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RELATOS DE IN-FINITUD

MIRIAM PARDO FARIÑA

 

Resumen: ¿Cuáles son las principales preocupaciones del ser humano? ¿Cuáles son las quejas que los pacientes ponen en juego en sus sesiones de psicoterapia? ¿Qué escucha el psicólogo, el psicoanalista, el terapeuta? La rememoración del análisis encuentra un límite a su avance en la figura de la resistencia, momentos donde ejerce sus efectos la compulsión de repetición. ¿Cuál es, entonces, el valor de lo no ligado? El agujero dejado por el significante que fue marginado posibilitará la movilidad de la estructura subjetiva; el sujeto habla en sesión, asocia desde la cadena de significantes infinita y limitada al mismo tiempo. El presente artículo reúne algunos relatos de pacientes cuyos decires darán cuenta del movimiento en sus cadenas asociativas y en donde algo para siempre perdido retornará desde lo reprimido desde muchos trayectos que representarán al sujeto en su propio recorrido.

 

Palabras clave: Sujeto, narcisismo, finito, infinito, deseo.

Teniendo presente las aportaciones de Jacques Lacan acerca de los tres registros, el Imaginario, el Simbólico y el Real, en las sesiones con los pacientes se despliega la verdad del yo con un texto más o menos ordenado, a veces muy disgregado, otras sumamente especulativo, y en muchas ocasiones con quiebres contundentes ya desde la primera sesión cuando se aborda el motivo de consulta. Llantos, silencios prolongados, textos coherentes o inconexos, en fin, allí, el yo compareciendo en su escena imaginaria en donde quiere dar a conocer las molestias que lo aquejan.

El paciente se siente frustrado, herido, robado, sin ser visto… ese es su aislamiento imaginario. Aparecen descripciones relacionadas con la pérdida, lo que ya no está, el ser querido fallecido, el término de una relación, las expectativas no alcanzadas, el cortocircuito de una relación de pareja que se sostiene solo por los hijos, los padres que no saben escuchar y que los adolescentes reclaman, el niño que hace berrinches ante su frustración por el objeto que lo tiene enajenado, padres que se desesperan, pacientes depresivos por muchas razones que hacen conscientes, millones de relatos en donde se ubica en primera instancia la frustración y la pérdida.

Se podría considerar que el yo busca su completitud, no acepta su desgarro, hace su recorrido para autogratificarse afanándose en recobrar lo perdido, ¿alcanzar la infinitud?, utopía que anuncia su próxima caída, el desarme de lo perenne y de lo perenne que solo fue construido como una apuesta segura pero tan frágil al mismo tiempo.

Una niña de 8 años inicia su primera sesión. Su rictus es serio, responde lo que se le pregunta y hace lo que se le solicita. En algún momento de la sesión le pregunto si se siente feliz, y dice “casi nunca ando feliz porque siempre la vida ha sido así para mi”. Rompe en llanto y dice “cada vez que tengo un juguete preferido se me sale y lo pierdo”. Al abrir este contenido, connotado por ella como un hecho dramático de lo que el viento le arrebató, se refiere a ese juguete que había llevado al colegio y que nunca más recuperará. Se calma dibujándolo para recordarlo siempre y durante toda la hora se dedica a dibujar el juguete y pintar aquel contexto adverso hecho con sol, nubes y mucho viento que colorea por largo tiempo hasta que va encontrando la calma. Identificada a ese juguete perdido pero más presente que nunca, lo va reintegrando a través de un discurso que intenta ordenar linealmente con principio, medio y fin. “Me acompañará siempre”, concluye intentando enlazar el objeto preferido con lo que trasciende infinitamente, hasta que vuelve a llorar al decir que ya no lo tiene.

Así, su yo busca explicaciones y formas de retener algo en el tiempo y en el espacio; el juguete preferido se torna estático por el yo que lo captura desde sus intentos de objetivación. Como si se tratara del ser propuesto por el filósofo griego Parménides de Elea, la niña se aferrará al juguete entendido como un ser que no puede dejar de serlo, ente material y extenso, indestructible; su pena desgarradora será una herida a su narcisismo al haberlo perdido, aunque el objeto para ella continúe existiendo en su indivisibilidad, simétrico, homogéneo, cerrado en sí mismo, y que ella ha denominado al momento presente como su juguete favorito.

Lo anterior cae prontamente al advenir algo que procede desde otro lugar que escapa al control del yo. De forma elocuente llora en nuevos instantes porque, pese a sus intentos, no logra retener una infinitud imposible de lo que se fue y que ella quisiera aprehender y controlar por medio de todos sus recursos yoicos, que ya le anticipan la imposibilidad de lo que pretende. Lo que consideró infinito, como los cuentos de niños que culminan con la conocida frase y fueron felices para siempre, se torna truncado, finito, al tratarse de un objeto que para el Yo es irreemplazable. El llanto mientras dibuja comienza a cifrar algo nuevo; descubre que aunque intente atrapar aquel juguete dibujándolo, más se le escapa, más se vuela, de hecho, llamará la atención tanto tiempo que dedicará a dibujar y pintar el viento, lo que pasará a constituirse en el centro llamativo de su dibujo. Esa será la verdad procedente de otro lugar, un constante devenir que dará cuenta de que en ella habita un trozo de infinito. El viento dibujado, pintado, rediseñado, reforzado con más colores, dejará de ser un contenido al restar la importancia del trazo recién marcado para privilegiar la repetición del sujeto, una y otra vez, en aquellos trazos diseminados, remarcados, esbozados, en donde cada uno se representa con el otro, desplazando y repitiendo de diversas maneras lo que la aqueja ¿dónde me sujeto?

Un paciente de 28 años vive con su pareja en una casa que arrienda con otras amistades, lo que le genera bienestar al encontrarse en medio de una comunidad. Sus desarrollos laborales también están marcados por el quehacer grupal en donde él circula decididamente aunque aparezcan los conflictos propios con sus semejantes. A medida que avanza en su psicoterapia, descubre que teme vivir solo con su pareja, que la “comunidad” le acomoda, en tanto le permite escapar de algo con lo que no quiere encontrarse. Quizás el estar viviendo a solas con su pareja viene a cuestionar una pregunta estructural acerca de sí mismo que él traduce como “la pregunta sobre lo femenino y lo masculino que vivo en todas las experiencias de mi vida”. Deja fluir su texto afirmando “me mueve, no me angustia, es una pregunta que me constituye, no es algo problemático, desde ahí yo emerjo”. Entonces, ¿cuándo se obtura?

El paciente abre una serie de asociaciones referidas a quedarse en un lugar estático, sin fluir, “como mi padre” afirma, cuyos niveles de violencia fueron muy altos hasta llegar al intento de suicidio. Llora y señala “mi padre no me conoce, eso me pone triste, nunca tuvo una palabra para mi, para decirme, por ejemplo, qué hacía… yo nunca supe el nombre de su oficio”, detención de su decir discursivo en ese momento, de un padre cuyo enigma interroga su propio deseo. Identificado a la posibilidad de quedar atrapado en un vacío mudo, el paciente evoca el horror, o lo que él describirá como “el miedo a estar completo, a detenerme, sin poder imaginar otra forma de vida”. Las palabras que cobrarán cada vez más fuerza en sus asociaciones serán detención y movimiento y que él enlazará también como detención del movimiento, a su vez asociado a lo finito; en la cadena asociativa, la finitud se conectará con la rutina de la vida diaria que podría experimentar con su pareja viviendo solos, hasta aproximarse en sus representaciones a la muerte fallida del padre en completa soledad; sus textos continuarán cautivando al objeto desde una intriga que Lacan denominará refinada, gozando de su pregunta(1). Soy donde no soy, el sujeto se mueve teniendo una aparición equívoca, aunque el fantasma marque un lugar fijo para el sujeto; “no quiero estar literalmente encerrado” y frente a esa afirmación asociará una salida con el significante “huida” que terminará por tachar al Otro. “Huida de la palabra y de convivencia” asociará, afirmación que dejará a su partener despojada ante la incomprensión de su fuga, a pesar “de llorar en mi presencia y yo ahí, sin hacer nada”. Sin poder descifrar el mensaje de este hombre que la deja a la deriva, el paciente recordará las palabras de su pareja “para ella, soy un misterio”, afirmará, al mismo tiempo que llorará desgarradoramente al reconocerse desde el lugar de desconocimiento para ella: “si ella no me conoce, ¿quién me conoce?” Y esa será su continua encrucijada temida y al mismo tiempo lanzada por su deseo, un punto nodal que le permite jugar entre el par presencia /ausencia.

En el transitar de sus sesiones, el paciente irá enlazando distintas elaboraciones acerca de lo que lo aqueja a partir de la detención, la inmovilidad, lo cerrado, lo que atrapa, etc. La oposición significante colocará de inmediato dos lugares posibles perdiéndose el significado o los contenidos. Se tratará simplemente de detención o no detención, de inmóvil versus móvil, cerrado versus abierto, lo que atrapa versus lo que no atrapa, y a medida en que este sendero significante le permite posicionarse desde el movimiento alternante de estas oposiciones, su repetición irá dando cuenta de la diferencia. Una salida a la infinitud deseada aunque siempre tenga la contracara de lo finito.

Una niña de 10 años es traída por sus padres debido a su constante oposicionismo en casa, siendo muy diferente en el colegio o en otros contextos en donde se muestra amable, colaboradora y amistosa. Presenta un problema médico de Anteversión femoral, malformación que ha sido objeto de Bullying escolar y de la constante comparación que la niña hace con respecto a su hermano, un año menor que ella, quien no presenta esta dificultad.

Durante sus sesiones, la paciente se centrará en la rivalidad que experimenta por su hermano recordando un texto materno: “mi mamá me cuenta que a mi hermano yo le decía ‘feo’ cuando estaba en su guatita”, agregando a renglón seguido “no me parezco a él”, diferencia significante planteada desde los inicios, masculino – castrado. La niña agregará prontamente el problema de sus piernas y hará algunos recuerdos de Bullying de parte de una compañera de curso, sin embargo, no le dará importancia y retomará su relato acerca de su hermano, “encuentro que lo mejor es que nos separemos, no hay ni un minuto en paz”, sea porque ella lo molesta o viceversa.

Iniciando sus dibujos, libremente la niña elaborará un árbol que abarcará toda la hoja. Llamará la atención los esfuerzos de simetría que hará la niña en la copa y en las ramas. Le dará importancia al tronco robusto cuyo límite lo colocará la hoja misma; pintará con afán el tronco, pero dejará inclusa la copa manifestando haberse cansado; inclusive, en la copa del árbol utilizará un verde para una zona y un verde más claro para la otra, quedando ambos a medio pintar. ¿Será necesario? No para la niña, para quien será fundamental dejar el árbol bien sostenido a partir de los trazos remarcados y el coloreado, contrastando con la copa donde habrá muchas zonas sin pintar. Pintado / no pintado, dará cuenta de una infinitud acerca de lo posible, versus lo completo o terminado, alusión a lo finito. Si el árbol fuera el símil de un dibujo de figura humana, tendría su base ancha y compacta con sus pies ocultos velando la malformación, tal como ocurrirá en el dibujo de persona que la niña hará después. Estático y rígido, quizás anticipando lo que ella atisba como lo que nunca va a cambiar y lo oculta, pero a la vez lo enrostra con su falta de ejercitación indicada por el médico y que angustia a sus padres. El papá dirá en una sesión que esto no depende fundamentalmente de una operación, en tanto el médico señaló que la niña debería hacer los ejercicios indicados, cuidando, además, su forma de sentarse. De hecho, cuando se sienta, la paciente coloca cada pierna en cada extremo de la silla y dobla más que nunca sus pies hacia adentro aumentando más la malformación. Oposicionismo hacia sus padres por hacerla así, durante las sesiones ella se preguntará “por qué me hicieron así”, devolviéndoles con agresividad esta marca real de sus pies doblados que la insulta y que ella retorna a la pregunta por su origen interrogando el deseo de sus padres.

En casa, el padre la corrige constantemente, la reta con voz fuerte, la madre lo secunda reforzando la buena intención del padre en el afán de que ella se haga cargo de su postura corporal y de los ejercicios que se niega a hacer; pero ella insiste en una repetición in-finita  que tenderá a soldar sus huesos deformados, indicando desde esa posición subjetiva el deseo de no hacerse cargo del problema porque es de ellos, en tanto ellos me hicieron así. Los padres se desesperan, le gritan, ella hace lo mismo y agrega a lo anterior el rechazo manifiesto hacia propuestas e invitaciones de sus padres que se niega a hacer estropeando los panoramas familiares. La copa con áreas sin pintar anuncia la posibilidad de emerger a partir de lo que no está escrito; la niña puede argumentar, oponerse, resistirse, hasta dejar a la familia en jaque; es muy doloroso para ella lo masculino versus lo castrado, aunque ni siquiera lo sepa, y solamente accede a las peticiones de su hermano mayor con quien se lleva muy bien, siendo  hijo biológico solo de la madre, por lo que este hermano quedará fuera de la pareja que a ella no supo concebirla perfecta, sentenciándole un origen diferente.

En su trabajo psicoterapéutico, la niña jugará con plasticina Play-doh; en su primera sesión querrá hacer una figura humana lo que le resultará llamativamente difícil. Logrará plasmar la cabeza y un largo cabello rubio, pero el cuerpo será un intento fallido tras otro, sin alcanzar ningún resultado, siendo aún más dramático el momento de hacer los pies; estos últimos quedarán hechos como un bloque compacto, similar al tronco del árbol, definitivamente indefinidos. “No me sale”, “me cuesta”, “no puedo”, afirmará mientras tomará la masa para extraerla, dejando solo la cabeza con el largo cabello. Pese a todo, hará un nuevo intento utilizando esta vez un molde con una figura humana, cuyas extremidades serán como bloques compactos que a ella le acomodará al entregarle la ilusión de lo finito posible de recortar y dejar ante su vista.

A la sesión siguiente, la niña tomará el cabello ya seco de la cabeza y lo colocará en un plato grande amasado por ella. De cabello a tallarines y de tallarines a queso rallado, desfiladero significante que solo establecerá oposiciones que la representarán como sujeto. “Esto sí lo puedo hacer”, dirá con júbilo al mismo tiempo que seguirá creando platos de comida; mientras dibuja hablará acerca de su familia extendida, de los personajes constituyentes que para ella son más cercanos y los lazos que establece con algunos de forma prioritaria, especialmente de parte de su familia materna.

En la próxima sesión elige las acuarelas buscando algún diseño en internet para pintar. Connotará como desafío esta propuesta y se tomará su tiempo en elegir el proyecto. Finalmente, optará por un diseño de Hello Kitty que le parecerá interesante al encontrarse junto a su madre. Pintará solo el ropaje de ambas protagonistas dejando la cabeza en blanco junto con los pies dibujados de forma gruesa y compacta, sosteniendo a cada personaje. “Quisiera que mi hermano no esté, tenemos que estar separados, es lo mejor para cada uno”, volverá a insistir, mientras destacará  la cinta en la cabeza del personaje-hija que coloreará con rosado. Aquello volverá a remitir a su complejo de intrusión y particularmente al espejo que le devuelve su hermano como una superficie sin accidentes, viniendo a ocupar un lugar entre sus padres antes de que ella misma pudiera haber disfrutado esa posición. Esto marcará para ella la finitud de su narcisismo debiendo pelear con el rival masculino y con su Anteversión femoral que connota de forma más trágica esta diferencia. No se resigna y pelea; proyecta en un sueño a sus padres como maniquíes descuartizados, que en palabras de Lacan corresponderían a lo siguiente:

  [a esas] imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración, de reventamiento del cuerpo, en una palabra las ‘imagos’ que personalmente he agrupado bajo la rúbrica que bien parece ser estructural de “imagos del cuerpo fragmentado”.(2)

Desplazará los maniquíes por estatuas de cera en un museo abandonado hasta representar a sus padres que la miran mientras se prueba vestidos y zapatos. De menos a más en sus intentos de cubrir lo que la avergüenza, de recrearse en su propia evolución desde la fragmentación hasta la posibilidad de probarse ropa y zapatos.

En una ocasión, al mirar una figura abstracta con diversidad de colores, la niña dirá: “se me imaginan puras hojas… van creciendo de a poquito. Se mantiene un tiempo y crece de otro color, se mantiene un tiempo y crece de otro color y así, como tres veces”, movimientos metonímicos que anunciarán la posibilidad de lo infinito en lo que renace cada vez.

Una adolescente de 16 años tiene tricotilomanía y toma medicamentos recetados por su médico psiquiatra. Vive con sus padres y su gato a quien adora como refiere cada vez que lo menciona. Se cuida para verse mejor porque ingresó a una escuela de modelaje, lo que comienza a contrastar prontamente con su apariencia física, ya sin cejas y con evidentes pelones en su cabeza. Su pelo es negro azabache, liso y largo, como de propaganda, dirá ella, pero insiste en sacárselo. Como los pelones aumentaron cada vez más, decidió comenzarse a pintar el cuero cabelludo con algún maquillaje para que no se note tanto y lo logra. Las cejas ya inexistentes son completamente pintadas y sus ojos tienen un suave delineador para avivarlos, porque ya no tiene cejas.

Al hablar de sí misma, la paciente refiere: “soy una niña alegre que le gusta dormir. Soy buena onda. Soy una niña que le gusta escuchar música y a veces soy enojona. Me encantan los gatos y me gusta mucho estar en la casa. Soy una niña que ama a toda su familia y a sus mascotas. Soy una niña morena, con ojos cafés, sin pestañas y sin cejas, yo soy una persona fuerte y creyente en Dios”.

Se representará como niña detectándose en el transcurso de las sesiones resistencia a crecer. La escuela de modelaje la hace sentir bien porque puede cubrir lo que la aqueja con ropajes, cintillos, sombreros y maquillaje. Ella sabe lo que oculta detrás de los diferentes vestuarios; al mismo tiempo se feminiza y se presenta como espectáculo para los demás. “En el colegio me retaron la otra vez porque iba pintada”; la profesora ya sabe acerca de su tricotilomanía, pero en aquella ocasión, la paciente se maquilló más de la cuenta despertando la envidia de sus compañeras, especialmente de cursos más altos, quienes no se pueden pintar por lo que hicieron comentarios: “cómo es que esa se puede pintar si es de un curso menor”.

En sus sesiones, la paciente dibuja, oscilando desde dibujos muy infantiles hasta otros cargados de erotismo. En una ocasión, decide hacer un ojo con todo lo que debiera tener, especialmente sus pestañas; cuidará los detalles del mismo y encima de él hará una ceja, muy similar a la que ella misma se maquilla. Adornará el dibujo con algunas flores y colocará una escritura que dirá Tigre, te amo. Tigre es su gato, al que le celebró el cumpleaños con la participación de unas compañeras, pero el gato, como buen felino, se fue. “Alcanzó a escuchar el canto del cumpleaños feliz y se esfumó”, dirá riendo. ¿A quién querrá convocar?

Juega a las adivinanzas como una niña. Hace dibujos a los que hay que descubrir. “Empieza con C”, dice sobre uno que realiza y en el cual destacará el frondoso cabello incluyendo pelos en los brazos, en las piernas y barba. El dibujo tiene distractores interesantes, no logro adivinar y ella dice: “cavernícola”.

El padre de la paciente nunca está en casa, trabaja manejando para una empresa y debe recorrer el país por eso. “Lo veo poco”, dice, quizás porque no logra hacer lugar en él subjetivamente, pero su deseo la lleva a buscar sustitutos, Tigre por ejemplo, y dibujos como el cavernícola y otros personajes masculinos en quienes se preocupará de hacerles mucho cabello. Le gusta un muchacho pero es universitario, tampoco lo puede ver y el chico está muy dedicado a sus estudios. Chatea con él solo cuando él la convoca, parecido a lo que le sucede con su padre con quien logra conversar solo cuando él la llama ya que viene pocas veces a casa. Es como si no estuviera. Tigre, te amo, pareciera ser un llamado a lo masculino, ¿el padre? ¿el muchacho de quien se siente enamorada? Y se encierra en su propia casa celebrando el cumpleaños de quien no puede reconocerla porque es una imposibilidad.

Se aferra a su madre, trata de dormir con ella cada vez que puede, se infantiliza, encuentra un lugar en el Otro materno que la reconoce; logra tacharla, la madre sufre, se desespera, llora, no sabe cómo ayudarla, la falta en el Otro lograda magistralmente.

El padre a veces le dice que no se saque el pelo, algo comienza a circular discursivamente, pero nuevamente se atasca; la paciente retorna insistentemente al despojo de su belleza que cubre con maquillaje. La lesión narcisista ya está instalada en cada uno; aquellas palabras paternas no le ayudan, no hacen lugar en el sujeto, están echadas al viento; detrás de sus maquillajes se exacerba lo femenino, aquello que llamó la atención en el colegio, efecto opuesto a lo que la madre le dijera una vez: “si quedas pelada, como ya estás, vas a parecer un niño con cáncer”. La paciente sobrecarga su feminidad, aquel llamado de atención que pareciera constituirse a estas alturas como en un grito que se pierde como cada cabello quitado. Y hace nuevos virajes para conjugar otros trayectos que no la constituyen en princesa, porque ya no es la princesa del padre ni de la madre, entonces se torna burlesca y sigue por internet, de manera sistemática, el programa de juego sobre lucha libre efectuada por hombres. La madre entiende menos aún, está llena de contradicciones, ¿cómo jugar a ser modelo y ver la lucha libre? Como dice Lacan: “[…] el sujeto supone en el otro el deseo. Lo que se trata de satisfacer es un deseo en segundo grado, y como es un deseo que no puede ser satisfecho, solo se le puede engañar”(3). ¿Objeto de amor de la madre? ¿Aporta placer a la madre? Con la tricotilomanía atrae a la madre para sí, la gobierna, la controla, la desespera. La madre señala estar cansada, ¿cómo capta la paciente lo que es ella para la madre? No está sola y cuando aquello parece caer, la busca insistentemente.

La madre se confronta al horror de la finitud del cabello enlazado con la muerte, como los niños con cáncer, nada pareciera intervenir en esta insistencia de parte de la paciente, como algo no inscrito que carece de palabra, solo una detención real de lo que no se representa. La madre pide un signo de amor, no te saques más el pelo, pero la hija no ofrece el don, ese don particular que ella se encarga de hacer imposible porque ya no hay intercambio. “El principio del intercambio es nada por nada” dirá Lacan(4), gratuidad ausente, que puede conducirnos a la pregunta, ¿podrás amarme a pesar de lo que no te doy? El retorno a la infinitud aparece con el intercambio, tal como acontece en la paciente cuando juega, se divierte, estudia, cocina, sale de compras con su madre; mientras tanto, quedará un ámbito indescifrable, digamos por ahora, y que así remite a lo masculino/castrado y a la interrogación del deseo del Otro.

 

Bibliografía

Lacan, J. “Función y campo de la palabra”. En Escritos 1, 2ª reimpresión, Siglo XXI, Buenos Aires, (2005/1948).

Lacan, J. “La agresividad en psicoanálisis”. En Escritos 1, 2ª reimpresión, Siglo XXI, Buenos Aires, (2005/1948).

Lacan, Jacques. “El falo y la madre insaciable”. En Seminario 4, 4ª reimpresión, Paidós, Buenos Aires, (2004/1957).

Lacan, Jacques. “Dora y la joven homosexual”. En Seminario 4, 4ª reimpresión, Paidós, Buenos Aires, (2004/1957).

 

  REFERENCIAS
1 Cfr. Lacan, J. “Función y campo de la palabra”. En Escritos 1, 2ª reimpresión, Siglo XXI, Buenos Aires, (2005/1948), (p. 292).
2 Lacan, J. “La agresividad en psicoanálisis”. En Escritos 1, 2ª reimpresión, Siglo XXI, Buenos Aires, (2005/1948), (p. 97).
3 Lacan, Jacques. “El falo y la madre insaciable”. En Seminario 4, 4ª reimpresión, Paidós, Buenos Aires, (2004/1957), (p. 197).
4 Lacan, Jacques. “Dora y la joven homosexual”. En Seminario 4, 4ª reimpresión, Paidós, Buenos Aires, (2004/1957), (p. 142).

 

 

 

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