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SOBRE LA CUESTIÓN INFINITA
DEL DOCENTE:

IDEAL Y NARCISISMO

GUILLERMO MARTÍNEZ CUEVAS

 

Resumen: La sociedad demanda un estándar elevado, “idealizado” de la figura del maestro. El infinito que habita en algunos individuos –el narcisismo- responde a este llamado, en búsqueda de querer convertirse en ese ideal, de reconocimiento, de amor, de volverse un dios en el cosmos que representa el aula. Cuando se encuentra el docente con los alumnos, es posible que los estudiantes se conviertan en lo que el maestro es o quiere ser; entonces, el maestro puede quedar atrapado en esa imagen suya, reflejada en los rostros de sus alumnos. Pero también el narcisismo del docente puede resultar herido ante la falta de respuesta de los estudiantes, llegando al enojo, tristeza, enfermedad e incluso retiro de la actividad docente. Así el narcisismo puede empujar y sostener la actividad docente, pero ¿es esto válido? La conclusión es que más bien, es inevitable: así como se requiere la construcción de un “yo” en la infancia a partir de los deseos proyectados del inconsciente de la madre, ese “yo” del estudiante se construye a lo largo de la vida, y para ello se requiere también de los deseos proyectados del inconsciente del maestro. Sin embargo, como también es necesario que la madre permita la aparición del deseo del niño, los docentes deben estar atentos a realizar la misma actividad. El psicoanálisis del docente se vuelve una herramienta importante para ello, pues no es posible evitar la actividad del propio narcisismo con la finalidad so pretexto de no ser alienante, pero es fundamental que el docente esté atento a que sus propios deseos de dominación y su impulso narcisista no ahoguen el “yo” actual y futuro del estudiante.

 

Palabras clave: Narcisismo, docencia, maestros, estudiantes, yo ideal, malestar.

Tiempo primero. Se solicita el maestro ideal

Miguel León-Portilla, el famoso antropólogo e historiador mexicano, experto en pensamiento y literatura náhuatl, señala que en los códices del México antiguo aparece la figura del sabio, es decir, del Tlamatini “el que sabe algo, el que conoce las cosas”. El Tlamatini tenía a su cargo la preservación y la transmisión de los testimonios de la antigua palabra (huehutlatolli), es decir, tenía también la función de temachtiani, es decir, maestro:

  El sabio: una luz, una tea, una gruesa tea que no ahúma (…)
Suya es la tinta negra y roja, de él son los códices.
Él mismo es escritura y sabiduría.
Es camino, guía veraz para otros.
Conduce a las personas y a las cosas, es guía en los negocios humanos.
El sabio verdadero es cuidadoso (como un médico) y guarda la tradición.
Suya es la sabiduría transmitida, él es quien la enseña, sigue la verdad.
Maestro de la verdad, no deja de amonestar.
Hace sabios los rostros ajenos, hace a los otros tomar una cara [una personalidad], los hace desarrollarla.
Les abre los oídos, los ilumina.
Es maestro de guías, les da su camino, de él uno depende. (…)
Aplica su luz sobre el mundo (…)
Cualquiera es confortado por él, es corregido, es enseñado.
Gracias a él, la gente humaniza su querer y recibe una estricta enseñanza.
Conforta el corazón, conforta a la gente, ayuda, remedia, a todos cura.(1)

Este sabio-maestro que ilumina, que corrige, que desarrolla la personalidad, que conforta, que humaniza, que ayuda, que remedia, que cura, muy bien puede describirnos un ideal depositado en esta figura. Podríamos recordar lo que Freud señala en su texto de la Psicología del colegial: “Comprenderemos ahora la actitud que adoptamos ante nuestros profesores del colegio. (…) Nosotros les transferíamos el respeto y la veneración ante el omnisapiente padre de nuestros años infantiles, de manera que caíamos en tratarlos como a nuestros propios padres”.(2) Así, esta necesidad de un maestro-padre, nos recuerda un anhelo infantil, un deseo de ser cuidado, amado, guiado; un deseo de ver en el docente y encontrar en él la sabiduría, la respuesta a nuestros problemas, la comprensión y la contención.

Pero esta figura no es parte de una historia ya lejana, del siglo XVI o del XX. Si se revisan los Lineamientos de Orientación Educativa de la Secretaría de Educación Pública –emitidos apenas en el año 2010, este siglo XXI-, se puede leer, como características que debería poseer el profesional encargado de la Orientación Educativa,(3) las siguientes:

  • Conocimiento de características biológicas, psicológicas y socioafectivas del adolescente.
  • Habilidades para establecer relaciones interpersonales, comprender la influencia de los diversos aspectos socioeconómicos, institucionales, escolares, vocacionales y psicosociales que influyen en el bachiller
  • Actitudes de confianza, comprensión e interés en el alumnado (empatía, tolerancia, respeto y actitud de servicio).
  • Equilibrio emocional, coherencia entre lo que dice y lo que hace (objetividad ante problemáticas de los estudiantes, iniciativa y creatividad).
  • Interés en mantener una actualización permanente.
  • Disposición para trabajar en equipos multidisciplinarios, adecuando sus juicios, aportaciones y críticas a las condiciones existentes en el medio circundante, a fin de proponer alternativas viables al proceso de orientación.

Así, se sigue requiriendo alguien comprensivo, equilibrado, coherente. Y claro que no es que esté mal, tal vez sea lo que todos deseamos; sin embargo  no deja de existir este dejo de idealización, de deseo infantil de ser cuidado, protegido, mimado.

 

Tiempo segundo. Alguien quiere ser  ese “maestro ideal”

La dificultad de realizar la labor educativa, de asumir este papel de sabio y maestro, era ya señalada por Kant en 1803: “El hombre puede considerar como los dos descubrimientos más difíciles: el arte del gobierno y el arte del educación” (4); también Freud se refirió a la educación como una de las tres “profesiones imposibles” además de gobernar y psicoanalizar.(5)

A pesar de las dificultades, siempre hay alguien dispuesto a realizar el trabajo. Quisiera proponer la hipótesis de la influencia del narcisismo en la toma de la decisión de hacerse docente, que es la que puede llevar a caer en la tentación de ser considerado sabio, guía, luz… de volver a ser el “centro y núcleo de la creación” en ese universo que es el aula;  o empleando una expresión de Freud: las ganas de volver a ser “’su majestad el bebé’, como una vez nos creímos”,(6) de buscar la inmortalidad de nuestro yo, por medio de pervivir en nuestros alumnos, o por decirlo de otra manera, nuestros alumnos-hijos; para finalmente ser amados, por los demás y por el propio superyó; para colocarse en una posición de poder, en ese lugar desde el cual la pulsiones de muerte pueden descargarse con sadismo sobre otros y además sentirse legitimado: “es por su bien”, “la vida los va a tratar peor”, dicen algunos profesores…

Durante un curso de formación docente, les preguntaba a los asistentes el “tipo de docente que quiero ser”, y las respuestas incluían frases como:

  • (Un profesor) Que se haga entender bien en la transmisión de mis conocimientos;
  • Sentir que (los alumnos) se sienten motivados con mis clases;
  • Que me tengan confianza y quieran preguntarme, no sólo cuestiones de la materia, puede ser de otros temas;
  • El (profesor) que practica la prudencia y la verdad, el que con actitud firme no endeble dirige el aula, aceptando el diálogo profesor-alumno;
  • Aquella que pueda trascender a través de sus alumnos.

Este deseo de ser guía, el que conforta, impulsa la labor del profesor; incluso buscar amor o trascendencia por medio de la actuación docente tiene sentido, pues la Encuesta Nacional de Juventud (2010), que entrevistó jóvenes de 12 a 29 años, señala que las instituciones o personas que resultan de mayor nivel de confianza, son los médicos, la escuela y las Universidades públicas.(7)

 

Tiempo tercero: El “maestro ideal” se encuentra con sus alumnos

Freud señalaba que se ama según el tipo “narcisista”: A lo que uno mismo es (a sí mismo); A lo que uno mismo fue; A lo que uno querría ser; A la persona que fue una parte del sí-mismo propio.(8)

Así, en el trabajo cotidiano, el docente puede amar u odiar una parte de sí mismo, del que es o del fue, reflejada en los alumnos; incluso puede animar a sus estudiantes a alcanzar los ideales que querría para sí mismo; puede querer que los alumnos lo busquen, que le estén agradecidos; que estén alegres o entretenidos durante su clase o con su presencia; quiere su sonrisa, su aprobación; quiere ser el deseo de su deseo; quiere que la vida de los estudiantes sea transformada por sus enseñanzas, quiere estar presente de alguna manera, en su vida; necesita alumnos para formar grupos de poder que sostengan sus ideas, que sean mano de obra para ayudarle en sus trabajos laborales o académicos; la mirada adiestrada del docente detecta a los estudiantes sobresalientes para llevarlos a sus trincheras, jóvenes reclutas que peleen sus batallas, que se entreguen a sus causas y banderas, quiere, quiere, quiere…

Pero, así como no es lo mismo que un padre sea “portador del falo” o “transmisor de la ley”, no es igual un docente que aspira a ser transmisor de conocimientos e ideales, influenciado por su narcisismo, que un profesor que se asigna el lugar de la ley, que considera que ES el falo. Unos estudiantes egresados hace pocos años, hablaban de algunos de sus maestros: no se deben perder de la línea de enseñarnos, y no ir a presumirnos todo lo que han logrado y lo que han hecho, y que sus clases se basen en ‘yo ya soy fulanito de tal’. Yo creo que sí es de admirar, pero más bien en vez de decirnos qué son, darnos las herramientas para que también nosotros lleguemos al lugar donde están ellos.

Podría suponerse que los docentes tienen una idea en mente sobre lo que esperan de sus alumnos. Al preguntar a los maestros sobre el tipo de alumno que esperaban formar, algunos maestros comentaban: un ser humano feliz y honesto que reconozca la importancia de su esfuerzo, inteligencia y sus resultados; un alumno  interesado por conocer y saber, al tiempo que se motive por aprender; que sea respetuoso, responsable, participativo, capaz de interactuar con sus semejantes y que posea un sentido autocrítico y autogestivo; Crítico, analítico, competente para enfrentar la vida en lo personal y lo profesional. Satisfecho consigo mismo como ser humano.

El narcisismo permea la interacción cotidiana: influye en quién quiere ser el docente, y también en quién quiere que sea el estudiante. Y es que, como en el mito de Narciso, los docentes queremos ver reflejada nuestra imagen en los alumnos, que aprendan de nosotros, que opinen parecido, que sepan usar las herramientas que usamos. Y cuando finalmente empezamos a distinguir ese reflejo, podemos quedar atrapados en él. Como en el cuento de Blanca Nieves, preguntamos al alumno-espejo: “alumnito, alumnito ¿quién es el maestro más bonito?” Y escuchamos música cuando dice ¡usted!, usted es el mejor maestro que he tenido en la carrera, nadie nos había enseñado esto, usted todo lo dice muy fácil, qué buena capacidad de síntesis, nadie como usted para enseñar, le agradezco todo lo que he aprendido este semestre, ha habido cambios en mí, y además, también en mi familia.

Pero la docencia puede ser una actividad de riesgo para el narcisismo. Retomando a la Psicología del colegial, Freud recuerda lo que sentían como jóvenes hacia sus maestros:

 

“Pero no es posible negar que teníamos una particularísima animosidad contra ellos, que bien puede haber sido incómoda para los afectados. Desde un principio tendíamos por igual al amor y al odio, a la crítica y a la veneración. El psicoanálisis llama “ambivalente” a esta propensión por las actitudes antagónicas.”(9)

En esta relación ambivalente, resulta que también podemos escuchar una “dolorosa” respuesta, por parte de los alumnos: no entregan tareas, no aprenden, no estudian como quisiéramos, se ven distraídos con los compañeros o sus teléfonos celulares, lo cual es interpretado como “una falta de respeto” al trabajo y a la persona del docente; por otra parte, los alumnos pueden admirar a otros maestros, lo cual puede generar envidia y celos; frases lapidadoras del narcisismo docente pueden ser: “cómo dice el maestro fulano en la clase tal”, “ah, fulano es un dios”, “fulanita es muy buena maestra”; incluso, el maestro puede ver en el Facebook cómo los estudiantes se toman fotos abrazando a otros maestros o maestras (“esos ingratos-traidores” pensará algún maestro). Y pues los docentes sufren, además de que en algunas universidades particulares, tener una mala evaluación de los alumnos, puede significar en efecto, el despido. Y claro, también está el maestro que, habiendo sacado siempre diez en su evaluación, sufre porque alguien lo evaluó mal, y su promedio cayó a la escandalosa valoración de “nueve”.

En España, Marchesi y Díaz realizaron una encuesta llamada “La emoción y los valores del profesorado”, con 2, 556 profesores, en activo y en formación, desde primaria a bachillerato. En un apartado, preguntaron sobre el “Sentimiento más insatisfactorio en relación con los alumnos”, a lo que los profesores contestaron(10)

  • Falta de respeto
  • Falta de agradecimiento merecido
  • Falta de reconocimiento profesional
  • Relaciones frías con los alumnos
  • Fracaso en interesar a los alumnos

Mientras me encontraba trabajando con un grupo de docentes sobre el manejo de las emociones en el salón de clase, los asistentes señalaban qué situaciones en el aula les hacían sentir enojo, frustración, tristeza, señalando: que los alumnos lleguen tarde, que estén distraídos en las computadoras o teléfonos celulares, que no lean aquellos materiales que dejaron de tarea, que reten a los maestros. Según los maestros, esto tiene que ver con la falta de atención, la falta de “compromiso” con la materia; es decir, es una “falta de respeto”.

Aunado a esto, es necesario recordar la falta de condiciones apropiadas para trabajar como docente. En muchos países, incluido el nuestro, se han realizado investigaciones sobre el llamado síndrome de burnout o de Agotamiento profesional, los síntomas de ansiedad y depresión y las condiciones de trabajo: así los “estudiantes difíciles”, la sobrecarga académica y la burocracia pueden incrementar este malestar.(11)  La docencia es también una profesión de riesgo.

 

Tiempo cuarto.  Pensando el narcisismo en la enseñanza

El narcisismo empuja a la enseñanza. La enseñanza puede maltratar el narcisismo ¿Es posible evitar la acción narcisista en el acto de la enseñanza? Para abordar esta cuestión, haré un pequeño rodeo, haciendo una paráfrasis a la explicación del Dr. Luis Tamayo.(12) Si usted tuviera una papelería y yo fuera un cliente que quiere comprar un lápiz grande, yo diría:

  -Disculpe, quiero un lápiz grande.
Usted, solícito, con ganas de vender, me traería un lápiz grande, y lo pondría sobre el mostrador. Yo preguntaría:
-¿Hay un lápiz más grande?
Y usted:
-No, no tengo un lápiz más grande.

Esta respuesta nos hace pensar dos ideas lógicas:
Uno: ese es el lápiz más grande de todos los que tiene
Dos: todos los lápices, han de ser iguales, por eso no hay un lápiz más grande.
Este ejercicio de lógica, no pudo ser resuelto por uno de los hombres más sabios del mundo: nada más y nada menos que Sócrates. ¿Por qué? La respuesta está en el narcisismo.

En la explicación del Dr. Tamayo, Sócrates sufría de una compulsión, la de mostrarle al otro que era un ignorante. Querefón, un amigo de Sócrates, se dirigió al Oráculo de Delfos, para preguntarle al dios Apolo “¿hay un hombre más sabio que Sócrates?”. La Pitonisa respondió que no había nadie más sabio. Sin embargo, esto no significa necesariamente que Sócrates era el más sabio. O bien Sócrates era el hombre más sabio (es decir, el lápiz más grande) o bien Sócrates es tan sabio como todos los demás hombres (todos los lápices son del mismo tamaño). Así el Dr. Tamayo concluye: puede interpretarse, que en cuestiones de sabiduría, no hay hombres mejores ni peores. Pero Sócrates hizo una lectura narcisística de lo dicho por el Oráculo. Interrogó a muchos hombres –poetas, artesanos famosos, maestros de virtud- para descubrir que sólo eran necios, y de esta manera confirmar lo que decía el Oráculo. Concluye el Dr. Tamayo:

  Considero que fueron estos odios acumulados, producto de su dialéctica, los que provocaron su condena. Su “misión divina” -la filosofía- que lo constreñía a interrogar al otro para mostrarle que era un “falso sabio”, se constituyó en su síntoma, y fue esto lo que lo condujo a la muerte. Sócrates vivió, a partir de este momento de su vida –a la mitad de la misma- para educar a los otros, para hacer de ellos ‘mejores hombres’. El problema es que los otros no se lo habían pedido. ¿Cómo no iba a volverse odioso si daba lecciones a quien no se lo había solicitado?(13)

Hasta aquí sólo resalto: este narcisismo fue el motor de su enseñanza; es necesario recordar que Sócrates es uno de los grandes educadores de Occidente.

Otro pequeño rodeo: Cuando nace un bebé, la madre se relaciona con el cuerpo de ese bebé, sin embargo, en él aún no existe un “yo” estructurado y éste ha de construirse. Freud señalaba esta característica en Introducción del Narcisismo, de 1914: “Es un supuesto necesario que no esté presente desde el comienzo en el individuo una unidad comparable al yo;  el yo tiene que ser desarrollado.”(14)

Ahora bien, ¿Cómo se construye este yo? ¿Cómo ayuda la madre en este proceso? Piera Castoriadis-Aulagnier,(15) explica que el yo, antes que en el infans, está en el discurso de la madre.  A este “yo”  que la madre supone “completo”, existente, la madre le habla, estructurando así la psique del niño, haciéndole llegar significados del mundo exterior, sirviendo de portavoz de leyes y exigencias.  Es a este discurso que la madre dirige al infans, Castoriadis-Aulagnier lo que denomina “sombra hablada”, que está relacionado con los enunciados que surgen del anhelo de la madre acerca del niño. Anhela para él un ser, un futuro. Ello representa aquello a lo que ella misma ha tenido que renunciar. Al sobreestimarlo, adquiere, ella misma un valor mayor. Le da la función de un objeto fálico. La madre además, da un significado a las acciones del bebé, del estilo “tiene hambre”, “tiene sueño”. Esto es necesario en un principio. Ella quiere ser un ofrecimiento continuo, ser reconocida como la única capaz de otorgar amor, placer, tranquilidad.

Así pues, el infans está investido por los deseos provenientes del inconciente de la madre.  La madre proyectará una historia sobre el infans; visualizará un futuro para él;  le otorga el lugar de un otro con una historia, con un futuro particular; esto relacionado con el narcisismo de los padres: ven en ese niño la posibilidad de algo que añoraron para sí mismos;  ven en ese niño la posibilidad de ver aumentado su narcisismo por las realizaciones que éste tendrá. Sin embargo, puede aparecer el riesgo de un exceso, el deseo de preservar el status quo, deseo de preservar aquello que durante una fase de la existencia es legítimo y necesario.

Me parece que de la misma manera, el docente, cuando ve en su labor profesional una actividad narcisista, puede desear para el estudiante un futuro –lleno por supuesto, de contenidos del inconsciente del maestro-. En el caso de la docencia universitaria, desea para él un “yo” o una identidad profesional, lo nutre con aquello que cree que el alumno necesita, lo nombra como profesional, le plantea retos futuros, le presenta un ideal a alcanzar –ideal por supuesto, que quisiera alcanzar él mismo, ideal que espera que el alumno acepte, y el cual posiblemente se escapa al propio maestro-. Los alumnos se vuelven pues, una posesión narcisista: el aprendizaje de ellos, sus logros, sus progresos, el poder juzgarlos y someterlos dada su condición de aprendices, se convierten en una manera de llenar la falta del maestro, de anular la castración, de revivir una sensación de omnipotencia.

 

A manera de conclusión

¿Deberían entonces los maestros, evitar este involucramiento narcisista? ¿La profesión docente se rebaja cuando aparece el inconsciente y el deseo del maestro?

Es necesario recordar que, finalmente, toda educación es un proceso de colonización. Pero la educación es ciertamente necesaria pues se requiere para transmitir a las generaciones jóvenes recursos para su sobrevivencia. Sin embargo, esa educación nunca es objetiva, es siempre subjetiva porque la imparten sujetos (padres, maestros, funcionarios, comunicadores), sujetos que no pueden hacerse ajenos a su propia estructura psíquica, a su propio inconsciente.

Efectivamente, los docentes sufren cuando no reciben lo que esperan de sus estudiantes, y sin embargo, es inevitable que el narcisismo esté presente, es una condición necesaria para poder enseñar. Pero los docentes no pueden victimizarse, necesitan estar atentos a ellos mismos. Como dice Natanson(16) “Liberarse de la propia máscara es la primera exigencia. Saber que en el acto pedagógico, frente a los alumnos, sentimos un deseo de poder, de dominación, de placer posesivo”

Pero también el autor nos advierte de no caer en la trampa de querer ser escéptico y castrarse a sí mismo para no intervenir con los alumnos, so pretexto de no querer ser alienante, y sugiere que el proceso psicoanalítico del propio docente puede ayudar mucho.

Al final, la construcción de sí mismo se hace a través de procesos identificatorios. Especialmente en la adolescencia, hay una búsqueda de tales modelos. Y recordando que el inconsciente es atemporal, es muy probable que esta necesidad de apropiación de modelos, de tener “héroes académicos” o profesionales, el aspirar a “ser como” alguien, nos acompañe el resto de la vida.

El inconsciente infinito del estudiante, de la sociedad, constantemente solicita “maestros ideales”. El narcisismo infinito puede responder a querer ocupar ese lugar ideal; este infinito que habita en el interior de cada uno, influye en tomar la decisión de hacerse docente y mantenerse en ella. También el infinito que habita al docente puede lograr que se sienta herido y que en efecto enfermen. Es necesario reconocer que como sociedad creamos un ideal y lo exigimos de los docentes. Sin embargo, no necesariamente les proporcionamos los recursos materiales, de infraestructura, de reconocimiento social y económico para que realicen su labor. Es común que se piense que la falla de los sistemas educativos está en la preparación de los docentes. Sin embargo, sabemos que la participación de los padres en los procesos de las escuelas es casi nula, que hay maestros que no cuentan con salones o recursos materiales para su labor de enseñanza, que ponen dinero de su bolsa y tiempo de más para alcanzar los objetivos, y que la paga por una clase es en general muy baja. Aunque el narcisismo es un motor para enseñar, no podemos apostar el futuro de las generaciones a su empuje. Es necesaria una visión menos infantil sobre la función docente, que se traduzca en apoyo y atención a sus necesidades, para así poder realizar la transmisión y formación a la que aspiramos como Estado.

 

 

 

REFERENCIAS

1 León-Portilla, Miguel, Silva Galeana, Librado. Huehuehtlahtolli. Testimonios de la antigua palabra. Cuarta reimpresixico, 2003.o de Cultura Econpalabra.se iaas, a nivel nacional, bajo los mismos lineamientos consensuados por los expertos. ón. Secretaría de Educación Pública. Fondo de Cultura Económica. México, 2003.
2

Freud, Sigmund, “Sobre la psicología del colegial” en: Sigmund Freud. Obras completas, 4ª reimpresión. Amorrortu Editores, Volumen 13, Argentina, 1975.

3

Secretaría de Educación Pública, “Lineamientos de Orientación Educativa" Extraído el 20 de febrero de 2017 desde https://cobaem.edu.mx/nuevo_portal/images/Lineamiento_de_O.Educativa.pdf

4

Kant, Immanuel, Pedagogía, 3ª Edición, Ediciones Akal, España, 2003.

5 Freud, Sigmund, “Análisis terminable e interminable en: Sigmund Freud. Obras completas,  4ª reimpresión. Amorrortu Editores, Volumen 23, Argentina, 1975.
6

Freud, Sigmund, “Introducción del narcisismo” en: Sigmund Freud. Obras completas,  4ª reimpresión. Amorrortu Editores, Volumen 13, Argentina, 1975.

7 Instituto Mexicano de la Juventud, Secretaría de Educación Pública, Encuesta Nacional de Juventud 2010. Resultados generales,  Extraído el 27 marzo de 2017 desde http://www.imjuventud.gob.mx/imgs/uploads/Presentacion_ENJ_2010_Dr_Tuiran_V4am.pdf
8 Freud, Sigmund, “Introducción del narcisismo” en: Sigmund Freud. Obras completas,  4ª reimpresión. Amorrortu Editores, Volumen 13, Argentina, 1975.
9

Freud, Sigmund, “Sobre la psicología del colegial” en: Sigmund Freud. Obras completas, 4ª reimpresión. Amorrortu Editores, Volumen 13, Argentina, 1975.

10 Marchesi Ullastres, Álvaro, Díaz Fouz, Tamara, “Las emociones y los valores del profesorado”, extraído el 2 de julio de 2014 desde http://www.oei.es/historico/noticias/spip.php?article246
11

Martínez Cuevas, Guillermo, “Identificación de malestar emocional y síndrome de burnout en docentes universitarios”, extraído el 3 de enero de 2017 desde http://132.248.9.195/ptd2016/noviembre/876313972/Index.html

12 Tamayo, Luis, Del síntoma al acto. Reflexiones sobre los fundamentos del psicoanálisis, 1ª edición, Universidad Autónoma de Querétaro, México, 2001.
13 Tamayo, Luis, Del síntoma al acto. Reflexiones sobre los fundamentos del psicoanálisis, 1ª edición, Universidad Autónoma de Querétaro, México, 2001
14 Freud, Sigmund, “Introducción del narcisismo” en: Sigmund Freud. Obras completas, 4ª reimpresión. Amorrortu Editores, Volumen 13, Argentina, 1975.
15 Castoriadis-Aulagnier, Piera (2001) La violencia de la interpretación. Del pictograma al enunciado, 5ª reimpresión, Amorrortu Editores, Argentina, 2001.
16 Natanson, Jacques, “Asumir el enfoque psicoanalítico de lo pedagógico” en: Filloux, Jean Campo pedagógico y psicoanálisis, 1ª edición, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 2001.

 

 

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