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L7



HERBERT SILBERER.

APUNTES SOBRE UN RECORRIDO.

EN OCASIÓN DE LA PRESENTACIÓN
EN LA CIUDAD DE MÉXICO DE EL AZAR
Y LOS DUENDES TRAVIESOS
DE LO INCONSCIENTE
1

GIBRÁN LARRAURI OLGUÍN 2

 

 

 

El azar y los duendes traviesos de lo inconsciente de Herbert Silberer fue publicado por primera vez en alemán en 1921 por la casa editorial de Ernst Bircher. Del libro solo se haría esta edición en su idioma original, por lo que hoy, a casi un siglo de distancia, es casi un milagro hallar un ejemplar. La edición que hoy se presenta se debe al trabajo de investigación y editorial de los psicoanalistas argentinos Héctor López y Rolando Karothy. Al primero se le debe haber encontrado un ejemplar del libro y al segundo proponer su traducción, misma que realizó Gustavo Salermo. Se trata de la primera edición de la obra en castellano. De su autor, Herbert Silberer, poco se sabe.

Eso poco que se sabe, entre otras cosas, tiene que ver con el funesto destino que lo acompañaría después de la publicación de este ensayo, pues Silberer se suicidaría dos años después, en enero de 1923, colgándose de una ventana poniendo así fin a una obra que consta de más de una veintena de artículos que datan al menos desde 1903.

No es raro, por tanto, que cuando en los ambientes psicoanalíticos se escucha el nombre de Herbert Silberer uno se pregunte lo mismo que Jung se preguntó cuando Freud aludiera a él, en un par de cartas, fechadas los días 30 de junio y 7 de julio de 1909. La pregunta, obligada y sencilla, fue y tal vez es: “¿Quién es Silberer?”3.

Hoy se sabe que Silberer se inscribió a la Asociación Psicoanalítica de Viena un 12 de octubre de 1910 y que, al igual que Freud, tuvo curiosidad por la telepatía. Tal vez, además de nombrar “otra escena” al inconsciente, Silberer aludía también con el mismo término al misterio telepático. En efecto, y como se puede deducir, Freud tomo prestado del autor que aquí se presenta la fórmula la “otra escena”.

Sin duda, la descripción más común de Silberer a la que se puede acceder es precisamente aquella que Freud diera como respuesta a la pregunta de Jung. Puede ser sorprendente, dada la poca popularidad de nuestro autor, que de eso que Freud dijo sobre él existan al menos cuatro traducciones al castellano. Está la traducción española de Alfredo Guéra de 1978, aparecida en la versión castellana de la correspondencia entre Freud y Jung; está la mexicana del germanófilo José María Pérez Gay, aparecida en 2011 en su libro La profecía de la memoria; y están las argentinas de Jorge Piatigorsky y la de Rolando Karothy que datan de 1998 y 2015 respectivamente4. Las cuatro traducciones varían, a veces sustancialmente, en cuanto al tono y los calificativos con los que Freud describía para Jung, en una carta fechada el 19 de julio de 1909, la figura de Silberer. He aquí, en alemán, la respuesta de Freud a Jung:

Silberer ist ein unbekannter junger Mensch, wahrscheinlich ein feinerer `Dégéneré‘. Sein Vater ist eine Wiener Persönlichkeit, Gemeinderat und Macher. Aber seine Sache ist gut und macht ein Strück der Traumarbeit greifbar5.

En base a esas cuatro traducciones y a la revisión textual de lo escrito por Freud, yo propongo una quinta traducción. En mi opinión lo que Freud dijo a Jung sobre Silberer debe de traducirse como sigue al castellano:

“Silberer es un joven desconocido, probablemente un fino ‘dégéneré’. Su padre es una personalidad vienesa, consejero municipal y hacedor. Empero, su trabajo es bueno y hace tangible un fragmento del trabajo del sueño”.

El trabajo de Silberer al que Freud hace alusión en la cita, al cual califica de “pequeña aportación” pero “muy importante”6, no es el que versa sobre el azar, sino otro que data de 1909 y que lleva por título: “Informe sobre un método para provocar determinados fenómenos alucinatorios simbólicos y para observarlos”. Este trabajo tal vez sea el más famoso de nuestro autor. El 7 de julio de 1909 Freud se lo envió a Jung junto a su manuscrito en torno a su paciente y por él nombrado “hombres de las ratas” (Ernst Lanzer) para que fueran incluidos en la Jahrbuch, lo cual se concretaría a la postre.

Si bien las palabras que usó Freud para referirse a Silberer en correspondencia a la pregunta de Jung pueden ser escuetas, con un nivel mínimo laudatorio, es menester subrayar que en otras ocasiones el moravo se refirió al vienés con tonos más altos. En las cartas a Jung fechadas el 10 de julio de 1910 y el 11 de abril de 1911, Freud califica de “fina” la escritura de Silberer, así como su compresión del trabajo del inconsciente. En específico, cuando Freud dijo esto sobre Silberer se inspiraba en un texto de 1910, escrito por este último, bajo el título de “Fantasía y mitos” en el cual el llamado “fenómeno funcional” ocupaba un lugar central. En suma, en la carta del 11 de abril Freud defiende este escrito de Silberer de la opinión de Bleuler, quien según Jung, no estaba de acuerdo en que se publicara y “prorrumpió en lamentaciones antes incluso de leerlo”7. Freud redactó entonces: “He leído el trabajo de Silberer. No sé lo que ha sacado a Bleuler de sus casillas. Es una pieza fina y sensible de miniatura psicológica, por el estilo de los anteriores trabajos que ya conocemos, tan modesto y lúcido como pueda serlo un trabajo de esta índole. He de decir que el fenómeno funcional me parece que ahora está demostrado con certeza y lo tendré en cuenta en adelante en la interpretación de los sueños. Esencialmente no es otra cosa que mi ‘percepción endopsíquica’. Soy decididamente partidario de la inclusión del trabajo”8. En efecto, el trabajo de Silberer fue incluido y en la cuarta edición de La interpretación de los sueños Freud se ocuparía del “fenómeno funcional”.

Poco tiempo después Freud sería todavía más halagador con Silberer, cuando en otra carta dirigida a Jung, el 2 de noviembre de 1911, le dijera a éste que deseaba apoyar la propuesta de Stekel para que se publicara en la Zentralblatt el trabajo titulado “Sobre categorías de símbolos”. En esa ocasión escribió Freud: “sería valioso, como todo lo debido a su pluma”9. La valoración positiva que Silberer tuvo por parte de Freud y de Jung, al menos entre 1909 y 1911, queda de manifiesto cuando uno se entera que precisamente en 1911 se incluyeron en la Jahrbuch tres trabajos de él. Los trabajos son los siguientes: “Sobre la formación de símbolos”, “Sobre el tratamiento de una psicosis en Justinus Kerner” y “Simbolismo del despertar y simbolismo del umbral en general”.

*

Recordemos: según Freud: “Silberer es un joven desconocido, probablemente un fino ‘dégéneré’. Su padre, en cambio, fue “una personalidad vienesa, consejero municipal y hacedor”. Me parece que estas cortas y tajantes líneas escritas por Freud de alguna manera son premonitorias del destino que nuestro autor seguiría, posiblemente a raíz de una imposibilidad de sostén del apellido paterno.

En El azar… el propio Silberer parece aludir a ese destino. Por ejemplo, para explicar el tema del “azar relativo”, recurre a la siguiente hipotética situación: “Paso delante de una casa a las diez horas cinco minutos; una de sus conocidas tejas salientes cae del techo y me golpea matándome”. Esta situación Silberer la remata escribiendo a continuación y entre paréntesis: “(perdón, sólo pienso un ejemplo)”10. La aclaración tiene el efecto de remarcar la sospecha premonitoria, lo “relativo” de su suicidio.  Más adelante en el texto, cuando alude a uno de los “tormentos” que le solía provocar su “hombre malicioso”, léase: su inconsciente, tormento que versaba en no poder leer correctamente los titulares en negritas de los diarios, Silberer, entre otros ejemplos, da el siguiente: nos cuenta que un día en lugar de leer “Selbstrasierer”: “máquina para afeitarse”, leyó: “Selbstmörder”: “suicidio”11. Si hemos de creer lo que Silberer mismo trata de transmitir en El azar…, a saber: la existencia de un implacable determinismo psíquico que hace que nuestras ocurrencias y equívocos nos señalen pedazos de la verdad que nos habita y que habitamos, parecería que su muerte prematura, la cual ejecutó él mismo, estaba ya delineada, al menos en los ejemplos y equivocaciones a través de las cuales ahondó en la psicopatología de la vida cotidiana.

El desenlace de la vida de Silberer alude, sin lugar a dudas, a lo que William Johnston, en su ya clásica obra El genio austrohúngaro, llama “la fascinación austriaca por la muerte”12. A un lado del esteticismo, el nihilismo y el impresionismo, la veneración por la muerte era un rasgo distintivo de la Austria de entre siglos según Johnston. La muerte como consuelo y envión para la creación. Como diría el poeta vienés Hermann Broch: “La muerte siempre está al lado del hombre de fe y del poeta, instándoles a que saquen el máximo provecho a la vida, ante el temor de que la desperdicien”. Esta veneración, sin duda, tenía que ver con la decadencia del imperio Austrohúngaro. En este sentido, Marie von Ebner-Eschenbach, escritora nacida como Freud en Moravia, escribió amargamente: “No las terminales, sino las incurables: esas son las peores enfermedades”. Y bien, durante los años de la aparición de Silberer en la aventura psicoanalítica el Imperio Austrohúngaro estaba enfermo de muerte y era contagioso. En efecto, y parafraseando a Cioran: Viena es la ciudad europea donde el mundo occidental abandonó para siempre la pretensión de felicidad.

El historiador norteamericano recalca que el suicidio fue el pan de cada día en esa Austro-Hungría de la que nació el psicoanálisis y muchas cosas más. Según él, entre 1860 y 1938: “el número de intelectuales austriacos que se quitaron la vida fue realmente asombroso”13. En esos años se suicidaron Ludwig Boltzmann, físico, Franz von Uchatius, inventor, y Nathan Weiss, neurólogo judío14, ente muchos otros. Por cierto: “La muerte de Weiss dejó una plaza libre en el Departamento de Neurología de la Facultad de Medicina”, misma que sería ocupada por Freud. Según la novia de Weiss, la causa principal de su muerte fue el anti judaísmo imperante en Viena15. Agrega Johnston: “Eran tan frecuentes los suicidios en personas que aún no habían cumplido los treinta años que la Sociedad Psicoanalítica de Viena, dirigida por Alfred Adler, organizó un simposio sobre este tema a principios de 1910”16. Por supuesto, y como se sabe, varios psicoanalistas y simpatizantes en su momento de Freud se quitaron la vida durante ese período y más allá. Están los casos de Viktor Tausk en 1919, del propio Silberer en 1923; más adelante aparece el caso de alguien muy cercano a este último: Wilhelm Stekel, quien se mataría en 1940; y también están los suicidios de Stefan Zweig en 1942 y de Paul Federn en 1950.

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El suicidio de Silberer, conjeturo, tal vez tuvo que ver con el peso simbólico de su apellido paterno. Como lo recuerda Freud en la breve descripción hecha para Jung de Silberer, Silberer padre era “una personalidad vienesa, consejero municipal y hacedor”. En una palabra, Viktor Silberer gozaba de una celebridad y un poder importantes en aquella Viena. Según José María Pérez Gay, el patriarca: “no sólo era un empresario poderoso, sino el dueño del periódico deportivo más vendido en Viena. Impulsó los primeros vuelos en globo por el imperio y es considerado el fundador de la aeronáutica austrohúngara”17. De manera que Viktor Silberer fue un notable impulsor de la industria cultural vienesa. En contraste, el único hijo que tuvo, Herbert Silberer, era “un joven desconocido, probablemente un fino ‘dégéneré’” que curiosamente, y recurrentemente, solía no poder leer correctamente los encabezados de los periódicos…

Pérez Gay afirma que Herbert “debería suceder al padre en su entusiasmo deportivo”, cosa que hizo en parte pues “le gustaba el deporte, ganó dos campeonatos de natación, se presentó también como ciclista acróbata. No obstante, prefirió estudiar filosofía y poco después se concentró en el psicoanálisis”18. En su “azaroso” libro Herbert Silberer, en el ejemplo número 25 escribió: “Tuve una época en la cual nunca conseguía recordar el nombre de Corregio, aunque me resultaba familiar. ¿Por qué? Porque no quería acordarme de la actividad tan pesada de corregir pruebas de galera, a lo que en aquel tiempo me dedicaba con fastidio”19. Esto tal vez pruebe que Herbert Silberer no quería dedicarse a seguir el camino de su afamado padre. Por este sendero es que tal vez pueda entenderse el calificativo en francés que le endosó Freud a Herbert: “dégéneré”, el cual evidentemente quiere decir “degenerado”. “Degenerado” alude, literalmente, a alguien que se sale de la “generación”, o como lo recuerda Rolando Karothy: “Dégéneré es sinónimo del término francés forligné que significa ir fuera de la línea seguida por los antepasados”20. Mientras Silberer hijo es un “desconocido”, Silberer padre es un “hacedor”. Según la RAE: un hacedor es alguien “que hace, causa o ejecuta algo”, por antonomasia, “El Hacedor” es Dios21. Subrayo también, por una parte, que ser consejero municipal, como lo era Viktor Silberer de la ciudad de Viena, supone dedicarse a los menesteres de la ley; y por la otra, que mientras Silberer hijo se interesa por el psicoanálisis, Silberer padre promueve la cultura de masas, calificada por alguien como Leo Lowenthal como “un psicoanálisis al revés”22. Tal vez algo de esta discontinuidad substancial entre Silberer padre y Silberer hijo esté en la base del suicidio de este último. Las connotaciones del apellido paterno son antagónicas en uno y en otro. En este sentido, me llama la atención la forma en la que Herbert se suicidó: colgado de una ventana. Me pregunto: ¿Qué quedó allí suspendido?  Y, si es cierto, como dice Lacan, que la ventana presupone la mirada: ¿qué mirada era presupuesta por Herbert al ejecutar el suicidio?...

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Unos últimos comentarios en torno a la trayectoria de nuestro sui generis personaje. Se trata de un aspecto que toca el tema del trabajo grupal en psicoanálisis, tema que me parece hoy se debe de encontrar entre las ocupaciones más apremiantes para todo aquel que se diga psicoanalista. Esto me parece así dado que hoy, al ritmo de las contingencias ambientales y los gasolinazos, nacen en esta ciudad cada vez más grupos psicoanalíticos de diferentes tamaños, nombres y propósitos.

De acuerdo a Pérez Gay, la presencia de Herbert Silberer los miércoles en la calle Bergasse 19: “no fue constante; dejaba de asistir durante meses a las reuniones”. En añadidura: “nunca tomaba parte en las enardecidas discusiones de sus colegas; hablaba sólo de los temas que conocía”23. No obstante, Silberer fue capaz de levantar la voz en torno a la lógica que el movimiento psicoanalítico estaba adoptando. Como lo refiere el ensayista mexicano, a raíz de los desviacionismos y posteriores disidencias de Adler y Jung principalmente, Ernt Jones y Sándor Ferenczi propusieron la idea de formar una sociedad secreta de psicoanálisis, la cual, en principio, estaría formada por Freud, Jones, Ferenczi, Rank y Abraham. Freud respondería a la propuesta de Jones en una misiva fechada un 8 de agosto de 1912 diciendo: “Lo que ha cautivado mi fantasía es la creación de un concilio secreto compuesto por nuestra gente más inteligente y más confiable… Quisiera decirle que un cónclave secreto, que protegiera mis descubrimientos, me haría la vida y la muerte más fáciles”24. Herbert Silberer se opondría a esta iniciativa. Para él, afirma Pérez Gay, la creación de tal sociedad representaba hacer del psicoanálisis una cuestión de secta o de fraternidad. En suma, digo yo, el sustantivo “cónclave” remite al discurso religioso en su sentido institucional, lo cual pone en entredicho el carácter laico y anverso a las lógicas del poder burocrático del psicoanálisis, carácter sobre el cual, me parece, hay que machacar. Silberer, tal vez por su repulsa a la masonería, y en particular a su “ala más reaccionaria: los rosacruces”25, se opuso a tal empuje que implicaba aceptar la existencia de un organigrama psicoanalítico y lo que es más, uno escondido.

La inclinación por asegurar el porvenir del psicoanálisis, mediante una central secreta en la primera generación de psicoanalistas, la cual operaba como si sus miembros fueran hermanos, cada uno de los cuales a su manera se esforzaban por el amor del padre, tal vez se encuentre en un llamativo rasgo que de acuerdo a Johnston tenían los individuos que existieron bajo el imperio Austrohúngaro. Dice Johnston que los vieneses en particular, mostraban cierta “debilidad por los patriarcas. Siguiendo el modelo del emperador, la administración pública jugaba el papel de salvador omnisciente, y lo mismo hacían profesores, médicos, sacerdotes, oficiales del ejército e incluso artistas”26.

Tal vez fue por la incomodidad de Herbert Silberer ante su propio padre como pudo ser crítico del tipo gregario hacia el que se inclinaba el movimiento psicoanalítico. Como sea, me parece que esta disensión de su parte es de gran valor, pues el tiempo mostraría cómo hacer de la enseñanza y de la investigación psicoanalíticas un asunto de familia preocupada por su porvenir, en todos los sentidos, está destinado al colapso o bien consignado a vivir bajo la sombra de la falta de rigor y de crítica. Hoy, tiempo en el que imperan modalidades de trabajo de esa índole, con sus respectivos organigramas y fidelidades de tipo familiar, tal vez habría que volver a discutir la cuestión con la que se topó Silberer, pues cuando en tales grupos psicoanalíticos operan tales modos de funcionamiento institucionales-familiares, lejos de que se promueva la originalidad entre quienes lo conforman, más bien se les encamina hacia la doxa, a la repetición de la palabra de la jefatura y a veces se les atora en un cierto clientelismo.

Para finalizar, si bien Silberer no fue una de las figuras más deslumbrantes de la primera generación de psicoanalistas, tenía, según creo, cierta cualidad no muy común entre psicoanalistas: la osadía de escribir, una osadía especial, pues albergaba la esperanza de ser riguroso con los textos constituyentes del discurso del psicoanálisis para después ensayar un aporte al mismo. Por supuesto, serán los lectores de Silberer quienes juzguen esto que digo, y quienes tal vez, si el azar lo permite, quienes hallen en sus letras la ocasión para atreverse a su vez en una escritura que aspire a distanciarse del dogmatismo.

  Ciudad de México, mayo-junio de 2016.

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1 Una versión preliminar de este texto fue presentada el 2 de junio de 2016 en la Casa del Poeta Ramón López Velarde en la Ciudad de México.
2 Psicoanalista. Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Docente del Departamento de Filosofía de la misma Universidad. Autor de los libros: Bataille y el psicoanálisis. La heterología, Freud y Lacan, Ediciones Navarra, México, 2015; Negatividades de lo escópico. Mirada, subjetividad, poder, Samsara, México, 2017.
3 Carta de Carl-Gustav Jung a Sigmund Freud, 10-13 de julio de 1909, en S. Freud-C.-G. Jung. Correspondencia. Edición de William McGuire & Wolfgang Sauerlander. Versión española de Alfredo Guéra Miiralles. 1ª edición, Taurus ediciones, Madrid, 1978, p. 290.
4 La traducción de Piatigorsky aparece en la entrada “Silberer” del Diccionario de psicoanálisis de M. Plon y Élisabeth Roudinesco, Paidós, Bs. As., 1998. La de Karothy en el texto “Duendes y Azares”, estudio preliminar a la primera traducción al castellano de El azar y los duendes traviesos de lo inconsciente, Lazos, Bs. As., 2015.
5 Cfr. Carta de Sigmund Freud a Carl-Gustav Jung, 19 de julio de 1909.
6 Cartas de Sigmund Freud a Carl-Gustav Jung, 30 de junio y 7 de julio de 1909, en S. Freud-C.-G. Jung. Correspondencia… p. 288.
7 Carta de Carl-Gustav Jung a Sigmund Freud, 28 de marzo de 1911, en S. Freud-C.-G. Jung. Correspondencia… p. 472.
8 Carta de Sigmund Freud a Carl-Gustav Jung, 11 de abril de 1911, en S. Freud-C.-G. Jung. Correspondencia… pp. 477-478.
9

Carta de Sigmund Freud a Carl-Gustav Jung, 2 de noviembre de 1911, en S. Freud-C.-G. Jung. Correspondencia… p. 518.

10 Herbert Silberer, El azar y los duendes traviesos de lo inconsciente. Trad. Gustavo Salermo. 1a edición, Editorial Lazos, Buenos Aires, 2015, p. 46.
11 Ibíd. p. 75.
12 Cfr. William M. Johnston, El genio austrohúngaro. Trad. Agustín Coletes Blanco (coordinador). 2a edición, KRK ediciones, Oviedo, España, 2009.
13 Ibíd. p. 429.
14 Ibíd. pp. 430-432.
15 Ibíd. p. 433.
16

Ibíd. p. 435-436.

17 José María Pérez Gay, “Memoria y olvido en el psicoanálisis: Otto Gross y Herbert Silberer”, en La profecía de la memoria. Ensayos alemanes. 1ª edición, Cal y Arena, México, 2011, p. 226.
18 Ibíd. pp. 226-227.
19 Herbert Silberer, El azar y los duendes traviesos de lo inconsciente… p. 55.
20 Rolando Karothy, “Duendes y azares”, en Herbert Silberer, El azar y los duendes traviesos de lo inconsciente… p. 8.
21 http://www.rae.es/
22 Citado en Martin Jay, La imaginación dialéctica. Una historia de la Escuela de Frankfurt, Trad. Juan Carlos Curutchet, 1ª edición, Madrid, Taurus, 1974, p. 285.
23 José María Pérez Gay, “Memoria y olvido en el psicoanálisis: Otto Gross y Herbert Silberer”… p. 227.
24

Ibíd. p. 229.

25 Ibíd. p. 230.
26 William M. Johnston, El genio austrohúngaro… p. 602.

 

 

 

 

 

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