angustia provocando una crisis de ser en este protoser.

En este proceso, que para el psicoanálisis responde al mito del narciso, al infante le queda la cuestión de simbolizar la ausencia de la madre, lo que implica una conquista simbólica espacio- temporal y que tiene que ver con la operación del For/da (aquí/ allá)que  puntualizó Freud y que para Lacan marca el primer agente de la castración, porque la madre, o quien haga la función materna, en tanto que también desea otras cosas  y no desea  nada más  que fundirse en el deseo de su hijo, no responde  a la solicitud del deseo del niño, el acceso a los objetos se modifica y estos pasan de ser reales a ser simbólicos ( en tanto que en su ausencia, queda su imagen o algo que los represente a modo de símbolo) Esta operación, como un esquema de representación, dispondrá al niño para las posteriores situaciones de separación a la vez que aparecerá la dimensión espacial (aquí-allá) y temporal (antes/ después), y, con ello, el niño se organizará de acuerdo a una doble identificación con su madre: a) la madre ausente es sustituida, b) la madre presente también es sustituida porque en otro momento puede llegar a faltar.

Si el narcisismo resuelve la cuestión del ser, el otro gran mito, el Edipo, como estructura estructurante, hará posible dar respuesta al ser en tanto sexuado, para ello aparece el punto de incidencia de un tercero (el padre como garante de la ley)  que, por amor, permitirá al infante el acceso a la vida a través del deseo. Este tercero separará a Narciso  de la fusión aniquiladora de su imagen  y a la madre de la amenazante completud con su hijo e impondrá una carencia como motora del deseo y requisito para que haya sujeto.

Este proceso, con múltiples implicaciones, tienen más que ver con la función que llamamos paterna y de la que no hablaremos a profundidado, puesto que la pretensión de este texto es abordar la función materna que, como podemos ver, no se limita a los meros cuidados de los hijos e hijas sino a la conformación de esa primera imagen que  constituye  y  marca la seguridad con la que, posteriormente cada sujeto, se podrá desenvolver es su mundo y, a la vez, da lugar a la simbolización de la frustración como  primer corte necesario para que el niño pueda transitar por el complejo de castración, por el que el niño teme perder su pene al descubrir que la niña no tiene y por el que la niña al descubrir su ausencia envidia tenerlo.

Por muchos siglos, mientras prevaleció la  concepción de la familia conyugal o nuclear,  sustentada en el matrimonio tradicional, la función materna fue responsabilidad de la mujer en su versión de madre, nodriza, criada o abuela; de ahí que se halla conceptualizado como función materna. En nuestro tiempo no podemos hablar ni de la misma familia ni de las mismas condiciones de matrimonio, por ende tampoco de la mujer como única responsable de ejercer esta función, por ello nos quedan por responder  ¿Quién realiza la función materna en  la actualidad?  ¿Cuáles son las consecuencias  del movimiento del lugar de la mujer respecto a la maternidad? ¿Qué alternativas se vislumbran como opción a mujeres que quieren  tener hijos pero no tiene tiempo para estar con ellos?

 

La maternidad en la era de los mercados

Hagamos algo de historia: la llamada sociedad moderna modificó la esfera pública,  diversificó las razones de la elección conyugal y, por lo tanto,  la familia pasó a ser diferente. Un hombre y una mujer pudieron consentir el matrimonio, independientemente  de que sus padres mostraran desacuerdo con su decisión.

En el siglo XX, con el retiro a casa de dos, casa-dos, se establece la autonomía de la pareja instaurando la barrera de lo privado que la separa del el espacio público.(4)

Después de la   mitad del siglo XX surge un nuevo discurso  sobre la familia. Para Rudinesco la mutación en la vida de la familia conyugal tiene lugar cuando es posible controlar la natalidad  y cuando la mujer  “conquista  a costa de arduas luchas derechos y poderes que le permitieron, no solo reducir  la dominación masculina sino invertir su curso”(5 ). El concepto de familia monoparental surge para denominar  un modelo de familia regular en el que una mujer soltera se hace cargo del hogar y de los hijos.

A partir de 1985 se constató  la procreación asistida y, a partir de ello, diversas opciones para hacer posible un embarazo comenzaron a tener lugar;  la procreación invitro, la donación de óvulos y la fabricación  de embriones, etc. Este orden procreativo  convirtió a  la madre en la  poseedora del poder exorbitante de designar al padre o excluirlo.

En los albores del siglo XXI, con el  desarrollo acelerado de la informática y las nuevas tecnologías, entramos a la era en la  que toda la información puede ser procesada por sorprendentes dispositivos tecnológicos y en la que predominan el imperio de los mercados. Esta nueva era  trastocó las formas de vivir y de relacionarse entre las personas y los grupos que tuvieron lugar en la modernidad, la forma de conformar las familias y, por supuesto, las formas en la elección de la maternidad.  Se habla  de una sociedad líquida o de una sociedad del cansancio según  Bauman(6) y  Byung Chul(7) respectivamente.

Se dice que esta sociedad, determinada, en función del dispositivo que imponen  los mercados, se conforma de miembros altamente individualizados, absorbidos por las condiciones  que este dispositivo impone, cada vez más dependientes, abandonados a sí mismos e inmersos en la multitud que eclipsó y sustituyó lo colectivo; presencia de individuos que se caracterizan  por el  anonimato urbano,  el desarraigo cultural,  el consumo, la publicidad, el enflaquecimiento de los lazos simbólicos, la destrucción de las estructuras colectivas y la falta de certeza de un trabajo fijo, de  una pareja estable, de  relaciones sociales reales y del sentido de lo familiar.

Bauman en su libro El amor líquido plantea  que en la actualidad ningún producto es de uso extendido, que todo, a la espera de versiones nuevas y mejoradas, es desechable o descartable; las relaciones de pareja no escapan a ese mandato, en este contexto  los hombres y las mujeres se encuentran desesperados por sentirse descartables y abandonados, y más allá de la avidez por la seguridad que proporcionan los vínculos estables, desconfían todo el tiempo de las relaciones perdurables porque la soledad provoca inseguridad y las uniones no provocan algo diferente. En este entorno en lugar de hablar de relaciones de pareja se habla de conexiones que se tienen a distancia por la vía de cualquiera de las redes sociales existentes como Facebook, Whats App, Twitter, Instagram, etc., en las que  el encuentro con el otro, o las interacciones de tú a tú, se suplantan a través de conexiones a granel que se establecen enchufándose virtualmente y desconectan a voluntad.

Según Bauman hubo épocas  en que los hijos constituían un puente entre la mortalidad y la inmortalidad, entre la vida  individual y corta  y una duración infinita a través del linaje. En la época de los mercados cada vez es más incierto que tener un hijo pueda ser un puente hacia lo perdurable, la otra orilla está cubierta de bruma, no hay certeza de lo porvenir y, sin ello, certeza del futuro. Ante la crudeza de un modelo que opera en contra de la vida y a favor exclusivamente de la reproducción del capital, y que esta convirtiendo a la familia en una institución sometida a los intereses del mercado que han fragilizado las relaciones familiares y sacado las funciones materno-paterna de lugar, el deseo de tener hijos parece diluirse y apagarse progresivamente.

En esta época los hijos son tenidos por el mercado como objetos de consumo emocional, si por un lado se los espera por la alegría del papel materno-paternal, quien  más gana es el mercado por la cantidad de productos señuelo que se ofertan con la etiqueta de alcanzar la completud sustentada en el anhelo de los padres de que a sus infantes no les falte nada.

.En este contexto es necesario volver a tener en cuenta que los costos que implica la materno-paternidad no sólo son económicos, tener hijos es una decisión con consecuencias, que exige, muchas veces, ir en contra de la propia comodidad y aceptar un compromiso irrevocable, en una relación con final abierto.

La inserción de la mujer en el ámbito laboral promovida, más que desde una perspectiva feminista, por la sociedad de los mercados,  y su desplazamiento hacia el campo de las relaciones sociales y de satisfacción personal, desdibujan la maternidad. Las nuevas madres delegan la función materna a las instituciones educativas, a los aparatos electrodomésticos como  los hornos de microondas que “resuelven” el problema de la alimentación con las comidas rápidas,  la telefonía celular “resuelve” el problema de su ausencia toda vez que hace posible conectarse con ella dondequiera que esta esté, las tecnologías del entretenimiento “resuelven” la dificultad de las interacciones con el otro toda vez que los hijos, encerrados en su habitación, encuentran la posibilidad de realizar actividades individuales y colectivas sin salir de casa, y las computadoras, toda vez que permiten el ingreso a las redes sociales, hacen posible un universo de comunicaciones virtuales que “resuelven” la demanda del contacto con los otros, transformado, como ya vimos, el espacio relacional haciendo posible, si se puede decir así, que los hijos que produce la sociedad de los mercados “crezcan” solos.

La repercusión en las nuevas generaciones de la devastación del vínculo social  producido por la sociedad  de los mercados son múltiples, en tanto que la función materna  (función de sostén o espacio social que sujeta) conlleva una serie de procesos como  la de unificar los sentidos en una unidad imaginaria dada como exterioridad constituyente, es decir conforma un primer yo organizado como cuerpo que permite la formación de una imagen del futuro sujeto,  constituye la primera mediación significante que le posibilitará la conquista simbólica del espacio-tiempo y de  las primeras relaciones con el otro.

  “Un cuerpo es materia. No obstante, no crece si nadie le habla. Aislados de sus semejantes, privado de los proyectos que urde con ellos o contra ellos, muere. Su vida se seca cuando se lo desteta de sus amores y de sus sueños: muere cuando se rompen los hilos finos que lo unían a los demás, por el otro se estructuran sus viseras, sus músculos, se activan los genes, los minerales, los ácidos, las enzimas. Un elemento externo al cuerpo pone anzuelos y tira para adelante la mecánica orgánica, tan bien programada que podríamos decir que no necesita más que de alimentos para funcionar, La hermosa máquina con computadora integrada no se maneja a sí misma: no llega muy lejos si le falta el combustible de los sueños. Podríamos creer que el hombre está solo cuando duerme. ¡Pero no! El tejido de cada sueño retuerce la trama común y se teje con símbolos compartidos, Y. hoy, la trama se declaró caduca: ¡no hay que soñar! Parece que las leyes (de los mercados) lo dicen.” (8)

De manera que podemos decir que las carencias derivadas del incumplimiento o el cumplimiento a medias de la  función materna -como lugar de sostén que permite al recién nacido unificar sus sentidos, conformar una  primera imagen corporal, alienarse a dicha imagen  para después, mediante la función paterna, resolver el enigma de la diferencia anatómica y  asumirse  como sujeto en falta y deseante -cualidad  necesaria para establecer relaciones con los otros- puede generar seres con predisposición a la esquizofrenia, al autismo, a las adicciones,  a la búsqueda de una imagen que los fije y les de consistencia, seres que buscan en Facebook y que se conectan al internet sin mediación simbólica, sin  noción de espacio, cuya temporalidad está trastocada y que no distinguen entre la realidad virtual y la realidad no virtual.

  Ahora, ya no comparto mis sueños contigo: el vínculo se deshizo y floto (…): esto significa que dejo de distinguir lo real de lo virtual: Ya no me despierto; el sueño está sobre mi espalda y no me abandona. Solo puedo escaparme de él a fuerza de insurrecciones de insomnio, que me llevan a ayer. En todas partes, en todos los lugares públicos, el sueño me televisa, me seculaiza, me internetiza, me wuebisa. Por otra parte, yo también voy en ese sentido: saco fotos, filmo, gravo y lo pongo en un disquete. Me imagino que después voy a usar todas esas imágenes guardadas y sonidos grabados. Le voy a decir a alguien: “Ves, ahí estuve yo, pero no estaba ahí: no oí nada, no vi nada. (…) El desplazamiento en el tiempo me hace desaparecer del espacio actual. Me volví el turista de mi propia vida, recorro el museo de mi existencia. Todo se volvió exótico: cultura, sexo, tercer mundo, perversiones; miro el universo con una mirada que me excluye de él. (…) En cada momento siento que mi pensamiento me es sonsacado: los medios de comunicación piensan en mi lugar sin descanso. Si me dejo ir mi vida puede volverse totalmente virtual. En todas partes me muestran lo que es la felicidad: le sucede ante mí a otros, es como si fuera yo. Es mi comunismo virtual, mi exterioridad en el mundo, yo, el último hombre o el primero –ya veremos-.(9)

La ausencia de los  límites que permiten distinguir lo público de lo privado, lo social de lo individual, desarrolla conductas inhibitorias de la conciencia, apuntalan el individualismo y facilitan el retorno del idiota social. No por casualidad hoy proliferan los coach, los gurús, los entrenadores personales, que hacen suponer que el origen de los síntomas del  malestar contemporáneo  no es  social sino individual y que su solución se alcanza a través  de la eliminación de las actitudes negativas que a cada persona corresponden y la adquisición de las positivas o correctas, ello a través de ejercicios y dinámicas de autoexploración, orientadas por entrenadores,  que refuerzan el convencimiento de que el éxito es posible trabajando al máximo.

Otorgarle a la función materna la importancia que merece, sea quien fuere el que la realice; y dejar de estigmatizar el tener hijos como una manera de sucumbir al  papel histórico asignado a la mujer, son las primeras propuestas que me parece importante sostener. La maternidad, que se cumple en la función materna, bien puede ser una forma creativa de realización de la mujer, no cualquiera cría-crea  un hijo o hija de los que se pueda estar orgulloso, como lo puede ser la escritura de un libro, de una danza, una música, un cuadro, una escultura; en fin una escritura, una  creación por el lado de lo singular que también a las mujeres como madres que elegimos ser nos afirma y confirma.

La tercera propuesta tiene que ver con hacer saber de la importancia del cumplimiento de la función materna; si la función materna no es responsabilidad única de la mujer, insisto, si tal función corresponde a ese otro, una-uno, unas-unos, hombre o mujer, hombres o mujeres, cualquiera sea su posición sexual con respecto al otro, lo importante y lo fundamental consiste en que, en el proceso de incorporación del cachorro humano a la cultura, tal función se realice y tenga lugar. Es contraproducente traer un hijo-hija al mundo cuando ni el padre ni la madre se hacen cargo de las funciones, materna-paterna, a las que les corresponden dar lugar.

La cuarta propuesta, por ahora utópica por la ausencia de un salario digno para la mayoria, sería que la labor de quien se queda en casa educando  a sus hijos, ejerciendo la función materna, sea remunerada por la pareja que sale a trabajar y obtiene un salario.

Para cerrar propongo que en los Centros de Desarrollo Infantil, que ya no guarderías,  se den cursos que permitan visualizar, a quienes realizan la tarea de estructurar y sujetar a los infantes, la importancia de la función materna y, a la vez, la promoción de  actividades que,  más allá de los cuidados, posibiliten que, al menos al interior de estos espacios, esta función tenga lugar. Con ello, sin duda, se verán beneficiados de manera significativa, nuestros hijos/hijas.

Pienso en el proyecto de Casas de Cuidado Diario que hace algunos años se implementó en el DIF, en el que se seleccionaba a las mujeres que, desde su deseo y pasión por la maternidad, solicitaban ser  elegidas y capacitadas para hacerse cargo en su casa de niños que, por algún impedimento de los padres, vivían en una situación de semiabandono o abandono; tales madres “cuidadoras” eran supervisada por psicólogos y el espacio de su casa habilitado, con materiales de juego y didácticos, para que su función tuviera una repercusión en los infantes más allá de la satisfacción de sus necesidades de alimentación y  su cuidado.

 

 

  REFERENCIAS
1 Recordemos que para Althusser la  función primordial de la Familia, como Aparato Ideológico del Estado,  es la re-producción  de los sujetos sometidos ideológica y políticamente a los intereses de quienes son favorecidos por la permanencia de un determinado modo de producción; la reproducción de los sujetos sometidos es asegurada por la trasmisión de una generación a la siguiente, de los valores y las formas de sujetación político-ideológicas que constituye una cadena de significantes en común que organiza y determina el funcionamiento del orden social existente.
2 RODULFO, Marisa y Ricardo Clínica psicoanalítica  en niños y adolescentes,  una introducción); Buenos Aires; Lugar Editorial; 1986, pag. 110
3 Prototipo inconsciente de personajes que orienta selectivamente la forma en que el sujeto pretende a los demás, se elabora a partir de las relaciones intersubjetivas, reales y fantaseadas en el ambiente familiar. La imagen designa la pervivencia imaginaria de alguno de los participantes en aquella situación. Es necesario ver en ella más que una imagen, un esquema imaginario adquirido un clisé estático a través del cual el sujeto se enfrenta a otro. Por consiguiente, puede subjetivarse tanto en sentimientos y conductas como en imágenes. No debe entenderse como un reflejo de lo real, ni siquiera más o menos deformado. ( Laplanch y Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis; buenos Aires Ed. paidós;  2004. pag. 192)
4 ARIÉS Philippe El niño y la vida familiar en el antiguo régimen; Madrid, Taurus ediciones; 1987
5 RUDINESCO Elisabeth La familia en desorden México; FCE, 2006. pag.163
6 BAUMAN, Z. Modernidad líquida; España; Fondo de Cultura Económica; 2002
7 BYUNG Chul Han La sociedad del cansancio, Barcelona; Herder; 2010
8

POMIER Gérard Los cuerpos angelicos de la posmodernidad, Buenos Aires, Nuev Visión 2002.

9

Ibid.

 

 

 

 

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