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C3

DOS CUENTOS

FÉLIX POBLACIÓN BERNARDO *

 

 

                                                                        MANZANAS ASADAS AL CRESPÚSCULO

 

                                                                                                Al abuelo Mateo, que se daba paseos hasta el horizonte.

         Ahora se preparan las manzanas asadas en un santiamén. Bastan unos minutos en el microondas y están listas para el gusto. Pero el dulce aroma de la fruta al calentarse será siempre el mismo. Sólo se ha logrado reducir la espera, no la esencia, a menos que la tierra y la lluvia acaben un día con el sabor de la manzana. De todas formas, al abuelo le habría extrañado mucho ese pequeño aparato para la gastronomía urgente. De seguro que hubiera dicho que no podía ser bueno para la salud. Para él, todo requería su maduración. En su tiempo, no demasiado distante, cualquier bocado de cocina implicaba un sosegado preámbulo. Las manzanas asadas, por ejemplo, que tan bien le venían para el vientre, y con las que solíamos cenar cada noche.

        El abuelo preparaba las manzanas asadas al atardecer, cuando regresá­bamos de la taberna que tenía el nombre de un pueblo de su Tierra de Campos, donde posiblemente se acostumbrara a pasear hasta el horizonte, como él solía decir cuando salía solo de casa. En la taberna, sombría y fresca, con sus grandes toneles y sus telarañas, el abuelo bebía un solo vaso de vino con una tapita de queso de Burgos. El abuelo bebía y comía tan despacio que a ti se te caían los ojos mientras contabas muchas veces diez el vuelo de las moscas. (No sabías más de núme­ros a los cuatro o cinco años). Alguna vez, el abuelo te hablaba del nombre de las moscas. No era una conversación que te entusiasmara vivamente, pero te despejaba un poco de aquel tedio vespertino. Siempre te entraba un sueño letárgico en aquel viejo y destartalado local. Era como si el olor a vino y a madera húmeda actuara sobre tu nariz con el efecto de un narcótico. Las pocas conversaciones a media voz que allí se daban y la penumbra del esta­blecimiento hacían el resto. Nunca había más de cinco o seis clientes, y    to­dos tan viejos, tan lentos de palabras y de actitud como tu abuelo. Puede que lo más vivo que hubiera allí fueran las moscas.

        Las moscas tenían nombres de muchachas de campo. Tomasa era una mosca gorda y torpe, de las que se juegan la vida ante un manotazo tonto soltado a voleo. Dorotea tenía una vivacidad de vuelo persistente y escurri­diza. A Higinia le gustaba rondar las migajas de queso y el borde pegajoso de los vasos. Ulpiana prefería libar en las gotas de vino que quedaban encima de las mesas. Emigdia tenía apego a las bombillas sucias de grasa. Serafina, muy   chiquitaja y mosquitera, sobrevolaba tenazmente los tomates y las aceitu­nas negras de los pinchos de ensalada. No era fácil discernir la identidad de cada una. A ti casi todas te parecían la misma, salvo Tomasa, la moscaza oronda y cachazuda. Alguna de ellas se atrevía a posarse en la calva de tu abuelo sin que éste mostrara la más mínima incomodidad, a menos que el insecto no contuviera su andanza y se le descolgara por las comisuras de la boca, en cuyo caso el abuelo se limitaba a abanicarla con la mano sin excesivo celo ni de­masiado fastidio. El abuelo no se inmutaba por nada. Ni por las moscas ni por los minutos. Tú venerabas su parsimonia. Algún día serías tan calmoso y circunspecto como él, pensabas. Aunque eso debía costar muchos años. Tu abuelo había nacido en otro siglo. Un siglo en que todavía las moscas pro­bablemente no tenían bombillas donde posarse y preferían los mocos de los críos. El abuelo guardaba una fotografía de un primo suyo del pueblo con un moscón pegado a la nariz que parecía una herida con sangre vieja.

        El abuelo andaba tan despacio que de regreso a casa se nos ponía el sol por detrás de las sombras. En la esquina de la calle de la taberna había una tienda de ultramarinos con manzanas rojas en cestas de mimbre. Las manza­nas tenían un brillo de caramelo a la luz del atardecer. El abuelo com­praba un par de kilos y te daba una para que la    fueras mordiendo por el camino. Eran manzanas de la tierra, pequeñas y jugosas, de un sabor ácido y dulce muy refrescante. El jugo se te caía por las comisuras de los labios y empapaba tus manos con un olor de pomarada que parecía escocerte en la piel.  Disfrutabas escuchando la masticación de tus dientes sobre su pulpa húmeda y blanca. Aunque te gustaban con delirio, te recreabas en los boca­dos lo bastante como para ir comiendo durante todo el paseo. Siempre te parecía mucho trecho para tan poca fruta, pero lo normal era que lograras entretener tu apetito con la observación de los tranvías.

        A esa hora, frente a la iglesiona, se cruzaban los de ida y vuelta de la Línea del Mar, la del Puerto, que era la más larga y concurrida porque cru­zaba la ciudad de norte a sur. En verano llevaba vagones abiertos, que se llamaban  jardinera, muy entretenidos  porque te despeinaba el viento. Los tranvías eran de madera amarilla y chirriaban en las curvas como pequeñas sirenas. Sólo si llovía recurría el abuelo al tranvía de la Línea del Mar. En­tonces podías comerte la manzana con mayor premura. Te ganaba la inquie­tud de observar el paisaje de un modo exclusivo y absorbente. La vista ur­bana desde la  ventanilla requería la máxima concentración. Era como una postal en movimiento que fuera cambiando de escenario. La gente andando presurosa bajo los paraguas era un espectáculo muy entretenido. Desde tu asiento te parecía el mundo una película con dos bandos: los que miraban y los que actuaban. Eso sólo dependía de una peseta, que era el precio del billete, y un destino sin paraguas en la Línea del Mar.

     El portal de vuestra casa siempre estaba en penumbra. Era grande, viejo y polvoriento. El edificio tenía tantos años como el abuelo. La precaria luz de una única bombilla, colgada del alto y desconchado cielo raso, apenas iluminaba sus amplias dimensiones. En las mugrientas paredes había inscri­tos nombres y fechas antiguas, corazones y mensajes, insultos, avisos y hasta blasfemias. Al fondo, bajo las escaleras de madera, estaban las carbo­neras, alineadas en un estrecho y sombrío pasillo con las baldosas rotas y algunas cucarachas muertas. Cuando llegabais, el abuelo abría el candado del desvencijado portillo y llenaba un viejo caldero de estaño con unas paleta­das de piedras negras y brillantes que podrían ser de chocolate un tanto pol­voriento. El abuelo te había contado más de una vez que en un país lejano e imposible había minas de chocolate tan ricas que los niños eran allí tan ne­gros como el carbón y tan dulces como el cacao. Era al parecer un país ése en donde nadie se acostaba sin cenar y el hambre era una pesadilla remota, de cuando todavía no se había bajado a las minas a picar chocolate porque no se habían descubierto las riquezas de la tierra. El carbón era otro tipo de chocolate que sólo servía de golosina al fuego. Las llamas se lo comían con voracidad, y    gracias a eso podíamos comer nosotros el riquísimo chocolate a la taza que el abuelo te    preparaba los sábados y los domin­gos. A ti la historia te parecía muy coherente, porque el padre de tu amigo Kike, el hijo de Eusebia, la señora rubia de piel muy blanca que se sentaba con tu madre en el parque con madejas de colores y largas agujas bajo los sobacos, era minero, y Kike siempre merendaba una onza de chocolate em­butida en un bollo de pan untado con mantequilla. Sin embargo Braulio, el hijo del pescadero, merendaba chicharros fritos. Kike era morenote y Braulio paliducho como un calamar, obviamente.

        Después de llenar el caldero de estaño, el abuelo cogía unas cuantas ma­deras viejas y las hacía astillas con una pequeña hacha. Realizaba la tarea con mucha precisión y a base de    golpecitos secos, como si quisiera evitar el ruido. Bastaban unas pocas para servir de brote a la lumbre con un trozo de periódico viejo. Como a esa hora el abuelo todavía se resistía a encender la luz en la casa por un riguroso principio de ahorro, las llamas prendían sombras caprichosas de las paredes y la estancia cobraba un aspecto de mágica seducción. Sonaba el fuego y crepitaba la madera, hasta que una paletada de carbón parecía sofocar aquellos ardores con un instantáneo fra­gor de humedad quemada. El abuelo lavaba cuatro o cinco manzanas, les hacía unos cortes en la piel y las colocaba en una bandeja de metal en el horno. Luego se sentaba en el descuajaringado sillón de la galería, sin quitarse la boina, de la que sólo se desprendía para dormir, y esperaba silencioso, con la vista perdida en uno de los rectángulos altos de cielo enmarcados en la ventana. Solos los dos, eras consciente sin saber por qué de que a esa hora era inútil interrumpir la ensimismada compostura del abuelo. Mientras el dulce olor de las manzanas asa­das se iba propagando despaciosamente por la casa, tu abuelo parecía au­sente, como si los ojos se le hubieran huido a un punto ignorado del espacio cuyo alcance él sólo pudiera percibir.

     Era entonces cuando aprovechabas su pasividad para lavarle los pies y limpiarle meticulosamente los zapatos. El abuelo tenía unos pies blancos y huesudos con las uñas de piedra. Cuando te tocaba cortárselas, era preciso que sus pies estuvieran un buen rato a remojo en agua caliente, dentro de una desconchada palangana, para que se le ablandaran un poco. Gastaba unos viejos zapatos ne­gros de suelas gordas, muy sólidos, muy grandes, muy cansados y hechos al paso de sus muchos días. Como limpia, verificabas el trabajo con suma dedicación y es­crúpulo, aplicando meticulosamente cada una de las operaciones que reali­zaban los limpiabotas callejeros. No te faltaba hasta el salivazo en el cepillo para sacarles lustre, aunque fuera muy poca la consistencia de uno y otro. Así se os iba haciendo la noche, tan oscura como el betún de la cajita redonda y dorada que procurabas no derrochar y las minas de chocolate de aquel país lejano e imposible donde los niños eran dulces recortes de piel oscura, saludables, rien­tes y con los sueños indefectiblemente saciados todos los días de todos sus años.

     Casi siempre antes de finalizar, porque casi siempre esperabas a que el lustre de los zapatos brillara con la luna, el abuelo sacaba del bolsillo del chaleco su reloj de plata y lo oteaba en la penumbra, alejando de sus ojos las horas hasta casi la distancia de su largo brazo.

     -¡Menudos zapatos, Gabrielín - comentaba siempre mientras se levan­taba del sillón con un suspiro de esfuerzo - Están para darse un paseo hasta el horizonte.

        Las manzanas asadas tenían un aspecto orondo y blando, humeantes, con parte de la cremosa pulpa desparramada sobre la bandeja y gotitas de su dulce sudor por encima de la piel cuarteada. El abuelo te las daba a oler muy cerca y tú aspirabas aquel aroma caliente que parecía envolverte en un fugaz y goloso sopor. Dejaba luego que se entibiasen unos minutos en la fresquera y, a continuación, ponía dos en sendos platos sobre la mesa, encima de un mantel a cuadros, con los respectivos vasos de leche caliente. Cenaba contigo escuchando a través de la radio una emisora extranjera que tenía las dos voces, de varón y mujer, perdidas en ecos, como si hablasen desde hondos desfiladeros con muchas interferencias de pájaros. Todas aquellas extrañas palabras te llegaban cua­jadas de tonalidades siseantes como una música de inescrutable significado. Las lucecitas del dial, llenas de ciudades con nombres extranjeros, y el ful­gor tembloroso de las llamas en el fogón prestaban a la cocina una atmósfera de íntimo misterio, familiar y recogido, cuyo expectante encantamiento no osabas romper bajo ninguna excusa. Tu absoluto mutismo era una mezcla de asombro, respeto y perplejidad.

     Según el abuelo, aquel idioma tan extraño era nada menos que la lengua del país lejano e imposible donde había minas de chocolate. En cuanto a las cosas que decía, debían ser todas muy interesantes, pues el abuelo no apar­taba la oreja de la escucha, con la cabeza ligeramente ladeada hacía el rin­cón donde se encontraba el viejo aparato de radio. ¿Que si el abuelo había estado en aquel país? No, creo que no. Al parecer había aprendido ese enrevesado galimatías de sonidos silbantes durante la guerra, lo cual entrañaba para ti un doble mérito, tan paradójico como inexplicable. ¿Cómo se podía pelear estudiando idiomas? De todos modos, pese al enigmático encanto que aquella dinámica locución podía tener por unos minutos imaginada sobre todo bajo tierra, ante monumentales paredes de chocolate, su extraña y enrevesada articulación  acababa por rendirte de sueño mientras bebías los últimos sorbos de leche endulzados con cucha­raditas de manzana. Ya en la cama, el abuelo te cantaba la canción del va­gón azul en aquella misma lengua extranjera, perdiendo entonces apacible y decidamente el sentido, sin que nunca llegaras a saber la estación término de aquel tren con un único vagón solitario:

        -Esta es la canción del vagón azul, te decía antes de entonarla cada noche, un vagón que vuela por la nieve y busca viajeros perdidos en las más altas montañas del mundo.

      A lo mejor el abuelo aprendió aquel idioma en la guerra para dormir al enemigo y así poder cautivarlo. Y te figurabas todo un ejército cayendo a tierra, acribillado por los bostezos, mientras desde las trincheras adversarias centenares de grandes altavoces propagaban sin pausa una lluvia sonora y desencadenada de palabras siseantes.

     Un día el abuelo se quedó mirando más tiempo del acostumbrado el tro­zo de cielo del cristal más alto de la ventana, que llegó a llenarse de estrellas porque tus padres tardaron en volver esa noche más de lo previsto. Ese día no sacó del bolsillo de su chaleco el viejo reloj de plata para cerciorarse de la hora. Tampoco se levantó del sillón para comprobar la limpieza y el brillo de sus zapatos. La radio permaneció muda y el silencio te pareció muy largo y muy hondo. La dulce madurez de las manzanas asadas se convirtió en un amasijo negro y agostado con olor a hoguera cuando tu madre las sacó del horno. Ese día supiste que el abuelo se había ido a pasear el horizonte a su gusto. Y le dijiste a todo el mundo que no lo descalzaran al vestirle para el largo viaje del que te empezaron a hablar con pertinaz insistencia. Toda tu preocupación consistía en que se lo llevaran con aquellos zapatones recién limpios, para que no le cansara los pies la interminable línea del mar.

 

.SEÑALES DE HUMO

FÉLIX POBLACIÓN BERNARDO

 

     Hace unas cuantas horas que me he propuesto dejar para siempre de fumar. Nunca lo había intentado hasta ahora, a pesar de las recientes corrientes involucionistas. Y ahora no ha sido porque me hayan comido el tarro las prospecciones estadísticas que contabilizan las graves afecciones derivadas del tabaco, ni las campañas antinicotínicas made in USA, capaces de sentar en los tribunales a las multinacionales del sector por atentar contra la salud pública personalizada en alguna víctima irreparable. Tampoco porque me lo haya prescrito el médico con carácter de urgencia. Ni siquiera porque haya padecido implacable persecución a cuenta de un airado tropel de ahumados pasivos, incapaz de tornar sus iras hacia otros focos de contaminación mucho más    fecundos y no menos tóxicos para la salubridad planetaria. Nada de eso ha influido en mi decisión. Sólo me lo he planteado, taxativa y simplemente, como un    ejercicio de voluntad pura y dura.

     Acabo de aprovechar mi último cumpleaños para trazar ese punto y final con el    humo, aunque por edad todavía no sea proclive a extremar esa prevención con alarmismos desmesurados. Al fin y al cabo me he limitado a rebasar los cuarenta, que sólo es la mitad de nuestra andadura vital coetánea. La redondez del guarismo se presta a la efemérides evaluatoria de mi curriculum fumi con una cierta aproximación global probablemente exagerada: medio millón de pitillos.

     Ignoro la distancia en kilómetros de todas esas cilíndricas dosis puestas en línea  horizontal, directa cual mefítico y gigantesco venablo transgresor contra mi fisiología cardio-respiratoria. No me permitiré el disgusto de calcular la merma biográfica que esa larga estela de humo va a representar en el cómputo final de mis días.

     Tampoco me voy a conceder el nauseabundo morbo de establecer la densidad de nicotina y alquitrán que puebla mi organismo. Una radiografía de mis pulmones descubriría, en todo caso, el mapa oscuro de mis palabras, ese aventajado código comunicacional que tenemos los humanos para esclarecernos de sentido. Estoy persuadido de que, de haber sido ágrafo o mudo, mis entrañas estarían impolutas de esas ponzoñosas substancias. Sólo la conversación, la escritura y algunas emociones de  nuestro más inteligente y convivencial proceder me cebaron en el vicio. La charla se la debo a cuantos amigos y adversarios dialécticos tuvieron conmigo la deferencia del diálogo para compendiar inquietudes, saldar pesares y reafirmar entusiasmos. La escritura, a mi vocación un tanto obstinada de contar las cosas que me ocurren o se me ocurren con mayor o menor acierto. De ahí, probablemente, que las señales de humo rastreables en mi personal historia configuren lo más interesante de mi existencia. Pero como    carezco de la suficiente capacidad nemónica para enhebrar al detalle la memoria de cada uno de esos miles de pitillos, que de seguro ejemplificarían mayoritariamente lo que acabo de afirmar, me conformaré con la reviviscencia de las primeras bocanadas. Para recrearlas me he prometido no caer en la tentación de evocarlas con fidedigna humareda, aun dando por indubitable el riesgo que corro de terminar haciéndolo en el transcurso de lo que sigue.

     Estrené los hálitos del tabaco -versión rubia, más o menos genuinamente americana, a peseta la unidad- en el Muelle de Oriente, que parece nombre y escenario de cuento con la luna a medias y los minaretes estampados en la pulcritud de un firmamento relumbrante. El emplazamiento, sin embargo, se aloja a la vera del Cantábrico, en una oscura y neblinosa ciudad provinciana, extraña a cualquier acontecer portentoso que no fuera el despunte desarrollista de los años sesenta. El Muelle, como se le reconoce    familiarmente entre los lugareños, era entonces el puerto pesquero, con su vieja lonja, sus alborotados enjambres de gaviotas y sus pequeñas embarcaciones  orilladas en el regazo de las dársenas, una vez descargada la cosecha de sus redes al atardecer.

     El Muelle de Oriente quedaba a un paso de la academia de don Lucio Palomo, un cura exclaustrado y calvoroto, de piel cerúlea y semblante descarnado, que nos daba latín con misoginia y tocamientos equívocos. Puede que exagere un poco en lo segundo, divulgado acaso con despiadada maledicencia por los colegiales. Sí certifico, en cambio, que la aspereza de trato de Palomo con las muchachas contrastaba con la     afabilidad que dispensaba a los chicos, y que esa aridez en su relación con nuestras compañeras más de una vez desembocó en caprichosas e infundadas reprensiones. Como cuando Angelines Hevia, la dulce y discreta Geli de cuya imagen hizo fragua la primera humedad de mis sueños, se negó a ponerse de rodillas y a don Lucio le dio una especie de pálpito colérico en los labios como si se les dislocase la boca. La penitencia nos resultó a todos bastante absurda, aunque ahora no recuerde - prueba sin duda de su arbitrariedad - el motivo por el que Palomo la sentenció a tan humillante correctivo.

     Con Ceferino Landa, mi mejor amigo y confidente de ensoñadas concupiscencias, hablé más de una vez de las rodillas de Angelines durante nuestros paseos por el puerto después de las clases nocturnas. No hubiera soportado esa noche que aquellas hermosas rótulas, de suavísimo y terso relieve mineral, que asomaban por encima de unas disciplinadas medias de algodón rojo con franjas blancas, se mancharan con el polvillo de tiza esparcido por el carcomido entarimado, ante la burlona y mayoritaria concurrencia masculina de la clase. Mi indignación no tuvo excesivo eco la noche de la afrenta, resuelta por nuestra compañera con una digna salida destemplada del aula. La altiva compunción de su rostro, al girarse para cerrar enérgicamente la puerta, reafirmó la belleza de sus rasgos, como si la exasperación del ultraje los hubiera dotado de una insólita e inédita personalidad, mucho más seductora incluso que la atractiva armonía de sus facciones y el tibio olor de su cuerpo, recién aflorado a la sazón rozagante de sus femeninos atributos.

     Aquellos paseos los destinaba Cefe a ventilar otras inquietudes de más distante    referencia. Su entusiasta avidez por el cine de tetas, tal y como él definía al que protagonizaban las estrellas de abundosa y túrgida pechuga en el celuloide permisible de la época, era recalcitrante. La gracia con que detallaba sus descripciones y el donaire en el manejo de su cigarrillo chester entre sus dedos conferían una singular madurez a su actitud narrativa, como si el tabaco diera carácter e inspiración a su charla hasta   hacerla inigualablemente sugestiva, pese a lo repetitivo de los lances y a la recalcitrante sucesión de circunstancias fílmicas con que aliñaba los episodios. Ese poder de seducción rayaba lo notable cuando ahuecaba la voz con el humo bien adentrado en su pecho y la modulaba, grave y profunda, para aseverar algo con incuestionable autoridad. Adoptaba tal énfasis de adulta compostura, avezada y suficiente, que no podía por    menos de sentirme anonadado, sin la más mínima facultad de intervenir con las dudas o puntualizaciones que pudieran asaltarme ante sus hiperbólicas versiones glandulares. Sus ojos verdes algo aconejados de chico sagaz y chancero brillaban con una insondable voluptuosidad, como si saboreara un exquisito e inédito dulce de carne de membrillo     -máximo deleite entre mis pasiones gulusmeras-, de cuyo goce yo ni siquiera podía   hacerme una remota noción. Ese secreto regosto muy posiblemente suministraba también aquella humedad permanente a sus labios, traspasada con fruición al papel del  pitillo entre exhaustivas y profundas caladas, descritas con una desenvuelta compostura, mezcla de embabiamiento y jactancia   profesoral.

     Es de presumir que la noche en que me atreví a encender mi primer cigarrillo no sólo tuviera entre ceja y ceja las rodillas de Angelines. Quizá mi bautismo de fuego con el tabaco sucedió después de haber experimentado el contacto con aquella piel fina, suave y prieta que asomaba por encima de unas tirantes medias rojas, ceñidas disciplinadamente a las estilizadas piernas de la muchacha. Una noche, sentado a su lado, detuve la caída del cuaderno de mi compañera sobre su corta falda de adolescente y mi mano reposó unos segundos entre la firme encarnadura de sus muslos cruzados. Creo que los dos fuimos conscientes de un virginal sobrecogimiento, cuya sensación entre la turbación y el deleite fui incapaz de discernir. Tácitamente, prolongamos la aquietada caricia de aquellos segundos que siguieron al contacto, mientras la expresión de nuestros ojos embebía con un instantáneo fulgor el perfil de nuestros labios entreabiertos con un rictus reveladoramente sensual de vencido pudor. Esa noche es seguro que Ceferino hubo de soportar la recreada versión de aquella embriagadora    impresión táctil, corregida y aumentada por mi evocación entusiasta, incapaz hasta ese día de una interpretación tan fogueada de mis instintivos estímulos. Y es muy probable, también, que para ayudarme a sobrellevarla con la suficiente capacidad de desahogo encendiera mi primer pitillo rubio, dispuesto a paladear minuciosamente aquella impresión entre profundas y apasionadas inspiraciones.

      Pero más que para prestar aliento a mis confidencias emocionales, aquel chester preliminar sirvió de espasmódico diluyente, no sólo de mi inaugural consciencia erótica, sino de toda mi capacidad de discernimiento y hasta de equilibrio. Sentí al apurar la inicial e intensiva bocanada de humo un vahído instantáneo de vértigo apenas controlable. Fue como si los garabatos de luz de las farolas, dibujados en el agua aceitosa de la bahía, se difuminaran de mi vista y estuviera a punto de irme a cerciorarlos con un desmayo hipnótico que me impeliera a sumergirme. Noté en la   garganta una sequedad ardorosa y lacerante, similar quizá a los efectos de un trago de polvo de lija insuflado de improviso en mi faringe. El humo me penetró en los ojos   como si se me hubiera encendido una hoguera en los párpados. Tosí varias veces en seco hasta que aquellos conatos de ahogo me desataron un urticante venero de lágrimas. Mi amigo Cefe, entre tanto, ausente de mi circunstancial asfixia, aparentaba la indiferencia propia de quien había pasado por esas molestas tribulaciones siglos ha y no tuviera nada que ver con seres tan bisoños. Llevó su chester a la boca con un ostentoso ademán de naturalidad rutinaria, aspiró con más ahínco del habitual, continuó como si tal cosa con su procaz terminología sobre los senos levitantes del siglo de las luces y aventó a la húmeda atmósfera de la noche una densa espiración con dos o tres volutas añadidas a modo de avasalladora rúbrica.

     Creía yo en esos venturosos años, por a saber qué inconcebibles y absurdas argumentaciones, que para traspasar la frontera entre la aniñada voz de chicle y regaliz, fatua y parvularia, y el timbre recio, velludo y desvirgado de la mocedad en ciernes, había que echar, como Ceferino Landa, humo por las narices sin inmutarse con el tósigo. Para sortear ese tránsito, si es que de verdad lo pretendía con una mínima pretensión de competencia, no podía arriesgarme, desde luego, a un ridículo más o   menos duradero en menoscabo de mi masculinidad con aquellas toses y mareos de   principiante. Se hacía preciso un entrenamiento a conciencia, y esos ensayos deberían ampararse, obviamente, en la obligatoria clandestinidad a que me sometía mi cronología adolescente. Ocasiones y avituallamiento gratuito no iban a faltarme para el caso. Disponía en mi casa de un cuarto propio con lucera para ventilar la atmósfera, caso de ser sorprendido in fraganti. Mi padre fumaba varias cajetillas al día y difícilmente    podría advertir la sustracción de un par de cigarrillos de vez en cuando.

También contaba con un espejo de cuerpo entero en mi habitación. Un espejo de esas dimensiones suponía una herramienta indispensable para la puesta en escena de mis prácticas como fumador novato. Necesitaba estudiar mis gestos durante la inhalación para poder así afinar al detalle mi comportamiento. No bastaba con acostumbrarse a las inclemencias del humo. Rebasado ese primer objetivo, debería hacer creíble y plácida mi actitud, ya fuera sentado, ante una imaginaria consumición en el velador de un café  o con la distendida resolución de paseante que caracterizaba las habituales pláticas con mi amigo por los espigones del puerto

     La primera vez que me puse delante de mi cara con un ducado en la boca -obligado por el gusto   inquebrantable de mi progenitor por el tabaco negro- fue como si hubiese adquirido una repentina madurez fisonómica, ante cuyo convincente reflejo quedé un poco desconcertado. Tardé un buen rato en prender el pitillo, absorto en la mudanza que creí advertir en mis facciones por el mero hecho de tenerlo entre los labios. Concedía a mis rasgos, apegados aún a la blanda candidez de la infancia, un cierto relieve de    afirmación intrépida y compacta. Puede que hasta un atisbo de virilidad respetable. No me fue preciso extremar la novedad de aquella imagen imprevista con gestos de una especial dureza gansteril, como los que tenía observados entre los desafiantes jugadores de cartas en el cine negro. Me impuse desde el   primer momento la más natural y sobria interpretación de un fumador con el hábito asumido, sin pretender en ningún caso otras caracterizaciones tipológicas que las propias de mi humeante investidura.

     Aquella actitud era fácilmente asumible con el cigarrillo apagado. Lo peor consistió sin duda en mantenerla al encenderlo, algo que además implicaba el inquietante azar de ser olfativamente indisimulable si mis padres entraban en el cuarto. Tampoco debía apresurarme demasiado para ese menester. El Cefe jugaba con el pitillo un rato ante de darse lumbre. Lo desapelmazaba un poco haciendolo girar entre los dedos, para darle después unos toques contra la esfera de su reloj. La parsimonia denotaba una primera muestra de dominio y acomodación a la costumbre. Prestaba un indudable ritual a la maniobra, ineludible acaso para conseguir un desarrollo mucho más convincente. Por observarme meticulosamente en el espejo al prender aquel primer ducados experimental, a punto estuve de chamuscar mi bozo pubertario con la vacilante llama de la cerilla, trasudada por la emoción en mis dedos temblorosos. No podía permitirme la intrepidez de unas caladas iniciales largas y profusas. Antes debía trasegar con soltura los hálitos breves y espaciados, sin toses ni carraspeos de aprendiz. Tenía que conseguir, además, una gestualidad sugestiva, sin que el humo afectara mi falsa actitud absorta y relajada. Mi mano izquierda debería girar con desenvoltura bajo el subterfugio de cualquier improvisado soliloquio. Mis dedos pinzarían el pitillo con seguridad, sin que los movimientos de mi brazo en una supuesta y gesticulante charla mermaran mi resuelto dominio digital, que debía ser flexible y firme a la vez para denotar la máxima pericia. En cuanto a la elección a posteriori de un discurso sugestivo, ah, las palabras eran imprescindibles si quería hacer partícipe a mi amigo de similar grado de escucha al que yo le dispensaba. Mi objetivo se cifraba en pronunciarlas y ahuecarlas con aquel carácter de redonda aseveración que percibía en la expresividad de Ceferino Landa.

     Al principio me limité a repentizar la jerga de sensualidades con que me obsequiaba el Cefe noche tras noche. El recurso me pareció en seguida muy aburrido, pobre e impersonal. Consistía sólo en una simple recreación oral de fotogramas trasvasados a mi memoria sin originalidad alguna, puesto que me faltaba la fuente de manutención de la que mi fantasía podría abastecerse. Para eso era indispensable un acceso al cine para mayores -con o sin reparos- que por entonces me estaba prohibido. Ceferino, en cambio, lo tenía muy fácil con su padre, que trabajaba como portero en una sala de la ciudad y no debía tener demasiados escrúpulos en refrenar la perversión audiovisual de su vástago. Mis carencias como espectador de lo proscrito las suplí con algunas lecturas livianamente escabrosas que encontré entre los libros de mi hermano mayor. Empecé así a extraer y a contarme -desarrolladas a capricho del celo con que trataba de exagerar sus peripecias lúbricas- las historias más sicalípticas delante del espejo, estudiando pausas y recursos que aumentaran coloquialmente la sugestión y el interés de los relatos. Se los narraba después a mi colega, compartiendo pitillos e imaginarias sensaciones, mientras paseábamos a la salida de la academia por el Muelle de Oriente. No tardé demasiado en dominar la molesta agresividad del humo y dibujar con el temple requerido la experimentada gestualidad que esa adaptación comportaba. Quizá por eso, tampoco me costó mucho acaparar con mis relatos la atención de mi maestro, a quien llegué incluso a encandilar sirviéndome de la misma atmósfera con que él me había sojuzgado. El Cefe no me exigía un derroche excesivo de imaginación. Bastaba con una minuciosa morfología de bustos encorsetados, pujando por entre generosos descotes en un paisaje de orgías versallescas.

     En cuanto a la dulce y discreta Angelines, debo confesar que besé también muy pronto  aquellas pulidas y torneadas rodillas que don Lucio Palomo quiso poner de   hinojos de manera tan ultrajante. Ocurrió en la playa ese mismo verano, con sabor a mar y arena, a crema bronceadora, a helado de vainilla y a barquillos de miel, después de aprobar los exámenes de ese curso con unas notas tan ajustadas como dispuso mi cerebro recién invadido por las sentimentales y desasosegantes querencias de mis sueños. Esa noche, abrazado en la soledad de mi cuarto al rastro de nuestras caricias, el cigarrillo pasó a convertirse en herramienta instrumental meramente subsidiaria entre los dedos de mi mano izquierda, mientras los de mi diestra trataban de contabilizar las sílabas de mi primer poema con la exhaustividad de una nueva emoción dominante. Las volutas de humo se escapaban por la lucera de mi habitación hacia las estrellas al tiempo que mis labios alentaban la métrica de mi sentir.

     El ciclo del tabaco en torno a mi vida más elocuente quedaba así abonado, con    apenas catorce años, entre surcos de palabras y atisbos de besos. Amores, amistad,   pensamientos, vivencias reveladas y afanes compartidos. Han sido hasta la fecha mis más caracterizadas señales de humo. Quizá las que mejor hayan precisado la huella de cuanto ha discurrido por mi corazón, a pesar de los achaques cardio-respiratorios diagnosticados por la ciencia médica entre los adictos a la nicotina. Hoy, con el cenicero vacío, temo la orfandad de su rastro y el silencio de su memoria. Puede que por esa razón haya querido dejar constancia aquí de las elementales circunstancias que propulsaron el ardoroso arranque que dio fuego a ese evanescente itinerario, tan inaprensible y esfumable como el tiempo transcurrido.

 

Almar.

 

 

 

* Félix Población Bernardo: escritor, periodista e investigador de la Memoria Histórica, Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid (1977). Redactor del diario Arriba entre 1975. (Madrid). Redactor jefe del semanario El Socialista 1976. (Madrid). Redactor Jefe de la revista Personas en 1979. (Madrid). Director del diario El Correo de Zamora, 1983. (Madrid) Redactor Jefe de la revista El Público, 1986. (Madrid). Corresponsal en Madrid de la revista Theater der Zeit. (Berlín). Jefe de Prensa y Comunicación del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música del Ministerio de Cultura. (Madrid), 1988. Autor de centenares de artículos en diversos medios de comunicación sobre cuestiones de actualidad, cultura desde 1976 y de Memoria Historica a partir de 1995.Profesor invitado en 2006 de Literatura Española en la Universidad de Macerata (Italia). Analista e investigador de la Memoria Histórica en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, desde 1993 hasta el año de su jubilación, 2013. Actualmente es colaborador y columnista en varios medios de comunicación de España: El Huffington Post, Público, La Marea, La Voz de Asturias, El Viejo Topo, Quimera, Periodistas en Español, etc. Su obra literaria incluye estos textos: Culturas en lucha, Javier Villán y Félix Población: Cataluña, Euskadi y Andalucia (tres libros). Editorial Swan, Madrid, 1980; Apócrifo de Aulio Longo, Premios Juan de la Cuesta. Torre Manrique publicaciones,1990; Premio internacional de relatos de humor Tabacalera Española: Las autoridades sanitarias advierten...y otros cuentos de humor. Tabapress, S. A, Madrid, 1991; Crónica de un pájaro, II Premio de novela Manuel Díaz Luis, Ayuntamiento de Monelón 1999; El espejo del olvido, XVI Premio de Cáceres de novela corta, Institución Cultural El Brocense, Cáceres, 2002; El árbol del pan, Zahorí ediciones, Gijón (Asturias) 2010.

 

 

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