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L1

LA REINA Y LA MEDUSA

CARMEN VÁSCONES

 

Erase que era la historia de una niña que no sabía que había un afuera. Se espiaba así mismo. El adentro no se diferenciaba de su pensar.  Pasaba creyendo que el mundo limitaba con su nariz. 

Los barrotes de la ventana se los imagina alfiles cuidando la torre. Necesito peones de naipes que no hablen, solo obedezcan.  Cara, sello y carta sellada.  Claro que sí, claro que no, qué dices, los cuentos no son así.

- ¿Quién te lo creerá? - y así asá, se reía para sus adentros para que nadie note lo que se trae en mano.  Parece como que no, pero su mirada imperial parece el cetro de la aventura.

Eso es reinado señora y lo que le espera, a cuidarse con los términos le dijo la medusa del mar cuando apareció con sus serpientes somnolientas. La cabeza solitaria dejó asomar el pensamiento prohibido y escondido en la lengua enmudecida. Pasado el susto sus ojos se hicieron cómplices con la que los miró frente a frente.

No me distraigas cabeza flotante. ¿Falta la capa? Cortó un pedazo de su enagua. Listo. Qué va. Borda los filos con hilos de luna que se presta al juego, pone perlas color leche arrancadas a la memoria.  Pone estrellitas y escarchas.

Desmantela el cielo con su audacia.  Sacude espigas de arroz y la pega en toda la capa, ahora si tiene el peso de supremacía sin pena.  Pesa, está firme, se la prueba, se mira en el espejo, se emociona, la esconde. 

No hay que dejar notar su ropaje, peor su escenario. 

Su fascinación hasta deslumbra al espejo, -qué osada- dice para sus adentros el inmóvil y la medusa que siente que su cuerpo empieza a nacer. Una pestaña cae dentro de su ojo, raspa la córnea.  Empieza arderle la vista como si tuviese arena.  Se refriega el párpado, se siente vista.  Está fuera de control, al otro ojo le pasa lo mismo. Teme quedarse ciega.

Parece una fiera vaciada de su enigma.

El tiempo empieza a correr, ella no entiende, se cansa, se desespera, parece que el manto se fuera a salir del silencio, - ¿qué pasa? -  Hasta que se tropieza la sombra en su cuerpecillo delgado y le dice –cumple tu deseo-  -Quién eres- le pregunta-  -tranquila, siempre he estado contigo, sino, que no lo has querido saber-  le responde con toda calma la solapada. 

Se hace la indiferente y le dice, no sabía que las súbditas hablan sin que uno les dé la orden.  En fin, allá tú.  La miró con un recelo camuflado en su corazón.  No quiero que se note que tengo miedo o ira, ¿son igual en su tensar la cuerda?, pongo cara de ama.  Así, ajá, esa expresión me va.

La que descubría sus formas según su fantasía, la que se acurrucaba en la alegoría invisible, ¿quién era?, era aquella, la doncella violada por el mito, aquella cuya belleza espantaba a todo aquel que la mirase, aquella la que producía la codicia, la que fue una vez amortajada en el capricho humano.  Y sin embargo no dejaba de ser un peligro para el que la tocase, le hablase, la mirase. La curiosidad así misma doblega el coraje de toda idea. ¿Cómo soy?

El coraje se ablanda ante el pudor de eros.

Este hiere hasta sangrar.  Es voraz.  El amor se muere en la piel si lo sometes. La sensualidad empalidece al sentirse abordada y sin escapatoria. Rodea el espejo con la cabeza que lo mira. La otra, la principal, se siente descubierta, se pone rabiosa, el gesto lo esconde. Ironiza.  Hay que aprender a mandar.  Se llena de ínfulas, ensaya su mejor ademán. 

Ya sé lo que haré. Piensa dibujar un caballo para que cobre vida, así pueda ella pasear por los campos de su mundo, así, ella puede montar y escudriñar al Olimpo y los mortales que se alían cuando quieren someter, yo lo puedo todo. Soy mi propio gobierno.  Soy la soberbia de la vida y la muerte. Casi, le dice el eco.  Ya verán.  De reojo la silueta en la esquina del cuarto mira a la reina. 

Ella cree que es un personaje único que se le escapa del control y que hay algo fuera de lugar o alguien tramando no sé qué, quiere hacer lo que le da la gana, eso no va conmigo, cualquiera no existe en mis alrededores.

Quiere atinar esa sensación a invasión, a ultraje de la intimidad, a sentirse desnuda y contemplada.  Quiere no pensar. La desnudez ruboriza al fantasma que yace petrificado y ahuecado en la cueva de las olas.

Siente frío, como mieditis, se pone tembleque, como que se le espeluzna la vida, por primera vez no se siente sola como se creía. - ¿qué será esta sensación? se pregunta. La mortal conversa con la hermosura, esta le dice, - escapa-. Contesta ¿De qué?  Jamás, eso sí que no.-  

Mi cuerpo va donde voy. Me carga y no me descarga.  Descanso con él, hasta su hastío soporto.  Aunque sea inaguantable en querer doblegarme. Tengo aún mis sorpresas.  En el laberinto de mis cabellos escondo la eternidad. Lápiz plateado tacha hebras de la noche. El deseo se paraliza si se lo llena de susto a cada rato.

El celo es tan monstruoso como el recuerdo.

El mar se apodera de mi cuerpo para dejarme sin lugar en la tierra. ¿Qué ocurre? La espuma en la arena arroja la derrota.  El agua que regresa la borra, se la lleva. Agua mala, agua bendita, agua maldita, agua salada, agua simple, agua dulce concebida déjame hundir en ti. Abórdame sin dominarme sin desaparecerme.

Nada de agua estancada en mi fuente.

Su atuendo la hacía ver bella, coge la capa otra vez, esta vez se la echa encima, la coronita le queda exacta, cosa rara, la rama tenía unos botones de flores chiquiticas color azul y purpura. 

Parecía una postal toda ella. 

La medusa se transparenta al llegar a la orilla, si la toca te fija y paraliza con su veneno.  Que se revuelque en el mar, que se pierda en los torbellinos.  Que se hunda en el vientre de la ola. Quién castra al mar.

Barcas de guerra echan fuego a sus hijos.

¿Quién mutila al horizonte?

No se explica qué pasa.  Nada le da tiempo, se siente agarrada, detenida, como presa por el movimiento.  – ¿Dónde estoy? -se pregunta- Este cuento se me va del papel, quien lo detiene, quien lo cambia.  ¿Hay alguien ahí? -

La mirada se esconde en el párpado del mar.  La ola cae y revienta en la roca.  Los acantilados parecen estatuas dormidas. El esqueleto de la nave parece una mueca del guerrero que no llegó jamás a casa.

¿Dónde va la reina tan solita? –Aquí estoy, allá no- ¿Quién me detiene? ¿Quién me quita mi cetro? ¿Mi capa dónde está? ¿Quién me hace dar vueltas dentro de mí? ¿Quién me saca de mí? ¿Quién me llena? ¿Quién me vacía?  Golpea el agua hasta morir tantas veces. 

El espacio se achica. 

Me queda estrecho el sueño. Huye el coral rojo y negro al fondo del océano.  Las naves con sus hombres y arpones punzan.  Las algas se enredan en los espóndilos.

Siente los huesos como cañas de bambú sosteniendo los pájaros que la picotean. Mañana la vida se rompe, se corta como las uñas, solo que cuando se despega la media luna parece que nunca más, la cáscara está pegajosa, cuidado la pisas, resbaladera babosa. Bailas. Alas. Resbala sin bala.

As de reina sin rey. 

El mar parece cuenco de cráneo lleno de peces, caracoles y centellas.

Por sus huecos el agua busca la huida.

Toda sin ropaje la majestad se dibuja en el espejo que está amable ante tanto caos e impertinencia del nudo que se atasca en la garganta. Coge lápiz de labio se calca la boca, con lápiz de ceja negro trenza cabello desprendido, con el café ojos, ojeras, cejas con todo ella une los fragmentos de la madera negra y blanca de la piel cuarteada de la tierra.

La flor de narciso se posa en sus cabellos enredados, ¡qué maravilla!, sonríe la vanidad como propietaria del reflejo.  Hace con tiza la silueta, con hojas de ciruelos el vestido, con pétalos la blusa, con rayadito de hierbas un camino, con zanahoria un sol desteñido de soledad, con remolacha entinta noche acercándose. 

Con carbón atrapa sombra al descuido.

Ahora sí.  La centella hace un hueco en el mar.  El remolino arrastra la pesadilla.  El mar se parte como mujer descifrando final. A orilla de la existencia se confunde el ser con el relámpago. La piedra tropieza con la medusa como dos canicas gemelas.

La boca: alforja de la alegoría donde la muerte sueña vivir.

El recuerdo huele a canela, comino, anís.  Té caliente la idea de lo que fue.  Falta, todavía no. - ¿qué cosa? - El castillo, espera, coge hojas de plátano verde y maduro, apuntala torre, mirador, habitación, sala con luces de cucullos.  Esplendor y espacio bajo el cobijo de la naturaleza.

Despierta el astro. Amanece aún conmigo.

Se hace otra corona con florcitas de novia de la noche, teje la corona a su gusto.  Parece una princesa sin juego.  Sólo esperando que abran las puertas.  Los peones no aparecen que será. Al fondo del mar lo mortal ascendiendo como tiburón sorprendido por el arpón.

Pasa un rato y otro.  Las florecillas empiezan a caer, ellas las recoge y las mete en su bolsillo, camina lentamente como si la niebla le impidiera.  No se complica coge una ramita, ensaya como entrar o salir, qué mismo será eso de la vida. 

La infancia tira piedras al mar creyendo achicar la distancia. 

Pelota del día del cielo cuelga su panza, lanza sus lancetas gigantes para que se empape de vapor por un instante la confusión.  El pánico del mar no se nota. La reina, la doncella y la medusa se funden en la oscuridad. Se hacen una.

Le duele los pies, no hay donde sentarse, se saca las zapatillas de cristal que las había prestado a quién, eso no importa, total, pesaban tanto, que se trisaron y le cortaron los pies al intentar correr.

El dolor se confunde con la nada, ¿fue reina de su propia historia?, qué ocurre, por qué no abren.  ¿Quién está al otro lado?  Quiero mi trono, será que alguien me lo ganó.  ¡No!

Se cuenta así mismo mientras queda encantada por la medusa que llora, y le dice no me tengas miedo, la bella horrible se desprende del bejuco que no deja de latiguear.

El misterio destapado por la odisea se cuartea en el desierto de la isla, salen otras ramas de su cuero cabelludo, ¡ah! el cabello se disfraza de raíz, su cuerpo se hace mar, su mirada se cubre del filoso despeñadero, lleva a la pequeña a que vea el océano.  Se entusiasma un poquito y echa su coronita a las olas.

¿Quién me dice que soy? –Yo te digo, tú misma me convenzo, no me distraigo- Con peine sentada en la roca se escarmena el pelo que cae por sus hombros.  Recuerda que olvida.  Dónde está lo que soñó.  Desmemoria el desandar. 

Escupe al vacío. 

El mar ruge. No alcanza a ir ni oír.  Va la marea. Viene la deformación del mar.  Resaca. Arremete. Arroja.  Me mareo-  Las impetuosas aguas me ahogan. ¿Dónde estás?

La que contaba el cuento se perdió en una letra.

La que estaba en la palabra se esfuma en el sonido.

La que escribe esto deja una reina afuera de la palabra.

Le tiene sin cuidado el qué dirán de esta historia de una reina sin reino sin trono sin acabamiento como anillo al dedo.  El cuento no es asunto de nadie. Solo mío dice la voz que flota en la existencia de un ser que no es asunto tuyo ni de cualquiera ni del mamarracho de la nada con su monedita real afrentosa- 

Ni de ese nadie que da vuelta en la odisea para demorar la aparición de la hora de la clepsidra. Penélope sostiene la caña de pescar con la retahíla de tejedera que desarma en el uso. Ni se entera que ha trasquilado las cerdas. Sus manos arrugadas enrollan la idea difunta del arma.

–Eso sí que no-

¿Qué?

Cráneo escapa del sonido. 

Este se acodera 

¿A mí o a ti?

- ¿Qué sabes tú de mi vida? -

 

 

 

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