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C5

EL POEMA DEFINITIVO

CARLOS SKLIAR *

 

Este es mi último poema, le dijo el joven a su profesor, no sin arrepentirse una vez más y sonrojándose por el repentino y repetido miedo al ridículo.

Excelente, contestó el hombre mustio de ojos pequeños como los de una tortuga. Lo leeré enseguida y lo comentamos.

El joven quería ser poeta, pero no sabía cómo serlo sin hacerlo, e ignoraba por completo que pronto dejaría de ser joven. Atravesaba ese momento de la vida en que aún era capaz de mezclar un entusiasmo radical por el lenguaje y una absoluta falta de confianza en sus propias palabras. Se pasaba horas delante de la máquina de escribir malgastando papeles: cualquier error o frase que consideraba inoperante o insulsa ya era motivo suficiente para arrancar violentamente la hoja del carro de la Léttera 22 que su padre le había regalado el último cumpleaños.

Escribía breves poemas de amor, sobre todo ahora que una muchacha del colegio lo embriagaba con una presencia ausente; pero su vocabulario era escaso, leía poco y nada, aunque a su favor contaba con un cuerpo en ebullición al que le sobraban fuerzas de expresión.

El poema que había dejado en manos de su profesor de literatura le había gustado: llevaba días rumiando las formas, los ritmos y los sonidos que lo conducían a una versión de la que él se sentía al fin satisfecho; esa muchacha a la que veía ocasionalmente lo había guiado sin saberlo con una textura fresca y novedosa para él, y aguardaba entonces las palabras de su profesor sólo como una confirmación de su logro.

El profesor era un hombre de carácter sosegado: leía y se miraba las uñas de las manos y de tanto en tanto dejaba el papel con el poema sobre el escritorio y se atizaba la barba revuelta o apoyaba sus lentes oscuros por un instante y restregaba sus ojos. Acompañaba la lectura con un curioso chasquido de la lengua entre los dientes y acompasaba con un movimiento de sus brazos en el vacío para verificar la cadencia de las sílabas y las frases.

Mientras lo miraba inquieto y deseoso de aprobación, el joven desvió por un momento su vista hacia el parque que rodeaba el edificio del colegio: allí alcanzó a ver una vez más a aquella muchacha que le intrigaba y a la que adoraba desde la distancia, con prudencia, aquella de las trenzas largas, con una mirada abierta, desafiante, apoyada sobre el tronco de un árbol, leyendo un libro cuyo título él no podía entrever.

Recorría con su mirada esa piel morena que siempre parecía al borde del escalofrío, con los poros abiertos y los vellos de sus piernas iluminados a contraluz, los brazos largos como si estuvieran hechos para alcanzar alturas insospechadas y así estirarse hasta tocar el borde de las hojas y las ramas altas, con esa sonrisa siempre misteriosa que a él lo hería y extasiaba sin saber por qué, a medio camino entre el deseo original y la inmediata humillación.

Un buen día le hablaría a esa muchacha, sí, y todo el enigma se disolvería de una buena vez: le contaría de su poesía, de cómo ella lo inspiraba y de cuánto sus poemas estaban teñidos de una melodía que se le parecía: suave, alargada, sin merodeos, sin estruendos.

El profesor carraspeó, le dijo que volvería a leer el poema una vez más y que enseguida conversarían.

El joven volvió a mirar al hombre y se encontró de frente a un rostro más arrugado que la última vez que se vieron, con una expresión que parecía amargada pero que tal vez fuese más bien severa, rígida. Confiaba en él porque siempre lo estimulaba a escribir, y aunque sus críticas eran voraces también le resultaban desafiantes: si quería ser poeta debía templarse en aquella idea de que un poema sólo se acaba cuando el poema así lo decide.

A veces los comentarios le resultaban incomprensibles, una especie de perorata interminable sobre los autores clásicos que él no podía contrastar. En la mayoría de las ocasiones el profesor apartaba de inmediato el poema del joven y extraía de su antigua cartera de cuero marrón un poemario que él mismo había escrito tiempo atrás y le recitaba varios poemas de su autoría, dejándolo tan inválido como atónito.

Al joven el profesor le parecía un extraordinario poeta, quizá porque era su profesor o simplemente porque apreciaba un dominio del lenguaje que él jamás alcanzaría, con palabras desusadas e imágenes que sobrepasaban cualquier fantasía suya.

Mientras tanto, la muchacha seguía con su lectura allí afuera; sostenía el libro con una mano y con la otra se acariciaba su antebrazo siguiendo un ritmo que le parecía de una desnudez absoluta, como si recorriera cada milímetro de su piel hasta lograr la tersura infinita.

La tarde se había vuelto aterciopelada, silenciosa y lívida: corría una brisa que acariciaba el suelo de tal modo que la hierba se movía a gusto y las luces del cielo mostraban el perfil de la muchacha en su esplendorosa calma.

Desde el sitio donde estaba el joven se apreciaba la cadencia de sus gestos, la serenidad de su lectura, y él comenzó a sentir que algún día ella leería exactamente así, en esa posición, con esa sensualidad, en  medio de esas tonalidades, su propio libro de poemas, a ella dedicado, estando a su lado.

El poema está bien, dijo el profesor, con voz severa, pero es excesivo.

Siempre comenzaba así: afirmando y negando al mismo tiempo. Por ello el joven daba por supuesta esa primera frase y esperaba con ansias la siguiente.

Para comenzar, no debería mencionarse la palabra amor en un poema de amor.

De acuerdo, dijo el joven.

Hay aquí palabras demasiado obvias, y un poema necesita síntesis. Habría que quitar, por ejemplo, piel, labios, tersura, cadencia, brisa, hierba, y sobre todo la palabra muchacha, que hace que el lector identifique el objeto del amor con un sujeto demasiado concreto. El amor en un poema, joven, no debe dedicarse a nadie en particular: es o pretende ser universal. 

Entiendo, dijo el joven, y apuntaba en su cuaderno las observaciones del profesor, acatando su opinión con docilidad y modificando al mismo tiempo su poema.

Por otro lado, prosiguió, habría que evitar a toda costa las descripciones empalagosas como, por ejemplo, la del atardecer; es una estrategia torpe en un poema la de referirse al tiempo para subrayar o enfatizar el amor: ¿acaso no puede tratarse de un día grisáceo, o de una tarde común, o de una noche poco o nada estrellada; acaso el amor exige el buen tiempo?

De acuerdo, volvió a decir el joven. Y borró inmediatamente la imagen extensa del atardecer.

Además, permítame que se lo diga, la imagen de una mujer leyendo es forzada y artificiosa, está de más, es idílica y redundante a la propia imagen.

Comprendo, dijo el joven, y vio por el ventanal cómo la muchacha cerraba el libro, entornaba los ojos y se extendía sobre la gramilla con su cuerpo abrazado por una pereza casi divina. Y él se percibía tendido a un costado, allí sobre la hierba fresca, acariciando su brazo desnudo, buscando la perfección de un roce demorado y el relato conjunto del movimiento de las nubes.

Al regresar hacia su cuaderno se dio cuenta de que ya quedaba poco y nada de su poema, sólo un esqueleto, apenas una línea delgada, anémica, de cinco palabras que nada le decían y en nada se parecían a lo que él intentaba expresar: ¿qué quedaría a salvo en su poema a excepción del amor a la muchacha, pero sin poder utilizar las palabras amor y muchacha? 

En un poema de amor, insistió el profesor, la distancia lo es todo. Como con el fuego, en el amor la mirada debería sustraerse del encanto de la superficie y abandonarse a una descripción sideral. Vea, por ejemplo, cómo lo resuelvo en este poema que escribí hace un tiempo y que está en mi poemario La escena de la luz, página veintitrés.

El profesor comenzó a leer. 

Allá en la tierra de los escarnios, donde el encierro musitaba la poderosa ofrenda al dolor.

El joven notó que la muchacha se levantaba, se desperezaba en un movimiento de danza propio de una musa, guardaba su libro en una bolsa de tela de hilos opacos, deshacía sus trenzas y se recogía el pelo, se estiraba la ropa y comenzaba a partir.

Bajo la mustia hojarasca del verano ausente, que atizaba la muerte sin piedad.

Vio cómo emprendía su camino hacia la salida del colegio y sintió la desesperación por perderla de vista una vez más.

Un amante endeble aullaba en su aleteo.      

Notó cómo su cuerpo se estremecía y reducía toda su conciencia a una única sensación: la inutilidad de un poema de amor.

Y se desprendían de sus alas las entrañas vacías.

El joven salió raudo sin pedir disculpas, mientras el profesor continuaba con la versificación. Corrió detrás de la muchacha, perforando el viento, desoyendo por completo el poema del profesor que continuaba así: El deseo ardiente que la juventud de su alma jamás reencontrará.

 

 

 

REFERENCIAS

* CONICET / FLACSO, Argentina

 

 

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